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Aquella mañana de domingo, Draco se aseguró de poner el despertador mucho antes de la hora habitual que tenía Harry de levantarse, quería ser el primero en ocupar el baño, y a ser posible, poder pasarse sus dos buenas horas en la ducha tratando de ahogarse bajo el chorro de agua caliente.
El domingo era el día que más odiaba de la semana, con diferencia. Prefería los lunes en la oficina, día que dedicaba a organizar el trabajo de la semana. Incluso prefería los jueves, que era el día en el que se tragaba una interminable reunión tras otra con duendes, contables y burócratas hasta llegar a casa con el sol vencido y las energías bajo mínimos.
El domingo era su día libre, el único día de la semana en el que podía haraganear en la cama hasta pasadas las diez, tumbarse en el diván de su estudio a leer novelas de terror en lugar de almanaques y libros de contabilidad, el día que podía sentarse con Harry en el sofá y ver alguna película muggle de esas que tanto le gustaban, o salir al jardín a volar juntos hasta que les dolieran todos los músculos del cuerpo.
Cualquiera pensaría que el domingo era un gran día, el mejor de la semana quizás. Pero quién pensase eso no estaría teniendo en cuenta que el domingo, también era el día oficial del almuerzo dominical de la familia Weasley al que nadie tenía permitido faltar si no era por una cuestión de vida o muerte. Y Draco odiaba esos almuerzos con todo su ser.
Todo empezó hace dos meses. Harry y él llevaban bastante tiempo saliendo, todos los sabían, y él se había estado integrando con los Gryffindors en pequeñas dosis, del mismo modo que había hecho Harry con las serpientes. Les iba bien así, al menos hasta que llegó el funesto momento, el día en que Harry le hizo la propuesta más aterradora de su vida.
—Quiero que vengas conmigo a comer el domingo a La Madriguera, como mi pareja oficial.
Draco sabía que eso era un gran paso, y al mismo tiempo una prueba, una que tendria que pasar si quería que lo suyo con Harry llegara a buen puerto. Si no obtenía la aprobación de los patriarcas de los Weasley, Harry y él tendrían serios problemas; su chico valoraba en demasía la opinión de su familia adoptiva.
Se preparó mentalmente para ello durante toda la semana. Quería quedar bien, quería impresionarlos, quería que cuando saliese de allí, a ningún pelirrojo le cupiera la más mínima duda de que él era la mejor opción para Harry. Sabía que al señor Weasley le gustaban los artilugios muggles, así que hizo de tripas corazón y le pidió ayuda a Hermione Granger para encontrar el regalo perfecto. La chica se estuvo riendo de él durante toda la tarde que pasaron en la tienda de electrónica muggle, antes de decidirse por comprarle a Arthur un teléfono móvil de última generación que sería ella la que tendría que enseñarle a usarlo, porque él no tenía ni idea de que se podía hacer con ese cacharro.
Con la señora Weasley fue más sencillo, un ramo de flores siempre era una buena opción para quedar bien con una dama. Y si valía para las damas, para la señora Weasley también.
A los hijos del matrimonio ya los conocía, y había compartido con ellos alguna que otra copa y alguna que otra anécdota, pero nunca se había reunido con todos ellos juntos y sus respectivas parejas. Sinceramente, Draco sabía de oídas como era aquella casucha en la que se hacinaban un número irrisorio de hijos, y no estaba seguro de cómo demonios pensaban hacer para que cupieran todos allí. Pero según Harry, se reunían cada domingo, así que algún método debían de tener.
El temido momento llegó y para cuándo se aparecieron frente a la verja de la casa, Draco literalmente temblaba de nervios. Quería que todo saliera perfecto, de verdad que quería hacerlo todo bien, y sabía que lo tenía todo en contra, demasiado pasado entre ellos y un horrible tatuaje en su antebrazo como recordatorio.
Aún así, hizo su mayor esfuerzo por ser todo un caballero, expuso abiertamente los exquisitos modales que su madre se había encargado de inculcarle y ni siquiera puso mala ante el bullicio que se formó una vez todos los hermanos llegaron y la reunión familiar se transformó en algo parecido a una jauría de lobos hambrientos apunto de acorralar a un cervatillo. Sospechaba que el cervatillo era él.
Habló con todos y cada uno de los presentes, fue cortés, fue amable, no dijo sangre sucia ni una sola vez, y se esforzó en fingir interés por cosas que le importaban tres hectáreas de mierda. Todo estaba saliendo a pedir de boca, y a su lado, Harry sonreía, contento de ver que se estaba integrando bien con su familia.
