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Language:
Español
Stats:
Published:
2023-04-27
Completed:
2023-07-10
Words:
49,684
Chapters:
12/12
Comments:
110
Kudos:
325
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10
Hits:
4,830

Bonito (para vos)

Summary:

Agustín tiene un secreto. Y Marcos cree que se ve muy bonito en él.

Notes:

BUENASS, primero que nada esta es una adaptación sin fines de lucro, todos los créditos a @liliumpumilum.
después de que empezaron a adaptar clh a margus me puse a pensar que tengo muchos fics favoritos de larry que me gustaría adaptar a margus y si o si tenia que empezar por este jeje aclaracion: esto es Agus!bottom xq acá se respetan los valores tradicionales. ahora si, sin mas que agregar, disfruten de la lectura <3

Chapter 1: la colaless roja en el cajón de marcos

Chapter Text

Agustín nunca guardaba la ropa. No era de ocuparse mucho de las cosas de la casa en general. Desde que se había mudado con Marcos más temprano ese año, apenas si había usado el lavarropas seis veces (y todas ocasiones en las que Marcos no estaba en la casa para auxiliarlo) (y en cada una de ellas había tenido que llamarlo por teléfono para que lo guíe durante el proceso). Su única tarea era la limpieza, y aún en eso era bastante malo que digamos.

 

Pero la cosa es que Marcos había tenido que salir apurado porque se había quedado dormido y el tren salía en una hora, y:

 

—Va a largarse a llover en cualquier momento, Agus. ¿Podé' levantarte y hacerlo vos?

 

x

 

El cielo estaba tan cerrado que parecía de noche, aunque era ya casi el mediodía. Agustín se puso un buzo de Marcos que estaba sobre el sillón, y entre bostezos salió al balcón con un canasto y unas ganas tremendas de volver a la cama. Se despabiló cuando al descolgar su camiseta del pilcha vió una colaless de encaje rojo que definitivamente no le pertenecía a él, ni a Marcos. 

 

Por un momento se quedó inmovil frente al tender. El viento chiflaba agitando la ropa y la colaless se balanceaba pendiendo de la soga como una bandera roja anunciando peligro. Si de lluvia o algo más, Agustín no estaba seguro.

 

Un trueno lo volvió a la realidad. No era momento de pensar en boludeces. Agustín ya no tenía doce años y no podía ponerse así por algo tan pelotudo. Manoteó la prenda y las demás que quedaban y las puso en el canastro, y antes de que la primera gota de lluvia cayera sobre Buenos Aires, Agustín ya estaba doblando la ropa sobre la mesa y con la puerta del balcón cerrada.

 

x

 

Agustín recordaba de memoria la primera vez que había visto algo así . Tenía seis años y estaba en la casa de una amiga de su mamá. El era el único nene, porque todos habían dejado a sus hijos con sus respectivos maridos, su papá estaba de viaje así que a Mariel no le había quedado otra opción que ir con su panza de ocho meses y su hijo a aquella extraña pero tranquila despedida de soltera.

 

Había dibujado toda la tarde en la mesa de la cocina: dragones coloridos y espadas de samurai, y rayones de crayón rojo que simulaban el fuego. No prestaba atención a las conversaciones porque eran aburridas y no las entendía de todas formas, pero había algo del tono en el que hablaban que lo hacía sentir curioso y extraño. La amiga de su mamá mostraba el modelo de vestido que había encargado a un catálogo, y el resto de las mujeres se reían de lo extravagante y enorme que era.

 

—Pero boluda, no va a poder encontrarte debajo de todo eso! —tiró una de las amigas, pero la futura novia respondió rápida y picaramente.

 

—Lo que voy a llevar abajo va a ser pequeñísimo —Y después risas estruendosas y cuchicheos inentendibles.

 

Agustín no recordaba mucho más de la conversación, pero sí una frase y una imagen grabada a fuego. La futura novia había vuelto de la habitación con una cajita de cartón negra y los labios apretados para no sonreír. Sacó unas medias de encaje blancas con portaligas incluido, y una tanga traslúcida y un corpiño angelical, y Agustín no había visto algo así en su vida pero recordaba reconocer, aun siendo tan chico, lo bonito que era.

