Work Text:
Una delgada figura va y viene entre percheros, maniquíes, turistas y miembros del cuerpo técnico, moviéndose con gracia y agilidad mientras recoge prendas y mira precios, sin inmutarse de un par de ojos oscuros que siguen cada uno de sus movimientos con muchísima atención. Se maneja con tanta simpleza que es casi envidiable, teniendo en cuenta quién es y en dónde se encuentra.
Todo en Pablo es así, simple y relajado. Desde su forma de vestirse hasta la manera en la que se comporta en momentos como este, actuando cual turista del montón como si no tuviera a, por lo menos, treinta chinos con cámaras y celulares pegados a los vidrios del local para tener una foto suya.
Lionel entrecierra los ojos sin quitarle la vista de encima, como si solo observar los movimientos del cordobés sirviera para aclarar los pensamientos que lo traen malhumorado hace más de una semana.
“Ni estoy saliendo con nadie”.
Aquellas cinco palabras utilizadas por el riocuartense en un posteo a principio de mes vuelven a resurgir en su mente, haciendo que apriete los labios en una fina línea sin darse cuenta.
Grande había sido su sorpresa cuando abrió la notificación en su celular -porque claro que tenía las notificaciones de Pablo activadas- y se encontró con aquel testamento. Grande fue también su sorpresa cuando, tras un intercambio de mensajes rápidos con Walter, pudo obtener el contexto detrás de todo.
Pero más grande fue el nudo en su estómago al releer aquel texto, ahora bien informado, y recaer en esa oración.
Ni estoy saliendo con nadie.
No le movía un pelo el hecho de que Pablo fuera vinculado a una mujer cualquiera. Era, dentro de todo, la clase de noticia amarillista que se podía esperar de los medios cuando se trataba de una figura como él. Lo que le hacía ruido era la aclaración completamente innecesaria sobre su supuesta soltería.
Porque Pablo no estaba soltero.
Y Lionel no era boludo. Sabía que el cordobés es y fue toda su vida alguien codiciado, querido y deseado por muchos, tanto hombres como mujeres. Su belleza era llamativa ya en su juventud y con los años solo se había puesto aún mejor. La noticia de que se encontraba sin pareja seguramente había puesto a más de un interesado al acecho.
—Eh… ¿Señor Scaloni?
La voz de su traductor lo sobresalta y se voltea a mirarlo, interrumpiendo el curso de sus pensamientos. El muchacho sostiene una campera deportiva entre sus manos y lo mira confundido, como si hubiera estado un buen rato tratando de captar su atención.
—¿Sí?
—Le decía, me informaron que no les queda de esta campera en talle «L». Le pueden ofrecer en «M» o «XL».
Mira la prenda un instante antes de volver a mirar hacia donde Aimar se encontraba hasta hace unos segundos, pero no hay ni rastro de él. De alguna manera Pablo siempre logra escabullirse cuando tiene la guardia baja, casi como si supiera cuando Lionel está prestando particular atención a sus movimientos. Scaloni tuerce la boca hacia un lado y respira hondo antes de volver a hablar, asegurándose de no sonar muy seco.
—No, está bien. Uno es muy chico y el otro es demasiado. Deciles que gracias igual.
—Gringo —el Ratón se materializa al lado suyo, casi como por arte de magia, antes de que tenga tiempo de retomar su tarea de ver dónde carajo se metió el objeto de todos sus pensamientos. —Pablo te busca en los probadores. Te pidió a vos específicamente.
Bingo.
Asiente levemente y camina hacia el fondo del local; de los seis probadores, sólo uno parece estar ocupado, con la larga cortina negra tapando por completo su entrada, y se mete en el cubículo con rapidez.
Se cruza de brazos y recarga su espalda contra la pared, dejando caer su mochila en el piso. Pablo le está dando la espalda mientras se examina en el espejo, girándose levemente sobre su propio eje para chequear el calce de la ropa en las distintas partes de su cuerpo.
