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2024-01-07
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Follia D'Amore

Summary:

Pablo es un empresario gastronómico que busca asociarse con un viñedo para colocar un restaurante en Italia.
Lionel es dueño de unos viñedos en Chianti.
Dedicado a Lu @thinkscaimar te adoro mi cieloo<3

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Se apoyó ligeramente en el asiento del copiloto, con la mirada fija en el horizonte que se extendía más allá de la ventanilla del auto. El viento jugaba con las hebras de su cabello mientras el aroma fresco de la campiña italiana se filtraba por la ventana entreabierta, y los cipreses se erguían como guardianes silenciosos a lo largo de la carreta, sus figuras esbeltas recortadas contra el cielo azul profundo.

—¿Y? ¿Estuviste viendo viñedos? —Le dice el hombre de ojos azules que maneja el vehículo.

—Sí, pero no me convencen, muy básicos. —Responde, mientras revisa su celular.

—Bueno tengo un amigo que es dueño de unos viñedos en Montalcino, después te paso el contacto o mañana cuando vayamos a recorrer lo vamos a ver, la tiene clara el loco.

Pablo Aimar, a sus veintiséis años es un empresario gastronómico. Hijo de una familia dedicada a la gastronomía y al arte culinario, desde temprana edad había absorbido el conocimiento y la pasión por los sabores exquisitos y la armonía que podían brindar los platos.

Los Aimar habían forjado una identidad única para sus comidas, convirtiéndola en una línea de restaurantes en Argentina. Pero Pablo anhelaba ir más allá.

Su mente inquieta y su ambición lo impulsaban a expandir horizontes, dando asi un salto geográfico para tener la oportunidad de fusionar la tradición argentina con la riqueza culinaria y enológica italiana.

Con este deseo, Aimar estaba decidido a establecer un restaurante en Italia que fuera tributo a la excelencia gastronómica y al maridaje perfecto entre vinos y platos. Es por ello que buscaba asociarse con algún viñedo de la zona, para crear experiencias únicas y exclusivas.

Acaba de llegar y su amigo Walter Samuel, un abogado que vive en Toscana se ofreció a recogerlo en el aeropuerto y posteriormente llevarlo al hotel que Aimar reservó para su estadía. Si su negocio resultaba posteriormente se encargaría de alquilar un departamento.

—Bueno Pablito, acá estamos, ponete pipi cucú para la noche que salimos a tomar algo con unos amigos. —Le comenta el grandote, cuando llegan al hotel, mientras lo ayuda a bajar su valija.

—Estoy fundido cabeza, vamos mañana si querés.

—No, que mañana, ya reservé lugar. Dormite una siesta y después para las nueve te paso a buscar.

—Bueno, espero que por lo menos tengan un buen Martini y no esté cargado de aceitunas pasadas.

—Que te haces el chetito si hasta hace unos años andabas llenándote las rodillas de barro en un potrero, gil.

Pablo ríe, dándole la razón y seguidamente se despide para ingresar al hotel. Luego de registrarse, con la tarjeta en mano de su habitación se dirige a esta y sin acomodar nada se recuesta en la suavidad del colchón y poder destensar su cuerpo luego de quince horas de viaje.

Después de avisarle a su familia y cercanos que ya se encontraba en tierras florentinas puso a cargar su celular y seguidamente dormir una siesta. Nunca podía dormir bien en los vuelos.

cuando despertó, notó que la noche ya había caído y su reloj marcaba las 20:30, y es así que como un resorte saltó de la cama tomando toallas, sus productos para el aseo, ingresar al baño con rapidez y de esta manera poder ducharse en el menor tiempo posible.

Al finalizar casi a las corridas secó su cabello con la toalla y formó sus rulos, parte vital para su imagen. Se quiso matar cuando recordó que no sacó sus prendas de la valija.

Con cuidado, estiró la camisa blanca y el pantalón negro, nunca fallaba esa combinación, y agradecía que no estuvieran arrugados.

Después de cambiarse, ponerse los zapatos y rociarse un poco de perfume, estaba listo. Sonriendo orgulloso al ver en su celular que había tardado dieciocho minutos, él jamás iba a ser impuntual.

Luego de cerrar la puerta de la habitación, bajó al lobby donde dejó la tarjeta y salió, visualizando a su amigo que ya lo estaba esperando afuera del auto.

—Pareces un patovica. —Bromea Aimar cuando ve a su amigo vestido con pantalones y camisa negros, con esta última prenda resaltando su trabajado torso.

—Ah sos gracioso. Dale subí.

—No te calente’ che. —El cordobés sube al coche entre risas, encontrándose con dos hombres más.

—Te los presento, Pablo, él es Martin, el arquitecto. —Menciona Samuel, señalando al hombre rubio.

—Que tal, un gusto, Pablo, Pablo Aimar.

—Martin Palermo, un gusto igualmente.

—Y él es Román, él tiene los viñedos en Montalcino.

—Un gusto.

—Que tal, Pablo, Juan Román Riquelme. Me comentó Walter que te especializas en el maridaje de vinos y andabas con ganas de poner un restaurante por acá.

—Exactamente, mañana voy a empezar a recorrer algunas zonas, busco asociarme con un viñedo.

—Bueno, para lo que necesites, estoy a tu disposición. El viñedo está a cuarenta minutos y por la 222 llegas sin problemas.

—Perfecto, te agradezco.

Ambos estrechan sus manos, y el cordobés no es tonto. Nota que ese tacto dura más de lo debido, y la sonrisa del morocho ya le da un indicio de algo más. No se queja, al contrario, le devuelve el gesto y no va a negarlo, es lindo, bastante.

Al llegar, los cuatro hombres bajan del vehículo ingresando al bar donde un jazz suave ambientaba el lugar.

Después de que walter da su número de reserva se sientan en una mesa, mientras Pablo observa con detenimiento cada rincón del bar nocturno. Su mirada se posa primero en la imponente barra, pulida y reluciente, adornada con una gama de licores y destilados exquisitos. A lo largo del local, varias mesas elegantemente dispuestas crean un ambiente íntimo y acogedor, bañadas por la suave luz de las lámparas colgantes.

En una esquina, un espacio amplio acoge a un grupo musical, sus melodías de jazz llenando el aire con una atmósfera vibrante y nostálgica. El castaño se siente atraído por la destreza de los músicos, quienes parecen fusionarse en una sinfonía armoniosa que flota alrededor de los presentes.

La verdadera maravilla para él son las personas que llenan el bar. Todos están vestidos con un estilo elegante y sofisticado, exudando una presencia que irradia clase y refinamiento. Cada conversación parece una danza de palabras en italiano, un idioma que fluye suavemente entre los comensales, añadiendo un encanto especial al ambiente.

Los gestos son elegantes, las risas suenan como notas musicales en perfecta sintonía con la melodía del jazz. Aimar se siente cautivado por la energía que emana del lugar, una mezcla única de buena música, conversaciones animadas y un ambiente donde el encanto italiano parece impregnarlo todo.

El grupo de hombres decide pedir unas cervezas, Pablo creyó que iban a pedirse algún coctel más caro, pero no emite opinión. No es que le disguste, pero realmente prefería tomar otra cosa menos pesada luego de un viaje tan agotador.

Mientras el grupo habla, Aimar mira a su alrededor, quiere familiarizarse con el ambiente.

