Work Text:
Desde que Marcos había llegado a Buenos Aires el viernes por la madrugada, había vivido de desencuentro en desencuentro con Agustín.
El sábado por la tarde arreglaron para verse a la noche, pero a Marcos le surgió un evento y no pudieron encontrarse.
El domingo por la noche, cuando Ariel organizó un asado e invitó a varios de los ex participantes, Agustín prefirió evitar el disgusto de cruzarse con ciertas personas, y no asistió.
A Marcos su ausencia lo inquietó. Apenas iba entendiendo como funcionaba el afuera, cuán distintos o iguales eran sus compañeros en la vida real y cotidiana. Y Agustín -el Agustín que él había conocido- nunca se perdería un asado. Pero sobre todo, nunca lo dejaría solo.
Agarró dos latitas de cerveza y se acercó a la parrilla, ofreciéndole una a Ariel.
—Gracias, chiqui. Sos un amor —el hombre le dijo, dando vuelta un costillar.
—Qué pinta tiene eso, por dios —Marcos exclamó—. Me muero de hambre ¿ya estarán por llegar los chicos que faltan?
Ariel se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y miró a su alrededor, buscando quiénes no estaban. Al darse cuenta de la situación se rio ligerito y negó con la cabeza.
—No falta nadie, chiqui —le contestó—. Cami está en Uruguay, y Agus no quiso venir. Pero es entendible, han sido muy hostiles algunos de estos chicos con él ¡te juro que no sé por qué! —exclamó, golpeando los brazos contra los costados de su cuerpo—. El pendex no era ningún santo dentro de la casa, pero afuera es un pibe divino. Yo lo quiero mucho, ¡hasta mis viejos lo adoran!
Marcos asintió, con una sonrisa apretada.
—Es muy churito el Agu —reconoció con cierta tristeza.
La cena estuvo bien. El asado estaba sabroso y había, dentro de todo, un ambiente agradable (si uno disociaba lo suficiente en los momentos de tensión). Pero se sentía incómodo en su propia piel cuando miraba a su derecha y Agustín no estaba allí.
Con un par de cervezas encima la ausencia y el silencio por parte del platense se le hicieron insoportables. No es que creyera que se merecía una explicación de su parte, pero la esperaba.
"Pensé que venías al asado de Ari, se te extraña" le mandó.
Agustín le contestó enseguida.
"Con suerte vos sos el único que me extraña ahí, Marcos, jaja, pasala bien hermano, ya nos veremos en algún momento !!"
"Cuándo? Decime un día"
"El miercoles tipo ocho ?"
Marcos estuvo de acuerdo y, durante los días siguientes, se aseguró de no aceptar ningún compromiso para esa noche. Lamentablemente, faltando dos horas para el horario acordado, Agustín le avisó que le había surgido una reunión impostergable, y que no podría ir.
Marcos trató de no darle importancia al dolorcito corrosivo que se le instaló en el pecho al pensar que, quizás, ya no era tan importante para Agustín. Pero ahí estaba, y ni siquiera lo calmó el mensaje que el platense le mandó después, diciéndole que lo extrañaba un montón y que ojalá pudieran verse y charlar aunque sea un ratito en el cumple de Camila.
Claro. El cumpleaños de Camila.
Marcos había recibido la invitación, pero, hasta ese momento, no tenía ninguna intención de ir. Era un evento demasiado grande, y él, mientras pudiera, quería descansar de las muchedumbres y las cámaras. Pero, aparentemente, Agustín para Camila sí tenía tiempo, y quizás verlo allí sería más rápido que encontrar un hueco libre en sus agendas otra vez.
"Voy a tratar de ir " le contestó.
—Te dije que teníamos que salir antes, pero nunca me hacés caso en nada —reclamó Santiago, activando la alarma del coche.
Agustín tomó una respiración profunda y sostuvo el aire por unos segundos.
—Tenés razón, tendríamos que haber salido antes, pero ya está. No peleemos —le pidió, prendiéndose el botón del saco.
