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sé qué a veces me comporto fatal, no prestes atención a esos detalles

Summary:

Cuando, luego de cuatro meses de absoluto silencio, una noche de lluvia Marcos apareció frente a la puerta de su departamento, Agustín no se sorprendió. No realmente.

Notes:

En mi opinión (para nada seria) todo Margus que se precie debe tener un Marcos bottom escrito o leído. Así que acá traigo el mío, acompañado de un Agustín full enano diabólico (pero muy muy enamorado de su cachorro).
Como siempre, perdón por los errores que seguramente van a encontrar. También muchísimas gracias por los comentarios y kudos que dejan. Lo aprecio muchísimo. Es una alegría enorme para los que escribimos recibir esa devolución de ustedes.

Work Text:

Después de haberlo visto cinco meses encerrado en la casa más famosa del país, todo el mundo creía conocer a Marcos Ginocchio, y lo que haría una vez que ganara Gran Hermano. 

Algunos decían que regresaría a Salta, con su familia y su ex novia, y que allí permanecería prácticamente escondido hasta que su fama repentina se desgastara. Otros, aseguraban que se quedaría en Buenos Aires, que saldría de fiesta todos los días y que se acostaría con una mujer distinta cada noche. Otra gran parte del público, principalmente hombres y mujeres que se proyectaban en Marcos y Julieta, su compañera de reality, estaban convencidos de que ellos terminarían juntos, que se casarían y tendrían hijos de cabello castaño y ojos verdosos. 

Sin embargo, cuatro meses después de su salida, nada había sucedido exactamente así: Marcos no regresó a Salta, ni se quedó en Buenos Aires, sino que intercalaba su estadía en ambas provincias. No salía todos los días, pero sí los fines de semana (aunque con su nivel de exposición le resultaba más agotador que divertido). Tampoco regresó con su ex, ni se puso de novio con Julieta -la idea le resultó ridícula-. Y aunque no se acostó con una chica distinta cada noche, cada tanto se lo veía abandonar los boliches en compañía de alguna rubia genérica. 

En lo único que todos estos grupos, de opiniones tan dispares, tuvieron razón, fue en lo único que estuvieron de acuerdo la mayoría: en que Marcos se alejaría definitivamente de Agustín. Decían que, ni bien el salteño viera el tipo de persona que Guardis era, ya no lo querría en su vida. Y, para satisfacción de muchos y decepción de otros cuantos, eso es lo que parecía estar ocurriendo. 

Unas semanas después de la final, cuando dejaron de cruzarse en los programas satélites de Gran Hermano, no se los volvió a ver juntos. Las redes sociales estaban llenas de especulaciones al respecto, y ninguno había querido dar declaraciones al respecto. Marcos esquivaba el tema con una diplomacia admirable, y Agustín directamente ignoraba la situación, como si nada estuviera ocurriendo, como si en su vida nunca hubiera existido un Marcos Ginocchio.

Lo lamentaba por sus fans, que estaban sufriendo una terrible desilusión, y por su familia y amigos que no terminaban de entender porqué estaba él tan tranquilo ante la actitud tan injusta y desleal de quien había sido su íntimo amigo. Lo lamentaba por ellos, pero, a él, en realidad, lo que estaba pasando un poco le gustaba. Le generaba cierta satisfacción dejar que, aquellos que lo odiaban, creyeran que habían tenido razón. Le gustaba permitirles pensar que conocían a Marcos más que él. Pero sobre todo le gustaba que el salteño creyera que podía olvidarlo, ignorarlo, apartarlo de su vida. Le gustaba que lo intentara con tanto ímpetu, y que fallara tan estrepitosamente.

La noche de lluvia que apareció frente a la puerta de su departamento, mojado de la cabeza a los pies, temblando de frío, y con la mirada más suplicante que le había visto alguna vez, a Agustín no le sorprendió en absoluto. No realmente. Tan bien lo conocía que sabía que, más tarde o más temprano, volvería a buscarlo.

Soltó un largo suspiro, apretó los labios hacia abajo y negó con la cabeza levemente. 

—Pasá, dale —le dijo, haciéndose a un lado. 

—Pero voy a mojar todo el piso —Marcos le contestó, apartándose el flequillo empapado de la frente. 

—No importa. Entrá —insistió, señalándole la sala. 

Intercambió una mirada con Santiago y su amigo, aunque un poco en shock por la presencia del salteño, se levantó para ir a buscar un par de toallas.

