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Haz de mí tu único propósito

Summary:

Las alucinaciones son cada vez más frecuentes y a pesar de que Suguru ha mantenido el secreto de su locura por tanto tiempo, ha cometido el mayor error de su vida: desobedecer a sus padres y hablar de ello.
En un solo día, se arrojó a sí mismo a un mundo peligroso de maldiciones, hechiceros, y provocó la posible muerte de su única amiga.
No debería extrañarle que a la primera oportunidad de deshacerse de él, sus padres crean no tener más alternativas.
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(La historia tendrá algunas escenas ilustradas)

Notes:

¡Hola! Bienvenidos. Estoy un poco tímida ya que es mi primer fanfic en la plataforma. Pero, una pequeña introducción a mí y a esta historia: ¡Estoy obsesionada con Satoru y Suguru! Así que mi mente se ha puesto a trabajar.

Como advertencia, pondré algunas explicaciones que "se alejan del cannon" o "son inventadas por mi" esto para llevar la historia a donde quiero que vaya. Asi que si algo suena como: "¡Hey, esto no es así!" Es con toda la intención.

Suguru es mitad chino en esta historia, por parte de su madre. Y algunas cosillas más...

(En fin, yo solo quiero que estos dos sean felices, se casen y me adopten.)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:


La estación que llegó al pueblo natal de Suguru fue el otoño. Los vientos rudos golpearon con fuerza los árboles en los que trepaba, desnudándolos hasta la última de sus hojas y convirtiendo el paisaje de regreso a su casa en uno seco y sombrío. Suguru estaba decepcionado de que el sendero a su casa pasara de un paisaje verdoso a compartir todos los rasgos espeluznantes del panteón frente al pequeño bosque junto al río.

Sus clases terminaban por la tarde, cuando el sol volvía naranja las nubes y dejaba de calentar su piel lo suficiente como para necesitar un suéter. Su camino a casa era solitario. Su madre trabajaba hasta medianoche, cocinando para una fonda en la única área concurrida del pueblo, cerca de la estación. Su padre volvía solo los fines de semana, oliendo a grasa de auto y lo suficientemente ebrio como para desmayarse en el genkan.

Suguru se despedía de sus amigos al cruzar el parque Hiroba. Había desistido de sugerir pasar el rato en los escasos juegos (los cuales Suguru podaba ocasionalmente para que no fueran cubiertos por mala hierba), pero suficientes rechazos le hicieron dejar de intentarlo. La madre de Momo la esperaba con comida caliente para la cena, y Takashi era demasiado empollón como para perder el tiempo si al día siguiente había tareas por entregar.

No siempre tuvo solo dos amigos. Antes, Suguru se rodeaba de mucha más compañía. Su semblante tranquilo, similar al de su madre, le hizo fácil de tratar, y las personas solo aparecían para quedarse.

Fue así hasta el comienzo de ese año escolar, cuando Suguru creyó que sus amigos, con los que estuvo desde el jardín de infantes, eran lo suficientemente confiables como para desobedecer a su madre y contarles su mayor secreto.

Entonces, después de su gran revelación, su grupo de diez se redujo a dos, y sus caminatas a casa se tornaron solitarias.

El parque se encontraba solo. Debía atravesarlo para llegar al camino de tierra que llevaba a su casa. El único ruido era el del metal viejo balanceándose, bisagras viejas que rechinaban ruidosamente. Suguru observó los columpios meciéndose a simple vista por el aire y se arrepintió de hacerlo al instante. Apretó los puños sobre las agarraderas de su mochila colgada a su espalda y fijó su mirada en sus pies antes de apresurar el paso.

La cabeza de Suguru le hacía ver cosas extrañas, seres monstruosos que solo debían aparecer en pesadillas. Antes había tenido una explicación menos dolorosa de lo que significaban: era especial. Su madre le aseguró que solo se trataba de un extraño poder del que no debía preocuparse. Más tarde, sus compañeros y su padre le dijeron la verdad: estaba loco.

Las criaturas eran fáciles de ignorar. Suguru se esforzaba en ignorarlas desde el primer día en que aparecieron por todos los lugares a donde fuera. Así que pasar de ellas era una costumbre. Nunca permanecían en el mismo sitio por más de dos días, vagaban libremente, arrastrándose y susurrando en un dialecto incomprensible. Suguru creyó escuchar que se burlaban de él. Aunque otras veces, cuando el resentimiento de poder verlas se menguaba por un buen día, creyó lamentarse.

El camino de tierra no era un eufemismo. El pueblo no estaba completamente pavimentado, ya que los viejos terrenos habitados después del crecimiento del pueblo eran apenas un par de viviendas a las afueras del área, que colindaban con un pequeño bosque hasta el cementerio. Eran casas pequeñas debido al reducido espacio y de arquitectura tradicional japonesa. Suguru tenía un pequeño perro sin raza que su padre entrenó para ser agresivo con todos, menos con la familia. Observaba a Suguru desde su rincón en el jardín, con ojos críticos que evaluaban si era o no un enemigo. Cada vez que volvía a casa, pasaba por aquel escrutinio, hasta que el animal giraba el hocico hacia la nada y volvía a quedarse como una estatua.

La casa estaba hecha de madera vieja, crujía bajo sus pies y anunciaba su llegada a un hogar vacío. La habitación de Suguru lucía estéril, aburrida en comparación con las habitaciones de sus viejos amigos. Pero tenía un par de pertenencias valiosas: un reproductor de casetes que su madre llevó a casa después de que nadie lo reclamara por una semana en su trabajo, un cuarzo azul vibrante que Momo le regaló y una pequeña esfera negruzca que parecía contener la noche sin estrellas atrapada dentro de sí misma. Apareció en su habitación una mañana, después de una pesadilla vivida. Había guardado esas tres cosas desde que llegaron a ser su posesión, incluso de su madre.

Suguru sabía que su madre tenía una debilidad por su padre. Si el hombre deseaba algo, su madre le sonreiría y le cumpliría cualquier capricho.

Las pocas pertenencias de Suguru desaparecieron de esa misma forma. Un día su madre le dijo que tendría un hermano con el que compartiría todo su espacio. Y la habitación fue reduciéndose en escancia, hasta que fue tan simplona que Suguru se sintió como un extraño en ella. Pero su hermano nunca llegó a casa. Y sus viejas cosas tampoco.

Suguru se arrogó sobre la cama con un gran suspiro. Su mochila estaba llena de tarea por hacer, a diferencia de la nevera con pocas sobras del día anterior. Sus tripas rugían, y su cabeza dolía. Los niños de diez años de los programas televisivos no regresaban a una casa vacía con el único deseo de que el día nunca terminara. Los días de escuela eran soportables, a diferencia del fin de semana.

Xue Geto llegó a casa poco después de la medianoche. Suguru cenó sobras mientras terminaba su tarea, y nuevamente no logró mantenerse despierto para darle la bienvenida a casa a su madre. Fue gracias a ella que desayunó arroz con curry blando y el día comenzó mejor de lo que fue el anterior.

Hasta que Momo sugirió a su antiguo grupo de amigos ir a la pequeña atracción local más reciente.

—¡No sean cobardes! — Estaban en la hora de limpieza. El timbre de término había sonado un par de minutos atrás, y el único haciendo el aseo era Suguru. Nadie lo incluía en la conversación, por supuesto. Takashi se fue de inmediato, y Momo parecía ajena a la clara decisión del resto del grupo por aislar a Suguru. Así que cuando Momo se giró hacia él en busca de apoyo, Suguru soltó un patético «¿eh?» antes de que ella se quejara de nuevo. —¡Una aventura, Suguru! ¿No estabas escuchándome?

—Una aventura de mierda. Ese lugar huele a orines —dijo Yamamoto. —Mi hermano mayor va a fumar hierba con sus amigos y dice que no tiene nada de interesante.

—¿La cabaña abandonada? —se atrevió a preguntar Suguru, tentativo y mirando únicamente a Momo. Con su intervención algunos rostros se agriaron, como si la diversión hubiese llegado a su fin solo porque Suguru se estaba uniendo. Observó a algunos irse sin despedirse, con la palabra "rarito" flotando entre susurros.

—¡Sí! —exclamó Momo.

La otra chica del grupo, Yue, quien estaba encargada de limpiar el pasillo, se apiadó de Momo y codeó a Yamamoto en un intento de convencerlo. No le costó mucho trabajo. Una conversación silenciosa que duró poco, pero que fue suficiente para que él aceptara.

—Bien, nos vemos en la entrada.

Momo se giró hacia Suguru cuando se quedaron a solas. Ella le sonrió con todos los dientes y le dio un pulgar arriba victorioso. Suguru no quería ir a esa casa. Era un lugar oscuro y aterrador, uno donde seguramente su mente jugaría con él y su locura volvería a alejarlo de las personas que aún no estaban tan asustadas de lo raro que era. Pero era la primera vez desde el comienzo del año que cualquiera que no fuese Takashi o Momo lo dejaban unirse.

Takashi, Yue y Nozomi estaban en la entrada, como prometieron. Saludaron a Momo y le echaron un vistazo a Suguru antes de comenzar a liderar el camino.

Ser una paria no fue instantáneo como su madre advirtió que sería si revelaba su secreto. Empezó como algo ligeramente fascinante. Preguntas de sus amigos que hacían entre risas inofensivas; curiosidad por saber si Suguru se lo estaba o no inventando. Pero nada de acusaciones sobre la locura. Hasta que Suguru no se detuvo y les contó todo sobre los monstruos que los seguían a cada uno. Detalladas y espeluznantes explicaciones que se guardó en su cabeza por mucho tiempo: «Yamamoto tiene un ciempiés lambiendo su cara», o «Nozomi tiene un gusano que vomita siempre sobre su comida».

Suguru debió detenerse a las primeras reacciones de desagrado. Pero nunca había sido una paria. Las personas llegaban una detrás de otra para quedarse a su alrededor y ser agradables.

Hasta que dejó de ser así.

El gusano y el ciempiés cambiaban de hombros, a veces duraban más tiempo con unos que con otros. A veces Suguru se sacudía los pequeños bichos alados que perseguían a Momo, pero se quedaba callado si ella lo notaba actuar evasivo.

En ese momento no hubo ningún acompañante conocido que dejara la escuela con ellos. Pasaron por el parque, y Yue tuvo la terrible idea de adelantarse y columpiarse un poco, adhiriéndose a ella el monstruo grumoso que Suguru evitó el día anterior de regreso a casa.

El compañero grumoso que chillaba mientras se desplazaba hacia la espalda de Yue como una gran joroba no fue el único que se les unió. Suguru dejó de escuchar la conversación ocurriendo a su lado y de la que estaba siendo notablemente excluido, a favor de tratar de fingir indiferencia a las plastas babosas que seguían el mismo camino que el grupo.

Algunos monstruos se lamentaban, principalmente los más pequeños que eran apenas del tamaño del brazo de Suguru o de su palma extendida. Solo los más grandes reían. Los que alcanzaban a medir más allá del torso de Suguru. Y cuando se dio cuenta de que ese ruido irritante de una risa burlona provenía del interior de la casa, Suguru tuvo que detenerse en seco antes de tropezar con la espalda de Momo.

—Hemos llegado —anunció Yoshida con ambos brazos abiertos en bienvenida. Un solo empujón fue necesario para hacer ceder la puerta de madera mohosa, y recibirlos con un olor fétido acompañado del indiscutible olor a orines. Yoshida sonrió sabiondo a diferencia de las quejas de todos ellos. —Se los dije.

Suguru se removió nervioso. Los ojos de Yue estaban vigilándolo.

—Entremos antes de que oscurezca. Suguru —dijo ella —, ¿haces los honores? —. Pudo no haber sido una sorpresa. Suguru adivinaba que volver a tener su círculo de amigos iba a costar un poco de valentía. Y, aun así, sus ojos buscaron los de Momo. Su rostro seguía fruncido en una mueca asqueada antes de que se encontrara con su mirada y le diera un pulgar arriba.

Momo no lo pensó dos veces antes de inflar sus mejillas y tomar la mano de Suguru para arrastrarlo con ella.

—¡Yo lidero! Ustedes, cobardes, síganme.

La casa era en realidad una vieja construcción similar a una cabaña. Había estado abandonada desde siempre, según los recuerdos de Suguru, y la única patrulla del pueblo solía buscar pequeños delincuentes en sus perímetros más de dos veces al mes. Yamamoto contaba historias sobre su famoso hermano mayor, al que admiraba por ser un delincuente. Y sus ventanas a veces se iluminaban, alcanzándose a ver desde la casa de Suguru como pequeños puntos brillantes entre el follaje de los árboles.

Suguru se cubrió la nariz con la manga de su suéter, mientras sostenía la mano de Momo con la otra. Sus pasos cortos los hicieron avanzar lentamente hasta el pie de las escaleras, donde parte de la madera estaba astillada y con trozos faltantes. La palma le sudaba, y Suguru estaba demasiado nervioso y concentrado en la risita burlona que resonaba en algún lugar fuera de sus ojos para darse cuenta de que sus pasos y los de Momo eran los únicos que hacían eco en el silencio poco natural de ese lugar.

La puerta hizo un gran ruido cuando se cerró a sus espaldas. Todo el cuerpo de Suguru tembló alerta al estruendo que hizo vibrar la casa entera. Fue como huesos crujiendo, igual que cuando dormía en una mala posición y después se acomodaban al hacer un poco de estiramientos. La casa pareció lamentarse. El avance lento de Momo se detuvo, y la incredulidad dejó escapar un gemido asustado de su boca. La emoción de la aventura dejó su rostro en un pánico pálido antes de soltar la mano de Suguru e intentar correr de vuelta a la puerta.