Las cosas entre Santiago y él estaban un poco tensas. Para colmo, por culpa suya, habían llegado una hora tarde al cumpleaños de Camila. Si al menos eso lo hubiera librado de las fotos y las entrevistas a cargo de la revista que cubría el evento, hubiera servido de algo. Pero ni eso. Tuvo que posar para cada uno de sus fotógrafos y responder a cada uno de sus periodistas, uno más tonto que el otro.
Entró medio encandilado por los flashes y de mal humor por la estupidez de los medios. Pero se le pasó enseguida cuando, al enfocar la vista Marcos fue la primera persona a la que vio. El ganador estaba, por supuesto, rodeado de gente y, aún así, le devolvía la mirada a la distancia.
Levantó la mano y lo saludó con entusiasmo, provocando que al salteño se le suavizara todo el rostro al sonreírle.
—¿A dónde vas? —Santiago preguntó, abrazandolo por los hombros para detenerlo—. Tenemos que ir a saludar a Cami y Flor, boludo —añadió con una risita nerviosa.
Agustín ni cuenta se había dado cuando comenzó a caminar hacia el salteño, y eso lo ofuscó un poco. No le gustaba nada volverse tan torpe e imprudente cuando estaban cerca…
—Sí, obvio. Vamos a saludar a las chicas —dijo, como si no hubiera estado a punto de hacer algo totalmente distinto.
Camila gritó de alegría y Florencia se rio por la reacción de su hermana, pero las dos lo rodearon en un apretado abrazo.
—Feliz cumple, hermosas —Agustín les dijo, dándoles un beso a cada una.
—Gracias, Agus. Qué facha que estás —Flor dijo, arreglándole la corbata que se le había torcido por la efusión del abrazo.
—Y ustedes están hermosas, son unas reinas —les dijo, haciéndolas dar una vuelta para apreciar el vestido color crema.
—Tenemos un montón de cambios, estoy re contenta —Camila confesó, agarrándolo de las manos y dando un par de saltitos.
Él se rio y las abrazó otra vez.
—Me alegro, hermosas, disfruten mucho —les dijo antes de soltarla para que siguieran saludando a los invitados.
Cortez como era, quiso acercarse a saludar a algunos familiares de las chicas, pero la mano que se enredó en su brazo lo detuvo a mitad de camino. Agustín no necesitó mirar para saber de quién se trataba. Abrió los brazos nomás cuando el cuerpo grandote de Marcos prácticamente se lanzó sobre él.
—Agu', por fin —Marcos exclamó, escondiéndose en su cuello y enredando ambos brazos en su cintura—. Te extrañé muchísimo —dijo en un murmulló casi inentendible.
Agustín se aferró a su espalda.
—Y yo a vos, loco. No tenés idea de cuánto —confesó para los dos. Ahora que lo tenía ahí, entre sus brazos, no era tan sencillo tapar, con trabajo y responsabilidades, el amor, la angustia, el deseo, la nostalgia, las dudas que lo invadían cada vez que pensaba en él. Lo abrazó más fuerte, casi colgándose de su cuello.
Marcos deslizó las manos debajo del saco, sólo para sentirlo más cerca.
Los flashes caían sobre ellos como una balacera, y los teléfonos los apuntaban sin ninguna discreción.
Agustín se sintió un poco paranoico, temeroso de que estuvieran quedando demasiado expuestos. Se daba cuenta de que, cuando estaban juntos, era difícil que no se notara lo que sentían por el otro.
Por otra parte, a Marcos no pudo haberle importado menos. Por supuesto que hubiera preferido tener ese momento en privado. Pero tampoco iba a contenerse de abrazar al amigo que tanto había extrañado sólo porque los estaban grabando. Ya los habían filmado durante meses, qué más daba otro video, u otra foto.
Se apartó y tomó su rostro entre ambas manos para mirarlo fijamente. Estaba hermoso, cada día parecía ponerse más lindo y él quería decírselo, repetirlo una y otra vez. Pero siempre tardaba demasiado en animarse.