—Toma, guacho —le dijo el pelilargo al regresar—. ¿Adónde estuviste? Hace rato dejó de llover.

Marcos se puso tan colorado que Agustín inmediatamente se dio cuenta que había estado esperando en la puerta del edificio, bajo la lluvia, quien sabe por cuánto tiempo. Rodó los ojos. Drama queen le quedaba chico.

—Santi, ¿le traes algo para que se cambie, por favor? Se va a enfermar si se queda así.

Santiago asintió, todavía medio tieso de la impresión, y se retiró.

Marcos batió las pestañas, cargadas de agua, y pequeñas gotas se deslizaron por sus mejillas. 

Cubriéndose las manos con las mangas del enorme buzo que llevaba puesto, Agustín secó su rostro. Quizás Marcos no se merecía que lo tratara tan bien después de los cuatro meses que pasó ignorándolo, pero valió la pena cuando suspiró y prácticamente se desmoronó en su tacto. Ocultó una sonrisa y se alejó. Solamente quería comprobar algo, y lo había comprobado.

—Acá tenés —Santiago anunció, apurando el paso para alcanzarle la ropa. La verdad es que, después de lo que había hecho con su amigo, no lo podía ni ver. Pero tampoco quería que a El Primo de toda la Argentina le agarrara una hipotermia por su culpa—. Los pantalones son míos. Los del enano no te iban a entrar ni en una pierna.

 —Gracia’, Santi  —Marcos le contestó con una pequeña sonrisa.

Santiago asintió. Se volvió hacia Agustín, le puso una mano en el hombro y lo llevó aparte.

—Amigo, si querés le avisó a Coti que no puedo ir… 

Guardis frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué me decís eso? 

—Y no sé, Garra. Este chabón desapareció durante meses y ahora cae de la nada a tu casa, todo mojado, con cara de loco…

—Santiago —Agustín lo cortó inmediatamente.

El pelilargo suspiró.

—Perdón, me excedí —reconoció—. Pero me parece muy rara su actitud, amigo.

—A mí no. Lo conozco y sé perfectamente lo que vino a buscar. Vos no te preocupes —le contestó, palmeándole el brazo—. ¿Estás seguro de que Conejo está en Córdoba?

—Sí, subió historias con un político de allá —Santiago sonrió de lado.

—Bueno, andá entonces. ¿Tenés forros?

—Sí, ¿vos?

Agustín le señaló la puerta y Santiago se apuró a agarrar sus cosas y dirigirse a la salida. 

—Cualquier cosa me llamás. Voy a dejar el celu prendido —le dijo, dirigiéndole una rápida mirada al salteño.

—Dale, amigo —le contestó, mirando como salía y cerraba la puerta tras de sí. Luego enfocó la vista en Marcos. Se había cambiado el pantalón, y se había sacado la remera mojada, pero todavía estaba descalzo y semidesnudo en el medio de la sala. Era un pendejo tan obvio. Si supiera que no era en absoluto su cuerpo lo que más le atraía de él, quizás dejaría de preocuparse tanto por mostrarle el abdomen y los brazos—. ¿Algún problema con la remera? —le preguntó, acercándose. 

Marcos negó con la cabeza. 

—No —murmuró. 

Agustín exhaló una respiración cansada y agarró una de las toallas que estaban sobre el sillón, la extendió y comenzó a secarlo. Ignoró todo el tiempo la manera en que la respiración contraria se aceleró y los latidos se dispararon. No le dijo nada tampoco cuando se puso colorado y bajó la cabeza, sino que aprovechó para secarle el cabello y ponerle la remera. Cuando terminó, subió la calefacción y le preparó un té. 

Marcos estaba llorando cuando le entregó la taza. 

Agustín se sentó a su lado, acariciándole la espalda

—No llores, hablame. Contame qué pasó. 

Marcos se pasó la palma de la mano por debajo de la nariz.

—Me dijeron cosas horribles sobre vos —dijo.

Agustín asintió. 

—Me imagino. ¿Querés contarme?

Marcos abrió la boca, negó con la cabeza, nada salió.

—Decime —Agustín exigió.

—Me dijeron que eras una mala persona y que no me convenía ser tu amigo —Marcos tomó aire, como si el sólo recuerdo le doliera—. Me mostraron tantas cosas… que vos dijiste, que otros dijeron. Sabía que mucho era falso, pero no todo. En muchas cosas tenían razón. 