Suguru se vio obligado a tragarse sus palabras antes de que abandonaran su boca, quedándose mudo ante el ataque fugaz que sucedió frente a sus ojos. De la oscuridad se lanzó un proyectil, un escupitajo con dientes y muchos pares de ojos, algunos de ellos fijos en Suguru, en un aviso de que él sería el siguiente en ser mordido.

Momo gritó cuando la mandíbula llena de pequeñas protuberancias sucias y filosas se clavó en su tobillo. Cayó al suelo y se retorció en protección de su pie dañado.

Los monstruos nunca atacaban. Esparcían su baba, vomitaban en bentos y se lamentaban o burlaban de Suguru con una vocecita irritable. Pero no hacían daño. Suguru estaba helado.

Fue lento en moverse, un paso después de otro hasta correr y arrodillarse. Los ojos de Momo lo miraron con una expresión que Suguru nunca había visto antes. Nunca la olvidaría. Igual a un ciervo siendo cazado, llenos de lágrimas y terror absoluto.

—¿Suguru? —lloriqueó Momo cuando Suguru se detuvo a su lado. Ella se retorció fuera de su alcance, mirándolo con miedo y duda. Insegura si el tirón que la tumbó al suelo había sido culpa suya.

Pánico cruzó por la mente de Suguru al entender la situación. Su boca no pudo detenerse:

—No-no fui yo. Ha-hay una cosa mordiéndote el tobillo, te ha atacado de repente — apresurarse no ayudó. Momo siempre asentía comprensiva a las explicaciones sin sentido de Suguru, encontrándolas entretenidas. Pero nunca diciéndole que no creía en ellas. Esa vez no pudo fingir que ella tampoco creía en lo que Suguru le contaba.

Momo se mordió los labios, atareada por el dolor e insegura. Suguru se mantuvo con las palmas abiertas, escuchando la risa chillona del monstruo deslizarse entre las paredes. Un ligero temblor a su espalda fue lo que delató su presencia, pero Suguru se arrepintió al instante de haberlo encontrado.

Era inmenso. Una masa de carne brotada que derramaba su contenido en pequeñas protuberancias de pus reventadas. Tenía ojos en la parte inferior que se desprendía a cada paso de sus únicas dos patas humanas. Dos pies en diferentes ángulos que daban pisadas duras y firmes. Se deshacía y volvía a unirse. Se tragaba a sí mismo y se desprendía.

Suguru no sabía qué ver, solo que no quería hacerlo.

Cerró los ojos, el miedo carcomiendo su estómago hasta escaparse como lágrimas desesperadas por sus ojos.

La voz de Momo a su espalda llamó por él, confundida por el terror de Suguru hacia la nada.

Lunático era como le decían a sus espaldas. Pero los monstruos de la mente de Suguru no hacían daño. Vivían en su cabeza. Su madre le dijo que desaparecerían si los ignoraba y no hablaba de ellos. Pero esa criatura estaba sonriéndole y esparciéndose por el suelo a sus pies.

Otro trozo se desprendió y voló directo hacia la cabeza de Suguru, disparado igual que el primero. Ese fue suficiente para ponerlo en marcha; otro paso de la criatura y el siguiente le mordió el pie a Suguru. El dolor fue inmediato, ardía igual que cuando el aceite salpicaba su piel o la varilla de madera que su padre guardaba bajo el sofá marcaba su espalda.

 

Momo se estremeció al escucharlo gritar. Suguru se giró hacia ella tan rápido como el dolor se estableció y la empujó justo a tiempo antes de que otro trozo mordiera su estómago.

Fue tan rápido que Suguru no aterrizó bien, y les dio a ambos un golpe duro contra la pared.

—¡Basta, Suguru! ¡No me lastimes! — gritó Momo — Por favor... Suguru— pidió suavemente, como los lamentos de su madre un sábado por la noche.

Suguru detuvo el aliento, viendo a Momo retraída, sin prestar atención a su tobillo a favor de cubrirse el rostro. Temblaba y suplicaba.

—No es lo que crees, Momo, el monstruo...— Suguru no pudo decir nada más cuando el dolor atravesó su hombro en pequeños pinchos clavando su piel. La vista fueron pequeños ojos ensangrentados girándose al mismo tiempo para encontrarse con su mirada.

Otro paso vibró en la madera. Risas y lloriqueos. Suguru no escuchaba bien ninguno de ellos; su corazón retumbó en sus oídos y su respiración se mezcló con los jadeos deseosos de esa criatura.

Iba a suceder de nuevo. Otro proyectil de carne, dientes y ojos. Suguru se apresuró a cubrir el cuerpo de Momo con el suyo, y su propio rostro con sus brazos. Sus palmas picaron, el sudor frío se calentó en las puntas de sus dedos mientras su mente rogaba la súplica de ser capaz de salir de esa pesadilla.

Había tenido un sueño vivido el verano pasado. Un monstruo lo había seguido desde el cementerio, escondiéndose bajo su cama hasta que Suguru se despertó con la sensación de pinchos peludos rondando sus pies. Se hizo en la cama ese día. Pero despertó sintiéndose ligero.

En sus sueños, había eliminado al monstruo con un destello de sus palmas. Estaba oscuro, y Suguru estaba igualmente asustado de la criatura que de despertar a sus padres con su alboroto. Pero fue agradable el sentimiento de ser más fuerte que sus miedos, aunque fuese en sus sueños.

El impacto no llegó a su cuerpo. Un fuerte ruido que golpeó la madera le hizo abrir los ojos.

Suguru se cubrió la boca. La locura era evolutiva. Había comenzado con susurros de esas voces distantes e indescifrables. Después, pequeños bichos escurridizos y asquerosos que desaparecían si se concentraba lo suficiente en algo más. Hasta que un día aparecieron y no volvieron a irse.

Ahora, Suguru estaba experimentando otro grado de locura. Un animal en dos patas estaba parado frente a él, presumiblemente, protegiéndolo. Un gato pardo de gran tamaño que usó su cuerpo de escudo, igual a como él lo hizo para proteger a Momo. Tardó un momento en calmarse lo suficiente para ser capaz de verificarlo, y fue demasiado tarde. El gato no estaba solo. Un oso azul golpeó a Momo en la nuca, y sus ojos se cerraron. Suguru soltó un grito histérico, lanzándose hacia él por instinto. Actuó una vez más sin pensar, obteniendo un rápido golpe directo a su nuca, que de inmediato lo puso a dormir.

Suguru se despertó con un terrible dolor en el cuello.

A pesar de abrir los ojos, no pudo ver nada nítido. La vista le falló al comienzo, desenfocada. Abochornado por el repentino golpe de recuerdos que se avecinó a su mente.

Estaba recostado sobre una superficie blanda, una tela rasposa y con olor viejo. Su cuerpo reconoció las esponjas gastadas de un sofá al que estaba acostumbrado. Una sensación familiar lo inundó. El ruido del tic tac proveniente del reloj de pared y la iluminación suave de las cortinas meciéndose por el aire eran algo conocido.

Estaba en la sala de su casa.

Y tenía compañía.

Dos largas piernas vestidas por un pantalón negro de carga y botas militares se extendían sobre el asiento que siempre ocupaba su padre. Un hombre con semblante imponente se encontraba observándolo. Asustado, Suguru se incorporó con un tambaleo. El alivio fue fugaz al reconocer que no era su padre, pero el rostro aterrador del extraño no fue suficiente para que el alivio permaneciera.

Una pequeña exclamación de sorpresa se escapó de sus labios, y se presentó a sí mismo, ajeno al terror en los ojos de Suguru. El hombre, Yaga, tenía el cabello rapado al cráneo, lentes oscuros y barbilla cuadrada. Ojos escondidos bajo un par de gafas oscuras, pero sin duda, estudiando cada espacio de la casa con aspecto pobre en la que Suguru vivía. Permaneció cruzado de brazos, con su cuerpo robusto ocupando todo el asiento mientras decidía cómo iniciar una conversación con un cervatillo asustado.

—Despertaste. —Su voz también era aterradora, reconoció Suguru. Estaba congelado, pensando en su madre y en su consejo de correr en cuanto reconociera el peligro. Pero, aunque tenía toda la pinta de pertenecer a alguna pandilla, fue receptivo. Suguru vio el rostro de Yaga desbaratarse en una mueca agria, indeciso —No te haré daño —dijo, como diría cualquier delincuente dispuesto a fingir negociar.

En realidad, era una curiosa elección de palabras. Suguru veía suficientes programas de televisión para hacerse un par de ideas en su cabeza.

La desconfianza de Suguru era evidente, lo que hizo que Yaga suspirara antes de rendirse y abandonar el plan A (no subestimar a los niños comunes. Pueden no ser estúpidos).

El plan B era el clásico utilizado para explicarle un mundo que nunca vieron los humanos comunes. Casos aislados que usualmente sucedían con prospectos en una edad más que solo niños que uno o dos años atrás seguían mojando la cama. Yaga hizo un movimiento sospechoso que puso nervioso a Suguru. Hurgó en los costados del sofá, haciendo que la madera rechinara por la brusquedad de sus movimientos, tratando de atrapar algo que los ojos de Suguru no alcanzaban a ver.

Al incorporarse, los ojos de Suguru se ensancharon, el sudor nervioso en sus palmas se volvió frío y entonces algo loco pasó. Yaga sentó al oso de peluche que recogió del suelo en su regazo antes de comenzar nuevamente las presentaciones.

—Este es Bobo. Te salvó de esa maldición hace un rato. ¿Lo recuerdas?

—¿Bobo? —preguntó Suguru incrédulo. Estaba viendo a un oso azul descolorido, relleno abombado y extremidades disparejas saludando con poco ánimo.

—Es un oso torpe. Por eso su nombre es Bobo. No hay más historia.

Suguru recordaba su sueño donde un oso de peluche que se movía los salvaba a él y a Momo. Un sueño que resultaba tan vivido como para ser solo eso. Yaga adivinó sus pensamientos. Suguru era un niño expresivo, especialmente cuando las sensaciones negativas lo abordaban.

—Tu amiga está bien. Te llevaré a visitarla más tarde —prometió con la esperanza de que eso tranquilizara a Suguru. No lo hizo, por supuesto. Él no estaría tranquilo hasta verla. —Entonces, ¿tu nombre es?

—Suguru Geto —tartamudeó. Dio su verdadero nombre en un impulso tan rápido que segundos después se sintió culpable.

Yaga asintió a la información. El nombre no le decía nada de lo que pareciese querer averiguar sobre Suguru al escuchar su nombre.

—Esa casa está bastante alejada del camino habitado del pueblo, ¿cómo quedaron atrapados tu amiga y tú?

Suguru frunció los labios. Su boca se apretó en disgusto como si tuviese un regusto amargo. No era demasiado inocente para no percatarse de que ese era una especie de interrogatorio. La posibilidad de que Yaga fuese un policía era poco creíble. No iba en uniforme, y no inspiraba confianza. Los policías al menos fingían ante los niños. Y aunque era amable, en toda la conversación Yaga no había ni siquiera sonreído.

¿Algún familiar de Momo? Suguru recordaba su rostro asustado. Y las acusaciones.

—¿Estoy en problemas? —preguntó Suguru— Mis padres volverán pronto —dijo, tentando su suerte. Su madre volvería a casa hasta después de medianoche. Y su padre... lo mejor para Suguru era que este no escuchara quejas sobre él. Evadir responder hizo que Yaga hiciera mala cara. Se pasó la mano libre por la nuca, raspando su palma con los pequeños brotes de pelo cortados al ras.

—¿Recuerdas la maldición? —preguntó, dio unas palmadas descuidadas al oso de peluche antes de decidir ir al grano—. ¿Hace cuánto que puedes verlas?

¿Maldiciones? Suguru necesitó solo un segundo para asociar el término con los monstruos. Específicamente la aberración que había estado a punto de matarlos. Maldiciones. Suguru tomó aire por la boca, y no fue suficiente. Su respiración no había estado calmada, pero no era un problema que se dirigiese hacia un ataque de pánico. Pero la revelación estaba por conducirlo a ese camino.

Esas maldiciones que había estado viendo desde años atrás eran reales. Táctiles. Y peligrosas.

Los monstruos que creyó que vivían en su mente siempre estuvieron ahí, vomitando en la comida de sus viejos amigos, babeando sobre la cabeza de su madre en los viajes al mercado, y deslizándose debajo de su cama cada fin de semana que su padre volvía del trabajo.

Suguru no necesitó dar una respuesta a la primera pregunta. Pero Yaga seguía esperando por la restante. Aun así, Suguru escondió la mirada sin querer responder. Miró fijamente sus palmas en puños sobre la tela vieja del sofá. Un adulto le estaba preguntando sobre las alucinaciones que creyó que lo volvían un loco.

¿Y si se lo estaba inventando todo? El oso de peluche meciendo ambas piernas con ojos de botón fijamente observándole, el hombre llamado Yaga con aspecto de matón, y esa loca historia donde era atacado por una maldición amorfa con intenciones asesinas.

Suguru sabía que su mente estaba dañada. Un terapeuta se lo había confirmado a su madre. Esta había sugerido no interactuar con las alucinaciones. Lo que resultó fácil cuando solo existían sin intentar hacerle daño o entablar una conversación. Dos cosas que cambiaron en un mismo día.

