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Habían pasado alrededor de cuatro siglos en que Suguru no se sentía molesto por algo. Era un hecho sorprendente si se tenían en consideración las miles de cosas que han pasado en todo ese tiempo, pero nada había sido lo suficientemente terrible o fastidioso como para poder sacarlo de control.
Suguru, uno de los ángeles favoritos de Dios, o por eso quiere justificar la gran cantidad de trabajo al cual se le ha asociado, está a punto de caer en una de las mayores tragedias de toda su vida. Por desgracia, no hay mucho que pueda hacer más que acatar las palabras de Dios (secretamente quiere cambiar “Dios” a “Demonio” por esto que le acaba de hacer).
En fin, sólo a cupido se le ocurre que justo el día que está dedicado al amor, romántico y de amistad, sería una excelente idea abandonar sus labores y tener un día de descanso. Y sólo a Dios (con D de “Demonio”), se le ocurre aceptar tal solicitud.
Ya en este punto a Suguru sólo le gustaría ser un humano ignorante que no sabe nada sobre la creación, ángeles, demonios, el por qué Queen es una de las mejores bandas de toda la historia y la razón por la cual los ingleses conducen en sentido contrario.
Pero no, aquí está teniendo que abandonar su querida tienda de libros y cargando un bolso lleno de flechas junto a un arco en su espalda. Tampoco sabe con qué personaje ficticio lo estarán confundiendo, pero hasta el momento varios humanos le han pedido una foto por las calles.
“Parece que Dios realmente te eligió como su mejor guerrero” Escuchó una voz venir desde su lado izquierdo, típico de un demonio (se conoce que los zurdos han estado más cerca de Lucifer que incluso los mismos demonios que habitan el inframundo).
“O uno de sus mejores payasos” Satoru no hizo ningún esfuerzo para contener su risa luego de ver a Suguru cargando un arco y unas flechas. No era muy difícil entender lo que estaba sucediéndole al azabache.
“Por el amor de Dios, ¿no tienes mejores cosas de demonio que hacer?” No hay diferencia entre decir eso y pedir que se vaya a cualquier parte fuera de su radio personal.
“¿Y perderme esta gran oportunidad de ver un ángel con flechas?, jamás” Dijo con una sonrisa que Suguru conocía bastante bien, lo suficiente como para que ahora su mente se estuviera preparando con otro problema más que lidiar.
Satoru y Suguru se conocían desde muy cercanos a los inicios de la existencia. Estuvieron juntos en momentos muy conocidos en la historia, como cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso. También cuando Mozart estaba dando una asombrosa presentación a sus 8 años. Incluso Suguru le regaló un diario a una joven llamada Ana Frank, Satoru fue quien pagó. En fin, juntos han compartido una inigualable cantidad de momentos históricos a través de los años, y otros miles de momentos que sólo están escritos entre ellos dos. Y esta sería, claramente, una de esas veces.
“Sólo… no hagas nada estúpido. Y no, no puede tomar fotos” No era necesario mirarlo para saber que se estaba preparando para sacar su celular de su bolsillo.
“Realmente arruinas toda la diversión” Satoru guardó su celular. Bueno, en realidad no, lo sacó y comenzó a tomar fotos sin parar, de eso se trataba el trabajo de un demonio.
Suguru sólo se resignó. Será un día largo.
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Dentro de todas las cosas, es importante recordar que Dios es un ser misericordioso. Por lo que, considerando que Suguru no tiene los poderes del real cupido y tampoco se les puede entregar tal poder, se creó un grupo de ángeles que se encargarían de su labor en distintas partes del mundo. A Suguru se le asignó el Reino Unido, considerando su domicilio en Londres. Realmente un ser considerado.
Ahora se encontraba junto a Satoru liderando el camino por las calles de Londres con destino a su siguiente “víctima” del amor. Ya habían pasado parte de su mañana por el sur de Inglaterra, con Satoru conduciendo y destruyendo una por una las leyes del tránsito y de la vida, por lo que ahora optó que sería mejor caminar, un poco más de seguridad para los pobres humanos.
“Oye Suguru” El ángel no prestó mucha atención al llamado, simplemente mantuvo su mirada fija en la lista con las direcciones a las que debía ir.
