Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2023-12-12
Words:
4,574
Chapters:
1/1
Comments:
6
Kudos:
17
Bookmarks:
2
Hits:
129

Tormenta de verdad

Summary:

Phoenix y Miles se quedan repasando unos documentos. El tiempo se les echa encima, y también la tormenta... y la verdad que debieron decirse hace tiempo.

Notes:

Qué mejor que celebrar mis once años como conductora que un ligero Narumitsu para deleitarnos.
Amo esta pareja.

Work Text:

 

 

Edgeworth bajó la taza, que hizo un clic al chocar contra el platillo, sujeto en la otra mano. Se giró, despacio, contemplando al hombre que invadía su sofá, leyendo con rapidez unos folios.

Pestañeó, apuró el té y dejó la taza y el platillo en la bandeja. Los enormes ventanales de la Oficina del Fiscal teñían la ciudad de una luz melocotón, indicios del término de un día más.

El fiscal se acercó a prender el flexo, inclinándose en su silla, apoyando todo su peso. Volvió a quedarse mirando a Wright, tal vez en demasía, quizá por las complicadas reacciones de sus emociones cuando ese hombre estaba cerca.

Edgeworth llevaba bien la soledad, que a veces agradecía (sobre todo cuando el tiempo con Gumshoe se extendía más de la jornada de trabajo), y aunque había transcurrido tiempo y su persona parecía tolerar la presencia de otro ser humano a su lado que no fuera un colega de trabajo, aún se sorprendía cuando se quedaba a solas con Phoenix Wright. Era una sensación extraña: cuando Wright merodeaba cerca por temas de trabajo, Edgeworth se excitaba y tranquilizaba a la vez; cuando la reunión no incluía un motivo laboral, el sentimiento era el mismo, incluso aunque estuviera rodeado de más gente. Se preguntó qué don tendría el abogado, para hacer de él una persona sociable y medianamente agradable en su compañía.

Y, se dijo, la única con la que no tenía que fingir ser fuerte; a Wright no le gustaban esas muestras de hombre frío y duro, se lo había recordado en muchas ocasiones; gozaba al verlo perder, de la misma forma que lo respetaba si ganaba; sonreía cuando su lado friki salía a la luz, a pesar de sus intentos por esconderlo, y se mostraba realmente solícito ante situaciones incómodas, por ejemplo, si había que utilizar un ascensor.

De alguna forma, él también estaba pendiente de Wright desde hace tiempo. Al principio lo atribuyó al agradecimiento, pero después se hizo evidente que más que agradar al abogado, quería su compañía. Y algunas veces, en los favores que Wright le pedía, le parecía que Phoenix extendía el tiempo por alguna razón.

¿Qué sentiría Wright estando a su lado? Ahora, en ese preciso instante, sin apenas hablarse, mirando solo sus folios, subrayando, ajeno a su presencia. Quería preguntárselo, pero no sabía si era adecuado o se trataba de una pregunta demasiado personal. En ese terreno, Edgeworth desconocía los límites. Sin embargo, sí sabía que Wright estaba dispuesto a escucharle. Siempre lo estaba.

El moreno alzó la vista, encontrándose con la mirada de Edgeworth fija en él, y sonrió.

—¿Algo que quieras compartir?

Edgeworth bajó la cabeza, como si lo hubieran pillado haciendo algo impropio, y tartamudeó:

—¿D-del caso? No…

—Ah. Si es algo personal también puedes comentar lo que sea —el maldito sabía leer sus emociones mejor que él mismo.

Wright había dejado a un lado el dossier, girándose hacia él en un claro gesto de iniciar una conversación personal.

—No es nada importante.

—Venga, Edgeworth, te ha tenido en vilo unos minutos, y tiene que ver conmigo, si no, no habrías estado mirándome —la franqueza de Phoenix seguía dejando a Edgeworth fuera de juego, de forma que no sabía qué responder, sintiéndose idiota.

Una vez capturada la atención de Phoenix era muy difícil deshacerse de ella. Edgeworth reclinó la silla hacia atrás, cruzó las manos en su regazo y suspiró, mirando al techo.

—Solo pensaba cómo te sientes ahora, con el dossier en la mano, fuera de tu oficina.

—Cómodo, ¿cómo te sientes tú? —la respuesta fue tan rápida que Edgeworth casi no tuvo tiempo para asimilarla.

—Eh…n-normal, supongo.

