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El Arte de la Memoria

Summary:

Helga está dividida entre lo que siente por Arnold y lo que quiere sentir por Arnold. Un libro parece tener la respuesta a su dilema pero cuando empieza a jugar con las ideas que contiene se da cuenta de que para superar a Arnold debe deshacerse de otras cosas valiosas para ella.

Notes:

Esto va como regalo. Aún no sé cuántos capítulos tendrá pero sin duda serán más de cinco.

Los personajes son propiedad de Nickelodeon, yo sólo me divierto con ellos.

Chapter Text

La gente dice que el amor y el odio son hermanos, que sentir uno es señal de la capacidad para sentir el otro, pero lo que no te dicen es que odiar y amar no van en la misma proporción. Amar es en extremo complicado, requiere atención, paciencia, una absoluta devoción al objeto de tu amor. Odiar es tan simple como caminar, como respirar. no sabes cómo pasa, pero un día sientes un profundo desprecio hacia algo o hacia alguien y te descubres a ti mismo pensando en lo terriblemente placentero que sería destruir al objeto de tu deseo. El odio no requiere atención, una vez que entra en tu cuerpo busca alimentarse por su cuenta y, lo peor de todo, es que tú lo dejas.

Helga odia a su padre, odia a su hermana, pero sobre todo se odia a sí misma, por desear la aprobación que sólo ellos pueden otorgarle, por querer escuchar a su padre decir que está orgulloso de ella, por ver a su hermana aceptar que Helga siempre fue mejor.

Helga sabe que la rivalidad entre ella y su hermana es culpa de su padre. Sabe, aunque le costó trabajo aceptarlo, que Olga nunca quiso ser la mejor, la certeza de que la quería se le insertaba en el corazón como un clavo martillado por todos los recuerdos de su infancia, donde Olga intentaba congraciarse con ella, momentos que Helga en su momento no pudo comprender, porque la edad, porque la envidia. Porque su padre.

Porque su padre no ha parado, aún después de doce largos años, de lamentarse porque su preciosa hija lo ha decepcionado, a pesar de que tiene otra hija, una Helga, que ha estado casi a sus pies, que desea ser todo lo que él quiere de su descendencia, que ha sacrificado su misma individualidad para complacerlo y que, aun así, sigue siendo invisible.

Helga también odia a Olga porque ella pudo escapar, porque ahora es una actriz de cierto renombre y porque es libre. Y la odia, también, porque le ha robado a ella la oportunidad de alguna vez ser libre también.

Por otro lado, Helga cree que sabe lo que es el amor. No está segura de ello, pero lo cree, porque no hay forma de haber sobrevivido a su madre alcohólica, a su padre ausente y a su hermana perfecta si no los amara, aunque sea un poco.

El amor que siente Helga por su familia es, quizá, la razón por la que los odia, porque si no los amara, lanzar todo por la borda y simplemente SER sería lo más fácil del mundo.

Otra razón por la que cree saber qué es el amor es porque Helga, por sobre todas las cosas, ama a Arnold. Lo curioso, y esto se lo ha preguntado con bastante frecuencia en los últimos años, es que Helga sabe que no odia al chico que ha sido su sueño y su ruina desde que tenía nueve años.

Si se pone realmente a pensar en ello, Arnold ha sido una piedra en su zapato desde siempre, incluso aunque el chico, que a pesar de los años no ha perdido su cabeza con forma de balón, no se haya enterado nunca de todas las cosas que Helga ha pasado por causa suya. Vivir amando a una persona, sólo a una persona, durante tanto tiempo, ha dejado una huella en el corazón de Helga que está segura que nunca logrará quitarse.

Porque lo ama, maldita sea la fortuna que lo quiso así. Lo ama tanto que le ha escrito no menos de cuarenta libros de poesía, que aún tiene un altar en su habitación, con la foto del adulto en el que se ha convertido y el mechó de cabello que logró cortarle una vez. Lo ama tanto y al mismo tiempo está tan consiente de lo mucho que él no la ama de regreso, que no entiende cómo es posible que no lo odie con tanta o más intensidad que a su familia.

Helga levanta la vista del libro que ha estado leyendo mientras sus pensamientos inconscientes la llevaron a disgredir sobre su percepción de una dicotomía tan vieja como la vida misma. Siendo completamente honestos Helga no tiene que entregar un ensayo sobre la poesía de Shelley porque oficialmente ella no forma parte de la clase, pero en su defensa la poesía del romanticismo siempre ha sido su favorita.

Si Helga se hubiera empeñado en seguir a su corazón ahora mismo estaría inundada de libros de historia de la literatura, creación creativa de textos y análisis del lenguaje escrito. Pero en su lugar se ha decantado por Economía, porque sabe que en algún momento heredará el negocio de su padre y porque, a fin de cuentas, a Bob Pataki no le hubiese gustado que, entre todas las opciones disponibles, ella hubiese escogido una carrera en la que seguramente no hubiese tenido oportunidad de triunfar.

