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Language:
Español
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Published:
2023-04-23
Words:
4,223
Chapters:
1/1
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2
Kudos:
36
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3
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539

Amante espejismo [ONESHOT][UW]

Summary:

Gordi después de una noche febril despierta demasiado tarde para ir al campamento corazón a dejar sus papeles de ingreso. Azulín emprende camino solo, dejando a su hermano en casa, con su padre alcohólico, quien vive atormentado por los recuerdos de una mujer que ya no está.

Notes:

***ESTE TEXTO TIENE CONTENIDO PROBLEMATICO***
-Podría tocar temas sensibles para algunas personas.
-Unicorn wars
-Gordi y su papá
[Dead Dove: Do Not Eat]

dicho esto, continuamos.

Work Text:

La luz de la mañana entraba por la pequeña ventana del dormitorio, derramando sus dorados hilos que se agolpaban contra las esquinas y hendiduras de todo lo que descansaba en la habitación. Gordi despertando de un sueño que no podía recordar, solamente le venía a la mente la imagen del rostro pecoso de su madre y con ello una pequeña lágrima rodó por su mejilla. Se puso de pie y rápidamente se tambaleó cayendo sentado sobre la cama. Sintió un escalofrío bajando por su espalda, recordó que había tenido fiebre durante la noche. Puso su mano en la frente y pudo notar que su temperatura ya era normal. Miró el reloj de su mesita de noche, pasaban de las diez de la mañana. La cama de su hermano perfectamente tendida y sus pertenencias en una caja a los pies de la cama le recordaron que se habían enlistado al ejército esa misma semana. Ya habían cumplido la mayoría de edad y terminado finalmente la escuela. La idea de irse de casa lo hizo suspirar, tantos años en la misma habitación, tantas vivencias amargas y dulces... Acarició suavemente el cobertor rosa de su cama, "mamá, qué pensarías de nosotros ahora..." dijo para sí mismo. Se puso de pie despacio, ya se sentía menos mareado. Se cambió de ropa frente al espejo mientras repasaba en su cabeza qué debía hacer ese día. La expresión de su rostro cambió cuando recordó que tenía que haber llevado sus documentos al campamento Corazón esa misma mañana. Bajó las escaleras corriendo, le tomaría horas llegar y la oficina cerraba al medio día. Al llegar al escritorio de la sala no encontró sus hojas; levantó un florero vacío y unos libros que ahí reposaban, pero simplemente no estaban. Volteó a ambos lados desesperado, se agachó hasta el suelo, buscó bajo la alfombra y los muebles. De repente oyó toser a su padre en uno de los sillones de la sala, estaba tan callado que no notó que estaba ahí. Gordi lo miró con la esperanza de que él supiera dónde estaban sus documentos, pero siempre le daba incomodidad hablar con su padre a solas, no quería molestarlo. Tomó aire y se acercó al hombre, que con rostro adormilado miraba un punto a la distancia.
—Papá... ¿Has visto una carpeta con hojas que dejé en la mesa? —dijo Gordi, sin mirarlo a la cara, el olor a alcohol y el acre del tabaco flotaba en el aire. El hombre era trabajador y nada agresivo, pero llevaba tiempo bebiendo, tal y como hacía desde que su esposa había dejado este mundo, y en esta semana lo hacía como esos terribles primeros días. Quizás era la nostalgia o la preocupación de que sus hijos ingresaran al ejército, pero se sentaba ahí, bebía y sollozaba. Gordi esperó unos momentos a que el viejo oso contestara. De repente levantó la vista y lo miró fijamente con los ojos vidriosos.
—¿Amor? Regresaste... No me mires, soy un desastre... Lamento no haber cuidado bien a los niños... —Sus ojos se llenaban de lágrimas mientras escondía la cara entre las manos. Gordi sintió lástima por su padre, y sin decirle una palabra lo dejó llorar a solas.
Caminó a la cocina y pudo ver una nota amarilla pegada en la puerta del refrigerador. En letra cursiva muy pequeña ponía "Me adelanto a dejar las hojas, me llevo las tuyas porque dudo que puedas ir por tí mismo, más vale que la comida esté lista cuando regrese. Azulín". Gordi suspiró aliviado, su hermano podía ser muy amable a veces. Se dispuso a preparar la comida. Sacó los ingredientes del refrigerador; unas moras, mantequilla, leche y demás. Cocinaba en silencio. Rellenó la tarta y la dejó en el horno, quitándose finalmente el delantal y sentándose descansar.
