Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 1 of sos de oro amigazo
Stats:
Published:
2023-05-04
Words:
4,714
Chapters:
1/1
Comments:
18
Kudos:
157
Bookmarks:
7
Hits:
891

hacelo en nombre del amor

Summary:

Agustín le pide ayuda a su amigazo Marcos para que le enseñe como besar. Marcos, como buen amigazo que es, acepta.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Dicen que el primer beso es algo que nunca se olvida. El primer beso te marca y te acompaña por el resto de tu vida. Si tenías suerte, la primera persona que besaras sería la última, compartiendo besos hasta que la muerte los separe. Agustín siempre había imaginado que su primer beso sería con la chica que amara, todo sería color rosa y explotarían fuegos artificiales. Para ser un chico de 13 años, era un verdadero romántico. Se había pasado horas y horas de su vida soñando cómo sería y con quién. Sin embargo, ni en sus escenarios más locos se le había ocurrido que podría ocurrir algo así.

—Tas loco, primo —dijo Marcos levantándose de su asiento.

Agustín había imaginado mil escenarios posibles sobre su primer beso, pero en ninguno de ellos aparecía Marcos Ginocchio, su vecino y mejor amigo desde que tenía uso de razón.

—Dale, Marquitos. Solo un beso te estoy pidiendo —le rogó poniéndose de rodillas.

—¿Por qué yo?

—Porque vos sos mí amigazo.

Agustín no recordaba cuándo había conocido a Marcos. Solo sabía que su primer recuerdo era de ellos dos entrando al jardín de la mano para no llorar. Desde ese momento habían sido inseparables. Todos los días se cruzaban a la casa del otro a jugar y se turnaban los fines de semana para ver quién se quedaba a dormir en la casa del otro. Cumpleaños, vacaciones, paseos; todo lo hacían juntos. Por eso, cuando se le presentó el problema, solo pudo pensar en una persona para ayudarlo: su amigazo.

¿Cuál era el problema? Luciana, la chica de la cual estaba enamorado hace tres meses.

O al menos eso decía él.

Agustín y Luciana se habían conocido en la clase de baile. 

Luego de que su mamá le insistiera en que hiciera algún tipo de actividad física, Agustín había decidido apuntarse a clases de danza, ya que era lo único que le parecía interesante. Marcos había intentado que se anotara a jiu jitsu con él diciéndole que aprendería a pelear como en los dibujitos que le gustaba mirar, pero no hubo caso. El chico solo le respondió que no eran dibujitos, era animé, y que la danza era su pasión. Marcos se mostró confundido al respecto hasta que notó que en la clase eran todas chicas excepto por su amigo y se rindió. Si bien estaba decepcionado porque no le gustaba hacer cosas por separado, sus madres creían que era bueno que se relacionaran con otras personas para no ser tan dependientes el uno del otro.

No pasó mucho tiempo —una semana— hasta que Guardis llegó un día corriendo a la casa de Ginocchio gritando que estaba enamorado. Luciana era la chica más linda de la clase y la que mejor bailaba. Marcos lo ignoró, ya cansado de la misma historia cada un par de meses. Siempre decía que había encontrado al amor de su vida, que esa vez era de verdad, que antes se había equivocado porque errar es humano, pero que ahora ya no había dudas, definitivamente se iba a casar con cualquieraseaelnombredelachicadeturno. Al principio, el más alto escuchaba con atención todos los detalles del enamoramiento ajeno. Sin embargo, para la quinta vez que se repitió la historia, ya había dejado de interesarle. Quería mucho a su amigo, pero no podía entender cómo se podía enamorar tanto teniendo apenas trece años cuando él no se había enamorado ni una vez. Por eso, para esa altura, ya ni se molestaba en aprender el nombre de la nueva chica.

—Lo que me estás pidiendo no tiene ni pies ni cabeza —dijo Marcos—, y levantate del piso.

Agustín se paró.

—Si escucharas la historia completa entenderías mejor —se quejó.

—A ver, explicame de nuevo porque capaz yo escuché mal.

—Bueno. ¿Viste que yo estoy enamorado de Luciana hace meses y que ella es el amor de mi vida? — ah, se llama Luciana—. Bueno, resulta que le dije que me gustaba y ella me dijo que también gustaba de mi.

