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Sentada en la cocina, unos dedos delicados adornados de anillos agarrados a una copa de coñac como si fuera una tabla de salvación, unos ojos azules fijados en la nada. Así se encontraba Marta, perdida en sus reflexiones. Todo se estaba yendo al traste y decir que no sabía como gestionar todo que le estaba cayendo encima era quedarse corto.
No se reconocía, era una mujer determinada, que sabía lo que quería. Le daban bien los números, los proyectos. Si algo sabía hacer era planificar. También era creativa por eso era la encargada de marketing de la empresa.
Sin embargo, esta situación le estaba yendo de las manos. Nada estaba ocurriendo como lo había planeado. Su marido aparecía de la nada después de una larga temporada saltando de barco en barco. Su padre andaba de metiche, pasándose de entrometido después de años de indiferencia. Y ella… Fina. Ella se salía totalmente de sus predicciones. Con ella no importaba cuanto planeaba, Fina era… Era extraordinaria, imprevisible, valiente, no la podía adivinar como podía anticipar los próximos pasos de un competidor o de su hermano Jesús cuando venía con segundas intenciones y le quería ver la cara de tonta. Talvez sea por eso que le resultaba tan difícil lidar con todo lo que estaba pasando.
“¿Doña Marta?” Ella se sobresaltó al ver Isidro al lado suyo, la miraba con preocupación. “Se encuentra bien? Llevo un buen rato llamándola.”
“Ay perdón Isidro. No le he oído. ¿Que se le ofrece?” Preguntó un poco desubicada.
“Doña Marta son las 1 de la mañana. ¿Acaso ha salido tarde de la oficina?” A Isidro le pareció raro verla a estas horas en la cocina, se había quitado el saco, pero parecía recién salida de la empresa, lo que era aún más extraño.
“Tan tarde es.” Se limitó a decir sin mirar al hombre. Tomándolo como una indicación de que se fuera ya que ni le miraba, Isidro le habló.
“Buenas tardes, doña Marta, por favor no dude en llamar si necesita algo.” En este momento una mano se aferró a su antebrazo, impidiendo su salida.
“Hágame el favor de quedarse. No quiero quedarme sola.” La copa de coñac olvidada en la mesa, Marta miró Isidro a los ojos. Isidro no pudo negarle este favor a esta mirada tan melancólica, era la primera vez que veía a la hermana del medio de los De La Reina tan triste. En este preciso momento poco quedaba de la dama de hielo como solían llamarle unos por allí. Solo podía ver a la niña que de chiquita escuchaba sus cuentos de la gran ciudad de Madrid y como en estos viajes le pasaba miles de aventuras trepidantes. Tenía una mirada curiosa, entusiasmada, un brillo de inocencia que le arrebató la muerte de su madre.
Talvez sea el alcohol hablando o el cansancio. De todas formas, el hombre se quedó y se sentó a su lado. Cuando quiso alejar la copa de coñac, una mano se lo impidió.
“Doña Marta no pienso que le haga bien beber a esta hora.” Dijo sencillamente. A fin de cuentas, él era solo un empleado de la casa, no tenía autoridad sobre ella, ni era su padre. Sin embargo, le tenía mucho cariño.
“Llámeme Marta por favor.” Le dijo con una sonrisa triste. Isidro se preguntó cuanto habrá bebido para que le preguntara cosa semejante. “Todo el día me siguen llamando doña Marta y me hace sentir cada vez más sola. Por lo menos, en la intimidad de mi casa, llámeme, Marta, Isidro.”
“Como usted diga do…” Marta le recriminó con la mirada y el hombre se detuvo. Soltó una pequeña risa y lo intentó otra vez. “Como usted diga Marta.”
La mujer se apenó un poco ya que le seguía tratando de usted, pero podía entender que le costaba tutearle ya que siempre le había llamado “doña”.
Después de algunos minutos en el silencio, Isidro se atrevió a preguntar.
“¿Que le tiene tan triste? Su marido ha vuelto, esto debería de ser una buena noticia. Digna me comentó el día de su cumpleaños que lo extrañaba.” Marta soltó una carcajada fría y hueca. Clavó la mirada en Isidro, su expresión más melancólica aún si se podía. Se preguntaba si aparentaba tan bien como para que su propia tía sacara conclusiones tan erróneas. Debía de ser, a fin de cuentas, todos pensaban conocerla y ni tenían ni idea de quien era en realidad. Las palabras de su padre sobre lo fría que podía ser le vinieron en mente y una lagrima le cayó, recorriendo su mejilla.
“¿Tengo cara de alguien llorando por los pasillos, anhelando, suspirando por un marido al quien no veo hace cuantos años?” Isidro se quedó mudo. Viéndolo así, era verdad que no era el estilo de doña Marta. “¿Le parezco fría Isidro? Sea honesto por favor.” Le preguntó, tomando un sorbo de su copa. Isidro no veía con buenos ojos que bebiera, pero no dijo nada.