—¿Qué opinás? —consulta mientras se voltea para mirarlo de frente.
Los ojos oscuros del mayor lo recorren de pies a cabeza. Tiene puesto un conjunto negro que le queda pintado: la remera se ajusta a su torso y le marca los pectorales a la perfección, como todas las remeras que usa, y hace resaltar la piel pálida de sus brazos así como las venas marcadas en estos. El pantalón también hace lo suyo, asentándose en la curva de su cadera y contorneando sus muslos de manera exquisita.
—Me gusta, te queda bien.
—Sí, a mí también me gusta —dice satisfecho el de rulos. Amaga con empezar a cambiarse nuevamente pero sus manos se detienen a medio camino cuando nota que Scaloni sigue firme en su lugar. —¿Te vas a quedar ahí?
—¿Te molesto?
—No, obvio que no —contesta en voz baja, cohibido por la tosquedad en el tono de su acompañante. Se saca la camisa y se apura en volver a ponerse su vieja y confiable chomba de la AFA antes de hablar —¿Pasa algo? Andás medio raro.
Titubea un poco antes de decir cualquier cosa. No es el momento ni el lugar, pero, ¿qué más da? No puede seguir martillándose la cabeza y esperar a estar de vuelta en Buenos Aires, y era Pablo quien le estaba dando pie para plantear su malestar.
—¿Es por la cantidad de gente que hay afuera? Ya sé que te pone nervioso, pero-
—¿Por qué dijiste que estás soltero?
El castaño parpadea confundido, tanto por la interrupción como por la pregunta, y lo mira con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—Lo que subiste a instagram, Pablo.
El susodicho desvía la mirada hacia un costado, tratando de ordenar sus pensamientos y hurgar en su memoria para entender qué es lo que se supone que hizo, hasta que lo recuerda.
—Ah, ¿eso? —el otro no responde, todavía de brazos cruzados y con expresión dura —Hasta donde todos saben, yo estoy soltero.
—Hasta donde yo sé, no.
—¿Y qué esperabas que dijera? ¿Que no me asocien con ninguna mina porque salgo con el director técnico?
—Con poner “no estoy con esa trola” era suficiente.
Aimar frunce el ceño profundamente y lo mira por unos segundos antes de dejar salir una sonora carcajada que retumba en el pequeño espacio. Se acerca a él y las manos de Scaloni lo toman por la cintura como un acto reflejo.
—¿Te pusiste celoso por eso? —murmura mirándolo con ternura.
La pregunta se repite en el interior de Lionel como un eco.
¿Se puso celoso?
Nunca había sido ese tipo de persona en ninguna de sus relaciones anteriores, ni siquiera con su ex esposa. No era la clase de novio que montaba escenitas cuando su pareja se mostraba demasiado cercana a otro hombre. Le parecía ridículo hacerlo, y le había dado muchísima vergüenza ajena en las contadas ocasiones que sus novias se lo hicieron a él.
Pero entonces llegó Pablo.
Ese hombre despertaba dentro suyo algo que ninguna de sus parejas anteriores había logrado despertar. Todo aquel que conocía a Pablo quería algo de él; la gente lo veía y se preguntaba qué se sentiría tenerlo, tocarlo y amarlo. Incluso si no fuera famoso, Aimar era el tipo de persona que uno se voltea a mirar si se lo cruza por la calle, incapaz de ignorar una belleza tan cautivante.
¿Eso lo ponía celoso?
No le gustaba que los demás se murieran por estar con Pablo. Quería que supieran que era suyo, y que planeaba que se mantuviera así por mucho tiempo. Lionel era el único favorito de Dios que podía saber cómo se sentían aquellos labios sobre los propios, aquel cuerpo contra el suyo y la sensación de enredarle los rulos entre sus dedos.
Ante su silencio, el cordobés prosigue. —Lo puse así para que se dejaran de romper los huevos, Lio. Por las dudas que me inventen otra pareja a futuro.