—Nos están grabando de todos lados —Agustín le avisó.
Marcos le miró la boca y tuvo que atraerlo a su pecho otra vez para ocultarlo de sus propios deseos. Pese a todo lo que no se había puesto en palabras, había necesidades e instintos innegables. Por momentos, casi incontenibles. Lo abrazó fuerte por los hombros y hundió el rostro en su cabello.
Permanecieron en esa posición, al menos, por un minuto completo. Y hubieran seguido, si el amigo de Marcos, con el que había asistido a la fiesta, no se les hubiera acercado reclamando al salteño.
Agustín lo había conocido. Era el chico que compartía nombre y ninguna virtud más con su mejor amigo. Se saludaron con un apretón de manos cordial, pero tenso.
—Disculpá que me lo lleve, crack. Llegaron los otros finalistas y en la puerta quieren una foto de los tres.
Agustín dio un paso atrás y levantó las manos a la altura de su pecho.
—Por favor. Adelante —le contestó.
Marcos se desajustó la corbata, ansioso, exasperado.
—Pero es el cumpleaños de Cami, ¿no tendríamo’ que sacarno’ foto con ella en todo caso? — inquirió.
—No sé, amigo. Yo solamente te transmito lo que me dijeron.
Marcos suspiró con hastío y se acercó a Agustín otra vez para darle un beso en la cabeza.
—Esperame, por favor. Ya vuelvo.
Agustín le dio una palmada en la espalda.
—Voy a andar por acá —le garantizó.
Los dos quisieron cumplir con su palabra, pero lo cierto es que les costó bastante. Era entre exasperante y cómica la manera en que, constantemente, los llevaban en direcciones opuestas y ellos buscaban la forma de encontrarse otra vez.
Después de deshacerse de un productor que le ofrecía un protagónico en Carlos Paz, Marcos esperó pacientemente a que Agustín terminara de hablar con un muchacho que él no conocía pero que, por su apariencia y manera de hablar, debía ser algún streamer, tiktoker o trapero. Quizás todo a la vez.
Cuando quedaron solos, Agustín le sonrió y le acarició la espalda.
—¿Cansado? —le preguntó.
Marcos le dio un abrazo breve. El número quién-sabe-cuánto de la noche.
—Toy exhausto, primito —admitió, soltandolo para volver a llenar su copa de champagne y beberse la mitad de un solo sorbo.
—Ehh, pará un poco —Agustín le dijo—. Ponerte en pedo no te va a ayudar en nada, al contrario.
—¿Y qué me podría ayudar entonce'? —Marcos le preguntó.
Agustín se lamió los labios y miró alrededor, como siempre que pensaba muy rápido.
—Bailar, por ejemplo —le contestó.
Marcos dejó su copa en la mesa de bebidas e hizo lo mismo con la de Agustín.
—Entonce’ bailemo’ —le dijo, ofreciéndole su mano.
Agustín le sonrió con cierta resignación porque sabía que, ni bien los vieran juntos, alguien se acercaría a separarlos. Pero él también tenía ganas de bailar y, desde el escenario montado para el karaoke, Santiago y una amiga de Camila estaban interpretando una versión bastante decente de “Por lo que yo te quiero”, así que aceptó su mano.
—Vamo’ —le dijo.
Con lo torpes que se volvían ambos alrededor del otro, pero con las ganas que tenían de estar juntos, bailar justo aquel cuarteto fue entre tenso y divertido. Aunque no se dijeran nada, los dos sabían que tenían cosas para hablar, que la palabra amistad, por mucho que quisieran estirar sus acepciones, no alcanzaba para abarcar lo que sentían por el otro. Menos aún, para justificar por qué Marcos le cantó toda la canción mientras bailaban, ni para explicar por qué Agustín se murió de vergüenza siendo que siempre era un desfachatado.
De todos modos el momento no duró mucho. Tal y como Agustín predijo, ni bien la canción terminó, Julieta Poggio se acercó, reclamando la atención del salteño.