—Tres años —confesó Suguru entre dientes.

—Eso es bastante tiempo, entonces, ¿tu edad? Luces de nueve, ¿quizá ocho?

—Diez, tengo diez años.

Yaga tarareó en reconocimiento. Pensó en su siguiente plan a seguir con ese cambio de eventos llamado Suguru Geto. Debía volver, pero tenía tiempo suficiente para una conversación incómoda más.

—¿Tus padres lo saben? —. Yaga dejó ir al oso de peluche, permitiéndole vagar a su alrededor. Los ojos de Suguru lo siguieron. Yaga se explicó mejor: —esto de las maldiciones ¿lo has hablado con ellos?

—Mamá lo sabe.

Yaga no preguntó por su padre. Suguru había estado listo para inventar algo que librara a su padre de esa extraña situación. Sucediese o no en su cabeza, Suguru odiaba molestarlo.

—Necesito hablar con ella —dijo Yaga. Suguru se puso nervioso. Los avances del oso de peluche se detuvieron, y sus ojos huecos se giraron hacia él, atraídos por el miedo que salía de cada uno de sus movimientos. —Dijiste que volverían pronto. Los esperaré.

—Mamá no volverá —la confesión se escapó por los labios de Suguru, Yaga levantó una de sus gruesas cejas, viéndose intimidante sobre los lentes de sus gafas.

La mentira producto de la actitud defensiva de Suguru sacó otro suspiro del pecho cansado de Yaga. Volvió a sobar su cabeza, y se quejó bajo y para sí mismo sobre lidiar con niños asustados.

Cuando se dio cuenta de a dónde iban los ojos de Suguru cada cierto tiempo, interesados por su técnica en movimiento, Yaga hizo otro plan de acción improvisado.

—Bobo es diferente a las maldiciones —explicó—, está vivo gracias a energía maldita, sí, pero no es hostil. Asimílalo como una pequeña marioneta que puedo controlar. Soy un hechicero, y en términos sencillos, esa es mi técnica maldita. —Suguru escuchó en silencio. La palabra "magia" queriéndose deslizar de forma traviesa y traicionera por sus labios. Yaga vio la burla cínica atrapada en Suguru y decidió empujar: —Tú también eres uno. Un hechicero. Tienes una firma maldita y, al parecer, también una técnica bastante... —Yaga se detuvo para hurgar en su bolsillo; antes de continuar, extendió su palma, mostrando sobre esta una perla negra acuosa y diminuta—, inusual.

Suguru la reconoció. Su pequeña esfera, la misma que guardaba en su habitación.

—¿Es tuya? —preguntó Yaga. Suguru asintió mientras la incomodidad regresaba. Su casa había sido registrada, específicamente su habitación. Y no solo eso, Yaga parecía leer su mente: —Este objeto tenía presencia de energía maldita en él. Tu marca, en realidad. Así que lo tomé prestado. Lamento la intrusión en tu habitación. —Suguru no dijo nada. Estaba dando una primera impresión bastante más silenciosa de quien realmente era, pero el trauma inicial estaba apenas digiriéndose en su cabeza. Deshacer tres años de autoconvencimiento sobre las maldiciones iba a costarle más que solo los pocos segundos que Yaga estaba dándole. La esfera rebotó en la palma de Yaga, lanzándola al aire un par de centímetros antes de que regresara; un movimiento estrafalario con la intención de llamar la atención de Suguru. —¿Recuerdas cómo encerraste dentro a la maldición? Parece estar contenida, pero eventualmente se liberará si no es exorcizada. Así que algo debe hacerse con esto.

—Fue después de una pesadilla. Apareció en mi cama al amanecer.

—Eso no dice mucho.

Suguru se desanimó a medio camino de volver a intentar explicar algo que en realidad ni él mismo tenía claro.

Bobo, el oso de peluche, se había acercado a Suguru, tentativo, a pasos cortos hasta que su mano sin dedos y suave de tela de algodón rozó el dorso de su mano. Suguru se estremeció al contacto.

—Debo irme. Dejaré a Bobo a tu cuidado —. Yaga se puso de pie, la esfera devuelta a los bolsillos de sus pantalones, guardándola sin ninguna intención de regresársela.

Suguru se hubiese quejado si Bobo no estuviese tan cerca de él. La precaución no era infundada, recordaba que ese mismo peluche había acabado con una maldición que lo tiró al suelo de un solo golpe.

Suguru se volvió demasiado consciente de las entradas. Vigiló la puerta de su casa e incluso la del colegio. Su asiento junto a la ventana le daba una vista suficientemente tentadora a la entrada principal como para no girarse después de unos pocos minutos a asegurarse de que ningún hombre aterrador la atravesara.

El asiento frente a él estaba vacío. Momo no había vuelto al día siguiente. Ni al siguiente a ese. Por dos semanas, Suguru dedicó su tiempo libre esperando a que cualquiera de los dos volviera y le diera respuestas.

Yaga prometió que lo acompañaría a ver a Momo. Lo que fue una blasfemia para ganarse su confianza y hacer que Suguru bajara la guardia. La otra inquietud distrayendo a Suguru de los esfuerzos de sus compañeros por hacerle sentir excluido fue Bobo. El oso de Yaga. Estaba escondido en la mochila vacía de Suguru, ocupando todo el espacio sin dejarle más opción que guardar todos sus libros en su casillero. Las maldiciones (a las que no pudo volver a llamar solo monstruos) se alejaban de él por instinto. Sin hacer alboroto, simplemente evitándolo como todos los demás niños.

Suguru llegó a casa bastante más tranquilo que los días en los que se estremecía al tacto de las maldiciones que se arrastraban en su camino. Haciendo difícil mantener su determinación de ignorarlas. Bobo liberó el espacio de su mochila en cuanto la campana sonó, huyendo a algún rincón escondido de los ojos de todos los demás, y lo acompañó desde la distancia. Suguru podía verlo saltando de un lado a otro, aterrizando torpemente sobre sus extremidades desiguales, y fue menos estresante que mantener la vista al frente por miedo a hacer contacto visual con las maldiciones rondando las calles.

El viejo carro de su padre estaba aparcado frente a su casa. La rejilla de la entrada abierta de par en par al igual que la puerta. Un par de zapatos tirados al azar sobre el suelo del genkan y el sonido de la televisión basura sonando ruidosamente. Suguru miró al reloj de pared sobre la entrada; era temprano para que su padre estuviese en casa. Avanzó con a puntillas por el corredor hacia las escaleras; el peso de sus pisadas hizo rechinar la madera vieja, pero la televisión estaba tan alta que pasó desapercibido. Creyó escuchar a Bobo detrás suyo. Otro par de pisadas haciendo sonar la madera. Cuando se detuvieron, Suguru no pudo evitar voltear a comprobar de que fuese Bobo en realidad. Y lo era. El osito de peluche deforme estaba detrás suyo. De pie. Quieto, con los ojos de botón observando algo en la sala.

—Suguru, ¿qué tal la escuela? —. Yaga estaba sentado sobre uno de los sofás de la sala, acompañado de su padre, quien los ignoró a ambos con el control remoto cambiando de un canal a otro. Su madre, Xue, cojeó desde la cocina a su encuentro, con un par de cervezas que entregó tanto a Yaga como a su padre. Ella estaba descansando ese día debido a su esguince, pero la mirada en su cara decía que parecía lista para salir corriendo hacia cualquier lado que no fuese ahí. Justo como él se sentía. Había tantas personas en su sala de estar que la habitación se sintió ajena.

Xue se limpió las manos sobre su mandil, tomando asiento silenciosamente en una silla puesta cerca del sofá donde Kenta Geto, su esposo, se mantuvo firme en su convicción de mostrarse molesto. Suguru miró a su madre, que parecía más preocupada en que los ojos de su padre se encontraran con los de ella. Yaga, por su lado, observó la dinámica sin hacer ningún comentario. La televisión fue la única en perturbar el silencio incómodo, hasta que su padre bajó el volumen antes de reacomodarse en el sofá y dar un largo trago a su cerveza.

—Te han hecho una pregunta, Suguru —dijo Kenta. Sus ojos se encontraron con los de su hijo cuando miró sobre su hombro, encontrando a Suguru aferrándose fuertemente a las agarraderas de su mochila. Él tartamudeó un «bien» bastante hosco hacia Yaga, solo para buscar aprobación de su padre al segundo siguiente. Kenta asintió, señalando con la botella el espacio vacío en el sofá que Yaga estaba ocupando. —Ven. Siéntate —, ordenó.

La orden también la obedeció Bobo. Pasó corriendo junto a Suguru, empujándolo en el proceso de dirigirse al lado de Yaga. Suguru se quejó del agravio, susurrando un regaño que solo provocó que su madre frunciese los labios.

Las cosas habían estado difíciles con su madre esa semana. Suguru tuvo la grandiosa idea de presentarle a Bobo un domingo por la madrugada; había estado interactuando con este y tratando de recordar lo peligroso que era cada vez que cedía a que Bobo estuviese demasiado cerca. Era blando y ligero, un peluche hecho a mano por donde lo viese. Así que Suguru terminó cediendo. En pocos días, Bobo comenzó a agradarle; mantenerlo en secreto de su madre cada vez que ella le preguntaba sobre su día se convirtió en una sensación desagradable. Tenía que decírselo. Contarle a su madre sus preocupaciones no siempre ayudaba a hacerlo sentir mejor, pero era lo correcto. Y hacer lo correcto siempre mejoraba las cosas.

Suguru se acercó sigilosamente mientras Xue calentaba las sobras que él dejó guardadas en el refrigerador. Aún llevaba su uniforme de camarera, un vestido sobre las rodillas, con sus muslos visibles hasta donde el mandil, con olor a cerveza, cubría por pocos centímetros su trasero. Xue no bebía, pero el cigarrillo le proporcionaba la suficiente paz como para depender de uno diario. Suguru la sorprendió fumando, con la ventana de la cocina abierta para que el humo escapara. Ella lanzó un grito al verlo asomarse por la cocineta y tiró su cigarrillo al lavadero tan pronto como Suguru apareció frente a ella.

—¿Qué haces despierto a esta hora?

—¡Hola, mamá! Yo... quiero enseñarte algo —confesó Suguru. Estaba nervioso, sus palmas sudaban mientras jugaba con sus dedos. Bobo se escondía al final del pasillo por orden de Suguru. Era difícil mantenerlo quieto, pero cuando le contó su plan se volvió extrañamente dócil. Xue vio en su hijo suficiente estrés como para hacer a un lado su cansancio y prestarle atención.

—Muéstrame —. Xue recargó la cadera sobre la encimera, con los ojos puestos en Suguru. No estaba de ánimos para lidiar con nada más que no fuese un buen cigarrillo y quizá una ducha.

Suguru pensó un poco más antes de darle la señal a Bobo para que se acercara. Su madre lucía agotada, pero siempre lo estaba. Y solía ser más receptiva cuando su padre no estaba en casa. Era el momento.

Bobo salió de su escondite, tambaleándose por la deformidad de sus patas desiguales. Suguru se giró para verlo, con la mirada de su madre siguiendo la suya. Bobo tropezó con el bolso de su madre, donde solía colar la despensa vieja del restaurante donde trabajaba entre sus propinas, y un par de manzanas se deslizaron en el suelo junto al bolso.

Lo siguiente pasó al mismo tiempo: Suguru abrió la boca para presentarle a Bobo, una sonrisa practicada en sus labios, temblorosa y más parecida a una mueca agria. No pudo comenzar con la presentación, su madre se echó atrás con un grito y Suguru entró en pánico. Xue negó con la cabeza, histérica y con su mano presionando firmemente su pecho, apretó los labios con fuerza y evitó el toque de Suguru, quien, asustado, agitaba las palmas a Bobo en señal de que debía detenerse.

—¡Solo es un peluche, mamá! ¡No te hará daño!

Xue estaba respirando con dificultad, sus ojos se giraron a ver a su hijo, ansioso y loco.

—¿Tú hiciste eso? —preguntó Xue con cuidado. Temía escuchar la respuesta. Suguru, por supuesto, solo podía responderle con una locura:

—¿Bobo? No, ¡él es de un hechicero! Darle vida es su poder, pero es un peluche bueno mamá, no te hará daño.

—¿Quién es Bobo?

—Es su nombre —explicó Suguru rápidamente cuando su madre frunció las cejas alternando la mirada entre verlo a él, y a donde su dedo anular señalaba a Bobo entre el desastre derramado del bolso. —Es un peluche con poderes.

Xue abrió la boca y la cerró al instante. Mordió sus labios repetidas veces antes de apretar con fuerza los ojos.

—Oh, dios mío — suspiró.

—¿Mamá? —preguntó Suguru, —perdóname por asustarte —dijo. —Quería presentártelo, él...

—Basta, Suguru —su madre lo detuvo. —Basta.

—Pero...

—¡No! Te dije que debías ignorar esas estúpidas alucinaciones. ¡Ahí no hay nada!

Suguru escuchó en silencio. Se detuvo cuando su madre lo reprendió, inseguro. Como si al voltear de repente Bobo desapareciera, y su madre tuviese razón de nuevo. Pero hizo una doble toma, asegurándose de ver a Bobo de pie, quieto. El peluche era muy real. Bobo no era una alucinación. ¿O sí lo era?