Si tan solo supiera Bob que Helga escribió su primera obra teatral cuando tenía nueve años, que compuso cada canción, coreografió cada momento en el escenario y dirigió a sus compañeros en una exitosa noche que aún recuerda con mucha nostalgia. Si tan solo supiera Bob que no hay nada en el mundo que le guste más a su hija pequeña que hundirse en las palabras con las que, con una maestría incomparable, expresa sus más profundos sentimientos. Si tan solo supiera Bob lo fácil que era para ella entrar en su propio corazón y dejarlo ser libre cada vez que abría una página en blanco.

Si tan solo supiera Bob que soy como un espíritu que mora en lo más hondo del corazón, piensa mientras relee a su poeta romántico favorito:

Soy como un espíritu que mora
en lo más hondo del corazón.
Siento sus sentimientos,
pienso sus pensamientos
y escucho las conversaciones más íntimas del alma,
la voz que sólo se oye en el rumor de la sangre,
cuando el vaivén de los latidos
se asemeja al sosegado oleaje del océano estival.

He desatado la melodía dorada
de su alma profunda y me he zambullido en ella
y, como el águila en medio de la bruma y la tormenta,
he dejado que mis alas se adornasen
con el fulgor de los rayos.

Percy B Shelley era un recolector de sentimientos. Es la conclusión a la llega después de haber leído el poema de nuevo. Era capaz de adentrarse en lo profundo del corazón de las personas, era capaz de leer los más tenues cambios los rostros de los demás de tal forma que sabía, en un instante, cómo se sentían. Su maestría en esta actividad era tanta que logró con tan sólo veinte años, convertirse en una leyenda tan reconocida que doscientos años después de su muerte sigue siendo estudiado en las universidades del mundo. Shelley era un recolector de sentimientos. Helga quería creer que ella también podría llegar a serlo.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando una mano se cruzó por su campo de visión. Enfocó la vista pero no le tomó mucho saber a quién pertenecía esa mano. El anillo de plata que llevaba en el dedo anular hacía imposible no reconocerlo. Un segundo después el dueño de la mano rodeó la mesa en la que Helga estaba sentada y tomó la otra silla para acompañarla.

 —Te gusta soñar despierta, ¿verdad, Ojos intensos?

Helga odiaba que el otro la llamara así. Eran compañeros de carrera, compartían las mismas clases y se veían todo el tiempo y, desde el primer momento que se cruzaron, al chico se le había metido entre ceja y ceja que su nombre no era Helga, sino “Ojos intensos”. Helga endureció la mirada lo más que pudo y adoptó el gesto de indiferencia que había logrado perfeccionar después de todos estos años fingiendo que odiaba a Arnold cada vez que se lo encontraba.

—¿Se te perdió algo, James?

El susodicho sonrió grande cuando Helga dijo su nombre y ella no pudo evitar pensar en que su sonrisa era, de hecho, bastante linda. Helga reconocía que el chico frente a ella era atractivo. No tanto como Arnold, pero tenía un aire desinteresado que hacía que sus ojos oscuros siempre brillaran con diversión y su sonrisa era tan fácil de sacar que Helga se preguntaba si no le dolerían las mejillas al final del día. El cabello castaño y los hoyuelos en las comisuras de sus labios completaban la apariencia de un pillo que, a pesar de haber madurado un poco, no dejaba de ser un niño. James levantó las manos para apaciguar la ira de Helga en un gesto que ya hasta le salía natural de tantas veces que lo hacía.

—Sólo quería decir hola.

—Ya lo dijiste —contestó ella con acritud medio fingida.

Lo cierto era que James no le parecía desagradable, incluso lo encontraba divertido en algunas ocasiones, pero durante todo el tiempo que llevaban de conocerse Helga había cultivado una personalidad gruñona que hacía que los demás no quisieran acercarse mucho a ella, algo que de hecho le llenaba de orgullo. Pero James parecía ser inmune y desde el primer momento en que se cruzaron era como si el otro se hubiese tomado como una afrenta su animadversión y estuviera decidido a cruzar la coraza con la que Helga se presentaba al mundo.

La sonrisa de James no bajó ni un poco ante el desplante que Helga le había hecho, como si ya estuviera acostumbrado a esa actitud y, de hecho, la estuviera esperando.

—Puedes intentar engañarme todo lo que quieras, Ojos intensos, pero no me creo ni por un segundo que una persona que lea a Shelley sea tan mal encarada como tú quieres hacer creer al mundo.

Helga se dio cuenta de que James tuvo que haber estado observándola desde hacía un rato porque el libro de poesía de Shelley estaba abierto y no había manera en que James hubiese sabido de quién eran sólo con ver los poemas de lejos. Por lo menos eso era lo que quería pensar Helga, sobre todo para motivar la fantasía de que su compañero era un stalker, teoría de la que, por otro lado, no tenía ni una sola prueba sólida.