El problema vino cuando la señora Weasley anunció que era la hora de sentarse a la mesa.
La matriarca tenía fama de ser una excelente cocinera, de hecho, se podía decir que ese era su mayor orgullo, y eso era decir mucho viniendo de la mujer que había asesinado a la mismísima Bellatrix Lestrange.
Draco no estaba especialmente preocupado por el tema de la comida, bien es cierto que su paladar era mucho más refinado que el del resto de comensales con los que compartía la mesa, y que su madre lo había acostumbrado desde pequeño a solo comer los más exquisitos manjares. Pero Harry le había asegurado que la comida de Molly Weasley era la mejor del mundo, y que nadie se levantaba de la mesa sin al menos repetir plato una vez. Draco estaba seguro de que exageraba, pero con tantas alabanzas, daba por sentado que las habilidades culinarias de la mujer serían al menos aceptables.
Cuando vio la enorme fuente levitar hacia la mesa se le cayó el alma a los pies, y más aún cuando la señora Weasley en persona le dijo el motivo de la preparación de aquel plato en concreto.
—Harry estaba muy ilusionado con que vinieras hoy, querido. —Habló sonriente la orgullosa cocinera— Así que lo menos que podía hacer era intentar que te llevases una buena impresión de nosotros, por eso he preparado mi plato estrella, suelo hacerlo solo en navidad, pero a mis hijos les encantan y espero que a ti también.
Draco esbozó una sonrisa tensa. El plato en cuestión era cordero a la miel, y si había un alimento que Draco detestase en el mundo por encima de cualquier otro, era el cordero. Solo su olor le daban arcadas, y la textura de la carne dentro de su boca hacia que todas sus papilas gustativas se retorcieran suplicando piedad. Para él, comer ese plato era la versión culinaria de un cruciatus.
Miró la amplia sonrisa de Harry, sus ojos brillantes de emoción. Su rostro un libro abierto en el que se leía lo contento que estaba de que todo aquel estúpido almuerzo estuviera fluyendo como la seda... Y no tuvo valor para arruinarle la fantasía.
Se tragó el maldito cordero. Bocado a bocado, fingiendo que le encantaba, incluso se relamió los labios un par de veces para dar más credibilidad a su actuación, todo eso sin vomitar ni hacer un solo gesto de asco. Nadie en esa mesa supo que odiaba con todas sus fuerzas lo que estaba comiendo.
El problema vino en qué, tan bien lo hizo, tan magistral fue su actuación, que la matriarca Weasley no solo creyó que le había gustado; creyó que le había encantado, que lo adoró. Y decidió que, en honor a Draco, preparia ese mismo plato cada domingo cuando la familia (en la que ahora también lo incluían) se reuniera.
Y ahí estaba Draco, dos meses después, sabiendo que le esperaba otro asqueroso plato de cordero que tendría que tragarse fingiendo que era el manjar más delicioso que había probado en su vida.
Había sido una pequeña mentira, solo una vez, nunca pensó que llegase tan lejos y él se viese obligado a tragarse esa bazofia cada domingo durante el resto de su vida. Sinceramente, se estaba planteando romper con Harry solo por no tener que volver a comer eso nunca más.
Había intentado librarse de las reuniones dominicales muchas veces, sin éxito, nunca encontraba una excusa convincente. Hasta trató de trasladarlas a Malfoy Manor para que fueran los elfos de la mansión quienes cocinaran, pero a Lucius casi le dio un infarto al mencionarle la posibilidad de tener un montón de Weasleys reunidos bajo su techo.
Nada funcionaba, era imposible librarse de la reunión Weasley, y aquel domingo no iba a ser diferente a los demás.
Salió de la ducha con tan solo una toalla anudada a la cintura, no quería entrar en el dormitorio a buscar su ropa y arriesgarse a despertar a Harry. Necesitaba esos minutos más de soledad para masticar la gigantesca bola en la que había convertido su aparentemente inocente mentira.