“¿No te dan curiosidad estas cosas?” Satoru sacó sin permiso una de las flechas que llevaba el ángel en su espalda y la extendió lo suficientemente cerca del rostro de Suguru para que le prestara atención.
"Satoru ya deja es-... POR EL AMOR DE DIOS SATORU, SUELTA ESO” Suguru abrió sus ojos como plato al momento en que fue consciente de la situación, intentando quitar la flecha de las manos de ese demonio, pero fue imposible lograrlo con Satoru estirando su brazo lo más alto y los buenos modales que debía mantener en público, si no, ya lo hubiese golpeado para poder quitársela.
“¿Sabes?, creo que todo este sistema de las flechas son un gran teatro que se ha armado tu Dios” Habló Satoru regresando tranquilamente al lado de Suguru nuevamente.
Por su parte, Suguru detuvo cada uno de sus pensamientos. No eran muy frecuentes las veces en que Satoru dejaba de ser un idiota y se tomaba el tiempo para decir algo coherente, y debe admitir que cada una de esas oportunidades lo habían dejado reflexionando por un tiempo (incluso algunos siglos).
"Así que quieres escuchar" Sonrió orgulloso, asumiendo el silencio del ángel como una victoria.
“No creo que sea bueno especular sobre mi Dios”
"Sí, sí, como digas buen ángel, pero a mí no me engañas" Satoru podía sentir lo mucho que Suguru quería escucharlo, y no puede evitar sentirse bien por ese hecho.
“Pero bueno, quién soy yo para negar tu derecho a expresarte” Le sonrió de vuelta. La sonrisa más confidencial que había visto Satoru. Un mal que sólo Suguru sabía hacerlo pasar por un bien. Satoru mentiría si eso no le devolvió el pulso a su inframundana vida.
“En fin” Tosió un poco para recuperar la compostura. "Todo este sistema de flechas, cupido y el amor, siento que son una de las creaciones más malvadas que ha podido tener Dios, lo cual, y como demonio, podría ser admirable" Los demonios son bastante estúpidos haciendo el mal, si lo hacen es simplemente por su naturaleza caótica y no porque hayan tenido un plan realmente. "Pero viniendo de Dios” Continuó, y ahora un poco más serio y grave. “…Es cuestionable teniendo en cuenta sus propios principios." Satoru tomó una tenue respiración. La flecha que sus dedos habían estado recorriendo durante todo este tiempo con la mayor delicadeza y belleza que un ángel podía alcanzar, se detuvo justo en la zona más afilada, donde fijó su mirada y se tomó unos segundos antes de seguir.
La mirada de Satoru cambió por completo. Algo observaba, más allá de lo que sus ojos podían hacerlo. Había un tono de tristeza, o anhelo, o podría ser compasión… en realidad no es capaz de descifrar lo que estaba pasando por su mente en ese instante.
De un momento a otro, un silencio absoluto se formó entre ambos, un momento único en el que sólo existían ellos y todo el mundo hubiese desaparecido por completo. Suguru no estaba preparado para tal confesión.
"Es sólo una teoría, pero….”
Satoru levantó su mirada de la flecha para luego mirar hacia los ojos de Suguru, conectando directamente con su alma.
“El amor es la maldición más retorcida de todas" Terminó diciendo con una voz a punto de quebrarse incluso siendo conocido como el más fuerte de todos los caídos.
Por su lado, el pecho de Suguru se contrajo en ese instante y su respiración se cortó por completo. Un repentino instinto quiso hacerlo correr hacia Satoru y abrazarlo, fundir sus almas y decirle que no estaba solo, y que tampoco lo estaría mientras él siguiera existiendo. Pero no lo hizo.
Así que sólo trato de pensar en sus palabras: con que una maldición… y no cualquiera, la más retorcida de todas. Era algo para reflexionar, comenzando por la forma en que entonces el demonio se sentía respecto al amor. ¿Tan terrible podría llegar a ser?, ¿se había enamorado de alguien como para sacar una conclusión así?
"No me mires así, yo también creía que veías el amor como algo realmente complicado"
Suguru no sabe realmente cómo lo está mirando, pero es claramente consciente del nudo que se formó en su garganta y ahora del ceño fruncido que ya le estaba haciendo doler la frente.
