Chapter Text
Roier, el príncipe heredero del Reino de Karmaland, se sentía atrapado en su propia vida, y tal vez eso era poco para describir sus pensamientos.
Desde que era joven, jamás se había sentido cercano a la posición que debía desempeñar. No era ni remotamente parecido a lo que debía ser un rey y, sinceramente, estaba asustado con la idea de llegar a serlo.
Tal vez era su actitud burbujeante e infantil, o su búsqueda constante de adrenalina y aventura. Tal vez la forma en la que, en lugar de enfocarse en entrenar sus conocimientos sobre el reino, se sumergía en las historias de piratas que rondaban el reino tratando de encontrar un poco más de lo que su posición le podía ofrecer.
No sabía que parte de eso era, o sí en realidad era todo aquello en conjunto, pero algo lo alejaba de la imagen de rey que tenía su padre. La imagen de rey al que cualquiera debía aspirar. De alguna u otra forma no llenar esa imagen era el peor miedo de sus padres, concluyendo en la decisión que había desesperanzado a Roier por completo.
Iba a casarse con el príncipe del reino vecino, Wilbur, y lo odiaba. Había encontrado que con Wilbur tenía más razones para alejarse que para casarse, y no soportaba al hombre.
Ahora, se encontraba jugando con la tela de su camisa nerviosamente mientras repasaba sus palabras frente a la sala, el lugar donde su padre pasaba la mayor parte del día.
Dio unos golpes inciertos a la puerta y solo pasó cuando escuchó la confirmación al otro lado. Tan pronto entró pudo observar a su padre sentado en el sofá, con sus lentes de lectura y un libro en sus manos. No se enfocó en Roier de inmediato.
—Hola papá.
—¿Necesitas algo?
El chico suspiró. Se sentía más nervioso que nunca, aún cuando los ojos de su padre ni siquiera se habían posado en él.
—No, solo quería venir a verte...
Luzu, su padre, finalmente bajó el libro, mirándolo con una ceja alzada por debajo de los lentes de lectura. Cerró el libro sobre su regazo con un suspiro, poniendo toda su atención sobre el príncipe.
—Roier.
Con aquel simple llamado el chico supo que mentir seguía sin servirle en absoluto. Resignado, caminó para sentarse frente a su padre con cansancio y notable preocupación.
—Es sobre mañana —comenzó, sus manos aferrándose a la tela de su pantalón para intentar enfocar su mente en algo distinto.
—¿Hay algún contratiempo? Sabes que podemos arreglarlo por la mañana.
—No, no es eso, en realidad —intentó no romper el contacto visual con su padre, tratando de mostrar una confianza que no sentía. Quería que el rey lo tomara en serio—. No quiero casarme.
Luzu guardó silencio, con su expresión tan seria e impasible como siempre. Aunque el silencio podía parecer mejor, la realidad era que sus nulas reacciones le ponían los pelos de punta a Roier.
Su padre era un líder nato y absolutamente aterrador, otra de las cosas que él no tenía. ¿Alguna vez un rey con poca convicción había triunfado? No lo creía.
Hubo un silencio pesado, entonces su padre se aclaró la garganta y solo dijo:
—Sí, supongo que no es muy agradable —y con ello regresó su mirada y manos a su libro.
El príncipe boqueó incrédulo, totalmente desorientado por la reacción tan despreocupada de su padre.
—¿Eso es lo único que vas a decir?
—¿Puedo decir algo más? —lo miró brevemente—. Roier, tu boda es mañana, ¿de verdad crees que no comenzaremos una guerra si decides cancelar el compromiso ahora?
La risa irónica de su padre resonó en la habitación y en el pecho de Roier. En realidad, no sabía qué esperaba de aquella interacción. Jamás, ni en sus más grandes sueños, había imaginado un escenario donde su padre era comprensivo y dejaba que la boda terminara en ese instante, pero sí que esperaba más.