Phoenix sofocó una risa, desviando la mirada hacia su taza de té, vacía sobre la mesita.

—¿Normal? ¿Es decir, si yo fuera Gumshoe te sentirías normal?

—No entiendo a qué te refieres.

—Solo intento saber qué es normal para ti.

—¿Un… sentimiento neutro? —pero no lo era. No era cierto.

—Bueno, al menos hemos avanzado. Hace tiempo, cuando me presentaba en tu oficina, me mirabas con cara de fastidio.

Edgeworth abrió la boca.

—S-supongo que me he suavizado con los años —la carcajada de Wright no se hizo esperar—. ¿Qué es tan gracioso?

Phoenix, sin embargo, hizo un gesto con la mano, sonriendo aún, la mano derecha volvió a agarrar el dossier y ambos cambiaron de tema, volviendo al trabajo.

   


 

Jueves. Ese día le había tocado a él pasar por la oficina de Wright y compañía, aunque no era una tarea para el Jefe en Fiscal de la ciudad, y Miles empezaba a pensar si hacer tiempo para verse era mutuo, ya que hacía tiempo que Phoenix y él habían dejado de coincidir en los juzgados, de estar frente a frente, aunque la rivalidad siguiese viva.

Le había sorprendido encontrar a Wright portando una camiseta escrita con mensajes aleatorios que le resultaba extrañamente familiar, en lugar de su camisa habitual y su corbata, pero Trucy, que estaba presente cuando hubo llegado, explicó, algo azorada, lo mal que le había sentado la comida y el estropicio causado tras vomitar sobre su padre.

—Ha sido una suerte que no alcanzase los pantalones —ambos rieron al ver el gesto de absoluta repugnancia que Edgeworth mostró sin saberlo.

La chica los dejó solos, y poco después terminaron la tarea que los había llevado ahí, a saber, unas firmas y autorizaciones. Como si el cielo conociera la futura acción del fiscal, atronó con fuerza, bien para hacerle darse prisa y bajar a su coche, o tal vez para quedarse un poco más.

Phoenix se acercó a la ventana y entrevió un cielo encapotado, cargado y listo para soltar.

—Va a caer una buena.

—Es cierto —Edgeworth se colocó a su lado, consciente del problema—. Espero que Trucy haya podido llegar a casa a salvo.

—Enseguida lo sabremos. Seguro que me manda un mensaje en cuanto esté.

Edgeworth contempló la oficina de la difunta Mia, adornada con algunos accesorios de magia, las estanterías revueltas y la mesa de Phoenix, desordenada, como si hubiera habido una guerra.

Las gotas no tardaron en caer, al principio trémulas, hasta que comenzaron a golpear los ventanales. Miles Edgeworth suspiró. Si tardaba mucho más en marcharse, corría el riesgo de conducir con poca visibilidad. Resignado, y con pocas ganas de salir a la calle, no tenía otra excusa que fabricar, una vez que Wright le hubiera firmado aquellos documentos.

—Creo que va siendo hora de que me marche —sus piernas, sin ganas, se pusieron en marcha, dirigiéndose hacia la entrada.

El abogado lo bloqueó a mitad de camino, con una pose segura y una sonrisa familiar.

—Quédate un poco más, no tiene buena pinta.

Como impulsado por un resorte, el fiscal sonrió a su vez, sin poder evitarlo.

—¿Preocupado por mi persona?

—Más bien por tu automóvil. Si la lluvia aumenta de tamaño, es posible que deje alguna marca en la carrocería.

—Podré soportarlo… tiene un buen seguro —la figura de Wright no se movía, parecía mirarlo de forma insistente.

El cielo rompió repentinamente, dejando retazos de luz en su viaje, ineludiblemente acompañado por el sonido de un trueno, que mermó el espíritu de decisión del fiscal, quien miró hacia la ventana, enfadado, después de agitarse.

—Uf, parece ponerse peor —dijo Phoenix, como si no hubiera notado la incomodidad del otro, o hubiera preferido no comentar nada.

Se acercó a la ventana, y la lluvia se hizo más insistente. En ese instante su móvil vibró: un mensaje de Trucy, indicando la llegada a su destino.

—Parece que quedaré varado aquí por varias horas, las que el temporal decida —rio ruidosamente—. Tu compañía sería bastante apreciada, Edgeworth.