—¡Bien, primito! Felicidades ¿Entonces por qué me estás rompiendo las bolas?

—Dejame terminar, boludo. Bueno, el punto es que hablamos y quedamos en que mañana en la fiesta de Rocío nos vamos a dar un beso. 

—Repito: bien, primito ¿Entonces por qué me estás rompiendo las bolas?

—Si me seguís jodiendo te voy a partir la cara.

—Vos te acordas que el que hace jiu jitsu acá soy yo y no vos ¿No?

—¡Dejame en paz, Marcos! Bueno, como decía… —levantó sus cejas en dirección a su amigo para ver si lo iba a dejar terminar, el otro asintió—. Quedamos en darnos un beso, pero el problema es que me enteré de algo.

—Tiene novio.

—No.

—Es hermafrodita.

—¿Qué es eso?

—Que le gustan los chicos y las chicas.

—Ah, mirá. No es eso igual. Lo que pasa es que me enteré que ella ya se besó con otros chicos.

—No entiendo.

—Es que ella ya dió su primer beso y yo… todavía no.

—¿Eh? No entendí.

—Que yo… todavía no di mi primer beso —se cubrió los ojos con las manos de la vergüenza.

—¿Cómo que no? Pero si te enamoras una vez por semana más o menos.

—Eu, no lo digas así—se descubrió los ojos para mirarlo mal—. Y sí, todavía no di mi primer beso porque nunca me correspondieron las chicas que me gustaron —volvió a cubrirse la cara.

—Bueno, son cosas que pasan a todos.

Agustín lo miró mal de nuevo. De todas las personas que podrían decir eso, Marcos era la única a la que no le creería. Su amigo era el chico más popular de la escuela. No había chica que no gustase de él, ya fueran de años más grandes o chicos. Al ojiazul le gustaría decir que no entendía por qué, pero claro que entendía. Sus ojos claros e intensos, su cabello perfectamente peinado naturalmente, su altura, su físico desarrollado por el deporte. su tonada salteña que se le pegaba cuando volvía de sus vacaciones en Salta y su amabilidad y calidez lo hacían el chico perfecto. Si Marcos fuera una chica, posiblemente ya se hubiese declarado hace meses diciéndole que era el amor de su vida.

—No hace falta que me mientras, amigo, pero gracias igual por el intento.

—De nada amigo, siempre en todas con vos —le despeinó sus rulos—. Bueno, vamo’ a jugar.

—¡Marcos! Te estoy contando mi problema. Te estoy abriendo mí corazón.

—Ah cierto. Bueno anda y besala qué tanto lío.

—Sí, tanto lío sí. ¿Qué pasa si beso tan mal que no se arrepiente y ya no le gusto más? Yo no di ni un pico, boludo, ¿y ahora se supone que pase de cero a cien y use la lengua? ¡No sé usar la lengua! No sé ni como usar los labios, ni siquiera sé silbar.

—Pero cómo se va a arrepentir por eso, culiao’. Lo otro es puro instinto, vas a ver que te va a salir solo.

—Pero yo no tengo instinto.

—Pero fuiste boy scout.

—Eso solo significa que soy la persona más alejado a una mujer que viste en tu vida.

—No entiendo igual a dónde querés llegar, boludo. Ya me estresaste —bufó.

—Bueno, lo que yo pensaba era que, a lo mejor, vos me podías ayudar.

—¿Ayudar cómo?

—Haciendo… eso .

—¿Que cosa?

Eso .

—¿Qué cosa?

—¡Besándonos! Chapando, transando, chupeteando, como le quieras decir.

—¿Y yo que tengo que ver? —dijo Marcos a la defensiva.

—Vos ya tenés experiencia, me podés decir si estoy haciendo las cosas bien o no.

—¿Y vos qué sabes si yo tengo experiencia?

—Me lo contaste vos.

—Yo también para qué hablo —se quejó consigo mismo mientras miraba el techo.

—Dale, Marquitos. Por favor —juntó sus manos para suplicarle—. Te juro que hago lo que vos me pidas.

—No sé…

—Dale, por favor. Hacelo en nombre del amor.

—¿Qué amor boludo?