—Mhm —murmura cuando siente sus manos acunándole el rostro, pero para la bestia posesiva gestándose en su interior no es suficiente. Necesita una última confirmación fehaciente. —¿O lo pusiste para que lo vea Román?
Pablo agacha la cabeza y se muerde el labio inferior con fuerza para contener una sonrisa. Esta faceta de Lionel celándolo era nueva para él y, contra todo pronóstico, le gustaba. Y mucho.
—Sabés que no, corazón —susurra contra su boca, y se aleja apenas un poco para poder mirarlo a los ojos. —Al único que quiero es a vos.
Cierra la distancia uniendo sus labios en un vaivén lento, sonriendo complacido cuando Lionel deja salir un quejido que suena a alivio. Lo que empieza como un beso tranquilo aumenta rápidamente su intensidad cuando el mayor tironea de su labio inferior con los dientes, arrancándole un jadeo y aprovechando para invadir su cavidad bucal con su lengua.
Vuelve a jadear, esta vez más fuerte, cuando las grandes manos migran hasta su culo y lo aprietan con fuerza, haciendo que sus caderas choquen entre sí.
—Acá no, Lionel —dice como puede, casi como una súplica, con la respiración agitada y la boca del contrario aún sobre la suya. Su cuerpo traiciona a sus palabras, moviendo la cadera instintivamente en busca de más contacto.
—Acá sí —gruñe en respuesta. Con movimientos rápidos, lo arrincona contra la pared y afianza el agarre en sus glúteos, levantándolo hasta que sus pelvis quedan a la misma altura y, una vez que Pablo lo envuelve con sus piernas, comienza a frotarse contra él. Los pantalones deportivos de ambos no hacen mucho por ocultar sus crecientes erecciones y la fricción se siente exquisita, arrancándoles suspiros por lo bajo.
El riocuartense engancha los brazos detrás de su nuca y comienza a menear sus caderas también, siguiéndole el ritmo mientras atrae su boca en un beso hambriento. De sus labios escapan gemidos bajos y avergonzados que Lionel devora con gusto, complacido por las sensaciones que puede generar en Pablo con solo su toque.
Se separa repentinamente y lo deja en el piso, haciendo que el más bajito deje salir un quejido lastimero por la repentina falta de contacto, que no dura mucho porque enseguida desciende por su torso, dejando besos a su paso hasta quedar arrodillado ante él. Sus ojos oscuros y cargados de lascivia se encuentran con aquellos desesperados orbes caramelo mientras juguetea con el elástico de sus pantalones.
—Sacalos —ruega el castaño con voz temblorosa.
—¿No era que acá no, mi vida? —devuelve con tono burlón, pero obedece de todas maneras porque, al fin y al cabo, él está igual de impaciente. Baja el pantalón y los bóxers de un solo tirón, lento pero sin pausa, y deja un beso húmedo en la erizada piel de sus muslos, peligrosamente cerca de su entrepierna. La acción hace que el cordobés resople y lo tome del pelo con fuerza, obligándolo a mirarlo nuevamente. Los ojos de su pareja están cargados de ansiedad, de un pedido silencioso que Lionel comprende, pero sus planes son otros. —Hoy no, lindo. Date vuelta.
Suspira temblorosamente mientras acata la orden, girando para posarse de cara a la pared. Hay algo ligeramente diferente en esta ocasión, algo que hace que su cuerpo se sienta flojo como una hoja de papel y tiemble de pura anticipación. El calor abrumador que lo recorre de pies a cabeza y culmina en su entrepierna se siente particular, casi distinto, logrando que empiece a gotear líquido preseminal siendo que aún no habían hecho absolutamente nada.
Unas grandes manos le aprietan los glúteos con fuerza, estrujando y masajeando la piel mientras deja besos y mordidas que más tarde serán marcas violáceas. Cualquier pensamiento que pudiera llegar a formular se evapora en el instante en que siente una intromisión húmeda entre sus cachetes, que hace que sus brazos temblequeen y un gemido le desgarre la garganta sin oportunidad de contenerlo.
