Chapter Text
¿Acaso es un ser divino?
Es demasiado hermoso.
Tocó suavemente el pecho desnudo, sintiendo los suaves latidos. Su mano resaltaba entre toda esa extensión de piel pálida y tersa. ¿Cómo es posible que no tenga cicatrices? Realmente es impresionante, no tiene ninguna imperfección. El cuerpo suave y cálido debajo de él se removió con lentitud, dando un ligero espectáculo, resaltando los músculos en esa piel de apariencia tan frágil y perfecta. Suspiró. Absurdamente hermoso y fuerte, el pináculo de la creación.
Ambas manos sujetaron la estrecha cintura, y con sus pulgares presionó las costillas (flotantes 11 y 12) mientras subía lentamente sus manos. Sentía que con solo presionar sus manos rompería la caja torácica. Pero solo presionó suavemente y acarició el esternón, sintiendo los músculos moverse bajo la palma de sus manos y la punta de sus dedos.
Maldición. Cerró fuertemente sus ojos hasta que su vista se nubló con extrañas formas coloridas. Pero aún podía sentir la calidez de aquel sujeto y el suave ritmo de su corazón. ¿Es real?
Abrió sus ojos y por un momento no vio nada. Pero luego de un par de parpadeos, aquel hombre aún estaba acostado semidesnudo debajo de él, con su rostro cubierto por aquel pañuelo negro. ¿O es una bandana? Solo se divisaba el cabello oscuro, fino y brillante. Suspiró ante la vista, que más da...
Se inclinó y se movió hasta que las piernas largas y esbeltas se abrieron para él. Su mano izquierda tocó la suave rodilla y presionó sus dedos hasta dejar marcas rosadas, mientras que la otra mano seguía trazando el relieve de los músculos del torso.
Su cuerpo se sentía caliente, ansioso por quitarse la ropa, pero pareciera que toda su atención se la robaba ese sujeto. ¿Tendrá algún tipo de encanto sobrenatural o solo es su gracia y elegancia normal lo que lo hipnotiza?
Manos pálidas adornadas con largos dedos y uñas perfectamente recortadas y pulcras rodearon sus muñecas, apartando bruscamente sus manos del cuerpo pecaminoso. El rostro quedó al descubierto, aquella tela que estorbaba y escondía aquel encanto había sido apartada, revelando...
Belleza divina...
Sus ojos, oro líquido, dorados como una puesta de sol; destellaban un brillo cegador y peligroso como aquella espada que suele posarse en esa espalda cubierta de músculos magros. Y como si no fuera suficiente con esos ojos. Las pestañas largas y espesas eran el marco perfecto para aquellas dos joyas que eran sus ojos. Las cejas oscuras y pobladas acompañadas de una nariz recta y afilada... Armonía facial en su máximo esplendor.
"Impresionante", murmuró sorprendido ante tanta magnificencia.
Una pequeña sonrisa adornó los finos labios rosados del sujeto, haciendo notar un hundimiento en sus mejillas y en la esquina de su boca.
Magnífico.
Es la armonía encarnada, cada gesto, tan majestuoso y a la vez presuntuoso, insinuaba un poder que abrazaba los límites de la divinidad.
No puedo más.
Con rapidez tomó las manos que momentos antes lo detuvieron y las presionó en la cama, restringiendo las extremidades. El cuerpo debajo de él exhaló con fuerza ante el trato brusco, y eso solo lo alentó a continuar. Podía sentir la calidez de la parte posterior de los muslos del contrario atravesando su ropa. Sus pantalones se sentían ajustados y su entrepierna comenzaba a doler de una manera que nunca antes había experimentado. Él le estaba provocando un deseo indomable. Se inclinó dispuesto a besar aquellos labios pecaminosos y obscenos que lo invitaban a hundirse en el placer carnal que nunca antes había sentido ni anhelado. Tan cerca de hundirse en el pozo y ahogarse de deseo por el hombre. Solo un poco más para devorar aquella boca lasciva y dejarse llevar por la libido... Algo que solo él había logrado despertar. Solo un roce. Labios suaves y esponjosos se abrieron invitándolo a devorarlos. Junto más sus cuerpos, sintiendo la calidez del contrario. Cerró sus ojos y besó.
Despertar...