—Bue.  Hacelo por mí, dale. Tenés pase libre para pedirme lo que sea cuando sea, sin fecha de vencimiento.

—¿Lo que sea cuando sea?

—Te lo juro.

—¿Y si lo reclamo en diez años?

—Lo cumplo.

Marcos lo consideró unos segundos. Agustín lo miraba expectante, estaba a punto de morderse las uñas. Finalmente, el más alto habló.

—Bueno.

—¡¡¡¡¡Sí!!!!! Te amo, te amo, te amo —gritó Agustín mientras abrazaba a su amigo. Marcos solo le acarició la cabeza, no era tan bueno con la demostración de afecto como el otro, pero lo intentaba para no herir sus sentimientos sin querer.

—Bueno, bueno —se separaron—. Entonces ¿Cómo hacemos?

—Me voy a preparar, ya vuelvo —salió de la casa corriendo.

—¿A dónde vas? —gritó Marcos yendo detrás suyo.

—A cepillarme los dientes ¡Bancame cinco!

Agustín desapareció de su vista. Marcos solo suspiró y volvió a entrar a la casa.

 

—¿Estás seguro que querés hacer esto? —preguntó Marcos de nuevo.

Agustín ya había vuelto con sus dientes limpios y su aliento oliendo a menta. Estaban sentados en el piso, junto al sillón, ambos con sus piernas cruzadas, nerviosos, expectantes. El ojiazul tenía las manos entrelazadas y jugaba con sus pulgares. Estaba a punto de dar su primer beso. Ese momento con el que había soñado cientos de veces estaba por convertirse en una realidad. Era un pequeño paso para la humanidad pero un gran paso para el hombre —él—.

—Sí. Lo hago por amor.

—Esperemos entonces que sea tu esposa después —intentó aliviar el ambiente—. Cerrá los ojos.

Agustín cerró sus ojos. Marcos colocó sus manos suavemente sobre las mejillas ajenas, casi como si el toque fuera una caricia. Se acercó de a poco, lentamente, hacia su rostro. Cuando estaba solo a unos milímetros, se detuvo un instante. Miró los ojos cerrados de su amigo, tímidos, y los carnosos labios por un momento, apreciándolos mientras juntaba el coraje para dar el siguiente paso. Qué lindo. Juntó aire y eliminó la distancia.

Primero, sus labios solo descansaban en los del otro. Marcos notó como su amigo se congeló un instante en el momento en que entraron en contacto. Cuando sintió que se relajaba ante su tacto, decidió continuar. Abrió un poco la boca para poder capturar su labio inferior, ese que antes le había parecido lindo, para saber cómo se sentía al tacto. Le gustó. Agustín estaba un poco más relajado e intentaba imitar sus movimientos pero todavía le faltaba un poco más de seguridad. Marcos le acarició la mejilla con el pulgar para animarlo. Sintió una leve sonrisa sobre su boca que lo hizo sonreír también. Le pareció que era el momento perfecto para dar el siguiente paso. Soltó un segundo el labio de su amigo, juntó un poco más de aire y de valor, y volvió a conectar sus bocas, esa vez ya con la punta de su lengua, pidiéndo permiso, preguntando si ya estaba listo para avanzar. Su amigo abrió un poco la boca. Era el momento. Levantó la mirada segundo para encontrarse con los ojos cerrados del ojiazul. Sonrió, y dió el salto final.

 

Agustín no podía creer lo que estaba pasando. Si alguien le hubiese dicho que su primer beso iba a ser con su mejor amigo, su amigazo, nunca lo hubiese creído. Probablemente se hubiera reído. Sin embargo, allí estaba. En la casa ajena que luego de tantos años ya sentía propia, en el suelo, con los labios de su amigo sobre los suyos y el corazón latiéndole a mil kilómetros por hora.

