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Domingo primero de octubre, 2023.
Para cualquier hincha de River o Boca, los Superclásicos eran partidos más que sagrados. Sin importar el contexto, siempre se quiere ganarle al clásico rival —y también es mucho más divertido cuando se tiene un cercano del equipo contrario para burlarse—.
Así que era más que obvio decir que Marcos, como cualquier hincha del club xeneize, estaba completamente enbroncado. Los habían bailado en su propia cancha, y el sentimiento de impotencia que le generaba estar fuera del banco y no poder hacer nada para aportar al resultado aumentaba su enojo. Aunque bien sabía que si hubiera podido jugar mucho no habría cambiado y que el partido siguiente que disputaría el club era más importante. Pero igual no podía evitar apretar de más el volante del auto mientras manejaba a su casa y enmarcar su ceño fruncido cada vez que se acordaba.
En su mente seguía reproduciéndose la imagen de Enzo tirándole besitos en el aire después del primer gol, con esa sonrisa sobradora que en el momento lo hizo enojar por dentro, pero muy en el fondo amaba tanto cuando esa expresión surcaba los labios del mayor. Y mucho más cuando la tenía entre sus piernas…
Dios, ya te estás re yendo. Estás enojado, Marcos. Rescatate. Pensó mientras negaba, intentando eliminar las imágenes intrusivas de la cara de Enzo abajo suyo que su mente proyectaba.
Metió el auto al garaje y agradeció que el de Enzo no haya estado, significaba que todavía no llegaba. Eso era bueno. Eran cerca de las nueve y media de la noche, así que podría hacerse el boludo y acostarse a dormir sin tener que aguantar las gastadas inevitables que el mayor siempre tenía para él cuando le ganaba.
Entró a la casa dando un portazo, dejó sus llaves en la mesita cercana a la puerta y revoleó su bolso arriba del sillón, no tenía ganas de ordenar.
Subió las escaleras con apuro y cuando estaba pisando el último escalón, sintió la puerta principal abrirse y el sonido inconfundible de esos pasos, que reconocía siempre después de tanto tiempo juntos, resonar contra el piso de la planta baja.
—¡Amor, llegué! —gritó Enzo desde abajo, dejando su bolso al lado del de Marcos. El menor soltó una puteada por lo bajo mientras recordaba los mensajes que recibió por parte de Enzo —antes del partido y de los últimos que le avisaban su horario de llegada—.
1/10 [11:55] Enzo❤️: Amor
1/10 [11:56] Enzo❤️: Si ganamos te cojo con mi camiseta puesta
1/10 [11:56] Enzo❤️: No podes decir que no
1/10 [11:59] Marcos: ?? Ya quisieras ganar vos gallinita
1/10 [12:01] Enzo❤️: Más te vale cumplir eh
Se maldecía por confiarse tanto.
La realidad era que la idea de que Enzo se lo cogiera no estaba para nada mal, le servía para sacarse un poco la bronca y él siempre iba a estar dispuesto a encamarse con su hombre. El problema era que le iba a tocar ponerse el repasador horrible ese, y no tenía manera de escapar.
Se metió a la habitación y cuando estaba por dirigirse al baño Enzo entró con una sonrisita incapaz de borrarse de su cara, todo vestido con la ropa del club riverplatense y en su mano derecha sostenía una tela blanca y roja que Marcos reconoció como el horrible repasador que lo iba a vestir dentro de poco.
Enzo dio dos pasos rápidos para acortar la distancia entre ellos y dejó la camiseta en la cama antes de agarrarle la cintura y plantarle un beso que Marcos no le pudo negar por nada del mundo. Lo agarró con una mano en su nuca para profundizar la acción y suspiró despacio cuando la lengua de Enzo se adentró a su boca para enredarse con la suya.
—¿No me vas a felicitar, mh? —dijo el mayor, alejándose apenas de los labios de Marcos. El menor lo ignoró olímpicamente, volviéndolo a besar y causando que Enzo ría contra su boca.
Las manos de Enzo bajaron lentamente por la curva de su espalda hasta posarse en su culo, que amasó con descaro mientras Marcos jadeaba suavemente sobre su boca. Giró sus cuerpos y se sentó al pie de la cama, el menor no perdió tiempo en subirse encima suyo y empezar a menear las caderas contra él, buscando un poco de fricción entre sus piernas, de repente sintiéndose realmente desesperado. Enzo rio bajito ante la actitud de Marcos.
—Pará que todavía te falta algo… —dijo separándose nuevamente de su boca con un chasquido ruidoso. Marcos dejó de besarle el cachete y lo miró un poco confundido, para luego revolear los ojos cuando el mayor sacudió su camiseta frente a su cara. Pero igual, con todo y cara de culo, dejó que le sacara el buzo y la musculosa de su club y no opuso resistencia cuando el mayor deslizó la tela por su cuerpo, apreciándolo con una sonrisa y ojos brillantes—. Te queda hermosa.