Oscuridad. Solo había oscuridad. Un maldito sueño... Otra vez. Suspiró sonoramente mientras pasaba sus manos por su rostro intentando despejar su mente y quitarse esa sensación de adormecimiento causada por el despertar tan abrupto.
"Maldición, ¿Por qué?", murmuró frustrado mientras movía sus piernas. Su entrepierna estaba dura, aunque era algo de esperarse teniendo en cuenta el sueño erótico que hace unos minutos estaba gozando.
Su mano derecha bajó con lentitud por su abdomen y se posó en su entrepierna. El frente de su ropa interior estaba mojado con su pre semen. Al parecer había disfrutado mucho de su sueño, o mejor dicho, fantasía sexual.
Apretó los dientes al rozar su entrepierna. Jodidamente vergonzoso, tapó su rostro con el antebrazo y metió su mano dentro de su bóxer. ¿Debería?
Apretó la base de su pene y cerró los ojos con fuerza, odiaba la sensación de descontrol, lo hacía sentir como un mocoso; un adolescente hambriento de tacto.
Lidiar con su deseo sexual no era algo grato, ni siquiera sabía lo que debía hacer, solo se guiaba por su instinto. Se había tocado a sí mismo un par de veces y todo por culpa de ese hombre, jamás había sentido nada así hasta que se encontró con él... Desde ese día todo había sido confuso, desde el golpe a su orgullo y ego producto de esa gran humillación, hasta pensamientos y sueños eróticos que jamás había tenido, deseaba a aquel hombre de una manera tan carnal e indebida que se sentía avergonzado y sucio.
Su mente, sus sueños estaban plagados de pensamientos; imágenes de aquel hombre.
Hombre
Sí, un hombre. Tenía interés en un hombre... Eso lo confundía aún más, no estaba interesado en las mujeres y tampoco en los hombres, bueno, hasta hace unos meses. Comenzó su aventura para convertirse en el mejor espadachín del mundo y se encontró con él. Lo diviso a lo lejos y su corazón comenzó a latir fuertemente y cuando pudo notar aquella figura simplemente se quedó sin aliento, por un segundo creyó que era un ángel en vez de un ser humano. Desde el momento en que lo vio se sintió raro, pensó que era admiración o respeto, pero al parecer era más que eso; mucho más.
Despertar sexual. Esa fue su conclusión y bueno, tal vez un poco de pánico gay, aunque no estaba tan seguro de lo último. Solo ese hombre le parecía atractivo, solo él le había provocado esas nuevas sensaciones y reacciones.
"Dracule Mihawk". Deseaba al mismísimo, ojos de halcón, el mejor espadachín del mundo; aunque no será por mucho tiempo.
Su rival era objeto de su deseo. No es como si pudiera evitarlo, por lo poco que sabía del tema se suponía que era algo natural.
Había escuchado hablar de que en algún momento de la adolescencia comenzaba a tener lo llamado despertar sexual, que era causado por la atracción hacia otras personas. Pero a él jamás le había ocurrido.
Nunca sintió interés en las personas o por lo menos no de esa manera.
Y Mihawk es absolutamente atractivo, con toda esa piel pálida e impecable, ojos tan extraños e impresionantes que te dejan sin aliento. Sus facciones son bellas y su cuerpo es el complemento perfecto para tal rostro. El tipo simplemente es una fantasía sexual andante.
"Verlo desnudo debe ser toda una experiencia"
Desde ese día todo había cambiado para Zoro. Sintió la adrenalina y el éxtasis al luchar contra Mihawk. Se sintió absolutamente abrumado por el porte del hombre, tan elegante y sofisticado. Y simplemente se sintió atraído por él.
Alejo su mano de su ropa interior y trazo la cicatriz que cruzaba su pecho, aún estaba fresca, pero ya no dolía tanto. Ese día lo que más salió lastimado fue su orgullo y su ego, el dolor físico no era comparable al dolor emocional, humillado; patético había entrenado tanto para terminar derrotado de esa manera. Fue un cruel golpe de humildad.
Mihawk está a un nivel superior al suyo, eso lo desanimada. Pero no abandonaría su sueño, no rompería su promesa.
Presionó su dedo índice en su esternón donde yacía la cicatriz.
"Un recordatorio de que debo derrotarte"
Mihawk vio algo en él... Algo por lo cual su vida valía la pena.
