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Muchos años atrás, incluso había olvidado el contexto de la conversación, su madre le había aconsejado que tenía que tener cuidado con lo que deseaba. Agustín no creía que fuera malo esperar por momentos que anhelaba, él sabía que el deseo muchas veces movía suelos y abría puertas. E incluso si las cosas no se le daban a la fácil, siempre estaría dispuesto a entrar de inadvertido por la ventana. Él no veía lo malo en desear, no era el tipo de persona que reprimía sus anhelos, él era la clase de hombre que los tenía colgados en el cuello y que hacía que el mundo entero supiera de dónde venía y a dónde quería llegar.
Entrar al reality show al que deseó la mitad de su vida, para él era la muestra clave de los lugares a los que podía llevarlo su perseverancia. Entonces, aunque a veces el consejo de su madre volvía en murmullos de viento, él sentía que no tenía razón para el cuidado. Por supuesto que era un hombre precavido, Agustín pensaba sus pasos antes de darlos, pero no creía que había motivo para darle vueltas a sus objetos de deseo.
Ahora mismo, tomando un trago tras la barra del ático en el que se encontraba, se sentía cada vez más cerca del estrellato. Las luces eran rojas y azules, bailaban al ritmo de la gente ebria que brincaba y provocaba el retumbar en el suelo. Era divertido ver a la gente divertirse, aunque Agustín era más de estar del otro lado, siendo él mismo el que perseguía la euforia y bebía el éxtasis de movimiento del cuerpo tras el vibrar de la música.
Sin embargo, la razón por la que se encontraba de este lado de la diversión, tenía un porqué. Agustín no era bueno con las máquinas, fallaba en comprender el mecanismo y terminaba delengando responsabilidad a la gente que realmente sabía. Él era bueno con las personas, se consideraba un experto en mover los cables necesarios para obtener lo que él quería de ellas. No consideraba un pecado la manipulación, no era ningún puritano. Él lo veía más como una herramienta de vida que con el tiempo se había forjado para conseguir su objeto de deseo.
Cuando Marcos salió vencedor de la casa más vista del país, Agustín tenía asegurada una cosa: le tocaba estar en campo de batalla. Él sabía que no era el favorito de sus allegados, incluso, conocía los sentimientos negativos que le profesaban, era evidente. Pero Agustín era inteligente, sabía cuándo aventarse a la pileta de clavado y cuándo tenía que meter primero los dedos de los pies. En esta ocasión, maquinó todo lento. Fue un proceso que exasperó hasta a sus amigos más allegados, pero él sabía que todo esfuerzo tenía una recompensa. Así que cuando Agustín recibió un mensaje de Leo, uno de los mejores amigos de Marcos, entendió que la guerra había terminado.
Los amigos de Marcos le invitaron a una fiesta de ático, y tuvo que reconocer que ni siquiera entendía el concepto, pero él estaría presente. Santiago, uno de sus amigos más cercanos, le había acompañado. Después de los minutos iniciales de incomodidad en los que nadie habla lo suficiente, se encontraban finalmente brincando juntos y bebiendo vodka como si fuese agua. Por su parte, Marcos se había mostrado un poco distante a Agustín desde el inicio. El platense había deducido que Marcos estaría en la fiesta, y era él su objetivo de la noche. Sin embargo, tenía más de un mes sin hablar con él de manera directa, lo cual formaba parte de su estrategia principal. Esa por la que todos le habían dicho que estaba cometiendo un error.
Marcos salió vencedor y Agustín se borró de su vida después de los programas televisivos en los que invitaban a todos los participantes del reality show en el que se habían conocido. Sabía que a partir de ese momento, tenía que depender de Marcos el volverse a juntar. Agustín no podía intervenir, tenía que ser paciente. Y fue así como esperó un mes la llamada definitiva. Sus fans, aquellas que estaban obsesionadas con la relación de ambos, finalmente se habían rendido con el tema. Creían que lo que alguna vez habían visto dento de GH jamás se volvería a repetir en el afuera. Incluso hubo titulares de notas al respecto. Todo ante el innegable silencio de Agustín. Él era una roca inamovible en el tema.
Así que estar ahora en la barra de una fiesta, mientras todo el mundo, inclusive su amigo Santiago, se encontraban bailando con Marcos y todo su séquito, era parte de una estrategia elaborada y ejecutada cortesía Agustín Guardis. Era cuestión de esperar, él lo sabía.
–Eh primo, ¿qué hace' acá? Vení con lo demás.