 

Lo otro que recordaba era el tono tímido y pícaro con el que la futura novia había dicho:

 

—Solo quiero verme bonita para él.

 

Agustín dobló la ropa con cuidado. La de Marcos al menos —no tenía sentido esmerarse con la suya si de igual forma iba a dejarla amontonada en las repisas de su placard. Primero las remeras, después los pantalones, y por último las medias dobladas sobre sí y los boxers por la mitad. Arriba de la pila de ropa puso la colaless roja, e intentando no pensar en los recuerdos que le venían, dejó todo sobre la cama de Marcos, y cerró la puerta.



Solo tenía que prometerse no entrar a la pieza de Marcos e iba a estar bien. Si había tenido el suficiente autocontrol a los trece podía tenerlo ahora con veintiséis años y la camiseta de Estudiantes secándose frente al ventilador del living.

 

x

 

El sábado fue lo más difícil. Sabía que Marcos no iba a volver en todo el día y tenía todo el tiempo del mundo para probarsela y mirarse frente al espejo como hacía cuando era mas chico. Sabía que iba a ser diferente ahora, porque él era diferente (su cuerpo era diferente), pero se moría de ganas de saber cómo. Nadie tenía que saberlo, y podía seguir con su vida haciendo de cuenta que nada había pasado. Pero también, Agustín pensaba que si la sola idea de tener una colaless en la otra habitación lo tenía así, ¿como podía creer que estaría desafectado una vez que se las probara?

 

Era un camino sin salida, y él lo sabía.

 

Pero sobrevivió el sábado, y el domingo fue más fácil. Cuando Marcos se iba a Salta, siempre lo hacía los sábados a la mañana en el vuelo de las 10 (nunca lograba levantarse más temprano e irse más tarde era siempre un problema, y terminaba perdiendo la mitad del día). Era predecible en eso, a tal punto que cuando Agustín lo veía salir tarde y apurado, ponía los ojos en blanco y lo esperaba con un termo de té en la mano para el viaje.Lo difícil era adivinar la hora en que volvía. A veces, si su mamá tenía planes con la parte de la familia con la que no era tan apegado se volvía a la tarde noche del domingo, y otras se quedaba a dormir ahí y llegaba a la media mañana del lunes.

 

A Agustín solía sacarlo de quicio, porque el horario en que volvía Marcos afectaba su dieta, y pedirle que avise con tiempo qué día y a qué hora iba a volver había demostrado ser como hablarle a una pared. Ese domingo, sin embargo, se lo agradeció. Era difícil siquiera imaginar probarse la colales cuando Marcos podría cruzar la puerta en cualquier momento.

 

x

 

—¿Te parece justo volver justo ahora, boludo? —se quejó Agustín cuando Marcos abrió la puerta del departamento. Él le sonrió mientras dejaba la valija junto a la puerta y la cerraba detrás de sí— Si hubiese sabido que venías no hubiese pedido comida.

 

—¿Y me ibas hacer cocinar? ¡Recién llego, Agu’! ‘Toy cansado.

 

Marcos se sacó las zapatillas y se calzó las chinelas que Agustín le había regalado para su cumpleaños antes de mudarse juntos. Dejó la campera en el sillón y caminó hacia la mesa.

 

—¿Me extrañaste? —lo jodió mientras le sacudía el pelo, y luego se sentó a su lado.

 

—Me aburri una banda —explicó y no era del todo mentira—, no pude hacer nada con este clima horrible.

 

—¿Qué comemos?

 

—Milas napolitanas. Hay papas en la mesada.

 

—Aww, me esperaste —se sonrió Marcos y fue a buscar el resto de la comida a la cocina.

 

Mientras comían, Marcos le contó de Salta. De su amiga del colegio con la que se había encontrado, del novio de su prima ( “bastante decente” tuvo que admitir, aunque no parecía del todo contento) y del color del que su mamá había pintado las paredes del living.

 

—Fuimos hoy temprano a comprar unas cortinas —contó—, para que combinen con el color, digamo’.

 

—¿Trajiste algo para nuestra casa?

 

—En realidad sí —recordó—, te lo muestro después —dijo y se palmeó la panza para indicar que estaba demasiado lleno para moverse—. ¿Vo’ qué hiciste todo el finde sin mi?