“Usted no es nada fría Marta. Es cierto que usted sabe marcar las distancias cuando es necesario, pero se le nota lo amable y lo respetuosa que es.” Respondió honesto. Marta le regaló una sonrisa cálida, la primera desque que entró en la cocina. El chofer, sacó un pañuelo del bolsillo de su pijama y se lo dio a la mujer. Iba a entender si ella no quisiera usarlo, no que fuera sucio u otra cosa, pero podía entender si lo rechazara. Para su gran sorpresa, la mujer lo tomó y se secó los ojos.
“Usted es tan diferente a mi padre.” El hombre bajó la mirada, sabía que era un sencillo chofer y que no se podía comparar al gran hombre de negocios que era Damián de La Reina. “A usted sí se le nota lo cálido, lo bondadoso que es.” Por la enésima vez en esta noche, doña Marta lo sorprendió. La miró con una sonrisa, no se esperaba tal halago.
“Usted es demasiado buena Marta, su padre es un gran hombre.”
“Mi padre es un egoísta, Isidro. Un hombre controlador que solo vela por sus intereses. Soy su hija, lo quiero, pero no soy tonta.” El hombre no dijo nada. En algo le daba la razón, sabía que Damián no era así tan bondadoso, lo había notado cuando le mandó a hacer todas estas tareas tratándole con tanta frialdad que llegó a dudar de su amistad con el hombre. Digna le había advertido que esta amistad no era nada sincera pero no quería hacerle caso.
“Sabe, a Fina se le brillan los ojos cada vez que habla de usted, aunque últimamente este brillo ya no se le ve. Me hubiera encantado tener un padre tan cariñoso, que me apoya como usted siempre ha apoyado a su hija.” Isidro hizo una mueca al recordar su hija que le traía tantos disgustos últimamente.
“Doña Marta ya hemos hablado de esto.”
“Otra vez con el “doña”. ¿Me quiere ofender Isidro?” Preguntó la mujer con una pequeña sonrisa.
“Perdón Marta. Es que la situación con mi hija es complicada. A veces no se puede apoyarle del todo a un hijo sabiendo que se está equivocando.” Miró a la mujer y se preguntó si no había hablado de más. No estaba nada contento con las elecciones de su hija, pero no quería perjudicarla al hablar con su jefa.
“Es que es muy difícil ponerle lógica al amor Isidro. Dígame, lo que debería de importar no es que ¿esa persona sea buena, honesta, que le haga bien, que le respete, que se esfuerce para hacerle feliz?” Marta preguntó enérgicamente, nuevas lagrimas cayéndole por las mejillas.
“¿De qué me está hablando?” Preguntó el hombre con miedo, acaso su hija le había confesado a su jefa esta barbaridad. ¿Como iba a poder darle la cara a Marta de La Reina después de esto? Que vergüenza.
“Yo aprecio mucho a su hija y estoy enterada de todo, de lo que ella le contó.” Dijo ella, aunque sonara mal, tan falso ya que lo que sentía por la hija del hombre era muchísimo más que aprecio.
“No sé cómo Fina se atrevió a contarle estas sandeces Marta. No debería de agobiarle con estas cosas. Perdóneme por tanto descaro.” El hombre se veía tan apenado que Marta se sintió una hipócrita al no hablarle con la verdad.
“La que le va a tener que pedir perdón soy yo.” Isidro negó con la cabeza, doña Marta se estaba portando como una verdadera dama al no despedir a su hija. No entendía a que se refería.
“Su hija es muy valiente y estoy aprendiendo mucho con ella.” Suspiró, tomó la copa con dedos temblantes bajo la mirada apenada del chofer.
“Yo no soy tan valiente como ella, Isidro. A veces me faltan el coraje y la valentía. Y por eso le pido perdón por dejar que estos miedos le hagan daño a su hija.” El hombre se quedó viendo a la mujer que tenía enfrente, una expresión de asombro en su rostro. Marta ya podía ver el temor en estos ojos, pero ya era demasiado tarde para echarse para atrás.
“Yo amo a su hija Isidro. La amo. Y créame que me duele el doble verla sufrir con todo lo que está pasando.” El hombre se quedó pasmado, aturdido con lo que acababa de oír. Finalmente conocía la identidad de la persona que venía dándole tantos dolores de cabaza, a la persona tan mal carácter que había imaginado y había llevado a su hija en el mal camino.
Sin embargo, doña Marta no se parecía en nada a este personaje que había creado. No podía ser doña Marta. Tenía que ser otra persona. Una mano se posó sobre la suya y se sobresaltó.
“Por favor no se le vaya a dar algo. Si algo le pasa, Fina me mata.” Marta dijo algo preocupada ya que el hombre se había quedado sin decir nada por un buen rato. Notó la mirada de Isidro al ver su mano sobre la suya y la movió para quitarle de ahí. Isidro puso su otra mano sobre la suya para impedirle que la moviera. Ni podía explicar porque lo hizo, pero ahí estaban los dos en el silencio de esta cocina que de seguro presenció mejores momentos.
“Si usted cree que en algo ha fallado con la educación que le dio a su hija, se equivoca. Usted dijo la vez pasada que mi padre nos había inculcado los valores y enseñado a seguir el camino de las virtudes. ¿Sigue pensando lo mismo?” Preguntó la mujer sin verle a los ojos, su mirada clavada en su mano en la suya.