Agustín sintió un calor recorrerle el pecho al escuchar la voz en su espalda. Ese acento que reconocería aquí y al otro lado del mundo, ese que el chico se rehusaba a perder sin importar a cuántos programas televisivos fuera y a cuánta gente bonaerense conociera todos los días. Marcos Ginocchio seguía siendo fiel a él mismo y eso le provocaba una sonrisa tonta a Agustín.
Marcos se acercó a su lado, pasándole un brazo por encima de los hombros mientras le miraba de cerca con los ojos oscuros por las luces y la frente brillante. Se le miraba agitado, ebrio y feliz. Parecía un cachorro gigante, llevaba una sonrisa en el rostro que no le había abandonado en todas estas semanas. Agustín de vez en cuando veía fotos de él en redes sociales, y el tipo se miraba mejor en cada nueva que salía. La victoria era un traje hecho a la medida que le sentaba bien, de manera impecable.
–Sí, perdón. Me sentí un poco... –movió la mano para restar importancia– nada, ya voy, Marquitos.
Pero Marcos no soltó el agarre, incluso se apretó más a su lado. Agustín sonrió para sus adentros, en realidad no podía negar la satisfacción de sentirse querido por el hombre más deseado de toda Argentina. Era una victoria por sí sola.
–¿Queré' tomar aire, digamo'?
Y fueron sus ojos y el agarre fuerte en su hombro el que hizo a Agustín dudar. Parecía intenso, derramándose en sentimientos sobre sí mismo, eufórico. Si no lo conociera mejor, incluso pensaría que Marcos estaba colocado. Pero no, esto era lo que el alcohol provocaba en Marcos. El chico desinhibido que una vez conoció dentro de la casa, estaba a su lado, después de un mes, como si no hubiese pasado ni un día de la última vez que hablaron. Agustín podía ronronear de lo bien que le estaba saliendo todo.
–Dale, te sigo.
Y así atravesaron a toda la ola de gente que se movía y gritaba con la música perforándoles y siendo seducidos por las luces y el calor de los cuerpos que se rozaban sin poderlo evitar.
Subieron unas escaleras de madera vieja, arrastrando los pies sobre la alfombra roja descolorida. Atravesaron una puerta de un arco enorme y finalmente consiguieron salir a la oscuridad de la noche. Había una pared enfrente, dando como resultado un callejón. Una pareja reía al fondo. La chica les dio una mirada rápida, aunque rápidamente siguieron a lo suyo, fumando un porro y disfrutando del silencio que había. La pared que daba a la puerta, zumbaba con los gritos y música, pero aún así fungía de barrera ante el exterior.
Agustín pensó que si fumara, este sería el momento preciso para encender uno y contemplar a la luna. Se conformó con esto último. Recargado a la pared, se perdió en la luna que brillaba sola, sin estrellas que le acompañaran.
–¿No está cómodo, pri?
Marcos se pegó a su lado, y pudo sentir cómo su mirada le quemaba en el rostro. Sonrió, arrogante, embelesado por la atención.
–No es eso, vos tenés tu círculo y yo entiendo.
–Te quiero a mi lado, Agu'. Por eso le dije al Leo que te busque.
Sintió la mano de Marcos afianzarse a su cintura, y le gustó sentirlo cerca. Sin esperarlo, Marcos le respiro en el cuello, sobresaltándolo. Quedaron de frente y Agustín pudo ver lo inclinado que estaba Marcos hacia él, sintió cosquillas cuando el Salteño le respiró en el cuello, y no entendió bien por qué su amigo le estaba olisqueando.
–Tené' otro olor, ¿cambió de loción, primo? –la voz le hormigueó en la oreja. Y Agustín de pronto fue demasiado consciente de todo su cuerpo y alrededor. Giró un poco, y vio que la pareja aún seguía al otro extremo de donde ellos se encontraban.
–Estás re en pedo, ¿no? –Dijo con la voz titubeante. Sin saber por qué, se encontraba con los pelos de punta, sintiendo el corazón en la oreja que Marcos casi mordía.
–No. Chupé lo justo, digamo'.
Y su aliento a vodka y piña ahora lo tenía en la boca. Estaban tan cerca, que fue imposible no pensar en lo evidente: le gustaba a Marcos.
Agustín se jactaba de preveer todos los posibles resultados, pero ese era uno que ni en sus más locos desquicios pudo imaginar. Sabía que el vínculo fraternal que tenía con Marcos era especial, pero de eso a una conexión sexual había mucha distancia. Se sintió intimidado por la situación, pues él, por mucho que dejara a la gente hablar y que en una u otra ocasión hubiese abierto la posibilidad, jamás se había sentido atraído por un hombre. Era muy diferente los picos entre amigos que tener a un tipo de uno ochenta y tantos queriéndote comer la boca. Y dios era testigo de que no era cualquier tipo.
