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El cálido sol que traspasaba el vidrio de la sala, el olor a nuevo de las paredes, los muebles, adornos y demás demostraban su sutileza exuberante. Olfateó el suave aroma de aquel vino originario de las llanuras Argentinas y lo bebió con lentitud, experimentando su sabor en cada fragmento de su boca.
Escuchó el leve sonido del timbre.
Debía ser Will. Él anhelaba que lo fuera.
Trató de mantener la calma mientras sus pasos resonaban con la pulcritud de sí mismo. Intentó ocultar la punzada de su corazón al ver que no se trataba de Will. Al contrario, un hombre más bien de edad le saludo con entusiasmo, lo había visto unas veces cuando iba con Will a comprar víveres. Era un Antonio López, un ex-político que se había casado hace un año con una jovencita de veintiocho años, quien resultaba ser su prima lejana. Un pobre tipo, un hipócrita. Hannibal alzó la comisura de sus labios.
— Buenas tardes, ¿Puedo ayudarle? — habló con un casi perfecto español, pero sin quitar su acento característico.
— Señor Lecter, un gusto mi nombre es Antonio López — Hannibal asintió y disimuladamente miró su reloj. Will debió haber llegado hace cinco minutos — Somos vecinos, queríamos darles junto a mi esposa una grata cena de bienvenida, a vosotros.
— Un placer conocerlo Señor López — alzó la mano a modo de saludo, el señor López la tomó con fuerza. Apenas una mueca imperceptible adorno la cara de Hannibal — Al señor Graham y a mí nos encantaría ser sus invitados de honor — sonrió mostrando sus dientes. Tic tac, tic tac Will Graham ha desaparecido — Gusta pasar — Hannibal abrió por completo la puerta dejando que su invitado pasará.
Sin saber que sería la última vez que vería la luz del día. La última vez que sentiría el sol en la piel.
«»
Las olas rugían. El mar se encontraba tenso, furioso e intranquilo. Un lindo eufemismo para su estado emocional. Will Graham miraba con envidia el azulado mar, del mismo color de sus ojos. Podía sentir y degustar el sabor salado del mar y como lo ahogaba hasta sumergirse en él, sintiendo el cuerpo de Hannibal tan cerca del suyo, que en ese momento no podía imaginar una mejor manera de morir.
Él había muerto aquel día, después de asesinar al dragón rojo junto a su psiquiatra.
Había muerto cuando ambos cayeron al vacío y se mezclaron con el mar.
Pero una vez más había sucumbido ante Hannibal Lecter. Había dejado que su empatía por él lo sedujera y lo trajera de vuelta a la vida. Y ahí se encontraba tan inmenso y tan libre como el mar.
Miró la hora en su reloj y se levantó de la arena, se sacudió la ropa y colocándose su chaqueta volvió hacia el hogar que compartía con Hannibal. “Como una familia” se atrevió a pensar.
Una espesa neblina lo envolvió cuando llegó al umbral de la casa. Miró por entre las ventanas, todo estaba oscuro. Cuando abrió la puerta supo que algo andaba mal, no había rastros de Hannibal por ninguna parte y aquel pensamiento le punzó en el hombro, caminó con cautela por entre la penumbra de los muebles y sillones, se detuvo en la chimenea lo único que iluminaba la estancia y el viento movió su cabello ondulado, más largo, más enredado, expresaba los años, sus años como unos fugitivos, porque eso eran, asesinos buscados por el FBI.
Y aunque haya una escena perfecta. Jack Crawford buscaría el más mínimo cabo suelto y se empeñaba en atraparlos. Will esperaba que nunca encontrara aquella fisura, aquella grieta en la taza de té.
— Hannibal — su voz se oyó aguda y se maldijo por eso — No es gracioso, Hannibal. Me demoré pero estoy aquí, como lo prometí. Me tienes Hannibal nunca escaparé de ti, lo sabes.
Silencio. Solo un tenso y penumbroso silencio. El tic tac del viejo reloj retumbaba en sus oídos y una risa de niña escondida en alguna parte de la oscura sala lo invitaba a bailar.
— No quieres jugar, ¿Por qué? Will vamos a jugar.
Will volteó hacia la voz y la vio, ahí parada detrás de él con un vestido de lino con flores. Mischa Lecter lo miraba con sus grandes ojos color ámbar, similares a los de Hannibal. Curvó una sonrisa para la niña que se balanceaba dulcemente.
— Mischa.
— A Hannibal no le gusta que te visite, dice que puedo influir en tus decisiones con respecto a él.