—La puta madre, Lionel —jadea. El contacto mojado y caliente lo hace delirar. La lengua de Lionel se mueve lenta y tortuosamente, recorriendo los bordes de su agujero en movimientos repetitivos pero sin ir más allá, y arquea su espalda rogando por más.
El atrevimiento hace que reciba un fuerte azote en la nalga derecha y apoye la frente en la pared mientras se muerde el brazo con fuerza, tratando de ahogar los gemidos que salen sin control de su boca.
—Quieto —ordena el DT con una voz grave que deja entrever que está tan excitado como él.
Lo toma con fuerza y, separando sus nalgas, entierra su cabeza entre ellas. Al mismo tiempo, los dientes de Aimar se hunden con más fuerza en su propia piel ante el temblor que lo recorre de pies a cabeza. La lengua en su parte trasera hace maravillas, penetrando su agujero y dando lengüetazos a sus bordes cuando se encuentra fuera. Lo devora con vehemencia, como si su cuerpo fuera un oasis en el desierto y él llevara días sin beber nada.
Cuando Lionel considera que es suficiente, aventura un dedo hacia su entrada. Las paredes internas del menor se aprietan a su alrededor cuando lo empuja lentamente dentro suyo y empieza a moverlo, agregando un segundo dedo no mucho después.
Lo penetra una y otra vez, sacando sus dígitos y volviéndolos a meter, abriéndolos en forma de tijera mientras busca el punto exacto para hacerlo delirar. Sabe que lo encuentra cuando el cuerpo del cordobés se sacude violentamente y deja salir un gemido particularmente agudo mientras tira sus caderas hacia atrás.
Nuevamente la acción es respondida con una fuerte nalgada. —Mirá cómo te ponés solamente con mis dedos, mi amor. Sos una putita.
Pablo cierra los ojos con fuerza y frunce el ceño, abrumado de placer y despojado de la capacidad suficiente para comprender más de dos palabras juntas. Sin embargo, sí que entiende el apodo condescendiente, el cual no hace más que contribuir al calor que empieza a alojarse en su vientre, empujándolo más cerca del clímax.
Él será todo lo que Lionel quiera que sea, donde y cuando lo quiera.
Mientras los largos dedos siguen impactando en su punto dulce con movimientos expertos, el riocuartense baja su propia mano para empezar a masturbarse con movimientos temblorosos, masajeando su pija completamente dura y rogando por descargarse.
Ya es incapaz de contener los ruidos que salen de su boca. Se convirtió en un desastre de gemidos, suspiros y puteadas, orquesta de sonidos que son como música para los oídos del santafesino y lo instan a llevarlo al límite. Alza su mano libre y toma el miembro de su novio, encargándose de éste. Quita la mano de Pablo que ya se encontraba atendiéndose a sí mismo y comienza a acariciarlo él en su lugar, siguiendo un vaivén delicado que contrasta con la velocidad que habían tomado las penetraciones de sus dedos.
El más bajito siente sus ojos llenarse de lágrimas cuando las sensaciones se vuelven imposibles de soportar. Flotando ido en una nebulosa de placer, lo único coherente que puede pensar es que le ruega a todos los dioses para que la música reproduciéndose en los parlantes del local esté a un nivel lo suficientemente alto como para encubrir el desastre en el que se había convertido ese probador. Sus propios gemidos y los gruñidos bajos que Lionel deja salir, combinados con los sonidos obscenos provenientes de los movimientos de sus manos, retumban en el pequeño espacio y lo vuelven loco, elevándolo cada vez más cerca de su punto culminante.
Quizás acababa de descubrir un morbo nuevo en él. Quizás lo que le calentaba tanto era el riesgo a ser descubierto, pero eso es sólo una parte de la ecuación.
Es el lugar, es el contexto. Pero, sobre todo, es la persona. Todos los factores juntos son los que hacen de esa una situación particular y contribuyen a su excitación.