Cuando sus labios se conectaron por primera vez, estuvo a punto de separarse, levantarse e irse a su casa diciéndole que tenía razón, que todo era una estupidez. Pero las caricias de Marcos lo habían tranquilizado, y cuando su labio inferior se encontraba entre los de su amigo, sintió que podía seguir sin miedo. Si bien todo eso había sido su idea, la verdad era que estaba muy asustado y por un momento pensó que quizá no valía la pena gastar su primer beso de esa forma, que no debería ser ese el recuerdo que viviría para siempre en su memoria. Sin embargo, en el medio del beso, donde estaba lleno de inseguridades y sus emociones estaban a flor de piel, la seguridad y el cariño que le transmitió su amigo hizo que todos los posibles arrepentimientos se borraran de su mente. Estaba feliz de que su primer beso fuera con Marcos, su amigo de toda la vida que siempre lo había acompañado en sus locuras y protegido de todo y de todos. No le molestaba que ese fuera el recuerdo que dure para toda la vida. De hecho, lo ponía contento.

Cuando sintió una sonrisa en los labios del más alto, creyó que ya habían llegado al final y solo restaba separarse. Se apenó un poco, aún no quería detenerse. Los labios de Marcos se separaron un poco más de los suyos, supuso que era momento de alejarse también y cuando estuvo a punto de hacerlo, sintió la lengua ajena rozar sus labios con delicadeza. Una electricidad recorrió todo su cuerpo y cuando percibió que la lengua se introducía en su boca, no pudo evitar colocar sus manos sobre el pecho de su amigo por la sorpresa. Marcos tomó sus manos entre las suyas y entrelazó sus dedos para tranquilizarlo. Funcionó. Agustín se aferró a las manos ajenas y cerró los ojos aún más fuerte mientras intentaba entender que se suponía que debía hacer. Sentía como la lengua de su amigo recorría su interior y cuando volvió a tocar la suya notó como la electricidad que había percibido previamente volvía a aparecer en su cuerpo, así que se dedicó a perseguirla. Había intentado en un principio hacer una checklist de qué cosas se suponía que debía hacer cuando besaba y en qué orden, pero finalmente llegó a la conclusión que lo mejor que podía hacer era perseguir esa electricidad que estaba sintiendo, hacer todo lo necesario para poder sentirla el mayor tiempo posible.

Marcos soltó una de sus manos y la dirigió hacia la parte posterior del cuello de Agustín y con sus dedos jugueteaba con el cabello. Con la mano libre, el ojiazul tocaba el pecho ajeno. Qué duro, pensó. Quizá sí debería haberme anotado a jiu jitsu. Llevó la mano hacia el cuello de la remera y como pudo rozó la piel con los dedos, disfrutando el tacto. 

Se estaba quedando sin aire.

Marcos acercó sus cuerpos un poco más y soltó la otra mano que tenía entrelazada para dirigirla a su cintura. Cuando lo acarició con el pulgar, no pudo evitar reírse, ese era su punto débil. Marcos volvió a tocarlo allí y Agustín intentó aguantar la risa para continuar con el beso pero cuando la mano que estaba en su cuello fue a parar al otro lado de su cintura, ya era imposible frenar la risa.

—Pará que me voy a morir —dijo entre risas.

Marcos continuó hasta que el más bajo terminó en el piso tapándose el abdomen con los brazos.

—Pará que me va a hacer mal reírme tanto —volvió a insistir mientras intentaba recuperar el aliento perdido entre el beso y las cosquillas.

Marcos se detuvo. Agustín observaba su rostro colorado mientras intentaba recuperar el aliento. Se separó del piso y volvió a su posición original frente al más alto. Su amigo le sonreía tímidamente. En ese instante se dio cuenta que las cosquillas habían sido a propósito para darle un fin al beso, pero evitando el silencio incómodo que llegaría inmediatamente después de separarse. Marcos realmente pensaba en todo. Las chicas tenían suerte. En ese instante, se alegró de que fuera su primer beso. Sin embargo, estaba un poco decepcionado de no ser el primer beso de él. Se imaginó a un Marquitos inexperto sin saber qué hacer, todo colorado y nervioso. Seguro era lo más tierno que podrían ver sus ojos. Pero solo quedaría en su imaginación. De todas formas, eran amigos, amigazos, no tenía por qué ver nada. Se preguntó cómo lo veía Marcos en ese momento. Se acomodó el pelo por si las dudas.

—¿Y? —Marcos rompió el silencio, tímido—. ¿Estuvo bien?

—Sí —sonrió tímidamente. No sabía cómo seguir.

—¿Sentís que ahora sos todo un experto? ¿Un cra’ como yo?