Apoyó la cabeza sobre su mano unos minutos en el comedor mientras que por el arco de la cocina podía ver a su papá sentado en la sala con la mirada perdida. Sintió pena por el hombre, era un verdadero desastre, y él mismo era consciente de ello. Nunca atendió con demasiado esfuerzo a sus hijos. De niños pasaban una cantidad colosal de tiempo solos en casa, donde sucedieron cosas que le revolvía el estómago recordar. La rabia le subió desde el estómago hasta el pecho, rabia, porque a pesar de todo lo que se había esforzado nunca fue reconocido ni una vez. Incluso ahora, prefería beber que compartir los que podrían ser los últimos momentos con sus hijos en casa. Además, su padre parecía sólo tener ojos para Azulín, como si él fuera un lastre que lamentablemente había sido fecundado junto a su verdadero hijo. Incluso al darle la noticia de que ingresaron al ejército mostró algo de sorpresa, pero por sobre todo felicidad por Azulín, ese día no paraba de murmurar "mi hijo, soldado..." Como si solamente uno de sus hijos existiera. Miró sus manos manchadas de mermelada deteniendo un momento sus pensamientos, avergonzado de juzgar a su padre. Era solo un pobre hombre viudo, que, a pesar de haber pasado por tormentos, había educado y cuidado de dos hijos solo, como había podido, como había entendido. No de la forma correcta tal vez, pero hoy era lo que era gracias a ese hombre, no merecía que lo juzgara con tanta dureza. Se levantó del comedor y caminó hacia la escalera. Las pequeñas partículas de polvo suspendidas en el aire le recordaron que no se había hecho la limpieza de la casa en un buen rato, y volteando a ver a su padre, sumido en los sollozos supuso que no sería él quien mantuviera el lugar habitable. Subió la escalera y comenzó a barrer y sacudir el cuarto. Pasó una toalla suave sobre los marcos de las fotos y por el espejo que se posaba en el centro del dormitorio. A Azulín le gustaba mucho admirarse ahí, pero Gordi tampoco se quejaba si podía mirarse, con un poco de misericordia, a sí mismo. Sus ojos se encontraron con sus pares del espejo, se devolvió la sonrisa, ahí de pie, con el delantal rosa puesto sobre la modesta camisa gris. Se sonrojó al recordar que su padre lo había confundido con su madre. "Amor... Él me dijo amor..." Sonrió para sí mismo, acariciando la palabra en su lengua unos momentos. Continuó con la limpieza, en general el cuarto de los hermanos estaba limpio. Pensó en continuar con la habitación del padre, sintió un cosquilleo de curiosidad por entrar, quería dejar todo listo para que el hombre no tuviera que preocuparse por ello, al menos no los primeros días enfrentándose a la soledad de la casa. Abrió la puerta lentamente, los crujidos de la vieja madera cesaron cuando la penumbra lo envolvió, el olor a encierro y tabaco flotaba en la habitación, la pesada cortina azul oscuro evitaba la entrada de la luz. El osito la recorrió levantando una nube de partículas de polvo que lo hicieron toser. Abrió la ventana y sintió el fresco de la brisa matutina entrando a la habitación. La silueta de los viejos muebles se dibujaba en un frío tono azulado cubierto de un velo de polvo. El osito rosa caminaba a la entrada a buscar la escoba cuando tropezó con unas botellas empolvadas, amontonadas en el piso. "Ya veo por qué papá ya no sube a dormir aquí..." Pensó. Levantó las botellas y las metió en una bolsa de basura, sacudió y barrió el piso. Quitó una tela empolvada que cubría el espejo de la habitación y talló con una toalla el vidrio. Su rostro sonriente se reflejó en el inmaculado cristal y se sintió satisfecho de cumplir con la tarea. Quitó la ropa de cama y abrió el armario buscando una nueva. Sacó unas cajas que ahí estaban y las abrió una por una. Una estaba llena de libros viejos, otra tenía unas piezas de madera y otra cristalería, "debería arreglar este armario..." Pensó para sí mismo. Abrió una última caja y se detuvo, sorprendido, al encontrarse con una fotografía de su madre. Levantó la foto enmarcada en metal dorado y cubierta por un cristal, la mujer sonriente con una mano detenía el sombrero que parecía querer echarse a volar en cualquier momento. Su rostro se reflejó como un espejismo de un tiempo difuso, y pudo ver sus propios ojos en los de su madre, sus mejillas y su expresión de sorpresa, como si ella nunca se hubiera ido. Dejó a un lado el marco y al fondo de la caja bajo unos papeles pudo encontrar, doblado y todavía perfumado, el vestido rosa