Es el hecho de Lionel celándolo. Lionel no pudiendo contenerse de tomarlo ahí mismo, en un lugar público, sin importarle que alguien pudiera verlos, escucharlos, grabarlos. Lionel dominándolo, siendo posesivo y mandón. Lionel, Lionel, Lionel.
Su nombre es lo último que se repite en su mente antes de que el orgasmo lo golpee con toda su intensidad, nublándole los sentidos y haciendo que las piernas le flaqueen. En ese mismo instante se escucha un ruido cercano que él ni siquiera registra, pero Lionel reacciona rápido y se apura en ponerse de pie y atraerlo hacia su torso, abrazándolo por la cintura mientras le tapa la boca con la mano.
El de rulos suelta un quejido confundido contra su palma, todavía surfeando la ola del clímax y temblando contra su cuerpo.
—Shhhh —le murmura al oído, —te tengo, Pablo.
En el probador contiguo se escuchan algunos sonidos de perchas, pasos y voces hablando en chino mientras Lionel lo sostiene firmemente para que se mantenga sin hacer ruido. Al cabo de unos minutos, aquellas personas parecen alejarse y se permite soltar el aire retenido en los pulmones mientras retira la mano de su boca, pero mantiene el agarre en su cintura.
Pablo gira sobre su propio eje para poder estar frente a frente y abrazarlo. Se estira un poco y deja un beso en su mejilla, otro en la línea de su mandíbula y después se entierra en su cuello alternando entre besos y pequeñas mordidas por sobre el cuello de la chomba azul característica del cuerpo técnico. Lionel sigue completamente vestido, pero la fina tela de sus pantalones no disimula para nada su erección, que choca obscenamente contra las caderas desnudas de Pablo. Este último toma el elástico de sus prendas inferiores y tira hacia abajo para luego dejarlas caer, quedando ambos en igualdad de condiciones de la cadera para abajo.
—Mmm, ¿te quedaste con ganas de más? —murmura mientras hunde los dedos en su cintura. —¿No te alcanzó con que te dedeara hasta hacerte acabar, putita?
El apodo nuevamente logra hacerlo calentar, sintiendo como su miembro vuelve a endurecerse de a poco.
Levanta la cabeza y lo mira a los ojos.
—Con vos siempre quiero más. Besame.
Y Lionel lo hace. Le come la boca en un beso lento, sensual y muy húmedo, invadiéndolo con su lengua y recorriendo con ésta cada centímetro de su cavidad bucal. Una de las manos de Pablo desciende y lo toma por su eje, caliente, pesado y grande, haciendo que ambos suspiren en la boca del otro, y el azabache tiembla levemente cuando lo siente subir y bajar, embadurnándolo con el líquido preseminal de su glande.
Retoman la posición inicial: Aimar encima suyo, rodeándolo con sus piernas mientras Scaloni lo sostiene contra la pared del vestidor.
Se siguen besando mientras las manos de Pablo se cuelan por debajo de su chomba, manoseando sus pectorales sin pudor alguno. Entonces Lionel mueve sus caderas de manera experimental, simulando una estocada, haciendo que su miembro resbale entre las nalgas de su novio y ambos jadeen con fuerza.
Repite el movimiento y roza la entrada ajena con la punta, buscando torturarlo.
—Lionel —pide entre quejidos.
—¿Qué querés, Pablo? —pregunta con sorna, moviendo sus caderas una y otra vez. El menor lo mira con ojitos suplicantes, sus pupilas dando la impresión de dilatarse un poco más cada vez que toca su agujero sin penetrarlo. —Decime
—A vos, Lio, por favor.
Y eso es suficiente para que se apiade de él. Alinea su pija y entra despacio, pero sin pausa. Las manos de Pablo suben hacia sus hombros para sostenerse mejor y siente sus uñas hundirse con fuerza en su piel una vez que se encuentra completamente dentro suyo. Las paredes internas se contraen a su alrededor de manera exquisita a causa de su reciente orgasmo, y Lionel tiene que usar toda su fuerza de voluntad para no acabar en ese mismo momento.