—No puedes verlo —, susurró Suguru decepcionado. No era una pregunta, pero aun así su madre dio un trago amargo. De repente Xue no pudo más con sus piernas temblorosas. Se agachó hasta estar a la altura de Suguru, abrazando sus piernas mientras sus manos apretaban su cabello.

—¿Qué voy a hacer contigo? ¿Qué pasa conmigo? —se lamentó Xue—, me estoy volviendo loca.

Su madre se quedó callada, estremeciéndose con los sonidos de la bolsa cuando todo volvió a su sitio. Suguru no supo qué decir, y molestarse con Bobo fue la única respuesta en ese momento. ¿Por qué su madre no podía verlo? ¿Por qué estuvo escondiéndose todo el tiempo? Había hecho creer a Suguru que era diferente a esas maldiciones. Y ahí estaba, de nuevo hablando locuras y causándole una crisis a su madre.

Xue actuó evasiva a partir de entonces. Suguru sentía sus ojos sobre él cuando su madre creía que no se daría cuenta. Podría ser para disculparse, ella siempre se disculpaba, aunque el arrebato fuese pequeño o no tuviese la culpa. Pero lo más probable fuese que solo estuviera nerviosa porque su padre estaba presente.

Yaga quería estar en cualquier otro lugar que no fuese la sala de una familia problemática. Intentando reclutar a su hijo para un campo de guerra del que ni siquiera eran conscientes. La parte más difícil de ser un profesor de niños con familias no hechiceras: lidiar con sus padres.

—Imagino que Suguru no les ha contado nada al respecto. Pero estoy aquí porque la última vez que hablé con él...— «descubrió que las cosas que ha visto durante estos años no son simples alucinaciones», Yaga no terminó de dar su discurso. Una frase introductoria de mierda que pensó en el camino antes de que le hicieran cerrar la boca.

—Suguru tiene prohibido hablar con extraños—. Fue su padre quien interrumpió con una perceptible molestia. Al instante las palmas de su madre aplaudiendo desentonaron en la habitación cargada de desagrado.

—¿Un cazatalentos? ¡Suguru es muy buen niño! Tiene las mejores notas de su clase —. Xue agregó desesperadamente, sonando ridículamente poco convencida de sus palabras, aunque en realidad fuesen ciertas.

Ambos sabían que no era ningún cazatalentos. Sonaba como una estupidez. Y en ese pueblucho olvidado por dios, algo imposible.

Yaga dudó. Las señales eran claras: un padre con postura agresiva en todo instante, como si quisiese demostrar algo; una madre temblorosa, con una mirada insistente en cada uno de los rostros presentes; y el niño, Suguru, apretaba los puños sobre sus rodillas, cabizbajo y asustado.

—Dejemos los rodeos, ¿de qué se trata esto? ¿Te han enviado los servicios sociales? — La pregunta fue para Yaga, por supuesto, pero no parecía estar dirigida solo a él. Ideas suyas o el tinte de una acusación pintó el disgusto en la voz de Kenta.

 

Xue se endureció, confundida por la sospecha de su marido. Si el hombre se sentía acorralado, por alguna razón que Yaga prefería mantenerse al margen, debía deberse a algún asunto con Suguru. No era ninguna sorpresa que los padres de niños hechiceros odiaran a sus hijos. Sería más fácil si Suguru no tuviese motivos por los cuales volver atrás en su camino si elegía ser un hechicero.

—No —contestó Yaga a secas. Kenta juzgó una vez más su aspecto, de pies a cabeza, antes de decidirse a creérselo. La cerveza en su mano bajó su cantidad a la mitad después de un largo trago; entonces, menos a la defensiva, su curiosidad navegó entre su hijo y Yaga.

—Iré al grano —dijo. «A la mierda» agregó en su mente. —Soy un hechicero, y he venido a extender mi invitación a su hijo para que se una a la escuela que me patrocina. No es ninguna blasfemia. Las señales son simples: Suguru ha probado ver maldiciones que los ojos comunes no ven —la parte difícil (de locos para los no hechiceros) estaba dicha. Yaga esperaba las miradas desconcertadas que estaba recibiendo, así que se apresuró con la parte interesante para la mayoría: —La escuela ofrece sustento económico. Una cantidad para el estudiante y otra para la familia desde que Suguru comience su educación hasta que cumpla la mayoría de edad.

Yaga cuadró los hombros esperando una respuesta. Suguru lo observaba, habiéndose olvidado de su actitud sumisa anterior, con la cabeza agachada. No lució descontento. Por supuesto, el primer movimiento que vino de él fue mirar a su madre.

La risa de Kenta les robó la atención a todos.

—¿Igual a Harry Potter? —él se burló—, esto es inesperado.

Yaga también se esperaba escepticismo, incluso sarcasmo. Los no hechiceros eran... difíciles.

—Es más complejo que un cuento infantil. Les aseguro que Suguru encontrará respuesta a todas sus preguntas. Es un mundo nuevo el que se abrirá a sus ojos —citó Yaga algún folleto olvidado en su mente con basura promocional— ustedes, como padres, están invitados a ver las instalaciones en cualquier momento.

Suguru miró a sus padres; no quería revelar la repentina ola emocional que estaba recorriéndolo. ¡Amaba Harry Potter! Y aunque claramente en la historia no había maldiciones aterradoras que intentaban matarte en una casa abandonada, o que vomitaban en el almuerzo de los niños, la repentina realización de estar viviendo algo increíble lo golpeó con fuerza. Se sintió especial. No estaba loco.

Xue esperó a que su marido dijera algo a ese hombre con aspecto de matón hablando sandeces en su sala. Pero Kenta estaba interesado en la segunda parte de la propuesta, muy a pesar de sus burlas.

Al costado, Suguru continuaba pidiéndole a su madre, con una mirada suplicante, que hablara. Suplicaba apoyo. Xue tenía las palabras esperando en su boca, pero aun así dudó en hablar. No quería dar la impresión de ser estúpida ante su marido por quizá creer en Yaga, aunque fuese solo un poco.

—¿Esta institución es un internado? ¿Tienen algún justificante que los avale como...?

—No lo pienses tanto, mujer —, respingó Kenta—. Hippies, chamanes, brujos, como quieran llamarse, son los mismos charlatanes de siempre. Las escuelas católicas existen; no te dejes deslumbrar; es la misma mierda—dijo, aunque no había forma en que Yaga se tomase en serio a ese hombre. Kenta tampoco esperó que lo contradijeran. Para él, no estaba ofendiendo a nadie; no era un secreto que a cualquiera le molestaban los religiosos y su propaganda. Debían estar acostumbrados. Una simple ceja levantada de Yaga fue lo único que obtuvo de alguna señal de inconformidad con sus crudas palabras—. ¿Qué hay sobre la ayuda económica y los gastos de educación pagados? El niño es bastante dedicado, un buen alumno. Así que no esperamos menos que una beca del cien por ciento.

—La escuela cubre la educación superior, además del alojamiento y las comidas. La familia recibirá un cheque mensual de ciento cincuenta mil yenes—, recitó Yaga. Aunque solo la tercera parte de ese dinero sería dirigido a los padres. Y el restante al estudiante para gastos personales. Pero la conversación estuvo peligrosamente cerca de parecer la negociación de venta de un negocio de trata de personas. A pesar de decir que no volvería a intentar interferir con otra familia, ahí estaba, refinando un argumento de venta para convencer a los padres de Suguru.

—¿Tan poco? —. Kenta probó suerte. Un intento de negociar. Lo que fue un anzuelo que Yaga no picó. Al notarlo, Kenta se encogió de hombros; su cerveza estaba devuelta en su boca—. Mientras sea todo legal. No quiero problemas con la ley.

El instituto técnico de hechicería Jujutsu realmente estaba en regla. Ante la sociedad, era una vieja escuela para ricos en un área privada. Entregaban certificados y tenían convenios con el gobierno. Cualquiera de sus estudiantes graduados tendría la libertad de unirse a una universidad con una recomendación. Algunas mejoras en el sistema gracias al cambio de poder de dos décadas atrás. Yaga estaba agradecido de que el mundo de la hechicería estuviese volviendo al camino de la vieja gloria. Expandiéndose.

El pequeño precio que pagar era lidiar con pequeñas mentes cortas como la de los padres de Suguru.

—Aquí tiene un folleto—. El papel se deslizó desde el bolsillo de Yaga hacia Kenta, ofreciéndolo y esperando a que fuera aceptado. Fue la madre de Suguru quien se atrevió a abandonar su asiento aislado y autoimpuesto y tomarlo de la mano tendida de Yaga. Suguru también recibió uno, diferente al de su madre, más colorido.

Explicarles a los padres de los niños descubiertos era tabú cuando el propio Yaga se unió. La propuesta de incluir a los padres de los niños de hogares de familias no hechiceras era su preparación más temprana. Medio tiempo entre la vida común y aquella a la que nunca estuvieron expuestos antes de ser descubiertos.

—¿Campamentos? —preguntó Suguru. El material del folleto contenía dibujos de un artista pobre en talento, pero lo suficientemente coloridos para llamar la atención de los niños. Había palabras llamativas: técnica ritual, maldiciones; después, el plan de estudios proponía campamentos, clases de autodefensa y el internado. Los padres de Suguru miraron a Yaga al mismo tiempo que los ojos de Suguru esperaban. Yaga hizo mala cara. Los campamentos eran, en realidad, una fachada con un nombre llamativo. Realmente se describiría a sí mismo como un taller de introducción a la hechicería, que no era más que un filtro para los candidatos que el clan Kamo considerase dignos de asociarse a ellos.

Suguru, un hijo de no hechiceros, con un poder interesante, no debía estar expuesto tan pronto a los grandes clanes.

—Clases extra—dijo antes de añadir la parte más desalentadora—, no se incluyen en el plan gratuito —explicó Yaga. Suguru entendió enseguida. Si se trataba de dinero, la conversación estaba terminada. No había necesidad de preguntar nada más—. Las clases de autodefensa son gratuitas. Puedes asistir en las vacaciones de verano. Eso animó a Suguru. El folleto seguía sintiéndose irreal. Su corazón seguía resentido por la cantidad de emociones rondando su pecho: curiosidad, felicidad y temor. Estaba evitando pensar en lo terroríficas que eran las maldiciones, solo porque un extraño igual de terrorífico le dijo a él y a sus padres que Suguru era especial.

Con la promesa de tener un nuevo lugar donde intentar encajar, Suguru no pudo seguir evitando recordar que en su pueblo ya no tenía a nadie que lo quisiese cerca. Tuvo a Momo más tiempo que a nadie, además de sus padres. Pero ser especial la alejó a ella también.

—Soy bueno en los deportes —aseguró Suguru, intentando mantener a Yaga interesado en que él valía la pena. Sus padres podrían no dejarlo ir. Y si su madre no podía acompañarlo... él no quería dejarla sola.

—No he dado mi autorización —. Kenta detuvo los pensamientos de Suguru, miró a su padre recompuesto en el sofá, con la botella abandonada junto a sus pies y con molestia en su rostro.

—Creo que es una buena oportunidad —dijo Xue. Continuó ensimismada sobre el folleto. Abrió la boca automáticamente cuando el pensamiento cruzó su mente, sin darse cuenta de que estaba decidiendo por sí misma en lugar de pedir la opinión de su marido. Kenta disimuló bastante rápido su desagrado. Pero no se atrevió a ordenarle que simplemente se mantuviera callada. Yaga los observaba. Sus ojos seguían ocultos bajo unas gafas de sol, pero era evidente que estaban puestos sobre ellos. Suguru esperaba encontrarse con los ojos de su madre cuando ella dejó de mirar fijamente el folleto, pero ella lo pasó por alto, dirigiéndose a su padre: —Suguru debería estar con personas como él.

.

Aunque se suponía que el arreglo para la inscripción de Suguru no comenzaría hasta que cumpliera catorce años, Yaga volvió tres meses después. Justo en invierno. En el pueblo habían cambiado muchas cosas. Suguru no volvió a caminar con ninguno de sus compañeros a casa. Momo no volvió a la escuela, y por primera vez en su vida, se sentía especial.

Era un mecanismo de defensa, por supuesto. Ver a Bobo caminar junto a él le recordaba que no estaba solo. La sensación de escozor en su palma era una señal de que alguna habilidad increíble esperaba por ser descubierta.

Pero pasaron tres meses y Suguru aún no lo descubría.

—Hola —. Yaga estaba sentado en uno de los columpios del parque. No se balanceaba y parecía incómodo ocupando un espacio demasiado pequeño para su cuerpo. Sus piernas largas estaban estiradas, mientras que sus brazos se cruzaron sobre su pecho. No estaba solo. Había otro peluche con él. Un sapo. Suguru lo reconoció.

—¡Es Gamabunta! —apuntó Suguru emocionado. Yaga sonrió al instante en que Suguru se echó a correr con más ánimo, desapareciendo de su rostro el semblante de desgracia con el que se dirigía a su casa.

—¿Lo conoces? Es un anime bastante nuevo.

—¡Tengo mucho tiempo libre para ver televisión! —respondió Suguru. Corrió a acechar al sapo bajo el columpio vacío. Después de pasar tanto tiempo con Bobo, el temor inicial desapareció en su totalidad. Aun así, Suguru echó un grito cuando el peluche de sapo saltó fuera de sus manos después de intentar cargarlo.