 

Pensar en la colaless de mierda sobre tu cama.

 

—La verdad, nada —se encogió de hombros—, jugué al Valo, miré un par de pelis. Y leí un poco.

 

—¿No saliste con los chicos?

 

Agustín negó—No tengo un mango y encima no paró de llover desde el sábado que me despertaste. Ah! A propósito —dijo, porque no podía mantener la boca cerrada—, qué linda bombachita te compraste, eh.

 

Marcos frunció el ceño pero lo entendió enseguida.

 

—Ahh, la viste —sonrió— Juli se las dejó el jueves y no la vi desde entonces.

 

—Bueno, por lo menos no puede decir que sos un mal novio. Le lavas la ropa.

 

—No soy el novio, Agu’ —protestó, pero volvió a sonreír—, aunque si soy un caballero.

 

x

 

Agustín había dejado de pensar en la ropa interior de mujer en la cama de Marcos. Más o menos. Cada vez que se ponía una remera roja observaba el contraste del color sobre su piel y se perdía imaginando cómo se vería la colaless en él. Pero las semanas pasaban, y la ropa interior probablemente ya no estaba en el departamento de todas formas, y era para mejor, la verdad. Le había costado trabajo quitarse el hábito una vez, y no quería tener que volver a pasar por eso.

 

Cuando llegó febrero, la colaless parecía tan lejana en el recuerdo como las que escondía en el último cajón del placard cuando era más chico y Agustín se sentía como si hubiese esquivado una bala.

 

Entonces, pasó. Capaz era el destino de todas formas. Marcos había estado a full con las mesas de examen y el clima no había ayudado, y la ropa sucia se apilaba sobre el canasto. Agustín tenía que irse para la facultad por unos papeles pero no tenía siquiera ropa interior, y Marcos había volteado los ojos y le había dicho “podrías aunque sea lavar eso cuando te bañas,¿qué harías sin mi, primito?”, le había ofrecido que agarre unos boxers de su cajón solo por esta vez.

 

Agustín entró a la pieza de Marcos, impecablemente ordenada como si la semana de examenes no la hubiese golpeado (la de Agustín parecía víctima de un huracán, tazas de café, latas de Monster al costado de la cama y envoltorios de chocolate desparramados por el piso y alrededor del tacho de basura). Abrió el cajón, y la vió enseguida: estaba debajo de un montón de boxers y calzoncillos pero el rojo era brillante y capturó su mirada al toque. No parecían escondidas, sino más bien olvidadas, y Agustín tuvo que morderse el labio para no gritar.

 

Capaz podría llevarsela y Marcos no lo notaría. Julieta no había aparecido en el departamento hace meses, y Agustín no creía que volviera a buscarlas. Las tocó suavemente, y la sedosidad de la tela le murmuraba sobre los dedos. Pero al toque se oyeron pasos torpes en el pasillo y Marcos pronto se asomó por la puerta. Agustín apretó el puño alrededor de unos boxers cualquiera y cerró el cajón.

 

—Agu’, el finde voy a lo de Marquitos a estudiar y de paso a lavar algunas cosas viste, ya que él tiene su secarropa.

 

—Bueno —se encogió de hombros intentando no mostrarse culpable.

 

—¿Quere’ que lleve algo tuyo? Te diria que podes lavar vos aca, pero los dos sabemos que no lo vas a hacer y aparte no para de llover.

 

Agustín sonrió.

 

—Una muda de ropa, por las dudas.

 

Marcos sonrió también.

 

—Dale, me voy al examen. Dejá tu ropa sobre la cama así armo la mochila cuando vuelva.

 

x

 

Despues del examen esa tarde, Agustín pasó por una farmacia del centro. Compró crema para afeitar y dos maquinitas descartables, sabía que no se iba a ver raro para nada, pero no podía evitar pensar que quizá todos sabían. Al salir escondió la bolsa en la mochila y cuando llegó al departamento la dejó en el mueble de su pieza antes de ir a saludar a Marcos. 

 

—¿Cómo te fue? —preguntó y se sentó en el colchón mientras Marcos terminaba de guardar todo.