—Che, ¿Vos sabes hablar italiano? —Inquiere Samuel luego de darle su orden a la mesera.

—Casi nada, en ese sentido no me preparé lo suficientemente bien. —Responde honestamente.

—¿Y cómo pensás hacer negocios con un propietario si no sabés hablar italiano?

Tenía razón, estaba al tanto de ese detalle, pero siempre lograba ingeniárselas.

—Yo te puedo enseñar. —Habla Román antes de que Aimar pueda decir algo.

Pablo no es boludo, si antes olfateaba algo ahora directamente lo ve, sabe que el morocho tiene segundas intenciones con él.

—Aprecio mucho tu disposición, y te lo agradecería. —Contesta. Tranquilamente podría usar otro tono y respuesta, pero quiere ver hasta donde es capaz de llegar con su chamuyo Riquelme.

La noche comienza a pasar entre cervezas, aunque Pablo solo bebió un poco. Se muere de hambre, pero sabe controlarse, sus amigos no han pedido nada y ya están mirando a algunas mujeres que pasan a su lado.

Martin se levanta de la mesa para acercarse a una de las mesas, donde una mujer lo espera. Los tres hombres ríen, y el que se va a los pocos minutos es Román, también acercándose a una fémina que hace rato venia revoloteándole los ojos.

Las cejas de Pablo se arquean ante esto y ríe internamente. Se ve que Riquelme no tenía tanto interés en capturar su atención.

Aunque Aimar perdió el interés en Román mucho antes. Específicamente hace quince minutos.

—Che vos, te quedaste muy callado y no dejas de mirar para la barra. —Le dice Walter, que está de espaldas a la barra, pero se percató que los ojos avellanos de su amigo están en esa dirección hace rato.

—¿Eh? Cualquiera. —Contesta, desviando la mirada y volviéndola a la mesa.

—A ver, que es lo que andas pispeando, enano.

El grandote se gira sobre su silla, para así visualizar lo que estaba robando la atención de su compañero.

Walter logra ver como emerge la figura de un hombre distinguido sentado a lo lejos, en un rincón estratégico frente a la barra. Su traje, un mar de azul profundo, se ajusta con la precisión de un sastre a su esbelta figura, mientras que la corbata celeste, impecablemente anudada, acompaña la pureza de su camisa blanca como un destello de luna en la noche.

Los cabellos negros, enmarcan su rostro firme y elegante teniendo en la mano derecha, un vaso que reposa con serenidad.

Su mirada, enigmática y penetrante, está dirigida hacia la figura de Pablo, teniendo una distancia entre ambos grupos que parece diluirse en la intensidad del escrutinio, como si el hombre del traje azul estuviera tejiendo hilos invisibles entre los presentes con su sola observación.

 —Uh la puta madre. —Es lo primero que dice Samuel.

—¿Qué? ¿Está mal? ¿Es un mafioso? —Comienza a inquirir Aimar.

—No boludo. Es Lionel Scaloni.

—Aah… —El castaño finge entender irónicamente. —¿Y quién chota es Lionel Scaloni? —Pablo es de mecha corta, no le gusta que lo jodan y eso causa que en poco tiempo pierda su tono educado.

—Es un propietario de unos viñedos en Chianti.

—¿En serio? —Los ojos del cordobés parecen iluminarse ante esa respuesta y vuelve a mirar hacia la barra, recibiendo una sonrisa por parte del pelinegro, lo cual ocasiona que sus mejillas se calentaran.

—Sí, pero es la competencia de Román. Los dos tienen las mejores marcas en Italia y compiten por un lugar en los premios Decanter.

—Jodeme…

—No boludo, en serio. El Negro lo odia, es un tano bastante forro y agrandado. —Le comenta.

—Pero está re bueno. —Defiende el de rulos, que en cualquier momento larga espuma por la boca.

—Tiene su facha. —Concuerda, bebiendo lo último de su cerveza. —Te lo querés chamuyar, ¿No?

—Cabeza, se parte de lo lindo que está.

—Andá, Román está muy pegadito a esa mina, ni se dio cuenta. Cualquier cosa yo te hago la gamba.

—Sos un genio. —Pablo vuelve a mirar al tano, y nota que la silla de su lado está vacía. El azabache, con sus ojos, le da la indicación que se acerque, y Aimar siente que si no está sentado se cae de culo en cualquier momento. —Te mando mensaje cualquier cosa.

Y luego de decir aquellas palabras, se levanta de la silla, arreglando su camisa, encarando para donde estaba el hombre.

—Enano, pará. —Walter lo llama.

—¿Qué?

—Tiene cuarenta años. —Avisa.

—Mejor. —Le contesta con una sonrisa socarrona, para luego retomar su camino.

Pablo se sintió impulsado a acercarse a la enigmática figura de ese desconocido, sentado con una calma casi mística frente a la barra. Atravesando entre mesas y conversaciones murmurantes, un ligero nerviosismo bailaba en su pecho, pero se entrelazaba con una sensación de alivio. Por fin, algo despertaba su interés en aquel lugar adormecido, y esa revelación hacía que la noche adquiriese un nuevo matiz.

Cuando alcanzó el lugar donde Lionel reposaba, su mirada serena se encontró con la del misterioso hombre. Una sonrisa acogedora se dibujó en el rostro del azabache, una señal de bienvenida que disipó parte de la inquietud de Pablo. Con un gesto sutil, Scaloni indicó con la palma de su mano un espacio a su lado, invitándolo a sentarse.

Aimar notó con una discreta observación que Lionel había solicitado dos Martinis, e inmediatamente se encontró con el hombre ofreciéndole uno de los vasos con un gesto afable.

—Buona notte.

Y en cuestión de segundos al riocuartense se le cae toda la calentura. No sabe italiano, ¿Cómo carajo piensa chamuyárselo?

Respira normalmente, va a improvisar. Es lo que mejor sabe hacer y siempre le resulta. Tampoco es tonto, entiende la similitud que tienen las palabras italianas con su lengua.

—Buona notte. —Responde, sentándose.

Ahora, a solo unos centímetros de distancia, Aimar pudo apreciar con mayor nitidez los rasgos de su misterioso acompañante. Los ojos de Lionel, eran profundos y oscuros como la noche, la nariz, de líneas rectas y elegantes, confería a su rostro un aire de nobleza clásica, complementando su frente amplia y serena. Los labios finos, apenas esbozando una sonrisa, poseían una calidez acogedora que contrastaba con la reserva de su mirada siendo coronada por una mandíbula firme que exuda determinación y masculinidad.

El cutis de Scaloni era como un lienzo impecable, una piel suave y perfecta que parecía desafiar al tiempo mismo. Su porte, impecable y elegante, irradiaba una confianza tranquila, como si estuviera acostumbrado a transitar entre mundos con la misma gracia con la que se movía en aquel aburrido bar.

—Piacere di conoscerti, mi chiamo Lionel Scaloni

Pablo no sabe si va a fallecer porque no entiende casi una mierda lo que dice el tano o porque acaba de descubrir que le calienta que le hablen en italiano.

—Mi chiamo Pablo Aimar, piacere di conoscerti. —Repite.

—La notte è molto bella, non credi?

Su mente está en blanco, está perdiéndose en la belleza de ese varón y claro, en los nervios.

—Eeh, si, molto bella. —Se quiere matar, no puede responder solamente eso.

