Chapter Text
Acto 1 - Moonlight Sonata.
- Overture
En algún lugar de Europa - Año 18xx
Finos hilos de luz, nacidos del mismo astro rey, se filtraban por las cortinas. La suave luz del día recorriendo aquel cuarto.
Stephanie gruño para sí; cerrando los ojos con fuerza, busco acomodarse. Rindiéndose al ver que sería incapaz de volver a caer a los brazos de Morfeo.
Con otro brusco movimiento se forzó a sentarse, otro gruñido naciendo desde su garganta. Bostezo, sus ojos medio abiertos, adaptándose a luz. Se relamió los labios, notándolos más secos de lo usual.
Su rojizo cabello, vibrante como hoja de otoño y tan desaliñado como esponjoso, caía a lo largo de su desnudo cuerpo. Tan cubierto de cicatrices que sería una ardua tarea encontrar una zona sin marcas. E incluso así, era imposible negar su belleza, su figura tonificada por el entrenamiento logrando resaltar su ya de por si voluptuoso ser.
Bostezo nuevamente, lo suficiente para hacer notoria la falta de un diente. Froto sus ojos antes de estirarse, sus músculos despertándose su par.
La noche anterior resulto agotadora, recorriendo por horas el bosque en busca de rastros sin éxito alguno. Había escuchado el rumor de una serie de desapariciones, mujeres y hombres por igual; reapareciendo con el pasar de los días.
Pálidos, débiles, balbuceando incoherencias. Mas cercanos a cadáveres que personas. No era sorpresa que murieran a los pocos días de retornar.
Termino en la ciudad tras un trabajo a las lejanías de esta. Un par de granjeros, asustados por una bestia inmortal que recorría los alrededores de su hogar acabando con el ganado. Ojos rojos, inyectados en sangre; una piel tan gruesa que las balas eran incapaces de penetrarla, garras tan largas como espadas y más afiladas que estas.
Inicialmente pensó que era un oso o un lobo, la gente suele confundirlos a la noche. No sería la primera vez que la contrataban para matar a un simple animal enloquecido. Y en su experiencia, los osos solían ser más resistentes de lo que parecían a simple vista.
Lastimosamente si resulto ser un monstruo. Sus ojos rojos sin pupila alguna, su pelaje tan negro que la luz misma parecía repudiarlo, colmillos tan blancos como la nieve de los cuales escurría un líquido negro. Un barghest, un can del averno mismo, un juramento de muerte para aquellos que lo veían.
Lo había encontrado devorando el mutilado cadáver de un oso, su pelaje azabache manchado en la sangre del animal que tomo como presa. Nunca tuvo oportunidad.
Un Barghest adulto era considerado una de las criaturas mas complicadas de cazar. Su pelaje, los hacia casi invulnerables a las balas y espadas; sus garras y colmillos eran capaces de partir a un hombre adulto con la facilidad que un cuchillo al rojo corta la mantequilla.
No por nada se les consideraba la encarnación de la muerte si se encontraba uno.
Combatió toda la noche, obteniendo un par de cicatrices extra, hasta que finalmente acabo con la bestia. Una bala de su rifle atravesando su ojo, estallando en el interior de su cráneo en un abanico de plomo, plata y mercurio.
Detestaba pelear con seres así, siempre le obligaban a esforzarse. La recompensa compensaba la molestia, eso y parte del pelaje de la bestia; conocía a un par de personas que podrían darle un buen uso. Obviamente con ella teniendo ganancias.
La ciudad quedaba de paso en su viaje, no tendía a quedarse mucho tiempo en un sitio. Siempre saltando de lugar en lugar. Incapaz de mantenerse por mucho tiempo en un lugar.
Por lo que había escuchado, la ciudad era famosa por dos cosas. Las casas de ópera y sus bebidas. La ópera no era de su mayor interés ¿pero lo último? Lo último quería comprobarlo.
De aquella manera, tras unos días de caminata y acabando con unos idiotas que intentaron asaltarla fue que termino en aquel lugar. Un largo puente piedra, iluminado por faroles le dio la bienvenida. La ciudad era alta, opresiva incluso, sus cimientos de piedra antigua, los tejados alzándose en punta como dagas que intentaban cortar el cielo. Piedra, madera y metal; los tres elementos que daban origen a aquel lugar.