—Ah bue… ya se agrandó —se hizo el ofendido siguiéndole el juego a su amigo, quien claramente intentaba romper la tensión.

—No me agrando, es la verdad. Por algo me lo pediste a mi y no a boludacho.

—¿Quién es boludacho? 

—Nacho, el vecino de la otra cuadra que es medio boludo.

—Aaah, ese Nacho —dijo hasta que se dió cuenta del apodo—. Qué malo que sos, cómo le vas a decir así.

—Es de cariño.

—Sí, seguro.

Se quedaron en silencio. De pronto, escucharon la puerta de la casa abrirse y unas voces sonaron por toda la habitación. Ya habían llegado los padres de Marcos. Ambos agradecieron la interrupción.

—Llegaron tus viejos, yo ya me voy a casa entonces —se levantó.

—¿Seguro? ¿No querés quedarte a merendar? —se levantó también.

—Nah, tranqui. Mamá ya debe estar esperándome. Nos vemos —le dio un beso en la mejilla.

—Suerte con Luciana mañana.

—Gracias.

Agustín salió de la casa. Mientras abría el portón pensó en Luciana y en como ya no le parecía tan emocionante verla al día siguiente.

 

Agustín y Luciana estaban sentados en una esquina de la fiesta. Luego de bailar por más de dos horas, el ojiazul ya estaba cansado y no quería ni podía dar un paso más. Ahora que estaban solos y sin música de por medio, no sabía qué hacer o qué decir. No podía ignorar la promesa que habían hecho acerca del beso. Tenía ganas de besarla, o de besar en general, para ser más exactos. Le echaba la culpa a la tarde del día anterior, desde que llegó a su casa no había podido dejar de repasar su beso con Marcos. Lo bien que se sintieron sus labios, sus manos, su lengua ¿Siempre se sentía tan bien besar? Si hubiese sabido eso, no habría desperdiciado tanto tiempo sin besar a alguien… o a Marcos.

—Linda fiesta —rompió el silencio—. La música está buena.

—Sí.

—Las luces también y la comida muy…

—¿Me vas a dar un beso o no? —lo interrumpió.

Agustín se atragantó con su saliva. Tosió un par de veces antes de recomponerse.

—Sos un poco directa ¿No? —se rieron.

—Perdón, es que no podía ignorar el elefante en la habitación.

—Está bien. Yo estaba pensando en el beso también pero no sabía si todavía querías —se puso a jugar con sus dedos.

—Yo quiero. ¿Vos querés? —le sonrió.

—Sí.

Se levantaron y fueron tomados de las manos hasta el fondo de la casa para que nadie los viera. Cuando llegaron, Luciana se apoyó de espaldas a la pared, Agustín se posicionó frente a ella. Ella cerró los ojos, esperando que dé el primer paso. Los nervios lo volvieron a atacar, estaba un poco asustado. La miró unos segundos. Se preguntó si así se veía él mientras esperaba que Marcos lo besara. Se preguntó si su amigo se sentía lo mismo que él en ese momento. Respiró hondo y acercó su rostro al de ella. Cerró los ojos y juntó sus labios. Por fin, después de tanta espera, podía besar a la chica que le gustaba. Era la primera vez que lograba avanzar con uno de los tantos amores que había tenido durante su vida. Ese era el primer día del resto de su vida. Esperaba los fuegos artificiales, la electricidad, las flores y los corazones rodeándolos.

Pero no pasó nada.

Estaba besando a Luciana, su amor durante los últimos tres meses, la chica que había estado en todas sus fantasias, la más linda de todas, la que iba hacerlo sentir mariposas en el estómago. Allí estaba, pero no sentía absolutamente nada.

Cuando comenzó a besarla y no vio todo color de rosa, no se sorprendió. Tenía sentido, no era su primer beso, Marcos lo había sido. Sin embargo, como era la chica que le gustaba, creyó que aún era posible sentir algo similar. Pero no ocurrió. No sintió nada. Los nervios que lo atacaban desaparecieron rápidamente y quedó vacío. Podía sentir los labios de Luciana y su respiración pero nada más. No estaba ni siquiera esa electricidad que había estado presente cuando se besó con Marcos, esas ganas de tocarlo, de sujetarse y no dejarse ir.