 

—-Bien, creo —le contestó. Las dos remeras negras de Agustín fueron a parar con sus joggings oscuros a una bolsa plástica y los jeans claritos con la ropa blanca de Marcos—Pero estoy re cansado, Agu’. Te juro que ya quiero que termine todo y poder dormir. ¿Y vo’?

 

—-Lo mismo. Creo que este finde solo voy a dormir.

 

x

 

Agustín se levantó al otro día cerca de las nueve. Se había puesto el despertador a las nueve y media, pero el cerebro lo había despertado antes. Fue a la cocina y preparó el desayuno: té y tostadas con manteca y mermelada.

 

Estaba ansioso. Una mezcla de ganas de que todo acabe y arrepentimiento por adelantado. No dejaba de pensar en la ropa interior de mierda, y solo querían que fueran las diez para que Marcos se levantara y se fuera para entregarse a eso que lo estaba carcomiendo por dentro y solo…Suspirar…Dejar que pase…Entregarse.

 

Estaba cansado.

 

Despertó a Marcos para que lo ayude a poner el lavarropas por si paraba de llover, y desayunaron juntos en la cocina. Marcos le explicó veinte veces como programarlo cuando pusiera la ropa de color, pero Agustín no estaba prestando mucha atención.

 

A las diez y cuarto, Marcos le dió un último abrazo y coscorrón en el pelo y se despidió por el fin de semana. Al cerrarse la puerta, Agustín suspiró pesadamente y sonrió. Estaba temblando de miedo pero estaba seguro de que quería hacer eso. 

 

x

 

Se afeitó mientras se llenaba la bañera. Lo hizo con cuidado y paciencia, quería estar impecablemente liso. Debajo de la mandíbula también, y en la parte alta del cuello. Se afeito el pecho, aunque no tenía muchos pelos. Con las piernas, y el pubis, se recortó un poco primero, y después usó casi la mitad de la crema para afeitarse hasta el último centímetro. Se había cortado encima del tobillo, pero no había dolido siquiera, y luego cuando Agustín se tocaba y sentía la suavidad de su piel, pensó que valía la pena.

 

Se metió a la bañera y dejó que el agua caliente lo relajara un poco más. Se lavó la cabeza con el champú (que olía a coco) y después se quedó recostado mirando la humedad de los azulejos rodando abajo hasta que el agua estuvo tibia.

 

Eran las una de la tarde cuando finalmente salió del baño. Tenía el pelo húmedo pero el cuerpo ya se había secado por puro paso del tiempo. Estaba temblando. Agustín se miraba al espejo y pensaba en la colaless y temblaba.

 

Suspiró pesadamente y salió del baño. En la soledad del departamento el silencio se respiraba. Agustín pasó por su pieza a ponerse desodorante y buscar el celular. Necesitaba ruido, algo que acallara aunque fuera un momento la discusión interminable en su cabeza. Parte de él le recordaba que todavía estaba a tiempo de arrepentirse, dejar el pelo crecer y olvidar esa ropa interior de mierda y solo hacer de cuenta que nada había pasado. Pero puso música, lenta y húmeda, e ignoró las voces mientras entraba, todavía desnudo, a la pieza de Marcos.

 

No se entretuvo demasiado. Dejó el celular en la cama y buscó eso en el cajón. Esta vez estaba a plena disposición, Marcos se había llevado la mayoría de su ropa interior al departamento de Marquitos así que nada la ocultaba. La tomó entre sus dedos, dejó que su suavidad se le hiciera carne, y luego, todavía temblando, la reposó sobre su pubis y se miró.

 

Dios. El rojo se veía bien.

 

Tragó saliva y empezó a ponérsela. Era tonto el modo en que lo hacia, lentamente, como dandose tiempo para arrepentirse. Como si fuera a hacerlo. Como si pudiera, siquiera.

 

Era tan diferente…Agustín no podía odiarse por extrañarlo. Es que no había otra tela que se sintiera tan bien sobre su piel, tan cómoda. Era encaje sintético, ni siquiera del bueno, pero Agustín lo sentía sobre su piel como espuma de mar. Nunca se había sentido tan desnudo y tan bonito como en ese momento, mientras acariciaba la tela sobre su piel y miraba abajo y sus piernas parecían largas y delicadas recién afeitadas desde ese ángulo.