de su madre, el que usaba en esos momentos efímeros de los recuerdos de su infancia. Se levantó del piso y sacudió la prenda. Se asomó al pasillo tímidamente, como si hubiera encontrado algo prohibido, volvió dentro del cuarto y abrazando la tela se embriagó del aroma de su madre. Apretó los ojos con fuerza y sintió el mareo de una emoción que creía enterrada. Se miró con curiosidad en el espejo de la habitación, acomodó sobre sus hombros la prenda y se miró sonrojado en el espejo. "Con razón papá ni siquiera me mira a la cara, si soy igual a ella..." dijo para sus adentros, soltando una risa casi inaudible. Cerró la cortina y echando nuevamente la mirada al pasillo, entrecerró la puerta y comenzó a desvestirse. Colocándose el vestido sobre la piel desnuda, avergonzado pero divertido de su travesura. Se reflejó en el espejo, con la tenue luz que entraba al cuarto, nuevamente privado del sol. Pudo ver como la tela caía suavemente en las curvas de su cuerpo, como envolvía su persona. Por primera vez en mucho tiempo se sintió hermoso y adorable, una figura eterna, el atemporal espejismo del recuerdo de su madre. Sus ojos se ahogaron de lágrimas y se formó un nudo en su garganta, abrazó su cuerpo de rodillas en el suelo, olfateando y acariciando la tela. Tantas emociones sostenidas en una pieza de ropa.
De repente el cosquilleo de un olor fuerte llegó a su nariz y como despertándose antes de caer en un sueño recordó la tarta que había dejado en el horno. Salió corriendo del cuarto y llegó a la planta baja jadeando, para encontrarse con una nube de humo negra que llenaba la casa. Sacó la tarta del horno y gruñó de dolor al sentir el metal caliente del molde quemando la piel de sus manos. La dejó rápidamente en la mesada y sumergió sus manos en agua helada, quejándose del dolor. Abrió la ventana de la cocina para ventilar el humo y una ráfaga repentina de viento revolvió las pequeñas cortinas, el humo se fue dispersando poco a poco. Grandes lágrimas caían de sus ojos y le ardían las manos, "soy un tonto... Cómo dejé que pasara... Azulín se va a enojar un montón cuando vuelva a casa". Caminó cabizbajo al baño donde guardaban un botiquín. Se sentó en la sala y puso un poco de pomada en sus manos, luego quejándose de dolor trató de cortar las vendas con los dientes, pero fue inútil. Lloriqueó apretando los ojos, se sentía dolido y frustrado. De repente el cálido toque de una mano acarició su mejilla mojada en lágrimas, abrió los ojos asustado y vio a su padre, de pie junto a él, lo miraba con esos ojos tristes que a él tanto le avergonzaba encontrarse. "No... No me veas así..." Susurró Gordi, cerrando los ojos.
—¿Qué pasó? —le preguntó el hombre con una voz tranquila, casi lastimera.
—Yo... Yo me distraje y se quemó la comida... Azulín va a ponerse furioso y... —cuando fue interrumpido por el mayor.
—Te lastimaste, déjame ayudarte con eso. Hay que tener cuidado con el horno, por fortuna parece que no fue grave. —el oso mayor hablaba tranquilizando al joven osito, que poco a poco dejaba de llorar. Envolviendo con cuidado las pequeñas manos heridas bajo las vendas blancas. Al final les hizo un nudo y guardó las cosas de vuelta al botiquín.
—Muchas gracias, la verdad me desesperé y no supe que hacer. Creo que voy a continuar con lo de la comida, pero ahora sin distraerme. —Gordi sonreía con la mirada fija en el piso, se sentía avergonzado, pero mucho más tranquilo. No recordaba la última vez que su padre lo había atendido de esa manera, tal vez nunca había pasado. Se levantó y caminó hacia la cocina, cuando fue detenido por el mayor.
—No cocines ahora, primero debes descansar. —dijo el oso sonriendo y viendo a Gordi a los ojos. "Son iguales a los de Azulín..." Pensó, sintiéndose un poco tonto de pensar que su padre se parecía mucho a su hermano, cuando era algo evidente. Sintió la cara caliente al verse en esa situación tan boba y respondió a su padre con una sonrisa y agitando la cabeza.
—¿Qué pasa, cariño? ¿Te sientes mal? —contestó el oso azul, acercándose a la cocina con un deje de preocupación en su voz.
—No, solamente me duelen un poco las manos. Pero estaré bien. Gracias por preocuparte por mí, pa—. De repente los labios del hombre se encontraron con los suyos en un corto pero inesperado beso que dejó a Gordi tan sorprendido que quedó boquiabierto viendo la extraña escena.
—No te sobreesfuerces, cariño. Te amo. —dijo el mayor dándole un pequeño beso en la frente.