El fiscal, notando aún un ligero tembleque (no es que tuviera miedo de las tormentas, pero en ocasiones, los ramalazos tronadores se asemejaban en demasía a sacudidas de terremoto), se acercó al sofá donde acababa de sentarse Wright.

—Te concederé ese deseo —alardeó, a pesar de que sabía con seguridad que el más asustado era él.

—Perfecto, haré un té.

—Fuerte, por favor.

El sonido del hervidor de agua los sumió en un silencio interrumpido por el azote de lluvia contra las ventanas.

El tintineo de las tazas contra la mesita de café despertó a Edgeworth de sus cavilaciones. Volvió la cabeza, desubicado.

—Oh, Wright, gracias —asintió al ver el bote de azúcar junto al abogado y la sacarina próxima a su taza.

Phoenix ocupó un lado del sofá junto a Edgeworth y volvió a contemplar las ventanas.

Iniciaron una cháchara banal, ocupada en mayor medida por su profesión, pasando por los compañeros de trabajo, deteniéndose en ciertos acontecimientos, generalmente asociados a Apollo Justice y a Athena Cykes, hasta que el temporal consideró necesario intervenir.

Al principio fueron fogonazos de luz, que fueron aumentando sin pausa hasta desterrar la electricidad de la oficina, y, presumiblemente de todo el edificio.

Del té ya quedaban posos, de la conversación el coro de risas y/o resoplidos. Edgeworth se levantó como un resorte, y Phoenix no tardó en acercarse y ponerle la mano en el brazo.

El fiscal gruñó, no se sabe si fastidiado por la situación o irritado por su reacción.

—Tranquilo, Miles, solo se ha ido la luz —a continuación rebuscó en un cajón lejos del escritorio—. Voy a ver si encuentro velas. Siéntate.

Edgeworth trató de respirar, de no recordar ese fatídico incidente que cada terremoto le hacía revivir una y otra vez. Cerró los ojos, agarró con fuerza el reposabrazos del sofá, y no se dio cuenta de que estuvo en apnea varios segundos hasta escuchar la voz de Phoenix muy cerca.

—Ya está —abrió los ojos, despacio: dos velas moribundas danzaban desacompasadas sobre la mesa—. No quedan más, tendrán que servirnos.

Edgeworth abrió la boca para agradecer el gesto de su amigo pero se quedó a medias al contemplar su camiseta blanca, adornada ahora en el pecho con una palabra brillante: abrázame.

Edgeworth pestañeó, inseguro de si estaba imaginando algo, pero no, ahí estaba la palabra, escrita en alguna tinta transparente de día, brillante en la oscuridad.

—¿Estás bien? —parece que llevaba demasiado tiempo con la vista posada en él.

Retiró la mirada, avergonzado, para después preguntarse por qué debía de estarlo, pues ni aquello era una declaración de amor ni estaba dirigida a él. ¿La habría pintado Trucy? Por otro lado, parecía algo muy Wright, por lo que quiso comentar al respecto:

—Mm, no, tu camiseta me ha distraído —en la oscuridad, iluminado por las velas, trató el fiscal de contemplar con cuidado el gesto de Phoenix, que solo se agarró la tela y bajó la mirada para contemplar el mensaje.

—Oh. Ya —rio nerviosamente—. Me la regaló Maya, ¿te acuerdas?

El fiscal trató de hacer memoria pero no lo consiguió.

—Parece creer que necesites contacto físico —bromeó Edgeworth, y después se dio cuenta de lo que había dicho.

—En algunas personas funciona —fue la respuesta que recibió.

—¿Qué significa eso?

—Significa —el abogado se inclinó hacia él—, que si yo llevara esto y quisiera un abrazo tuyo, no lo conseguiría.

Edgeworth tragó con dificultad. ¿Qué… había sido eso?

—Me cuesta entender que necesites recurrir a esas artimañas para pedir algo.

Phoenix estalló en carcajadas.

—¡Edgeworth! Hablas de un abrazo como si fuese la tiña.

—Y tú hablas de Maya porque es más fácil decir que un niño ha escrito eso a reconocer que lo has hecho tú —Phoenix pestañeó, incrédulo.

Inspiró, pero no había cogido suficiente aire cuando lo expulsó, contrariado.

—¿Cómo sabes eso?

El gesto del fiscal retrocedió veinte años, a cuando era un prodigio y su autoestima parecía inflada.

Las velas, frente a ellos, seguían danzando, permitiéndoles ver la cara del otro en claroscuros.