Más...más reacción, más empatía, más humanidad. No un "vaya, que lástima por ti."
—Bien —murmuró y se puso de pie sin ganas—. Nos vemos mañana.
No recibió respuesta, por lo que simplemente abandonó la sala. Por un momento pensó en probar suerte con su madre, pero lo encontró inútil.
Su padre tenía un poco de razón, si el compromiso se acababa esa noche el reino se llevaría toda la vergüenza en los hombros, y siendo su prometido un hombre sumamente temperamental...no quería pensar en ello.
Regresó a su alcoba totalmente desolado, tambaleándose en un pequeño berrinche solitario. Se paseó por su habitación, pensando en que ya no volvería a verlo después de la boda, después de que tuviera que irse a vivir a L'Manberg, el reino de su futuro marido.
"Futuro marido" se escuchaba tan mal. Lo detestaba. Oh, y cómo detestaba a Wilbur, con su personalidad alzada y su maldita actitud que disgustaba cada centímetro del cuerpo de Roier.
—Roier Soot, que ridículo nombre —susurró mientras pasaba sus dedos por los objetos en su repisa. Cuadros, figuras de vidrio y libros. No fue hasta que llegó a su más preciada posesión, un pequeño barco dentro de una botella, que se detuvo a realmente admirarla—. A ti te voy a extrañar.
Las yemas de sus dedos se deslizaron por el vidrio de la botella. Se sentía ajeno a todo, pensando que en unas horas estaría unido a un hombre que detestaba, en un reino que no conocía, encerrado en una vida que no quería. Era irreal sentir como la vida que había conocido se esfumaba entre sus dedos.
En ese momento solo podía pensar en una cosa: sí la boda se llevaba a cabo, el Roier que había sido todo ese tiempo estaría muerto para siempre. Y no había nada más aterrador que eso.
***
En el júbilo de la celebración, lo único de lo que se hablaba era de la boda. El nombre de Roier estaba en boca de todos en el reino, y las calles estaban más vivas que nunca mientras se movían para intentar ser los mejores anfitriones en un evento tan importante.
Roier no había sido capaz de relajarse, no cuando cada noticia y cada conversación giraba en torno a Wilbur y a él. Le daban arcadas de solo pensar en lo mucho que su egocéntrico prometido podría estar disfrutando la atención, pero ni siquiera quería enfocar su mente en ello.
Se le estaba siendo colocado un incómodo, pero caro, traje mientras trataban de hacer algo con su cabello. El traje en su totalidad era blanco con solo algunos toques dorados, honestamente, era un conjunto bastante lindo.
Lástima la situación en la que debía usarlo
—Se le ve guapísimo, príncipe —lo aduló uno de los trabajadores, Carola.
Roier sonrió avergonzado, pasando sus manos por la sedosa tela.
—Ay, ¿de verdad? Gracias —dijo con nerviosismo.
La conversación pudo seguir, sin embargo, la puerta de la habitación donde se estaba arreglando se abrió de par en par. Roier se sobresaltó, pero el chico encargado de arreglarlo no se sorprendió. Una chica entró por la puerta.
—No vas a creer lo que escuché.
—Cristi —le advirtió.
La chica sonrió con pena, haciendo una suave reverencia hacia Roier.
—Discúlpeme, príncipe.
Roier se encogió de hombros demostrando que no le molestaba, por lo que ella regresó su atención a su amigo.
—Es un desastre. ¿A que no adivinas que acaba de llegar al puerto de la isla?
—No tengo idea, Cristi —dijo entre risas.
Cristinini entonces se acercó, como si contara un secreto que nadie más podía conocer.
—El Keraná.
—¿El barco del capitán Spreen? —interrumpió Roier.
Carola y Cristinini compartieron una mirada de confusión por las palabras del príncipe y su súbito interés por la conversación. La pregunta no había sido discreta en absoluto, y no estaban seguros de cómo responder.
La chica se aclaró la garganta, asintiendo con suavidad.