—Vuoi da bere?

Listo, hizo su mejor intento. Acá se despide. No entiende nada.

Y siente que quiere salir corriendo cuando escucha al hombre reírse ligeramente.

—No sos de por acá, ¿No?

No puede responder. El tipo habla perfectamente español y no solo eso, sino que tiene un marcado acento argentino.

—Eh, no… Soy de Córdoba. ¿Vos? —Sonríe intentando transmitir confianza y poder recomponerse.

—De Santa Fe, pero estoy viviendo acá hace más de diez años. —Responde.

—Mirá vos. ¿Por qué me hablaste en español?

—Solo un argentino reconoce a otro argentino. —Contesta, haciendo coincidir al riocuartense. —Que agradable es encontrar un compatriota por estas zonas. ¿Qué andás haciendo? ¿Turismo?

—No, laburo. Soy empresario gastronómico. Me estoy empezando a enfocar en el maridaje de vinos, vine a Italia para recorrer viñedos y poder asociarme con alguno. Con mi empresa tenemos la idea de colocar nuestra cadena por otros lugares de Europa. —Contesta, obteniendo por completo la atención del azabache, mientras toma un sorbo de su Martini.

Ahora que está más tranquilo puede dar lugar al alcohol. Y festeja internamente cuando se percata de la exquisita calidad de su bebida.

—Yo soy propietario de un viñedo en Chianti, Scaloni Cantina.

—Mira vos. ¿Y es en serio o me lo decís para chamuyarme? —Listo, Pablo estaba en su salsa, hablando su idioma natal era capaz de todo.

—Te puedo llevar y mostrarte mi línea si así lo deseas.

—No sé. Ya recibí otras ofertas.

—¿De quién? ¿De Riquelme? Bueno, si lo que querés es exhibir vinos picados adelante. Si buscas algo más que eso, estoy a tu disposición para enriquecer la elección. —Responde, tajante.

Y Pablo no sabe si quiere levantárselo por lo hermoso que es, por la edad que porta, o por la claridad para responder.

—¿Y vos que me ofrecerías? —Termina su Martini y el alcohol lo ayuda a sentirse más dado.

—Calidad excepcional, exclusividad. ¿No te gustaría descubrir un mundo de placeres refinados?

No puede seguir haciéndose el difícil. Necesita que ese hombre se lo empome inmediatamente.

—Podría ser, pero ahora es muy tarde.

—Pablo, nunca es tarde para las sensaciones que un buen vino te puede otorgar. Las horas tardías guardan sus propios encantos.

El cordobés iba a necesitar que le tiren un baldazo de agua fría para bajarle la calentura, o que lo pellizquen para saber si todo aquello era real.

Lionel encajaba perfectamente en el dicho “Como el vino”

Entre más viejo, más bueno.

—¿Y? ¿Qué decís?

Aimar mira hacia su mesa, allí está Walter que lo observa y le asiente, como si supiera que su amigo le estuviera pidiendo permiso para irse.

—Vamos. —Afirma, pero antes de levantarse, saca su billetera para pagar los tragos.

—Dejá eso ahí. —Lo detiene, para seguidamente dejar unos euros en la barra junto a las copas. —Venga con me. —Añade, sonriendo con una clara picardía.

—Gracias.

Seguidamente, salieron del bar, encaminándose hacia la zona de los vehículos. El azabache retira del bolsillo de sus pantalones las llaves, quitándole el seguro a un Maserati.

—Qué nivel.

—Es un placer elevar el estándar. —Contesta sonriente, para seguidamente abrirle la puerta del copiloto a su nuevo acompañante.

Pablo ingresa al auto, y luego de cerrar la puerta le envía su ubicación en tiempo real a su amigo. Podría estar volando de la calentura, pero la precaución nunca la perdería.

Luego de que Lionel sube al auto y lo arrancan emprenden viaje hacia el hogar del argentino.

Mientras el santafesino manejaba con destreza por las serpenteantes carreteras nocturnas de Chianti, Pablo se dejaba envolver por la mística del paisaje que se desplegaba a través de la ventanilla. La oscuridad de la noche apenas era desafiada por las luces dispersas de los pueblos cercanos.

Los viñedos se deslizaban a ambos lados del camino, sus hileras de vides parecían enmarcar la noche en un cuadro de silenciosa majestuosidad. Las colinas ondulantes se perdían en la oscuridad, mientras el aroma a tierra húmeda y uvas maduras se filtraba a través de la ventana abierta.

—¿Te molesta si pongo música? —Habla Lionel, capturando la atención de Pablo.

—No, para nada. Adelante.

Lionel sonríe y enciende el estéreo. “Follia D’Amore” de Raphael Gualazzi comienza a sonar en el interior del vehículo.

Aimar sonríe encantado por la canción y decide mirar hacia su piloto. Las manos de Lionel, firmes y seguras, se aferraban al volante con destreza. Los dedos, marcados por la fuerza y la determinación, parecían acariciar el cuero del volante con la confianza de quien domina el camino. La muñeca derecha, adornada por un reloj que resplandecía bajo la tenue luz del tablero, añadía un toque de refinamiento a esa imagen de vigor.

Los huesos metacarpianos, apenas visibles bajo la piel, revelaban la firmeza de su sujeción al volante. Era una exhibición sutil pero elocuente de la fuerza que residía en esas manos, un contraste entre la elegancia del reloj y la marcada presencia física que emanaba de los nudillos y articulaciones.

El cordobés apreciaba estos detalles y otros más casi sintiéndose en las nubes, hasta que un instante de complicidad fue detectado por su admirado anfitrión.

Lionel, percibiendo la atención de Pablo, volvió su mirada hacia él. En ese momento, como si hubiera sido sorprendido en un acto de contemplación, Aimar apartó la mirada, como quien despierta de un sueño al ser descubierto. Un leve rubor se asomó en sus cachetes, consciente de haber sido atrapado admirando la fuerza y la elegancia encapsulada en las manos del hombre al volante.

—Podes mirar, no muerdo. —Bromea, ambos riéndose.

—¿Estamos muy lejos? —Inquiere, buscando cambiar de tema.

—Unos diez minutos. —Contesta. —Contame más de vos.

—¿Qué te gustaría saber?

—¿Cuántos años tenés?

—Veintiséis. —Contesta seguro. —¿Te jode?

—En absoluto. Así que cordobés… ¿Cómo se llama tu cadena?

—Aimar. Igual que mi apellido.

—Creo que habré visto algunos restaurantes con ese apellido la última vez que fui a Buenos Aires. ¿Son tuyos?

—Míos no, de mi familia. Pero si, somos una empresa familiar. —Pablo comienza a mover su pierna al ritmo del jazz. —¿Y vos? ¿Cómo empezó tu bodega?

—También familiar. Mis abuelos eran tanos y se dedicaban a esto, pero con un toque más simple. Aunque yo nací en Santa Fe, a los diez nos fuimos a vivir a Mendoza, ahí empezamos con el viñedo y después emprendimos a Italia cuando por sucesión a mi viejo le tocó heredar la bodega de mis abuelos. —Cuenta sin problemas.

—Así que estás acá hace rato, por eso la tenés tan clara con el italiano.

—L’Italia è un paese bellissimo, ha una lingua bellissima, come te. —Lionel mira con una sonrisa seductora a su acompañante que ríe nervioso.

—No entendí absolutamente nada.