Se separaron cuando se quedaron sin aire. Ambos se miraban, sin saber bien qué decir. Agustín se preguntó como se había sentido ella durante el beso ¿Le había gustado? A él claramente no. Se preguntó qué significaba eso ¿Ya no gustaba de Luciana? Probablemente no. Otra vez se había equivocado, ella no era el amor de su vida. Se preguntó si quizá el beso con Marcos había tenido algo que ver con toda la situación. Quizá hubiese sido mejor si directamente se besaba con la chica. Si no hubiese tenido el beso con su amigo para comparar, quizá le hubiese gustado ese beso. Sin embargo, ¿Se arrepentía? No. Le había gustado mucho ese beso, tanto que lo había repetido en su mente sin descanso toda la noche. ¿Marcos había hecho lo mismo? Le encantaría preguntarle. 

—Como que no estuvo bueno ¿No? —Luciana rompió el silencio. A Agustín le gustaba eso.

—Estuvo bien… qué se yo —respondió un poco nervioso ¿Qué se suponía que se decía en esos casos?

—Siento que no conectamos. Vos me caes re bien Agus y me encanta hablar con vos, pero creo que es mejor que quedemos como amigos ¿Te parece? —le tomó la mano y le sonrió sinceramente.

—Por mi genial —le devolvió la sonrisa. Se abrazaron—. Bueno, creo que me voy a ir yendo.

—Dale. Yo te sigo en un rato, así no somos tan obvios.

Cinco minutos después, Agustín volvió a la fiesta. Se sentó en una esquina donde no llegaba tanto la música y agarró su celular. Tenía un mensaje de Marcos.

Marquitos : ¿Y? ¿Cómo te fue con el beso?

Observó el mensaje unos minutos. Debía contarle que el plan había fracasado terriblemente y que el beso había sido desastroso. Sin embargo, no tenía ganas. Su amigo le pediría detalles y no quería dárselos. No sabía cómo decirle que no sintió nada con ella, pero que el beso con él seguía dándole vueltas en la cabeza. Posiblemente Marcos se reiría y le diría que al final tenía razón y que era un experto besador. No quería escuchar eso. Tampoco quería imaginarse a Marcos besando a otras chicas. Le daba envidia pensar que otras personas iban a experimentar lo mismo que él, pero él ya no.

¿O quizá sí?

¿Qué opinaría Marcos si le dijera que quería que se siguieran besando? ¿Lo echaría a patadas o aceptaría la propuesta? ¿Pensaría que estaba enamorado de él? Eso no tenía sentido. Por supuesto que no pensaba en Marcos de forma romántica, pero el beso… Definitivamente quería volver a sentir eso, pero su amigo no aceptaría tan fácil. A menos que…

Marquitos: ¿Te comió la lengua Lucía o que onda?

Luciana* y no. No nos besamos al final.

Marquitos : ¿Eh? ¿Cómo que no? ¿Qué pasó?

Me puse nervioso y no pude. 

Agustín tomó aire, el que tenga miedo a morir que no nazca, pensó, y mandó otro mensaje.

Creo que necesito practicar un poco más…

Marquitos : Ah

Bloqueó el teléfono y cerró sus ojos. No sabía rezar, nunca había aprendido, pero si supiera, estaría rezando en ese momento para que su amigo no lo mandara a la mierda.

Quizá no debería mentirle a Marcos así, sabía que estaba mal, pero una mentira piadosa no le hacía mal a nadie. Además, era cierto que necesitaba más práctica. También su amigo podía negarse si no quería, no era como que lo estaba obligando.  Esperaba la respuesta en silencio, con los nervios carcomiendole cerebro. 

El celular vibró.

Marquitos: ¿Querés que te ayude?

Agustín saltó de felicidad. Por suerte, todos estaban demasiado ocupados bailando como para notarlo.

Marquitos: Cuando termine todo venite para casa. Ya sabes cómo entrar.

Sos de oro, amigazo

Agustín buscó rápidamente sus cosas y subió al primer Uber que le aceptó el viaje. No podía esperar a llegar a la casa de su amigo. Ya le contaría la verdad, pero primero aprovecharía las clases extras. No era su culpa ser un alumno tan dedicado.