Sin importar qué tan deseado fuera, Agustín no podía engañar a su cuerpo, en él no había una atracción que no fuera más que platónica hacia su amigo. Lo amaba con una intensidad que no cabía a la duda, le adoraba por lo que era como amigo, hermano e hijo. Le admiraba y apreciaba por la complejidad de ser humano que sabía que era. Incluso podía reconocer que era fachero, no estaba ciego. Claro que apreciaba su belleza, los ojos verdes grisáceo que se enmarcaban por unas tupidas cejas. Los delgados labios y el lunar que le caracterizaba. El mentón del que le encantaba agarrarle y el cuello largo que tragaba saliva, a la espera.
Agustín se permitió verle en serio, reconoció que le parecía más atractivo con el cabello largo, y no tan corto como lo llevaba desde que había abandonado la casa; que extrañaba el cabello rubio decolorado por tanta pileta y que sus hombros anchos y brazos amplios eran dignos de admirar por todo el trabajo que le representaban a Marcos. Su cuerpo era duro, firme. Pero Agustín no sabía si admirarle podía llevarlo a cruzar la línea de la atracción sexual. ¿Qué era la atracción pues, si no una admiración desmedida? Quizás podía navegar a través de ella, ondear entre los límites de su sexualidad.
No perdía nada, y la verdad es que ganaba demasiado.
–Marquitos, nos pueden ver los que están allá, mirá.
Pero Marcos estaba perdido en su boca, cada vez le sentía más cerca. La pared le indicaba que ya no podía retroceder más y que el salteño se saldría con la suya. Sujetándose al último hilo antes de caer en picada, le puso los antebrazos en el pecho y le giró el mentón, para que entrara en consciencia de que no estaban solos.
Sin decir una palabra, Marcos se lamió los los labios y se conformó con abrazarle y plantarle un beso en la coronilla. Se alejó, y Agustín volvió a respirar, girando hacia la luna con los ojos muy abiertos. Soltó todo el aire y apretó los puños, agradecido por no tener que ponerse a prueba con algo tan riesgoso que podía llevarle a perder a Marcos. Sin embargo, los murmullos llamaron su atención, y volteó para notar cómo Marcos hablaba con la pareja y les entregaba un fajo de billetes que había sacado de la cartera. El chico le abrazó con euforia y se llevó a la chica tomada de la mano con rapidez. La chica lo miró a él, Agustín, elevando los pulgadores como quien dice: "¡Éxito!".
Al platense se le cayó el alma a los pies. Se le formó un nudo en el pecho por los nervios que tenía, mientras miraba avanzar con toda la tranquilidad del mundo a Marcos, vestido todo de negro, mientras se arreglaba las mangas para doblarlas hacia arriba. No le perdía de vista, y Agustín deseó con todo su corazón no haber nacido con la maldición de la heterosexualidad. ¿Cómo iba a negarse a este encuentro sin perder a Marcos para siempre? El chico acababa de pagar probablemente una fortuna para que pudieran estar solos. Claro, estábamos hablando de alguien millonario ahora... Agustín pensó en las posibilidades. No había tiempo para dudas, en realidad no podía ser tan malo ni diferente que besar a una chica. Al final el cuerpo reaccionaba a los estímulos, y si cerraba los ojos, podía ver a quién él eligiese.
–Van a 'tar cuidando, tranqui.
Y así, sin esperar una respuesta por su parte, Marcos lo apretó de la cintura a su cuerpo, y le demandó un besó. Comenzó suave, cauteloso. Todo contrario a la fuerza con la que lo abrazaba. Agustín acomodó los brazos detrás del cuello de Marcos, como siempre que se abrazaban, y apretó las manos, acercándolo, dándole confianza. Vació su cabeza de pensamientos, se concentró en cada sensación y roce. En el frío que le erizaba y el calor de la boca de Marcos que no le soltaba. Se dejó besar, fue profundo y se acopló al tirón de labios. El cuerpo ajeno le repegó contra la pared, y Agustín pudo sentir el bulto chocando contra su cadera.
Se separaron para respirar, y nunca olvidará el brillo en los ojos de Marcos cuando le miró, mientras le tomaba con las manos el rostro. Los labios los tenía mojados, con un rozado más intenso. Respiraba agitado y Agustín se dio cuenta de que Marcos no se iba a conformar con un beso.
–No sabe' cuánto pensaba en tenerte así, Agu'. Lindo.