—Primo —lloriqueó agarrándolo del brazo—. La revista nos quiere hacer un par de fotos para sus redes ¿te copás?
Marcos no estaba tan borracho, pero sí lo suficiente como para mostrarse abiertamente intolerante con todo lo que le molestaba.
—¿Y por qué no lo hace' con tu novio? —le preguntó.
La pregunta pareció ofuscar a la muchacha.
—Porque nos quieren a nosotros dos, Primo. Por eso no lo hago con mi novio.
Agustín, incómodo por la presencia de la joven, intentó liberarse del pesado brazo que le rodeaba los hombros. Pero ni bien Marcos notó sus intenciones, lo atrajo más a su costado.
—A mí no me importa eso, Juli. Estoy pasando un rato con Agu, hace un montón que no lo veo.
La chica miró al platense de reojo.
—Por favor, Marcos —rogó—. Es importante para mí, para mi trabajo —lloriqueó.
Agustín miró alrededor y se dio cuenta que el berrinche de la chica, evidentemente borracha, estaba comenzando a llamar la atención de los demás invitados.
—Andá si querés, Primo. No pasa nada —le dijo.
—No. Ya dije que quería quedarme-
—¡Agus, Agus! —Camila lo llamó por el micrófono, haciéndole señas desde el escenario—. Vení a cantar conmigo.
Agustín casi le lanza un beso de agradecimiento a su amiga.
—Andá tranquilo, Marquitos, en un rato nos vemos —le dijo, desprendiéndose de su agarre y corriendo hacia el escenario.
—Te salvé —Camila le dijo, dándole el micrófono.
Él aceptó el aparato y le dio un beso en la mejilla.
—Te debo una —le reconoció.
Les tocó una canción de Miranda, e hicieron una buena dupla. Sonaban bien juntos y se veían aún mejor.
O eso fue más o menos lo que el amigo de Marcos le comentó cuando el salteño pudo deshacerse de Julieta y regresar a la pista.
Marcos alzó las cejas y se rio.
—No. Nada que ver. Camila no es el tipo de Agus.
—Eso dirás vos. Ellos parecen llevarse muy bien —el amigo replicó, imprudente.
Marcos miró hacia el escenario y la mandíbula se le tensó.
Camila estaba haciendo su pequeño show: colgada del cuello de Agustín, y apoyada en su pecho le cantó los primeros versos del estribillo mirándolo a los ojos.
Yo te diré lo que podemos hacer,
amémonos a escondidas, nene,
estemos donde nadie esté.
Y Agustín, a quien le encantaba llamar la atención, siguió el teatro como pez en el agua.
Hagamos de nuestro amor
el secreto más profundo,
aunque lo cante todo el mundo,
y qué
Marcos apartó la mirada cuando la rubia se deslizó como una serpiente por el cuerpo del platense, pero volvió a mirarlos cuando unieron sus voces para cantar el final de la canción.
Nunca lo podrán saber
pongamos mucho cuidado
en lo que hacemos
y delante de quién
es solo cuestión de ver
y hablando como si nada
que nos escapemos te propondré.
Sus miradas, las de Marcos y Agustín, volvieron a cruzarse intermitentemente en los versos finales.
—Voy al baño —el salteño le anunció a su amigo.
—Te acompaño —el otro se ofreció.
—Teneme esto mejor —le dijo, entregándole su bebida—. Esperame acá. —Le dio una palmadita en el brazo y, prácticamente corriendo, se alejó en dirección a los baños.
Al amigo le pareció bastante inconveniente que los sanitarios estuvieran a tan pocos metros del escenario en el que estaba cantando aquel chico, pero descartó rápido el pensamiento. Nada tenía que temer. Él ya le había dicho a Marcos todo lo que tenía que saber de Agustín (lo bueno y lo malo) y confiaba en su criterio. Así y todo, cuando el platense se bajó del escenario, no pudo evitar querer seguirlo con la mirada para tratar de ver hacia donde iba. Para mala suerte suya, los reflectores no lo dejaron ver más allá de las gemelas preparándose para cantar un canción de Luis Miguel.