—¿En qué cosas? —Agustín inquirió—. No me voy a ofender. Nos conocemos bien.

Marcos bebió un sorbito de té y luego enfocó la vista en la taza.

—A vece’ digamo' que sos un poco soberbio.

—Me lo han dicho —Agustín reconoció. 

—Y arrogante, medio mentiroso y manipulador —añadió, levantando la vista para mirarlo a los ojos.

Agustín sonrió de lado.

—A veces puedo ser todo eso también —admitió, poniéndose de pie—. La mayoría de nosotros los hombres corrientes caemos en esas imperfecciones. No como vos, tu familia y tus amigos, Marquitos, que son tan buenos, tan humildes y tan correctos. 

Marcos negó.

—No es así. 

Agustín lo ignoró. 

—Y aún así, a pesar de lo bueno que sos vos y de lo malo que soy yo, estás acá… 

Marcos tragó saliva, pestañeó, abandonó el té sobre la mesita ratona…

—¿Por qué? —Agustín inquirió.

—Porque… porque todas esas cosa' que deberían disgustarme de vo’, son las que más me gustan —admitió, mirándolo—. En realida', me gusta todo de vos, Agu. Cuando sos gracioso y buenito, y también cuando te llevás a todos por delante. Es… fue muy confuso.

—¿Eso fue lo que te asustó? —Agustín quiso saber.

—Más o meno’. Estaba muy confundido —insistió—. Por cada cosa que me decían que debería odiarte, yo sentía más ganas de… de estar con vos, de…  

Agustín arqueó una ceja.

Bajando la mirada, Marcos guardó silencio, estirando nerviosamente una pulserita alrededor de su muñeca.

Agustín se sentó en el brazo del sillón, apoyando los pies sobre los almohadones.

—Marcos —lo llamó—, vení —dijo, ofreciéndole su mano.

Él lo miró con una ilusión enternecedora y luego se movió rápidamente para meterse entre sus piernas y abrazarlo por la cintura, escondiendo su rostro en el enorme buzo verde que el otro llevaba puesto.

—Perdoname —murmuró después de un ratito.

Agustín le acarició el cabello.

—No tengo nada que perdonarte. Siempre supe que ibas a necesitar tiempo —le dijo—. En realidad me alegro de que no haya sido tanto. 

Marcos lo apretó más fuerte y se permitió descansar en su regazo, frotando de tanto en tanto la nariz y la boca en los muslos contrarios, en la pancita apenas prominente, en el falo dormido.

—Te necesitaba tanto tanto tanto  —dijo—. Nadie me hace sentir como vos me haces sentir —admitió, levantando la mirada verde y acuosa. 

—Por supuesto que no  —Agustín le sonrió—. Por eso volviste. 

Marcos se levantó un poco y tomó gentilmente su rostro entre ambas manos.

—Te busqué en todos lados, Agu’. En toda la gente que me cruzaba, en todos los lugare’ a los que iba esperaba encontrar algo de lo que vo’ me hacias sentir. 

Agustín relajó la mirada.

—Suerte con eso.

Marcos lo vio sonreír con prepotencia, los ojos brillantes de seguridad y confianza. Sonrió él también y frotó sus narices, casi como una distracción para inclinarse y robarle un beso. Fue extraño al principio, desconocido. La barba de Agustín lo raspaba, pero sus labios eran suaves y la manera en que lo besaba lo hacía sentir seguro y contenido. Deseó más y se arrodilló en el sillón, sosteniéndose de los muslos contrarios.

Agustín llevó una mano a su mandíbula y lo apartó con suavidad.

—Todos creen que te conocen, Marcos, que saben lo que necesitás. Pero yo solamente puedo darte lo que buscás —aseguró, acariciándole el mentón con el pulgar.

Marcos soltó una pequeña bocanada de aire y frotó la mejilla contra el rostro contrario, buscando conscientemente ese dolorcito agradable que le había causado el roce de la barba.  

—Agu… 

Bajo sus manos y contra su cuerpo, Agustín lo sintió temblar. Tenía la espalda y los brazos escarchados, a pesar de la temperatura agradable que había en la casa.

—¿Cuánto tiempo estuviste ahí afuera? —le preguntó.

Marcos parpadeó confundido por la pregunta.