Marcos no lo dejó hablar más y volvió a tomarlo del cuello para encontrar sus bocas, Enzo le acarició las piernas con detenimiento y subió una de sus manos hasta posarla en el hombro de Marcos. Ejerció un poco de presión hacia abajo que el menor captó al instante y no esperó para bajarse de la cama y arrodillarse entre los muslos abiertos de Enzo.
Tironeó de su short y su bóxer con un poco de apuro que hizo sonreír a Enzo todavía más, pero que cambió por una mueca de placer cuando la mano de Marcos encontró su pija semidura y le dio un apretón que siguió con caricias un poco ásperas por la falta de lubricación. Enzo automáticamente llevó una mano a su pelo, dando una caricia e incitando a Marcos para que use su boca. El menor obedeció de inmediato, sin vueltas pasó su lengua por el glande y cerró sus labios alrededor de la punta, succionando ruidosamente y dejó que abundante saliva se escurriera por toda la erección del mayor para facilitarle la fricción a su mano.
Poco a poco se lo fue llevando hasta la garganta sin esfuerzo, escuchando encantado los jadeos de Enzo y soltando los propios cuando no pudo evitar escabullirse una mano dentro del pantalón para presionar su clítoris por encima de su ropa interior, cosa que no fue pasada por alto para Enzo, pero igual lo dejó seguir tocándose porque los gemidos ahogados de Marcos en su pija se sentían increíble.
Marcos subió y bajó su cabeza con determinación, usando su lengua y la mano con la que no se tocaba para acariciar la extensión que su boca liberaba, haciendo un desastre de saliva en sus labios y la pija de Enzo. No despegó sus ojos empañados por las lágrimas de los de Enzo, que lo miraban con inmensurable admiración mientras se mordía el labio para acallar un poco sus gemidos.
Enzo lo manejó como quiso, moviendo su cabeza de arriba a abajo con el agarre en su pelo y embistiendo duramente en su boca mientras gemía sin parar, hipnotizado con lo bueno que era Marcos para complacerlo.
Marcos decidió testear sus habilidades y lo mantuvo por completo en su boca durante varios segundos, aguantando las arcadas como un profesional y motivado por los gemidos de Enzo que cada vez se molestaba menos en callar. La mano del mayor tiró de su pelo con una fuerza controlada y Marcos se retiró para seguir masturbándolo y estimulando su punta con la lengua, recogiendo con ella las pequeñas gotas de preseminal que expulsaba, una mano se cerró en sus pelotas para acariciar con suavidad.
Enzo apretó su cabeza en modo de advertencia y le acabó en toda la cara con un gemido quedo, el menor se encargó de direccionar la mayor cantidad posible de semen a su boca y lo limpió con lamidas que recorrieron toda la extensión. Enzo lo miró con satisfacción cuando Marcos conectó sus ojos y tragó todo su esperma con gusto y sin que él se lo pidiera, dándole una de sus sonrisas más pícaras. Su mano había abandonado el toque en su entrepierna para posarse en los muslos de Enzo y tener un sostén al que aferrarse, pero la necesidad de sentir algo ahí todavía estaba.
—Sos increíble —le dijo Enzo en un suspiro, mientras lo levantaba del suelo y lo agarraba del mentón para besarlo, saboreando su propio gusto en la boca contraria y suspirando cuando la lengua de Marcos chocó con la suya.
Agarró su cintura y dio vuelta la posición, haciendo que la espalda de Marcos choque contra la superficie suave del colchón, se subió encima suyo mientras le repartía besos que bajaban por su mandíbula y llegaban a su cuello. Marcos enredó sus dedos en su pelo oscuro mientras suspiraba.
Enzo trazó un camino invisible con su toque a lo largo de su torso, enamorado de lo hermoso que se veía Marcos con los colores de su club, y cuando llegó a su abdomen bajo, sus manos se engancharon en el elástico de su pantalón azul oscuro para bajarlo lentamente, llevándose su ropa interior en el camino y siguió dejando besos húmedos sobre la piel que la ropa revelaba.
Y Marcos debería estar muy enojado, de hecho lo está, de verdad. Pero los besos de Enzo podían hacerlo olvidarse por completo de que Boca perdió el clásico jugando de local y de que el mayor se burló en su cara tirándole besitos después del gol, al menos por el momento.
Las manos de Enzo se encargaron de separar sus muslos y enganchar una de sus piernas en su hombro. La derecha tanteó entre sus labios con una caricia delicada para ver cuán mojado estaba, sus dedos se humedecieron de inmediato y con lentitud se pasearon por toda su vulva, Marcos soltaba suspiros de puro gusto.
Sintió la lengua de Enzo presionando su clítoris con suavidad y solo pudo gemir entrecortado, su cuerpo arqueándose mínimamente al sentir el estímulo. El leve contacto de la boca de Enzo fue tornándose más intenso mientras succionaba su punto y dejaba que su saliva empape toda la vagina ya mojada de Marcos, que se estremecía y separaba más sus piernas para darle mejor acceso al mayor.