—Sí, príncipe.
—Okay —dijo, mirando de vuelta al frente como si nada.
Hubo otra mirada de silenciosa confusión antes de que la conversación se retomara, pero Roier ya no estaba escuchando. Su mente iba por cada una de las historias que rondaban al capitán Spreen y a su tripulación.
¿Qué hacían en el reino? No lo sabía, pero en esos momentos la idea de un plan de escape brillaba en su cabeza, y no iba a dejarla ir.
***
Antes de siquiera salir a la recepción, llenó una bolsa a rebosar de oro y joyas que le pertenecían y la escondió a las afueras de donde se llevaría a cabo la ceremonia.
Wilbur no había querido que la boda fuera inmediata, quería verse como un buen anfitrión, ofreciendo una cena y charla antes de todo lo demás. A Roier aquello le había parecido rebuscado al principio, pero ahora lo agradecía.
No pudo alejarse mucho cuando Wilbur comenzó a presumirlo frente a todos, llevándolo de un lado al otro sosteniéndolo de la cintura y teniéndolo a su lado como un llavero. Apenas podía hablar, pues era constantemente interrumpido por su prometido y a nadie le parecía extraño.
Su estómago se hizo un nudo imaginando que esa podía ser su nueva vida.
—Roier, cariño —le murmuró el hombre, girando su rostro antes de sonreírle—. Sonríe más, dulzura. Te ves mucho más lindo cuando sonríes.
No quiso mencionar como todo lo que acababa de decirle era repulsivo y estaba completamente mal, solo sonrió sin querer realmente iniciar una pelea. Wilbur besó su mejilla y luchó contra sí mismo para no limpiarla con disgusto.
Wilbur miró su vaso levemente pensativo, soltando a Roier por primera vez en toda la noche.
—Quiero conseguir más bebidas...
La mención de aquello le devolvió un poco del brillo en su rostro.
—Es una muy buena idea —dijo, alejándose apenas un poco para no verse extraño—. ¿Me consigues un poco de ponche? Necesito ir al baño.
Wilbur asintió con una sonrisa y se fue para poder conseguir lo que había pedido. Roier aprovechó para alejarse de la fiesta, saliendo para poder tomar la bolsa que había preparado antes. Se aferró a ella con fuerza, como temiendo perderla.
Ahora debía encontrar el Keraná.
Caminó a un paso rápido para poder encontrar el puerto. Estaba extremadamente nervioso, con una sensación de constante persecución que, aunque sabía que no era real, le estaba causando varios problemas.
Se enfocó en buscar el barco, y en realidad no fue difícil. Jamás había visto el Keraná en persona, todo eran leyendas de su grandeza y de las riquezas que contenía, pero frente a él se veía aún más magnífico. Era gigantesco y aterrador, completamente a la altura de la grandeza que contaban sus leyendas.
Se acercó con cuidado, mirando a sus espaldas y asegurándose de no estar siendo seguido. Su corazón comenzó a acelerarse solo con pensar en que podría ser de un príncipe prófugo con un montón de piratas.
No sabía si era buena idea, pero cuando se encontró a sí mismo subiendo hasta la cubierta supo que ya no podía arrepentirse. Ya estaba ahí.
Caminó con incertidumbre y miedo, sintiéndose cada vez más estúpido por irrumpir en un barco lleno de gente que podría pensar que estaba ahí para robarles. Aunque estaba vacío, lo que era un poco más extraño.
Buscó un poco intentando encontrar a alguien dentro, y se confundió al no hallar a nadie fuera. Pensó que podrían haber sufrido una emboscada o algo parecido y con las esperanzas destruidas estuvo a punto de bajar del barco.
Se giró, buscando bajar nuevamente, pero se detuvo en seco. Una figura imponente se detuvo frente a él y apenas pudo analizarlo con temor.