—No sé —finalmente contestó, frotándose la nariz—. Como veinte minutos… 

Veinte minutos bajo la lluvia y el aire helado del invierno atroz que estaba azotando Buenos Aires, eran una locura absoluta. Se puso de pie y le extendió la mano.

—Vení. Te vas a bañar así recuperás la temperatura. Estás temblando desde que llegaste.

—Estoy un poco nervioso noma’

—No. Ya no estás nervioso. Tenés frío. Vamos, dale —Agustín ordenó.

Cuando Marcos se puso de pie y quedaron frente a frente, el más alto sintió que las rodillas se le aflojaban. Nunca se acostumbró, y nunca se acostumbrará, a las infinitas formas que el otro tenía de mirarlo. 

—Te extrañé, te extrañé mucho. Extrañé tus ojos y que me miraras así —dijo, bajito y vulnerable, sosteniendo su rostro entre las manos otra vez.

Agustín le sonrió con ternura y lo hizo inclinarse para abrazarlo. 

—Mi bebé —dijo.

Marcos soltó un ruidito de pura complacencia.

 


 

Agustín debió haberlo visto venir. Era obvio desde el momento en el que le preguntó “¿me ayudás?” ofreciéndole la esponja enjabonada. Pero es que tenía esa mirada tan dulce e inofensiva, que a veces le era imposible ver sus malas intenciones. Si desconfiara un poco más de él, probablemente no caería siempre en sus bromas pesadas, y no estaría ahora acorralado contra los azulejos y con la ropa empapada. Pero tampoco tendría el placer de escuchar su risa estúpida contra su cabeza. 

Al menos se había sacado el buzo y las medias antes de ser arrastrado directamente bajo la ducha.

—Yo no puedo creer que, después de haberme abandonado durante cinco meses, vengas a mi casa a hacerme esto —le dijo, dándole un ligero empujoncito para sacarse los pantalones y la remera. 

—Fueron cuatro meses y once días, no cinco meses—Marcos lo corrigió, mirándolo de arriba abajo.

Agustín tiró las prendas dentro del cesto de ropa sucia.

—Es lo mismo. 

—Para vo’ capaz es lo mismo. Para mí cada día lejos tuyo fue… peor que el anterior.

Agustín chasqueó la lengua y buscó el shampoo. 

—No quieras manipularme a mí, Marquitos —le dijo, dándole un golpecito en el brazo para que se agachara un poco.

En lugar de eso, Marcos se arrodilló. 

—¿Me sale muy mal? —le preguntó, mirándolo desde abajo, agarrándose a sus muslos desde atrás.

Qué pendejo del orto.

—A veces no tanto —admitió con la voz quebrada. 

Marcos sonrió y cerró los ojos, dejando que le lavara el cabello. Cuando bajó el cabezal de la ducha para enjuagarlo, echó la cabeza hacia atrás.

Con una mano en la parte posterior de su cabeza, Agustín lo sostuvo dejando que el agua arrastrara el shampoo y sus deseos, que los llevara a través de su cuello, su pecho y abdomen. Que perdieran entre sus piernas y cayeran por el desagüe. 

—Levantate —le dijo. Cuando volvió a mirarlo, después de dejar el cabezal en su lugar, Marcos todavía seguía de rodillas frente a él—. Dale —le dijo, acariciándole la mejilla.

El otro se apoyó en su palma, buscando más contacto y la mano que apoyaba en su muslo, la movió despacio a su entrepierna. La expresión de sorpresa en el rostro que lo observaba se sintió como un triunfo. Agustín podía conocerlo muy bien, saber de sus necesidades y cómo complacerlas. Pero no era él único que tenía poder sobre el otro: Marcos también sabía cómo desarmarlo, como quebrar su control y tomarlo por sorpresa cuando creía tener todo calculado. Eran los beneficios de ser la debilidad del estratega. 

Lo tocó con suavidad, hasta que se endureció bajo su palma. Entonces, sosteniéndole la mirada, frotó la nariz por encima del elástico del boxer y, usando ambos pulgares, lo bajó. Había cierta torpeza en sus movimientos, pero a medida que lo acariciaba parecía entender cómo hacerlo mejor. 

—¿Así te gusta? —le preguntó.

Agustín respondió con un asentimiento torpe y le puso una mano en la mejilla, acariciándole el mentón. 

Marcos movió la cabeza para envolver sus labios alrededor del pulgar que lo acariciaba. 