—Pero te gusta que te hable así, ¿No?

—Te estás empezando a agrandar un poquito me parece. Sos un desubicado.

—¿Yo? Para nada. Te hice una pregunta y no me respondiste, me parece que el desubicado sos vos. —Contraataca sonriente.

—¿Y por qué tendría que responderte?

Lionel frena el auto a un costado de la banquina. El corazón de Pablo comienza a latir con rapidez, y cree que no puede aguantar más sin sentir el tacto de aquellos finos belfos sobre los suyos.

—¿Te gusta desafiar mi autoridad? —Lionel acercó su cuerpo al del cordobés mientras posiciona una de sus manos sobre el muslo del contrario.

Pablo debe contener la salida de un suspiro de sus belfos ante ese tacto y controlarse. —Nunca demostraste tener autoridad alguna sobre mí.

—¿Y te gustaría que te la demostrara? —La mano del azabache comienza a subir hasta posicionarse en la mejilla de su acompañante.

—No creo que demuestres mucho.

Ahora, esa mano baja estrepitosamente a la marcada mandíbula del riocuartense que está a punto de delirar con el tamaño que esta ocupa sobre su rostro en sí.

—Te hice una pregunta. ¿No pensás contestar? —Scaloni comienza a acercar su boca.

—Si… —Está empezando a ceder, no cree aguantar mucho.

—¿Si qué?

—Me gustaría q-que la demostraras… —Susurra.

—¿Cuánto?

—Mucho, Lionel… Por favor…

La respiración de Pablo comienza a volverse más pesada cuando lo nota acercar su rostro al suyo, a la par que siente que su corazón va a salirse de lugar por tanta tensión.

Lionel ríe suavemente y suelta su agarre, retomando su anterior postura, dejando descolocado al de ojos avellanas. —¿Seguimos? Es peligroso quedarnos en la carretera a estas horas.”

Pablo sonríe, es un hombre atento y precavido. —Por supuesto. —Intenta disimular que lo ocurrido recién no lo descolocó por completo y que hace menos de dos minutos no estaba suplicándole.

Retoman el viaje, con el jazz de fondo embriagándolos, mientras la ventanilla baja le otorga a Aimar la dicha de ser acariciado por la suave y fresca brisa.

—¿Fue fuerte? —Inquiere Pablo. Lionel lo mira con una ceja arqueada por unos instantes, sin entender, para luego volver concentrar su vista en la ruta. —El desarraigo. Digo, venir a una edad tan temprana a este país y acostumbrarte a una lengua distinta, costumbres distintas. —Explica. No puede evitarlo, la curiosidad es una de sus cualidades más destacables.

—Ah, sí, bastante. No sé si por el idioma, es parecido al nuestro y lo vas entendiendo. Pero el resto sí, más que nada despedirme de amigos, aunque acá hice muchos. Pero no te voy a negar que a veces me agarra esa nostalgia y las ganas de estar andando en bicicleta por las calles de mi pueblo vienen de vez en cuando.

Pablo lo escucha atentamente, lo comprende.

—Pensé en volver cuando tenga mayoría de edad y una familia. Pero siempre fui un tipo de laburo, no tuve el tiempo para conocer a alguien y formar un vínculo. —Agrega. —Te darás cuenta que ya soy un tipo grande.

Pablo no responde, solo sonríe ligeramente, pero no sabe qué contestar exactamente.

—Disculpá, me fui por las ramas.

—No, está bien, no hace mal hablar de estas cosas de vez en cuando.

—Bueno, acá estamos. —Anuncia cuando llegaron a lo que era la propiedad del santafesino.

Ingresan por el portón automático, Pablo observa la enorme casa alzarse frente a su vista, visualizando también la fuente que está en el medio, todo de lujo.

Luego de estacionar el vehículo, Scaloni sale del auto y le abre la puerta a su compañero, y con la cordialidad que lo caracteriza, lo ayudó a salir del auto tomándolo de la mano.

—Gracias. —Musita Aimar, para luego encaminarse junto al dueño de casa a la entrada del hogar.

Era una casa rural, envuelta en la serenidad de la campiña toscana, era un oasis de elegancia rústica. Las paredes, revestidas con una suave capa de estuco en tonos cálidos y terrosos, conferían a los espacios una sensación acogedora. La luz de los faroles de afuera filtrada a través de las ventanas adornadas con cortinas de lino daba vida a cada rincón, creando juegos de sombras que danzaban con la brisa suave que se colaba desde los campos.

Obras de arte impresionistas y esculturas discretas se integraban en las paredes, capturando la esencia de la Toscana, mientras que estantes de madera maciza exhibían una colección de libros antiguos y souvenirs de viajes, testimonios de historias y aventuras vividas.

Los muebles, de líneas simples pero elegantes, estaban confeccionados en maderas nobles y acabados en tonos naturales. Mesas de centro de mármol se mezclaban con mesas auxiliares de talladas a mano, creando una armonía entre lo opulento y lo terrenal.

—Qué lindo que está, se come bien con los viñedos parece.

—Está todo hecho a base de laburo. —Responde con una sonrisa Scaloni. —¿Tenés hambre?

—Se me va a ir el modismo, pero sí, estoy re cagado de hambre. Lo último que comí fue una ensalada al mediodía. —Responde sincero, ligeramente avergonzado.

—Ponete cómodo, ya traigo algo para picar. —Lionel le señala con la palma de su mano el sofá de terciopelo verde oscuro, que tenía en frente una mesa ratona.

—Gracias. —Pablo se sienta, sacando su celular del bolsillo, encontrándose con un mensaje de Walter.

“Todo bien?”

Contesta diciéndole que todo estaba en orden y luego, se puso a admirar el hogar del argentino con más detalle, captando unas escaleras que llevaban seguramente a las habitaciones, observa un piano de cola en la sala, como también la salida hacia lo que parecen ser los viñedos.

Luego de unos minutos, Lionel regresa, con una tabla de su madera en la mano que traía jamón crudo y bondiola. En su otra mano agarraba perfectamente dos copas y bajo su brazo una botella de vino.

—Me hubieras avisado y te ayudaba. —Pablo se levanta para tomar la tabla y dejarla en la mesita ratona.

—Sos mi invitado, mirá si te voy a hacer servir. —Lionel deja en la mesa las dos copas y la botella, para después sacar de su bolsillo el sacacorchos. —Bondiola y jamón crudo, de la finca de mi hermano. Y el vino es un Malbec de esta bodega, me parece perfecto para los toques ahumados del jamón crudo, lo complementa perfectamente sin abrumar los sabores, además te va a ayudar a limpiar el paladar entre bocado para que puedas disfrutar de cada matiz.

—Excelente maridaje. —Comenta Aimar, que se le empieza a hacer agua la boca al ver los embutidos.

Una vez más, las grandes manos de Lionel, hábiles y seguras, se vuelven protagonistas ante la mirada de Pablo cuando se aferran al cuello de la botella de vino con una destreza natural y en un giro experto, el corcho cedió con un susurro suave, liberando un sonido que resonó en la estancia, como una melodía de satisfacción que acompañó el aroma embriagador que se escapaba de la botella.

Scaloni, con elegancia y cortesía, vertió el vino en la copa de Pablo, llenándola con el líquido carmesí que prometía deleitar los sentidos. El gesto fue correspondido cuando Lionel llenó su propia copa, compartiendo así el disfrute de aquel momento especial.

