Chapter Text
Más allá de lo que muchos pudieran creer sobre él, Agustín era una persona sumamente prudente. Y, quizás porque odiaba sentirse enfermo y/o adolorido, era especialmente cuidadoso con su salud e integridad física. Por ejemplo, cuando se subía a un coche nunca se olvidaba de ponerse el cinturón de seguridad. Más de una vez había discutido con algún taxista o conductor de Uber por no tener las medidas de seguridad adecuadas.
Por eso, cuando el colectivo de la línea 4 se llevó por delante el coche en el que viajaba y él no llevaba el cinturón puesto, su madre culpó al destino y su padre al estrés.
—Es algo que tenía que pasar —Mariel alegó.
Martín negó enfáticamente.
—No, Mari. Agustín siempre fue muy cuidadoso con su seguridad. Pero ese día andaba con tantas cosas en la cabeza que ni se acordó de ponerse el cinturón. Lo vi subir al auto discutiendo por teléfono —explicó el hombre.
Mariel le acarició el hombro. De los dos, ella era quien siempre contenía al otro. A toda la familia, en realidad. Martín era, quizás, excesivamente sensible e irascible.
—No te hagas mala sangre, Mar. El nene ya está recuperándose —le dijo.
—¿En serio se está recuperando? —Coti preguntó.
Mariel la miró con ternura. La chiquita temblaba.
Ella, Camila y Juliana habían insistido tanto en ver a Agustín, que la mujer se tomó el trabajo de convencer a su marido para que las dejara acercarse. Martín estaba empecinado en mantener alejado de su hijo a todo aquello que estuviera relacionado con Gran Hermano, la televisión y los medios en general. Pero después de una larga conversación Mariel logró hacerle entender que las chicas eran amigas de Agustín, y que no era justo tenerlas en vilo sólo por el lugar en el que lo habían conocido.
—Sí, está un poquito mejor —le aseguró—. Se despertó hace unos días y, de a poquito, va recuperándose. Es fuerte mi bebé —añadió con una sonrisa afable.
—Ay, gracias a Dios, Mariel —Juliana se le acercó y la abrazó—. No sabés las cosas que hemos leído y escuchado —añadió, acongojada.
Mariel sabía. Aunque lo había intentado, era imposible aislarse de las noticias y especulaciones que llegaban desde todos lados. El choque múltiple en plena Panamericana, no sólo había llevado a terapia intensiva a su hijo, sino que había provocado la muerte de dos adultos y un adolescente. Pero aparentemente lo único que le importaba a los medios era saber qué tan grave estaba el polémico participante de la anteúltima edición de Gran Hermano, qué tan terribles serían sus secuelas, cuán comprometida estaba su vida.
—Todo lo que dijeron… —Camila intentó preguntar. Necesitaba saber, pero el “coma irreversible”, la “muerte cerebral”, la “parálisis completa” se le anudaron en la garganta y no le permitieron hablar.
—Son exageraciones —la tranquilizó Martín—. Le quedaron unas pequeñas secuelas en la parte motriz, pero nada grave, gracias a Dios —añadió.
—Tiene la mano derecha comprometida —Mariel asintió—. Pero los médicos dicen que, si es constante con la terapia, va a recuperar completamente la movilidad y el control.
—El problema —Martín acotó—, es que Agustín no es constante con nada y pierde la paciencia muy fácil.
Las chicas se rieron.
—¡Ay, cómo va a renegar ese enano! —Juliana exclamó—. Pero quédense tranquilos, que no los vamos a dejar solos con el gordo. Nos vamos a turnar para cumplirle los caprichos y asegurarnos que haga la terapia como se debe —decretó.
Mariel la miró con agradecimiento y Martín, por primera vez desde que habían llegado, les dedicó una pequeña sonrisa. Pero no duró mucho: a veces su mujer no sabía cuándo dejar de ser generosa y empática con quienes, en su opinión, no lo merecían.
—¿Estás bien, querido? —Mariel le preguntó a Marcos.
El salteño había acompañado a las chicas, pero había permanecido en silencio. Un silencio repleto de evidentes nervios y angustia que ella, como madre, no podía ignorar (por mucho que a su esposo le molestara).
—Eh… la verdad que no sé —Marcos respondió.
Joaquín, el hijo menor de los Guardis, que hasta el momento había permanecido con la nariz hundida en su celular, levantó la vista hacia el salteño y exhaló una risa.
—Literalmente yo —dijo.
Mariel lo mandó a callar y enfocó la atención en Marcos otra vez.
—¿Necesitás algo? ¿Querés agua?
El último ganador de Gran Hermano entreabrió los labios resecos, boqueó un par de veces y negó con la cabeza.
—Yo necesito… necesito verlo, si puede ser —finalmente logró decir.
Mariel buscó su mirada. Era extraño verlo allí de pie. No lo había conocido en persona antes y hacía tanto tiempo que su hijo no hablaba de él que, de no ser por los programas de chimentos y las gigantografías en los shoppings, ella ya lo habría olvidado por completo.