*
Agustín todavía no se había acostumbrado a que la gente ya no respetara su espacio personal. Tenía sus cosas buenas, como recibir un abrazo repentino y reparador de un seguidor amoroso. Pero también sus cosas malas, como bajar encandilado de un escenario y que te agarren de la cintura en el sector más oscuro y solitario de un salón lleno de desconocidos.
—Soy yo, Agu. Tranqui —Marcos le dijo, al notarlo tensó entre sus manos.
—¡Ay, qué boludo! Casi me matás del susto —Agustín exclamó, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué hacés acá? ¿Vas a cantar? —le preguntó, cuando se le pasó un poco la impresión.
—No, quería ir a tomar aire, ¿me acompaña’?
Agustín arqueó las cejas y contuvo una risa.
—¿A tomar aire? —preguntó.
Marcos asintió.
—Imposible amigo, se te va a tirar todo el mundo encima si salís de acá.
—Hay una salida atrás de los baño’. Hoy entré por ahí y todavía tengo las llave'.
Agustín dudó un momento.
—Bueno, vamo’ —finalmente le contestó, con la voz algo quebrada.
Marcos lo agarró de la muñeca y se concentró en esquivar al par de curiosos que volteaban para verlos escaparse juntos.
*
En comparación al glamour del salón, el patio al que salieron estaba bastante descuidado. Era pequeño, oscuro y el piso estaba lleno de colillas de cigarrillos. Pero estaba protegido por paredones altos y se veía el cielo, así que para tomar aire sin que nadie molestara, servía.
—Qué cagada, está por llover otra vez —Agustín dijo, mirando las nubes cargadas—. Allá en Salta no llueve tanto ¿no? —le preguntó.
Marcos no contestó, sino que esperó en silencio a que el platense lo mirara. Cuando lo hizo, envolvió una mano en su corbata y tiró suavemente para acercarlo.
—Llueve poco, digamo' —le contestó, poniéndole una mano en la mejilla.
Agustín lo observó cauteloso.
—¿Qué hacés?
—Es obvio lo que hago, Agu'—le contestó, rozándole el labio inferior con el pulgar.
Agustín tembló bajó sus manos.
—¿No deberíamos charlarlo primero? —le preguntó con la voz empequeñecida.
—Podemo' charlarlo despué' —Marcos le contestó, mirándole la boca primero, los ojos después.
Agustín asintió apenas, y Marcos no necesitó más que eso para terminar de inclinarse y besarlo.
Quizás por el alcohol que habían ingerido, o por las ganas que llevaban acumulando durante meses, la ternura y la sutileza que había predominando en su relación, desaparecieron en ese primer beso. Fueron, en cambio, todo necesidad y prisa por tomar del otro todo lo que tanto habían deseado en silencio. Manos errantes se enredaron en el cabello contrario, y dientes hostiles marcaron y enrojecieron los labios.
—No, no —Agustín se quejó, cuando Marcos quiso apartarse.
—Un segundo noma', gordito —Marcos requirió, dándole un último beso para luego correr hacia la puerta por la que habían salido y darle dos vueltas de llave—. No quiero que nadie nos moleste —explicó, cuando regresó a su lado.
Agustín se puso en puntas de pie, buscando su boca otra vez.
—Dale, dame un beso —pidió bajito.
—Dios, so' muy hermoso, Agu —Marcos dijo, tocando su rostro como si fuera la criatura más fascinante que había visto en su vida. Quizás lo era.
Agustín se estiró un poco más y rozó sus labios apenas.
—Por favor, Mar.
El salteño exhaló por la nariz y no le dejó escapatoria alguna cuando lo agarró del cabello y la cintura para besarlo otra vez.
No es que Agustín la quisiera. No quería escapatoria, ni distancia, ni prudencia. No quería nada, excepto que Marcos lo besara.