Eso le pasaba por ser amable, la culpa de todo la tenía Harry, que había hecho de su nueva meta vital el convertirlo a él en una mejor persona. Si se hubiese portado como el bastardo que había sido durante más de la mitad de su vida y le hubiera dicho a la señora Weasley que su maldito cordero era una basura tan asquerosa que ni los mendigos la aceptarían, ahora no estaría en ese lío. Pero no, él tuvo que ser cortés, él tuvo que complacer a su estúpido novio y a su estúpida madre postiza, él quiso quedar bien, quiso caerles bien... En realidad, había deseado con mucha intensidad caerles bien, realmente quería gustarles, quería ganarse la bendición pelirroja para salir con Harry. Ahora empezaba a dudar de que tanto sacrificio mereciera la pena.
Bajó hasta la cocina y empezó a sacar ingredientes de la nevera y de la alacena como si no hubiera un mañana. Si iba a tener que comer basura a medio día, le iría mejor si llegaba con el estómago lleno tras un desayuno contundente.
Fue el olor del bacon crujiendo en la sartén lo que atrajo a una despeinada cabeza morena escaleras abajo.
—Buenos diiiiiiiias. —La última palabra de Harry se alargó en un nada educado bostezo.— ¿Qué estás cocinando?
—Tostadas, huevos revueltos, bacon y cereales. —Contestó mientras removía los huevos en la sartén con un enorme cucharón de madera para evitar que se le pegaran.
—¿Y por qué haces tanto banquete? Sabes que Molly va a cebarnos después en su casa. Si nos comemos todo esto, cuando lleguemos a la madriguera estaremos llenos.
—Oh. Es verdad, no había caído. —Mintió descaradamente.— Es solo que me he levantado con el hambre de un hipogrifo y no creo que pueda esperar a medio día. Tú no tienes por qué comer si no quieres.
—¿Estás de coña? —Sin dudarlo ni un instante, Harry se sentó a la mesa y agarró un tenedor— Eso huele de maravilla.
★★★
El lunes en la oficina, Draco estaba de un humor mucho más animado del habitual cuando Pansy pasó a buscarlo para almorzar juntos.
En teoría, Pansy, como asistente de la directora del departamento del uso indebido de la magia, no podía salir del ministerio a la hora del almuerzo, pero como él, ella también tenía un paladar refinado y exiquisito para el cual el rancho que servían en la cafetería del ministerio era completamente inaceptable. En honor a su impecable trabajo, Mafalda Hopkins, su jefa, le permitía esa pequeña transgresión de las normas, siempre que no se retrasase demasiado en volver al trabajo. Y Pansy, había adquirido la costumbre de pasar por Gringotts a buscarle para comer juntos en el pequeño restaurante francés que habían descubierto en el Londres muggles, a pocos pasos de El Caldero Chorreante.
—¿A qué viene esa sonrisa? —Le preguntó su amiga en cuanto se sentaron a la mesa y el camarero tomó nota de sus comandas— Normalmente los lunes traes un humor de perros.
—Es que creo que he encontrado la solución a mi problema comadrejil. —Sonrió ufano.
Hacía tiempo que le había contado el dilema en el que se había visto envuelto con todo el asunto del cordero, Harry y los Weasley. Lo hizo con la esperanza de encontrar algún tipo de apoyo en su amiga, pero lo único que esta hizo fue burlarse de él por su mala suerte. En fin, tenía pocos amigos, no le quedaba más remedio que conservar a los que aún estaban a su lado aunque fueran todos una panda de inútiles.
—¿En serio? —Preguntó Pansy, arqueando una ceja, escéptica.— ¿Te has librado de comer ese cordero que tanto odias cada domingo?
—Mas o menos. Comerlo lo como, pero con un par de bocados es suficiente y nadie me dice nada. —Su sonrisa se amplió, realmente se sentía muy orgulloso de sí mismo.
—¿Ah sí? Y cuéntame ¿Cuál es ese plan maligno que tan buenos resultados te está dando?
El camarero llegó en ese momento trayendo su orden y a Draco se le hizo la boca agua, la comida francesa si que era comida de verdad. No pudo resistirse a probar un bocado de su plato antes de satisfacer la curiosidad de su amiga.
—Es muy sencillo en realidad, no sé cómo no se me ocurrió antes. Lo único que tengo que hacer es levantarme temprano el domingo y preparar un desayuno digno de un banquete de real. Harry no puede resistirse al bacon por la mañana así que ambos comemos como cerdos y para cuándo llegamos a la Madriguera seguimos bastante llenos. Como un par de bocados de ese asqueroso cordero, aparto el plato, y ni siquiera tengo que excusarme, es Harry quién se encarga de decir que hemos desayunado mucho y aún estamos llenos. —Hizo una pausa, girando su mano en gesto teatral— Es perfecto. Ya llevo dos semanas haciendo eso y funciona a la perfección.
