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Silencio.
Comenzó a llover.
Las personas en la plaza observaban inmóviles. La gitana había desaparecido dejando únicamente una tela en su lugar.
Frollo tomó el sombrero del suelo, lo colocó sobre su cabeza y llevó su atención al jorobado que se mantenía sobre la estructura de madera. La ropas de Quasimodo estaban destrozadas por el esfuerzo sobrehumano que hizo para zafarse del agarré de las cuerdas y los campesinos que lo inmovilizaron hacia unos pocos minutos. Estaba cubierto de restos de comida, a causa de la humillación que se había llevado a cabo ese mismo día. Parecía contento al ver a la joven gitana escapar, sin embargo, Frollo no lo estaba.
Con un pequeño chasquido de los dedos llamó la atención del capitán y ordenó que buscarán a la gitana, la quería viva.
El juez ahora a lomos de su caballo se acercó a pasó lento hasta el jorobado que cubría su cuerpo casi desnudo con los pocos trozos de tela que quedaban aún pegados a su piel. Quasimodo bajó la vista. No era capaz de mirar a los furiosos ojos de su amo. Estaba tan decepcionado y enfadado con él.... No debía haber salido de la catedral... Frollo tenía razón... El exterior era horrible...
Quasimodo se dio la vuelta, listo para bajar de la plataforma y caminar de vuelta a su hogar, al lugar al que pertenecía y no debía haber salido nunca. Sin embargo la voz de Frollo lo detuvo. Su tono de voz era suficiente para que el jorobado lo escuchara.
"Espérame esta noche. Recibirás un castigo".
Esas simples palabras hicieron temblar al jorobado, que ya estaba notando el frío por las gotas de agua que mojaban su cuerpo descubierto. Sin responder o musitar ni una palabra bajó de la plataforma de un saltó y caminó hasta la puerta de la catedral, evitando las miradas de miedo de los pueblerinos.
Se escondió detrás de la puerta y empujándola terminó cerrándola.
Subió con rapidez al campanario y ahí se desplomó sobre el suelo de madera. Se abrazó a sí mismo y empezó a llorar. Las palabras de ánimo de sus amigas las gárgolas no pudieron calmar sus sollozos.
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Eventualmente las lágrimas terminaron y dio paso a la decepción y el miedo. Quasimodo pasó toda la tarde esperando el momento en el que su amo aparecería en la catedral. Cada pequeño sonido, fuera el viento o algún pequeño animal lo asustaban. Esperaba a su amo, pero nunca aparecía.
Su respiración y corazón iban a mil. No quería que llegara la noche. No quería.
Por otro lado, su mente le recordaba la razón del castigo. Había desobedecido a su amo. Salió de la catedral cuando le menciono miles de veces que no debía, y aún así, lo hizo. Se merecía ese castigo. Realmente se lo merecía.
Pasos, lentos y poco pesados. Frollo había llegado. Quasimodo tenía miedo de moverse de su lugar. Tal vez si no se movía su amo no le vería, tal vez si no se movía dejaba de existir.
"Quasimodo".
Fue en ese momento que dejó de esconderse. Bajó de uno de los pilares y se acercó a su amo lentamente, más encogido de hombros de lo habitual. No sabía que responder, más bien, no podía hablar.
Frollo tampoco pronunció más palabras. Caminó hasta una zona del campanario y Quasimodo lo siguió por detrás. Terminaron en la cama improvisada que el jorobado hizo para sí mismo y en la que durmió todos estos años. El juez señaló la cama e hizo un gesto para que el pelirrojo se sentará. Su expresión era fría, más de lo usual. Quasimodo podía sentir que tan enfadado estaba con él.
El joven campanero tomó asiento a un lado de la cama, la lámpara siendo lo único que iluminaba aquella oscura noche. La tenue luz iluminaba la figura de Frollo dándole al juez unos aires más tenebrosos de lo usual. Quasimodo tragó saliva.
Frollo sacó algo del cesto que siempre traía consigo. El jorobado quedó perplejo, una cuerda, y un trozo de madera. Para qué? Para qué era todo aquello? Era eso parte de su castigo?
La respuesta era sí.
El mayor se arrodilló delante del jorobado, la cuerda sujeta en ambas manos. Lento lo acercó al campanero, midiendo su cuerpo con la cuerda. Una vez analizado bien su cuerpo rodeo la cuerda por sus extremidades, los brazos los unió y colocó detrás de la jorobada del chico inmovilizándolos.
Quasimodo quería decir algo, abrió la boca para hacerlo, pero nada pudo escucharse. Frollo siguió con su trabajo, las cuerdas recorriendo el cuerpo del campanero como frías serpientes que únicamente querían estrangularlo para poder comérselo.
Con una pequeña palmada en la jorobada del joven, Frollo anunció haber terminado con las cuerdas. Seguía sin dirigirle la palabra.
Finalmente Frollo tomó asiento al lado de Quasimodo. Las piernas del campanero estaban libres, era lo poco que podía mover de su cuerpo. El juez lo guió hasta él y con ayuda de sus delicadas y gélidas manos lo tumbó sobre su regazo. La cabeza de Quasimodo estaba cerca de la mano derecha del juez y sus piernas estaban al lado izquierdo. El jorobado ya sabía el castigo que recibiría aquella noche.