El pelinegro tomó una respiración profunda, necesitaba oxigenar su cerebro y emociones antes de hablar. Soltó un suspiro "Coincido en que sea complicado, pero no que sea una maldición, ni tampoco como una de las peores"
Satoru no hizo ningún berrinche, tampoco se quejó, muy por el contrario, un extraño silencio se quedó entre ambos. No era incómodo, pero podía notar cómo el demonio movía sus labios en un intento de decir algo y luego guardárselo, era sorprendente tener una escena así frente a sus ojos.
"¿Sabes qué?” Y algo cambió en el aura que se había estado formando “Deberíamos evaluar si realmente funcionan estas cosas" Su tono volvió a ser el mismo juguetón e idiota de siempre, aunque había algo, por más sutil que fuera, que no le dejaba convencer sobre este cambio repentino.
Suguru se resignó una vez más, soltando un cansado suspiro. "Lo que podríamos evaluar es si ese cerebro tuyo aún funciona, el golpe debió ser horrible cuando caíste del cielo"
"Awwh Suguru, ¿acaso estás coqueteando conmigo?"
"Realmente dañó tu cerebro" Suguru sintió una punzada en su estómago, cómo odiaba guardarse ciertas cosas.
"¡Qué cruel! Se supone que los ángeles deberían ser más amables"
"Amables, no mentirosos"
"Ugh, bien, ya entiendo!" Suguru no lograba encontrar mucha diferencia entre un niño malcriado y Satoru. Pero, aun así, le agradaba de esa forma.
"Suguru cruel…" Su tono fue más bajo. Había un tierno puchero asomándose entre los labios de Satoru, su mirada apuntaba hacia el suelo y sus brazos ahora estaban cruzados. Cuánto no daría por tomar ese rostro con sus manos y quitarle esa expresión con un beso.
Oh Dios… no.
Con su pulgar masajeó su frente, necesitaba tranquilizar su mente y cualquier tipo de pensamiento que quisiera salir en voz alta. Todo debe ser culpa de esas malditas flechas y las vibras de amor que arrastran consigo. Si ha logrado guardarse un amor imposible por siglos, este no será el día en que sus sentimientos salgan a flote, aún puede resistir por otros siglos más.
“Vamos Suguru, ¿qué es lo peor que puede suceder?”
Que te enamores de otra persona y sea mi culpa.
“Suuuguuruuuu” Amaría escuchar su nombre una y otra vez sólo si era él quien lo dijera. Suguru se sentía tan débil ante cada una de sus infantiles — dramáticas, fuera de control, impulsivas, desquiciadas, y la lista puede seguir — solicitudes, que se le era imposible negarse a alguna de ellas.
“Vaaamos, sólo una flecha, si algo muy malo sucede — cosa que no creo — podemos ir con Shoko la bruja para pedirle algún consejo” Lo hizo sonar tan fácil y como si Shoko estuviera dispuesta a ayudar a este dúo de idiotas una vez más. Pero Satoru seguía llamándolo por su nombre y haciendo esos sonidos extraños entre medio. No podía con tanto.
“Ugh, ¡bien!, haremos esto” era clara la desesperación de Suguru en ese momento “Así que da la vuelta, te lanzaré una de estas malditas cosas para que ya dejes de lloriquear" Suguru sacó de su espalda el arco que cargaba junto a una de las flechas. "Te advierto que, nadie es inmune a esto, ningún dios ni titán, monstruo ni divinidad, ni cualquier ser existente en este mundo. Absolutamente nadie puede librarse de esto" Su mirada fue firme, al igual que la fuerza con la que tomó el arco. La flecha quedó apuntando directamente hacia Satoru.
"Sí, sí, eso lo vamos a comprobar ahora” Comenzó a dar media vuelta para quedar de espaldas de Suguru “Espera, por qué debo poner-... OUCH, ¡HEY! ¿¡POR QUÉ JUSTO EN MI TRASERO!?" Su mano fue de inmediato a sobar el lugar del flechazo, comenzando a lloriquear una vez más.
"Pequeño castigo divino" Suguru sonrió satisfecho por su acción, algo bueno debía sacar de todo esto.
"Mi trasero será divino" Gojo le sacó la lengua mientras arrugaba sus ojos molesto, o eso al menos eso intentaba demostrar.