—No quisiera ser yo quien te pinche el globo de felicidad —Dijo Pansy con una expresión que parecía indicar que, de hecho, estaba encantada de ser ella quien echase abajo sus ilusiones— Pero eso solo es una solución temporal, no puedes hacerlo cada domingo, tarde o temprano Potter empezará a sospechar. Y si siempre llegáis sin hambre a comer a su casa, la señora Weasley podría empezar a pensar que no os gusta su comida. Y por lo que me has contado, no hay mayor ofensa para el clan pelirrojo que criticar la comida de su madre.
—Tenías que decir algo así ¿Verdad? ¿No podías dejarme ser feliz por una vez?
—Es que eres idiota, Draco. Te has metido en este problema tu solo. Déjate de planes rocambolescos y simplemente diles que no te gusta el cordero y ya.
—¿Estás loca? ¿Como voy a hacer eso? ¡Se va a ofender!
—Se ofendería si criticases su forma de cocinar, pero estás diciendo que no te gusta el cordero, no su cordero. ¿Entiendes la diferencia? Solo déjales claro que no te gusta esa carne, la cocine quién la cocine.
—Es demasiado tarde para eso, llevo dos meses fingiendo que me encanta, seria vergonzoso confesar ahora.
—Pues nada, amor. Sigue con tu absurdo plan, a ver en qué resulta.
—Eso haré, muchas gracias.
Draco sonrió ante el rodar de ojos de su amiga y se dispuso a dar cuenta de sus gratén delfinés, un plato sin duda mucho más sabroso y digno de su paladar que el estúpido cordero a la miel.
★★★
Tres días después de su conversación con Pansy, Draco llegó a casa agotado, odiando a los duendes con todas sus fuerzas. Cada célula de su cuerpo clamando por un baño relajante y una copa de vino, pero lo peor de todo, es que estaba muerto de hambre. Apenas si había tenido tiempo para picar algo en su despacho entre reunión y reunión. Y a esas horas de la noche, estaba demasiado cansado para cocinar, así que sólo pensaba en pedir la pizza más grasienta que encontrase en la carta del restaurante al que Harry y él solían llamar y tal vez, comérsela en la bañera. Era decadente, pero también su placer culposo, y aparte de Harry, cuya opinión le importaba bien poco, ahí no había nadie más que pudiera juzgarle.
Todos los jueves le pasaba lo mismo. Era el día más agotador de la semana, demasiadas reuniones, demasiadas quejas, demasiadas revisiones y demasiados fuegos que apagar. Aquel jueves además había sido particularmente intenso, uno de esos días que le hacían replantearse si realmente no se había equivocado al escoger la banca como profesión.
Pero nada más poner un pie en el interior de su hogar, un olor nauseabundo le inundó las fosas nasales.
—No puede ser... —Murmuró para sí mismo.
Prácticamente corrió hasta la cocina, de donde creía que provenía el asqueroso olor, solo para encontrarse con un Harry parado frente a la encimera, vestido con un delantal lleno de manchas y picando verduras, el horno funcionando a todo tren y ese maldito olor más intenso que nunca.
—¡Hola! ¿Qué tal el día? —Le saludó Harry animadamente, ajeno a su turbación.
La cara de Draco era un poema, estaba pálido, temeroso como si se hubiera topado con el mismísimo Voldemort preparándose un sándwich en su cocina.
—¿Qué estás cocinando? —Preguntó a pesar de saber la respuesta, ese hedor era inconfundible.
—¡Sorpresa! —Respondió Harry contento.— Las últimas dos veces que hemos ido a La Madriguera estábamos tan llenos que apenas probamos bocado, así que le he pedido a Molly su receta de cordero a la miel para poder hacerlo en casa, sé cuánto te gusta y me da pena que no hayas podido disfrutarlo como se merece las últimas veces.
Draco casi se desmaya. No. No, no, no. Ni de broma. Solo había sido una pequeña mentira, una mentirijilla piadosa para no ofender a nadie, él trataba de ser amable, de ser una jodida buena persona ¿Como se le había ido tanto de las manos? ¡Para una vez que decidía ser amable! ¿Y así se lo pagaba el universo? Hasta ahí había llegado. No iba a tener esa mierda también en su propia casa.
—¡No! ¡No, no y no! ¡Me niego! —Exclamó arrojando al suelo su maletín de trabajo de muy malas formas.