Para el más grande no fue realmente una sorpresa verlo cerrar los ojos y gemir bajito. Se había dado cuenta de su fijación oral a las pocas semanas de conocerlo. No había sido muy difícil percatarse de ello cuando constantemente estaba llevándose algo a la boca: los dedos, las cucharitas de té, incluso pulseras o hasta el cable del micrófono (que en varias ocasiones había tenido que sacarle de la boca para que Gran Hermano no le llamara la atención). 

Sosteniéndole la mirada, arrastró el pulgar por su lengua y le acarició los dientes inferiores. 

Bajo la intensidad de sus ojos, Marcos se inhibió visiblemente. 

Agustín retiró suavemente el dedo de su boca y le acarició el labio inferior.

—Conmigo no tenés que tener vergüenza de nada —le dijo—. Todo lo que te guste y necesites de mí…, todo es tuyo.

Marcos pestañeó repetidas veces y bajó la mirada a la erección frente a él, para luego mirar sus ojos otra vez.

Con una sonrisa de labios apretados y, afianzando el agarre en su cabello, Agustín lo acercó a su erección y la sacudió suavemente contra su boca.

—Abrí, bebé —le dijo.

Exhalando una respiración pesada por la nariz, Marcos abrió la boca y la envolvió alrededor del glande, chupando y gimiendo suavecito alrededor. 

Dios —Agustín jadeó, tirándole el pelo— obvio que te iba a encantar chupar pija.

Marcos se puso colorado otra vez, pero lejos de incomodarse, empezó a subir y bajar con movimientos lentos y cuidadosos. Quería hacerlo bien, y que a Agustín le gustara. Era lo único que le importaba, todo lo que ocupaba su mente. Todo lo demás, las expectativas y presiones de la gente, de los medios, de su familia y amigos, todo había desaparecido.

—Lo estás haciendo muy muy bien, Marquitos —Agustín lo halagó. La mirada verde llena de orgullo y el ruidito complacencia que recibió en respuesta, fue exactamente lo que esperaba. 

Le acarició la mejilla y se retiró despacio de su boca, sólo para volver a entrar.

Marcos cerró los ojos y exhaló por la nariz, relajándose y entregándose a su aroma, a su sabor y al peso sobre su lengua. Fue muy decepcionante cuando, agarrándolo fuerte del pelo, Agustín lo obligó a retirarse. 

—Basta de mirarme así —le dijo, guardándose la erección en el boxer. No quería que sucediera allí, contra los azulejos húmedos del baño. Quería tomarse su tiempo. Y a pesar de que Marcos no se la hizo fácil cuando, a su mirada suplicante le añadió un pucherito, lo hizo levantarse igual para envolverlo en una toalla y secar más o menos su cabello. El camino a la habitación tampoco fue sencillo, porque no dejaba de besarlo y toquetearlo, pero llegaron después de varios tropezones.

—Dejame buscar unas cositas —le dijo, empujándolo gentilmente sobre la cama. 

Marcos parpadeó, espabilándose, y miró a su alrededor. La habitación era espaciosa, y muy… muy Agustín. Había ropa, libros y muñequitos desperdigados por todas partes, excepto en el sector donde stremeaba. En ese espacio estaba todo en orden: los monitores, los dibujos, las luces…  

—Siempre que podía te miraba —le confesó, cuando Agustín regresó a su lado—. Quería sentirte cerca, pero cuando te despedía' me sentía más solo que nunca y te extrañaba muchísimo. Lloraba siempre porque quería estar acá, pero no me animaba a venir.

Agustín tiró sobre la cama el preservativo y el lubricante que había ido buscar y abrazó al menor contra su pecho. 

—Mi cachorro —se lamentó, abrazándolo contra su pecho—. Ahora estamos juntos, y esta es tu casa, tu pieza y tu cama si así lo querés. 

—¿Y vos? —Marcos preguntó. 

Agustín se apartó para mirarlo. 

—¿Yo qué? 

—¿Sos mío? 

—¿Vos sos mío? 

—Quiero ser tuyo —Marcos le contestó.

Uniéndose en un beso, Agustín lo empujó despacito sobre la cama, hasta dejarlo recostado sobre las almohadas. 

Marcos abrió las piernas para recibirlo entre ellas y la toalla alrededor de sus caderas se abrió. 