Se quedo inmóvil, atestiguando la horrible belleza del lugar. Salido de un relato de poesía oscuro. Sudor frio cayendo por su frente, una parte de ella no quería avanzar. Huir de aquel lugar, escapar y nunca volver. Olvidar la opresiva y abominable ciudad.
Instintivamente llevo su mano a una de sus pistolas, oculta bajo el ropaje que llevaba. Huir o pelear, un instinto de supervivencia animal empezaba a apoderarse de ella.
Apretó con fuerza su puño, forzándose a respirar y calmarse. Lentamente avanzo, a cada paso, su instinto le gritaba rogando que lo escuchara. Pero lo ignoro, pasando por debajo de aquel arco de bienvenida, más similar a la mandíbula de una bestia sedienta de sangre que de un amable recordatorio.
Avanzo con calma, su mano siempre cerca de una de sus armas, adentrándose a la ciudad. Carruajes recorrían las calles, y la gente caminaba con tranquilidad, disfrutando de su día a día. El instinto fue aplacándose, pero una parte de ella no podía evitar dejar de pensar que había sido una mala elección.
Lo primero que hizo fue buscar un lugar para dormir, la intemperie no era tan cómoda como parecía. Tardo, pero finalmente hallo un sitio, un pequeño cuarto; una cama para dos junto a una mesa con silla. Aquella misma noche fue a un bar, el alcohol aplacando aquella voz que le decía que huyera.
Fue grata su sorpresa al ver que lo de la cerveza era cierto, suave y fragante. Justo el elixir que necesitaba para calmar sus nervios; se relamió los labios tras el primer sorbo, su cuerpo relajándose al sentir el alcohol. Y fue entonces que lo escucho; voces, entremezcladas con el ruido del lugar.
“Mi prima dice que es un grupo de brujas.” “Yo escuche que puede ser un vampiro.” “Eso no existe, idiota.” “Capaz es una enfermedad.” “Puede ser una prueba de dios.” “¿No estabas casado con tu prima?”
Pidiendo otra pinta siguió escuchando. Una pequeña sonrisa en sus labios, con suerte podría cobrar otro trabajo antes de volver a Londres, odiaba Londres.
Finalmente, Stephanie salió de la cama, estirándose y bostezando una última vez. No pudo evitar temblar un poco al sentir el frio del invierno acariciar cuerpo. Tres días llevaba en aquel lugar, investigando y recolectando información. Dos opciones en su mente.
La primera, y posiblemente la menos posible, alguien había maldecido la ciudad, o a las familias afectadas. Las opciones podrían ir desde una bruja, hijas de Nyx y Hecate; hasta un hada que se había sentido insultada.
Y la segunda, y con suerte la más probable; un vampiro andaba de paseo por el lugar. Y siendo honesta, prefería mil veces que fuera un chupasangre; no tenía buenas experiencias lidiando con los consortes de Oberón, y mucho menos con las practicantes de las artes arcanas.
Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, la última vez casi termina en un matrimonio forzado con una y no estaba ansiosa por repetirlo.
Un suave murmullo la distrajo de sus ideas, finalmente notando un pequeño bulto al lado de donde se había acostado. Moviéndose un poco, una cabeza se destapo. Stephanie se quedó sin aliento por un segundo.
“Hermosa” fue lo primero que paso por la mente de la chica.
Una hermosa muchacha, su cabello castaño y largo caía suavemente sobre su cuerpo; cubriendo parte de su desnudez. Sus labios resaltando en un suave rosado. Una princesa salida de un cuento de hadas.
Pudo verla frotarse los ojos y bostezar, fue cuando abrió los ojos que Stephanie sintió como el mundo se detenía. Un par de ojos, brillantes como un diamante, de un azul tan profundo como el vasto océano. Si la muchacha era una princesa, entonces aquel par de zafiros serian su tiara.
“¿Podrías cerrar las cortinas?” Su voz suave y gentil, como el canto de un ruiseñor. Una pequeña sonrisa, casi minúscula en sus finos labios.
Stephanie solo pudo asentir torpemente antes de avanzar, aun hipnotizada por aquella mujer. Casi se tropieza con sus pies, era capaz de sentir la mirada de la chica en ella. Ella sabía que era atractiva, y algo le decía que la muchacha pensaba lo mismo. Cerrando la cortina se enderezo, al sentir una vez más el frio pasar por su piel.