—Draco ¿Que...? —Comenzó a preguntar Harry, pero Draco no le dejó terminar.
—¡Saca esa cosa asquerosa del horno y tíralo a la basura! ¡O dáselo a los cerdos! ¡Me da igual! ¡Pero no quiero oler ese maldito hedor nauseabundo por toda la casa ni un minuto más!
—¿¡De que estás hablando!? ¡He seguido la receta de Molly al pie de la letra! ¡Te aseguro que me ha salido igual que el que hace ella!
Harry abrió el horno en ese momento con intención de mostrarle como se estaba dorando el cordero y el olor se intensificó tanto que Draco apenas pudo contener las arcadas
—¡Exacto! ¡Tíralo inmediatamente! —Exigió tapándose la boca y la nariz con la mano al tiempo que giraba la cabeza para no ver aquella asquerosidad.
—¿Pero por qué dices eso? ¡Creí que te encantaba el cordero a la miel!
—¡Pues no! Lo odio ¿Vale? ¡Lo odio con todas mis fuerzas! —Practicamente grito, sintiendo como con cada palabra el enorme peso que cargaba sobre los hombros se aligeraba— ¡La textura es gomosa y correosa al mismo tiempo, es como masticar un chicle con sabor a carne de elfo doméstico! ¡Y esa salsa! ¡Esa cosa empalagosa de la miel me dan arcadas! ¡Es asqueroso! ¡Es lo más asqueroso que he probado en mi vida! ¡Y prefiero que me lancen un cruciatus antes que volver a probar un bocado más de esa bazofia! ¡Merlín! ¡Que bien sienta decirlo en voz alta de una vez!
Se dejó caer en una de las sillas de la cocina, agotado después de su arrebato de sinceridad. Se sentía ligero como una pluma, por fin lo había dicho, por fin había confesado el horror que había estado sufriendo cada domingo desde hacía dos meses, por fin... Mierda.
El choque de realidad tardó unos segundos en calar en su recién liberado cerebro. Acababa de romper la regla número uno de los Weasley: nunca criticar la comida de Molly. Y lo había hecho delante de Harry, de su maldito novio que adoraba a esa familia por encima de todas las cosas. Mierda, mierda, mierda. ¿Iba Harry a dejarle por esto? ¿Su relación se iba irse a la mierda por culpa de un estúpido cordero con salsa de miel?
Levantó la cabeza con expresión alarmada, su cerebro trabajando a toda pastilla en busca de una nueva mentira con la que arreglarlo todo.
—Harry, yo... Lo siento, no quería decir que... —Comenzó a disculparse inmediatamente, las palabras atragantándosele y mezclándose unas con otras.
Para su sorpresa, Harry rompió a reír. Una risa escandalosa, llena de carcajadas que le nacían en el pecho y le brotaban de la garganta como si le hubieran contado el mejor chiste de todos los tiempos.
Draco se mantuvo en silencio. No sabía dónde estaba la gracia, pero al menos Harry no le estaba gritando ni le había echado ya de su vida, así que suponía que esa risa era algo bueno.
—¡Merlín, Draco! ¿De verdad no te gusta el cordero?
Draco negó con la cabeza.
—No es que no me guste el que cocina Molly —Se apresuró a aclarar— Es que la carne de ese animal ni siquiera debería ser apta para el consumo humano. Es asquerosa, podrías darme un plato de cordero cocinado por el mejor chef de París y seguiría pareciéndome repugnante. De verdad que no estoy criticando la comida de tu madre postiza, es el cordero en si, que sabe a pura mierda, lo prepares como prepares y lo cocine quién lo cocine.
Harry se carcajeó de nuevo, llenando toda la cocina con el sonido de su risa.
—¿Y para que mientes? Podrías decir que no te gustaba y ya.
—Si, claro, y ofender a todo el clan pelirrojo con una sola frase.
Harry paró de reír, aunque el fantasma de su última sonrisa seguía bailando en sus labios. Se acercó a él y se arrodilló frente a la silla en la que estaba sentado, posando ambas manos sobre sus muslos.
—Draco, odio los champiñones, los odio con todas mis fuerzas. Molly a veces prepara pollo con salsa de champiñones, es un plato que gusta mucho a los Weasley. Pues cada vez que yo voy a su casa a comer, y es eso lo que ha preparado, separa una pieza de pollo para cocinarla con salsa verde que es la que a mí me gusta. —Harry le acarició el muslo de manera reconfortante antes de seguir hablando— A Ginny le gusta el puré de patatas sin grumos, a George las patatas panaderas y a Ron fritas y crujientes. Así que Molly siempre hace tres tipos de patatas distintas como guarnición para que todos tengan del tipo que les gusta.