Tenía una camisa blanca abierta en el pecho dejando ver un precioso collar con una piedra roja colgando, sostenía su espada en una mano y en la otra una bolsa pequeña con lo que Roier asumió era oro. Pudo haber sido cualquier miembro de la tripulación, si no fuera por el toque especial; unos lentes oscuros que eran lo que distinguía a ese hombre.
Era el capitán Spreen.
—¿Quién sos y que te dijo que era buena idea irrumpir en mi barco?
Roier tembló. La voz del hombre era ronca e imponente, totalmente lo que se imaginaba del capitán del barco más legendario de esos tiempos.
—Soy Roier, yo... —se aclaró la garganta, sintiéndose completamente intimidado—. Soy el príncipe de Karmaland, vengo a...vengo a pedirte un favor.
Spreen rió, guardando la bolsa en su cinturón y acercándose amenazante.
—Yo no hago favores, boludito. Mucho menos a la realeza —dijo, apuntándole con la espada en su mano—. Ahora, vas a bajar del barco y no le dirás una palabra a los reyes, ¿me entendés?
Roier sintió la necesidad de asentir solo para zafarse del problema, pero no podía hacerlo. Esa era su última oportunidad para ser libre.
—No, por favor, escúchame —tomó la bolsa y se la pasó—. Te ofrezco todo esto. Son joyas, oro, relojes, y tengo más. Solo necesito que me salves —habló con rapidez, quitando toda probabilidad de ser interrumpido—. Van a casarme, no quiero hacerlo. Por favor, te lo ruego, finge que me secuestraste, déjame en una isla...no lo sé, pero no puedo hacerlo.
Spreen tomó la bolsa y guardó su espada. Varios más de su tripulación habían llegado, mirando la conversación a las espaldas del capitán.
—¿Un matrimonio arreglado, eh? —se burló, revisando las joyas con tranquilidad—. Mmm, no lo sé. Con esto no es suficiente, si consigues...
La conversación fue interrumpida por varias voces rondando el barco. Un chico de cabello largo se acercó a Spreen con urgencia.
—Spreen, vienen hacia acá. Es Wilbur.
La expresión del capitán se endureció. Guardó su espada y miró por sobre los bordes del barco. Había un montón de gente acercándose.
—Wilbur, maldito pedazo de mierda...
—¿Conoces a mi prometido?
Eso captó la atención de Spreen nuevamente.
—¿Wilbur es tu prometido?
Roier asintió, y entonces el rostro del capitán se iluminó con una sonrisa divertida. Se giró hacia su tripulación, quienes ya habían subido en su totalidad al barco.
—¡Leven anclas! Tenemos que salir de aquí de inmediato —se giró al chico de cabello largo—. Missa, vos y Rivers busquen la ruta a Quesadilla más rápida.
—Sí, capitán.
El barco se movió con rapidez, acatando las órdenes del capitán. Roier no lo entendió y no supo qué hacer hasta que sus muñecas fueron sostenidas y amarradas por una cuerda.
—¿Qué haces? —dijo moviéndose incómodamente.
—Quédate quieto, ¿querés? —murmuró Spreen con molestia, terminando con sus manos justo a tiempo cuando el barco comenzó a alejarse del puerto.
Vislumbró a su prometido corriendo hasta el puerto. Spreen sonrió, mostrando a Roier a su lado de manera burlesca.
—¡Spreen, hijo de puta!
El capitán movió su mano en una despedida hacia Wilbur, mostrándole el dedo de en medio al final.
—¡Vuelve aquí, cabrón!
Spreen soltó una carcajada, llevando a Roier hasta el único cuarto que se encontraba en la cubierta. El lugar donde se guardaban todos los artículos de limpieza. Con rapidez se deshizo de las ataduras en sus muñecas y lo empujó dentro.
—No salgas hasta que yo te lo diga —le dijo antes de cerrar la puerta en su rostro.
Roier suspiró tratando de que sus nervios se fueran. Había escapado, estaba libre y sobre el barco del mismísimo Spreen. ¿Ahora que seguía?
