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Fantasías

Summary:

Facultad humana para representar mentalmente sucesos, historias o imágenes de cosas que no existen en la realidad o que son o fueron reales pero no están presentes.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

« ¿Cómo sería? ».

Era una pregunta sencilla. La respuesta no tanto. 

El sentido que él mismo le daba a la pregunta se le hacía complicado y, de hecho, la razón por la cual la pensaba ahora le era desconocida. Si bien en algún momento había llegado a compartir sus pensamientos, deseos y anhelos a la persona que amaba, nunca se le había cruzado por la mente que pudiera suceder. 

« ¿Y si pudiera…? ».

Otra pregunta sin respuesta. 

No era ajeno, sabía y se conocía, aunque en ocasiones le pareciera que era complicado entenderse, pero podía saber por qué pensaba lo que pensaba y por qué quería lo que quería. Aun así, el pensamiento le era ajeno, pues iba en contra de todo lo que había conocido… o decía conocer. 

Un suspiro escapó de sus labios. Tales cavilaciones no tendrían mucho sentido, no podía y ya se le había expresado en más de una ocasión que además de imposible, no era un deseo compartido. Formar una familia no era algo que Dostoyevski quisiera, mucho menos algo que deseara. 

Aun con eso, ¿desearlo, pensarlo o fantasear con eso no estaba mal, o sí? No estaba seguro, pero él seguía fascinado, encantado con la idea de poder tener una familia. No sabía de dónde nacía aquel anhelo, pero era algo que esperaba con tantas ansias. En más de una ocasión había pensado, a espaldas de Dostoyevski, si alguno de los dos pudiera ser mujer. O bien, en su caso, tener una mujer. La primera opción era más viable, él amaba a Dostoyevski y Dostoyevski lo amaba a él, ¿no? Era lógico, un pensamiento así basado en lo que quería. Mientras el segundo… Solo buscaría una mujer para procrear, quizá era un pensamiento muy frívolo y egoísta de su parte, pero él no necesitaba a nadie más que a Fyodor. 

Pero aun con eso, aquel pensamiento no le abandonó, se hacía más fuerte. Como si algo quisiera que no lo soltará. Era parecido a desear algo que estaba a tu alcance, estaba ahí, pero no lo tomabas, ya fuera por miedo, desidia o cualquier simple razón. 

La resignación no estaba en su vocabulario, pero parecía que tendría que aprenderla, pues no había forma de cambiar lo que la naturaleza había dictado, ¿no? 

Era un hombre, la naturaleza sabía lo que hacía. Dostoyevski no quería hijos y hombres como ellos no podrían criar un hijo. 

¿Cómo sería aquello? Seguramente tendrían muchos problemas, él prácticamente no existía y estaba catalogado como un peligro. Dostoyevski era un criminal buscado. A pesar del vasto conocimiento que ambos poseían, dudaba que eso fuera suficiente. Quizá era demasiado fantasioso de su parte, pero deseaba que su hijo pudiera tener una vida normal, no como la de él. Vacía y sin esperar nada. 

Resignarse a no tener descendencia parecía lo mejor a final de cuentas. Pero, aun para hombres como ellos había esperanza, ¿no? 

Fue por eso mismo que aquella madrugada sus sueños se vieron interrumpidos. Le resultó curioso, pues fue como si algo inundará todos sus pensamientos, su sentir. Se sentía… demasiado bien.

A pesar de querer volver a dormir no pudo, pues sus pensamientos no le dejaban tranquilo, aquellas preguntas no abandonaban su mente en ningún momento. Parecían repetirse con mayor insistencia en su mente, casi como si quisieran gritarle algo de lo que él no era consciente.

Aquello podría haber sido abandonado, pues su mente solía jugarle malas pasadas, pero no fue hasta que Dostoyevski había mencionado que estaba más torpe de lo normal, pues por poco había vertido su té de la tarde sobre el ruso. Eso había sido desconcertante, pues cuando se trataba de servir a Dostoyevski, así fuera por lo más sencillo, siempre estaba al pendiente y en ese día… casi no había reparado en él. 