—No sé que tiene eso que ver con que... —Comenzó a hablar Draco, pero Harry no le dejó continuar.
—Lo que quiero decir, es que si Molly es tan buena cocinera y su comida tiene tanta fama es porque se adapta al gusto de sus comensales. Pero para hacerlo, necesita saber cuáles son esos gustos ¿Entiendes?
—Pero estaba tan orgullosa de ese plato... Y tú estabas tan contento de todo saliera bien... ¿Como iba a decirle que no me gustaba el maldito cordero y arruinarlo todo?
—No se habría arruinado nada, créeme, Molly no sería Molly si no tuviera siempre un plan B. Estoy seguro de que había otra opción de comida por si acaso el cordero se estropeaba o ocurría cualquier incidente. Esa mujer crió a los gemelos, ¿De verdad crees que no estaría preparada para cualquier eventualidad?
—Yo... Yo sólo... —Balbuceó ¿De verdad hubiera sido tan sencillo decir la verdad? ¿Había estado sufriendo un infierno cada domingo durante dos meses para nada?— Quería caerles bien. No quería ofender a nadie, y yo siempre ofendo a todo el mundo, hasta cuando no es mi intención hacerlo.
Harry volvió a reír y le dio un ligero apretón en el muslo antes de volver a ponerse de pie.
—Lo sé, es parte de tu encanto. Pero te aseguro que nadie se habría ofendido si hubieras sido sincero.
—Entonces... ¿Puedo decirle a Molly que su cordero es una bazofia que ni un preso recién fugado de Azkaban se comería? —Preguntó esperanzado.
—Tampoco hace falta ser tan sincero. —Se apresuró a responder Harry componiendo un gesto alarmado.— ¿Sabes qué? Mejor déjamelo a mí, yo hablaré con Molly, te aseguro que ya no habrá más cordero los domingos y que nadie se ofenderá.
—Genial. Me quitas un enorme peso de encima—Resopló con fuerza y se apartó un mechón de cabello rubio de la frente— Ahora se un buen chico y deshazte de esa cosa asquerosa.
Señaló el horno sin molestarse en disimular su gesto de total desagrado.
Harry, riendo, negó con la cabeza y con un movimiento de su varita, el ofensivo cordero desapareció de su vista. No así el olor, que aún hacía que Draco arrugara la nariz y que sabía que les costaría varios días eliminar por completo.
—¿Pedimos una pizza?— Sugirió Harry.
—Esa es la mejor idea que has tenido hoy. —Draco suspiró con satisfacción y se puso en pie.— Pídela tú, ya sabes cuál me gusta. Estaré en la bañera, cuando llegue, tráela allí.
—A sus órdenes, mi señor. —Bromeó Harry.
—Así me gusta, buen chico. —Draco le siguió la broma mientras caminaba escaleras arriba con intención de meterse en el baño, pero apenas había subido un par de peldaños cuando Harry le llamó de nuevo.
—Oye, Draco.
—¿Si?
—Es bonito eso que es has hecho. Quiero decir, es gracioso y tal, pero también bonito. El que hayas estado comiendo algo que no te gustaba solo para no ofender a la gente que me importa. Aprecio mucho tu esfuerzo y tu sacrificio.
—Si, si, soy todo un mártir, San Malfoy a partir de ahora. Puedes hacer un monumento en mi honor, de mármol y oro, quedará genial en la entrada de Gringotts.
Harry se rió y le lanzó un paño de cocina que Draco esquivó con un grácil movimiento mientras le devolvía una de sus clásicas sonrisas de superioridad.
—Estúpido... —Murmuró Harry entre dientes— Anda ve a bañarte, subiré con la pizza cuando llegue.
—¡Y trae una botella de vino también! —Gritó Draco ya desde lo alto de la escalera.
Antes de que la puerta del baño se cerrara tras él, alcanzó a escuchar a Harry murmurando algo que se parecía sospechosamente a niño mimado, pero no le importó en absoluto. Puede que su novio tuviera razón y él fuera un niño mimado, pero esta vez se había salido con la suya, y lo mejor, es que no iba a tener que mover un solo dedo para enmendar su error. Adoraba cuando los planes le salían así de bien.
FIN.