— Supongo que tiene una buena razón para creer eso — Will volvió su cuerpo hacia la chimenea sintiendo la presencia de la pequeña Lecter a su lado.
— ¿No te gustaría saber cómo morí?
— Hannibal lo hizo…— espetó dudoso , podía recordar con total nitidez la expresión devastada de Hannibal cuando le habló sobre Mischa, pero también podría tratarse del velo de Hannibal.
Will pensó en todas las veces que Hannibal le había mentido. La cantidad de veces que lo había lastimado y él aún así seguía ahí, al lado de Hannibal como una fiel mascota.
Algún día Hannibal se cansaría de este absurdo juego y él solo sería un simple banquete al cual Hannibal degustará con goce. Will se asustó cuando aquel pensamiento no le incomodó en lo absoluto. Al contrario le agradaría ser comido por Hannibal.
— Supongo que él no lo sabía, ambos éramos muy jóvenes para muchas cosas. Nuestras familias tenían problemas… Todo se complicó, supongo que Hannibal hizo lo que tenía que hacer.
— Ya no duele — Will completo por ella. Por un momento le recordó a Abigail que si él no lo hubiera estropeado ambos estarían en algún lugar del mundo, siendo felices. Como una familia…
— No te atormentes, él ya te perdonó — Mischa curvó una sonrisa y tomó la mano de Will.
— Creí que eras más pequeña — río Will, exponiendo su pérdida por primera vez después de mucho tiempo.
— En los recuerdos de Hannibal he evolucionado
— Supongo que Abigail era un reemplazo perfecto — espetó con amargura, pero no causó ningún efecto.
Mischa, sólo era un producto de la gran imaginación entrometida de Will Graham en los cuartos más oscuros del castillo mental de Hannibal Lecter . Podía oír la voz del psiquiatra, pausada pero lejana, pero Will aún no quería irse.
— Tú eres mi reemplazo perfecto, Will. Eres el único que causa una emoción en Hannibal. Ahora tú eres quien mira a través del velo, de ese traje de persona que moldeaste para protegerte. Pero mírate ahora estás aquí, indefenso buscando ayuda en su mente.
— Tengo miedo — Will admitió. Escuchando con más claridad la voz inquietante de Hannibal, debía salir rápido.
— No debes tener miedo. La bestia ya no está detrás de ti, camina a tu lado, jamás adelante, jamás detrás, siempre junto a ti.
— ¿Qué haré cuando el baile acabe? ¿Cuándo la música clásica deje de sonar?
— La traición y el perdón es lo más cercano que estarás de enamorarte.
Abrió los ojos asustado, parado frente al umbral de la puerta Hannibal Lecter lo miraba con la curiosidad de siempre, solo que ahora era más suave, sus rasgos no tan afilados. Extendió su sonrisa al ver su expresión distraída, y con una mano agarrada a su codo lo arrastró a la calidez de la gran casa.
— ¿Atrapado en tu mente? — preguntó mientras vertía en una taza un líquido vaporoso de ceylán, o al menos eso pensaba.
— ¿Qué es eso? — Cambió el tema. Su estómago hizo un ruido rogando por hambre y Lecter sólo supo reír.
— Solo es té, Will — Hannibal desvió su atención de sus ojos oceánicos y decidió concentrarse en la olla con verduras salteadas que tenía detrás.
— ¿Por qué estás tan elegante? ¿Irás a algún lado? — Will recorrió con sus ojos la pulcritud y elegancia de la cocina, la misma que gritaba “Hannibal Lecter” por todos partes, por toda la casa e incluso en Will.
— Iremos — Hannibal apagó el fogón y sirviendo la comida en un plato color hueso, se la entregó a Will — Nuestros vecinos nos acaban de invitar a una cena — esperó paciente alguna reacción o mueca pero solo le dirigió una simple mirada. Hannibal miró el plato de Will y como dejaba los pimientos en una esquina del plato — Y Will está vez no dejes los pimientos.
— ¡Los odio! — gritó al percibir como Hannibal salía de la cocina para volver casi al instante con una tarjeta de invitación.
— He comprado algunas prendas para ambos — Hannibal estaba detrás de él, podía percibir su mirada inquisidora, él quería una explicación — He pensando en qué podemos adoptar una vida aquí, ya es tiempo.
— ¿Por qué? — Will empujó el plato lejos de sí mismo. Su cabeza retumbaba.
— Aunque preferiría Europa por temas de lengua, pero creo que podemos establecernos aquí, por un tiempo largo, han pasado cinco años, Will — Hannibal se aventuró a colocar sus manos en los hombros de Will, olfateando el olor a sal en su ropa e imaginando el flujo sanguíneo que recorrerian las venas de sus hombros y clavículas , él quería tocar, tocarlo.