Suguru decidió ignorarlo "Y bien, ¿algo distinto que sientas?" intentó sonar desinteresado, como ángel no debería haberse dejado tentar por algo como esto, pero qué puede decir, no es como todos los ángeles.
"Hm.... " Satoru observó sus manos, movió sus hombros y sus piernas, caminó un poco de un lugar a otro, incluso dio unos pequeños saltos para chequear su cuerpo. "No, definitivamente nad-"
"¿Qué?" Una parte de él se había tensado por el corte repentino. Satoru se había quedado mirando fijo a Suguru, absorbido por su presencia e imagen.
"Tu rostro..." Un fino hilo de voz se arrastró por la boca de Satoru.
"¿Q-qué tiene mi rostro?" El estómago de Suguru volvió a la batalla, pero esta vez con un ejército de punzadas en su contra.
"Es…"
"Sólo habla"
Se estaba comenzando a irritar.
"Normal"
Satoru realmente tuvo la audacia de soltar una gran carcajada y abandonar por completo la seriedad que por (1) segundo se había apoderado de su rostro.
Y Suguru lo quiere matar, no importa si eso genera su destierro del cielo y el peor de los castigos, realmente quiere asesinar a este demonio.
Pero por otra parte…. en realidad, no sabe exactamente qué fue lo que sucedió en ese momento, pero un sabor amargo subió por su garganta y decidió quedarse ahí revolviendo todo su interior. Puede que así sepa la decepción después de haber esperado algo más. Sólo por una vez.
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Habían pasado alrededor de 2 horas luego de la flecha que le atravesó el trasero a Satoru, lo cual era tiempo suficiente como para haber notado algún cambio en su forma de actuar, o alguna deformación en su físico, pero nada, Satoru se veía igual que siempre. Y a pesar de que Suguru había estado haciendo su trabajo temporal como cupido y estuvo ocupado encontrando a las personas y lugares correctos de su lista, hubo más de una mirada que se le escapó hacia el demonio sólo con fines de examinar algún avance en su nuevo estado de “flechado”. Hablaron igual que siempre, bromas iban y venían, Satoru parando a comprar dulces en cada esquina donde viera alguna cafetería y Suguru intentando hacer su trabajo. Nada nuevo, nada distinto.
Con un último suspiro y resignación total a todo este día, Suguru se va al final de su lista, donde sólo queda un nombre por tachar y esta tragedia terminará finalmente.
Sólo un nombre.
Satoru…… Satoru Gojo.
Su paso se detuvo en seco. Y su vista debe estar cansada, muy cansada y borrosa, porque Satoru no puede estar en esa lista.
Suguru se rasca los ojos y observa de nuevo, y para su mala o buena suerte — no puede decirlo todavía — el nombre sigue ahí.
Su mirada se desvía hacia Satoru, quien ya lo estaba mirando de vuelta con sus labios entreabiertos, a punto de hablar.
“Tú… ¿tú ya sabías de esto?” Interrumpió antes Suguru y sin quitarle la mirada de encima, apretando y arrugando con un poco de fuerza la lista en sus manos.
“Hmm, no esperaba este final en realidad” Se le escapó una pequeña risa nerviosa mientras se acercaba lentamente hacia el ángel, quitándole la lista de sus manos y suspirando luego de ver su nombre escrito al final.
“Pero, sí hay algo que puedo concluir de todo este día siendo el asistente de cupido”
Por instinto, Suguru quería huir de esto, no estaba listo para afrontar lo que fuera a venir, porque no podía saber si era bueno o malo, porque a pesar de haber estado todo el día haciendo el trabajo de cupido con los demás, él había preferido apartar por completo sus propias emociones.
“Las flechas no hacen enamorar a las personas”
Puede sentir cómo su cuerpo se tensa por completo, un escalofrío subir y bajar por su columna, y las manos frías de Satoru entrelazar sus dedos con los propios.
“Las flechas te hacen ser consciente de lo muy enamorado que puedes estar de alguien” Susurró acercándose a su rostro. Cada palabra fue acortando la distancia entre ambos, y cada una de sus respiraciones se fue haciendo una con la del otro, así hasta alcanzar los labios del otro en un suave beso creador del cielo y la tierra.
Por primera vez en todo el día, ser cupido no se sentía tan mal…