—Es para una clase —Trató de librarse, pero en cuanto lo dijo se dio cuenta de su error.

—¿Y desde cuando tenemos una clase de literatura romántica del siglo diecinueve? Porque de haberlo sabido me huera traído la edición crítica de la obra de Byron que tengo en casa.

Helga se sorprendió, pero no dejó que su rostro reflejara ni una sola mueca. No había muchas personas en su facultad que supieran de literatura. No que no les gustara leer, Helga era consciente de que sus compañeras solían leer libros eróticos disfrazados de romances adolescentes que las hacían reír como colegialas cuando hablaban entre ellas, pero nunca se había topado con alguien de la carrera en Economía que además supiera reconocer poesía clásica. Claro que nadie sabía que a ella misma le gustara, puesto que no solía hablar con casi nadie.

—No es de tu incumbencia, James ¿por qué no vas a otro lado y me dejas tranquila? —Contestó Helga sabiéndose atrapada haciendo algo que nadie más sabía que hacía, mientras cerraba el libro y se levantaba para marcharse.

—Espera —dijo James, estirando su mano para evitar que se fuera—. Disculpa, no quería ofenderte ni nada. De hecho me parece interesante que te guste algo como eso. ¿Por qué no vamos a tomar un café y hablamos de la razón por la que escogiste a Shelley para hacer un ensayo de poesía romántica?

—¿Cómo sabes que hago un ensayo?

—Te vi sacando notas y ya admitiste que es para una clase —Entonces James hizo algo que Helga nunca había visto que hiciera. El chico se puso serio y cuando la miró a los ojos Helga se dio cuenta de que el brillo divertido había sido sustituido por una mirada de determinación—. Para ser franco, esa sólo es una razón más que tengo para querer hablar contigo más de dos minutos sin que huyas de mi.

—Yo no huyo —contestó Helga, aunque sabía que en realidad eso era exactamente lo que estuvo a punto de hacer. James ni siquiera dignó el comentario con una respuesta al mismo.

—Helga, he estado intentando invitarte a salir conmigo casi desde que nos conocimos y en los cuatro años que llevamos de carrera esta esta es la conversación más larga que hemos tenido, fuera de temas escolares. ¿Podrías decirme qué es lo que hice para que me detestes? No creo haber sido muy fastidioso, ¿o sí?

Helga siguió congelada en la misma pose un momento más antes de regresar a su silla. La mirada de James le hablaba de eso que ella ya sabía que estaba allí pero que nunca había querido admitir. James gustaba de ella, había sido obvio desde el inicio y no porque el otro hubiese intentado ser discreto. Helga sí tenía una razón para huir de él cada vez que se encontraban por casualidad, pero no era una respuesta que a James le hubiese hecho gracia recibir.

—No me has hecho nada, James —comenzó la chica, pensando bien en sus palabras—. Sé que te gusto, pero tú a mi no. Siento ser tan honesta, me han dicho que es un defecto que tengo y que eso suele sabotear mis relaciones sociales. Pero es la verdad. No me desagradas, aunque te haya hecho creer que sí, es sólo que he intentado alejarme porque no quiero lastimarte.

Mientras los ojos del otro se apagaban Helga reflexionó en las cosas que no dijo, en lo mucho que su corazón estaba lleno de otra persona, a tal punto que creía fervientemente que no había espacio para más. No le dijo tampoco que hasta cierto punto le alagaba que la persiguiera con tanta insistencia, y no lo dijo porque no quería darle esperanzas, pero lo cierto era que Arnold la tenía tomada por completo y a Helga no se le pasaba por la cabeza que algún día pudiera llegar a librarse de ese sentimiento, de ese amor que había cultivado por más de trece años.

—Nunca dije que me gustaras.

—Me acabas de decir que me estás invitando a salir —contestó ella sin dejarse engañar.

—Ok, sí. Sí me gustas y entiendo que yo no a ti, tampoco soy tan ciego, pero eso no significa que no pueda intentarlo. Esta es la primera vez que logro preguntarte así que es la primera vez que me rechazas. Sé que eso debería ser suficiente, pero —hizo una pausa como intentando encontrar las palabras—, pero en verdad creo que vale la pena intentarlo. Porque creo que no solo me gustas —James se levantó de la silla, pero antes de irse todavía tuvo tiempo de agregar algo más—. No me he rendido, Ojos intensos, todavía creo que puedo sorprenderte si me das la oportunidad.