—Por el encuentro. —Lionel toma su copa, alzándola.

—Por el encuentro. —Repite el castaño y luego ambos chocan ligeramente las copas para después degustar el vino.

El primer sorbo del Malbec acarició el paladar del riocuartense como una sinfonía de sabores y matices que despertaron sus sentidos. El vino, con su profundo color rubí, ofreció un primer contacto con notas frutales intensas que se desplegaron suavemente en su boca.

La textura aterciopelada del vino danzaba en su lengua, invitándolo a saborear con deleite. Una sensación de satisfacción se dibujó en su rostro, reflejando el disfrute genuino que experimentaba al encontrarse con un vino de tan exquisita calidad.

Luego, centró su atención en los fiambres dispuestos con esmero sobre la tabla. Delicadas lonjas de jamón serrano, la bondiola y los quesos artesanales tentaron su paladar. Con meticulosidad y curiosidad, exploró cada sabor, dejando que las distintas texturas y notas se fundieran en un juego armonioso en su boca.

 —¿Qué te parecen?

—No sé si es por el hambre, pero esto es un manjar. —Responde.

—Me alegro. Tenés restos en la comisura. —Señala Lionel.

—¿Me lo sacás? —No piensa desaprovechar la oportunidad, por lo que deja la copa apoyada en la mesa ratona, y se acerca al mayor.

Scaloni, sin problemas, pasa el pulgar por la comisura de los gruesos belfos de Aimar, quien mira fijamente a los ojos negros, mientras el oriundo de Pujato centra toda su atención en la boca del cordobés.

Cuando el santafesino termina de limpiar los restos del embutido, no aparta sus falanges, siguen allí, mientras el silencio los abraza.

—No hay ninguna ruta, ¿Ahora si vas a seguir? —Inquiere.

—¿Vos querés que yo siga?

—Absolutamente.

La complicidad también los abraza ante las miradas que se brindan. Pablo ve a Lionel dejar la copa en la mesita y así posar ambas manos en sus mejillas.

Como si estuvieran programados, sus rostros se acercaron, con el silencio consumiéndolos para que solo pudieran escuchar las respiraciones del otro.

Ambos entreabren sus labios y el cordobés está seguro que puede llegar a descompensarse si Lionel no lo besa, porque entre que este lo está agarrando de las mejillas con esas manos que parecen ser más grandes que su rostro, y el tenerlo tan cerca mirándolo seductoramente, está más próximo a perder la cordura a que seguir manteniendo su sanidad.

Hasta que finalmente, la presión de los finos belfos de Scaloni sobre los gruesos de Aimar se hace palpable, quedándose unos segundos quietos como si estuvieran intentando corroborar que todo aquello era real.

 Y luego sí, comienzan a moverlos acompasadamente buscando adaptarse de a poco a la boca del otro y de esta manera incrementar la intensidad, mientras las manos de Pablo se apoyan en uno de los muslos de su acompañante, apretándolos ligeramente. No iba a negarlo, había deseado hacer aquello desde que contempló como aquel pantalón azul marino apretaba los fuertes muslos del santafesino con firmeza.

A la par de esto, Lionel no puede evitar suspirar por aquel tacto, y claro, porque el riocuartense besa increíblemente bien.

Cuando la falta de aire los somete, se separan un par de centímetros para poder respirar adecuadamente, y así contemplar los ojos del otro.

—Hacelo de nuevo, Lionel. Por favor, besame otra vez. —Musita Aimar, que acaba de descubrir los besos de ese hombre y no piensa experimentarlos una sola vez.

—Con mucho gusto.

Nuevamente vuelven a unir sus bocas, esta vez con más confianza y sobretodo con más intensidad, ahora Lionel dándose el gusto de acariciar los rulos de su amante, sintiendo la suavidad bajo el tacto de sus falanges.

No omiten el hecho de que la temperatura corporal en ambos ha comenzado a subir gradualmente, por lo que el primero en despojarse de una de sus prendas es Scaloni, retirándose el saco azul marino.

El riocuartense observa como los fuertes brazos del contrario se marcan con la camisa, y esto se multiplica cuando el azabache se la arremanga, dando una buena vista de sus brazos ligeramente bronceados.

Lionel era mucho más grande que Aimar en todo sentido, y eso al muchacho de cabellera castaña le encantaba.

—¿Te gustaría ir arriba? —Susurra el oriundo de Pujato entre besos.

Pablo asiente y entre suspiros solo logra modular un ligero “Mhm” como sonido de afirmación.

Ambos se levantan, caminando hacia las escaleras, donde vuelven a fundirse en un intenso ósculo, mientras suben los escalones con cuidado, dando paso a que sus manos toquen todo lo que deseen.

Al llegar al segundo piso, los besos no cesan, Lionel guía el andar de ambos hasta abrir la puerta de su habitación.

En esas cuatro paredes, un sommier impecablemente vestido con sábanas blancas invitaba a que cada uno de sus deseos se hagan realidad. El suave resplandor de la luna se filtraba a través del ventanal gigantesco, bañando el espacio en una luz plateada que acariciaba cada rincón.

Desde allí, el viñedo se extendía en la distancia, sumido en una quietud mística que solo la noche podía otorgar y el suave y melódico fluir del Jazz emergía de los parlantes estratégicamente ubicados en la habitación, tejiendo una atmósfera íntima y romántica.

—¿Te gusta la vista? —Le pregunta, a Pablo que se había quedado embelesado mirando el ventanal.

—Mucho. —Contesta en un susurro. —¿Pero sabés que me gusta más? —Aimar esboza una sonrisa coqueta, subiendo sus manos hasta detenerlas en el cuello de la camisa.

—¿Qué cosa?

—Vos. —Responde, desabotonando lentamente, mordiéndose ligeramente el labio inferior ante la vista del pecho del santafesino.

—Ti piace ciò che vedi? —La voz ronca de Lionel solo logra aumentar el calor corporal de Aimar que se limita a asentir.

Scaloni también opta por desabotonar la camisa del otro, observando los lunares que adornan su pecho, llevando los labios hacia aquella zona para llenar de besos la tersa piel de su amante que suspira y jadea, acariciándole la cabellera azabache.

Lentamente recuesta el delgado cuerpo de Pablo en el colchón, quedando encima suyo y atreviéndose a mover sus caderas para así frotar ambas intimidades cubiertas por la tela de sus prendas.

Los belfos de los dos se entreabren para liberar algunos jadeos. Aimar observa al mayor con total deseo dejándose retirar la camisa, apretando sus carnosos labios con los dientes cuando observa las fuertes y grandes manos del santafesino posarse en su diminuta cintura.

“Me va a hacer mierda” Pensó.

Pero pese a que la excitación y la calentura puedan invadir los sentidos de cualquier persona, Lionel no dejaba de ser un completo caballero y de tratar a su cuerpo con total delicadeza, como si este fuera una pieza de porcelana y correría el riesgo de romperse en cualquier momento.

Los besos y mordidas que el hombre dejaba eran delicados, pero lograban sacarle más de un jadeo.

Sin querer quedarse atrás, el cordobés desliza con suavidad la camisa del mayor, revelando una piel que ansía ser acariciada. Con una devoción palpable, se entrega a la tarea de explorar cada centímetro de la mandíbula, el cuello y los hombros de Lionel con sus labios ardientes, dejando un rastro de besos y marcas efímeras que se convierten en una firma de cuánto lo desea.