Pero pronto los besos ya no fueron suficientes, y Agustín se encontró acorralado contra una pared con el salteño mordiéndole el cuello y desabrochándole el cinto. Fue, de hecho, el tintineo de las hebillas contra los botones del pantalón lo que rompió su trance en el que todo era MarcosMarcosMarcos.
Marcos y el peso de su cuerpo contra el suyo; su aroma, una mezcla de crema de afeitar, aceite de coco y un perfume que él no conocía; su sabor a champagne y algún dulce que había ingerido al pasar; sus manos que cuando lo agarraban sabían aplicar la fuerza justa para tocarlo sin lastimarlo. Apartarlo fue, posiblemente, el mayor acto de autocontrol que había ejercido en su vida.
—Acá no, Mar, no da —jadeó, agarrándole la mano con la que intentaba desprenderle el botón del pantalón.
—Un poquito noma' —Marcos susurró contra su oído—. Por favor, Agu.
Ya fue todo. Agustín lo soltó y le permitió que desprendiera el pantalón y metiera la mano en su ropa interior. Gimió largo y bajito, escondiéndose en su cuello, cuando lo envolvió en mano enorme.
—Estás muy duro. —Marcos se mordió el labio, mientras lo pajeaba con cierta torpeza.
Agustín enredó una mano en su cabello y con la otra se aferró a su hombro. Si el salteño no hubiera cruzado un brazo alrededor de su cintura, probablemente sus piernas hubieran fallado.
—Más rápido. Hacerme acabar —le pidió.
Marcos soltó un quejido, y le bajó un poco la ropa interior para acelerar el movimiento.
—¿Te gusta así? —le preguntó.
Agustín, mirándolo con los ojos entrecerrados y la boca semiabierta, cabeceó un asentimiento. Unos minutos después, acabó en su mano áspera, seca y torpe. En realidad, había sido la paja más incómoda que le habían hecho alguna vez, pero, al mismo tiempo, la que más había gozado en su vida.
—Dios, qué desastre —exclamó bajando la mirada.
Marcos le dio un beso rápido y buscó en el bolsillo de su saco el pañuelo que lo adornaba. Lo limpió a los dos, le acomodó la ropa y le abrochó el cinto, mirándolo con una sonrisita divertida.
—¿Nos vamo’? —le preguntó—. Mi depto no está tan lejo' de acá.
Agustín lo contempló en silencio. Estaba loco, o todavía medio en pedo, si pensaba que podían irse caminando por pleno centro de Recoleta. Pero también estaba hermoso. Más hermoso incluso que cuando estaba dentro de la casa y era esa figura casi etérea que yacía lánguida bajo el sol del mediodía. Tenía el flequillo despeinado sobre la frente, los ojos brillantes, la boca hinchada y mordida. Exudaba erotismo, dulzura y una libertad inexperta, recién nacida.
Levantó la mano y le acomodó el cabello, descubriendo su mirada.
—Perdón, porque te lo deben decir todo el tiempo, pero no tenés idea de lo lindo que sos, de lo hermoso que estás.
Marcos tuvo la desfachatez de ponerse colorado.
—Me importa si me lo decis vo’ noma' —confesó.
Agustín le sostuvo la mirada y negó levemente con la cabeza, incrédulo y fascinado con el hombre frente a él. Casi imitando sus acciones, lo empujó contra la pared y lo besó, desajustándole al mismo tiempo la corbata y el primer botón de la camisa. Cuando se apartó y el salteño lo miró con cierta duda ante sus acciones, él le guiñó un ojo.
—Vas a necesitar un poco de aire —le dijo, y se hincó de rodillas sobre el suelo sucio.