—¿Crees que después de leer cientos de informes con tu letra infame no voy a darme cuenta?

—¿Tan mala es mi caligrafía? —Phoenix alargó el tejido de forma que la tela se despegó de su estómago, las letras titilantes en la oscuridad.

Volvió a tronar, y esta vez fue Phoenix quien se estremeció. Rascándose la nuca, advirtió:

—De pequeño, cuando había tormenta, siempre me parecía que el cielo se iba a caer.

Las sombras proyectaban luces y oscuridad sobre el rostro de ambos, y Edgeworth se encontró mirando al abogado quizá durante demasiado tiempo. Retiró la mirada, avergonzado, dirigiéndola hacia la ventana.

—Parece que va para largo.

Phoenix resopló, inclinándose hacia atrás, estirando los brazos tras la nuca.

—Vaya, siento que esto te haga retrasar tu trabajo, aunque podríamos ponernos cómodos y cenar, ¿qué te parece? —Miles trató de no girar la cabeza, quiso evitar la visión de Wright sentado a centímetros de su persona, con esa aura de calma y despreocupación.

Miles alzó la muñeca: la aguja avanzaba implacablemente hacia las siete. Su estómago gruñó.

—Claro. ¿Qué mejor que una cena entre tú y yo, Wright?

Un rubor ligero se extendió en el rostro del abogado, coloreando bellamente sus mejillas. Alzó las cejas antes de responder.

—Eh… supongo que podemos pedir comida, ¿o crees que la carretera estará intransitable? Mandaré un mensaje a Trucy para que cene sin mí.

Demonios. El fiscal había olvidado eso. Miró al abogado, muy serio.

—Disculpa, Wright, no me había acordado de Trucy —sintió la mano de Phoenix sobre su muñeca, deteniendo todo pensamiento del fiscal, dedicándole una sonrisa eterna.

¿Por qué toda lógica del cerebro de Miles se volatilizaba cuando aparecía esa sonrisa estúpida?

—Ya paso tiempo con ella. Tú, sin embargo, estás más ocupado… Creo que me aprovecharé de esta noche de tormenta.

La voz, rasgada, con Wright ligeramente inclinado para comunicarse, sacudió su parte baja.

Edgeworth no tendría que haberse pasado por ahí. No debería haber cedido a sus impulsos de ver al abogado, pudo haber enviado los documentos a través de Apollo. Ahora, estaría en su casa, envuelto en su bata, cómodamente instalado frente a su mesa, con una cena mucho más nutritiva, en lugar de la pasta que había encontrado Wright por ahí.

En su lugar estaba a oscuras en la fría oficina de ese hombre, con relámpagos y truenos como banda sonora, solos, a la luz de las velas en un mismo sofá…

Edgeworth se tapó el rostro, avergonzado.

Maldita sea, con el paso del tiempo y seguía teniendo esos sentimientos inútiles… retiró las manos, para encontrarse un rostro fantasmagórico delante de su cara. Al no encontrar suficiente espacio personal, reaccionó de forma impulsiva, apartando a Wright de un empujón, haciéndole chocar con la mesa.

—Ouch… —se quejó el abogado dirigiendo el brazo hacia la parte baja de la espalda—, me has dejado fuera de juego.

—Eres idiota, Wright —con las manos hechas puño se levantó, molesto consigo mismo y la situación. Esa ridícula camiseta… ¿por qué tenían que pasarle estas cosas? Dirigió los pasos hacia la ventana: el temporal parecía haber amainado, aunque seguía lloviendo, pero a un ritmo más suave. Apretó los brazos, incómodo. Detrás de él, Phoenix seguía quejándose.

¿Por qué no ponía rumbo a su casa de una vez? ¿Qué se lo impedía? ¿Por qué sus pies no se movían cuando quería huir? Con lo bien que lo hizo en el pasado.

Se giró, tras un carraspeo nervioso, para anunciar su marcha, pero en el mismo instante en que lo hizo, con el apellido de su némesis en la boca, el aviso murió en el intento.

El abogado estaba recogiendo la mesa. Separaba vasos de platos, servilletas de residuos, de espaldas a él. El fiscal hizo algo con la garganta, como si le costara respirar.

Wright tenía otra palabra brillante en su espalda.

La que le hizo parar todo pensamiento.

Primero, se quedó en shock intentando procesar lo que veía. Se frotó los ojos, los achicó, los agrandó, pero si bien la luminosidad decrecía, las letras no desaparecían.

