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Su participación en el Ragnarok fue una decisión tomada con antelación. Era bien sabido que Tesla, desde su nacimiento, estuvo rodeado de magnificencia. Sí, era una maravilla en la tierra, una deidad mortal entre hombres sedientos de sus conocimientos…
De su luz.
E irradiar tanta luz, terminó por convertirlo en el portador de las sombras. Su propia oscuridad crecía casi a la par de su inteligencia. En el fondo de sus pensamientos, era consciente de sus carencias, podía leerse a sí mismo como a uno de sus libros favoritos. Se analizaba una y otra vez, sin descanso, juzgandose para perfeccionarse.
Reconstruyéndose cuando era necesario.
Siendo un hombre tan lleno de virtudes, en ocasiones encontraba defectos irreparables. El más notable, fue su triste incapacidad para amar o enamorarse. No había forma de que pudiera acercarse a las mujeres y eventualmente, ni siquiera a las personas.
Las barreras entre él y el mundo, crecieron implacables, fuertes e impenetrables.
Era su culpa. En vida percibió al mundo entero como un lugar solitario. No había entre tantos humanos, uno solo que pudiera conectar con él, con su corazón.
La grandeza lo convirtió en alguien inalcanzable.
Después de muerto se resignó a esa soledad autoimpuesta, no le parecía ilógico que existieran almas destinadas a permanecer apartadas de todo vínculo afectivo. Ese era el precio que pagaba por sus virtudes, lo aceptaba sin lamentarse pues, realmente, prefería estar solo que compartir su tiempo con alguien carente de estás. Los huecos en el corazón, no se llenan con cualquiera. Tampoco se debería engendrar vida con dos seres dispares.
Ver el mundo a través de esa película muda, en frames lentos, donde sólo captaba las necesidades humanas y no sus sentimientos, lo ayudaba a separar lo importante de las frivolidades del hombre.
Mantuvo ese pensamiento desde el fin de su vida hasta que hizo su excéntrica entrada a esa arena en donde ofrecería, de nuevo, su vida por el progreso de la humanidad. Tesla era consciente de que no tenía conocimientos sobre guerras o peleas a muerte, era un científico. Estaba ahí por la curiosidad, por el deseo de dar un paso que llevara a la humanidad más cerca de los dioses.
Siendo conocedor de esa desventaja, se sentía satisfecho. Por primera vez tenía el apoyo que no le dieron en vida. Amigos que lo acompañaron durante su investigación y a una semidiosa que se entregó a sus propósitos sin titubear. Ella, el material perfecto para ver a su máxima creación en funcionamiento. Göndul era un cálido impulso que corría como un poderoso combustible en sus venas. Sus pensamientos estaban conectados, sus recuerdos eran uno mismo, experimentaba otras emociones a través de ella, veía el mundo con mayor interés.
Quizá ella tuvo la culpa.
La portadora de la magia, creó en su mente el escenario perfecto para encontrarse con “Él”. Las miradas de los dioses se llenaron de repudio cuando el sacerdote de la gula apareció, pero Tesla sólo pudo sentirse como un humano que acaba de hacerse consciente de su propia existencia.
Beelzebub parecía el cúmulo de todos esos adjetivos que la humanidad creó para describir la belleza. Su rostro poseía la perfección de aquellas esculturas de mármol de la antigua Grecia. Incluso tan lleno de suciedad, por tantos crímenes cometidos, sólo podía pensar en venerarlo. Tesla no sentía miedo al verlo, se sentía atraído… atrapado. No le importaría descender al infierno solo por verse reflejado en esos ojos oscuros.
Se lamentó por no ser un poeta capaz de describir ese encuentro con propiedad. En su mente, el demonio de la gula era como las leyes de la física, su existencia tan perfecta como el 3,6 y 9.
La luz que él proyectaba parecía consumirse por las sombras ajenas y no, no le parecía amenazante. Disfrutaba sentirse eclipsado, como si de repente estuviese bien no ser él quien cubriera con su luz a los demás. Beelzebub era digno de su amor, Tesla se postraría a sus pies con gusto.
Porque, a riesgo de parecer un narcisista (lo era) , consideraba a Beelzebub como un igual. Su alma no estaba destinada a la soledad, como un mal chiste logístico, lo hicieron vivir en el lugar incorrecto.
Su corazón se detuvo, la electricidad fluyendo por el super autómata fue lo único que lo mantuvo cuerdo.