Y mientras continúan en ese juego previo, la fricción de sus cuerpos enciende una chispa que alimenta el fervor del momento, cada roce pareciera arder. Sin dejar de lado la sutileza que los caracteriza a ambos, cada toque o fricción se asemejaba a la chispa que emitía un fósforo al rozar la cerilla.

Se retiran sus últimas prendas, y el primer gemido de la noche es emitido por Aimar al sentir el tacto de las falanges de Scaloni sobre su erección, acariciándola lentamente.

Los toques continúan, y luego Lionel, con suma delicadeza decide prepararlo al castaño para la intromisión, sin dejar de ser un caballero en ningún momento, besándolo y acariciándolo para hacer más ligera la lubricación.

Una vez listo y luego de colocarse el preservativo, comienza a introducirse en el interior de su amante, soltando un pequeño gemido al sentir como su erección era ligeramente apretada, y, por otro lado, como las uñas del menor rasguñaban su enorme espalda.

Las estocadas arrancan siendo lentas y cuidadosas para que el castaño pueda ir acostumbrándose al tamaño. Pablo decide sumergirse en esa sensación, cerrando sus ojos para capturar cada detalle de ese instante embriagador. Un suspiro entrecortado escapa de sus belfos entreabiertos, mientras sus dientes acarician suavemente su labio inferior en un gesto de ansiedad y deseo incontenible.

Y pareciera que solo el colchón del sommier, en su abrazo suave y reconfortante, parece entender todas las oleadas que empiezan a atacarlo como respuesta a los movimientos de las estocadas de su amante.

Sin embargo, no tolera la delicadeza en estos momentos, por lo que sus manos toman el adónico rostro del hombre que se encuentra encima suyo, y une ambos labios en un apasionado ósculo mientras sus piernas se aferran a la cintura del mayor, obligándolo a introducirse de lleno en su interior, causando que ambos suelten un gemido sobre la boca del otro.

—Ni se te ocurra parar. —Le dice Aimar, con sus ojos reflejando la lujuria.

Lionel asiente y pronto sus caderas empiezan a crear un vaivén brusco y certero, que provocó el fuerte tironeo de las falanges del cordobés sobre las oscuras hebras del santafesino.

Los rosados labios del cordobés, entreabiertos y entre gemidos entrecortados, solo pueden articular sus deseos más profundos, sus peticiones entregadas con fervor a Lionel, quien responde con una entrega total y una disposición absoluta a satisfacer cada anhelo.

 

Los gemidos de Pablo empiezan a resonar en la habitación, provocando que el placer palpite en esa atmosfera mientras su frágil cuerpo se mueve de arriba hacia abajo, agarrándose de una de las almohadas, mirando hacia el ventanal que está a su derecha, observando la bella noche que los acompañaba, sin poder distinguir correctamente el paisaje que era iluminado por la luna a causa de tener la vista nublada por las lágrimas.

Lágrimas que derramaba por el placer que ese hombre le estaba otorgando en cada una de sus embestidas que lo harían ver las estrellas que adornaban el firmamento en cualquier momento.

Eran completamente diferentes en todo sentido. Y lo que más destacaba eran sus diferencias de tamaños. Pablo tenía ese cuerpo bien trabajado encima suyo, haciéndole parecer mucho más pequeño de lo que ya era.

No podía quitarle la vista de encima a ese hombre, probablemente Lionel termine con ojeo luego de esa noche, pero poco le importaba. Los orbes avellanos del riocuartense vagaban sobre su cuerpo una y otra vez, sintiendo que podría llegar a babear ante la imagen del torso de Lionel subiendo y bajando una y otra vez encima suyo, apreciando sus hombros, clavículas. pectorales, y aquel abdomen perfectamente depilado.

—¿Te gusta, corazón? —Susurra entre jadeos el santafesino, sin dejar de moverse. —Te hice una pregunta, contestame.

Pablo no sabe cómo no falleció en el instante en que Lionel posicionó con fuerza su enorme mano sobre su mandíbula, obligándolo a mirarlo fijamente a los ojos, ejerciendo una ligera presión.

—¿No vas a responder? —No podía. La vista se le nublaba por las lágrimas y la calentura haciendo de las suyas lo hacía perder sus cinco sentidos.

Y claro que esa mano daba la impresión que abarcaba casi todo su rostro, pero que también lo estaba haciendo desechar la cordura de a poco.

—Si… —Apenas puede responder en un susurro, y sus labios vuelven a abrirse para gemir cuando el santafesino bajó su mano hacia el cuello.

—No te escucho

No sabe si está tocando el cielo o está descendiendo al infierno ahora mismo. Acaba de descubrir que ese tacto lo vuelve loco. Lo vuelve loco que Lionel le muestre la autoridad que tiene sobre él.

—M-Me gusta… —Aquellas palabras son pronunciadas apenas con un hilo de voz.

—Me volvés loco, Pablo.

Aquel comentario pareció una sentencia, porque seguidamente volvieron a besarse sin darle paso a la delicadeza, mientras Lionel se enfocaba en volver sus embestidas lo más intensas posibles, sacudiendo aquel cuerpo debajo suyo.

Aimar decide detener la labor de Scaloni después de un rato, para en un rápido movimiento sentarlo en el colchón y luego, sentarse en sus fuertes piernas, dejándose besar por ese varón que recorría su cavidad bucal con su sinhueso sin problema alguno, tirando de su labio inferior de vez en cuando, mientras Pablo se dedica a volver a introducir la erección dentro suyo.

Es ahí cuando puede observar el deseo en los orbes de Lionel, que se han vuelto completamente oscuros.

Deseo por él. Por poseer su cuerpo, por volverlo suyo y de nadie más.

Sin dudarlo, el de rulos mueve las caderas con sensualidad, embelesando a su amante, sintiendo que puede llegar a enloquecer al momento en que Pablo empieza a dar pequeños saltos, auto penetrándose.

—Lio… Lio…

El nombrado se siente encantado por como su nombre sale de esos gruesos belfos, por lo que se dedica a llenar de marcas ese cuerpo que ante la presencia de sus manos pareciera ser mucho más pequeño.

El vientre de Lionel cosquillea, la manera en la que su erección golpea una y otra vez la próstata del menor lo puede llegar a enloquecer, esa deliciosa fricción le genera más de un espasmo, y en busca de más placer, mueve sus caderas para acompañar los movimientos de su amante.

Mientras tanto, Pablo no deja de gemir y de rasguñar la fuerte espalda de Scaloni, dejándose besar, morder, marcar, lo que sea, para este punto, la piel del santafesino se encuentra completamente enrojecida. La lujuria los envuelve a ambos y tampoco hay lugar para cederle protagonismo a la consciencia.

El orgasmo los alcanza casi al mismo tiempo, con una mínima diferencia de segundos, y es un punto tan alto que lo dejan en claro al apegar sus cuerpos, al mirarse entre gemidos y jadeos.

Lionel vuelve a recuperar sus fuerzas, pero también su delicadeza, recostando al dueño de darle el mejor orgasmo en mucho tiempo, sobre el colchón y taparlo con las sábanas luego de limpiarlo.

Hace lo mismo, los dos ahora mirando el techo mientras sus respiraciones tratan de ser regularizadas y sus cuerpos son atacados por esos temblores y espasmos tan característicos posteriores al acto.