Ese fue motivo suficiente para preocuparse. Se excusó y tras servir el té del mayor salió rápidamente a la única habitación en la que el ruso muy pocas veces entraba. 

La habitación de Draconia era un lugar que le ofrecía cierta calidez y protección, al mismo tiempo que le generaba incertidumbre e inseguridad. Había tanto que desconocía de sí mismo que ver aquella habitación, le decía que era la razón de que se sintiera de esa forma, aun así no podía abandonarla, era parte de él. ¿Pero qué tan conectado estaba? No estaba seguro. Pero aquello no era lo que le había llevado aquella habitación, no, era algo más.

No supo cuánto tiempo pasó encerrado, no estaba seguro de si habían sido minutos u horas, solo tenía algo presente. No podía decir que Dostoyevski no tenía razón al decirle que en ocasiones era distraído. ¿Cómo no lo había notado? Era extraño, algo nuevo… Y le provocaba una sensación de felicidad tan grande que no sabía si debía llorar, reír. Quería correr, brincar de alegría, quería poder gritarlo… Eran tantas emociones que le estaban embriagando en ese momento hasta que un resquicio de cordura llegó a él. 

Dostoyevski. 

Por supuesto, él solo no podría haberlo hecho. Aún se preguntaba cómo es que había sucedido algo así. Por lo menos era capaz de decir que aquello no era una broma. Quizá no se había dado cuenta en un comienzo, pero ahora podía sentirlo. Darse cuenta de cómo estaba creciendo en su interior; una calidez indescriptible era lo que sentía. Una cálida sonrisa se había formado en su rostro, pues podía decir que lo amaba. Era un sentimiento que lo llenaba… inclusive más que amar a Dostoyevski. 

Podría haber pasado todo el día metido en aquella habitación, solo pensando en lo feliz que era, pero aquello no era una noticia de la cual él solo debía disfrutar. No. Al salir tuvo la firme intención de contarle al mayor, pero al verlo ocupado en su computadora se arrepintió y tras informar que prepararía la cena le dejó solo.

Se preguntó qué había sido aquello. Nunca había sentido la necesidad de ocultar nada. Dostoyevski no era la mejor persona, de hecho sus conflictos se debían que esté no era alguien exactamente abierto, por eso prefería él ser quien hablará, decir todo lo que debía y quería que mayor supiera. Y ahora… simplemente no había sido capaz de decir nada. 

Había huido. 

Aquella noche decidió no compartir la cama con el mayor, no había dado ninguna excusa, simplemente había huido después de recoger la mesa y limpiar la cocina. Se había encerrado en su habitación, no supo si es que el mayor se había asomado o no a verificar dónde se encontraba, pues había fingido dormir, concentrándose demasiado en sus pensamientos. 

« ¿Decirle o no decirle…? ».

Era una decisión complicada. Por una parte, estaba su deseo de poder tener una familia. Por otra parte, estaba Dostoyevski que no quería nada de eso. En una ocasión el mayor le había dicho que tendía demasiado a ilusionarse, a pensar que todo era como un cuento de hadas cuando no era nada parecido, aquello se alejaba de la realidad y no le dejaba pensar con claridad. 

Tenía tantas ganas de poder contarle al mayor lo que estaba sucediendo. Imaginar, no, pensar que lo que tanto había imaginado podría hacerse realidad era algo indescriptible. 

Aun así… había algo que no le abandonaba. 

Era consciente que él mismo no era una entidad. Más de una ocasión había tenido que lidiar con el hecho de tener una voz en su interior. Aquello era muy diferente a la esquizofrenia, pues no era que su mente lo hiciera. No. De forma literal había alguien más con él. No era una simple habilidad, podía escucharla susurrando, cuidando de él de tal forma que siempre estuviera bien y fuera mejor. Llenaba los huecos que faltaban en su mente de tal forma que podía alterar sus pensamientos. O al menos había sido así hasta que había conocido a Dostoyevski. 

