Chapter Text
Teniendo en cuenta que la Biblia es un libro escrito por humanos, es natural que hable del “principio” para referirse al día en el que Dios creó el planeta que ellos llaman hogar. Sin embargo, no es correcto. No del todo.
Muchísimo antes de Adán y Eva, de los animales y de la Tierra misma, en el verdadero principio estaban los ángeles. Para cuando Dios puso todo su empeño en su creación más relevante, aquella esfera con agua y tierra y donde la vida es efímera y complicada, ellos ya llevaban tanto tiempo dando vueltas que era imposible de cuantificar, porque ya vagaban por los recovecos del Cielo mucho antes de que los conceptos de horas, días, meses o años existieran como tales.
Pero ahora, de vuelta en el principio– el que los hombres considerarían como el principio, un ángel y un demonio se encontraban parados a las afueras del Edén, observando el movimiento de dos figuras que de a ratos parecían desaparecer entre los árboles.
—Perdón —se disculpó el ángel, que se llamaba Lionel —¿Qué decías?
—Decía que todo esto me parece muy exagerado. Todo el asunto del pecado. No veo qué tiene de malo conocer la diferencia entre el bien y el mal.
Lionel no contestó enseguida. Con el ceño fruncido y la preocupación reflejada en su mirada, veía atentamente al hombre y la mujer recientemente expulsados del Jardín, que ahora caminaban con sus cuerpos tapados apenas por un par de hojas en sus zonas íntimas. Daban la impresión de estar pasando frío y sus pies se lastimaban cada tantos pasos con los pinchecitos del pasto.
Le era imposible no sentir lástima por ellos.
—Algo malo tiene que tener —murmuró al fin, como si estuviera tratando de convencerse a sí mismo.
—Bueno, pero también, ¿qué esperaban? —continuó el demonio, que se llamaba Pablo —poner el Árbol en el medio del Jardín y decir “no lo toquen” tampoco es muy sutil. Lo hubiera puesto en un lugar más aislado, menos accesible, ¿no? Entiendo de dónde viene la tentación.
—Cuestionar la voluntad y los métodos del Supremo no es algo que nos incumba.
—No es algo que te incumba a vos —corrigió el castaño, una sonrisa maquiavélica empezando a formarse en su rostro —ahora mismo es todo lo que me incumbe a mí.
Sobre ellos empezaban a formarse nubes negras, que advertían sobre la primer tormenta en un mundo todavía nuevo. Las primeras gotas no tardaron en caer, gruesas y frías, haciendo que Pablo baje la mirada hacia su túnica negra y la mire con odio, como si eso fuera suficiente para hacer desaparecer aquellas manchas en la tela.
El malestar no dura mucho. Escucha un ruido parecido al que hacen las sábanas al desplegarse, y de repente la lluvia ya no lo moja.
Cuando mira hacia arriba, ve un blanco impoluto.
Lionel había desplegado el ala izquierda encima suyo, formando una especie de techito. El demonio se acerca hasta quedar codo con codo, buscando taparse lo más posible, y lo mira: un puchero se forma en sus labios y todavía tiene la vista fija en la lejanía, ahí donde Adán y Eva ahora se refugiaban abrazados debajo de un árbol.
—Van a estar bien.
—Mhm —contesta el ángel —eso espero. Realmente lo espero.
—Siempre podrías intentar ayudarlos, ¿o no? —dice fingiendo inocencia.
Lionel finalmente lo mira, con expresión seria pero incapaz de adoptar un tono que denote fastidio.
—Ni se te ocurra tratar de tentarme.
Pablo le da un leve codazo antes de desviar la vista al frente, y la diversión en su voz es más que evidente cuando dice:
—Yo solamente hago mi trabajo.