 

Si nadie lo molestaba, se quedaría así todo el fin de semana. Caminando por la casa semidesnudo, con las cortinas cerradas. A la mierda las salidas con los chicos, podía salir de joda en otro momento. Si alguien preguntaba, podía decir que había invitado a una chica aprovechando que Marcos no estaba, y así podía conservar su secreto y su dignidad. ¿Quién sabía cuándo iba a tener otra vez la misma oportunidad? En algún momento Marcos iba a tirar la ropa interior a la basura como hacía con todos los recuerdos que dejaban sus ex en la casa, y todo eso habría terminado. Tenía que aprovecharlo.

 

Cerró el cajón y después la puerta del placard, dispuesto a ir a su dormitorio a buscar alguna remera para ver cómo le sentaba el contraste. Sin embargo, se encontró de golpe con su reflejo y entonces… lo había olvidado. Había olvidado que Marcos tenía un espejo en la puerta del placard. Dios.

 

Dios .

 

Se veía tan bonito . Dió unos pasos atrás hasta poder captar bien su reflejo en el cristal. Sus piernas se veían femeninas sin pelos, y la colaless le dibujaba un ángulo suave debajo del vientre, donde su panza asomaba. Hasta eso se sentía bien ese día, hasta su panza de birra de la que no podía deshacerse en el gimnasio. Era curva y suave y delicada, y Agustín no podía creer que ese fuera el.

 

Echó la cola para atrás para que sus muslos se vieran más delgados. Se peinó los rulos y puso caras ridículas mirando al espejo, y honestamente, si viera a alguien hacerlo (incluso aunque se trata de una mina) no se cansaría de torturarlos al respecto, pero se sentía tan bien. Se veía tan bonito.

 

Sucedió todo demasiado rápido —Agustín debería haber apagado la música del celular—: Pasos en el pasillo. Torpes, pesados. Agustín les conocía de memoria.

 

Quizá si hubiese sabido qué hacer podría haberse salvado, esconderse en el placard, cubrirse con alguna toalla o sábana, o algo. Pero fue tan repentino… Estaba tan alto hacia un segundo, que cuando Marcos abrió la puerta todavía tenía una media sonrisa, aunque por dentro estaba muriendo de miedo.

 

—La puta m… Perdon, perdon —Marcos cerró la puerta otra vez y Agustín se vió sonreír una última vez en el espejo antes de dejarse caer suavemente sobre la cama, hundir el rostro en sus manos y empezar a llorar.

 

x

 

—Agus?

 

Abrió los ojos asustado. Pero sobre todo, confundido. Estaba oscuro y Agustín semidormido, y si no fuera porque sentía el tacto del encaje en su piel todavía, casi podía convencerse de que todo había sido un mal sueño.

 

—Agu’, dale, hablame.

 

Maros se sentó a su lado en la cama y Agustín se limpió la nariz con la muñeca mientras reconstruía la escena: estaba en la pieza de Marcos, todavía. Llevaba puesta la colaless porque no quería estar desnudo y porque no se atrevía a salir de la pieza para buscar su ropa. Tenía tanta vergüenza que le había sacado la frazada a la cama y se había sentado sobre el colchón cubierto bajo él como un fantasma. No recordaba haberse quedado dormido, pero lo último antes de la voz de Marcos despertando era un recuerdo difuso de morderse la mano para no gimotear, porque no le quedaban lágrimas pero seguía sintiendo ganas de llorar.

 

—Agu’ —Marcos lo envolvió por encima de la frazada y lo atrajo hacia él, en uno de esos abrazos torpes y descoordinados que le salían tan bien—. Lleva’ acá cuatro horas, mi amor, no te puedo dejar así.

 

Mi amor.

 

Agustín había logrado activar a Marcos sobreprotector. Qué vergonzoso. 

 

—Estoy bien —mintió.

 

—Tas cubierto con mi frazada, Agu’.

 

—Hace frío.

 

Marcos se rió.

 

—¿En serio vas a hacer esto? Pretender que no pasó nada… Agu’, los dos sabemo’ que es mejor hablar del tema y listo. Va a ser difícil pero para mejor, digamo’.

