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Salvatore.

Summary:

Enrico Pucci había perdido a su hermana en un trágico evento de acciones muy coincidentes una entre otra. Solo el hombre que conoció un día en el osario podría ayudarlo en su verdugo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Beggining.

Chapter Text

Enrico estaba totalmente empapado en aquel lago junto al risco de dónde su pequeña hermana, Perla, había saltado.
Se encontraba pidiendo clemencia hacía un Dios que se sentía completamente ajeno en este momento. Un Dios que parecía abandonarlo justo ahora cuando más lo necesitaba. 

Su hermana, a quién había cargado y visto crecer durante su infancia y adolescencia, yacía muerta en sus brazos. 
Su cuerpo, el cual siempre había sido liviano, ahora era pesado y estaba hinchado gracias al agua acumulada en su interior.
El color durazno suave de su piel había desaparecido cambiando por un horrible blanco, sumando a eso que su piel estaba totalmente fría y rígida.
Sus labios rosados que siempre tenían una sonrisa ahora estaban despintados y llenos de espuma blanca que había brotado de su boca.

Enrico no pensó que la noche anterior sería la última vez que vería a su hermana. 


El escenario que tenía en mente era que al llegar de la iglesia después de misa, Perla iría corriendo hacia él llorando esperando consuelo, o que en la mañana siguiente en el desayuno le contará lo sucedido. 
Imaginó de todo menos lo que ahora veía con sus propios ojos. Debió asegurarse que Perla estaba en su habitación la noche anterior ni bien llegó de la iglesia después de sus deberes, no simplemente asumir que ella estaba durmiendo después del susto que había pasado junto a su "novio" y no llegar a dormir tan plácidamente ignorando aquello.


Sentía una culpa inimaginable en ese momento, volviendo a repetir las mismas preguntas mentales que se hizo cuando vio a su hermana ser recogida por aquel barco y gritar que no le hagan la señal de la cruz como si estuviera muerta.

¿Por qué tuvieron que robar a su hermano y no a él?


¿Por qué escuchó esa confesión justamente a esas horas y no llamó al padre?


¿Por qué tuvo que dedicarse al sacerdocio?


¿Por qué justamente su hermana se enamoró de su hermano?


¿Por qué tuvo que contratar a un hombre indeseable para separarlos?


¿Por qué la gente se conoce? 

La mente de Enrico era un total revoltijo, no dejaba de sostener el cuerpo inerte y pesado de su hermana esperando que Dios se apiade de él y la reviva, pues ella no había hecho nada malo. 
Solo se había enamorado de la persona incorrecta.
Gracias a aquel pensamiento surgió la última pregunta cumbre:

 "¿Por qué el destino es tan cruel?"

A base de esa pregunta recordó a un hombre que había conocido hace un tiempo en el osario por la mañana mientras hacia los quehaceres de ese edificio.
Un hombre alto con cabellera rubia, bastante guapo a su parecer, pero más que eso recordó una pregunta que le había dejado pensando:

"¿Crees en la gravedad? Nos conocimos por una razón."

Enrico sabía que con gravedad se refería a como está ley podía involucrarse con el destino, que las cosas sucedían por algo.
Como lo que le había hecho tropezar con él, caer y que gracias a aquello le obsequiará una flecha antigua, la cual siempre guardaba en su bolsillo, y curará su pie dando un paralelismo bíblico. 
A pesar de ya no tener problemas ortopédicos y que gracias a eso muchos de los problemas subyacentes a este se hayan solucionado, Enrico no había vuelto a pensar en ese hombre hasta ahora. 

Escuchó su voz tan vivida preguntando nuevamente aquella pregunta sobre la gravedad, volteó a ver si ese hombre misterioso estaba ahí con él, pero no había nadie, solo el eco de la voz diciendo que si él quiere vaya a verlo.

Sentía su respiración entrecortada mientras temblaba por el frío del lago, ese hombre era la respuesta a todo.
Sabía que necesitaba verlo y buscar respuestas, necesitaba estar con él, necesitaba entender el porqué de sus preguntas. 

Tenía que encontrar respuesta a sus preguntas.

Se asustó y sobre exaltó al ver cómo la cabeza de su hermana fallecida se abría dando a revelar un disco con una ¿Impresión? de ella en el lado derecho. Aunque no tuvo tiempo de reaccionar, pues sintió un dolor agudo que le atravesaba la garganta, soltó a su hermana en un movimiento involuntario tratando de ver qué le había atravesado. Era la flecha de su bolsillo. 