Si bien en un principio parecía una relación cordial, las cosas entre ellos habían cambiado al grado que lo que estaba en su interior le susurraba que se deshiciera de él, que si no lo hacía sería Dostoyevski quien se deshiciera de él. Quizá tenía razón, ambos tomaban, solo sabían tomar de los demás, pero había decidido darlo todo de él. En el momento en que aquello había pasado de una obsesión en la que Dostoyevski le entretenía y él le ayudaba en sus objetivos, se había enamorado a tal grado de permitir que el ruso hiciera con él lo que quisiera. Pero al no ser el único en aquel cuerpo, la otra parte de sí había tomado cartas en el asunto, llegando a declarar abiertamente de lo que era capaz. 

Era por eso que temía. Estaba asustado, pues el único que podía darle todo y destruirlo era Dostoyevski. 

 

Los días no parecían ser demasiado diferentes. No había demasiado cambio en su vida. Quizá pasaba más tiempo metido en sus pensamientos que vigilando al ruso para evitar que se ahogara en la sopa o revisando qué tantos desastres había hecho la habilidad de Dostoyevski ese día. Pero de ahí en fuera era una constante y todo terminaba en una sola cuestión. ¿Cuándo le diría? 

« No puede ser tan malo. », o al menos eso era lo que le decían sus pensamientos. Cuando estuvo por tomar cada habilidad de Yokohama confesó no entenderse, pero Dostoyevski era otro misterio para él. No solamente era un hombre con un pasado desconocido que era demasiado receloso de su persona, sino que era demasiado bueno mintiendo. Podría vender cualquier idea y quien fuera la aceptaría sin dudar siquiera un poco de sus palabras. No solo era su don para las palabras y tener carisma, sino aquella apariencia delicada que poseía, hacía que cualquiera confiará en él, pero aunque uno tendiera la mano, Dostoyevski no la tomaba, sino que la cortaba… 

Aun así, estaban juntos, algo debió de haber cambiado. Por algo estaba con él. Ambos se amaban, compartían sus vidas… podían hacerlo con alguien más, ¿no? A final de cuentas era parte de los dos. 

Sin ser muy exacto, estaba seguro de que aquella vida tendría más de un mes como mínimo, pues era capaz de sentirla, invadiendo y robando parte de su vida para poder desarrollarse. En cualquier momento aquello podía cambiar. Era un hombre con una vida creciendo en su interior. Fuera cual fuera la razón, nada le decía que aquello sería como un embarazo normal. Nada lo era. Una mujer gestaba en nueve meses, él no era mujer. 

Además de que hacía unos días no había tenido sexo Dostoyevski. No había dado una excusa, pero aquello sin duda era un cambio en su relación, algo más notoria que cualquier otra. Quizá no era un cambio tan notorio, pero ya que no pasaban tanto tiempo sin sostener relaciones sexuales, podría verlo sospechoso. 

Fue por eso mismo que llegó a la conclusión de decirle. Tenía derecho de saber qué sucedía, además de que estaba ansioso por conocer su reacción, pues esperaba que fuera positiva. Que ambos pudieran criar un hijo. No sería sencillo, pero podían dar su mejor esfuerzo. Y si no quería, podría intentar convencerlo de que no era tan malo, después de todo ya no había marcha atrás.

Encontrar al ruso no fue difícil, bastaba con seguir el ruido que este hacía. Lo encontró asaltando la alacena, una vez más, seguramente en busca de cualquier chuchería que fuera capaz de llevarse a la boca sin complicaciones. Ni siquiera fingió desentenderse al verse atrapado, sino que se llevó un puñado de chucherías a la boca mientras le veía. Él, a pesar del nerviosismo que sentía, siendo la primera vez que experimentaba eso, pues ni cuando confesó sus sentimientos al ruso se sintió de esa forma, de alguna manera le emocionó. 