— Los López son una familia fuerte — Will se levantó, y tomó con sus manos la tarjeta que había dejado en la isla de la cocina, a su alcance — Pero estoy seguro que lo sabes.
— Puede que lo más difícil sea derrotar al padre pero ya no están joven, podremos con él — Hannibal lo aceptó y se alejó de Will. Él podía soportarlo, él podía ser paciente.
— ¿Y la esposa? — las venas en sus brazos palpitaban, pero se mostró impasible.
— Un buen estofado con especias, es atlética será dura de cortar — Hannibal recogió el plato de Will y lo tiró al fregadero.
— Tuve una visión con Mischa, fue involuntaria, lo siento — Will se pasó la mano por el rostro, abatido.
— Lo sé.
— ¿No estás molesto? — Will levantó el rostro y miró con asombro aquella curva en su boca.
— Cómo podría molestarme contigo, Will. Aún no dimensionas el poder que tienes sobre mi — Hannibal no lo soportó más y colocó una mano en la curvatura de su cuello para luego pasarla por las incontables ondulaciones de su cabello.
— ¿Mataremos a los López? — preguntó inocente, sonriéndole. Hannibal pensó en lo hermoso que se vería aquella sonrisa retratada en un dibujo, Will era su mayor obra de arte, la única que su mente aceptaba.
— No sientes curiosidad por lo que podría suceder — podría sacarle la chaqueta, romper los botones de su camisa y morder con sus dientes su blanca piel hasta verla sangrar.
— Harían mucho ruido, doctor Lecter ¿Qué haríamos al respecto? — aquello era una provocación, una dulce y oscura invitación a jugar. Ambos eran cazadores, sólo faltaba el cordero.
— Cada vez que la adrenalina recorre mi cuerpo, escucho el sonido de un clavicordio, suave al principio y brutal al final — podría tomar su cintura y estamparlo en el estante de la cocina, tomar un cuchillo y abrirle las piernas, cortar un mechón de su cabello y guardarlo con posesión.
— Tocaría para mí, doctor — Will se movió y dirigió su vista al pequeño clavicordio posado en una esquina del gran salón.
— Podría tocar más cosas para ti, Will — se sentó con audacia en el taburete y esperó a Will hasta que se sentó a su lado, y comenzó jugando con las teclas.
Las mismas teclas que se repetían constantemente en su mente cuando visitaron a los López, y en sus manos sostenía una tarta de frutillas con borgoña. Dulces al principio, un cálido saludo al señor y una mirada seductora a la señora. Subiendo de tono al desarrollo, los cuatro comían con esmero saboreando la pésima comida que el señor López vanagloriaba, cálidas palabras, posibles empleos pues la familia era influyente en aquella ciudad de la Pampa Argentina. Brutal al final… Ronca y despiadada, ambos se despidieron, pero antes de salir rompieron la puerta, la misma por la que entraron y saquearon la habitación de la consumada pareja para posteriormente descuartizarla.
Hannibal tenía razón, el señor López fue difícil de matar.
Con las manos y cuerpo ensangrentados junto con trozos de carne en la ropa. Hannibal y Will se miraron, sonriéndole a la luna que se colaba por la ventana de la habitación de los López.
— Salvarse a uno mismo…
— Y matarlos a todos — Will terminó con una sonrisa.
No hubo explicaciones, ni siquiera razones, por parte de Hannibal Lecter, sólo lo hizo, exprimiendo su deseo de cinco años contenido. Besaba los finos labios de Will con lujuria, ni demasiado brusco, ni tampoco demasiado suave, siguiendo una danza digna de un recital, explorando su cuerpo con sangre seca, escuchando sus gemidos de placer y sorprendiéndose al escuchar los suyos propios.
Era la escena del crimen perfecta. Solo tenía que desenvainar el cuchillo que traía en el bolsillo del pantalón y enterrarlo en el pecho agitado de su amado, sería una agonía corta pero no menos excitante.
Todo eso se esfumó de su mente al sentir las temblorosas manos de Will en su espalda, aferrándose a su camisa tal cual náufrago cuando ve tierra, sediento hasta los huesos cuando su lengua se encuentra con la de Hannibal, peleando en la guerra incansable de dos almas insaciables. Will sube sus manos cubiertas de sangre hasta el cuello de Hannibal manchando su piel aceitunada con el carmesí más pasional, perdiéndose en las hebras de su ya canoso cabello.
Tal vez no hoy pero si mañana, querido Will.