Estaba impactado, no podía creer lo que había pasado. Pero sobre todo quedó en él la sensación cálida de la frase "te amo", una gota de sudor rodó por su cuello y tragó saliva pesadamente, escondió la cara entre sus manos vendadas procesando la situación. Volteó a ver a su padre, que se encaminaba al pasillo con el botiquín en la mano y levantando la voz lo enfrentó.
—¿Por qué me dices que me amas? ¡Nunca me lo has demostrado! Para ti solamente existe Azulín... —La voz quebrada de Gordi resonaba en el pasillo. Desconectado de la realidad, el joven esperaba una respuesta.
—¿De qué hablas, amor? Es nuestro hijo... —El oso mayor se acercó lentamente al joven, poniendo ambas manos sobre los hombros de este. Sosteniendo la mirada Gordi golpeó el brazo de su padre apartándose unos pasos de él.
—¡No estés jugando conmigo! ¡No estoy de humor! Maldito borracho... —dijo Gordi, con una voz que hasta a él le sorprendió, dejando escapar la rabia que había sentido durante tantos años.
—Estás enojada... Lo sé, pero sabes, sé cómo ponerte de humor. —el mayor se acercó a Gordi rodeándolo firmemente con sus brazos. El joven luchó sacando las garras contra los brazos de su padre, sus ojos nadaban en lágrimas que se desbordaban pesadamente por sus mejillas calientes, pero era inútil. Su padre tenía muchísima más fuerza. Forcejeando cayeron estrepitosamente al suelo, el dolor agudo del golpe en la nuca atontó a Gordi, quien encajó con furia las garras atravesando la ropa de su padre, gruñendo y mostrando los colmillos.
El viejo oso azul lo tomó por ambas manos apretándole las muñecas en un movimiento, apoyando su peso sobre ellas. Gordi gruñó adolorido, un escalofrío recorrió su cuerpo y el sudor frío pegaba la delgada tela del vestido a su cuerpo. "Es cierto... Todavía no me recupero de la fiebre de anoche" pensó en un chispazo de conciencia. El padre jadeaba mirando a Gordi con los ojos entrecerrados en una mueca de alegría, mientras con una mano acariciaba el suave pelaje rosa de su hijo. Su peso aplastaba las manos del joven, que poco a poco, por efecto de la fiebre, dejaba de oponer resistencia.
—Eres tan bella como el día en que te fuiste... —susurró antes de besar a Gordi en los labios. El joven se retorció sin éxito, sus ojos ardían y su cuerpo temblaba por su condición febril, o tal vez porque sentía miedo... En ese momento nada era claro. La agria saliva de su padre llenaba su boca, sintió ganas de vomitar. Una arcada interrumpió el desagradable evento y su garganta se movió en continuos espasmos que no llegaron a nada. El padre soltó las manos de Gordi, quien jadeaba por el esfuerzo. El joven se incorporó y miró sus manos, vendadas y manchadas de la sangre de su padre. Con el dorso de la mano se secó las lágrimas. Sus ojos, su estómago, sus manos, todo le ardía; el frío recorría su cuerpo y su cabeza daba vueltas. "Por qué tardará tanto Azulín" pensó. Levantó la vista hacia su padre, quien lo esperaba sentado en el piso frente a él.
—¿Por qué me haces todo esto? ¿Tanto me desprecias? —su voz se oía entrecortada y ronca, carraspeó y sentía las náuseas nuevamente. Quería levantarse y salir corriendo, pero le temblaban las piernas.
El oso mayor se levantó del piso y caminó a la cocina, sirvió agua en un vaso y se lo llevó. Gordi lo miraba con desconfianza, aceptó el vaso y el agua refrescó su seca garganta. Estuvieron un rato en silencio, sentados en el suelo. Gordi no quería moverse ni mirar a su padre, no podía creer lo que le había hecho, ni siquiera sabía si podría mencionarle esto a Azulín alguna vez.
—Lo lamento... No debí haber sido tan brusco. —dijo el oso mayor rompiendo el silencio, llevándose una mano a la cabeza. —pero es que... He estado tan solo, sé que no es excusa suficiente. —Sus ojos azules dejaron salir unas lágrimas que goteaban amargamente hasta la alfombra. Gordi sintió lástima por su padre, y con una mano acarició su espalda. "Está muy ebrio, ni siquiera sabe que soy yo..." Reflexionó con pesar. El hombre tomó las manos del joven con suavidad y las besó.
—Perdóname si alguna vez sentiste que no te amo, ustedes son todo para mí. —Sus lágrimas cayeron poco a poco sobre los vendajes manchados en sangre y su voz tartamudeaba con los sollozos. El mayor levantó la vista y miró a Gordi a los ojos. "Son iguales a los de Azulin... Pero amables" pensó el joven.
Gordi se acercó lentamente a su padre y lo besó en la boca. El hombre se estremeció y acarició suavemente la cara del joven. "No está mal si... Simplemente lo hago para darle un poco de alegría a su vida, ¿Verdad?" Pensó mientras su lengua entraba suavemente en la boca de su padre.