—Wright —el fiscal se acercó varios pasos, de forma intimidante, o eso le pareció: su lenguaje corporal presionaba ambos codos, en un gesto muy claro para el abogado, cuya sonrisa se desvaneció al ver el gesto serio de Edgeworth.

—¿Todo bien?

—El mensaje… en tu espalda.  

—¿El mensaje? ¿También escribí ahí? Ya no me acuerdo, ¿qué pone? —el fiscal arqueó una ceja, consciente de que estaba siendo utilizado.

—Wright…

—Pero dilo, Edgeworth —se hizo un silencio, donde volvió a tronar. El aludido carraspeó, dudó y proclamó:

—“La verdad siempre prevalece”.

Wright ensanchó la sonrisa de tal manera que el fiscal se preguntó por qué era tan idiota y tan débil. Sin embargo, Phoenix balanceó con dificultad lo recogido y añadió:

—La verdad es una virtud que nunca deberíamos perder de vista, incluso en nuestra vida privada.

Miles lo vio llevar los cacharros a la cocina improvisada que había en la oficina y miró la luz de la vela, hipnotizado. El abogado predicaba una forma de vivir que poco tenía que ver con la suya. Si hacía falta mucho esfuerzo para mentir, la valentía dirigía la vida de Wright. Pero no siempre fue así. Hace unos años, el propio Phoenix se vio obligado a vivir entre mentiras.

—¿Eso es lo que más te ha dolido? —Phoenix se volvió, sus manos ya libres de todo objeto—. Me refiero a vivir sin distintivo. Ocultando cosas.

—¿Ocultando? Trucy me ayudó con eso, supongo. La magia es increíble pero tiene sus trucos, su sombra.

—Wright, lamento tanto no haber estado ahí…

—Ya pasó, Edgeworth —el hombre se acercó, le rozó el antebrazo y Edgeworth pareció combustionar.

—Lo siento — los claros ojos del fiscal parecían tristes, decaídos. Phoenix enarboló su arma, la utilizaba siempre para disipar los males disfrazados de oscuras nubes. Edgeworth no se sorprendería si la tormenta parase de forma instantánea al sentir el brillo de la sonrisa de Wright. Esa arma paró su corazón hace mucho tiempo.

—Hay… algo que puedes hacer por mí… ahora —el fiscal abrió los ojos. La oscuridad tapó el sonrojo del abogado, que extendía los brazos esperando una posibilidad remota—. Abrázame.

Edgeworth se quedó tan helado, parado en la misma zona, sin moverse un ápice, sin respirar. Ese hombre… quería un abrazo. Suyo. ¿Había algo más íntimo que eso? Nada podía acercarlos más, y Edgeworth temió hiperventilar. Un fuerte trueno rasgó el cielo, iluminándolos por completo, y como si estuvieran a punto de caer a un precipicio, tal vez pisando la cuerda floja, ambos se acercaron el uno al otro, de forma impulsiva, como un avance obligado, atendiendo al miedo más que a la necesidad.

El pecho del fiscal dejó salir todo el aire, se liberó, como si la mera presencia del otro hubiese sanado su corazón maltratado, como si se hubiera disipado la tormenta y ahora estuviera contemplando un cielo raso, azul, como sus ojos…

Las manos de Edgeworth comenzaron a temblar, porque ese hombre lo apretaba contra sí, y si bien ambos llevaban el susto del trueno y el relámpago en sus cuerpos, estaban muy lejos de afectarlos ya, aunque la oficina siguiera a oscuras, de la misma forma que la lluvia caía, sin piedad.

—Aaah, hace mucho que deseaba hacer esto —Phoenix recargó la cabeza sobre el hombro de Miles, separando los cuerpos al cambiar de postura.

—¿Por… lástima?

Phoenix tuvo que mirarlo a los ojos. Estaban tan cerca que sus alientos se mezclaban. El abogado bajó la voz, susurrando, como si la intimidad hubiese avanzado.

—¿Lástima? ¿Te di lástima cuando estuve sin distintivo? —como el otro negara con la cabeza, Phoenix continuó—. Edgeworth, hemos pasado muchas cosas. Media vida llena de incidentes.

Edgeworth notó las manos alrededor de sus antebrazos, ambos se sujetaban como si fuesen a caerse.

—Y ningún abrazo.

—No —sonrió Phoenix, torciendo el gesto.