El otro abandonó sus labios y bajó por su cuello, mientras que con las manos le acariciaba con devoción los costados, los brazos, el pecho…

—Estás tan lindo —susurró de repente, dándole tres besos ruidosos debajo de la mandíbula. 

Marcos se rio por las cosquillas y lo alejó.

—¿De verdad te gusto? —le preguntó.

Qué un hombre como Marcos hiciera una pregunta así, quizás podía ser llamativo para un montón de gente. Pero no para Agustín, que sabía de sus inseguridades y de su necesidad de sentirse querido y apreciado por las personas que le importaban.

—Un montón me gustás, Marcos. Y de tantas formas —le contestó, quitándole el cabello de la frente.

—¿Me extrañaste? ¿Pensabas en mí? ¿O estaba’ muy ocupado?

Agustín arqueó una ceja ante el tonito de reclamo que se deslizó en la última pregunta.

—¿Ocupado?

Marcos se encogió de hombros.

—Con el trabajo, con tus amiga’...

Agustín movió la mano y le pellizco un pezón.

—Ojalá el trabajo y mis amigas me hubieran ayudado a pensar menos en vos —le contestó.

Marcos jadeó, agarrándole la muñeca.

—Despacito —pidió.

Agustín convirtió el agarre en una tierna caricia con el pulgar.

—¿Así? —preguntó. 

Marcos cerró los ojos y asintió. 

—Sí, así, despacito —suspiró, agarrándole la mano libre para que lo acariciara del otro lado también.

Agustín se inclinó sobre su oído.

—Podía estar pasando el mejor momento de mi vida y en el fondo de mi cabeza siempre estaba el pensamiento de que sería mejor si vos estuvieras conmigo —confesó. 

Marcos soltó un gemido suave. Más estimulante que cualquier caricia, era saber que nunca había perdido su atención y su afecto. 

Moviendo las manos a su cintura, Agustín bajó con besos por su pecho, se deslizó a través de su abdomen y terminó de sacarle la toalla. La mirada se le nubló de deseo cuando quedó frente a su erección, más no le prestó atención. 

—Date vuelta.

Aun conociendo las implicaciones de aquel pedido, Marcos no lo pensó dos veces y se movió hasta quedar boca abajo. Seguidamente, abrazó una almohada entre sus brazos y apoyó el rostro en ella.

Agustín era muy seguro de sí mismo (o creído, soberbio y ególatra, dirían algunos), pero en ese momento se hubiera puesto de rodillas para agradecerle a dios por hacer que ese hombre se entregara tan ciegamente a él. En cambio, se estiró para besarle la espalda.

—¿Te dijeron alguna vez que tenés una espalda hermosa? —le preguntó, masajeándole los hombros.

Obvio que se lo habían dicho. Todo el tiempo se lo decían. Marcos lo sabía perfectamente.

—No —murmuró, porque quería que Agustín se lo dijera.

—Bueno, tenés una espalda hermosa —el otro afirmó, reincorporándose para seguir masajeando los músculos dorsales y lumbares—. Y un orto divino —añadió despreocupadamente.

—Pero cómo me va’ a decir así, Agu’, por dio’ —Marcos se quejó entre risas. 

—Es la verdad —Agustín le contestó, bajando los pulgares a través de los glúteos.

A Marcos las risas se le convirtieron en suspiros, y un pequeño espasmo le recorrió el cuerpo cuando un beso fue dejado justo en el centro de su espalda.

—¿Todo bien? —Agustín le preguntó.

—Todo bien —Marcos aseguró, acelerado.

Agustín besó otra vez el mismo lugar y luego recorrió con la lengua el camino hasta el final de su espalda. De allí, siguió bajando.

Marcos ahogó su nombre contra la almohada y levantó las caderas, buscando más contacto. 

Fue libidinosa y ligeramente denigrante la manera en que lo trató y las cosas que susurró contra su piel. Pero él gozó cada segundo de ello. Esa parte lujuriosa y sucia de Agustín, también le gustaba. Le calentaba. La primera vez que intentaron usar eso para generarle rechazo hacia Agustín, efectivamente funcionó. Pero no de la manera en que sus amigos seguramente esperaban. Marcos sintió ganas de vomitar, pero no por las cosas que dijo Agustín, sino por los celos y el deseo enfermo de que todos sus dichos irrespetuosos hubieran sido sobre él, y no sobre una mujer cualquiera. 