 

Cuando Agustín le avisó que ya estaba de camino a su casa, Marcos respondió que lo esperaba y bloqueó el celular. Fue rápidamente a lavarse los dientes y cuando se vio en el espejo, notó que estaba colorado. Se enjuagó el rostro con agua helada para calmarse. No había podido dejar de pensar en su amigo desde el día anterior y cada vez que se acordaba de sus labios, de su rostro con los ojos cerrados, nervioso, de como se había sentido besarlo, no podía evitar ponerse colorado de nuevo. Durante la cena sus padres le habían preguntado si se sentía bien y le habían tomado la fiebre solo por lo colorado que se estaba.

Nunca se había imaginado besando a su amigo, y esa noche cuando vio por la ventana como Agustín se subía al auto para ir a la fiesta, creyó que nunca más tendría la oportunidad de hacerlo otra vez. Estuvo de mal humor toda la noche, no podía dejar de pensar en qué seguramente mientras él estaba comiendo con sus padres, su amigo estaba besándose con esa chica. Le pareció injusto. Ella casi no lo conocía, no tenía por qué andar besándolo por ahí. Seguro lo trataría mal o lo haría sentirse incómodo. No como él que sabía qué hacer porque había pasado toda su vida cuidándolo. Por eso, cuando ya estaba acostado y recibió el mensaje diciendo que no había pasado nada en la fiesta, se sintió aliviado y un poquito —bastante— feliz. Y cuando leyó el siguiente mensaje diciendo que necesitaba practicar, se le cayó el celular de las manos. 

¿Eso significaba lo que creía que significaba?

Tuvo que armarse de valor para preguntarle si quería que lo ayudara. Probablemente era lo más difícil que había tenido que hacer en su vida. Aunque para ser justos, su vida era bastante sencilla así que no había mucha comparación. Afortunadamente, la respuesta recibida fue la que quería.

Allí estaba, sentado en la cama esperando que su amigo cruzara la puerta. Así había sido siempre. Marcos esperando que Agustín llegara y le dijera que locura iban a hacer ese día. Esa vez ya sabía la locura, pero eso no evitaba que se sintiera emocionado igual.

Cuando vio los rulos y los ojos azules de Agustín aparecer entre la oscuridad de su habitación, le sonrió. El más bajo cerró la puerta detrás suyo y se quedó allí apoyado, un poco tímido.

—Llegué.

—Sí, veo —soltó una pequeña risa tímida—. ¿Qué pasó al final?

—Nada —caminó hasta la cama y se sentó a su lado—. Se ve que era más difícil de lo que pensé.

—Me imagino.

—Por eso vine a buscar la ayuda de un experto —lo empujó suavemente con el hombro. Ambos rieron.

—No todos pueden ser cracks como yo.

—Sí, seguro.

—¿Querés tomar algo? —preguntó. No sabía qué otra cosa decir. 

—Nah dejá. Voy al baño a cepillarme los dientes y vuelvo —se paró rápidamente—. No seré un experto como vos pero ya aprendí algunas cosas básicas —le guiñó el ojo y desapareció por la puerta.

Mientras esperaba que volviera su amigo, Marcos se preguntó cuál sería el momento indicado para confesarle a Agustín que en realidad no era un experto en absoluto y que el beso que habían compartido el día anterior también había sido el primero para él. No sabía cuando había arrancado toda esa historia de que era un gran besador, pero no había querido aclarar la verdad cuando vio que su amigo confiaba en que lo iba a ayudar.

Agustín volvió a la habitación.  Marcos fue hasta la puerta para cerrarla con traba, por si las dudas. 

—Ya estoy, amigo —dijo Agustín, sentado en la punta de la cama.

Marcos lo observó allí, sentado, sonriéndole, esperando que lo besara. ¿Y qué si también era un principiante? Agustín se veía feliz pidiéndole ayuda y él era feliz ayudándolo. ¿Cómo podría romperle la ilusión? Ambos podían convertirse en expertos juntos. Además, una mentira piadosa no le hacía mal a nadie ¿No?

Marcos sonrió.

—Ahí voy, amigazo.

Notes:

vi el video de marcos enseñándole a agustin como levantarse a la tora y no resistí.

Series this work belongs to: