Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationships:
Character:
Language:
Español
Stats:
Published:
2023-06-06
Words:
9,944
Chapters:
1/1
Comments:
1
Kudos:
39
Bookmarks:
3
Hits:
387

Anhelo

Summary:

Algo pasa con Albus y Harry está dispuesto a descubrirlo, aunque esto pueda velar su más vehemente deseo.

Notes:

Para ti, Julie. Gracias por tanto

Work Text:

 

Capítulo Único.

 

 

Cruzó el umbral de la enorme puerta doble de madera y empezó a caminar sobre el pasillo empedrado mientras un sentimiento vago de nostalgia lo golpeó. 

 

A los once años esos pasillos habían sido lo más genial que había visto y esa sensación siguió acompañándolo hasta que el colegio fue medio derruido en la guerra. En aquel momento no sólo se habían destruido paredes y piedras, se habían destruido recuerdos y familias. Y por muchos años los sentimientos de culpa y dolor lo rodearon hasta que él mismo decidió que era suficiente. 

 

Tenía que vivir y empezar a construir de nuevo con lo que tenía a la mano. 

 

Y Harry lo hizo. 

 

No era como si tuviera un camino trazado; simplemente se dejó llevar y por primera vez empezó a hacer lo que quería; sin perseguir magos oscuros, profecías e historias del pasado. Así que, se volvió auror porque quería. Se casó con Ginny porque la amaba y formó una familia porque lo deseaba. 

 

Justamente fueron ellos, sus hijos, los que provocaron nuevos y mejorados recuerdos dentro de los pasillos de Hogwarts. Nuevas selecciones para las casas, nuevos partidos de Quidditch y las sonrías de sus chicos  

 

Entonces, Harry, se dio cuenta que su vida había entrado en una confortable espiral de tranquilidad y cotidianidad que lejos de molestar le hacía sentir pleno. A menudo Ron solía decir que se habían vuelto blandos, pero, al igual que él, lo agradecía porque aún en la pérdida habían encontrado la manera de seguir y de sonreír. 

 

Tal vez por esa apacible vida le sorprendía que en el último año había visitado su antiguo colegio más que ninguno después de dejarlo. Y el motivo no era otro que su querido hijo: Albus Severus Potter. 

 

Tal como la guerra, las cosas con Albus se habían instaurado poco a poco y casi sin sentirlo. 

 

Primero, un par de notas bajas y su respectiva conversación al respecto con la promesa de que todo estaba bien y mejoraría, luego, saltarse algunas clases a lo cual correspondió una nueva conversación y más promesas.

 

Sin embargo, lejos de quedarse ahí, la situación empezó a escalar hacía lugares que empezaron a prender los focos de alarma en Ginny y Harry. 

 

Albus empezó a prolongar sus ratos de soledad, empezó a alejarse de las rutinas que solía tolerar y más o menos disfrutar cuando estaba de vacaciones y tenía que pasar tiempo con su ruidosa familia y por último (que había terminado de prender todos los focos rojos) se había alejado de su eterno mejor amigo Scorpius Malfoy. 

 

Algo que Ginny y él consideraban casi imposible. 

 

Desde el día uno Al y Scorpius habían estado prácticamente adheridos tanto que a veces era imposible pensar en alguna actividad que su hijo realizará sin que Scorpius estuviera también incluido. 

 

Al principio esa amistad fue notoriamente extraña, sobre todo para Harry. De alguna manera pensaba que su astringente relación con los Malfoy se iba a filtrar por el genoma de sus hijos y que se repelieran en cuanto se cruzaran con algún digno representante de ese pulcro linaje. Casi lo espero cuando supo que Albus coincidía en edad con el primer y único hijo Draco. 

 

Y sin embargo… En las primeras vacaciones de invierno de Albus, se describió arropando al mejor amigo de su hijo (en la primera de tantas pijamadas juntos), un rubio platinado tan parecido a Draco Malfoy que daba miedo. 

 

Parecía que nada los iba a separar nunca hasta que pasó "algo". Ese "algo" que aún no descubría. 

 

Y, es que, mientras James era más del tipo relajado y divertido que rara vez se molestaba; Lily, era más del tipo independiente y firme. Albus… él era más del tipo analítico y callado. Ese tipo de chico que en medio de una bulliciosa mesa podía sonreír y participar pero que por dentro estaba pensando en mundo de cosas y que sólo compartía a quienes quería hacerlo. 

 

Tanto Harry como Ginny se apreciaban de ser parte de ese selecto grupo (donde estaba seguro que Scorpius ocupaba el primer lugar) o por lo menos lo eran hasta hace algunos meses. Cosa que empezaba a inquietar a Harry pues nunca había sentido a hijo tan lejano como en ese momento. 

 

Sus pasos se detuvieron casi automáticamente frente a la estatua del fénix que se movió al instante haciéndole tener esa desagradable sensación de déjà vu que le hizo sentir náusea. Nunca había estado en ese lugar para nada bueno. Esta no era la excepción. 

 

Lo primero que notó al entrar al despacho de la directora McGonagall fue a su hijo sentado en uno de los sillones, a su lado derecho estaba Scorpius y frente a ellos Neville y Minerva. 

 

—Potter, buenas noches —en cuanto Minerva lo saludo, Albus bajo la cabeza. Gesto que no pasó desapercibido para Harry que al menos esperaba que su hijo pudiera verlo a la cara. 

 

—Profesora —saludo mientras caminaba y se colocaba a lado de su hijo. Esperaba que eso le hiciera entender a Albus que estaba allí para escucharlo y no para ejecutarlo como parecía que querían hacer la profesora McGonagall y Neville. 

 

—Lamentamos hacerte venir tan tarde, pero la situación nos pareció que lo ameritaba —Neville realmente parecía apenado—. Hace unas horas Scorpius nos reportó la desaparición de Albus —a diferencia de Al, Scorpius no bajó la mirada, se limitó a observar a un punto entre Neville y la profesora McGonagall. No parecía perturbado, pero algo le decía a Harry que todo eso le estaba costando, ¿cuánto? Sólo Albus y Scorpius podían saberlo. —. Nos movilizamos y empezamos a buscarlo. No estaba en los alrededores, no cruzó el bosque y tampoco fue a Hogsmeade. 

 

—El joven Malfoy también sugirió que pudo haber usado un traslador —Albus siguió sin moverse ante las palabras de la directora —. El profesor Longbottom pudo rastrearlo poco después. 

 

—Lo encontré vagando en Westminster. Estaba sin un rasguño y bastante sorprendido de verme ahí. 

 

En Hogwarts, Neville era el profesor Longbottom, en casa, un tío más, así que Harry entendía hasta cierto punto el tono de reproche en la voz de su amigo. Al igual que él, Neville tenía sus fantasmas y estaba seguro que le pasaron una y mil cosas por la cabeza cuando describió que Albus Potter no estaba en el colegio. 

 

—Como comprenderás, Potter, esta situación nos está rebasando. Albus pasó de ser un alumno modelo y un gran mago a… Bueno, esto. Debemos tomar cartas en el asunto y lo primero es involucrarlos a ustedes más activamente. Sé que Ginny está fuera del país por motivos de trabajo. 

 

—Ella está al tanto de todo esto —habían hablado antes de que Harry se trasladará al colegio y seguramente estaba caminando como una leona frente a la chimenea esperando noticias —. Lamento mucho que tuvieran que movilizarse y salir del colegio. Se los agradezco por supuesto, como también agradezco que Albus esté bien a pesar de la aventura. Al igual que ustedes estamos sorprendidos por toda esta situación. Sé que habrá alguna medida disciplinaria justa y necesaria con la que Ginny y yo estaremos de acuerdo, lo mismo haremos nosotros por nuestra parte. Sólo, por el momento, permítanme hablar con mi hijo. 

 

—Claro, Potter. Escoltaremos a Scorpius a las mazmorras para darles algo de privacidad. 

 

Neville pasó a su lado dándole un apretón en el hombro. Harry sonrió débilmente. 

 

—Scorpius, gracias —le dijo al chico. De alguna manera lo sintió correcto. Por la forma en la que Scorpius buscaba la mirada de Albus se daba cuenta que las cosas entre ellos también estaban tensas y en peligro. Era bastante obvio que ninguno de los dos sabía si su amistad iba resistir esa intromisión por parte de Scorpius. 

 

—Buenas noches, señor Potter —fue todo lo que recibió de Scorpius antes de marcharse del despacho junto con la directora y Neville.

 

Sin embargo, lo que sí se quedó en el despacho fue la incomodidad y el silencio. Harry tomó el lugar de Scorpius girando el sillón para quedar frente a su hijo, aunque él parecía encontrar mil veces más interesantes los pliegues de sus manos que no dejaba de ver. 

 

—Probablemente vayan a querer suspenderte por unos días. Aunque no sé si eso sea lo mejor. No estás hablando con nosotros y, por lo que pude percibir, tampoco estás hablando aquí —Albus por fin lo miró —. Al principio pensamos que era algo momentáneo. Te creímos cuando nos dijiste que ibas a dejar de saltarte clases, pero ahora te estás saltando la estancia en el colegio lo cual es más preocupante. 

 

Todos decían que Albus se parecía a él y, lo hacía, claro; los mismos ojos verdes, el mismo pelo rebelde. Pero Albus era más algo, más robusto, constituido como un chico que había tenido una buena vida y no como uno que había vivido precariamente en una alacena debajo de la escalera en casa de sus tíos. Además, había sido feliz, por lo menos su infancia y gran parte de su adolescencia. Justamente por eso le dolía tanto no poder llegar a lo que tenía a su hijo así.

 

—¿Estás decepcionado? —Harry tomó las manos de su hijo. 

 

—Preocupado. Es la primera vez que tú madre y yo no podemos descifrar lo que pasa —Albus hizo una mueca y luego, nada, silencio y la tormenta en sus ojos verdes. 

 

—Necesitaba estar solo —dijo unos minutos después —. Por eso… —Albus soltó un suspiro y negó —. Desaparecí de la nada. Supongo que eso hizo que Scorpius se preocupara y, bueno, pasó esto. 

 

¿Qué debía hacer? ¿Reaccionar con violencia y reprenderlo? Ni Ginny, ni él eran partidarios de eso. La idea era seguir buscando algo más difícil: entender a su hijo. ¿Cómo? Ese era un misterio. 

 

—¿Quieres ir a casa? Podría hablar con la directora si no quieres. Claro, eso no quitaría el castigo que te darán y tampoco el hecho de que tu madre y yo vamos a estar encima de ti. No es que queramos joderte, Al, pero entenderás que no podemos dejar pasar por alto esto. 

 

—Lo sé. Me gustaría irme a casa los días de la suspensión y, sé que cuando regrese, veré la mía con la directora y el profesor Longbottom. 

 

Harry asintió. Tal vez esos días en casa le podía dar una mejor idea de lo que estaba pasando con su hijo. Por lo menos era algo para empezar. 

 

—¿No quieres despedirte de Scorpius? —Sugirió con la esperanza de que se pudieran arreglar antes el exilió de Albus, pero su hijo parecía tener otro planes. 

 

—No —fue lo primero que dijo firme —. Tal vez después pueda… Ahora, no. No quiero. 

 

—Bien. Como desees. Vamos a buscar a los profesores y después a casa para hablar con mamá —la cara de Al lo decía todo. Ginny era una madre amorosa, cercana a sus hijos y una leona cuando se trataba de protegerlos. Por supuesto que les imponía. 

 

—¿No podemos dejarlo para mañana temprano? —suplicó su hijo. Pero Harry negó abrazándole por los hombros para darle algo de ánimo. 

 

—Claro que no, chico. Me volvería el objetivo de tu madre y eso no. Te amo, pero no. 

 

Por primera vez en la noche, Albus sonrió. 



*****

 

—¿Te dijo algo nuevo? —Ginny negó.

 

—Lo mismo que a ti. Quería estar solo y por eso salió —no bien habían cruzado la puerta y ya estaban hablando con Ginny. Harry le había dado su espacio retirándose con la esperanza de que en la soledad Ginny pudiera sonsacarle algo de información a Al. Evidentemente había sido inútil —. ¿Has pensando en preguntarle a Scorpius? —Lo había hecho más de una vez, pero nunca había querido poner a Scorpius en la encrucijada de traicionar la amistad que tenía con Al, se le hacía algo ruin. Aunque, viendo cómo estaban las cosas, tal vez ya no había amistad que cuidar. 

 

—Hoy los vi más alejado que nunca, Ginny. No sé si vuelvan a ser amigos después de esta noche —las llamas alrededor de Ginny resplandecieron tal vez haciendo una analogía de lo que ella estaba sintiendo. 

 

—Tal vez somos nosotros, Harry. La separación pudo haberle afectado y… —Harry negó. 

 

—Nosotros nos separamos hace años, Gin. No olvides que fueron ellos mismos los que nos dijeron que éramos mejores separados que juntos —Ginny le sonrió a través de las llamas.

 

Se habían casado jóvenes y enamorados. En aquellos años realmente sentían una pasión y un amor el uno por el otro que no los hacía cuestionar nada. Se dedicaron a vivir su amor, disfrutarse, tener a sus maravillosos hijos. Sin embargo, casi sin darse cuenta, la pasión se había acabado. Ginny fue la primera en notarlo. Siendo tan libre y con un trabajo que la mantenía lejos de casa constantemente empezó a notar que cada que regresaba pocas veces sentían la necesidad de saltar uno encima del otro. 

 

Los años los habían trasformado en una gran pareja, que si bien, se amaba, poco tenía en común salvo sus hijos. Así que ellos eran más bien los padres de… poco quedaba de Ginny y Harry. 

 

Cuando Ginny habló con él de lo que les estaba pasando pensó que era una exageración, que sólo era un pequeño bache, era normal teniendo tantos años juntos. Por supuesto, estaba equivocado, pero Ginny espero a que él mismo llegará a esa conclusión y lo hizo más tarde. 

 

Empezó a notar esas pequeñas acciones que ya no estaban ahí. Pero no estaba listo para darse por vencido. Hizo un par de patéticos intentos por revivir la pasión con Ginny que no los llevaron a nada más que sentirse frustrados. Fue hasta que esos sentimientos amenazaron con afectar a sus hijos que prefirió desistir. 

 

Se amaban, no dejaban de ser los padres de James, Al y Lily, pero estaban mejor separados. No fue sencillo para las demás entenderlo, pero sus hijos sí que lo entendieron. Ellos mismos se habían dado cuenta que lejos, la frustración ya no estaba, y se podían concentrar más en ser ellos y no sólo en ser padres. 

 

—No sé. Tal vez es un malestar tardío —Ginny frunció el ceño, un signo de frustración que Harry conocía muy bien —. Se está alejando de nosotros y eso más o menos lo entendería. A su edad no es como si hablara mucho con mis padres y eso que estábamos en una guerra —Harry rió sin querer ante la ironía —. Pero, no hablar con Scorpius —Harry asintió sabiendo a lo que se refería Ginny. 

 

—Crees que debemos buscar por allí, ¿cierto? 

 

—No está demás. Si Scorpius se atrevió a hablar con Minerva y Neville puede que se anime a hablar con nosotros —no terminaba de gustarle mucho la idea, pero era lo mejor que podían hacer —... Y, no sé, tal vez hablar con el papá de Scorpius también. 

 

—Ginny, por favor —Harry no pudo evitar escandalizarse un poco. 

 

—Oh, vamos, Potter. Ya va siendo hora que experimentes un poco ese lado tuyo que no has dejado ser libre. 

 

Harry negó sintiéndose un poco avergonzado. 

 

Aun estando casados, en una de esas noches en la intimidad de su habitación, hablaron sobre algunas de sus fantasías en el colegio. 

 

Ginny compartió algunos pecaminosos pensamientos que había tenido sobre Blaise Zabini, mientras él le había contado de un sueño particularmente húmedo que había tenido con Draco Malfoy después de una de sus acostumbradas peleas verbales matutinas. 

 

Ginny, lejos de sobresaltarse, dió una carcajada y dijo soltó un nada discreto: lo sabía. Ante esa reacción, él se encontró maravillado y como si se hubiera quitado un peso de encima. 

 

Nunca le había contado eso a nadie, porque… bueno, ¿a quién?

 

Ron haría el alboroto del siglo y se habría escandalizado y Hermione hubiera tomado su postura de terapeuta y analizándolo desde un punto de vista clínico. Ambos lo amaban, claro, pero ninguno le hubiera dado lo que Ginny: la simplicidad. 

 

Con ese pequeño gesto Ginny logró que Harry se diera permiso y profundizar en ciertos gustos que nunca pasaron del reconocimiento sin afectar su matrimonio que fue muy feliz mientras duró y en el cual nunca necesitó a nadie pues tenía a Ginny y, después, aunque no lo quería admitir, a los chicos que ocuparon todo su tiempo. 

 

Y aunque, luego de la separación, la libertad de Ginny le resultó inspiradora, no se atrevió a dar el siguiente paso. 

 

No es que tuviera miedo de lo que podían decir de él, después de todo, no era como si tuviera unos padres que le pudieran juzgar o que sintiera que podía defraudar a los Weasley. Incluso a sus hijos, sabía que ellos estarían bien mientras él lo estuviera porque así se lo hacían ver a Ginny. 

 

Sólo no estaba preparado. 

 

Había entrado en un periodo de duelo y no fue porque su separación no hubiera sido de mutuo acuerdo, al igual que Ginny, él sentía que necesitaban algo más de lo que tenían. Pero a pesar de eso, sentía la pérdida de lo que él creyó que tendría para toda la vida y de cómo se había imaginado el cuadro después de años con Ginny. 

 

—Tal vez ya sea momento de dar pasos de bebé, ¿no crees? —Ginny le dijo mientras le sonreía con algo de indulgencia. 

 

—Tal vez… pero no con Draco. Te recuerdo que está felizmente casado —Astoria y Draco Malfoy realmente parecían de la realeza. Todos pulcros e inmaculados con una belleza casi etérea que no pasaba desapercibida, aunque quisieran pues a pesar de su dinero y linaje, Draco y Astoria habían optado por una vida más al margen de la vida pública. 

 

Se dejaban ver en algunos eventos, siempre del brazo, distantes hacia los demás, pero con una intimidad cómplice la cual se notaba sin necesidad de ser un genio.

 

Por supuesto que los Malfoy seguían siendo asquerosamente ricos. Algunos rumores decían que Draco había resultado tan bueno en los negocios que había duplicado la fortuna familiar. Otros, menos afortunados, habían sugerido que se les investigará porque algo así no podía ser legal. Harry los había mandado a la mierda y había dejado muy claro que no iba a desatar ninguna cacería de brujas y menos hacia los Malfoy que habían pagado ya por sus errores y no daban muestra de otra cosa que querer olvidar lo sucedido en guerra. 

 

Él mismo se había mantenido al margen de la vida de los Malfoy. Primero porque la vida misma los había separado y, después, porque no quería que algo pudiera afectar la amistad que tenían Albus y Scorpius. 

 

A pesar de los años no podía mentirse. Draco era un tipo que podía oprimir todos sus botones (correctos o incorrectos), lo sabía. No se había querido arriesgar a pesar de que ambos parecían maduros y diplomáticos.  

 

—Bueno, si no es con Malfoy, tal vez puedas buscar otro rubio de mirada fría y distante que pueda parartela con su agria expresión aristocrática de que nadie lo merece —le daba gusto por lo menos servir para la diversión de alguien. 

 

—No me la paraba por eso —Ginny rió. 

 

—Ah no, claro que no. Te la paraba cuando te decía: Potter —hizo un triste y lastimero tono que en nada se parecía al de Draco, pero sí que lo hizo reír —. Oye, tengo que dejarte. Mañana viajamos temprano a Sídney y por fin tendré mi teléfono celular de nuevo así que podré llamarle a Albus temprano. Y tal vez adelante mi regreso.

 

—No es necesario, cariño. Estaré aquí con él. Veré si haciendo algunas actividades juntos decide hablar. 

 

—Bueno, igual tenemos que decidir su castigo. Creo que le puedo decir a papá que no ayude con eso. Si le gusta tanto el mundo muggle bien podría cumplir con algún servicio a la comunidad. 

 

—Me gusta como piensas, Ginevra. 

 

Se despidieron un poco después concretando su plan para los próximos días. 

 

Miró el reloj y decidió que era muy tarde para cenar así que sólo tomó un café y subió entrando primero a la habitación de Albus dónde éste estaba perdidamente dormido. 

 

Su cabello caía sin sentido y parecía tan relajado que Harry se sintió mal que no pudiera conseguir esa tranquilidad estando despierto. Lo arropó como cuando era un niño. Albus se movió, pero no se despertó. Siempre había tenido el sueño pasado. Más de una vez había escuchado el alboroto que Scorpius tenía que hacer para que se despertara en las mañanas de Navidad, casi siempre eso terminaba en algún hechizo lanzando por el rubio y Albus gritando. 

 

Los recuerdos le hicieron sonreír. 

 

Luego, casi por instinto, Harry cogió la fotografía que Albus guardaba celosamente en su mesita de noche. Eran Scorpius y él al final de su primer año en el colegio. Sonreían felices y orgullosos portando sus uniformes de Slytherin, abrazándose por los hombros. 

 

No podía creer que una amistad así pudiera arruinarse por nada. 

 

Y aún así…

 

Lo que sea que estuviera pasando se había transformado en una guerra que Albus estaba lidiando. Una donde las perdidas podían resultar demasiado duras para él. 



Tomó la estopa para intentar arreglar el desastre que había en sus manos, pero al segundo se arrepintió, estaba empeorando todo. 

 

—¿Qué es esto? —se sobresaltó un poco cuando escucho la voz de Albus viniendo del quicio de la puerta. 

 

—Para tener tus escapadas al mundo muggle, me sorprende que no sepas distinguir una motocicleta —Albus enarcó su ceja izquierda poniendo su habitual cara de listillo. 

 

—Pregunte qué es, no lo que parece —lejos de irritarse, Harry rió. Esa era una respuesta muy común de Al cuando se sentía atrapado. 

 

—Bueno, es que es justamente lo que parece: una motocicleta. Pero voladora. Era de mi padrino —la sola mención de Sirius hizo que los ojos de Albus brillarán de interés. Entre muchísimos recuerdos malos había innumerables buenos y cada vez que Harry hablaba de ellos sus hijos parecían entusiasmarse —. Tu abuelo me ayudó a recuperarla y pensé que podía ser nuestro proyecto por los próximos días. No arranca y hay que cambiar varias piezas que no conozco ni su nombre, pero nos la podemos arreglar entre los dos, creo yo. 

 

Al pasó sus dedos por el chasis de la motocicleta. La pintura azul estaba deslucida y en algunas partes se estaba cayendo al igual que el asiento y el tubo del escapa. La motocicleta en si era un desastre, pero aún así Albus parecía reaccionar al hecho de querer revivirla. 

 

—Podría ser. Claro, siempre y cuando tenga algo de tiempo después del castigo de mamá —Harry sabía porque su hijo soltaba el anzuelo, pero no iba a pesar nada. 

 

—Lo hablamos bastante y te la dejaron bastante bajita, hijo. 