Al decirlo fue como quitarse un peso de encima. Dostoyevski no tuvo reacción alguna, no parecía querer decir nada, solo le miraba fijamente con aquella mirada que parecía volverse cada vez más pesada, lo que hizo que no pudiera verle a los ojos por mucho tiempo. Aun así no se detuvo y continuó hablando, explicando cada detalle de lo que había estado pasando por su mente, así también de cómo se dio cuenta de lo que le estaba sucediendo.

La sonrisa con la que había contado, así como el nerviosismo que sintió, desaparecieron poco a poco mientras el ruso no parecía tener reacción, sino hasta que se acercó, o intentó hacerlo, fue que este retrocedió casi chocando con la encimera. Eso le asustó. Sus intentos de acercarse una vez más se vieron frustrados por el mayor cuando decidió salir de ahí rodeando las demás encimeras que servían como barra, al tiempo que le dedicaba unas simples palabras. 

No era la primera vez que recibía palabras crueles de parte del ruso, no creía tampoco que fuera la última a pesar de que había intentado dejar aquellas rencillas atrás. Aun así, no supo el motivo, pero aquello había sido doloroso… Demasiado, tanto que le había provocado una sensación de dolor en el pecho mientras sus ojos amenazaban con soltar lágrimas, intentando calmar los sentimientos que tenía en esos momentos.

Aquel día fue incapaz de ver al mayor, inclusive le pareció que este salía de la fortaleza. Intentar detenerlo sería en vano, además de que provocar una pelea no era algo que estaba en sus planes. Una parte de él me dijo que le diera espacio, que necesitaba digerir aquella noticia, la otra le dijo que no se hiciera ilusiones.

 

La relación, que en algún momento había pasado de ser tensa a una buena convivencia, parecía volver a cuando solo sabían discutir por cualquier estupidez que les pasaba por la cabeza. En aquel entonces fue consciente de lo temperamental que podía llegar a ser y lo delicado que podía ser el ruso también. Eran tan diferentes a lo que mostraban a los demás, pero ahora parecía que cualquier cosa podría hacer estallar una bomba.

Dostoyevski le evitaba cada que le veía y parecía ser más un invitado en lo que podría haber considerado su hogar. Él buscaba la forma de poder acercarse, pero por más que intentaba acercarse, Dostoyevski rehuía de él. No sabía qué hacer, los días pasaban convirtiéndose en semanas sin poder obtener nada del mayor. 

« ¿Tan malo es…? », se preguntó un día mirando al mayor. No le importaba que supiera que lo veía, nunca le había interesado que pudiera verlo como un acosador, en realidad no importaba que se lo repitiera. En algunas ocasiones Dostoyevski levantaba la mirada y parecía querer decir algo, pero poco después bajaba la vista y la fijaba en lo que ahora era su vientre, algo abultado por lo que crecía en su interior. Eso le hacía cambiar de expresión y mirarle con desagrado. Eso solo le hacía recordar sus palabras y apartar su vista. 

Era masoquista permanecer a su lado cuando no hacía más que lastimarse, pero no quería hacerlo, no deseaba hacerlo. Lo amaba y entendía el miedo que podía sentir, después de todo no era normal. Estaba fuera de ser natural. Por eso no se alejaba, era cuestión de tiempo…

Sí, solo debía darle tiempo…

 

Una nueva rutina había surgido desde que había sido consciente de su estado, una mejor alimentación y dado lo extraño de su estado se había dedicado a instruirse sobre la gestación. Sabía que las mujeres necesitaban de ciertas vitaminas, además de medicamentos para asegurar que sus niveles estuvieran normales, así como de que su cuerpo fuera capaz de nutrir y desarrollar correctamente el feto. Él por supuesto no producía ciertas hormonas, fue por eso mismo que haciendo uso del laboratorio de Dostoyevski comenzó a realizarse diferentes chequeos, sabiendo que podría o no beneficiar el crecimiento de su bebé. 