—¿Y para practicar tu hechicería, has tenido tiempo? —. La burla está ahí. Suguru podía entender que era una broma. Pero a la vez una pregunta real. Y el fracaso era una de las situaciones que Suguru no podía manejar. La soledad era fácil de lidiar con ella. El fracaso susurraba siempre en sus pensamientos y afectaba sus sueños.

Suguru sabía evitar meterse en problemas. Principalmente porque a su madre no le gustaban las malas noticias. Y siendo él un imán de desgracias, Suguru no era exactamente bueno ahuyentándolas. Mentir se sentía mal. Pero no decir la verdad, no era exactamente una mentira.

Yaga compartió su teoría con él antes de irse la última vez. Él creía que Suguru de alguna manera logró encerrar a una maldición dentro de una esfera. Seguía viva en el interior, y no podía ser exorcizada sin romper el recipiente primero. Así que debía existir un propósito para que se convirtiera en una esfera en primer lugar. Una utilidad.

De las palmas de Suguru no había salido nada. Ni una chispa de ¿magia? ¿hechicería? Solo comezón.

Suguru se encogió de hombros, con sus manos ocupadas en las agarraderas de su mochila para suprimir el nerviosismo de intentar mentir.

—Estoy cerca de lograr algo.

—Entonces eso es un no —decidió Yaga. Suguru frunció los labios, ofendido. ¡Había estado practicando a diario! Sin resultados. Pero no podía ser tan fácil. Suguru le dio una mirada de reproche, convencido de que Yaga estaba siendo un adulto, haciendo eso que les encanta a los adultos: desprestigiar su esfuerzo porque para él seguramente no era ningún reto hacer lo que fuese que Suguru debía lograr con sus palmas. —Oh, vamos. No me mires así, nunca dije que sería fácil.

—Lo estoy intentando —respondió Suguru.

Yaga mantuvo su rostro serio, gafas puestas, cabello rapado y barbilla cuadrada. Sin hacer o decir nada más, únicamente observando la determinación de Suguru.

—Lo sé —dijo después de suspirar. Suguru perdió parte de su enojo al escucharlo. El temor de decepcionarlo disminuyó lo indignado que se había sentido—. Me imaginé que esto podría pasar. Los niños de padres no hechiceros no tienen vínculos con la hechicería, ni con los métodos de impulsar su control. Así que iba a ser complicado que lo descubrieras por tu cuenta —Yaga hizo una pausa para sobarse la cabeza. Suguru esperó en silencio. Aquello parecía el comienzo de un discurso que terminaba con un «pero», aunque Yaga no lo agregó. Pero definitivamente había más. Algo que a Yaga le estaba costando decir.

—¡Seguiré practicando! —aseguró Suguru. Quería saber más sobre la escuela de hechicería. ¿Sería como Hogwarts? ¿Tenían capa de uniforme? ¿Usaban varitas? Pero Yaga solo estaba siendo un viejo misterioso y con mala cara. Así que Suguru solo pateó la nada por un rato hasta que se le ocurrió preguntar: —¿Estás aquí para una nueva lección? ¿O para hablar de la escuela? Mi padre no vuelve hasta el fin de semana, pero puedes esperar a mamá en casa.

—No, no más reuniones con tus padres si puedo evitarlo —dijo Yaga—, en realidad es lo primero. Tengo una corazonada.

—¡Eso suena genial!

Yaga no opinaba lo mismo.

Sin llamarlo, Gamabunta volvió desde el cielo, cayendo sobre las piernas de Yaga en un elegante aterrizaje después de una zancada tan larga. La boca del sapo se abrió como una gran billetera. Era un maletín, y sus entrañas eran una gran bolsa con dos frascos de cristal opaco recubiertos con un pergamino. Yaga sacó uno de ellos.

—Estos frascos son contenedores, retienen la energía maldita en pocas cantidades gracias a un sello. Y aquí dentro está la esfera que creaste.

—¿Por qué está encerrada?

—Precaución —Yaga dijo sin compromiso—, la esfera hasta cierto punto es igual a estos frascos. Pero al no tener un sello, su efectividad debe debilitarse con el tiempo. Así que el propósito debe entrar en la ecuación antes de que la maldición escape de esta pequeña prisión. El frasco se abrió inmediatamente después de que Yaga retiró el pergamino. La esfera estaba intacta. El interior seguía luciendo vivo, y turbio. Yaga continuó su explicación, esperando que su razonamiento no sonara demasiado para un niño como Suguru: —utilizar una herramienta maldita o cualquier técnica para exorcizar la maldición en su interior invalidaría el principio principal de la naturaleza de toda técnica maldita: exorcizar. Tu técnica debe ser capaz de hacerlo por sí misma. Hacerlo con cualquier método externo eliminaría la esfera.

Un viejo parloteando, Suguru no se lo esperaba de Yaga. Si de su profesor de literatura, ese hombre podía pasar la clase entera fanfarroneando sobre un amanecer. Suguru estaba interesado. Y odiaba demostrar que no entendía lo que fuera que le explicaran. Lo terminaría averiguando. Pero Yaga estaba ahí y en ese momento, observándolo a la espera de... ¿una respuesta? ¿Asentir y fingir entender para que siguiese hablando? Suguru hizo lo segundo. Yaga volvió a suspirar.

—¡Lo entiendo! —se apresuró Suguru a defenderse. Sus brazos se movieron como locos frente a él, le gustaban las teorías. Y el misterio. Así que pensó en una de esas películas paranormales y en Harry Potter, quisa la respuesta era solo un hechizo que ¿las hiciera explotar? ¿las enviara al más allá? —mi magia es como un frasco. Pero ese frasco no mata maldiciones, solo las encierra. Solo debo descubrir cómo matarlas.

Yaga hizo suspiró de nuevo, una respuesta tacita: Suguru se equivocaba. La emoción de la explicación bajó de su cabeza hasta colorear sus mejillas con vergüenza.

—Creo que el frasco eres tú —dijo Yaga—, tiene sentido. Los exorcistas ligándolos a tu energía maldita. La esfera es solo un contenedor y la prisión eres tú mismo. —La esfera era pequeña, suave al tacto. Como un dango firme a pesar de que se apretara mantenía su forma y su relleno. Yaga se lo ofreció —la primera prueba de mi teoría es esta; debes tragártela.

—¿Qué?

—Sin masticarla —indicó Yaga como si se tratara de una terrible broma. Suguru esperó a que se riera. Algún signo que revelara que solo estaba burlándose de él. Pero no sucedió. Al contrario, Yaga agitó su palma, con la esfera sucia y que estuvo acumulando polvo en la repisa de Suguru por semanas. La tomó con inseguridad, su estómago gritándole que corriera a casa a comer el rico curry del supermercado que su madre dejó esa mañana para cuando volviera de la escuela. La esfera estaba limpia, al menos la superficie no tenía suciedad visible. Le echó un vistazo a Yaga en una doble toma de: «¿está seguro de que debo hacer esto?», y él solo le devolvió una expresión imperturbable. Aburrida.

Arrugó la nariz por reflejo, y acercó la esfera a sus labios. Su garganta comenzó a picar, como si algo estuviese por suceder. Y esa vez algo sucedió. En el momento en que la boca de Suguru se cerró sobre la esfera, su tamaño disminuyó considerablemente hasta ser succionada por su garganta como si fuese una aspiradora a un simple polvo. Lo peor vino después. El sabor: ¡Era horrible!

Yaga por fin tuvo una respuesta que no fuese suspiros y una cara amarga. Se puso de pie sorprendido.

—¡Increíble, estaba en lo cierto! Esa fue una respuesta inmediata de tu cuerpo a tu técnica maldita, seguramente lo hubieras descubierto por tu cuenta tarde o temprano —dijo animado. Suguru intentó sonreír con los labios apretados. Sus manos seguían sosteniendo su boca, y si quería demostrar que estaba bien a Yaga debía alejarlas, sonreír y seguir con la lección. Pero ¡sabía peor que lo peor que Suguru había comido antes! Y eso fue natilla de leche podrida. Si dejaba su boca libre iba a vomitarlo todo sin duda —vamos, dime, ¿qué tal te sientes Suguru? ¿Algo que destacar?

¡El sabor! Suguru casi sentía las lágrimas mojando sus ojos. Sus palmas de pronto no parecían la mejor forma de contener el vómito inevitable que subía por su garganta. Parecer duro nunca fue cosa suya. Suguru intentó imitar varias veces a Yoshida, se avergonzaba de querer tener él mismo el aspecto seguro y maduro que lo rodeaba. Pero era demasiado blando para lograrlo.

Suguru fue traicionado por sus palmas que dejaron libre su boca y con ello, totalmente visible el desagrado de todo su rostro. Aun así, la traición más dolorosa fue la de su garganta, que una vez que tuvo camino libre hacia el exterior, derramó sin previo aviso los dos onigiris de atún que comió en el almuerzo sobre los zapatos de Yaga.

—Mierda —gruñó Yaga.

La cara de Suguru se calentó por la vergüenza. Levantó la cara, con una disculpa preparada. El sabor de la bilis se reemplazó por el sabor podrido de la maldición, y los trozos de arroz del vómito la sensación babosa de la esfera fundiéndose en su garganta. Su cuerpo se retorció en escalofríos. Asqueado y llorando por el esfuerzo.

Suguru susurró una disculpa, asustado de que el asco que aún sentía amenazara con vaciar las sobras de su desayuno aún restante en su estómago. Yaga hizo una mueca al ver el desastre en sus zapatos, se agachó y sostuvo los hombros de Suguru con ambas palmas. Poco después de que Suguru pudo controlar la sensación inestable que oprimía su estómago, Yaga le acercó una botella de agua. El dolor de garganta se suavizó de inmediato. Al terminarse la botella, Suguru sintió los restos ásperos de una pastilla sin terminar de diluirse en el fondo de la botella. Yaga había mezclado analgésicos antes de dársela.

—Ha funcionado —repitió Yaga desprovisto de la emoción inicial en su voz. Una declaración. Suguru había vaciado su estómago, y se sentía incapaz de poder comer cualquier cosa y que supiese bien en al menos lo que restaba del día. Pero la maldición fue absorbida con éxito. Su presencia parecía estar exorcizada.

—¿Lo ha hecho? —respondió Suguru solo por decir cualquier cosa. Se había olvidado por unos minutos de ello, por lo menos mientras estuvo intentando contener las náuseas, en una pelea contra el vómito atrapado en su garganta, y la encrucijada entre tragárselo o seguir ensuciando los zapatos de Yaga. Estaba en medio de una lección. Un auto descubrimiento de sus poderes “mágicos”. Los que resultaron asquerosos. Yaga debía ser una clase de profesor. O solo un hombre fanfarrón, porque no hizo falta que Suguru hiciese más preguntas, él en seguida comenzó a explicar: —La energía maldita del espíritu estaba aún presente cuando se encontraba atrapado en la esfera. Mínima, pero seguía ahí, coexistiendo bajo la tuya. Ahora no hay rastro. Es como si hubiese sido exorcizada al tragártelo.

Suguru hizo mala cara. Sus labios continuaban fruncidos con asco.

—¿Mi poder es comérmelos? —preguntó abatido por la posibilidad. Yaga asintió con la cabeza. Los hombros de Suguru se desplomaron. Había estado sosteniendo el aliento sin saberlo —eso es horrible—, la tierra se levantó cuando Suguru pateó al suelo, el vómito se había convertido en lodo con grumos de comida de mal olor. Suguru se sentía igual de asqueroso.

—No te desanimes.

—Eso suena como un poder tonto, y asqueroso. Usted tiene un poder genial, por eso no lo entiende.

—Ya lo he dicho, mocoso, se les llama técnicas, no son poderes. Pon atención —regañó Yaga. Se cruzó de brazos e ignoró la necesidad presente en su cabeza de limpiar el desastre en sus zapatos, superponiendo la importancia de darle tranquilidad a Suguru —, hemos descubierto el propósito de las esferas, resta la utilidad.

—No lo entiendo—confesó Suguru frustrado. Su estómago había comenzado a revolotear, amenazándolo con otra arcada. Dolía como algo que quería liberación. Un gas, o un eructo. O más vómito.

Y el adulto idiota frente a él solo se limitaba a decir metáforas que Suguru no entendía.

—¿Algo está mal? —preguntó Yaga al ver el rostro de Suguru. Preocupación genuina, dejando de lado la exasperación por que Suguru descubriera lo que fuera que significaba su técnica maldita.

Y sí, Yaga estaba en lo cierto. Algo estaba mal. Suguru miró fijamente al suelo, apretó los labios y respiró profundo tratando de alejar las náuseas. Era la sensación. Su estómago estaba vacío. Su panza se sentía extraña pero no más que eso. Pero, en definitiva, algo quería salir.

Se sintió como un escalofrío. Venía de su interior, de lo más profundo. Palpitando por salir. Pero contenido hasta que Suguru lo guió en su camino hacia el exterior. Una masa negra se formó a sus pies, donde Suguru esperaba vaciar nuevamente su estómago, y el escalofrío abandonó su cuerpo en ese momento. De pronto estaba ahí otra vez, la maldición resurgiendo del charco negruzco. Suguru gritó en pánico antes de tropezar con sus pies al querer retroceder. La maldición se escabulló fuera, con las mismas garras peludas como insecto, y pico alargado que aquella noche estuvo por arrancarle los ojos a Suguru.

No recordaba la pesadilla. Ni los detalles. Solo el temor inicial y la satisfacción de haber ganado. Pero teniendo aquel bicho frente a él, y con su estómago revuelto, hizo que Suguru flaqueara por unos minutos antes de recomponerse.