—¿Estás bien? —Inquiere Lionel cuando escucha las bocanadas de aire que toma su acompañante.

—Completamente bien. Dame un rato para que me recupere. —Contesta entre risas. Pablo quiere volver a sentir esas enormes manos sobre su cuerpo una vez más, por lo que una vez más relajado, se acerca a Scaloni. —¿Ya te cansaste? —Una sonrisa juguetona adorna su rostro, mientras se sube encima del hombre.

—Para nada, ¿Y vos? —Lionel le devuelve con complicidad la sonrisa, posicionando sus manos con fuerza sobre su cintura.

—Tampoco. Haceme tuyo una vez más, Lio. —Susurra, rozando ambos belfos mientras se frota deseoso.

—¿Una vez nomás?

—Las que quieras. —Y con esa respuesta, sella el inicio de las próximas dos rondas que siguieron esa noche no solo en la habitación sino también dentro de la ducha de un lujoso baño.

.  .  .

Con una lentitud sedosa, el avellana de sus orbes logra observar el suave resplandor del Sol que se cuela travieso por el enorme ventanal, despertando sus sentidos poco a poco.

Al girar la cabeza, puede contemplar el adónico rostro de Lionel que descansa sobre la almohada con serenidad. Inmediatamente, una cascada de recuerdos invade su mente, desplegando fragmentos de la noche donde aún se pregunta cómo sigue sintiendo sus piernas después de que ese hombre lo haya hecho suyo de tantas formas posibles.

Una sonrisa se pinta en su rostro por esos momentos, sin poder creer que el hombre que parece dormir con tanta paz es el mismo que anoche le dejó el cuello lleno de marcas y la cintura enrojecida de agarrarla con tanta fuerza.

Toma su celular que había dejado en la mesita de luz, encontrándose con algunos mensajes de Walter donde le preguntaba cómo estaba y si quería que lo pase a buscar.

Observa la hora, y ve que son las siete de la mañana por lo que sin hacer mucho ruido se levanta de la cama, comenzando a vestirse mientras le contesta los mensajes a Samuel dándole la ubicación de donde se encuentra.

Antes de bajar a la sala mira a Scaloni que aún duerme. Tiene la idea de despertarlo y despedirse, pero Pablo no es bueno para eso, por lo que decide hacer lo que siempre hace en estas situaciones: huir.

Sale hacia el patio, y luego de unos minutos el auto de su compañero se encontraba afuera. Logra salir por la puerta individual del gran portón que tiene la casa, pensando en que Lionel es muy idiota al dejar sin llave la entrada de su hogar.

Rápidamente sube al auto por el asiento del copiloto y suelta un gran suspiro cuando arranca, cerrando por unos instantes sus ojos.

—¿Te escapaste? —Pregunta Samuel divertido.

—Algo así. El tipo estaba durmiendo como un tronco y no tenía ganas de andar a los besos y con desayunos románticos. —Miente, siempre lo hace. Claro que se quedó con las ganas de ser mimado un rato más por ese hombre, pero no va a arriesgarse.

—¿Y? ¿Cómo la pasaste?

—Es una bestia. No sé cómo hice para caminar hasta la puerta. —Responde, sonriendo inconscientemente.

—Tranqui la cosa. —Los dos ríen, y luego Samuel estira su brazo hacia el asiento trasero del vehículo, tomando una bolsa, dándosela a su amigo. —Café apenas cortado y biscottis de almendras.

—Gracias loco. —Aimar toma la bolsa, agradeciendo por la comida y empieza a desayunar, disfrutando del biscote que comenzaba a saciar su hambre.

—’Cuchame, te conseguí tres reuniones con los dueños de algunos viñedos, todos acá en Toscana, yo te puedo acompañar si querés.

—Dale, muchísimas gracias, cabeza.

—Román también está en esa lista. —Agrega, sin quitar la vista de la ruta.

—¿Y con Scaloni no conseguiste? —Pregunta divertido.

—Pensé que de eso te habías encargado vos.

—No hablamos mucho del tema.

—Querés volver a verlo, ¿No? —Samuel no es estúpido y, además, conoce hace años a su amigo, puede leerlo perfectamente.

Pablo no responde, solo mira por la ventana el paisaje que Chianti le regala. —No tengo su número ni nada, además, me mato antes de pedirle una reunión después de lo que pasó.

—Dejá que yo me encargo.

—¿Qué vas a hacer?

—Tengo mis contactos.

—Pareces un mafioso italiano hablando así. —Se burla Aimar entre risas.

.  .  .

Los últimos dos días para Pablo fueron bastante ajetreados, recorrió casi toda Toscana con la ayuda de su amigo, encontrándose con varios dueños, pero ninguno lograba convencerlo.

Incluso estuvo con Román, quien probablemente fue el que menos le interesó después de que estuviera toda la reunión chamuyándolo y hablándole poco y nada de lo que tenía para ofrecer.

Ahora mismo se encontraba descansando en la habitación de su hotel, luego de haber almorzado, escuchando un poco de jazz mientras anotaba una lluvia de ideas para su futuro restaurante en un cuaderno, rezongando a cada rato al no encontrar una idea clara. Estaba comenzando a frustrarse.

Hasta que se vio obligado a dejar esta tarea cuando el celular comenzó a sonar.

—¿Si?

—Enano, ponete pipi cucú que a para las cuatro te paso a buscar. —

—No tengo ganas de salir ahora, cabeza.

—¿No tenés ganas de conocer Scaloni Cantina?

Y en ese momento a Pablo se olvida y se le va todo. Se olvida de su frustración. Se olvida que no tiene nada preparado para su restaurante. Se olvida que no tiene ideas, pero no es un problema. Porque el simple hecho de saber que volverá a ese lugar lo llena de inspiración.

—A las cuatro en punto te espero. —Responde y luego de despedirse, corta la llamada, esbozando una sonrisa.

Faltaban dos horas, pero ahora mismo cada segundo contaba. En cuestión de minutos ya se encontraba bajo la ducha, dejando que el agua cubriera todo su cuerpo y lo ayude a aligerar los nervios que empezaban a florecer por el pronto encuentro.

Luego del aseo, una camisa blanca y pantalones de vestir color crema junto con sus zapatos son las prendas que decide ponerse para la ocasión. El clima es agradable, cálido.

Los veinte minutos que le quedaban se la paso recorriendo el lobby del hotel, mirándose a cada rato en el espejo y cerciorándose que había escogido el perfume correcto.

Y tal como fue acordado, a las cuatro de la tarde en punto, el auto de Samuel se estacionó afuera. Rápidamente Pablo salió subiéndose al vehículo y realizando pequeños ejercicios de respiración para calmarse.

—Eh, parece que te vas a morir.

—Me voy a morir, cabeza. —Afirma.

—No la maquinés. El tano quiere verte, vos a él, todo va a salir bien.

—No es tano, es un santafesino.

—Bueno, el come gatos te quiere ver. Vos tranqui, yo voy a estar ahí dando vueltas, en caso de acuerdos estaría bueno hablarlo con su representante.

—¿Y vos serías mi representante? —Pablo alza una ceja.

—Solo si vos querés.

—Sería un golazo.