Si bien era él quien gestaba un bebé, no parecía demasiado diferente a cualquier otro embarazado, quizá solo que su bebé estaba creciendo más rápido de lo que lo haría en una mujer, pero lo atribuía a su habilidad regenerativa que le hacía mejor en cualquier sentido. 

Aun con eso, eso no impedía que tuviera que lidiar con algunos síntomas, como dormir más, cansarse, antojos y lívido aumentado. Al menos no había sufrido de náuseas, lo cual había sido lo mejor, pues había leído que eran parte de lo más desagradable de la gestación, eso además de ir repetidas veces a orinar, de la cual no se había salvado. No estaba seguro del todo de dónde era el crecimiento de su bebé, después de leer lo que podría poner en riesgo la vida de su bebé había prefiero evitarlo por todos los medios, pero creía que era una altura similar de lo que sería la gestación de la mujer, pues parecía presionar también su vejiga. 

La gestación en su vientre parecía ir bien. Ya se podía notar claramente el crecimiento de esta y en ocasiones podía sentir como aquella pequeña vida daba señales, pues había sentido su movimiento. Había leído que en cierta etapa del embarazo podía sentirse el bebé golpear contra la madre, siendo las características patadas, pues el bebé buscaba acomodarse. 

Fue ese motivo el que le hizo querer buscar al mayor para comentarle del progreso de su embarazo. 

Dostoyevski no era un hombre que se mantuviera con los brazos cruzados, en muchas veces lo había visto parecer tranquilo, no siendo más que una fachada para engañar a quien fuera… Inclusive a él. Fue por ese motivo que tras terminar de hablar, diciendo que esperaba poder tener al mayor de apoyo, alegando de cuánto lo necesitaba, fue apuñalado en el vientre. 

La sorpresa fue sustituida por miedo y dolor, había caído suelo hincado, intentando proteger su vientre después de que el mayor había sacado la cuchilla. Ver la sangre manchar sus ropas blancas casi le dejó en shock. Con trabajo comenzó alejarse de Dostoyevski, que no parecía satisfecho con solo haberle apuñalado una vez, sino que se acercaba a él con la clara intención de apuñalarlo más veces. 

Se sentía indefenso, intentó levantarse, resbalándose un poco a causa de su sangre en el azulejo. Pero dado a lo errático de su movimiento, terminó siendo pillado por el ruso del tobillo, cortando el ligamento de su rodilla para no pudiera huir, lo mismo hizo con la otra pierna, dándole un par de puñaladas en las piernas, cuando intentó defenderse terminó por hacerle una cortada en el rostro que si bien no era demasiado profunda sí estaba sangrando bastante. 

Cada que intentaba defenderse o escapar el ruso parecía buscar otra forma de cortarlo evitando que pudiera hacer algo. Si bien su cuerpo tenía una regeneración a tal grado de hacerlo inmortal, estaba asustado y cada una de las heridas necesitaba tiempo para sanar. La pérdida de sangre que estaba teniendo le hizo perder el conocimiento, mientras el ruso apuñalaba su vientre repetidas veces sin piedad alguna. Lo único que pudo decir, o mejor dicho, rogar con la voz rota, fue que se detuviera.

 

Su cuerpo se sentía cansado, pesado y adolorido. Lentamente, abrió los ojos intentando acostumbrarse a lo abrumadora que parecía ser la luz de la habitación para su vista. Parpadeo, intentando orientarse y por instinto llevó su mano hasta su abdomen… plano… 

Un sudor frío recorrió su espalda mientras se incorpora, su respiración era agitada y su mente era un completo caos. ¿Qué se supone había sucedido? No era que no tuviera memoria, simplemente era algo que no era capaz de entender. Era como si fuera una broma. Un mal sueño. No estaba del todo seguro. 

Levantó su vista, haciéndose a la idea de que debía afrontar lo que fuera que había pasado. Sin embargo, no fue capaz. El asombro se mostró en su rostro.