—¿Estás quejándote por eso? —A Miles le parecía que la vida de Wright estaba llena de personas aficionadas al contacto físico, y que, de todos modos, Wright no tendría que pedirlo, siempre habría alguien que…

—Me quejo porque tú no me los das. Ni dejas que yo lo haga… es… irritante.

Miles casi se rio a carcajadas, no pudo evitar asomar una sonrisa sardónica.

—Supongo que los míos son muy caros.

—O eso, o los gastas en otros… —Phoenix se deshizo del agarre, y Miles se sintió frío, siendo nuevamente consciente de la oscuridad y la tormenta. Todavía podía oler a Phoenix, a pesar del medio metro que los separaba, pero, sobre todo, podía ver en su esplendor esa palabra, escrita en grande en la parte baja de su espalda.

—Bésame.

El cuerpo de Phoenix se tensó. Después se volvió, con el ceño fruncido.

—¿Qué?

Miles carraspeó, nervioso.

—Es… lo que pone en tu camiseta, Wright.

—No puede ser… —Phoenix se arrancó la camiseta a pesar del frío, sostuvo la tela, leyendo el mensaje en la parte baja de la espalda, legible solo en la oscuridad, como el mensaje antes visto.

Pestañeó, abrió la boca, la volvió a cerrar, preso de un descubrimiento anormal.

—E-Edgeworth… es tu letra.

El fiscal se agarró el codo, inmensamente incómodo.

Sí, claro que se acordaba. Ver esa palabra lo catapultó al recuerdo: sucedió tras una victoria del abogado: fue en esa misma oficina. Atendieron Maya Fey, Larry, Gumshoe y Kay Faraday. Miles no recordaba demasiado aquella tarde porque sobrepasó su dosis de alcohol y además llegó un poco más tarde. Maya le regaló a Wright esa camiseta y todos dejaron un mensaje plasmado con rotuladores para tela. Miles utilizó un rotulador luminoso que Ema Sky le había prestado días atrás, y así fue como terminó escribiendo en la camiseta de Wright.

—Creí que no habías escrito nada…

—Lo extraño es que escribieras tú en tu propia camiseta —se burló Miles.

—Estaba frustrado.

—Sí, recuerdo cómo me quitaste el rotulador —Miles continuó mirando a Wright, que seguía posando los ojos sobre la palabra entonces oculta, ahora visible para ambos—. Vístete o cogerás frío.

Phoenix alzó la cara, y otro relámpago le permitió ver el rubor traidor que cubrió sus mejillas.

—Edgeworth… hay algo que no sabes sobre esta camiseta. Es… un credo. Ya sabes, esas máximas que uno debe cumplir por el resto de sus días.

—No me digas. —Phoenix asintió y Edgeworth volvió a agarrar sus antebrazos. Los ojos claros de Wright se tiñeron de pánico.

—N-no no se supone que deberías estar de acuerdo…

—Pero lo escribí yo. —El fiscal se acercó peligrosamente, inclinándose hacia Phoenix, quien trastabilló y sus piernas golpearon la mesa, aliado de madera que absorbió el impacto de dos hombres cuyo latido amenazaba con tronar más fuerte que los propios truenos—. ¿Me… permites, Wright?

El abogado asistió al espectáculo más inesperado de su vida: Edgeworth le arrancó la camiseta de las manos, la lanzó por ahí, pegó su cuerpo aún más y atrapó sus labios de forma posesiva.

El primer contacto fue torpe, incómodo, pero después, Edgeworth acercó la nuca de Wright con decisión y lo volvió a pegar a él, besándolo de nuevo en un mejor ángulo, más demandante esta vez.

—Aaah, por fin —suspiró, más para él que para el otro, en el instante en que el trueno se fue alejando, y el relámpago no volvió a aparecer, siendo igualmente visible el gesto incrédulo del abogado, que se tapó la cara con las manos.

El fiscal vio aquello demasiado tierno y tiró de ambas muñecas para volver a inclinarse, pero Wright le detuvo con una mano en el pecho.

—¡E-Edgeworth, espera! Maldita sea, déjame que asimile esto…

Aquello fue un añadido más al impulso de dejar a Wright sin habla ni conciencia. Llevaba demasiados años deseando eso y no podía haber sido más breve. No era justo. Hizo una maniobra para volver a atraparlo de nuevo pero el abogado se zafó.

—V-voy a ponerme ropa —y se lanzó a buscar la camiseta, sin éxito.

