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Language:
Español
Stats:
Published:
2023-06-04
Updated:
2023-10-14
Words:
15,337
Chapters:
8/?
Comments:
37
Kudos:
56
Bookmarks:
4
Hits:
819

El Orgullo de Mi Viejo

Summary:

Es verano, hace calor, la gente está de vacaciones, las cumbias resuenan en la villa y el olor a asado se mezcla con el polvo que se levanta en las calles de tierra.
Hace poco abrieron un taller mecánico en el centro; Kun y su padre llevan allí el auto y es entonces cuando conocen a Lautaro.
Es entonces cuando Kun siente por primera vez que algo está mal con él.

Chapter Text

Sergio se sintió desfallecer cuando escuchó el "¡crack!". El corazón se le aceleró de cero a cien en un segundo, con los ojos bien abiertos y sin parpadear entraba lento, lento y seguro, en el peor de los pánicos.

¡Cómo se lo decía a su viejo! ¡¿Cómo?! ¡Lo iba a cagar a pedos! Mal.

Se sentó junto al auto y se quedó ahí, frustrado. Y él que había querido darle una mano a su viejo. Acababa de hacer lo contrario. No supo cuánto tiempo estuvo ahí sentado, en shock, hasta que una de sus hermanas se asomó al garaje y lo llamó a comer.

Apenas se presentó en la cocina, su papá le vio la cara y preguntó:

—¿Qué pasó? —con la voz gruesa, la cara de "te mato".

—Se me partió la bujía.

—¡¿Cómo que se te partió la bujía?!

—¡Y, se me partió!

—¡¿Adentro de la rosca?!

Asintió.

Su papá arrastró una mano por su cara.

—Te dije que esa batata te iba a traer problemas. Te dije.

—¡Bueno, pá! ¿Cómo iba a saber?

—Primero, a mi no me respondás.

—...Bueno, perdón.

—Segundo, cuando vos estás desenroscando la bujía y ves que "no" quiere salir, que no sale, NO sale, ¡la dejás en paz! ¡Le metés algún lubricante! ¡No seguís forzándola, porque se parte!

Silencio. Suspiros, negaciones de cabeza. Manos arrastrándose por la cara. Más silencio.

—Por ahí la puedo sacar —murmura Sergio.

—No, olvídate: es un quilombo y podés hacer cagada. Más vale mandarlo al mecánico. Pero que ni se te ocurra prenderlo porque podés hacer mierda el motor. Ahora después de comer lo enganchamos con el otro y lo llevamos a la mecánica ésa que abrió hace poco. De paso vamos a chusmear —agregó ladeando la cabeza. Sus enojos daban miedo, pero se le pasaban rápido, en cuanto encontraba algo de lo que alegrarse.

Después de la comida, engancharon el Galaxy al Corolla; Leonel se metió en el último, y el Kun en el primero para llevarlo a la mecánica.

 

 

 

 

"MECÁNIGA GRAL. MARTINEZ"

Decía. Mandaron el auto en la vereda, y su viejo le dijo que bajara con él. Había un tipo gordo asomado al capó de un 504 ahí adentro, y un tipo bien flaco, como un fideo, metido debajo de un golcito con una caja de tubos y un par de llaves alrededor.

Después, de entre las sombras del taller, salió un chico limpiándose las manos con un trapo lleno de manchas de aceite. Los músculos de sus brazos, descubiertos en una remera sin mangas, brillaron al sol cuando salió a la luz. Se acercó a ellos con una actitud segura que lo hacía parecer mayor; pero debía tener su edad, si no, un poco más.

—Hola, buen día. ¿Cómo les ayudo?

Sergio se fija en su mandíbula marcada, e inspecciona su rostro. Sus rasgos son fuertes y suaves al mismo tiempo. 

—Buen día. Mirá, te traigo un galaxy con una bujía partida, aquél que está allá.

El mecánico sonrió mientras sus ojos se posaban fugazmente en el Kun (¿Tanto se notaba su cara de "me mandé una cagada"?). Después dijo con una risa contenida:

—Ah, ok. ¿Puedo mirar?

—Y sí, si no, no te traía el carro, pá —dijo el Kun encogiéndose de hombros, mirando para otro lado, tenso. Su papá lo mira y levanta una ceja, pero no dice nada. 

Estuvieron hablando un rato con el mecánico, revisaron la bujía partida; qué tan complicado podría ser sacarla, qué otros problemas podría traer, cuánto costaría y si tomarían e trabajo. Que si sólo se la sacaba o hacía una limpieza del motor también, que si no probaban sacarla ellos...

Sergio, mientras tanto, estaba con la cadera apoyada en el capó y la nariz asomada hacia adentro, al lado de su viejo. Escuchaba lo que decían, pero sus ojos se desviaban a menudo, por largos momentos, hacia el rostro del mecánico. Hay algo en su voz, en sus gestos, en su rostro que le llama la atención. Y sus brazos son bastante fornidos, también. ¿Hará pesas o es por trabajar? Porque algunas piezas mecánicas son pesadas y para ajustar y desajustar hay que hacer mucha... 

—Permiso.

Kun parpadea, volviendo a la realidad.

—¿Qué?

—Si te corrés. Voy a cerrar el capó.

El mecánico lo mira a los ojos. El estómago se le estruja y cuando siente que su cara se calienta se apresura a ponerse a un lado y darle la espalda. Lo que no nota es que al darle la espalda prácticamente le está dando la cara a su viejo, que nota su sonrojo y arruga el ceño con confusión. Entonces Kun da una vuelta ridícula para buscar un punto en donde fijarse sin que nadie lo juzgue. El mecánico está diciendo algo pero no logra decodificar la señal. Su mente está demasiado shockeada porque se sonrojó por un tipo y, sobretodo, porque su viejo lo vio.

 

 

No mucho después se metieron a la camioneta y se fueron. Había un silencio ahí adentro que decía muchas cosas. El Kun tenía la imagen del mecánico dándole vueltas en su cabeza, cómo se puso tan nervioso con él y cómo, por eso, se portó como un pelotudo.

Su papá pensaba en la bujía, en el precio, desconfiaba del mecánico; le parecía muy joven. Pero de vez en cuando se acordaba de la tensión de su hijo. Seguro no le gustó que se riera de él, se habrá sentido un boludo. Aunque, bueno, un poco boludo era. Él, como padre, tenía que saberlo, tenerlo en cuenta y aceptarlo. Lo que no sabía si podría aceptar con tanta calma era lo otro. Pero pudo haber sido un accidente, y quizá no vale la pena mencionar.

—Uh, mirá lo que es eso.

Le indica una mujer especialmente dotada, y su hijo la sigue con la mirada. Su admiración es genuina y eso lo tranquiliza.