 

—¿Recoger basura durante medio día a lo muggle te parece algo racional? 

 

—Completamente y, tanto tú, como yo, sabemos que pudo ser peor. Ginny se portó bastante decente, claro, si tú crees que es algo exagerado podemos hablar con ella y…

 

Albus negó. 

 

—Chico listo. Ahora, ayúdame a quitar este maldito tapón para cambiar el aceite. 

 

Durante las siguientes horas se las pasaron moviendo piezas, desensamblando otras y de vez en cuando consultando en internet qué demonios estaban haciendo antes explotar todo el Valle de Godric. 

 

A medida que trabajaba, Harry podía notar a su hijo concentrado, su mente sólo estaba en eso, en esas labores manuales. No hubo muchas palabras al principio, después, Albus empezó a preguntar de Sirius y Harry se empezó a soltar hablando de lo que conocía de su padrino. Muchas veces pensó que era poco y que algunos recuerdos se empezaron a convertir en recuerdos de los recuerdos cosa que al principio le había hecho enojar, pero luego comprendió que no importaba.

 

Los recuerdos de Sirius, alterados o no por el tiempo, eran de los momentos más felices de su vida y la cantidad de ellos no era importante; lo importante era que existían y los había vivido. 

 

Estaba oscureciendo cuando decidieron parar. Habían comido incluso hasta alrededor de todos esos fierros oxidados así que les urgía un baño y quitarse el olor a aceite. Sin embargo, parecía que Al estaba decidido en concentrarse en algo más. 

 

Fijó su mirada en el estrellado cielo del Valle, tenía las manos en los bolsillos y de alguna manera parecía a miles de kilómetros de ahí. Harry se limitó a sentarse a su lado viendo lo que él veía.

 

—Me he sentido tan… confundido estos meses —dijo Albus de la nada. Dejó de ver al cielo para concentrarse en sus manos y evitando cualquier tiempo de contacto visual —. Hay tantos… sentimientos —Albus apretó los dientes como intentando buscar palabras que pudieran expresar todo lo que tenía en su cabeza —. Supongo que siempre estuvieron ahí y yo no sabía… no sé. 

 

Harry no pudo hacer nada más que abrazarlo. Albus irradiaba caos y Harry se sentía frustrado. No podía ayudarlo, no podía librar esa batalla por él y eso le hacía sentir como una mierda porque, de qué diablos servía ser el salvador de mundo mágico si no podía salvar a su propio hijo de todo. 

 

Sin embargo, al mismo tiempo, la razón le decía que esto, lo que fuera, no era algo suyo. La lucha era de Albus y, él, lo único que podía hacer era acompañarlo. 

 

No podía, ni debía evitarle el sufrimiento, porque sólo en él iba a encontrar la manera de resolver ese caos.

 

—No puedo encontrar las palabras que nos hagan entender lo que está pasando. Pero si te puedo decir que está bien no tener todas las respuestas. Que a veces sólo tenemos que sentir y asumir.

 

Los ojos de Albus se humedecieron y sin ninguna palabra se abrazó a él mientras lloraba en silencio. Harry hizo lo único que podía consolarlo y decirle algo que nacía como una necesidad en su corazón. 

 

—Te amo, hijo —Albus sólo lo abrazó con más fuerza. 

 

A la mañana siguiente decidió que tenía que hablar con Scorpius. Tal vez él podía darles alguna pista de lo que había causado en ese grado de confusión en Al. No esperaba que Scorpius escupiera todos los secretos de su hijo, solo quería algo que pudiera ayudarles, aunque fuera mínimo. 

 

Para su sorpresa, la lechuza que había mandado al colegio solicitando una entrevista con Scorpius regreso con una respuesta de Minerva diciéndole que el joven Malfoy se encontraba en casa por un permiso especial dado el aniversario de sus padres. 

 

Genial.

 

El aniversario de sus padres… pensar en Draco felizmente casado con Astoria sólo le hacía tener náusea. Y no es que odiara a Astoria, ni siquiera la conocía, sólo era que… la envidiaba. 

 

Sin más remedio que aventurarse a recibir una maldición por parte de Draco por interrumpir la santidad de su hogar decidió enviar la lechuza solicitando una reunión con el joven Malfoy. 

 

No tenía mucho tiempo. Al estaría de regreso al terminar la tarde y no quería que su pequeña escapada terminará con las posibilidades que hubiera de reconciliación entre Al y Scorpius. 

 

Tuvo suerte pues Scorpius le respondió una hora después. Le estaba en la mansión en cuanto él quisiera.

 

Quince minutos más tarde se apreció fuera de la mansión. La puerta de hierro forjado se abrió de par en par. Imaginó que Scorpius había tenido que ver. Caminó por el bonito adoquín que formaba un sendero entre el amplio y bello jardín de la mansión. 

 

Notó gente moviéndose junto con elfos que daban indicaciones para colocar mesas amplias con manteles inmaculados. Al fondo vió dos familiares figuras. El platinado cabello de Draco resaltaba y Harry no pudo pasar por alto que su brazo derecho rodeaba la cintura de Astoria mientras está se recargaba en su hombro. 

 

La imagen se le antojo nauseabundamente doméstica y provocó que le doliera un poco el estómago. 

 

Empezó a sentirse ridículo. Draco y él ni siquiera habían tenido una conversación verdadera en los últimos años. Sus encuentros se limitaban a inclinaciones de cabeza a modo de saludo y preguntas diplomáticas el uno al otro mientras esperaban a sus respectivos hijos.

 

 ¿Qué era exactamente lo que le tenía tan obsesionado?

 

 Tal vez sólo eran sus recuerdos distorsionados del colegio. Tal vez se había imaginado toda esa tensión sexual. Tal vez, Ginny tenía razón y debía levantarse a algún rubio cualquiera para sacarlo de su sistema y dejar de derramar deseos fantasiosos lejanos por su antiguo compañero del colegio. 

 

—Señor Potter —la voz de Scorpius lo sacó de sus pensamientos. El chico caminaba hacia él con su acostumbrada sonrisa amable. Desde que conoció a Scorpius le había parecido un chico algo reservado, pero siempre educado y amable. Eso hacía que su rostro, a pesar de ser muy parecido al de Draco, se alejará por completo de su padre. 

 

—Hola, Scorpius, gracias por recibirme. Debes estar ocupado —Scorpius negó. 

 

—Mis papás lo están. Yo sólo estoy aquí de apoyo emocional y para comer golosinas —Harry le sonrió de buena gana —. ¿En qué lo puedo ayudar?

 

—Viene a hablar de Al —la sonrisa de Scorpius se ensombreció. 

 

—No tengo mucho más que decir, señor Potter. Supuse que había usado el traslador, eso es todo —Harry no iba a presionar por ahí. 

 

—No se trata de eso. Ayer habló un poco conmigo. Me quedó claro que hay algo que le perturba, pero no me dijo qué —tal vez ni siquiera él mismo lo sabía, pero Scorpius era un chico inteligente. Tenía la esperanza de que él hubiera notado algo más —. ¿Has visto algo raro? —Scorpius pareció pensárselo y luego negó. 

 

—Lo siento, señor Potter. No puedo ayudarlo —Scorpius pareció notar su decepción porque de inmediato continuo —. No es que no quiera, se lo juro. Pero no lo sé. Todo había esto bien, como siempre. Luego, Al empezó a alejarse. Pasaba mucho tiempo a solas. Dejó de contarme cosas. Descubrí el traslador por pura suerte y pensé que lo había usado hasta que desapareció. Antes de que esto pasará el pregunté si algo andaba mal, pero él sencillamente se cerró como ostra. Quisiera poder hacer más. Yo… —Scorpius negó —. Al realmente me importa. 