Durante varias semanas la culpa por sentirse así lo abrumó, y fue una de las razones por las que se alejó tan drásticamente de Agustín. Ahora, reducido a un lío de gemidos y temblores bajo la lengua habilidosa del otro hombre, no podría importarle menos la moralidad dudosa de ambos.

Protestó cuando la boca caliente lo abandonó, pero rápidamente se conformó cuando lo vio quitarse la ropa interior y buscar el lubricante. 

Quien sabe que habrá visto en su expresión, pero Agustín sonrió y le besó el hombro, la mejilla, el lateral de la nariz. 

—No voy a hacer nada que te duela. Pero se va a sentir raro. Invasivo. 

—No importa —Marcos contestó—. Yo estuve… probé un par de vece’ solo.

Agustín tomó una respiración profunda.

—Está muy bien —dijo—. ¿Te querés dar vuelta? Creo que va a ser mejor de frente.

Marcos asintió, girándose despacio. El cuerpo entero le temblaba, ya no de nervios ni de frío, sino de placer y expectativa.

Agustín le agarró las piernas y se las enredó en la cintura, acariciando sus muslos con devoción. Decían algunos libros de historia que en una ocasión Diógenes de Sinope le había escrito una carta a Alejandro Magno en la que le decía que nunca llegaría a ser tan hermoso y bueno porque estaba dominado por los muslos de Hefestión, su mejor amigo y compañero. Quizás a Agustín le había pasado lo mismo. Quizás había caído bajo el encanto de los muslos de su amigo desde la primera vez que los vio brillar bajo las luces de aquella casa maldita. Quizás estaba condenado a adorarlos para siempre. Pero era una condena agradable.

Se agachó y lo besó con dulzura, mientras que abría el lubricante y se embadurnaba los dedos de la mano derecha. Fue sumamente cuidadoso al prepararlo, y su recompensa fueron las expresiones de goce en el rostro de su amigo, y los gemidos que, aunque se mordía los labios, no podía contener.

Fue un poco terrible cuando tuvo que sacar los dedos y dejarlo tan vacío y desesperado. Pero tenía que ponerse el preservativo para darle ese algo más que él le pedía entre lloriqueos. Le secó las lágrimas que le habían caído por las sienes y buscó su mirada.

—Si duele mucho me decís y paramos, ¿está bien?

—Seguí, Agustín —Marcos se quejó con la voz rota.

Conteniendo la respiración, Agustín acató su orden y se alineó en su entrada, penetrándolo despacio.

A Marcos le dolió. por supuesto. Pero poco le importó cuando, con ese dolor, vino una absoluta sensación de plenitud. Ni Dios lo había hecho sentir así, como si no le faltara nada. Como si todos los espacios vacíos que había en su alma se llenaran justo en el instante en que Agustín entraba por completo en él. Cerró los ojos y sonrió.

—Sos tan dulce —el platense lo halagó, quitándole el flequillo de los ojos.

—Vos también —Marcos aseguró mirándolo.

Agustín exhaló una risa por la nariz, y apoyó las manos sobre el colchón para empezar a moverse muy despacio al principio, un poquito más constante después.

Tapándose con ambas manos la boca, Marcos intentó detener el remanso de ruidos que quisieron abandonar su boca. Pero se dio por vencido bastante rápido cuando Agustín aceleró los movimientos.

—Sos tan lindo —le repitió—. Tan lindo y tan bueno para mí, Marquitos. Imaginate si te vieran así todas esas chicas que sueñan con vos… 

Soltando un ruidito herido, Marcos echó la cabeza hacia atrás.

—Te gustaría que te vean, ¿no? Qué sepan lo que te gusta… —Agarrándole las piernas, Agustín profundizó las embestidas—. Imaginate si tus amigos te vieran así, tan obediente y entregado a mí. 

El salteño lloriqueó su nombre y se aferró a sus hombros, clavándole las uñas en la piel.

Con una mano firme alrededor de su erección, Agustín lo masturbó al mismo tiempo que se movía sobre él.

—Imaginate si tu familia supiera que me viniste a buscar para que te coja porque no aguantabas más.

Un estremecimiento violento le atravesó el cuerpo entero y, un par de penetraciones después, Marcos se derramó en la mano de Agustín. Todo se volvió negro por unos segundos, un ruido blanco le tapó los oídos y por varios minutos no existió más que su cuerpo envuelto en placer. Se hubiera quedado en esa placentera oscuridad para siempre, pero un sacudón abrupto lo trajo de un tirón a la realidad. 