Ambos se dejaron llevar en el suelo, Gordi jadeaba mientras su padre lo besaba en el cuello y bajaba su lengua por su pecho, mientras que con una mano deslizaba la cremallera del vestido. Su mente estaba completamente ida, ya no se sentía ahí, algo dentro de él lo hacía seguir manteniéndose complaciente con su padre y su cuerpo temblaba por el miedo, la excitación y tal vez, la fiebre que había regresado. "Te amo, eres tan bella, te extrañé cada día..." Susurraba el oso mayor mientras poco a poco desvestía el torso de su hijo. Luego abrió suavemente las piernas del joven, que respondió con un quejido.
—¿Será demasiado... Pedirte que me dejes... Metértela? —susurró el hombre con una voz profunda y jadeando.
Gordi apretó los ojos y agitó la cabeza en negación. Luego mirando a su padre a los ojos le dijo en voz baja "hazlo... Despacio ¿Sí?".
El hombre con la respiración agitada bajó temblando la ropa interior de Gordi, dejando al descubierto su erección. El joven jadeó y con ambas manos tomó el rostro del mayor "no... No me veas ahí... Cierra los ojos, promete que no me verás" le dijo con un hilo de voz. El padre cerró los ojos y tanteando con una mano comenzó a estimular suavemente entre los glúteos del más joven, quién respondió con un gemido que ahogó apretando fuertemente la mandíbula. Cuando logró meter el primer dedo, Gordi gimió sonoramente abrazando con fuerza el cuerpo de su padre. Se sintió incorrecto... Se sintió estúpido, ridículo e incapaz, ¿Ese era el futuro soldado, el héroe de la patria? Tirado en el suelo gimiendo y temblando por sensaciones obscenas e incapaz de pensar con claridad. Pero lo hacía por su padre... Pobre, pobrecito. Solo y triste, su esposa estaba muerta y nada la haría regresar. ¿A quién dañaba dándole la tierna fantasía de que ella regresó a su vida? Ebrio no lo recordará, o tal vez piense que fue un sueño vívido de un encuentro amoroso con su mujer, la que un día dejó por la mañana y que al regresar en la noche, encontró muerta en su lecho.
El mayor empujó otro dedo con delicadeza dentro de Gordi, los chasquidos húmedos mecían los quejidos que salían de su boca abierta, de la cual nacía un hilo de saliva que iba deslizándose poco a poco por su barbilla. Los ojos le ardían, las manos le ardían, sus piernas temblaban y... También ardía ahí... Pero papá estaba siendo amable estimulando y dilatando a su... Amante espejismo.
La cabeza de Gordi daba vueltas, un sabor metálico se situó en el fondo de su garganta. Hacía frío y el silencio de la casa era aplastante, rogó al sagrado corazón que Azulín tardara en llegar. Sus oídos captaron los jadeos de su padre que torpemente masturbaba su cavidad con los dedos, provocando que esta palpitara, entrando y saliendo. De repente el sonido húmedo se detuvo y oyó el tintineo de la hebilla de su cinturón que cayó pesadamente al piso.