 

—Lo sé —Harry le tomó del hombro —. No te sientas mal. Esto no es tú responsabilidad. Al en algún momento se dará cuenta que todo lo que has hecho fue por ayudarle —Scorpius le dio una media sonrisa —. Gracias por recibirme. Felicita a tus padres por mí, ¿quieres?

 

—Gracias, señor Potter —Harry avanzó hacia la puerta de hierro evitando a toda costa voltear hacia Draco. 

 

Más tarde, mientras hacia la cena y se preguntaba si debía salir a un bar cuando Albus regresara al colegio, escuchó la puerta principal abrirse. Al entró con un lacio pelo que le llegaba a la cintura y una barba tan larga que casi le llegaba a medio abdomen. 

 

—¿Qué demonios? —Detrás de Al apareció Arthur. 

 

—Quiso usar magia así que lo hechice —Al se encogió en hombros. 

 

—No puedes culpar al hombre por intentar. Ahora, si me permiten, quisiera hacerme una coleta para poder comer. 

 

—No te preocupes, el hechizo sólo dura doce horas. Mañana estará como siempre —dijo Arthur cuando Albus subió a su habitación. 

 

—Gracias, señor Weasley. 

 

—Descansa, chico. 

 

Harry evitó reír al ver a su hijo batallar con su espesa barba mientras cenaba. Sin embargo, a pesar del martirio del vello facial, Al parecía relajado. De alguna manera creyó que ese tiempo a solas le estaba dando algo de estabilidad y empezó a sentirse tranquilo. Tal vez si estaban avanzando. 

 

****

 

La mañana siguiente los hizo despertar con un Albus recién duchado, perfectamente rasurado y con el corte que solía usar y lo hacía ver pulcro. Aunque eso ultimo no duro pues usaron toda la mañana y gran parte de la tarde para terminar de ensamblar la motocicleta de Sirius. Seguía viéndose horrorosa, pero estaban seguros que encendería y eso le hacía sentir bien, al igual que ver a Albus tan tranquilo. 

 

De alguna manera esos días le habían servido, tal vez no para hablar, pero por lo menos se veía mejor que en los últimos meses y eso ya era bastante. 

 

Antes de que Harry pudiera dar por terminada la jornada laboral vieron una lechuza que volaba hacia ellos trayendo el diario. No le sorprendió la hora, normalmente así de deficiente era la llegada del Profeta al Valle de Godric, suponía que eso se debía por la magia que rodeaba el lugar y que a veces hacia a las lechuzas desviarse para dejar ese como el último destino de sus largos vuelos. 

 

El diario cayó en manos de Albus. La página central la ocupaba una enorme fotografía de Draco y su esposa celebrando su aniversario. 

 

La verdad era que eso no le debía afectar tanto, después de todo, los había visto en vivo y a todo color y… sin embargo… Harry sintió que empezaba a dolerle el pecho. 

 

No era desamor. Era algo peor. Anhelo, un anhelo no cumplido y extraño que lo hacía sentir impotente y adolorido. 

 

Algo no que pasó desapercibido para Albus.

 

—Papá, ¿estás bien? —La preocupación en su hijo era tan pálpale que se imaginó que cara podía tener.

 

—Si, sí, claro. Yo sólo… necesito descansar un poco —y con eso, hizo lo que siempre hacía, huyo. Se interno en la cocina haciendo cualquier cosa para no ver a los ojos a su hijo. 

 

Albus entró justo detrás de él sin perder detalle de lo que hacía. 

 

—Papá…

 

Harry levantó el rostro viendo a su hijo, aunque no quería. Entonces se dio cuenta que estaban ahí; queriendo que su hijo fuera honesto, pero él ocultándose, pensando que podía vivir para siempre ahí sin decir una palabra y eso era tan injusto. No podía pedirle a su hijo lo que el mismo no era capaz de dar. 

 

—Me gusta. Draco Malfoy me gusta —casi pudo reír por la cara que su hijo le dio. Bailaba entre la consternación y el asombro. 

 

—¿Qué? —Fue lo único que Albus artículo. 

 

—Si. Así de loco como suena. Me ha gustado desde hace tanto tiempo que ni siquiera puedo precisarlo y esta patético como lo piensas porque realmente no lo conozco. Bueno, no al Draco que es ahora. Antes, en la prehistoria, tal vez fui la persona que más lo conoció. Joder, Hermione solía decir que estaba obsesionado con él y ni ella misma sabía cuánto.

 

Aún ante la mirada de asombro de Albus, el haberlo dicho en voz alta a alguien que amaba tanto, estaba resultado liberador. 

 

—Es que no lo entiendo, papá. Esto es…

 

—Ni siquiera yo lo entiendo, hijo. Sé cómo suena. Y durante tantos años le dado vueltas sabiendo de donde viene todo esto. No tuve una infancia y adolescencia donde siquiera tuviera tiempo para hacerme este tipo de cuestionamientos. Fue hasta después cuando empecé a ponerle atención a todos estos sentimientos abrumadores que tengo y… no sé. Tal vez sólo es él porque no lo pudo tener y traslado todo esto hacia una persona que realmente es un imposible porque si me diera permiso de hacerlo con alguien más entonces seria real. Una posibilidad. 

 

Estaba llorando. Ni siquiera se había dado cuenta, pero lo estaba haciendo. 

 

Albus lo abrazó tan fuerte dándole consuelo y ese sentimiento rebaso todo el temor que había sentido cuando empezó a hablar. La liberación no llegó sólo con las palabras, vino de la aceptación a sus sentimientos. Y ahí, abrazado a su hijo, comprendió lo importante que era eso. 

 

—Tu madre sabe —sintió la necesidad de decirlo —. Pero esa no fue la razón por la que nos separamos. Nosotros simplemente…

 

—Lo sé, papá. Ya no había un ustedes ahí —Harry asintió —. Amamos que sean ustedes por separado y para nosotros —Harry sonrió —. Gracias por contarme, papá. No sé si necesites escucharlo. Pero sólo quiero que sepas que nada de esto cambia lo mucho que te amo y respeto. Tú ya no tienes que demostrarle nada a nadie, papá. Diste todo por este mundo, incluso tu vida. Es momento de que sólo seas para ti. Créeme, mis hermanos lo entenderán porque te amamos y verte feliz es algo que los tres queremos. 

 

Harry no encontró las palabras que expresaran todo lo que sentía en ese momento así que se limitó a sólo abrazar a su hijo en ese confort que se había creado entre ellos. 

 

*****

 

Albus despertó en medio de la madrugada sintiendo ese ahogo tan conocido por los últimos meses.

 

Miró hacia el techo haciendo eco de las palabras de su padre, pero, sobre todo, recordando su mirada. Esa que hablaba más de lo que sus palabras decían. 

 

Su papá anhelaba y eso iba más allá de querer. 

 

Pero, ¿estaba preparado para hacer algo? 

 

—¿Yo lo estoy? —Sus palabras se perdieron en el silencio de la habitación. 

 

Y casi como proyectado salió de la cama vistiéndose con un pase de varita. Bajó las escaleras lo más rápido que el sigilo se lo permitió. Con un accio se hizo de las llaves de la motocicleta dando un nuevo pase de varita para silenciar el estruendo cuando encendió la motocicleta. 

 

—No debe ser más difícil que volar. 

 

Sin más, arrancó elevándose mientras avanzaba sabiendo cuál era su destino. 

 

****

 

Scorpius agradeció tener insomnio pues medio tuvo una apoplejía cuando vio ese horroroso artefacto del infierno que bajaba para estacionarse en su balcón. Por puro instinto tomó su varita, pero el hechizo murió en sus labios cuando vio a Albus retirándose el casco. 

 

—¿Qué crees que estás haciendo? Casi me provocas un infarto —Le dijo cuando le abrió el ventanal —. ¿Qué demonios es eso?

 

—Una motocicleta —tenía tantos malditos meses sin ver a su amigo. A pesar de ser compañeros de grado, de casa y de cuarto, Albus se las había arreglado para hacerse completamente invisible desde hace tanto tiempo que ahora que lo volvía a ver parecía más inmenso que el mismo cielo. 