La muchacha rio, le gusto, era tranquila como la brisa de la primavera. Girándose vio que la chica estaba sentada, la sabana cubriendo parte de su cuerpo; no pudo evitar que su vista recorriera su forma.
Era pequeña, más que ella, su piel blanca como el mármol.
“Debe ser suave.” pensó para si al verla. Una princesa, si, eso era lo que veían sus ojos.
Y, aun así. Sus ojos no podían separarse de aquel par de gemas, que rivalizarían con el cielo.
La muchacha acomodo su pelo, suave y controlado; a diferencia de sus desordenados rizos. Antes de bostezar una vez más.
“¿Sucede algo?” Pregunto la chica ladeando su cabeza. Stephanie sintió el calor llegar a sus mejillas, tan hipnotizada por su belleza que se olvidó saludarla.
“¡NO!” Respondió abruptamente Stephanie. “Digo, no paso nada, simplemente es que, bueno.” Empezó a balbucear sin sentidos, dios se sentía idiota. “Buen día.” Finalizo mirando hacia el suelo, sus orejas ardían.
La chica volvió a reír, más fuerte que antes. Stephanie se detuvo, no pudo evitar sonreír, le gustaba como reía.
“Buen día.” Contesto suavemente la muchacha, una pequeña sonrisa en su rostro. “¿No tienes frio?” Dándose cuenta de su desnudez, rápidamente agarro su camisa. Un leve rastro de decepción recorrió los ojos de la chica al ver que se vestía.
“Si. Digo no.” Balbuceo Stephanie, abrochándose la camisa rápidamente. Se quedaron en silencio, la chica viendo cómo se cambiaba, y Stephanie sin saber decir. “¿Dormiste bien?” Pregunto antes de abofetearse mentalmente, Jesucristo, andaba estúpida ese día.
“Como un ángel. ¿Y tú?” Escucho Stephanie, mientras recogía su ropa interior junto a un pantalón.
“Increíble.” Contesto, antes de quedarse en silencio nuevamente. Stephanie se mordió el labio, sin saber cómo continuar. Cerrando los ojos y suspirando, decidió sacarse la duda y acabar con la incomodidad “Perdona por preguntar, pero ¿Cómo te llamas?”
“Oh, ¿tan rápido te olvidaste de mí?” Pregunto juguetonamente la chica, Stephanie se quedó estática, su cerebro buscando una forma de salvar la situación. Fue cuando escucho nuevamente aquella risa que se calmó. “Priscilla. Es un placer.”
“Stephanie, pero me dicen Steff.” Contesto con una sonrisa mientras se rascaba la nuca. Antes de agacharse y buscar sus zapatos.
Una sonrisa perlada nació en el rostro de Priscilla, sus dientes blancos como el mármol y un par de colmillos más largos de lo usual; era rara, pero ver a la pelirroja intentar salvar la situación era divertido.
Aquella sonrisa se desvaneció al ver que Stephanie se volteaba. Se tapo un poco la boca, le gustaba lo que veía. Blanco y negro, aquellos colores lograban que el cabello rojizo resaltara aún más; su figura notoria en aquellos ropajes; sus ojos violáceos, y llenos de energía. No pudo evitar morderse los labios.
Una pena que se haya vestido tan rápido, no le hubiera molestado estar un rato más con ella en la cama, le gustaba el calor que emanaba.
“Bueno, si no te molesta.” Empezó a hablar. “Y si quieres. ¿Podríamos comer? Digo, este lugar da desayuno, y el desayuno es importante. Ya sabes, Dios estoy imbécil.” Era linda, algo torpe, pero solo lograba que fuera más tierna. Priscilla rio un poco al verla hablar tan rápido.
“Me encantaría, pero ya he estado fuera mucho tiempo.” No pudo evitar sentirse mal al ver como disminuyo su ánimo. Esa energía que poseía era fascinante. “Pero no me molestaría volver a verte.” Stephanie sonrió antes de asentir con energía.
“¡Me encantaría!” Los ojos de Priscilla solo veían su sonrisa, tan llena de energía y vida. “¿Estas libre esta tarde?”
Y no pudo evitar corresponder. Tal vez este viaje no iba a ser tan aburrido.