—Dejalo que pase, ma. Al Agus le va a gustar verlo —Joaquín acotó, desde su pequeño acampe en el pasillo de la clínica.
—Joaquín, ¿qué te dije de meterte en las conversaciones de los grandes? —Martín inmediatamente lo amonestó.
El adolescente murmuró un inaudible pedido de disculpas y volvió la atención a su celular.
—Dudo que vayan a encontrarlo despierto, pero pueden pasar un ratito —Mariel concedió, ignorando el hecho evidente de que su marido no estaría para nada de acuerdo. Sabía que Martín estaba tratando de cuidar de su hijo, pero ella lo conocía mejor y sabía que le haría bien ver a sus amigos, por más distanciado que estuviera con algunos de ellos. Ayer nomás se había alegrado muchísimo cuando Santiago -con quien hacía tiempo no tenía diálogo- se acercó a la clínica para verlo—. Vayan de a dos. Está en la habitación 21 —les dijo. No le pasó desapercibida la manera en que el rostro del salteño se desfiguró ligeramente, pero quizás tenía que ver con la manera en que Coti lo estaba tironeando del brazo.
—A mí no me parece que vos entres —la correntina sentenció, cuando finalmente logró apartarlo unos metros de la familia Guardis—. Por ahí a Agus no le hace bien verte. Él la pasó muy mal cuando vos te borraste.
Marcos se soltó de su agarre y la miró hacia abajo, impávido.
—Yo no me borré, nos distanciamo’. Pero-
—Vos ni siquiera tendrías que estar acá —Coti lo interrumpió sin atender a ninguna de sus razones—. ¿A qué viniste? Hace un montón que ustedes ya ni siquiera hablan. Si querías que los medios comentaran acerca de lo bueno que so’, hubiera’ abierto otro comedor o hecho una de tus donaciones anónimas de las que todo’ nos terminamo’ enterando.
—Constanza —Juliana le llamó la atención como una madre que encuentra a su hija ensuciándose en el barro. —Dejalo a Marquito’ tranquilo y vení conmigo —ordenó. Luego, suavizando la voz, se dirigió al salteño—. Después vas vos con Cami, ¿sabés, gordo?
Marcos asintió.
—Gracia’ Tini —fue lo único que contestó. Cuando las chicas se fueron, se dejó caer en una de las sillas del pasillo y miró de reojo a los padres de Agustín que, a unos pocos metros de distancia, parecían estar discutiendo. Sabía que Martín ni siquiera había autorizado su presencia allí, pero Mariel de todos modos lo había dejado entrar. No quería ser un motivo de discordia entre los dos, pero realmente necesitaba estar un ratito con Agustín. Aunque sea verlo.
—No le hagas caso a Coti, es medio tarada y tiene cola de paja.
Marcos dio un saltito en su lugar, se había olvidado de la presencia de Joaquín.
—¿Por qué lo deci’? —le preguntó.
—Y porque ella tampoco es la mejor amiga del mundo. Es puro cartel.
—¿Sí?
—Seh —Joaquín aseguró—. Pero mi hermano la quiere, y a vos también.
Marcos le dedicó una pequeña sonrisa triste.
—¿Todavía? —inquirió.
—Sí, es medio boludo con esas cosas. Seguro se pone contento de verte —le contestó.
Marcos lo observó en silencio. Después sonrió.
—So’ terrible vo’. El Agu’ tenía razón.
Joaquín le devolvió el gesto.
—También tenía razón sobre vos —le dijo.
—¿Con qué cosa? —Marcos preguntó.
Joaco se encogió de hombros.
—Con que sos re buenito.
Marcos pestañeó seguido, tratando de alejar las lágrimas repentinas e inesperadas que le nublaron la vista.
—¿Dijo eso?
—Todo el tiempo lo dice.
Marcos hubiera querido preguntar más, pero tuvo que abandonar la charla cuando Camila se le acercó para avisarle que tenían que prepararse para entrar.
Ni bien Coti abandonó la habitación, se echó a llorar.
Marcos un poco sintió que el corazón se le caía al suelo. ¿Qué había visto allí dentro para ponerse así?
—¿Qué pasó? ¿Está muy mal? —Camila preguntó, igual de alarmada.
—No, no. Está despierto y bastante bien, considerando lo que pasó —Juliana aclaró—. Está un poco confundido nomás —añadió, torciendo los labios—. Nos preguntó por Cone y Maxi. Se ve que tiene los recuerdos un poco mezclados —explicó, frotando el brazo de la correntina.
—Se me vinieron a la memoria todos los momentos que pasamos todos juntos y me dio mucha pena —Coti sollozó.
—Se sensibilizó mucho. No es sencillo entrar ahí —Juliana quiso justificarla.
Marcos contuvo un suspiro de exasperación.