 

—No soy gay, ¿sabes? —explicó frustrado, porque probablemente era lo que Marcos imaginaba. No podía culparlo.

 

—No dije eso —le respondió—. Aunque no tendría nada de malo tampoco…

 

—Bueno, pero no lo soy. Y esto no es sobre vos.. —continuó explicando y tuvo que respirar hondo y muy lentamente para no largarse a llorar otra vez. Marcos tenía razón: Iba a ser difícil—. Es una cosa que hago nomás. Hacía. Es una boludes, no sé por qué haces un escándalo.

 

—¡No estoy haciendo un escándalo! —exclamó Marcos pero reía—, vos so’ el que estuvo toda la tarde encerrado acá cubierto con la frazada.

 

Agustín rió, tenía que concederle que era gracioso. Su actitud definitivamente no vendía bien el discurso de “no es nada grave”. Se preguntaba si Marcos notaba que estaba temblando.

 

—Mirá, no creo que tenga nada de malo ¿si? Pero estaba preocupado porque vo’ no salías de la pieza y pensé que te sentías mal por esto. Todo el mundo tiene sus cosa’, Agu’, no es raro.

 

—Es un poco raro.

 

—Todos somo’ un poco raros y vos no estás lastimando a nadie.

 

Bueno, eso era cierto. Era solo una cosa que hacía, todos tienen sus cosas.

 

Asintió en silencio mientras se reincorporaba, alejándose del abrazo de Marcos.

 

—Tapate, me quiero acomodar. Me estoy asfixiando.

 

—Listo —dijo Marcos y Agustín se destapó.

 

La luz del techo siempre le había parecido demasiado pálida —a Marcos le gustaban las cosas pálidas, era su estética o algo así—, pero esa vez le hizo cerrar los ojos.

 

Volvió a taparse, porque todavía estaba en bolas a excepción de la ropa interior de mujer. Esta vez, solo hasta la cintura.

 

—Listo.

 

Frunció el ceño esperando la mirada compasiva de Marcos, que él sabía que iba a venir pero era aún peor de lo que la recordaba. Verde y tibia y transparente, Agustín se sentía aún más desnudo bajo ella.

 

—Estuviste llorando —dijo e intentó refregarle el cachete, pero Agustín se apresuró a correr la cara. 

 

—Me estaba muriendo de vergüenza nomas, Marcos. No te preocupes.

 

Recién en el silencio frío que vino después, Agustín notó que su celular todavía aullaba suave música desde algún rincón de la habitación. Arctic Monkeys. Agustín iba a odiarlos de ahora en más. No iba a poder escucharlos sin recordar ese momento.

 

No iba a poder entrar a esa pieza sin recordar ese momento.

 

¿Marcos iba a poder mirarlo a él? ¿Lo iba a odiar de ahora en más, como él iba a odiar esa banda?

 

—Perdon que hayas tenido que ver eso —murmuró—, no es algo que haga siempre, ¿sabés? Solo esta vez.

 

—Está bien, no te preocupes.

 

—No, pero en serio, Marcos. No es como que me meto en tu pieza cuando te vas y me pongo esa cosa, no quiero que pienses que soy un pervertido.

 

—Agu’, en serio, no estoy pensando eso, no te preocupes.

 

—No tendría que haberlo hecho, perdón —dijo entre dientes y, bueno, estaba llorando otra vez. No estruendosamente, por suerte. Las lágrimas ni siquiera caian, pero sentía el estrujón en el pecho y los ojos húmedos, y le temblaban los puños cerrados sobre la frazada que le cubría las piernas—. Pero es que esa cosa… Intente tanto tiempo… Como, si no fuera porque la vi ayer cuando me prestaste el boxer… Nada de esto hubiese pasado.

 

—Agustín —Marcos lo tomó con firmeza del rostro, obligándolo a mirar sus ojos—. Te juro que está todo bien.

 

—No, no lo está —murmuró y se hundió en su hombro y ahora sí, lloraba. No había otra forma de llamarle a eso. Marcos le acariciaba su espalda y Agustín lloraba como un nene, y de golpe no se sentía como si los últimos diez minutos hubiesen pasado—. No estaba bien cuando era más chico y no está bien ahora y lo siento muchísimo.