Beelzebub… el nombre reverberó en su cerebro, haciendo que sus sentidos se saturaran. Lo escuchó hablar, más no entendió lo que dijo, sus amenazas pasaron a segundo plano. Su cerebro solo pudo procesar todos los estímulos recibidos.
¿Podía tener más virtudes?
En una fracción de segundos Beelzebub se transformó en todo. El mundo siempre silencioso se llenó de sonidos, la soledad se dispersó. Su mente logró derribar las barreras que lo alejaban de los demás, pudo conectar con la humanidad que en antaño lo ignoró.
Fue una hermosa transición. El cambio de una película muda a una llena de sonido y color. Su mente se tambaleó, la energía de Göndul se extendió amorosamente por su piel, pues ella lo había notado. Lo ayudó a volver a la la realidad, y es entonces cuando se pregunta:
¿Por qué ahora?
Era imposible que después de una vida en soledad, su rival le provocara tantos sentimientos. Cualquier otro se hubiese rendido, colapsando ante la fuerza de ese amor inadecuado.
Tesla no era de los que se rinden.
No buscó impresionarlo o acercarse a él, no forzó una amistad o un falso entendimiento. Ciertamente no lo comprendía, no sabía porque alguien rebosante de perfección, se veía tan triste.
Tampoco le preguntó.
No perdería el rumbo en esa batalla, no estaba ahí para enamorarse y no fue menos certero por culpa de sus sentimientos. Al contrario, si Beelzebub era la perfección materializada en una deidad, su deber era demostrarle que podía destruirlo.
Hacerlo tambalear hasta que aceptara que estaba al nivel de un humano.
La única forma en que lograría doblegarlo, sería por medio de su propia perfección. Convenciendolo de que sus existencias tan dispares, fueron creadas para complementarse.
Quizá lo logró…
Cuando los dedos del demonio tocaron su corazón, sus miradas se conectaron brevemente, entonces percibió en esos ojos tristes un sentimiento similar al que él experimentó al verlo por primera vez.
Lo reconoció como a un igual, bajó del pedestal para mostrarle su lado vulnerable.
Al final, si logró su cometido. Le entregó a la humanidad una semilla de esperanza. Su fuerza y motivación heredada a través de sus palabras, crecería en los corazones de la humanidad hasta convertirse en el valor para seguir adelante.
Tesla se ganó el reconocimiento de las deidades e incluso tras su derrota ganó lo que realmente deseaba, su amor incipiente se quedó varado en el viento cuando su cuerpo se convirtió en polvo… y encontró refugio en el corazón de Beelzebub.
Los días tras el Ragnarok pasaron como un huracán que transformó existencias. Todo aquello que fue destruido, pareció encontrar su lugar, sin tomar la forma de antaño. Incluso los dioses se renovaron, cambiando sus pensamientos desde los cimientos.
La victoria que se anunció como una segunda oportunidad para la humanidad, se transformó en un posibilidad compartida. Aquellos destinados a la soledad, también encontraron su cauce.
Es una mañana cálida en una habitación de paredes blancas. Las cortinas de lino se mecen delicadamente con el viento que entra por la ventana. Tesla siente la cama blanda bajo su espalda desnuda, saborea los remanentes de su sueño interrumpido mientras abre los ojos lentamente.
Hay tanta luz en esa habitación que incluso a él le parece molesto, siente la necesidad de cubrir sus ojos con el dorso de su mano pero cuando lo intenta, no le es posible. Entre sus brazos, resguarda todo aquello que es importante para él en este mundo, aún duerme y no quiere despertarlo. No se atreve a causarle incomodidad, pero también está ansioso por ver sus ojos abrirse. Aún le parece increíble la situación, cada mañana lo percibe como una novedad extraordinaria.
La deidad, que no es ajena a la forma en que Nikola lo contempla, se remueve con pereza para anunciar que está despertando, sus largos dedos se deslizan por los costados del humano para afianzar ese abrazo mientras busca mirarlo a los ojos.
Resulta que Beelzebub es justamente como Nikola lo pensó, temible e intimidante, pero dispuesto a recibir amor. Es como un felino que se acurruca a su lado, huraño cuando se siente saturado de su afecto, cariñoso cada que la situación lo amerita.
Tesla aún lo ve como en aquel primer encuentro, Beelzebub todavía se sorprende por haberlo aceptado.
Ambos son una maravilla de la creación universal.
Dos almas destinadas a la soledad, creadas como antítesis del otro.
Destinadas a complementarse.
