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Julio 2003
Harry se despertó pasadas las ocho de la mañana, con la lluvia interrumpiendo la tranquilidad de la casa. Se sentó por un momento y fijó su mirada en sus pantuflas, pensando. Lo primero que vino a su mente fue Ginny, y diréis, “qué romántico, pensando en su pareja justo después de levantarse”. Hace unos años, hubiera hecho lo que sea por hacerla feliz, por ver aquella sonrisa por la cual se había casado con ella, pero el tiempo había pasado. Aunque no lo quisiera, había algo que faltaba en el matrimonio; amor. No se peleaban ni discutían, lo que Hermione –la buena amiga de Harry– opinaba que era una señal de que ya no había nada entre ellos. El morocho vió la fotografía enmarcada en la que estaban juntos, en París, pero aquello solo le hacía –extrañamente– recordar a un chico de su clase. No sabía porqué, pero él siempre le había recordado a París. En algún momento de su adolescencia, aquel chico había sido importante. Irónicamente, no sabía quién era.
Finalmente, pisó el suelo frío y, sin darse cuenta de que estaba descalzo (o sin darle importancia), se dirigió al baño. Vio su rostro, su pelo desordenado (el cual ya le habían advertido de que se lo tendría que cortar), su barba que, aunque se hubiese afeitado ayer, ya había crecido de manera extraña, y sus tatuajes viejos. Después de la guerra sentía un vacío dentro de él. Quizás era porque ya no era un horrocrux y el alma de Voldemort se había ido, o porque “ya no tenía ese sentimiento de tener que hacer algo”, como dijo Hermione. Trató de llenar su vida con tatuajes; una araña con una cabeza de calavera recorriendo desde su espalda a la cadera (lo que nunca tuvo sentido para Ron), un escorpión pequeño en el lado izquierdo de su cadera (justo donde está la pelvis), entre otros. Aquel vacío, sin embargo, nunca se había llenado completamente.
Trató de hallar algo que llenara el vacío en un trabajo similar a lo que hacía en sus años de adolescencia, trabajando como auror. Aunque no era lo mismo, ya que siempre seguía órdenes y hacía cosas aburridas como el papeleo. Acabó siendo despedido por meter la pata unas cuantas veces, lo que había dado de que hablar a la prensa. Ginny había tratado de hacerlo sentir mejor en esos momentos en los que decía cosas como que “ya no tenía sentido nada”, pero por alguna razón extraña, a Harry le enojaba que lo tratara así. Que lo trataran como… no sabía. Que le llevaran la contraria, quizás. Que no hubiese nadie allí para decirle “yo también me quiero suicidar, pero bueno” y que todo fuese “¿Vamos al parque a despejar la mente?”.
Miró su abdomen, recordando aquella vez en la que odiaba cómo se veía debido a que había subido de peso. Por eso, iba al gimnasio tres veces a la semana, además de que como no tenía nadie a quien perseguir, le hacía falta hacer ejercicio.
Después de la reflexión que hacía todas las mañanas donde reconocía que ya no quería vivir más, salió del baño y miró a su esposa, que estaba acostada en la cama. Nunca había entendido aquello de que el baño estuviese en la misma habitación.
Se veía hermosa, con su pelo largo, lacio y de color naranja cayendo sobre su rostro y hombro. Notó cómo no se había tapado completamente, así que decidió taparla con la manta blanca.
Se vistió con un suéter gris con cuello y unos jeans oscuros.
Marzo 1997
La lluvia no paraba, los gritos de Pansy jodían su sentido común y Blaise lo arruinaba con sus comentarios. Draco estaba acostado en su cama, con las manos en su frente. Estaba sudando, podía notar el pelo en su cabeza, la incómoda seda de su pijama tocando su piel, y el ruido cada vez se hacía más pesado. Su respiración cada vez se hacía más fuerte. Sacó rápidamente de su mesa de luz una cuchilla, manchada de su propia sangre, de su propio dolor. Se sentó, se arremangó, como si aquello fuera normal, y empezó a cortar su brazo. Eran cortes irregulares, que aquella marca tenebrosa no podía ocultar.
Su vida estaba arruinada, porque además de odiar a Lord Voldemort por haber desmoronado todo lo que tenía, odiaba a Potter. Con su estúpido cabello desordenado y aquellas ilusiones que, aunque a veces hacían felices a Draco, terminaban siendo promesas incumplidas que solo lo herían más. “Te sacaré de esta mierda”, “haré pagar a Voldemort”, “después de la guerra, seremos felices”. Sí, pero ¿hasta cuándo?. Voldemort seguía vivo, si es que ese adjetivo le queda, torturándolo, haciéndolo infeliz, la gente seguía viéndolo como alguien horrible, y decían su nombre como si fuera el del Lord. Ugh, odiaba decirle Lord. Potter había sido el único capaz de encender una luz en aquella oscuridad que sentía, y también uno de los muchos que la había apagado.