Las manos del mayor recorrieron el cuerpo del joven, trazando las líneas de las cuerdas que lo mantenían inmóvil de cintura a cabeza. Así hasta pasar el límite de la cintura y con un movimiento veloz bajar los pantalones de Quasimodo. Exponiendo el trasero del pelirrojo al frío aire del campanario. Los dedos de Frollo viajaron por la suave piel del joven quién se estremeció ante el contacto.
Aquello no detuvo a Frollo quién siguió por un rato más, tomando una nalga entera con una mano y apretándola con fuerza, consiguiendo un quejido de dolor. Tras varios segundos, Quasimodo escuchó el contacto de piel contra madera, Frollo había tomado la pala de madera en sus manos. Su castigo comenzaba aquí.
SMACK!
No hubo aviso, ni una señal siquiera. Frollo golpeó el trasero de Quasimodo con la pala de madera. El fuerte sonido haciendo eco en el gran campanario. Y con ello el grito que el jorobado soltó por el dolor.
El juez no había sido delicado, y no tenía pensado seguir siéndolo a lo largo de la noche.
Uno tras otro, los golpes de madera contra la piel se oyeron en todo el campanario. Uno tras otro, sin descanso entre choques. Al principio Quasimodo gritaba de dolor, apretaba los dientes con fuerza mientras aguantaba las ganas de hacer más ruido. Hasta que los golpes fueron demasiado para el joven campanero, quién comenzó a llorar.
"Perdón, amo! No volveré a desobedecer! Nunca lo voy a desobedecer! Lo prometo! Por favor, apiádese de mi! No puedo más! Esto duele! Duele mucho... Amo..."
Los golpes cesaron por un momento.
"Por qué crees que eso conseguirá que te perdone? Sin un castigo nunca quedará grabado en tu cabeza que lo que hiciste estuvo mal. Esto es para que aprendas una lección".
Y sin gastar más aliento, Frollo continuó. Por varios minutos prosiguió con el castigo hasta que las nalgas del pobre jorobado estaban rojas y moradas. Sus piernas temblaban al igual que todo su cuerpo. Las lágrimas cubrían sus rojas mejillas y sollozaba en voz baja. El juez finalmente suspiró.
"Si realmente quieres que te perdone, ayúdame con esto... Si lo haces bien, serás perdonado completamente. Pero... Si esto se vuelve a repetir, recuerda, la próxima vez el castigo será el doble de doloroso".
Quasimodo asintió velozmente, cualquier cosa para terminar esa tortura. Sabía bien lo que su amo pedía y si aquello le ganaría su perdón lo haría.
Frollo desató al jorobado liberando sus brazos. Quasimodo los intento mover por un rato, para que la sangre fluyera por las extremidades dormidas. Y ya listo se puso de rodillas delante del juez, a la altura de su regazo. Con una mano temblorosa alzó la túnica de su amo exponiendo la erección que durante el castigo se formó, y con la misma bajó su ropa interior.
El joven campanero alzó su mirada al mayor, tragó saliva y llevó el miembro a su boca. Ya había hecho esto antes así que sabía bien cómo satisfacer a su amo. Comenzó con la punta, usando su lengua para presionar en ella varias veces. Recorría la punta haciendo círculos con la lengua, Frollo jadeo entre dientes. La otra mano tocaba las bolas de Frollo, acariciándolas con la yema del pulgar.
Para la suerte de Quasimodo, Frollo lo estaba disfrutando, jadeaba con fuerza ante el más mínimo contacto. La mano del mayor sobre la cabeza del jorobado, agarraban sus cabello anaranjados y los estiraba con un poco de fuerza. Frollo quería más, y Quasimodo eso iba a darle.
Metió el miembro entero en su boca, el mayor echó la cabeza hacia atrás de las sorpresa, su espalda arqueándose ligeramente.
Por un par de minutos el jorobado siguió complaciendo a su amo hasta que finalmente, con un pequeño chillido se vino en el interior de la boca del joven. Quasimodo no era fan del sabor, pero necesitaba el perdón de su amo y por él lo aguantaría. Tragó todo sin mucha dificultad, e intentó ocultar la mueca de disgusto en su deforme rostro.
Frollo se recuperó en un abrir y cerrar de ojos. Peinaba su cabello y respiraba fuertemente por unos segundos. Cerró los ojos y acarició la cabeza de Quasimodo.
"Quedas perdonado. Espero que ese espectáculo no vuelva a ocurrir".
"No volverá a suceder. Lo prometo, amo".
"Buen chico".
Quasimodo subió sus pantalones, el contacto de tela contra su rojo trasero provocando que silbara entre dientes. Ahora solo debía esperar a que Frollo se fuera para poder dormir y descansar. El día de hoy fue demasiado para el pobre campanero.
Frollo no se fue. De hecho, se colocó la túnica bien y se tumbó en la cama de Quasimodo, apoyando su cabeza a un lado de la almohada cansado. Con los ojos cerrados dio un par de palmadas al lado libre de la cama. El jorobado dudó por unos segundos hasta que las palmadas volvieron a repetirse, ahora más insistentes.
Quasimodo se tumbó al lado de Frollo, evitando que sus cuerpos estuvieran muy cerca. Aquello fue interrumpido por los brazos del juez que lo apegaron a él. La cabeza del mayor sobre la jorobada del joven quien estaba petrificado como una estatua.
Quasimodo logró escuchar el susurro de su amo antes de que cayera en un profundo sueño.
"Perdón...".