Helga lo vio irse con una mezcla de sentimientos en su corazón. Si tan solo Arnold le hablara así, le dijera que le gusta y que está dispuesto a pelear por ella, sería la mujer más feliz del mundo. Pero no, Arnold no le hablaba de esa forma, con complicidad, como si ella fuera la única persona en la tierra que era importante para él. La forma en la que James se había dirigido a ella le había hecho entender a Helga que, quizá, había un aspecto del amor que no entendía, que aún tenía algo que aprender de ese sentimiento, a pesar de conocerlo por tantos años. Helga se dio cuenta entonces de otra cosa: no estaba enamorada de James ni tenía ningún tipo de cariño fraterno hacia él como el que sentía por Phoebe o algún otro de sus amigos, pero tampoco lo odiaba y en su cabeza eso lo hacía una incógnita, tal vez no tan grande como la razón por la que no odiaba a Arnold, pero importante de alguna forma. Presente.

Cuando se levantó para irse Helga tuvo tiempo de revisar en su mochila mientras metía el libro de Shelley en ella. Había otro libro ahí, uno que aún no había tenido tiempo de revisar. Se quedó quieta un momento, reflexionando sobre la carta que había encontrado dentro del libro cuando lo había sacado de su estante en la biblioteca. A decir verdad lo había descubierto casi por error, mientras escarbaba para encontrar otro libro que debería estar en la última sección de literatura. No había encontrado lo que buscaba, pero en su lugar estaba este otro, El arte de la memoria, puesto entre la fila de ese lado y la de atrás, como atrapado, escondido para que nadie lo encontrara. Tampoco tenía el código Diwi no los sellos de la biblioteca. Lo había tomado por curiosidad, no parecía ser excesivamente viejo, pero sin duda no era nuevo, y de entre sus páginas había caído un sobre amarillo dirigido a quién sea que se topara con el libro.

Si Helga fuera un poco más romántica pensaría que alguien lo había dejado ahí para que ella lo encontrara, para transmitirle un mensaje sólo a ella, como una especia de amigo secreto que tuviera demasiado miedo de acercarse a ella. Si Helga fuera un poco más romántica tal vez pensaría que quién se tomó esa molestia había sido Arnold. Pero no, Helga ya no era así de romántica, aunque dejar esa etapa le había costado trabajo. Era obvio que, quien haya dejado la carta no tenía idea de que ella encontraría el libro, pero quería pensar que, por lo menos, sabía que alguien lo haría y que esa carta, de alguna forma sí estaba dirigida a ella. Aún no la leía, quería esperar a estar sola en caso de que fuera algo que ella no debería saber, pero sin duda había sido un evento curioso.

Cuando se dirigió hacia la salida se tuvo que detener un momento. Entrando por las mismas puertas que ella estaba a punto de cruzar estaba Arnold. No estudiaban lo mismo, el chico se había decantado por licenciarse en Historia, pero se encontraban de vez en cuando, por los pasillos o la cafetería. A veces, como ahora, también en la biblioteca. El corazón de Helga dio un vuelco de felicidad sólo para ser sustituido de inmediato por un golpe de realidad. Arnold iba de la mano con una chica de cabello chino y piel oscura. Llevaban saliendo poco más de tres meses, pero si la historia de Arnold se repetía con esta, y Helga no tenía razones para pensar lo contrario, a la pareja no le quedaba mucho tiempo más.

Helga había querido creer que no llevaba la cuenta de cuántas novias había tenido Arnold en los últimos años, pero se mentiría a sí misma. Sabía el número y sabía los nombres de todas ellas, a pesar de nunca haber hablado con ninguna.

La primera vez que había visto a Arnold de la mano de alguien más su corazón había dolido por meses y sus ojos se había quedado secos de tanto haber llorado. Ahora sólo sentía un dolor sordo, un puñetazo que hacía que su corazón latiera más lento, pero que no dejaba de ser tolerable.

La pareja pasó por su lado y Arnold tuvo la decencia de hacer una cabezada de reconocimiento, pero no le dirigió la palabra. Helga no contestó el gesto, sino que compuso en su rostro la tan consabida mueca de indiferencia que ya hasta le parecía natural cada vez que veía a su amado.

Cuando por fin pudo salir de la biblioteca Helga tuvo que meterse en un rincón para limpiar de su rostro la lágrima que no pudo contener. Por lo menos, se dijo, no estoy llorando a mares. Se acomodó lo mejor que pudo y se dirigió a las residencias, como había sido su intención. En su prisa por irse, no giró la cabeza para ver hacia la puerta de la biblioteca, como hubiese hecho en el pasado, antes de que su cabeza comenzara a medio resignarse a que Arnold la seguiría para buscarla y decirle algo más que el simple gesto con el que la saludaba cada vez que se encontraban. En su prisa, no se dio cuenta de que Arnold sí había salido a buscarla esta vez.

—Lo siento, Helga —dijo, dirigiendo la mirada a la espalda de la chica, que se alejaba meciendo su lacio cabello rubio de un lado para otro.