"Debo ducharme" miro su entrepierna y suspiró. "Con agua muy fría".
Ducharse no le era algo muy satisfactorio, pero al parecer no tendría otra opción.
"Maldito Dracule Mihawk" gruño
Se levantó con pereza, estiró sus brazos y decidió comenzar su día.
Podía escuchar el ligero alboroto de la tripulación y eso le provocó una ligera sonrisa. Comenzaba a disfrutar de la compañía y de la aventura.
"Me gustaría que estuvieras conmigo, Kuina" murmuró mientras miraba el techo.
"Te hubiese gustado esto. Apuesto que te estarías burlando de mi desgracia".
El cocinero se consideraba una persona bastante observadora y se enorgullecía de sacar provecho de esa habilidad mientras convivía con la tripulación. Pudo notar las peculiaridades en las acciones y el carácter de cada compañero, pero había uno que le resultaba difícil de descifrar; Roronoa Zoro. El tipo simplemente era estúpido, al menos así lo pensaba el rubio. Mientras más conocía al otro, más raro lo encontraba. ¿Qué tipo de persona rechazaría a una bella dama? Un idiota, un estúpido cabeza de musgo, ¿verdad? Solo un tonto rompería el pequeño y bello corazón de una dulce mujer, y eso era lo que había visto hacer al espadachín varias veces, sin siquiera inmutarse. Eso lo hacía hervir de ira.
Sanji había notado una peculiaridad única en el marimo; era casto. No tenía ningún deseo romántico o sexual. No tenía idea de esos temas; era como un puro e inocente niño. Sabía que Zoro conocía algunos términos, se había encargado de preguntarle y hostigarlo hasta hacerlo hablar. Pero su conocimiento sobre el tema era casi mínimo.
Su capitán también era similar, aunque no parecía perturbado por ello. Con respecto al tema, parecía saber lo que era la atracción y el interés hacia alguien (tal vez lo había sentido), pero no le importaba, ya que para él, convertirse en el rey de los piratas era su prioridad.
Pero el marimo no tenía ni idea de cómo era esa sensación. Sanji estaba seguro de que jamás había sentido interés sexual o romántico por alguien.
Hasta que lo escuchó hablar dormido. "Hermoso, divino y bello" eran algunos de los halagos que decía el espadachín. Su curiosidad aumentó y esperó un rato tratando de entender y descubrir a quién iban dirigidos esos elogios, pero nada. El marimo no reveló el nombre, aunque Sanji pudo deducir que se trataba de un hombre que al parecer poseía una piel sin cicatrices ni imperfecciones, alguien tan atractivo como para hacer que un idiota como Zoro soñara con él.
Sanji sentía mucha curiosidad por esa persona que era capaz de perturbar el sueño de alguien tan desinteresado e incrédulo como Zoro. Debe ser un tipo realmente impresionante. Un hombre, así que le gustan los hombres. Eso fue muy inesperado. Pensaba que era asexual o arromántico debido a que no tenía interés en nadie. Vio muchas veces cómo Zoro rechazaba indirectamente a mujeres y hombres que se le insinuaban. Pero al parecer, había alguien que fue capaz de captar el interés del idiota. Anhelaba saber el nombre de esa persona; quién era el poseedor de tanta belleza. ¿Será alto o bajo? ¿Moreno o pálido? ¿Tendrá el cabello castaño o rubio? Tal vez tenga un tono de cabello extraño. ¿Cómo será?
¿Quién es? ¿Cómo es? ¿Cuándo y cómo se conocieron?
"¿Quién será? ¿Seré yo?", pensó mientras miraba su reflejo. Tocó su barbilla y entrecerró los ojos. "Soy atractivo y mi piel es bonita. No puedo culpar al idiota por sentirse atraído por mí. Soy un bombón y, además, mi comida es exquisita. Soy todo un galán". Sonrió y se arregló el cabello.
Su sonrisa flaqueó.
"¡Mierda! Estúpido marimo".
¿Quiero saber...? ¿Quién es la persona que irrumpe en tus sueños?
En algún lugar del barco, el pobre Zoro estornudó con fuerza.
No tenía ni la menor idea de lo que le esperaba en la semana, ni mucho menos lo que le deparaba el futuro.