Comienza a moverse despacio, tratando de alargar las sensaciones el mayor tiempo posible porque sabe que ninguno de los dos va a durar mucho. Pablo se retuerce encima suyo y lo besa descuidadamente, sus dientes chocando mientras hunde sus dedos en los pelos de su nuca, acercándolo más si es que eso es posible.
—Decime que soy tu putita, amor, dale.
El pujatense se muerde el labio con fuerza, sintiendo un conocido calor empezar a formarse en su vientre bajo.
—Sí que lo sos. —concede mientras le da chirlos en la cola, —Sos mi putita, Pablo. Solo mía.
—Solo tuya, Lio.
El ángulo varía levemente en una de las embestidas y el de rulos echa la cabeza hacia atrás, apoyándose contra la pared detrás suyo y dejando salir un gemido gutural cuando siente el impacto contra su próstata. Lionel se reacomoda un poco y vuelve a entrar, golpeando una y otra vez ese punto en su interior que lo hace perder la cabeza.
—¿Te gusta así, bonito? ¿Mhm?
—¡A-ah, sí! ¡Más, más fuerte!
El mayor se acerca a dejar besos y pequeñas mordidas en la línea de su mandíbula, por sobre los vellos rojizos de su barba incipiente. Un par de estocadas más bastan para que el cordobés cierre sus ojos con fuerza y alcance un orgasmo todavía más intenso que el anterior, sin siquiera haber estimulado su miembro esta vez. Se sacude en espasmos violentos y sus extremidades pierden fuerza, sintiéndose muy flojo. Hasta parece perder la capacidad para usar sus cuerdas vocales cuando su boca se abre en un gemido silencioso.
E incluso así, no es suficiente. Necesita el orgasmo de Lionel todavía más de lo que necesitó el suyo propio. Las entrañas le arden por el deseo de satisfacerlo, de sentirse lleno de él. Porque, al fin y al cabo, Lionel tiene razón. Es una puta por él.
Scaloni tensa la mandíbula y gruñe cuando las paredes internas de su pareja se contraen a causa del orgasmo, envolviendo su pija de manera deliciosa. Aumenta la velocidad de sus estocadas y las mismas se vuelven erráticas mientras busca su propia liberación.
Cuando alza la mirada, cree estar seguro de que ascendió a otro plano y se encuentra en el cielo. Pablo tiene los labios hinchados de tanto morderlos, las mejillas sonrojadas y algún que otro rulo pegado a su frente empapada de transpiración. De sus ojos caen lágrimas de sobreestimulación y su cuerpo tiembla ligeramente mientras Lionel sigue tocando su próstata con movimientos certeros. Entra y sale una, dos, tres veces más antes de soltar un último jadeo y acabar dentro suyo, llenándolo con su esencia. Se mueve un par de veces más, despacio, tratando de alargar las sensaciones del orgasmo.
Pablo se queja en voz baja cuando lo deja en el piso, sintiendo un tirón en su cadera, pero se deja mimar cuando el contrario lo alcanza con besos perezosos por todo su rostro.
—Espero que no hayamos hecho mucho ruido —dice el más alto contra la piel de su mejilla.
—Hicimos muchísimo ruido, Lionel. Dios. —se esconde en su cuello y lo siente vibrar cuando el DT ríe con ganas. —¿Con qué cara vamos a salir de acá ahora?
Scaloni vuelve a reír mientras se aleja para alcanzar su mochila que había quedado tirada junto a la puerta. Saca un paquetito de pañuelos descartables y se encarga de limpiarlos, a ambos y a la pared, lo mejor que puede. Cuando ambos ya están vestidos, Pablo lo atrae en un abrazo y le da un pico.
—Te amo.
—Yo también, bonito. No sabés cuánto.