“Podríamos vivir en una cabaña, lejos de todo esto” dijo dos semanas antes de comenzar su relación con Ginny. “Es que no éramos nada”. Ah sí, ¿Potter? ¿no éramos nada?. ¿Entonces aquellas promesas incumplidas y besos falsos también eran nada? ¿aquellos halagos hacia mí también eran nada? ¿acaso YO era nada para tí?
Ojalá te acordaras de todo esto. De todo lo que me hiciste. Ojalá poder seguir discutiendo, en vez de mirarnos mientras finjo que nada pasó.
Julio 2003
Fue a la cocina y, como todos los días, se hizo un café. No estaba de buen humor, pero preparó unos waffles (que solían ser de los días buenos). Llevó todo a la mesa, pero antes de comer, abrió el buzón. Jagerfly, su búho, estaba herido de una pierna, por lo que optó por usar el viejo buzón. Agarró las cartas y las dejó al lado de su desayuno, mientras se sentaba y suspiraba. Casi se le olvidaba; el azúcar en polvo. Los waffles no eran buenos sin azúcar en polvo.
Ahora sí, con todo sobre la mesa, empezó a leer las cartas dando sorbos a su café.
“29 de julio, 2003
Hermione Jean Granger
Número 23 de c/ Heathgate, barrio de Hampstead Garden Suburn, distrito de Hampstead.
Número 12 de c/ Grimmauld Place, barrio de Claremont Square, distrito de Islington.
Querido Harry,
Te mando una carta para saber si podía pasar por tu casa y hablar. No sé, tengo la sensación de que me quieres contar algo.
En fin, ¿cómo va todo?. Hoy Ron aprendió a usar la freidora muggle. Sé que no es un niño, pero estuvo tanto tiempo aprendiendo que me siento un poco orgullosa.
¿Cómo se encuentra Jagerly? ¿Se está recuperando de esa herida en la ala?. Bueno, respóndeme rápido. Te tengo que mostrar un nuevo libro que compré.
Desde mi corazón hacia el tuyo,
Hermione Jean Granger.”
Harry buscó su tinta y escribió:
“29 de julio, 2003
Harry James Potter
Número 12 de c/ Grimmauld Place, barrio de Claremont Square, distrito de Islington.
Número 23 de la c/ Heathgate, barrio de Hampstead Garden Suburn, distrito de Hampstead.
Querida Hermione,
¿Cómo sabes todo lo que pasa por mi mente? Sí, la verdad es que necesito contarte algo de lo que no estoy orgulloso.
Ven en cuanto puedas. Evidentemente, no traigas a Ron. Va a estar enojado conmigo por un tiempo.
Por suerte, Jagerfly se está recuperando. Su herida era en la pierna, no en la ala. Al fin algo en lo que te equivocas… Aunque no sé cómo mierda te mandaré esta carta. Puede que le pida a Kreacher que te la envíe, pero no lo he visto en meses. Puede que esté por ahí.
¿Por qué siempre tienes un libro nuevo del cual hablarme? Ojalá poder mantener un hábito como ése. Pero bueno, mi único hábito es arruinar las cosas.
Te veo esta tarde.
Con amor,
Harry James Potter.”
Y ahora… ¿Se suponía que debía gritar “Kreacher” o algo por el estilo? ¿Dónde estaba ese elfo metido?
—¡Kreacher!— dijo dubitativo, mirando hacia la puerta al lado de la cocina. Escuchó un ruido detrás suyo, se giró y vió al elfo. —Oh…— exclamó por la extrañeza de las cosas.
—Sr. Potter me llamó. ¿En qué puedo ayudarle?— la criatura dijo desgastada.
—¿Puedes hacer llegar esta carta a Hermione Granger?— preguntó resaltando el nombre de la chica, como si lo tratase de tonto.
La criatura tomó la carta y la miró por un rato (sin saber cómo enviarla), y luego dirigió su mirada a Harry para chasquear los dedos y desaparecer. El moreno se cuestionaba que esa carta iba a llegar a su amiga.
—Buen día— canturreó la chica pelirroja, Ginny, que bajaba las escaleras.
—Hola.— respondió Harry mirando su desayuno. Se decidió por darle un bocado al waffle y mirar a Ginny, que estaba en la cocina sirviéndose del café que había preparado él. Se sentó en frente de Harry y comenzó a preparar su sándwich con mermelada.
—Estaba pensando… quizás podríamos ir al cine. Han sacado una nueva película.—
—Oh, este… he quedado con Hermione esta tarde. No sé si…—
—No, sí, está bien, déjalo.— respondió la pelirroja con cierta incomodidad, y mirando hacia su desayuno. —Iré a jugar al tenis.— Harry asintió.
***
La lluvia había parado para las dos de la tarde, y había dejado un cielo nublado. Harry estaba en medio del almuerzo, comiendo una pizza recalentada mientras Ginny había salido con sus amigas. Fue a abrir la puerta lo más rápido que pudo, habiéndose cambiado de ropa debido a las manchas de azúcar en polvo.