 

Ancho de hombros, alto, con sus ojos verdes encendidos en fuego que parecían querer consumirlo. Scorpius se preguntó si ese realmente estaba ahí o sólo era producto de su imaginación. 

 

—¿Qué haces aquí? —Albus avanzó hacia él y fue entonces que Scorpius recordó porqué estaban enojados. 

 

—Quería hablar contigo —Albus lo tomó por los hombros, pero Scorpius lo empujó. 

 

—Ahora quiere hablar conmigo. Ya te cansaste de hacerme la ley del hielo e ignorarme. Pues no, querido. Yo no quiero hablar contigo. Toma tu maldito artefacto del demonio y sal de mi casa antes de que active todas sus protecciones. 

 

Albus ni siquiera se movió, sencillamente alargó los brazos y lo trajo hacia él. 

 

—Necesitaba alejarme de ti, Scorp —quisó luchar contra ese bruto, pero lo único que logró fue anclar sus manos al pecho de Albus. El tipo estaba construido como un maldito muro de ladrillos y ni siquiera lo intentaba. Seguramente tenía que agradecer a la genética Weasley. Scorpius aún recordaba el litro de baba que había derramado cuando conoció a Billy Weasley. 

 

—Pues sigue alejándote, estúpido. No quiero hablar contigo —Albus lo atrapó entre sus brazos. 

 

—¿Qué querías que hiciera? Vienes y me dices que me quieres. Luego vas y te enrollas con Susan Zabini —Scorpius luchó con más fuerza. Las palabras de Albus no sólo lo estaban haciendo enojar. Lo hacían sentir humillado. 

 

—Se te olvido el pequeño detalle de que me rechazaste, idiota —no logró zafarse. Así que empezó a pensar si debía usar su varita. 

 

—Es que no lo entiendes, ¿verdad? —Albus se acercó tanto que Scorpius dejó de moverse —. Yo no soy como tú, Scorpius. Yo no puedo decirte te quiero y luego irme a enrollar con alguien más —hizo un esfuerzo más por liberarse, pero Albus se lo impidió —. Siempre has sido tú, Scorp. Te quiero sólo a ti, te deseo solo a ti y siempre has sido así. Me aterró pensar que si lo nuestro no funcionaba te iba a perder y, si te pierdo a ti, ¿luego que sigue para mí? ¿Voy a poder sentirme así por alguien más? ¿Algún día voy a amar a alguien más si desde que te vi has ocupado todos mis sentidos? Todas esas preguntas vinieron de la nada cuando me lo dijiste y tuve miedo. Tuve tanto miedo. 

 

—¿Y ahora? —Los labios de Albus terminaron sobre los suyos dándole un beso tan profundo y maravilloso que Scorpius no pudo hacer otra cosa que engancharse a él mientras se ponía al corriente para responder con las mismas ganas e intensidad. Sin embargo, cuando Albus quiso avanzarlos dentro de la habitación, él se detuvo. Quería escucharlo —. ¿Ahora, Al? —Preguntó viéndole a los ojos. 

 

—No quiero pasar los próximos veinticinco años sólo pensando ti con un anhelo viejo al que nunca sabré si soy capaz de vivir. Ahora, te quiero, como te quise cuando te confesaste y te necesito como siempre te he necesitado. Por eso estoy aquí, Scorp, haciendo el mayor ridículo de mi vida y diciendo todo…

 

No pudo terminar porque Scorpius prácticamente trepo en él para besarlo. Terminaron en la cama con las manos de ambos moviéndose por todos lados. Sin embargo, Al fue más rápido para desnudarlo de la cintura para abajo logrando sostener entre sus manos la ansiosa erección de Scorpius. 

 

—Quítatela la maldita camiseta —sin formular palabra la prenda desapareció del torso de Albus. Scorpius pasó sus temblorosas palmas por esa piel provocando un gemido gutural por parte de Albus. Se tocaron sin dejar de besarse con sus lenguas bailando entre ellas buscando la propia fricción de sus cuerpos —. Al… yo aún no estoy. 

 

—Yo tampoco estoy listo para todo. Pero si quiero tocarte y que tú me toques, ¿podríamos hacer eso? —Scorpius asintió perdido por los besos de Al sobre su cuello. 

 

—Tampoco estoy listo para decirlo —Albus se detuvo de golpe —. No es que me avergüence. Sólo…

 

—Ey, entiendo —Albus hizo que lo mirara a los ojos —. Yo tampoco estoy listo para eso. Lo único que quiero es estar juntos. Poder besarte cada que quiera. Poder decirte que te quiero. Y, bueno, también que Susan Zabini nunca ponga sus manos en ti porque tendría que carbonizárselas. 

 

—Por eso no te preocupes, cariño. Después de tener tus manos sobre mí no quiero saber nada de Susana o alguien más. 

 

—Es bueno saberlo porque pretendo tener mis manos sobre ti por mucho tiempo. 

 

Albus reanudó el devastador beso haciendo más audaces sus caricias. Scorpius sólo se estremeció entre sus brazos y por un momento se dejó acariciar simplemente con las ganas de sentir a Albus encima de él, queriéndolo y deseándolo. Cuando estuvo al borde, giró sus cuerpos sin dejar de besar a Albus. Pasó sus manos por cada uno de esos injustificados y tonificados músculos. 

 

Lo acarició hasta que lo sintió un nervio desnudo de deseo que se reflejaba por sus ojos. Una vez más, Albus los giró, embistiendo sus erecciones mutuamente y acariciándose en el proceso. Scorpius gimió. Sabía que algunos de esos mordiscos y rasguños dejarían marcas, pero no podía interesarle menos sobre todo cuando tenía a Albus jadeando y gimiendo encima de él. 

 

Fue el primero en correrse sobre el pecho de Albus y con mucha satisfacción lo vio correrse besándolo. 

Albus lo abrazó por la espalda unos segundos después, aún se sentía elevado por el orgasmo, a lo lejos podía disfrutar los besos perezosos que Albus le estaba dando en el hombro, el cuello y la nuca. Cuando su respiración se regularizó, Al lo acercó para besarlo nuevamente en la boca. 

 

—Voy a tener que irme pronto. No quiero que a papá le dé un infarto porque me lleve la moto. 

 

—¿Vas a regresar al colegio? —Scorpius enredo sus manos con las de Al.

 

—En dos días más —Albus le dio un beso cortó. 

 

—¿Vas a seguirme ignorando? —Le preguntó juguetón. 

 

—Ni siquiera cuando lo intenté, cariño.

 

—Duérmete, Al. Te despertaré en una hora —Scorpius se reajusto entre los brazos de Al evitando un suspiro. Tal vez sentían los mismos miedos, pero el que Albus derramara su corazón de esa manera le había dado esperanza y eso era maravillosamente aterrador. 

 

****

 

Cuatro meses después.

 

Harry se removió en el taburete. Reacomodó el cuello de su camisa y, sin admitirlo, se miró al espejo detrás de la larga línea del bar. Iba vestido completamente de negro, había sugerido jeans, pero Lily y Ginny habían dicho que era mejor un pantalón de vestir porque el corte caía mejor sobre las botas Chelsea de gamuza que James le había regalado el año pasado. 

 

Admitía que se veía bien y eso ayudaba un poco a lo muy nervioso que se sentía. Al principio, cuando le contó al resto de sus hijos sobre su gusto por los hombres (omitiendo al objeto de su afecto) se sintió bien, sin embargo, la teoría era más segura que la práctica. No entendió que le había picado cuando Ginny le mostró la fotografía de Alan. Tal vez había sido el pelo rubio cenizo o que, con la luz en particular, sus ojos azules se veían un poco más claros, pero al final, decidió que lo conocería. 