La maldición no se movió ni un centímetro más hasta que a Suguru se le ocurrió la idea de que volviera a meterse por donde había venido, y la maldición obedeció sus pensamientos. Entonces, tan pronto como llegó, se fue.

El silencio duró apenas el asombro de Suguru por comprender lo que acababa de pasar.

—¡Excelente! —exclamó Yaga. Suguru salió de su estupor al escucharlo; la mirada de Yaga estaba cubierta de asombro. —¡Manipulación de maldiciones!

Suguru repitió el nombre. ¿Su poder? Bien, no en realidad. Tendría que decir; ¿su técnica maldita? Suguru miró el espacio vacío, después a Yaga. De nuevo no tuvo que decir nada; Yaga ya estaba hablando de ello.

—Has pedido que se fuera, y lo hizo, ¿cierto?

Lo hizo.

Sin que Yaga se lo pidiera, Suguru volvió a esa sensación. Ese escalofrío presente, pero expectante a salir; su mente estaba en el charco negro con sus ojos esperando por la aparición del espíritu maldito.

Poco tiempo después, ambos estuvieron ahí de nuevo. Quieto hasta que Suguru pensó en algo. El espíritu tenía alas, así que lo hizo volar. Y la orden de Suguru fue obedecida.

La siguiente lección que Yaga le dio fue a capturar a las maldiciones en esferas. Suguru encontró la gracia de ello, lo llamó "atracción y moldeo", a los pasos para lograrlo. Algunas se resistían cuando superaban el nivel que Suguru tenía sobre su propia energía maldita. Pero era cuestión de tiempo para que la resistencia se volviera cero, y caían en su palma atrapadas en una esfera perfecta.

A Bobo se le unió Gamabunta, un regalo de Yaga cuando Suguru se enfermó del estómago después de tratar de ingerir más maldiciones de lo que su tolerancia pudo resistir. Tres al día fue el límite que Yaga le impuso. Pero Suguru se quejó al respecto. Podía hacerlo mejor, lo sabía, solo tenía que empujar sus límites un poco y terminaría por acostumbrarse. Así como lo hizo con el sabor. Seguía siendo terrible, y lo más desagradable que había probado en su vida, pero el dolor de estómago ya no perduraba demasiado tiempo después de tragarlas. El sabor era el único inconveniente que persistía. Nada que Suguru no pudiese mitigar con un poco, o mucha, goma de mascar.

Su arsenal estaba ascendiendo rápidamente. Aunque tenía a Bobo, este se negaba a ayudarle a recolectar más maldiciones, así que Suguru pronto aprendió a usar a los demás para ayudarlo a someter a nuevos. El pueblo era pequeño, y los rondines de Suguru abarcaban toda su circunferencia. Unos días los recolectaba, otros se torturaban absorbiéndolos. Pronto, en un año, la cuenta ascendió a treinta maldiciones. Solo los pequeños, no peleaban ni oponían resistencia mayor a retorcerse e intentar escapar. Suguru trató de no sentir que estaba ingiriendo solo basura que no serviría para pelear.

Hasta que un día fue diferente. Una excursión escolar a la playa del pueblo vecino le dio a Suguru su espíritu maldito favorito: una mantarraya color salmón que había atrapado con su cola el tobillo de su profesora. Los demás niños seguían esforzándose en ignorarlo, hacerlo sentir como si no existiera, lo que obligó a los profesores a hacerle compañía a Suguru durante todo el viaje, quedándose a su lado incluso en las actividades recreativas. Eran un pequeño grupo, después de todo solo asistían de siete a cinco niños por año. El otro profesor entró en pánico y se aventuró hacia el mar para ayudarla, dejando a Suguru sin supervisión al pie de la arena, al igual que a los demás niños.

La mantarraya no era fuerte, solo escurridiza. Cuando Bobo detuvo el avance de Suguru hacia el mar, y tuvo que dejarle a todos sus demás maldiciones la tarea, se sorprendió de que la mantarraya saliera del mar por su cuenta solo para perseguirlo a él, el dueño de las maldiciones que estaban atacándola. Ligeramente inteligente concluyó Suguru antes de echarse a correr. ¿Clase tres? ¿Eso habría dicho Yaga? Si lograba capturarla iba a ser algo grandioso que contarle en su próxima visita.

Bobo dejó su actitud de estatua malhumorada y se lanzó al aire, tirando a la mantarraya al suelo. Suguru agitó sus palmas, llamando a sus maldiciones (un gusano suficientemente largo para enrollarse en sí mismo, su maldición más poderosa y la primera; el mosquito que lo atacó en sus sueños, y una clase de maldición deforme con dos brazos y boca enorme). Estuvo tentado a nombrarlos, pero Suguru se detuvo cuando pensó en sí mismo como una referencia oscura de un entrenador Pokémon. La idea le entusiasmo tanto que se avergonzó de sí mismo cada vez que volvía a pensar en ello.

La mantarraya fue atravesada, se sacudió en la arena y no pudo escapar del candado en el que Bobo la inmovilizó. Sus ojos de botón observaron a Suguru, esperando a que lo absorbiera. Estaba deteniéndolo para él, a pesar de las órdenes de Yaga de no alentar a Suguru a excederse en su límite de maldiciones ingeridas por día, ni a intentar luchar con aquellas de grados superiores al entrenamiento actual de Suguru.

No perdió más tiempo. Levantó su mano abierta con el ejercicio de respiración que había practicado, y la picazón en su piel al igual que la tensión en sus dedos se hizo presente. La maldición comenzó a desprenderse, como baba deslizándose hacia su control. Apenas un hilo de su forma a diferencia de las maldiciones de cuarto grado que no tardaban en transformarse en una cuerda que se enrollaba al instante en sí misma. Bastaba con extender la palma y absorberlas para contenerlas. Fue la primera vez que Suguru tuvo que usar sus dos manos para darle forma a la esfera. Yaga había dicho que su control sobre la energía maldita debía ser mayor a la de la maldición que tuviese sometida antes de que planeara absorberla, y así evitaría que esta se revelara.

Suguru demoró el doble de tiempo en crear y aprisionarla. El peso era similar, el tamaño ligeramente más grande. Pero lo había logrado. La sonrisa en su rostro se deslizó cada vez más ancha mientras estudiaba rápidamente la esfera en su palma.

El ajetreo interrumpió la fugaz apreciación a su trabajo. Sus compañeros gritaban el nombre de su profesora después de que el otro profesor se diera cuenta de que estaba teniendo problemas en el agua.

Suguru trató igual que todos los demás de levantarse de puntillas para ser más alto y observar el asunto a la distancia. La profesora estaba a salvo, con un brazo sobre el cuello de su profesor. Levantó la mano para darles a todos tranquilidad. Pronto el socorrista se acercó a ambos, demasiado tarde para servir de ayuda si Suguru no hubiese intervenido. Pero su profesora lo justificó todo con una simple torcedura de tobillo, y terminaron recibiendo una advertencia del socorrista solamente.

El resto de la tarde sufrió un cambio de planes. El mar quedó prohibido dentro de las actividades, y Suguru ganó la compañía de su profesora con un tobillo resentido en el área de descanso.

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La reputación de ser el loco estaba superando a Suguru. Cada vez que se deslizaba su sentido común y cedía a la tonta necesidad de comentar cualquier tontería con su única compañía, Bobo, a la que otros niños claramente no podían ver, Suguru cavaba más profundo en el fondo del hoyo social en el que se encontraba.

Ese peluche ni siquiera contestaba. Suguru dudaba entre si su naturaleza era más cercana a un robot o a un títere, y Yaga veía a través de Bobo como un par de lentes a la vida de Suguru. Pero Bobo era la diferencia entre estar completamente solo y no estarlo.

La otra persona que pasaba tiempo con él era Yaga.

Suguru hizo un estimado de tiempo entre sus visitas. Yaga nunca le dio un día en específico, y siempre que lo preguntaba solo contestaba con: «No volveré», como si quisiera asegurarse de que Suguru no aguardara por sus visitas. Aun así, volvía. Cada tres semanas y dos días a partir de que nombraron la técnica maldita de Suguru.

No intentó esperar más a su madre por las noches. Xue estaba paranoica desde la visita. Los ruidos habían dejado de escucharse como simples bisagras o crujidos de la madera vieja al ser golpeada por el viento. Pequeños siseos que provenían de las maldiciones de Suguru le hacían mirar dos veces sobre su hombro y excusarse a su habitación para dormir si Suguru pedía pasar tiempo con ella.

Humanos conscientes, se les llamaba. Otra de las explicaciones de Yaga. Algunos humanos en contacto con maldiciones y con conciencia de su existencia experimentaban esos síntomas. Hasta que ella lo reconociera, la madre de Suguru continuaría en el limbo entre pequeños avistamientos del mundo de la brujería y la ignorancia en la que vivían la mayoría de los no hechiceros.

La historia con su padre era distinta. Suguru estaba acostumbrado a solo cruzar palabras con él en la cena y almuerzo de los fines de semana. Los abuelos de Suguru murieron cuando tenía cinco años, y con ellos los viajes familiares para visitarlos. A Suguru no le interesaba el béisbol, y su padre tenía nulo interés en agitar una pelota en el parque para asestarla en un objetivo, así que el básquet padre-hijo no estaba en la lista de actividades que pudiesen acortar la brecha entre ambos.

Pero preguntaba sobre la brujería. Suguru se sorprendió la primera vez. Bajó las escaleras con el olor de huevos fritos rondando la casa, su padre en la mesa, esperando y bebiendo a pesar de ser antes de mediodía, su madre sin estar a la vista, escondida en la cocina. Los ojos de Kenta Geto abandonaron su atención del periódico y, como pocas veces, preguntó sobre algo más que no fuera el desempeño de Suguru en la escuela.

—¿Qué tal los fantasmas? —preguntó con una sonrisa chueca, el ánimo divertido debido a la bebida, y a que realmente no tenía interés en la respuesta. Aun así, sorprendió a Suguru recién acomodado en su lugar en la mesa. —Entonces, ¿qué? ¿Algún progreso? Suguru se miró las palmas antes de levantar la cabeza. Su corazón dio un aleteo emocionado, mientras que su estómago cosquilleó en una sensación desagradable. Sin detalles sería lo mejor, ya que su padre claramente estaba esperando burlarse de él. Pero, aunque fuese un interés poco honesto, Suguru quería impresionarlo. Obtener algún reconocimiento como sucedía después de obtener buenas notas. Se había estado esforzando mucho.

Por supuesto, no corregiría a su padre al referirse a las maldiciones como fantasmas, ni siquiera se atrevía a intentar que él se lo tomara más en serio. —He atrapado algunos. El profesor Yaga me enseñó cómo controlarlos —explicó Suguru. Aunque los invocara, no podía hacer una presentación. Su padre dio un asentimiento poco comprometido y un simple «ya veo» como señal de que no estaba ignorándolo. A Suguru se le ocurrió la idea más tonta. Lo dijo en un impulso de ayudar a su padre a comprender: —Como un entrenador Pokémon. —lo único que ganó fue una carcajada. Similar a las que le dedicaba a su madre cuando rezaba al pequeño altar al único familiar que ella tenía en Japón antes de que también muriera. Él solo suspiraba a las horas que su madre pasaba inclinada antes de decirle: «vete a dormir. Tu hermana está muerta, no te escucha» y apagar las luces.

Las maldiciones eran invisibles para la comprensión de los no hechiceros. Los desastres que estas cometían se transformaban en sus cerebros a imágenes o sucesos que pudiesen comprender. Algunas otras mentes eran más inteligentes; sus ojos lograban ver a través del engaño de la energía maldita y ver la realidad. No siempre era claro. Los niveles variaban desde un vidrio empañado hasta la claridad absoluta. Suguru no quería que sus padres se adentraran a ese mundo. Seguramente su madre estaría asustada. Y su padre... Suguru tenía miedo de ver a su padre demasiado. Porque eso significaba que se volvía impredecible. Y sus cambios de humor no solo asustaban a su madre, también a él.

Bobo rondaba libremente por la casa de los padres de Suguru, y en la escuela, o cualquier lugar a donde Suguru fuera. Evitando a Kenta y a Xue, pero no escondiéndose de ellos. Era como el polvo en el aire. Ignorado por quienes no pudieran verlo, pero estando presente. Esa semana Suguru había liberado a su padre de una maldición colgada a su hombro después de dos días continuos mirándolo a hurtadillas, a la espera de algún reconocimiento del bicho rondando su cuello. No hubo más que un par de quejas sobre sus hombros adoloridos.

Entonces Suguru llegó a la conclusión de que, aunque su madre posiblemente era un no hechicero consciente (no tenía forma de comprobarlo sin preguntarle, lo cual no iba a suceder. Suguru prefería conservar al menos el beso de buenas noches que su madre aún le daba los fines de semana si la única condición era que ambos continuarían fingiendo que la hechicería no existía), su padre al final era totalmente ajeno a cualquier cosa sobrenatural. Yaga le había advertido que: «por ninguna circunstancia, y solo si era estrictamente necesario en combate, jugara con las maldiciones que tenía bajo su poder». Pero Yaga también dijo: «debes practicar por ti mismo tu técnica ritual. Eres el primer usuario registrado, no habrá nadie que conozca mejor de tus habilidades que tú mismo».