—Wright, si voy a por ti lamentarás haberte marchado.

—¡Yo solo quería un abrazo!

Edgeworth echó a caminar, hacia su sombra. Por fin lo atrapó cerca de las estanterías de las carpetas. Puso ambos brazos a los lados de su cara para impedirle escapar y volvió a besarlo, más suave esta vez. El beso fue correspondido y los brazos de Wright lo atrajeron más hacia él. El fiscal perdió la cuenta del tiempo que pasaron contra el mueble, besándose como si fueran adolescentes, pero al separarse seguía sin sentirse saciado.

—¿Qué acaba de pasar? —se preguntó Phoenix, en shock.

—Si necesitas que vuelva a…

—¡No! —el fiscal muy bien podría haberse sentido rechazado si no fuera porque la mano de Wright tiraba de su chaqueta—. Es que no quiero que huyas.

Como respuesta, Edgeworth se quitó la chaqueta, le hizo ponérsela y lo llevó de la mano al sofá. Ahí, ambos tuvieron tiempo de asimilar lo ocurrido, en silencio.

—No puedo creer que me haya besado Miles Edgeworth, el fiscal del distrito y mi eterno compañero y amigo.

La verdad, esa conclusión era muy cierta, porque Edgeworth tampoco lo creía. Algo había tomado posesión de su cuerpo para acercarse así a Wright, para hacer realidad una de sus fantasías, que jamás pensó pudiera ser posible. Esperó al ataque de pánico, tal vez a la hiperventilación, pero su cuerpo no hizo nada de eso. No reaccionó mal, solo… tomó la mano del abogado, con ternura.

Wright parecía tener un gesto extraño en el rostro, y no parecía volver del estado de shock.

—¿Me he extralimitado?

Escuchar la voz del fiscal le hizo volver, y negó con la cabeza, posando su mano en la cara.

—No, yo… lo deseaba desde hace mucho. Solo… me pilló por sorpresa. No sabía que fueses tan ardiente.

—¿Lo deseabas?

—Claro. Me gustas desde hace mucho.

Ese fue el turno del fiscal para mirar al infinito, sorprendido. Recordó la muerte de su padre, la separación sufrida no solo de su familia, sino también de su mejor amigo, y cómo Phoenix trató de alcanzarlo mandándole cartas, tratando de restablecer el contacto, para, años después, que fuese Miles quien se preocupara por el bienestar de Phoenix, su carrera y su futuro.

—¿Cuánto tiempo hemos perdido, Wright?

—¿Perdido? —el abogado se llevó su mano al pecho, con la mirada visiblemente nublada—. Todo mi esfuerzo, todas nuestras decisiones nos han llevado hasta aquí, y si este es el final, uf… lo firmo, Miles.

—¿Estás llorando?

—Solo un poco.

—Siempre fuiste un llorón —bromeó, atrayendo hacia así a Phoenix, volviendo a sentir su cuerpo, el calor, su olor corporal.

Ambos quedaron en silencio, a oscuras, en ese sofá, reconociendo sus manos, enlazándolas con cuidado, tocándose con vehemencia, casi con adoración. Fue cuando volvió la luz a todo el edificio.

—Ah. No sé si sentirme aliviado o molesto —bromeó Edgeworth.

—Podemos terminar el papeleo —propuso Wright, pero no dijo nada más ante la mirada acusadora del otro.

—Ni lo sueñes. Lo único que voy a explorar hoy es a ti, Wright, así me toque dormir en este cuchitril.

—¡Hey! No ofendas a Charly ni tampoco a Mia. Este lugar… no es como el tuyo, pero tiene amor. Y cariño. Y mucha magia.

Edgeworth alzó la mano para volver a besar a Wright, sonrió con satisfacción y proclamó:

—Wright. Tú eres la magia. No solo disolviste mis pesadillas del pasado, sino que ahora has eliminado por completo mi temor a las tormentas. 

La tormenta, que comenzó de un modo feroz, parecía haber desatado una cúpula emocional dentro de esas cuatro paredes, una tormenta de entendimiento y aceptación mutua. De verdad.

 

 

 

BONUS:

 

—Oye, Edgeworth… si yo he disuelto todo eso que has dicho… ¿cuándo vas a ayudarme a dejar de temer tus informes de autopsia actualizados?

—Eso no sucederá. Tus caras son impagables y pienso hacer más en el futuro. Prepárate.

 

 

 

FIN