 

Ginny estuvo feliz así que un par de mensajes después se habían puesto de acuerdo para verse en ese bar muggle. 

 

Tomó un largo trago de su cerveza para tener un poco de valor líquido para seguir esperando y no desparecer antes de terminar los quince minutos de tolerancia que le había pedido Alan. 

 

—Potter —iba a la mitad de su segundo trago cuando escuchó esa voz. Por un segundo pensó que estaba alucinando. Parpadeó sólo para hacer algo y darse cuenta que frente a él estaba un muy distinguido Draco Malfoy.

 

—Malfoy —se obligó a responder cortes y sin escandalizarse, ¿qué hacía Draco en ese maldito bar? 

 

—Estoy aquí con unos inversores —dijo como si le hubiera leído la mente —. A diferencia de mi padre considero muy lucrativo este otro del mundo —Harry rió. No sabía muy bien porqué, pero tuvo la impresión que fue algo positivo porque Draco pareció relajarse —. Pensé que había alucinado cuando entre y te vi en la barra, ¿estás en algo del trabajo o… —Harry negó dándose cuenta que no tenía una explicación que no fuera la verdad para estar ahí. 

 

—Espero a alguien —Draco asintió y antes de que siquiera pudiera preguntar, Alan apareció. 

 

—Oh, Harry, lo siento. Las cosas se pusieron locas en el trabajo y —Alan miró entre ellos. Harry entonces se dio cuenta que tenía que hacer la incómoda presentación. 

 

—Alan Parrish, el señor Draco Malfoy, el padre del mejor amigo de mi hijo Albus —Draco le dio la mano a Alan como si nada, pero Harry lo conocía muy bien y se había dado cuenta que la tensión en sus hombros había aparecido de nuevo. Pero, ¿qué quería de él? ¿Cómo debía presentarlo? ¿Cómo un amigo? Ni siquiera estaba seguro de haber siquiera llegado a considerarse compañeros. Tal vez, la presentación más adecuada sería: el objeto de su afecto. Sin embargo, eso no se le podía decir a un potencial ligue.

 

—Un gusto. Si me permiten, tengo que retirarme. Potter —Draco se despidió de él con un asentimiento. Sin querer, Harry tuvo el doloroso recorrido de Draco hacia su mesa con un montón de tipos que se veían igual de elegantes que él y donde a Harry le gustaría estar por lo menos para seguir escuchado al estúpido hurón. 

 

Claro que esa información era clasificada y sólo se guardaba para él. 

 

—¿Vamos a una mesa? —La preguntó Alan y Harry lo siguió. 

 

El resto de la noche fue tranquila. Alan era bueno conversando, no le interesaba hablar del pasado, sólo quería saber lo que Harry estaba haciendo ese momento y no perdía de vista que era un hombre muy unido a sus hijos. Así que todo estaba relativamente bien. Lo hacía sentir cómodo, pero aún así…

 

Se descubrió a si mismo volteando hacia una mesa imposiblemente lejana.

 

Era un idiota. 

 

Cuando la cena termino se despidió de Alan con un abrazo platónico y la promesa de llamarse, aunque no estaba seguro de poder hacer o de querer hacerlo. 

 

*****

 

—Buen día, señor Malfoy —Draco le dio un educado asentimiento a Albus Potter. Aun le era difícil aceptar que ese cumulo de ladrillos era aquel larguirucho niño que había traído Scorpius por primera vez a casa. 

 

Aunque esa no había sido la única cosa difícil de aceptar de un tiempo para acá. 

 

Había pasado escasamente una semana desde que había encontrado a Potter en ese bar y seguía preguntándose qué asuntos estaba tratando exactamente con ese insípido hombre de ojos azules. No parecía algo del trabajo, tal vez una reunión de amigos, pero, ¿Potter tenía otros amigos que no fueran Granger y Ronald? Se le antojaba sumamente improbable. Hubo un tiempo que pensó que esos tres estaban pegados por cordón umbilical invisible. 

 

Investigó a Alan Parrish, no por curiosidad, eso no era parte de su forma de ser. Él no andaba por ahí sintiendo curiosidad. Más bien era porque la información era poder. Así que descubrió que tipo era compañero de trabajo de Ginevra Weasley, soltero, de la misma edad de Potter, egresado de IIvermorny, hijo de muggles y dueño de un weimaraner. 

 

Entonces, ¿qué tenía que ver con Potter? Ese era un misterio. 

 

Pensó que su hijo podía llegar a conocer la respuesta, pero cuando lo buscó para hablar de eso se dio cuenta que su precioso y único hijo estaba más allá de lo distraído y la razón de eso no era más que otro chico de cabello negro, ojos verdes. Su bendito Scorpius tal vez pensaba que aparentaba muy bien su enamoramiento, pero era dolorosamente obvio por lo menos para sus ojos, aunque, nada más doloroso que verlo correspondido porque Potter Jr tendía a darle esas largas miradas de devoción que le resultaban vomitivas. 

 

Aunque, ¿quién era él para juzgar si su hijo se veía más feliz que nunca?

 

Se dio cuenta que se había quedado sin té pensó en llamar a Elfi, pero seguramente la pobre tenía bastante con la platería, así que, dispuesto a darle un ejemplo a su querida mujer que decía que escasamente movía un dedo para las labores domésticas, se puso de pie y se dirigió a la cocina pensando en cómo podía sacar el tema de Alan Parrish aprovechando que Albus estaba también en casa. 

 

Antes de entrar por la puerta escuchó un pequeño y débil sonido que casi lo hizo tirar la tetera de porcelana que había estado en su familia por tres generaciones. 

 

—¿Podrías parar un segundo? Alguien puede entrar —la voz jadeante de su bendito hijo le hizo preguntarse si era suficiente justificante como para entrar y patear a ese muro de ladrillos. 

 

—Voy a parar, lo juro —hubo otra ronda de jadeos. Draco casi empuja la puerta, pero la voz entrecortada de Scorpius lo hizo detenerse. 

 

—¿Cómo estuvo la cita de tu padre? —¿Cita? Eso era algo. 

 

—Oh, Scorp, ¿realmente vamos a hablar de la vida amorosa de papá? —Eso definitivamente era algo. Draco se resguardo lo mejor que pudo para escuchar la conversación —. Bien, supongo, Parrish fue agradable y papá está pensando si llamarlo o no —más bien sería un no, pensó Draco empezando a maquinar un plan—. ¿Contento? Ahora, puedo besarte, ¿por favor? 

 

—Oh, sí. 

 

Draco decidió que el té podía esperar. 

 

Sonrió tomando su varita haciendo una bonita floritura. Antes de dar la vuelta por el pasillo escuchó el grito agudo de Albus.

 

—¡Joder! Tu cintura me dio toques —Draco ensanchó su sonrisa. 

 

*****

 

No recordaba haber estado antes en el Valle de Godric. Se le antojaba bastante relajante y conectado con la naturaleza. Muy del tipo de cierto hombre que conocía muy bien. 

 

Subió los escasos escalones que daban a la puerta de la casa de Potter. El lugar no se veía extremadamente grande, tal vez por eso se sentía acogedor. Tocó la puerta de la forma más amable que puedo. No es que quisiera cabrear o asustar a Potter que era bastante varita fácil o por lo menos lo fue en su momento. 

 

—¿Malfoy? —Después de abrir la puerta Potter se quedó como venado en medio de la carretera. 

 

—Si. Buen día, Potter. Estaba por el vecindario y viene a saludar —Potter salió rápidamente de su trance para el gusto de Draco y puso su mirada de auror. 

 

—¿En el vecindario? Venías caminando en medio de la nada y casualmente decidiste tomar el té conmigo —Draco levantó las manos como los detenidos.