Nuevamente, al salir de la ciudad el paisaje del campo que ya Pablo conoce perfectamente comienza a hacerse presente, y Walter continúa sacándole charla a su amigo para aligerar los nervios que están recorriéndole.

El cordobés suelta un largo suspiro cuando esas rejas tan características se alzan frente a ellos y el portón se abre, dejándolos entrar.

Luego de estacionar, bajan, siendo recibidos por el representante de Lionel.

—Benvenuto. Signor Aimar, il signor Scaloni la aspetta sul retro, venga con me. —El hombre estrecha las manos con los recién llegados.

Pablo mira a Walter preguntándole con la mirada qué acaba de decir el tano.

—Te dio la bienvenida, Scaloni te espera en la parte de atrás, vamos. Molte grazie.

Ingresan a la casa, y Pablo tiene recuerdos de esa noche, mirando el sofá, la mesa ratona y las escaleras que llevan a esa habitación tan encantadora. Sin embargo, no se dirigen allí, van camino hacia la parte de atrás donde al salir son impactados con el gran campo de viñedos que se extiende frente a ellos.

—Li lasciamo soli.

El cordobés se da la vuelta y ve a su amigo junto al tano volver a entrar a la casa. Retoma la postura, teniendo de espaldas en frente suyo al hombre que estuvo dando vueltas por su cabeza estos últimos dos días.

—Pablo, buenas tardes. —Aimar decide acercarse, disimulando su nerviosismo y parándose junto al santafesino.

—Buenas tardes, Lionel, gracias por aceptar esta reunión un tanto espontanea.

—Gracias a vos por la propuesta. —Esos oscuros orbes vuelven a posarse sobre el cordobés quien debe hacer un gran esfuerzo para no desvanecerse allí mismo. —¿Querés conocer los viñedos? De paso podés comentarme tus ideas y yo las mías.

—Por supuesto, andando.

Pablo empieza a respirar más tranquilo mientras caminaba por los viñedos junto a Lionel. El aire fresco y el suave susurro de las hojas movidas por la brisa calmaban sus pensamientos agitados.

Mientras avanzaban entre las hileras de viñas, Lionel compartía su conocimiento apasionado sobre maridajes y vinos. Con gestos expresivos, describía cada vino con tal entusiasmo que casi podía saborear sus notas frutales y especiadas.

Además de eso, habían compartido las ideas de ambos para el restaurante. Coincidían en la gran mayoría, y era un hecho que pronto comenzarían a organizarse para ponerse manos a la obra.

—El Malbec, por ejemplo, es robusto y lleno de cuerpo, perfecto para acompañar un asado. Y el Chardonnay, con sus toques cítricos y su frescura, realza exquisitamente los mariscos.

Mientras escuchaba atentamente, Pablo visualizaba las combinaciones sugeridas, imaginando la armonía de sabores que cada vino podía ofrecer.

—El Sauvignon Blanc que producimos también es excelente con mariscos frescos o ensaladas veraniegas. Y el Cabernet Sauvignon combina perfectamente con quesos fuertes y platos más robustos.

—Coincido completamente, y creo que el Malbec como dijiste, va de maravilla con carnes rojas a la parrilla, especialmente si lo combinamos con cortes jugosos como el asado.

—Completamente. Tendría que invitarte algún día a comer un asado.

—¿Te salen bien?

—Son exquisitos. —Afirma, sonriendo.

Un silencio los invade. Pablo no sabe que más decir, ahora que se han puesto de acuerdo con el nuevo proyecto se quedó sin palabras para aportar a la conversación y solo puede dejarse perder por lo bien que luce la piel de Scaloni ante las tonalidades naranjas y amarillas del atardecer.

El Sol ya se encontraba descendiendo lentamente detrás de los viñedos, arrojando destellos dorados y tonos cálidos sobre el paisaje. Los rayos del atardecer se filtraban entre las hileras de vides, proyectando sombras alargadas sobre el suelo. La luz jugaba en los rostros de Pablo y Lionel, pintando sus perfiles con pinceladas anaranjadas y doradas.

A pesar de la belleza del escenario, un cosquilleo inquieto comenzó a surgir en el cordobés, otra vez. La majestuosidad de Chianti, con sus colores cambiantes y su atmósfera serena, no pudo calmar del todo la inquietud que bullía en su interior. A medida que el Sol se escondía más allá del horizonte, una sensación de intranquilidad volvía a tomar su lugar en su pecho.

Las sombras alargadas parecían susurrarle secretos insondables, y el contraste entre la calidez del atardecer y su inquietud interior era palpable. Aunque se esforzaba por sumergirse en la tranquilidad del entorno, una sensación de urgencia se apoderaba de él, un sentimiento de algo pendiente que no podía definir.

Pablo luchaba por encontrar la misma paz que había experimentado momentos antes. El paisaje, aunque magnífico, no lograba eclipsar el nerviosismo que se había arraigado en su ser, formando un contrapunto desconcertante con la serenidad del entorno toscano que los rodeaba.

—¿Pasa algo? —Pregunta Lionel cuando se percata que su acompañante no está disfrutando de ese silencio.

—Supongo que no vamos a hacer como si nada hubiera pasado anoche, ¿No?

—No, para nada. Pero respeto tus tiempos. Si querés dejarlo como en algo de una noche y ya está, voy a respetarlo.

—Es que no sé si quiero dejarlo como algo de una noche. —Hace una pausa, mirando al suelo y luego decide levantar la mirada. —No soy un tipo que tenga como prioridad las relaciones, te va a sonar una pelotudez, pero, con vos es distinto, aunque te conozco hace dos días.

Lionel sonríe y acuna el rostro del riocuartense en sus manos.  —No es una pelotudez, a mí me pasa lo mismo.

La paleta de colores del cielo se desvanecía de tonos dorados y anaranjados a un suave violeta y azul profundo, creando un escenario mágico tras los viñedos.

Con una suave sonrisa, Pablo se alzó ligeramente sobre las puntas de sus pies, acercándose a Lionel. Sus labios se encontraron en un delicado roce, como dos pétalos que se encuentran en la brisa de la tarde. El silencio tranquilo que los rodeaba se volvió aún más profundo, como si el universo mismo contuviera la respiración para preservar ese momento íntimo.

Los latidos que previamente habían estado agitados y desbocados, ahora parecían bailar al unísono, fusionándose en una cadencia tranquila y armoniosa. El compás de sus corazones resonaba en perfecta sincronía.

Mientras el sol se sumergía completamente en el horizonte, la fusión de sus labios parecía fundirse con los últimos destellos de luz. La quietud del entorno se mezclaba con la serenidad que fluía entre ellos, formando una sinfonía silenciosa que solo sus latidos entrelazados podían interpretar.

—Quiero… Conocerte. —Susurra Aimar cuando se separan, dejando pequeños besos en su mejilla.

—Yo también quiero conocerte, Pablo.

—Esto es una locura, sabías, ¿No? —Lo saben, saben las diferencias que hay entre ambos.

—Follia d’amore.

—Follia d’amore. —Repite Aimar, aunque no entiende un carajo.

Notes:

holaa feliz año loco todo bienn?
tenia este os en el horno desde antes de navidad, pero las fiestas me hicieron atrasarme y quería estar tranquila para poder escribir lo mejor posible. espero que les haya gustado, hace rato que tenía ganas de escribir a scalo hablando italiano
muchisimas gracias por leer loco, se agradecen los kudos<33