—¡Hermione! — la saludó, antes de abrazarla y dejarla pasar. Subieron las viejas escaleras de madera oscura, dirigiéndose al comedor. Harry ofreció a la chica un poco de pizza, pero esta lo rechazó. Dejó su chaqueta en el perchero y, suspirando, se sentó.
Emocionada, sacó un libro de su bolso, y se lo mostró a Harry, sentado al otro lado de la mesa. “A little life”.
—Ay, no sabes lo que lloré con este libro. — estaba marcado con post-its semi-transparentes, de todos los colores. Había marcado páginas, párrafos, frases, palabras… — Cuatro hombres que…— se fijó en la mirada del moreno, y decidió parar. Algo estaba ocurriendo. —Harry… ¿es por lo de Ginny? ¿Quieres que hablemos de eso? — él estaba mirando la portada del libro, a aquel hombre que parecía disgustado. Dirigió su mirada a Hermione cuando preguntó, y dubitó por un momento.
—No, podemos hablarlo en otro momento. ¿De qué se trataba el libro? —
—No, Harry. ¿Qué es lo que te pasa? — dejó el libro en la silla de al lado, donde se encontraba su bolso. Se pronunció un silencio, hasta que el moreno decidió hablar. Apoyó sus brazo en la mesa, y dijo:
—Ya… ya no estoy enamorado de Ginny. — fue difícil decirlo, ya que se sentía como que le había pasado más veces. Como si esta historia ya hubiese sucedido con alguien más.
—¿A qué… te refieres? — la morena frunció el ceño.
—No sé… ya no es lo mismo. Y además… — tragó saliva. —le fui infiel. — Hermione suspiró, intentando mirarlo a los ojos, pero era imposible. Harry tenía la vista fijada en su plato.
—¿Y cuándo… se lo dirás? — preguntó la chica dando por sentado que se lo diría. Trató de evadir los detalles, para que no se sintiera más culpable. También tuvo esa sensación de que ya lo había vivido, de que ya lo había preguntado.
—No lo sé. — Hermione pudo notar la mirada cansada de Harry, aquellos días que había pasado comiéndose la cabeza se podían ver en sus ojeras.
—Con Ronald estuvimos pensando que… podríamos ir a comer por tu cumpleaños. — dijo evitando el tema de Ginny.
—¿El lunes? — ah sí, el lunes. Su cumpleaños.
— No, hoy. El lunes será un día un poco ajetreado para Ron, ya que tiene un caso de un muggle que se topó con un dementor. Podríamos ir a cenar a algún restaurante. —
—Pero hoy es sábado. — dijo confuso. Luego pensó y continuó: —Bueno, pero no vayamos al restaurante muggle que fuimos la otra vez. Fueron tan rudos… — Hermione sonrió y asintió.
Luego de una hora, la chica se fue, dejándole prestado el libro a Harry. Tras recibirlo, lo miró con extrañeza y lo dejó en su habitación. No lo iba a leer.
***
—¡Carta para el sr. Harry Potter! — Gritó Kreacher emocionado, en el comedor. Harry, que estaba tomando una siesta, tomó sus lentes y fue hasta la cocina. Ginny ya había vuelto de la salida con sus amigas, y estaba leyendo el periódico en el sofá junto al comedor. Cuando vio a Harry pasar, sonrió y dirigió su mirada de vuelta al –aburrido– caso de un mago que había atropellado a una serpiente.
—¿Por qué estás tan emocionado, Kreacher? — el elfo sostenía una carta y sonreía de una manera extraña, como si nunca lo hubiera hecho.
—¡Draco Lucius Malfoy Black ha enviado una carta! — gritó resaltando el “Black”. A Harry se le borró la media sonrisa que tenía puesta, frunciendo el ceño, y Ginny vio al elfo, confundida.
—¿Malfoy? — después de la guerra, Harry no hubiera creído que se volvería a relacionar con un Malfoy en su vida. Bueno, la única vez que lo había hecho era para mandar a Lucius Malfoy a Azkaban. Tomó la carta, y miró el nombre, el destinatario y la dirección:
“29 de julio 2003,
Draco Lucius Malfoy Black, de c/Millman con número 52, barrio de Shan House, distrito de Islington.
Harry James Potter Evans, de c/Grimmauld Place con número 12, barrio de Claremont Square, distrito de Islington.”
La carta se veía… real. Ginny esperó a que Harry abriese aquel misterio... ¿Qué querría?. Abrió el sobre sin delicadeza alguna.
“Harry Potter,
Han pasado demasiados años desde la última vez que nos vimos. Sé que puede parecer un tanto extraño que te envíe una carta después de que hayas arruinado mi vida mandando a mi padre a Azkaban, (eso dolió) pero lo hago para preguntarte si estaría bien que hablásemos. He tomado la decisión de dejar atrás esta vida (¿qué?), y hablar por una última vez para dejar todo claro me parecería lo correcto. Tranquilo, Potter, no me voy a suicidar (oh), no te haría ese favor. (sí, qué gran favor)
No voy a entrar en detalles. Nos vemos mañana a las 18 en The Ethiopian Coffee Company. Para esas horas ya será de noche. ”