 

—Bien, me atrapaste. De hecho, vengo a aprovecharme de ti —Potter boqueó mientras las mejillas se le tiñeron de carmesí. Wow, esa sí que era una reacción y le gustaba —. La otra noche me presentaste como el papá del mejor amigo de tu hijo —Potter asintió bobaliconamente. Era raro ser el receptor de esa sonrisa —. Abusando de esa pequeña ventana de amistad colateral decidí venir a hablar contigo de la ley mercantil con el sector muggle —completamente apretado como pretexto, pero fue lo mejor que se le pudo ocurrir en veinticuatro horas y tomando como base que Potter seguramente seguía hablando de esos temas tan aburridos con Granger seguramente tenía una copia de la propia ley en casa —. Estoy pensado en invertir y eso evidentemente me haría más rico pero también ayudaría con unos cuantos miles de empleos. 

 

—Oh, bueno, claro, por favor pasa. ¿Quieres un té? 

 

—Claro —dijo pasando a la acogedora casita de Potter. Tomaría el té y con un poco de suerte también a su anfitrión. 

 

—Debo tener una copia aquí. Hermione me estuvo hablando de ella esta semana. Quería que yo le diera una mirada. Permíteme —más de una cosa, Potter, seguro más de una cosa, pensó. 

 

Potter se veía relajado, tal vez más que nunca a su alrededor, no estaba seguro si era porque le había puesto una misión o porque el hecho de haber salido con un tipo lo hacía sentir más cómodo con él mismo. Se tomó un momento para ver lo que habían hecho veinticinco años en su antiguo compañero. 

 

Seguía teniendo ese cuerpo fibroso y resistente, con el cabello desordenadamente sexy que se estaba veteando ligeramente en un plateado que amenazaba con hacerlo más interesante. Se preguntó vagamente si Potter aún conservaba ese acalorado fulgor que lo hacía sacudirse la polla cada tercer día en el maldito baño de prefectos. Nunca lo admitiría, pero los hechos eran esos. 

 

—Te das cuenta que es la primera conversación medianamente decente que tenemos desde… siempre —Potter tuvo la audacia de sonreír. 

 

—Tenían que pasar sus años para eso, ¿cierto? —Le dejó la taza con el humeante té mientras un librejo aburrido y pesado caía en su regazo —. La verdad es que me sorprendió verte ese día. Sabía que tenías algunos negocios en el mundo muggle, pero no pensé que los supervisaras tú mismo. 

 

Se encogió en hombros y bebió del té sólo para preparar su siguiente jugada. Harry había traído el tema a la conversación no lo podía culpar si hacia un movimiento más audaz. 

 

—Bueno, ya sabes lo que dicen, al ojo del amo —Potter asintió empezando a abrir el libro —. Aunque, honestamente, a mí también me sorprendió verte con… ¿Parrish? —Vio a Potter tragar lentamente parecía estar sereno, pero él lo conocía, no lo estaba en absoluto. 

 

—Sí, Alan Parrish —Draco asintió despreocupado acercándose a Potter para fingir leer el libro. 

 

—Tenía un acento, ¿americano? —Potter asintió. Ah, ese juego, lo extrañaba. Durante años se preguntó qué era para Harry, ¿un enemigo? No, ese definitivamente había sido Voldemort. Tal vez él había caído más en el rubro de antagonista. Aunque, dependiendo de los meses, si alguien le hubiera preguntando, tal vez habría pasado a ser un aliado. Y, ahora, con los años, aparentemente el padre del mejor amigo de su hijo Albus. Esa presentación aún dolía, pero ya se la haría pagar. Estaba seguro —. ¿Auror? —Potter negó. 

 

—Periodista como Ginny —Draco dijo: Oh. Rompiendo el silencio después de eso y luego aventándose a matar. 

 

—Así que un amigo de Ginevra. Y, ¿por qué no estaba con ustedes? Oh, tal vez pueda ser que estabas conociendo a algo más que un amigo de Ginevra —Potter volvió a tragar nervioso pero esta vez levantó el rostro para mirarlo y justo ahí estaba su caballero Gryffindor lanzándose al vacío para ser valiente como ningún otro león. 

 

—Tal vez estaba conociendo a algo más que un amigo… para mí —fue el turno de Draco pasa sentirse nervioso. Nunca había podido exponerse a ese heroísmo sin sentirse mareado y ligeramente excitado. 

 

—¿Y fue una buena elección? —Potter se acercó a él. 

 

—No la que me hubiera gustado. 

 

Draco nunca estaría seguro de quien fue el primero que se lanzó a los labios del otro, pero si recordaría toda la vida el gemido gutural que Harry había soltado cuando sus lenguas se conectaron. Se devoraron con el hambre de veinticinco años anhelándose. Draco decidió que no se guardería nada porque no estaba seguro en qué momento la mojigatería alcanzaría a Harry y lo haría alejarse de él. 

 

Así que sus manos no tuvieron suficiente de marcar ya masar como si quisiera grabar ese recorrido en su tacto para siempre. Harry lo detuvo justo cuando había terminado de quitarse el suéter de lana. 

 

—Espera, espera un segundo. Esto, ¿qué es esto? —Draco supo que tenía algo pues Potter se había alejado del beso, pero sus brazos rodeándolo firmemente. 

 

—Veinticinco años de quererte —Harry lo miró como si su mundo hubiera explotado —. ¿De verdad crees que todo eso era unilateral?

 

—Te casaste, tiene un hijo —Draco movió sus manos por el pecho de Harry hasta llegar a su abdomen. 

 

—Te casaste, tuviste hijos —le dijo besándole el cuello —. La diferencia entre tú y yo es que tu amaste a Ginny mientras yo sólo hice una transacción con Astoria que nos dejó lo mejor de este mundo: nuestro hijo. 

 

—Siempre se vieron tan felices —Draco le quitó los lentes que ya estaban torcidos. 

 

—Nunca has tenido muy buena vista, Potter. 

 

Y con eso, Harry se lanzó hacia él. 

 

La mesita de centro fue la primera en sufrir los estragos de su ímpetu. Terminaron en el suelo, con sus ropas esparcidas en algún punto de la habitación mientras se devoraban uno al otro. Tal vez era muy pronto, pero ninguno de los dos quería detenerse y, para sorpresa de Draco, Potter fue tan sugerente de lo que quería que no podía decir que no podía dejarlo así. 

 

Cuando entró en él sintió que las cosas por fin tenían sentido; el tiempo, las cosas que habían vivido y los años de quererse en un silencio que ahora era suplantando por los gemidos necesitados. Harry se aferraba a él mientras sus cuerpos buscaban un ritmo frenético. Entrelazaron sus manos cuando los sentimientos empezaron a desbordarse entre ellos. Draco fue el primero en derramarse sin poder detenerse, pero no tuvo tiempo para sentirse mal pues Potter exhalo su alivio unos segundos después. 

 

Con la poca energía que le quedaba se colocó lo más cómodo posible para tener Harry entre sus brazos. Unos segundos después sintió que una manta caía encima de ellos mientras la chimenea se encendía para que no murieran de hipotermia. 

 

—¿Puedes hacer todo eso sin una varita? —Harry tuvo la audacia de besarlo hasta dejarlo de nuevo mareado. 

 

—Y algunas otras cosas —Draco asintió sólo por hacer algo —. Albus se va a volver loco cuando sepa esto —dijo Harry un poco después. Draco sólo se limitó a reajustar su abrazo. 

 

—No tenemos por qué decirles. Ellos no nos han dicho lo suyo —Harry volteó para verlo. 

 

—Ya me lo imaginaba. 

 

—Vaya, Potter, después de todo no eres tan corto como pensé —Harry los hizo girar dejando a Draco debajo de él. 

 

—Tal vez si me das un poco más de tiempo pueda demostrarte que tan dedicado puedo ser —Draco enredó sus brazos en el cuello de Harry acercando a él. 

 

—¿Es una promesa? —Harry lo besó dulcemente. 

 

—Es una promesa, Draco…

 

FIN