—Vamo’, Cami —dijo, poniéndole una mano en la espalda a la rubia para guiarla a la habitación 21. No tenía tiempo para el teatro de Coti. Necesitaba urgentemente entrar a ese lugar y constatar que las pesadillas que lo despertaban en la madrugada no tenían ningún sustento en la realidad. Necesitaba mirar a Agustín a los ojos y asegurarse de que seguían tan brillantes, curiosos y vivaces como siempre.
No obstante, un poco empatizó con la correntina cuando, al abrir la puerta del cuarto, a él también lo invadieron unas terribles ganas de llorar. Agustín estaba medio sentado en la cama, rodeado de un montón de dibujitos, ramos de flores y globos en forma de corazones. Le fruncia el ceño a una pelotita colorada que sostenía en la mano derecha, pero sonrió al levantar la vista y verlos.
—Holaa, ¿cómo va? —preguntó.
Camila hizo un pucherito y atravesó corriendo la habitación para abrazarlo.
Marcos probablemente se hubiera quedado allí, estático, de no ser por el pequeño quejido de dolor que el platense soltó cuando la rubia prácticamente se le tiró encima.
—Cami, por dio’, tene’ más cuidado —exclamó, acelerando el paso para alcanzarla y sacársela de encima.
Camila se incorporó antes de que él llegara a tocarla, pero no soltó la mano de Agustín.
—Perdón, perdón, es que… dios, Agus, qué alivio. Te juro que pensé lo peor.
Todavía con una mueca de dolor, y sosteniéndose las costillas, Agustín se rio.
—Bueno, gracias, Cami.
—No, en serio, estábamos todos re preocupados. Hasta Thiago y Daniela quisieron venir a verte, pero Martín un poco más y llama a la policía-
—Cami, despacio, prima. Lo vas a enloquecer con tanta info —Marcos intervino, tomándola suavemente del brazo para alejarla físicamente del más bajito. Estaba muy encima.
Agustín, por primera vez, levantó la vista hacia él y le sonrió.
El corazón de Marcos trastabilló.
—¿Sos primo de Cami? No te había visto antes, no sos de acá ¿no? —Agustín preguntó.
Camila se puso sería y rígida como una tabla. Luego volvió la vista a Marcos que, mortalmente quieto, era incapaz de apartar la mirada de los ojos azules que todavía lo miraban.
—Agus —la rubia lo llamó—, ¿no te acordás de Marcos? —inquirió.
Agustín frunció el ceño y la miró.
—¿Ya me lo habías presentado? —le preguntó. Al no recibir respuesta, volvió la vista al más alto—. Perdón, hermano, tengo terrible matete en la cabeza. Parece que la memoria se me llenó de huecos; te me habrás caído en alguno —bromeó.
Marcos hizo un esfuerzo sobrehumano para juntar cada pedacito de su corazón, devolverle la sonrisa y armar una respuesta.
—No pasa nada, primo. Ya vamo’ a tener tiempo de conocerno’ otra ve’.
Agustín lo miró con mezcla de curiosidad y confusión (¿Primos de dónde? ¿Se había puesto de novio con Cami y no podía recordarlo?) pero de todos modos se mostró entusiasmado.
—Sí, re. ¿Marcos, no? —preguntó.
Marcos tragó el nudo en su garganta, asintió y el cuerpo se le movió solo para envolverlo en un suave abrazo.
Agustín se lo devolvió, pero le dirigió a Camila una mirada interrogativa. “¿Qué onda?” parecía preguntarle.
La rubia sólo atinó a asentir con la cabeza, como diciéndole “ todo bien" . La situación le parecía un absurdo y tenía miedo de abrir la boca y meter la pata.
Ante la respuesta de su amiga, Agustín le dio un par de palmaditas en la espalda al chico. Le daba un poco de culpa no recordarlo, parecía genuinamente preocupado por él.
—¿Me harías un favor, Marquitos? —le preguntó, como para descomprimir el momento.
Deslizando delicadamente las manos por el cuerpo contrario -casi asegurándose de que todo seguía en su lugar-, Marcos se apartó y lo miró de cerquita. Estaba un poco pálido y le habían cortado el pelo muy bajito, pero los ojos le brillaban un montón y sus labios conservaban el tono rosado habitual. Estaba bien. Estaba vivo.
—Por supuesto, Agu. Dígame qué necesita.
Agustín se rascó la nariz con la palma de la mano.
—¿Podrías bajar esas margaritas de ahí? Me están dando terrible alergia. —Le señaló el ramo de flores amarillas ubicado en el pequeño mueblecito a su derecha.
Con pesar, Marcos terminó de soltarlo y agarró las flores. Se habrá visto bastante patético y derrotado, porque ni siquiera el riguroso Martín Guardis se atrevió a dirigirle una de sus miradas de desprecio cuando lo vio salir de la habitación con el ramo entre las manos y el rostro descompuesto de pesar.