Así que Suguru se dejó impresionar por su nueva adquisición: la mantarraya. Y dejó que se le subiera un poco a la cabeza el control que tenía sobre las maldiciones. Esa misma mañana pudo haber dejado que su ego lo nublara. Ordenó al gusano tragarse el almuerzo de Yoshida y vomitar los restos en la mochila de Takashi. Y aunque Nezumi se merecía tropezar en el último escalón de las escaleras con el máximo riesgo de raparse las rodillas por mencionar a Momo, y hablar despectivamente de ella solo porque sabía que Suguru estaba escuchando, los pequeños actos de venganza de Suguru no terminaron solo ahí.

Suguru podía defenderse contra otros niños. Era bueno en deportes y no era ningún secreto que era duro con los puños en las peleas; después de todo, había sido amigo de Takashi y su grupo. Así que cuando sus antiguos amigos querían un objetivo para desquitarse, no solían girar sus miradas en dirección a él. El tratamiento silencioso era la forma acertada de hacer sentir miserable a Suguru; así que por eso decidieron hacerlo invisible. Pero vómito arruinando los libros de Takashi, el estómago hambriento de Yoshida y la ligera inclinación en una sonrisa en los labios de Suguru cuando Nezumi tropezó de lleno contra el suelo gracias a sus cordones sueltos, de los cuales Suguru no tenía conocimiento, debía tener un castigo que aliviara los egos heridos de su antiguo grupo de amigos.

Alguien decidió que los culpables eran el compañero de pupitre de Suguru (que solo le dirigía la palabra porque era imposible que ignorara a Suguru si compartían mesa) y la amable Haruko a quien obligó la propia Yoshida a cambiar con ella sus horarios de limpieza solo para no coincidir con Suguru. En resumen, los únicos dos compañeros de Suguru que le dirigían más de una mirada. Vengarse resultó mal. El siguiente uso que encontró para sus maldiciones tuvo un mejor resultado.

Suguru intentó convencerse de que subir al lomo de la mantarraya era una idea estúpida; pensó en la mayor desventaja: morir, y en las ventajas: un viaje en el cielo terriblemente genial sobre una mantarraya y practicar su control sobre las maldiciones sin lastimar a otros. Lo consideró mientras terminaba un pan de melón duro, así que el tiempo fue mayor a que si hubiese sido un pan delicioso. Finalmente, perdieron los argumentos negativos en contra de que no era una gran idea. Suguru se cayó de la mantarraya veintidós veces seguidas. Su aspecto al final del día era digno de alguien a quien le habían dado una paliza. Pero después de tragarse sus propios sollozos en la caída veintidós, al intento veintitrés, en lugar de dejarse balancear por el lomo de la mantarraya, Suguru hizo que las aletas sujetaran las pantorrillas y se encorvó sobre la cabeza para evitar la caída de culo que lo dejó sobre el suelo más tiempo que los demás aterrizajes fallidos.

El camino de ida y regreso del colegio dejó de parecer un viaje solitario y miserable. Bobo seguía caminando; Suguru no se arriesgó a agregar peso extra a su precario equilibrio, giraba su cabeza hacia el cielo desaprobando con sus ojos de botón la distancia cada vez mayor que Suguru agregaba con respecto al suelo. En el pueblo escaseaban las casas con dos pisos de alto. A excepción de algunas estructuras en el centro, cerca de la plaza principal. Suguru no aumentó la distancia más allá de diez metros sobre el suelo. Lo suficiente para causar vértigo los primeros días y limitar su movilidad a cero por temor a no soportar la vista. Cuando Suguru se atrevió a echar un vistazo, se dio cuenta de que no era gran cosa. Era apenas la altura que un canario alcanzaba. Volar más alto no sería inteligente si Suguru no lo dominaba. Así que aplastó la idea en su cabeza en cuanto surgió.

Aterrizaba cerca del patio de su casa si sus padres estaban cerca. Aunque la ceguera de los no hechiceros manipulaba su cerebro, Suguru temía enfrentarse a los resultados de ser atrapado saltando del cielo. ¿Hasta qué límite la ceguera era efectiva? Tendría que preguntárselo a Yaga. Suguru sobrevoló la casa de sus padres por precaución. Era viernes, su padre volvía tarde. Pero Suguru era hijo de Xue, y el instinto paranoico en la crianza era un susurro difícil de callar después de obtenerlo.

Dos automóviles negros, de llantas anchas, hechas para terrenos montañosos, estaban flanqueando el viejo automóvil de su padre. La chatarra lucía más inservible en medio de dos automóviles de esa liga. Imposible que pertenecieran a cualquier persona del pueblo. Se acercó un poco, intrigado por los dos hombres de traje custodiando la entrada de su casa. Lentes negros, trajes impecables y tan firmes como soldados.

Suguru solo había visto personajes así en películas. Y no eran precisamente buenas personas.

¡Pero podría tratarse de Yaga! ¿Personal importante de la escuela de hechicería? Suguru lo consideró. La idea le emocionó de inmediato. Si lo pensaba, tenía sentido. Podría tratarse del famoso campamento, o ... ¿qué más?

Suguru se dio cuenta de que en realidad no tenía en mente más alternativas. Así que buscó a Bobo entre la cercanía; la mantarraya no dudó en obedecer sus pensamientos y bajó de altura.

Ese era otro problema sobre el control. Si Suguru no mantenía sus pensamientos claros, las órdenes y sus deseos influían de la misma forma en sus maldiciones. Eran marionetas que obedecían. Solo eso. Ningún rasgo de independencia después de ser devoradas por su técnica.

Al paso de varios minutos, Suguru se dio por vencido. Bobo era demasiado pequeño y posiblemente ya se había escondido por alguna parte, o pudo haber vuelto con su maestro. Eso tenía sentido, si se permitía soñar alto, por supuesto.

Suguru se dirigió a la entrada trasera, donde los árboles de melocotón de su madre cubrían el viejo huerto. Saltó a la confiable rama por la que le gustaba trepar y se sostuvo del tronco antes de aterrizar en el suelo.

—Debes ser Suguru Geto. —El corazón de Suguru se disparó. La sorpresa de la cercanía y la aparición de una persona detrás suyo le hicieron tropezar con sus propios pies. Cayó sobre la tierra, manchando su uniforme de lodo y fruta podrida.

Una palma apareció frente a sus ojos, tendida en una ofrenda de ayuda. Suguru titubeó antes de limpiarse sobre sus pantalones cortos y aceptarla. La mujer no sonrió después de examinarlo; su expresión continuó impasible. Suguru estaba lidiando aún con las secuelas de la sorpresa para darse cuenta de lo rápido y ágilmente que fue manipulado con una mano en el hombro e incitado a caminar al interior de su casa.

La puerta trasera estaba abierta, dirigía hacia la cocina, donde la cafetera estaba caliente y la jarra medio llena, y había una bonita canasta de frutas sobre la encimera. Suguru no tuvo tiempo de impresionarse por la cantidad de frutas caras rebosando de la canasta. Una variedad de rostros se giró en su dirección cuando la mano en su hombro los detuvo frente a la sala de estar. Entre los invitados estaba su madre, esta vez compartiendo un asiento con su padre. Ambos del mismo lado de la mesita de centro, acompañados de dos personas ostentosas, las visitas.

Con una simple mirada, la mujer vestida con un kimono de tela fina, con los colores del invierno impresos, le robó el aliento. Sus ojos se encontraron con los suyos por sobre su hombro, evaluándolo como a un mosquito molesto rondando a su alrededor. La habitación se mantuvo en silencio. Suguru intentó avanzar hacia sus padres inusualmente compuestos. Parecían nerviosos por complacer, y mantenerse impasibles era el método que encontraron más adecuado a los gustos de la mujer ante ellos.

Fuyuka Gojo, segunda hija del actual jefe del clan Gojo, se presentó a sí misma. Tenía una voz firme, fría como el significado de su nombre, el invierno, e imponente. Llegó veinte minutos antes de que sus guardias, esparcidos por los alrededores, identificaran al misterioso y más reciente descubrimiento de Yaga Masamishi.

—Me disculpo por la demora, señora —. Suguru dio un paso tentativo hacia sus padres, pero fue detenido. Era bueno leyendo el ambiente de las habitaciones. Tenía que serlo después de que comenzaron las sesiones de gritos por la madrugada, y al día siguiente después del desayuno.

Xue estaba encorvada sobre sí misma, con el dorso de su mano cubriendo su boca. Su cabello en un moño flojo y con el flequillo despeinado cubriéndole el rostro. Kenta estaba sentado a las anchas del sofá, dejándole poco espacio a su esposa, donde parecía sollozar escondida bajo su aspecto desalineado. Las manos en puños sobre los muslos y sin licor a la vista.

Fuyuka no estaba afectada por la incomodidad de su alrededor. Se tomó su tiempo para asentir, esto fue un permiso implícito para que la mujer que aun sostenía el hombro de Suguru hablara de nuevo.

—Puedo confirmar que la habilidad del niño es la manipulación de maldiciones, como reportó la señora Kamo—, la primera reacción el rostro inmutable de Fuyuka fue desagrado. Esa era la segunda ocasión que Suguru escuchaba el apellido Kamo y con la misma reacción incluida poco después de hablar del mismo—, se le ha visto descender de una maldición de semi-tercer grado, la cual controló por más de dos manzanas. ¿Eran todos hechiceros? Suguru se sintió aterrado y emocionado a la vez. ¿Todos ellos veían maldiciones? ¿Había tantos como él? Sabía de Yaga, y de lo poco que él contaba. Si había una escuela, significaba que existían muchos más hechiceros. Pero esa era la primera vez que escuchaba a más de una persona hablar con normalidad sobre la existencia de maldiciones.

La segunda reacción que Suguru vio en Fuyuka fue interés. Sus cejas estaban ligeramente levantadas y sus labios en una línea fina apretada, se curvaron al final de su expresión cruda.

—Un placer conocerte, joven Geto.

—El placer es mío, señora —. Fue torpe, Suguru sonrió de la única forma encantadora que sabía y que funcionaba con los adultos. Nuevamente miró a sus padres, pero no obtuvo nada de ellos.

—Gojo —completó Fuyuka —, debes dirigirte a mí como señora Gojo, no lo olvides.

La indicación tuvo el tinte completo de un regaño. Aun así, Suguru no pudo afirmarlo del todo. Fue raro, y tonto el cómo se sintió cohibido por no saber el apellido de alguien que ni siquiera se había presentado.

Kenta gruñó en el fondo, harto de permanecer callado. Contener su mal humor ante la pomposidad de la visita fue posible bajo la promesa inicial de una negociación. La presencia y confirmación de las habilidades de Suguru eran imprescindibles para comenzar con la supuesta charla. Y con todas las piezas sobre la mesa, Kenta decidió que era justo que tomara el mando de la conversación.

Suguru no pudo sentir el alivio de que su padre por fin irrumpiera, cuando su estómago se revolvió ante la demanda exigente de su padre.

—Muéstrale a esta mujer tu magia.

Por supuesto que el título “Señora Gojo” fue extendido a sus padres. Fuyuka exigió ser llamada con respeto. Y el desacato de Kenta fue mal intencionado. No hubo ninguna reacción de molestia de parte de ella, pero sí de sus guardias que parecieron personalmente ofendidos por lo equivocada que estaba toda la oración de su padre.

Todos los ojos estuvieron de nuevo sobre él. Esta vez cargadas de expectativas a las que Suguru inmediatamente intentó complacer. Sucedía en la escuela. En casa. Y en cualquier círculo de personas donde él se involucrase. Al final del día le complacía estar a la altura después de tanto esfuerzo. Nunca le importaba que fuese agotador. Suguru asintió aturdido, apresurándose en concentrarse lo suficiente para no quedar en ridículo la primera vez que tenía audiencia y que su padre esperaba algo de él en sus habilidades de hechicería. Su padre no sería capaz de verlo, pero todos los demás sí. Así que seguramente darían fe de ello y él se complacería a consecuencia.

Puso sus palmas en posición, y el remolino negruzco del vacío donde sus maldiciones se almacenaban se extendió frente a él. Habían visto ya su mantarraya; era la maldición más grande y bonita que tenía (llamarla bonita era demasiado, pero por lo menos, no era grotesca), y su rana. «Debería impresionarlos, así que ¿por qué no ambas?» Asi que eso hizo. Una cayó al suelo, actuando como una rana común, y la otra se deslizó desde el negro profundo hacia el techo, sobrevolando como un papalote sujeto por la cuerda.

Las maldiciones podían quedarse inmóviles o hacer los trucos que Suguru deseara. Solo bastaba con pensar en ello con una imagen clara, y ¡ta-dah! Un par de volteretas. Una sonrisa satisfecha se deslizó sobre su boca cuando los trucos de circo resultaron inofensivos. La naturaleza de las maldiciones era agresiva, o escurridiza para las más bajas. Eran parásitos humanos después de todo. Suguru, satisfecho, buscó la aprobación de la señora Gojo y de su padre, quien, por supuesto, no estaba en lo más mínimo impresionado. Al encontrarse con su mirada, él comprendió que cualquier espectáculo que fuese a protagonizar Suguru estaba hecho. Y Fuyuka no tenía ningún comentario. Incluso los profesores de Suguru se extendían en alabanzas a su desempeño. Una parte de él creyó que sucedería de nuevo.