—Respirá —Agustín le ordenó, y había cierta ansiedad en su tono de voz.

Con una inhalación violenta Marcos llenó sus pulmones de aire otra vez y, lentamente, se fue espabilando.

Agustín se inclinó sobre él para abrazarlo por los hombros.

—Me asustaste, boludo. —Se rio.

Marcos, tembloroso, le devolvió el abrazo y exhaló un pequeño suspiró al sentirlo dentro todavía.

—Perdón. Fue muchísimo muchísimo —Se río, escondiéndose en el cuello del otro. —No sé ni que digo. No puedo ni pensar —admitió—. Seguí, por favor —pidió después, abrazándolo más fuerte.

—¿Seguro? —Agustín preguntó, soltandolo un poco para poder mirarlo.

Marcos enredó nuevamente las piernas alrededor de su cintura y acarició sus antebrazos, pasando la punta de los dedos por las venas sobresalientes.

—Por favor —le pidió, apretandolo.

Agustín jadeó y dejó caer la cabeza. 

Marcos se mordió sutilmente el labio cuando empezó a moverse otra vez.

—Mírame —le pidió. Cuando logró captar su atención, dejó toda sutileza de lado en favor de tomarlo desprevenido y desarmarlo—. Acabame adentro —susurró.

Agustín apretó los dientes, gruñó bajito y un par de golpes después, se dejó caer rendido sobre el cuerpo contrario. 

—Sos un guacho —murmuró contra su cuello. 

Marcos exhaló una risita por la nariz.

—Soy un jugador estratega —le contestó, robándole una carcajada.

Como pudo -los brazos le temblaban y sentía los hombros y el cuello endurecidos por el esfuerzo- Agustín se retiró de su interior con cuidado.

—¿De dónde sacaste eso? —inquirió, y se levantó de la cama para deshacerse del preservativo en el tachito de basura y buscar ropa interior limpia para los dos.

—Lo vi en twitter. Lo ponían tus seguidore’ —Marcos le contestó, agarrando la toalla para limpiarse el abdomen—. Bueno… eran nuestros seguidore’, pero ahora no me quieren mucho. —Hizo un puchero exagerado.

Con solo mirarlo Agustín se dio cuenta que le dolía en serio, y lo lamentó. Había hecho todo lo que estuvo en sus manos para que su gente no se volviera contra Marcos. Algunos lo habían escuchado, y lo habían entendido. Pero muchos otros no. Se acercó y le besó la frente.

—Algunos están dolidos, pero te quieren y te van a perdonar enseguida. Sos nuestra debilidad  —aseguró, entregándole un boxer y una remera enorme que ya no usaba (la que le había dado antes estaría seguramente tirada en algún rincón del baño).

—Ojalá. Pero no me importa tanto, digamo’. —Marcos se encogió de hombros y se levantó para vestirse—. Con que me quieras vo’, ya está —añadió, sentándose a su lado en la cama.

—Yo no te quiero, yo te amo —Agustín le dijo.

La sonrisa que partió e iluminó el rostro de Marcos recompensó en un solo segundo los cuatro meses que, pese a sus certezas, Agustín había pasado extrañandolo. El abrazo asfixiante también.

—Te amo, mi gordito, mucho mucho mucho. Gracia’ por esperarme.

—No te estaba esperando. Solamente sabía que ibas a volver.

Marcos se rio y lo soltó para mirarlo.

—Ya tenia’ que cagarla siendo un agrandado.

Apoyándose en sus antebrazos, Agustín se echó hacia atrás.

—Si te encanta, ¿crees que no me doy cuenta?

Sin hacer esfuerzo alguno, Marcos lo inmovilizó contra la cama.

—¿Vos crees que me vas a intimidar usando la fuerza, cachorrito? —Agustin le preguntó.

Marcos no le contestó ni una palabra, pero enredó sus piernas de modo tal que, cuando el otro quiso sacárselo de encima, le resultó físicamente imposible moverse.

Agustín bufó.

—Ni siquiera es legal lo que estás haciendo —le dijo.

Marcos se rio, desenredó sus piernas y encontró la manera de hacerse pequeño para esconderse en su cuello.

—Pa’ que no te la creas tanto —le dijo.