—Voy a meterla ya... ¿Estás lista? —musitó con una voz congestionada y temblorosa. Gordi lo miró a la cara, efectivamente mantenía los ojos cerrados.
— Está bien... Pero hazlo despacio. —contestó con voz temblorosa, sentía que se desvanecía por la fiebre. El sudor había empapado su piel y el frío lo hacía estremecerse debajo de los brazos del oso mayor, que poco a poco iba empujando su miembro caliente y firme dentro de él.
Gordi gruñó enseñando los colmillos por instinto, el ardor de la fricción lo tensó, apretó los dientes con fuerza y sus garras salieron doloridas de su enfrentamiento pasado. El tamaño de su padre era grande, demasiado para él y estaba muy tenso, necesitaba relajarse.

— Dime que me amas... —tartamudeó avergonzado, mirando el demacrado rostro de su padre—: Mírame a los ojos... Quiero que me digas que me amas mientras me miras.
Él abrió lentamente los ojos, azul aguamarina, tan vibrante como lo habría sido en sus días de juventud. Se miraron inmóviles, frente a frente, "se parecen tanto a los de Azulín... Es como si él me estuviera mirando" dijo para sus adentros. Pensamientos erráticos de Azulín llegaron a su mente, sus labios, sus manos, y sus bellos ojos. Sus sentidos inflamados y el feroz palpitar de su corazón lo mareaban más y más, pero sentía el calor suave en su pecho, así se sentía... Ser amado, ¿verdad?
Gordi besó tímidamente los labios de su padre, y fue correspondido con la misma timidez. Las caderas del hombre empujaron suavemente su miembro quedando tan juntos que ambos rozaban sus cuerpos. Mientras jadeaban y gemían, el vaivén de las caderas del mayor iba aumentando. Las garras de Gordi se clavaban con firmeza en la piel de su padre, que gimoteaba ininteligible, lo mucho que lo sentía y que sería gentil a partir de ahora. El ardor era ya casi imperceptible, el cuerpo de Gordi estaba embargado por el placer que le brindaba ese encuentro tan fortuito como incorrecto. Se permitió disfrutarlo, ya no importaba nada; ya pronto se iría de esa casa, ya pronto sería alguien más, lo respetarían, lo admirarían y con suerte, lo amarían. Una mano vendada bajó suavemente sobre el pene del menor y comenzó a masturbarse enérgicamente. Las embestidas eran cada vez más fuertes y musitando en voz baja el mayor llegó al clímax mientras Gordi, con la mente nublada, eyaculaba silenciosamente antes de desvanecerse.

Azulín llegó cuando el sol casi se escondía. La casa bajo un manto de silencio y oscuridad lo recibió. Dejó unas manzanas en la cocina, que rodaron sobre la mesa desbordando la bolsa. Gordi ni su padre estaban en la planta baja. Subió dolorosamente las escaleras, pues sus piernas estaban cansadas de la caminata. La luz del cuarto de los hermanos estaba encendida y abrió lentamente la puerta.
—Hola, hijo. ¿Cómo te fue? —lo recibió la amable voz de su padre, que, sentado en la cama, atendía a Gordi con un pañuelo húmedo en su frente.
—¿Sigue con fiebre?, Pero qué debilucho salió. —espetó Azulín apoyando la espalda en el marco de la puerta.
Gordi dormía profundamente sin enterarse de la conversación de su familia. Azulín le contó a su padre que había llegado al campamento y después de dejar los papeles había pasado a comer, donde una pareja de ancianos le habían regalado unas manzanas que tuvo que cargar todo el camino de regreso. Después de un rato cabeceó, cansado, luego salió del cuarto a darse una ducha. El padre abanicó amorosamente una revista sobre la cara de su hijo, y con la mano tentó la temperatura de su frente, parecía que la fiebre ya había bajado. Se levantó desenfadado de la cama para dejar descansar a su hijo, no sin antes depositar un tierno beso en la mejilla de este. Ya en la puerta del cuarto miró como su respiración subía y bajaba de su pecho envuelto por el cobertor rosa. "Gracias hijo, fue el mejor regalo de despedida..." Susurró antes de cerrar la puerta del dormitorio y retirarse.