Sin perder tiempo se incorporó poco a poco antes de caer al suelo de forma poco elegante, tropezando con sus propios pies. El miedo comenzó a correr por su cuerpo a cada paso que se iba acercando aquel cuerpo inerte. Miró con dolor aquel rostro pálido. Los ojos de Dostoyevski, que le habían fascinado desde el primer momento en que lo vio, ahora estaban vacíos y sin brillo. Tuvo miedo de tocarlo, aun así, acercó lentamente sus manos hasta sentir su piel fría. Un sollozo ahogado escapó de sus labios antes de que se convirtiera en un llanto desgarrador que comenzaba a lastimar su garganta. No era capaz de pensar con claridad, solo podía sentir un dolor creciente en su pecho.

El cuerpo de Dostoyevski estaba helado y no solo eso, sino que había sido atravesado entre el estómago y pecho por unas filosas garras. A unos pasos de su cuerpo había un par de navajas ensangrentadas, con las que suponía había intentado defenderse, así como un arma de fuego, era probable que no hubiera sido lo suficientemente rápido para dispararla. 

La habitación tenía varias manchas de sangre que apenas comenzaban a secarse. No supo cuánto tiempo había estado inconsciente, pues aún recordaba todo lo que había sucedido. El dolor que sintió al verse atacado por el mayor, el dolor de escuchar repetidas veces sus palabras, no se comparaba a lo que estaba sintiendo en esos momentos. 

Lo sabía, no era normal, más de una vez despertó asustado al encontrarse solo en su habitación, pensando en que aquello que crecía en su interior no era su hijo, sino algo más. Podría parecerse a Draconia. 

Más de una vez pensó que era una mala broma, pero tan solo ver su vientre hinchado, su cuerpo adaptándose para gestar correctamente aquel bebé, lo hacían real. Aun cuando era así, escuchar las palabras de Dostoyevski sobre que aquello no era un bebé, que no lo quería, que era mejor deshacerse de él, le había causado una sensación de vacío.

Monstruo, abominación, bastardo, engendró… en más de una ocasión soportó sus palabras, soportando las ganas de llorar a causa tanto de las hormonas como del dolor que le causaban sus palabras. 

Creía que podría hacerlo cambiar de opinión, que una vez que naciera se daría cuenta de que era solo un bebé. Parte de ambos, algo que podrían considerar un milagro. Pero eso ya no sucedería, todo había terminado. Dostoyevski ya no estaba, había buscado su fin después de atacarlo. 

No necesitaba realizar una investigación, conocía a Draconia; en más de una ocasión le había expresado al mayor cuanto le desagradaba y que tuviera cuidado, pues era capaz de matarlo con sus propias manos. No es que no pudiera detener la voz en su interior, era solo que salía a relucir cuando no era capaz de enfrentar algo. Ya fuera un enemigo, o bien, que fuera Dostoyevski buscando herirle con sus palabras de desprecio. 

A veces no entendía qué era lo que los había unido. ¿Solo una relación carnal? Él tenía muy en claro sus sentimientos y emociones cuando se refería al ruso, era el único capaz de hacerle sentir de esa forma, de querer vivir la vida como cualquier otro humano. Le había sacado de ese letargo en el que lo único que parecía tener sentido eran las joyas brillando bajo la luz de la habitación de Draconia, las cuales también dejaron de interesarle. Había tenido todo, todo aquello que pudieran anhelar los mortales para tener ese banal sentimiento de felicidad, pero nada de eso le había llenado. No fue hasta que le conoció. Le había atraído, había sido tan atrayente que había bajado cada una de sus barreras y cuidados permitiendo que entrara, que se adueñara de todo lo que tenía y poseía.

No podía detener su llanto. ¿Qué le quedaba? Sabía qué era capaz de regenerarse, justamente en esos momentos lo había hecho, pero el mayor no. No volvería, se había ido. Estaba solo una vez más, y lo que lo hacía peor era que ni siquiera había podido conservar una parte de él. 