“Usted está casada.” Fue lo único que se le ocurrió decir, seguía aturdido por la noticia.
“En algo tiene razón.”
“No quería juzgar.”
“Pero tiene todo el derecho.”
Se quedaron otra vez sin decir nada, los dos perdidos en sus pensamientos. La verdad había salido a la luz y cada uno necesitaba tiempo para asimilar todo. Marta tendría que hacerse a la idea que alguien de la casa la conociera un poco más y supiera lo suyo con Fina y Isidro tendría que deconstruir todos estos patrones e ideas que se había creado en la mente sobre la orientación de su hija.
“Fina está muy desilusionada conmigo, enojada y no la culpo. El regreso de mi marido, el miedo, mi inacción no han ayudado en nada.” Con delicadeza tiró su mano de las de Isidro. Le dio una sonrisa de agradecimiento por no haberla rechazado.
“¿Acaso podría darle un abrazo? El mío no lo aceptaría, ahora mismo no soy santo de su devoción. Pero a usted sí que le aceptaría.” Isidro vio como los ojos de la mujer se llenaban de lágrimas otra vez y le apretó la mano.
Marta le dio una pequeña sonrisa, acabó su coñac y se levantó.
“Gracias por la plática Isidro. Fina tiene mucha suerte de tener un padre como usted.”
Isidro siguió en la cocina un momento, le costaba creer lo que acaba de ocurrir. Cansado, se levantó y se fue a su recamara. Talvez no haya pasado de un sueño.
Se habían pasado unos días desde la plática que tuvo con doña Marta. La relación que tenían seguía igual a la de antes, la hermana del medio de los De La Reina seguía igual de amable con él y él seguía tratándole con todo el respeto y aprecio que le debía a la hija de su jefe. Sin embargo, ellos sabían que algo había cambiado.
Una mañana, en la que Marta intentaba librarse de su marido y su padre que le estaban insistiendo para que vaya a un museo con ellos, vino Isidro y les dijo que doña Marta ya le había pedido para que le llevara a un lugar y que tenía compromisos en la mañana que requería sus servicios. La mirada de agradecimiento y la sonrisa aliviada que le regaló la mujer le hizo sonreír. Sabía que había hecho bien. Ahora podía entender mejor a la hija de Damián. La plática que tuvieron le sirvió para que repensara su actitud con su hija y empezar a enmendar las cosas con ella.
Fue exactamente esto que lo llevó a presentarse a la tienda. Fina estaba atendiendo una señora cuando escucho la campana y se sorprendió al ver a su padre. Carmen sonrió de oreja a oreja al ver al padre de su mejor amiga y corrió a abrazarle.
“Don Isidro! ¡Que placer verle por aquí!”
“Yo también hija. Acabo de dejar a doña Marta en la ciudad y pensé pasarme por la tienda a ver que tal todo.” El hombre vio como Carmen echó una miradita a su compañera al mencionar el nombre de su jefa. Hacia días que doña Marta no pasaba por la tienda o si lo hacía era justamente cuando Fina no estaba. Sabía que las dos no estaban en un buen momento y eso le tenía muy mal a su mejor amiga. Talvez esta visita de su padre le hiciera bien o no. Sinceramente esperaba lo primero.
Cuando terminó con la señora, Fina se acercó a su padre que estaba viendo unos perfumes para hombres.
“Hola padre. Que sorpresa verle por aquí. No lo esperaba.” Fina dijo un poco temerosa, no sabía que esperar de esta visita.
“Hola hija. Mira, yo sé que no he estado el padre más cariñoso últimamente. Pero vine a ver si te gustaría ir a visitar a tu madre conmigo para dejarle flores.” Isidro miró a sus zapatos un poco vergonzoso después de todo lo que le había dicho a su hija.
“¿Lo está diciendo en serio padre?” Fina preguntó con miedo de que esto fuera imaginación suya. Se había sentido tan sola últimamente, las cosas con Marta no andaban bien y el rechazo de su padre casi le hicieron reconsiderar su decisión de quedarse en Toledo.
“Sí hija.” Isidro sonrió y tomó su hija en sus brazos. Fina sonrió y lo apretó en sus brazos, tan bien le hacia este abrazo. Carmen se quedó viendo la escena embobada, feliz por su amiga.
Isidro pensó en las palabras de Marta y comentó.
“Alguien me dijo que necesitabas un abrazo. Y yo también necesitaba este abrazo.” Fina alzó una ceja y se apartó un poco para poder mirarle a los ojos.
“¿De quién está hablando padre?”
“Las preguntas para después hija mía. Vamos.” Fina sonrió, pero tenía trabajo y no podía dejar su trabajo sin aviso. Isidro la tranquilizó con sus palabras, o no.
“Marta ha dado su permiso. Vámonos hija.” Fina se quedó viendo a su padre con cara de temor.
“¿Que está pasando padre?”
“Después platicamos hija.” Saludó a Carmen y los dos salieron de la tienda, Isidro llevando a su hija por el brazo, unas sonrisas enormes en sus rostros.