No sabía si era por el dolor agudo que sentía en su garganta, junto con un sabor metálico en su boca, que si estaba alucinando nuevamente o la voz de aquel rubio misterioso de verdad estaba ahí por alguna parte mientras decía que cuando una vida se perdía no podía recuperarse, pero si el deseo del corazón era lo suficientemente fuerte podía tener sus memorias vividas.

"Este es tu despertar."

Enrico tenía la mente en blanco junto con un dolor penetrante tanto físico como emocional, él pensaba que era una metáfora de que los recuerdos de Perla vivirían en su memoria, no algo tan literal como lo que veía, un disco de sus recuerdos al parecer. Sintió sus ojos pesados, sus pestañas se cerraban y débilmente podía mantenerlas abiertas.
Sin pensar tanto volvió a sostener a Perla entre sus brazos y cayó inconsciente al agua helada del lago.

Cuando despertó estaba en su cama cubierto con varias mantas, tratando de recuperar el calor perdido cuando se desmayo en el lago. 
No supo cuánto tiempo había estado inconsciente hasta que vió por la ventana que era de noche, había pasado todo el día inconsciente y eso no había ayudado en nada, pues se sentía peor que antes. Ya no tenía a Perla entre sus brazos y sentía un hueco en el estómago junto con un dolor penetrante en su cabeza. 
Con los ojos mirando hacia sus manos volvió a hacerse esa fatídica pregunta: "¿Por qué?"

¿Por qué el destino quiso que su hermana muriera?, ¿Era parte de algo divino? ¿Era parte de algo más grande? ¿O simplemente  se trataban de nada más que aterradoras coincidencias?

Pero Enrico sabía algo muy claro, él necesitaba un castigo. Anhelaba un castigo divino por sus acciones, si solo hubiera actuado de manera diferente nada de esto habría pasado, Perla y él estarían cenando abajo en el comedor y riendo de las bobadas de esta misma junto a sus padres. 

Sus padres. 

Esa simple oración sonó con más eco en su cabeza. Colocó sus manos en su rostro y bajó la cabeza mientras sus pensamientos cambiaban abruptamente.


¿Cómo se encontraban ahora mismo? Enrico no quería torturarse más, pero lo más probable es que sus padres estuvieran destrozados por el fallecimiento de su hermana y lo peor de todo es que era su culpa. Era la culpa de Enrico todo lo que había pasado y por todo esto el necesitaba una expiación de sus pecados. 


Había desobedecido los mandamientos en su máxima expresión y había pecado contra Dios.
Primero leía libros blasfemos y se imaginaba a él en esas situaciones.

En segunda, escucho una confesión siendo él la persona menos adecuada para aquello.

En tercera, actuó a base de esa confesión y no lo mantuvo en secreto, no del todo. 

Y en cuarta, había matado a su hermana indirectamente al tomar la decisión de no morir con la confesión que dió aquella mujer esa tarde en el osario sobre su hermano y querer hacer algo sabiendo que no le correspondía porque iba en contra de su sigilo sacramental.

Su pecado había sido actuar en contra de Dios, jugar a ser Él y tomar decisiones que simplemente no le correspondían.

Sentía vergüenza de si mismo, siendo un "hombre de Dios" no había actuado como uno y había actuado en base a sus impulsos. 


Enrico sabía que una simple confesión no arreglaría todo el daño hecho, y aunque se confesara no sentiría paz, el recuerdo de su hermana fallecida siempre rondaría por su cabeza. Tocó su pecho sintiendo un pequeño frío en la yema de sus dedos, al bajar la mirada vio un pequeño collar de metal. Seguro sus padres se lo habían puesto mientras estaba inconsciente. 
Al tocar la pequeña cruz sintió el relieve de un Jesús crucificado. 


Recordó todas las clases de catequesis que había recibido en su infancia, de cómo Jesús había sacrificado su vida para salvar a los demás, de cómo el único hijo de Dios había sido entregado por 30 monedas de plata hacía una tortura indescriptible. 


La flagelación de Jesús era uno de los pasajes más costosos de leer según Enrico, pues siempre había sido conocido por tener una imaginación muy despierta y vivida, así que leer como el salvador de la humanidad era torturado cruelmente era difícil. 


Imaginaba todo el sufrimiento y el dolor que pudo haber sufrido Jesucristo en su flagelación junto a su calvario.

Necesitaba un calvario. Su propio calvario.

No podía ser azotado por alguien en el momento y mucho menos tenía un látigo entre sus pertenencias, tenía que acomodarse a su situación actual.