No era para nada como besar a una chica. Era más intenso, era perder las riendas de la situación y dejarse hacer. No fue tan raro como esperaba, pero seguía sintiendo un cúmulo de nervios en el estómago que no le dejaban tranquilo. Se sentía pálido, sudando frío. ¿Qué tan lejos estaba dispuesto a llegar? ¿Qué tanto iba a sacrificar Agustín por tener al salteño a su lado? Porque ese era su juego final. Lo único que quería con todo lo que había empezado hacía un mes, era que los sueños que había tejido con Marcos dentro de la casa, se cumplieran afuera. Quería probar su punto, gritarle al mundo que él era el raro que daba vergüenza ajena, pero que al final era él quien caminaba del brazo del campeón. Nadie más, ni los panelistas que lo atacaban, ni los periodistas que escribían calumnias sobre su persona, ni todos los fans que amaban a Marcos pero lo odiaban a él habían ganado. Agustín era el que había conseguido el corazón de Marcos, y si tenía que entregar su cuerpo por la causa, pues lo haría.
Agustín tomó de los hombros a Marcos con toda la fuerza que tenía, y le dió la vuelta, el chico quedó de espaldas a la pared. "Cuidado con lo que deseas" escuchó la voz de su madre en el fondo del subconsciente antes de perderse en los labios de Marcos una vez más.
El salteño le respiró en el cuello y procedió a besarle, haciendo un desastre de dientes y saliva mientras mordía a su gusto. Le metía las manos dentro de la remera blanca cuatro tallas arriba que Agustín llevaba puesta, cortesía de sus fans. Sintió ganas de reírse al pensar que quizás la gente obsesionada con que usara ropa grande podía imaginarse a Marcos metido adentro tal como estaba ahora, mordiéndole los pezones y lamiendo con lascivia todo su torso. No se sentían mal las caricias, el cuerpo reaccionaba tal como pensó al comienzo. Las manos las tenía perdidas en su culo, moldéandole como su fuese plastilina. Por su parte, Agustín las mantenía fijas en la espalda de Marcos, sin saber bien en dónde tocar.
El salteño continuó ahora el recorrido de besos hasta su boca, y aprovechó el momento para alzarlo a la vez que le pegaba de vuelta a la pared. A los lejos podían escuchar el bullicio, el vibrar de la gente que gritaba y la música que se sentía lejana. Estaba más ebrio ahora con la saliva de Marcos que con los tragos de vodka que había tomado adentro. Se sentía mareado, como si pudiese caer ahí mismo ante todo lo que estaba ocurriendo. Apretó las piernas envolviendo a Marcos, haciendo más fuerte el agarre contra la pared cuando el salteño le pidió. Éste mordió con fuerza en su cuello, chupando después la mordida y dejando besos suaves que distaban mucho de la intensidad con la que se le pegaba.
La respiración fuerte de ambos era incontrolable y Agustín pensó que quizás Marcos querría parar ahí para descansar un rato, pero solo se detuvo para comenzar a refregarle la erección. A Agustín se le detuvo el mundo, pensando que quizás Marcos pensaba en cogérselo ahí mismo.
Sin poderlo evitar volvía a la misma pregunta: ¿Qué tan lejos estaba dispuesto a llegar?
Marcos lo bajó y lo apartó un poco, sin perderlo de vista ningún segundo. Agustín no iría a ningún lado, no tenía a dónde ni qué explicación dar. Lo tenía caliente, ya sabía eso, ya se lo había demostrado. Él sentía su propia erección provocada por tanto toque, y de verdad estaba considerando que Marcos era el único hombre al que podría permitirle todo esto. Era demasiado bueno, emanaba calor y era todo brazos, y labios en los lugares adecuados. Entonces escuchó el cierre del pantalón abrirse y entendió que hasta acá había llegado.
La luna sería testigo de cómo le vendía el cuerpo al diablo, o en este caso, a dios. ¿Qué era Agustín en todo esto? ¿La manzana? ¿El pecado? Salta parecía más que dispuesto a tragar. Y el platense ya se sentía sin convicciones, como un muñeco moldeable a voluntad del dueño. Pero esa no era su personalidad, él era todo decisión y estrategia, él era el que le decía al mundo lo que quería y lo que no. Y en este momento, viendo a Marcos, dejó de ver al amigo o al compañero. Cerró los ojos, y cuando los abrió, vio al rubio recargado en la pared, con el pantalón abierto y el bóxer hinchado, cuando vio sus ojos casi entrecerrados y los labios semi abierto y rosas, entendió el dicho de que dios le daba pan a quien no tenía dientes. Agustín vio al hombre hecho deseo y se dijo que lo haría suyo por el puro placer de tenerlo a su merced, esto iba más allá de la atracción sexual, esto era la conquista del Ser. Sintió la suavidad con la que el salteño puso las manos sobre su rulos, peinándole, y a la vez haciendo presión hacia abajo, obligándole a bajar, a hincarse.