Era egoísta, lo sabía, pues en esos momentos sus pensamientos eran dirigidos hacia lo que había estado creciendo en su interior. ¿Por qué se lo había quitado si sabía que algo así podría suceder? Pues no tenía duda alguna acerca de que Dostoyevski había previsto aquel resultado. Egoístamente, había decidido morir con tal de que él no pudiera ser feliz. Pues esa era la única verdad que le importaba. Saber que, aunque él mismo era egoísta, Dostoyevski lo era aún más. 

Las duras y crueles palabras que le había dicho el mayor no abandonaban sus pensamientos. De verdad había creído… había querido que las cosas fueran diferentes, que no solo le reclamara, insultara o humillara.

«¿Mi hijo?, ¿qué te hizo creer que aceptaría esa cosa como mi hijo? No es nada, solo es un parásito que se está formando en tu interior. 

» Esa cosa no es mi hijo, ni siquiera te hagas a la idea de que lo vas a tener. ¿Crees que te dejaré tenerlo? Vas a extirparlo de tu interior, tú no puedes tener un hijo, si quisiera tener hijos buscaría una mujer, no algo como tú... ¿Siquiera crees que es normal que un hombre pueda dar a luz? No seas ridículo. 

» No estás hecho para eso, eres un fenómeno, ¿qué creerá el niño al crecer con dos hombres? Es repugnante, ¿no crees? Para con esta estupidez.» .

Todavía permanecían grabadas en su memoria. Sin permitirle tener descanso, siempre pensando en qué podría pasar. Aun cuando se realizaba esos chequeos siempre tuvo miedo de que algo no estuviera bien. Que fuera una mentira o un engaño, pero ya nada de eso importaba, pues jamás sabría si algo estaba mal o bien.

Y ahora… Nada estaría bien.

 

Cuando decidió desaparecer, se llevó con él todo lo que tenía, incluso su fortaleza misma, solo quedó el rumor de que alguna vez. Hubiera dejado todo atrás, pero a donde fuera siempre iban con él. Lo único que parecía conservar era una gema de color rojiza en uno de sus bolsillos. Un bien preciado como ninguno, el único que era digno de ser sostenido en sus manos. 

Le parecía curiosa la habilidad de Dostoyevski, capaz de matar con tal solo un toque. Siempre se preguntó cómo funcionaba, pero ahora no obtendría respuesta alguna. Aunque podía manifestar habilidades si quería, incluso obligarles a actuar según lo que quisiera, la habilidad de Dostoyevski había sido muy diferente. Nunca obedeció a Draconia, de hecho, actuaba según su propia voluntad, llegando a contradecir al mayor en ocasiones. Suponía que era todo eso lo que hacía que le fascinara aún más. ¿Cuántos usuarios eran capaces de tener tal entendimiento de sus habilidades? Estaba seguro de que eran uno en más de un millar. 

Pero… qué importaría si lo hiciera. La habilidad de Crimen y Castigo únicamente respondía a Fyodor. No quería tener que lidiar con una habilidad problemática que no obedecía a nadie. Quería respuesta a sus preguntas, quería entender qué había sido lo que había pensado el mayor, sin embargo, aunque le generaba desconcierto y frustración, sabía que, ni aunque Dostoyevski estuviera vivo, obtendría dichas respuestas.

Tras su desaparición solo quedo el rumor de que alguna vez existió.

Notes:

Realice este escrito sin tener nada en mente en realidad, por lo que puede haya ciertas incoherencias. Cuando escribía pensaba en que podría ser más como un embarazo psicológico, considerando los cambios hormonales que el mismo cerebro puede causar al creer, anhelar o necesitar que la persona tenga un hijo por sus propios deseos, altera por completo el cuerpo de quien lo padece. Sin embargo, no supe cómo plantearlo, así que quedo en lo que quedo.

Por otra parte, del tema de Fyodor, simplemente no deseaba hijos. También pensé en plantear el hecho, de que ambos siendo hombres y Shibusawa más una habilidad que una persona, tal caso similar al de Chuya por dar un ejemplo, por lo mismo es normal que alguien le asuste el resultado que pudiera salir de ahí, por supuesto, en caso de existir.