Fijó su vista al lado de su cama donde tenía una pequeña cómoda dónde guardaba sus objetos personales: cadenas, pequeños adornos religiosos, una biblia de bolsillo y el objeto que estaba buscando, una pequeña navaja de afeitar de color dorado y que su padre le había obsequiado en su cumpleaños. 


Necesitaba sentir lo que Perla sintió esa noche. Si al fin y al cabo, los mayores mártires y santos de la historia habían hecho lo mismo, desde Francisco de Asís hasta la devota Santa Rosa de Lima, todos ellos habían lastimado su cuerpo en busca de purificación. Un camino santo que lavaba los pecados de la carne. 


Eso mismo tenía que hacer Enrico ahora mismo. 
Levantó su manga con sumo cuidado, desvaino la navaja y la coloco sobre su muñeca.
Con temblor quedó mirando la escena, se sintió desconectado de la realidad, se sentía en algún modo de piloto automático, solo veía la navaja sin pensar en nada más mientras está temblaba sobre su piel oscura que hacía contraste con el objeto punzo cortante.


El recuerdo de su hermana sonriendo cuando le contó sobre su novio le hizo botar algunas lágrimas traicioneras junto con gemidos bajos de dolor que trataba de cubrir mordiéndose el labio inferior mientras sentía un vuelco en su corazón, pues el saber que nunca más vería esa sonrisa y que jamás volvería a abrazarla fue el golpe final. 
El clerigo pasó lentamente la navaja por su muñeca, sintió la fría cuchilla en su piel junto a un pequeño picor y molestia ante eso, quiso hacer un corte profundo que simulara el dolor que su hermana sintió, pero al ver que solo había quedado una pequeña línea blanca en contraste con su piel oscura lo decepcionó y tembló más, sintiéndose incapaz e inútil. Tenía que igualar el dolor de Perla para expiar sus pecados, tenía que sentirlo más.

Con más fuerza mientras aún temblaba y con lágrimas en sus ojos presiono más la navaja sobre su piel oscura.
Hizo líneas verticales y horizontales rápidamente en signo de desesperación, había perdido la cuenta de cuántas había hecho hasta que paro repentinamente cuando sintió su brazo temblar junto con un hormigueo.


Vió cómo pequeños puntos de sangre salían de sus heridas, pequeñas gotas que reflejaban el sufrimiento y busca de expiación sagrada.
Quedó hipnotizado ante aquella vista, sentía que faltaba aire en su pecho y sus fosas nasales estaban dilatadas tratando de obtener más aire, era una vista horrorosa, pero no era suficiente.
Levanto la vista hacia la pared del frente, había una pintura de la crucifixión que siempre había estado ahí pero la ignoraba hasta hoy día. Volvió a a tocar su pecho sintiendo el collar con el crucifijo de plata, ¿Esto era una coincidencia? 


Las múltiples heridas meticulosamente pintadas eran lo que más llamaba la atención junto con el rostro mirando hacia arriba, buscando algún tipo de clemencia, tal y como su hermana posiblemente había buscado mientras era abusada de mil y un formas.


Enrico volvió a fijar su vista en su muñeca y supo que esas pequeñas líneas no significaban nada, no eran nada comparado al dolor que sintió su hermana. 


Aún con el brazo entumecido y con pequeñas gotas color carmesí deslizándose por su piel oscura volvió a colocar la navaja queriendo hacer el corte mucho más profundo pero algo llamo su atención.


Al elevar su mirada, la cual anteriormente estaba clavada en sus heridas recién abiertas, vio un ser humanoide mirándolo fijamente en una esquina de su cuarto. 

Su primera reacción fue dejar caer la navaja en su cama, aún cubierta de sangre, y retroceder hasta chocar con el espaldar de esta, tratando de alejarse de la entidad sin mucho éxito. 

"¿Quién eres"? Preguntó Enrico tratando de cubrirse con sus sábanas como un niño asustado. Por un instante el dolor que sentía en su muñeca había desaparecido cambiando a un pánico por no saber que era la forma humanoide que lo miraba en una esquina. 

"Si tú no sabes que soy, menos yo" respondió sin quitar su vista de Enrico. 

El clérigo examinó al ser de pies a cabeza tratando de entender que era o su origen.
Lo más llamativo era la corona negra con picos que portaba aquel ser junto con un color grisáceo y letras en su cuerpo con la palabra "GΔCT" y algo parecido a una vestimenta de verdugo.
Intento relacionarlo con los eventos en el lago, ¿Aquella flecha que le atravesó la garganta había ocasionado esto?

"¿Hace un hermoso clima no crees?"