Agustín recordó una misa a la que fue muchos años atrás, cuando aún estaba en búsqueda de sus creencias. Recordaba la santidad de la iglesia, el respeto que profesaba. Entonces recordó cuando vio a todos hincarse por señal del sacerdote y se sintió rebelde y con la gloria de la libertad en la boca al dejar atrás al cristo crucificado cuando caminó al lado contrario, a la salida.
Fue bajando de a poco, con su voluntad de hierro siendo la que le movía. Se sintió en misa, orando, cuando estuvo totalmente hincado con la nariz rozando la tela que cubría el miembro hinchado de Marcos. Sintió que iba a probar por primera vez el cuerpo de cristo en la eucaristía y que, quizás, después de esto, también podían hacerlo santo.
Mirando a los ojos a Marcos, lo delineó con la lengua, y el salteño apretó con más fuerza las manos en sus rizos. Sacó el aire y se recostó más contra la pared. Le gustaba esto. Le gustaba el poder en sus acciones, la sensación de dominar al indomable. Era él quien provocaba estas reacciones, quizás chuparlo no sería tan malo después de todo. Aleteó las pestañas porque sabía lo que excitaba a un hombre, y sin darle muchas vueltas dejó al descubierto el pene que tenía frente a él. Era grueso, brillaba en pre semen. Se erguía alto, sombreado por el vello rubio. Lamió, sin saber bien qué hacer. Se le vino a la mente una exnovia que era fanática de chuparla, y se guió con lo que recordaba. Mordió las piernas claras de Marcos, apretándole con las manos el culo. Después, tomando aire, lo tragó todo.
Se sentía con los labios bien abiertos, el sabor a vinagre invadiéndole la boca. No era tan desagradable, le motivaba ver las reacciones del salteño, quién parecía totalmente fuera de sí. Nunca lo había visto así, quizás podía compararlo con lo eufórico que se había mostrado en el mundial. Y es que, qué resaltaba las pasiones de un hombre si no eran el sexo y el fútbol.
-Así, así, dale.
Agustín continuó arrastrando su boca fuera y dentro, sin succionar tan fuerte porque sabía de propia mano que no se sentía tan bien eso. Agarró la base del pene con una mano, bombeando, y continuó chupando el resto, para no sentir la molestia de la cabeza en la garganta. Respiraba con fuerza por la nariz para no ahogarse, y después de un rato se acopló perfecto al vaivén, encontrando un ritmo y sintiéndose lo cómodo que se puede sentir alguien que chupa pija hincado en un empedrado al exterior de la noche.
Marcos lo tomó más fuerte y comenzó a mover por reflejo las caderas, llenándole de vuelta a Agustín. Le apretó la pierna para pedirle que parara un toque, pues sentía que se ahogaba, pero pareció que Marcos ya con los ojos fijos y el pecho subiendo y bajando con fuerza, estaba en un trance. Con las dos manos entre los rulos le siguió empujando para chupar más, mientras las embestidas bruscas, le regresaban. No se quejó, aguantó la respiración y contó hasta veinte, porque sabía que Marcos no tardaría más. Se concentró en tomar con una mano su propio miembro para masturbarse al ritmo con el que el salteño le tomaba y terminó así, casi sin tocarse, con la satisfacción de ver el temblor y escuchar el grito ahogado que soltó el rubio antes de salir rápido de su boca y terminar en su rostro. Sintió el semen en las mejillas y un poco en el labio, mismo que lamió, probando. Sentía el corazón a punto de salírsele del pecho, y no sé creyó capaz de levantarse por su propio pie. Tenía las rodillas echas mierda y estaba demasiado cansado para pensar. Vio a Marcos acomodarse y subir rápido el pantalón y el cierre. Esto antes de alzarlo a él, para abrazarlo con fuerza.
-Te amo, Agu'.
Agustín sonrió enterrado en el pecho de Marcos, ronroneando por el placer de las palabras. Marcos era suyo. Lo amaba. Él había ganado. Ambos habían ganado.
¿Qué tan lejos estaba dispuesto a llegar?
Agustín abrazó con fuerza a su amigo antes de responder con toda la honestidad en el pecho, caliente de amor y orgullo.
-Yo más, Marquitos.