 

Le contó entre sollozos la historia. Marcos no hacía preguntas, ni lo interrumpía, pero le seguía acariciando la espalda mientras lloraba y recibía su mirada con ternura y compasión cada vez que Agustín se atrevía a ofrecersela. Le contó de la despedida de soltera, y del cajón del placard de su mama, y de pararse frente al espejo y cerrar el puño en la parte de atrás de la ropa interior para que no se le cayeran cuando se la ponía. Para que se vieran como si estuvieran hechas para él.

 

Le contó sobre la sensación en el pecho, la misma que había tenido hacía unas horas atrás. Le explicó que no era sexual, que nunca lo había sido, pero que se sentía tan bonito en esa prenda que era adictivo, que había algo en la tela que lo llamaba, algo en verse con ese tipo de ropa interior puesta que se sentía cómodo. Le contó de cómo había dejado todo cuando cumplió los trece, y se dio cuenta de que ese tipo de cosas le ganarían unos buenos chicotes si alguien se enteraba.

 

Le contó de cómo se mordía el labio para no hablar cada vez que una chica se desvista frente a él y llevaba esa ropa interior tan linda puesta, y como le temblaban las rodillas cuando vió la colaless de Julieta colgando del tender. 

 

Habló como una entera, capaz un poco más, y cuando ya no supo qué más decir, de golpe se sintió bien. Relajado. 

 

Marcos le acariciaba el hombro, y Agustín por primera vez levantó su mirada para verlo y pudo sostenerse.

 

—Así que, eso —dijo.

 

—Así que eso —repitió Marcos sonriendo—. ¿No fue tan difícil viste?

 

—Vos no sos de este mundo, por eso estás tan calmado —protestó, sonriéndole también.

 

Marcos le palmeó una última vez el hombro antes de levantarse.

 

—Voy a preparar algo de comer, porque no mastique nada desde el desayuno —dijo—, no se si te diste cuenta pero no fui a lo de Marquitos.

 

—Sí, me di cuenta.

 

—Es una historia medio larga, te la cuento en la cena —dijo—, vo’ mientras tendé la cama y cambiate o lo que sea.

 

—Bueno —asintió Agustín.

 

Estaba poniéndose de pie también, cuando Marcos se paró de lleno en la puerta. Se giró, frunciendo el ceño, y miró fijamente a Agustín, él se hubiera asustado si no fuera porque Marcos era de otro mundo y jamás le diría algo feo.

 

—Voy a decir tres cosas y quiero que no me interrumpás con boludeces, como pidiéndome perdón o cosas así ¿si?

 

—Bueno…

 

Marcos se llevó las manos a la cintura y dijo:

 

—No hay nada raro en todo eso ¿si? La gente hace cosas así y está bien —Agustín asintió y agachó suavemente la mirada—. No, no, nada de timidez, Agu’. Mirame a los ojos, es importante.

 

—Dale, Marcos.

 

—No, mirame, Agu’ —Agustín lo miró—. no tenes nada malo. Vo’ querías sentirte bonito, y te veías bonito, digamo. Así que eso.

 

—Así que eso —repitió manteniendo la mirada fija e intentando no pensar en eso último que había dicho.

 

—Otra cosa, no es que te quede mal la barba pero afeitado parece’ mucho más joven, en serio.

 

—¿Esa es la segunda cosa? —frunció el ceño, porque pensaba que eso era un discurso serio de mejor amigo o algo así—. ¿que debería afeitarme más seguido?

 

—Si, ‘sactamente —le sonrió—, y la tercera cosa es que pode’ quedarte con la colaless si quere’. No es como si Juli fuera a volver a buscarla ni nada. No estás lastimando a nadie y obviamente te hace feliz porque tenias una sonrisa enorme cuando te vi —recordó y esta vez fue él quien ocultó la mirada, aunque solo un segundo—, incluso recién, cuando me contabas todo. Te hace bien y a mi me pone feliz que vo’ estes bien, digamo.

 

—Okey —murmuró y se mordió el labio.

 

Marcos se quedó un momento más en la puerta, mirándolo en silencio. Finalmente sonrió.

 

—Te juro que de ahora en más te voy a avisar si vuelvo antes.

 

—Eso sería de ayuda —sonrió también.