A Marcos le hubiera gustado atesorar ese momento para siempre, pero fue tan intenso y frenético que, cuando más adelante pensara en ello, sólo recordaría pequeños fragmentos de sus ojos azules mirándolo desde abajo. De sus propias caderas empujando violentamente contra su boca, pequeña, caliente y húmeda. De sus manos enredadas en su cabello suave. Del placer intenso, de su grito agónico. De la tos, la risa, el escupitajo sobre la vereda. Del “qué guacho que sos, me hubieras avisado por lo menos” . De los besos suaves en el mentón, en las mejillas y en la boca. De su propia respiración descontrolada. De las manos frías acariciándole el pecho por debajo de la camisa. De los dedos hábiles arreglando la ropa, la corbata, el cabello. De lo único que, años y años después, se acordaría con claridad sería del intenso sentimiento de amor y devoción que lo desbordó al verlo de pie frente a él, tan profundamente concentrado en dejarlo presentable otra vez.
Te amo, pensó, estoy enamorado de vos.
—¿Estás bien? —Agustín le preguntó, visiblemente preocupado.
—Sí, sí estoy bien, pero por ahí si teniamo' que hablar ante' de...
—Shh, tranquilo —Agustín lo calmó al notar su afligimiento—. Vamos a hablar hasta que ya no quieras escucharme más —le aseguró.
—Yo siempre quiero escucharte. Me hace feliz escucharte.
¿Qué se suponía que Agustín tenía que contestar a eso sin incinerarse en medio de ese patio mugriento? Se puso en puntas de pie y le beso la mejilla.
—Dejame llamar a Santi para que nos pase a buscar y nos lleve a tu depto. Mandame la dirección así se la paso.
—¿No estaban medio peleado’ ustedes? —Marcos le preguntó, desbloqueando su celular.
—Todavía lo estamos. Pero es mi mejor amigo. Como vos y ese chico al que no le contás nada y vas a dejar acá tirado.
—No es dejarlo tirado, le voy a avisar que me fui. Después.
Mientras Agustín esperaba que Santiago le atendiera la llamada, le hizo una caricia en la mejilla.
—Esta muy bien, amor —contestó sin pensar.
El corazón de Marcos dio un salto en su pecho. Amor. Era eso.
Entrelazó sus dedos mientras esperaban.
Desde su lugar en el asiento de conductor, Santiago les dirigió una mirada inquisitiva.
—¿Te vieron salir? —Agustín le preguntó, abriendo la puerta de atrás para que Marcos entrara.
—Obvio que me vieron salir, está lleno de gente por todas partes. ¿Cómo llegaron ustedes dos acá? —Santiago inquirió, poniendo el auto en marcha cuando Agustín se sentó y cerró la puerta.
—Salimo' a tomar aire —Marcos contestó.
Santiago carraspeó, se removió en el asiento y se echó el cabello hacia atrás.
Agustín sabía que estaba aguantándose la risa y que aquello iba a ser motivo de cargadas durante, probablemente, toda su vida.
—Estuvimos charlando y poniéndonos al día —le aclaró.
—¿Qué otra cosa podrían haber estado haciendo? —Santiago ironizó, siguiendo por el GPS la dirección que Agustín le había enviado— Desempolvate las rodillas nomás, por fa, que me vas a llenar de tierra el tapizado.
Agustín, colorado hasta las orejas, se estiró y le pegó un manotazo en el brazo.
—No te zarpes —le advirtió—. Y vos no te rías —le dijo a Marcos que, medio inclinado sobre su regazo, se cubría la cara con ambas manos.
El salteño, sintiéndose algo culpable, se incorporó y lo abrazó contra su pecho.
—Te voy a compensar todo —le susurró al oído.
Agustín giró la cabeza y juntó sus frentes.
—No tenés que compensarme nada.
—Pero tengo mucho que agradecerte —Marcos respondió, inclinándose para darle un beso chiquito, y luego otro, y otro, y otro más, hasta hacerlo reír.
Santiago los miró a través del espejo retrovisor y rodó los ojos. Pero también sonrió y le subió el volumen a la música para no escuchar lo que, entre besos y susurros, se decían y confesaban.
Al final, habían valido la pena tantos meses de angustias e incertidumbres. Al menos ese día había ganado el amor.