La expectativa en los ojos de Suguru debió ser demasiado evidente como para que su padre adivinara que cualquier truquito estúpido que sus invitantes esperaran estaba hecho. Kenta extendió los brazos que había mantenido apretados a sus costados, con las palmas bajo las axilas. Carraspeó, trayendo la atención a sí mismo con una respuesta de desagrado en Fuyuka por la acción de mínima clase. Pero a diferencia de su prepotencia habitual en un hombre soberbio como su padre, este se abstuvo de comentarios burlescos. Intimidado por la compañía. Y claramente esperando obtener algo de ese intercambio. Porque la señora Gojo estaba ahí por un motivo.

La voz de Fuyuka tenía un ligero encanto ahora presente. Había dejado al padre de Suguru hacer una oferta, dispuesta a permitirle ser lo suficientemente ambicioso para comprar su silencio con un poco más de dinero si el intercambio le convencía.

—Aceptamos su oferta, Geto —. A esa señal, la asistente de Fuyuka, una mujer bajita con la piel arrugada por la edad le tendió un sobre de papel a su padre, y para sorpresa de Kenta, también a su mujer. La envidia reavivó su interés. Fue la anciana quien explicó:

—La negociación es individual. Con esto, aseguramos que ambos renuncien a la custodia de su hijo sin ningún inconveniente futuro.

Suguru perdió el aliento. La mantarraya y el sapo se deshicieron de forma bruta en una masilla tragada por la oscuridad. Su energía maldita tambaleándose debido a sus emociones, como causa principal de su inestabilidad. Escuchó bien. Estaba presente. Relegado a una exhibición a punto de ser vendida. Y la situación era demasiado irreal para procesarla correctamente. Aunque el pánico estuvo a la orden de inmediato. Sus ojos abiertos en par, asustados, piernas tan flojas que tropezaron a los pies de su madre en un arranque. Asustado, Suguru se apretó a las piernas de Xue. Y ella tuvo la osadía de estremecerse.

—¡Suguru, compórtate! —su padre gruñó. Y por primera vez, Suguru no se hizo pequeño después de escuchar un regaño suyo. Se resistió al agarre doloroso y apretado con el que su padre sujetó su brazo, obligándolo a levantarse y alejarse de su madre.

Xue apretó el sobre, palmas aferradas a su rostro oculto bajo un flequillo completo y tupido al que usaba como escondite de refuerzo en caso de que sus constantes expresiones fingidas dejaran escapar algo real.

—¡Mamá! —rogó Suguru. Nadie estaba haciendo más alboroto que él. Incluso su padre se rindió después de dos tirones que causaron un feo ruido de ropa desgarrada. Nada a la vista, pero las costuras del suéter favorito de Suguru cedieron sobre el hombro y lo arruinaron para siempre. —¡Mamá! ¿Qué está pasando?

Detrás suyo, Fuyuka se puso de pie en un solo movimiento. Su kimono no parecía estar mínimamente arrugado, ni siquiera perturbado por su caminata perfecta alrededor de la sala de estar hacia la salida.

—Saori, acompaña al joven Geto por su equipaje. Yasu, estás a cargo de su transporte —Fuyuka comenzó a gritar órdenes. Una a una las cabezas se inclinaban en conocimiento. Entonces, Fuyuka aligeró su tono mandón y se dirigió a la mujer mayor —, señora Miyo, dejo en tus manos los preparativos. Y la bienvenida.

El coro de despedida a la infame mujer le hizo cometer el error a Suguru de girarse en su dirección, y en su mala suerte, encontrarse con sus ojos fríos. Suguru esperó ver rechazo. Negativa como la que estaba recibiendo de sus padres. Pero el miedo que aplastó su corazón se avivó cuando la elegante señora Gojo inclinó su cabeza siempre firme, y sus labios dulces, en contraste con su pálida piel le sonrieron en reconocimiento. No en una despedida. En su lugar fue: «nos vemos pronto».

En su escena lamentable, Suguru se perdió de los movimientos de su padre. El traidor. Firmó el papeleo propuesto en la mesa como un recibo de compra de un inmueble. Un par de firmas aquí, una huella dactilar por allá, y cortesías de parte del hombre dirigiéndolo que su padre aceptó de buena gana solo por la iniciativa de la cifra remarcada en los documentos.

—Es su turno, señora Geto —, pidió Yasu. La mujer que estuvo detrás de Suguru todo ese tiempo.

Suguru no esperaba la respuesta inmediata de su madre. No cuando había estado arrodillado por minutos. Lloriqueando una explicación a la pared inamovible de su madre en aquella pose defensiva. No fueron palabras como tal. Un asentimiento tímido antes de que se atreviera a revelar su rostro.

Por supuesto, cuando la muñeca de su madre estuvo al alcance, Suguru se aferró a ella sin vergüenza. Xue intentó huir una sola vez empequeñeciéndose antes de que la mano de su padre se entrometiera de nuevo y Suguru fuese puesto en su lugar con la verdadera fuerza de su padre.

—¡No! —gritó Suguru, echándose salvajemente hacia al frente. Sus rodillas se aferraron a la superficie grumosa de la alfombra, y su barbilla intentó impulsarlo devuelta hacia su madre. Pero Kenta retuvo su cuerpo apretando con ambas palmas sus brazos, atrapándolo. Antes de que Suguru pudiese provocar lo suficiente a su padre como para lograr invocar a sus verdaderos métodos de disciplina, la mano libre de su madre, la que se había estado aferrando al sobre con la oferta, cubrió su mejilla pegajosa.

Xue tenía los ojos rojos. Ojeras oscuras que el maquillaje no logró cubrir. Sus labios estaban húmedos, con rastros de haber abusado de la piel blanda. La sangre de sus heridas no fue posible de apreciarse sobre el labial rojo que escogió para la ocasión en que se despediría de su hijo.

—Lo siento, Suguru —pidió su madre. La lástima surcaba sus ojos. Y su mirada estaba cargada de misericordia. Suguru sintió que la piel le picaba, ella estaba actuando igual a cuando sermoneaba a Suguru por no obtener algo que realmente quería. Una mochila nueva después de que la suya estuviese rota. Unos zapatos cuando los suyos comenzaron a sentirse demasiado apretados. Entonces, su madre se agachaba, y lo convencía de soportar el dolor en los pies por unos meses hasta que consiguió unos zapatos del hijo de una vecina. O remendaba su vieja mochila. —Estas personas —dijo sin mirar a su alrededor. Como si temiera ver siquiera a las personas a las que estaba confiándole a su único hijo —, son como tú. Creen que tienes un futuro brillante. Estarás mejor con ellos.

—¿Pero mamá...?

Xue cerró los ojos, y sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña después de que algo que le provocó gracia surcara su mente.

—Mamá y papá necesitan vivir sus vidas —explicó—, danos la oportunidad de hacerlo —ella levantó la mirada. Suguru se había detenido, aunque su pecho seguía subiendo y bajando a un ritmo ansioso. Pero cuando ella volvió a mirarlo, solo hubo una súplica. Una petición sincera de alguien que estaba cansado de tenerlo en su vida. ¿Cómo podría negarse? ¿Cómo decir que no? —, por favor, Suguru. Hazlo por tu madre.

Suguru bajó la cabeza, mordiéndose los labios para evitar protestar. O preguntar nuevamente: ¿Por qué?

Contrario a la ira que comenzaba a aflorar en su pecho de forma silenciosa, como una vid de espinas alrededor de su corazón, Suguru se despidió de sus padres. Su padre lucía igual que cuando su equipo de fútbol americano ganaba el partido, ansioso por hurgar en el refrigerador en busca de una cerveza fría para celebrar el triunfo como si fuese suyo. Palmeó la espalda de Suguru, con una palma pesada, en una expresión incómoda y muy equivocada que esperaba transmitirle algo de su propia alegría por un trato inhumano. Lucía orgulloso y estaba tan absorto en la suma de dinero casi tangible en sus bolsillos que se volvió cariñoso. Suguru se estremeció con su cercanía, y el tacto tan presente de una palma que permanecía sobre él y que no solo no golpeaba y huía.

Aun así, lo más notable fue que su madre no sonreía a pesar de haber dejado claro estar de acuerdo con su padre. Ella le acarició el cabello un par de veces y reflexionaba con la mirada escondida de los ojos tristes de Suguru, evitando enfrentarlos nuevamente. Pero si Suguru hubiese querido convencerse de que esa situación había sido orquestada a espaldas de ambos, no pudo aferrarse a la ilusa idea. Al pie de las escaleras había una pequeña valija que había aparecido debajo de la alacena, escondida a la espera de ser necesaria. Contenía la ropa más bonita en el armario de Suguru, ropas de segundo uso y algunas cuantas prendas baratas que las propinas de un mes de su madre pudieron pagar para las ocasiones importantes.

La valija hubiese permanecido oculta si Suguru no lograba impresionar a esas personas del clan Gojo. Pero, aunque era una posibilidad, el fracaso no cruzó por la mente de sus padres. Suguru buscó cualquier excusa en su interior, cualquiera que lo convenciera de darle un último vistazo a sus padres, de abrazarlos y despedirse. Quería un último beso de su madre. Quería ser elogiado por haber cumplido sus expectativas, aunque eso significara ser abandonado. Suguru quería creer en sus palabras. Que, a pesar del dinero, la elección de sus padres era impulsada por creer genuinamente que estaría mejor en otro lugar porque era diferente.

Pero tardó demasiado en convencerse de que al aflojar sus labios no volvería a rogarle a su madre que lo dejara quedarse con ella. Cuando las lágrimas dejaron de suprimir su pecho y agotar sus respiraciones, Suguru ya estaba montado en el asiento trasero de uno de aquellos lujosos automóviles. Sus padres cada vez más lejanos en la ventana, dejándolos atrás conforme la distancia los separaba. El viaje fue largo. Llorar lo agotó lo suficiente para que la vista de los árboles pasando como patrones verdosos indistinguibles lo arrullara hasta quedarse dormido.

Se habían deslizado por las calles rocosas de su pueblo, alejando a Suguru de lo que alguna vez fue su hogar. Sus ojos, aún húmedos por las lágrimas recientes, se concentraron en el paisaje que se desvanecía. Los techos y pastizales familiares, las calles conocidas, todo desaparecía mientras la realidad de su nueva vida comenzaba a asentarse.

Cuando el automóvil se detuvo, Yasu, la mujer que lo acompañó, lo instó a salir. Los pasos de Suguru fueron lentos y titubeantes, mientras sus ojos se encontraron con la vastedad de la residencia del clan Gojo.

El destino no fue como lo imaginaba. Era un lugar majestuoso. Los techos se alzaban altos y complicados, pintados de verde en un paisaje donde ningún árbol contenía un follaje del mismo color para hacer resaltar las tejas.

El aire, cargado de incienso parecía pertenecer a una realidad diferente. Cada paso resonaba en el camino de grava bajo sus pies. Yasu lo guió con seguridad a través de los jardines, donde las sombras de las pocas hojas aun presentes en los árboles danzaban bajo la tenue luz del sol. Los sirvientes, igualmente ataviados, los observaron en uniformes impecables. Algunos compartieron miradas fugaces entre ellos cuando inevitablemente se cruzaban en su camino. Otros no se atrevieron.

La atmósfera era tensa, como si el lugar guardara secretos susurrados entre pasillos y personas temerosas.

Finalmente, llegaron a la imponente entrada de la residencia. Yasu abrió las puertas de madera maciza, revelando un interior iluminado, lleno de lujo y exuberancia.

Suguru se sintió pequeño en comparación con la grandeza de su nuevo entorno. De su futuro papel en ese lugar. El cual, desconocía.

Otra anciana, diferente a la quién la señora Gojo puso a cargo de él, apareció al final del recorrido. Parecía molesta por haberla hecho esperar demasiado. Vestía en un kimono que se fundió fácilmente con las sombras, recta a pesar de su edad, con sus manos sin atreverse a abandonar su regazo. Una postura propia para una mujer de clase alta.

Suguru contuvo la respiración, sintiendo el escrutinio sobre él cuando los ojos cansados de esa vieja mujer lo recibieron. Nuevamente siendo observado y juzgado como una pieza en un escaparate.

La inseguridad golpeó su pecho, queriéndose encogerse en si mismo bajo tantas ¿expectativas?

Porque, ¿de eso de trataba, cierto? Esas fueron las palabras de su madre, e incluso su padre. También de las personas del clan que irrumpieron en su sala, de las cuales Suguru no recuerda ningún rostro.  Había potencial en él. Yaga lo confirmó varias veces (aunque él nunca mencionó que eso podría llevarlo a ser intercambiado por un gran cheque).

Yaga dijo que todos los hechiceros iban al colegio técnico de hechicería. Ese clan Gojo estaba conformado por hechiceros, quienes podrían estar también relacionados con él.

Si Suguru era optimista hasta podría esperar a que fueran buenas personas. Los ricos eran intimidantes. Una primera impresión no lo era todo. Vivir con ellos hasta ser lo suficientemente mayor para ser un estudiante. Y después… ¿Volver?

¿Qué podría esperar de un padre al que temía y una madre que le suplicó en lágrimas que se fuera? ¿A qué o quienes esperaba regresar? Suguru fue obediente. Bajó la cabeza y se presentó a si mismo sin que nadie se lo pidiese.

Debía haber un propósito (uno personal, independiente a cualquiera que fuese su nuevo destino), algo a lo que su corazón se aferrara. Porque su determinación era lo único que no podían quitarle.

Notes:

¡Hey! ¿Qué tal estuvo?