Enzo recorrió su vulva con su lengua y separó sus labios para meterse en su vagina apretada, su mano derecha acarició el abdomen bajo de Marcos y después se encargó de frotar su clítoris con los dedos mientras su lengua entraba y salía de esa cavidad que cada vez expulsaba más fluidos producto de la excitación. Marcos no podía parar de soltar gemidos desesperados, dejando caricias en el pelo de Enzo y presionando su cabeza aún más contra su entrepierna inconscientemente.
Bajó su vista para encontrarse con los ojos pícaros de Enzo que lo estuvieron mirando con atención en todo momento, la parte inferior de su cara empapada de fluidos y saliva. Enzo cambió su lengua por sus dedos y empujó dos dentro suyo con facilidad.
—¡Dios, amor! M-más, más … —gimió Marcos, con la voz entrecortada y el pecho agitado, enterrando la cabeza entre las almohadas.
Dentro de las cuatro paredes de la habitación retumbaban los gemidos descontrolados de Marcos, los sonidos ahogados de Enzo saboreando su clítoris y el chapoteo húmedo de sus dedos entrando y saliendo de Marcos con rapidez. Una sinfonía que enloquecía a ambos.
El cuerpo de Marcos se arqueó cuando Enzo enroscó sus dedos dentro suyo, siempre sabiendo cómo tocarlo para dejarlo al borde del abismo. Sus caderas se movieron inconscientemente, persiguiendo el toque de Enzo en su punto sensible y logrando que sus dedos llegaran más profundo dentro suyo.
—Quedate quieto —demandó Enzo, separándose momentáneamente de su vulva, y con una mano presionó la cadera de Marcos contra el colchón para frenar sus movimientos. Marcos soltó un gemido sufrido y estrujó con fuerza la frazada de la cama entre sus dedos cuando Enzo volvió a darle atención.
Intentó no moverse con todas sus fuerzas mientras Enzo lo desarmaba con cada succión en su clítoris y penetración de sus dedos, sintiéndose cerca pero sin poder hacer más nada que gritar y apretar la colcha con sus manos.
—Amor, ya estoy… —advirtió con un jadeo. Enzo aumentó la velocidad de sus dedos mientras lo miraba con atención, Marcos gemía al techo sin parar, con los ojos cerrados—. ¡Enzo!
Acabó llamando el nombre de su pareja, con la respiración entrecortada y la boca entreabierta. Enzo bajó para degustarlo entero mientras se venía, su cuerpo dando espasmos y sus muslos casi cerrándose con fuerza alrededor de la cabeza de Enzo. La lengua del mayor limpió todo el desastre de sus fluidos, con una sonrisita de admiración surcando sus labios.
Enzo dejó caricias dulces en sus muslos en lo que volvía a subir por su cuerpo, esperando a que Marcos volviera de la nebulosa que relajaba su mente y cuerpo. Le dejó besos por todo rostro mientras le repetía lo lindo que era y lo rico que sabía. Marcos sonrió con los cachetes sonrosados y lo agarró de la nuca para unir sus labios, sintiendo su sabor cuando la lengua de Enzo se enredó con la suya.
Quedaron ambos acostados en la cama compartiendo besos suaves, los dedos de Marcos acariciaban los pelos de su nuca y él apretaba su cintura por debajo de la camiseta, sus piernas enredadas.
Marcos se recostó suavemente en su pecho mientras soltaba un suspiro, rozando su nariz en el cuello de Enzo y oliendo ese perfume que lo tenía adicto.
—Cómo te gusta hacerte el canchero a vos —rompió con el silencio Marcos. Enzo hizo un sonido desentendido y le tuvo que recordar—: Con los besos que me tiraste.
El pecho Enzo se removió con su risa ronca, que nuevamente podía hacerle a Marcos olvidar su enojo.
—Fue divertido, admitilo.
—Sí, claro —refunfuñó, causando que Enzo vuelva a reír. Marcos se levantó repentinamente de su pecho—. Dale, divertido, sacame el coso fiero este que en cualquier momento te lo vomito.
—Ah, no no. Todavía me falta cobrarme algo a mi —. Enzo se levantó y lo agarró de las caderas para darlo vuelta y dejarlo de espaldas, robándole a Marcos un sonido sorprendido por el movimiento brusco—. El trato decía que te iba a coger con la camiseta.
Marcos se estremeció al sentir el susurro ronco de Enzo en su oído, pero no lo contradijo y le facilitó la acción poniéndose en sus codos y rodillas, separando las piernas y arqueando la espalda para darle acceso a hacerle lo que quiera.
—Qué trola hermosa que sos, amor —dijo con una sonrisa, acariciando sus caderas y su espalda baja. Marcos meneó su culo contra él, tentándolo—. Y sos mía nada más. ¿O no?
Le dio un chirlo en su cachete izquierdo que resonó en la habitación e hizo a Marcos gemir extasiado mientras asentía.
—Tuya nada más —dijo con voz acaramelada, suspirando impaciente.
Enzo sonrió al escucharlo y abrió sus cachetes para ver con total atención la vagina húmeda e hinchada de Marcos, contrayéndose alrededor de la nada y expectante a lo que sea que él quisiera hacerle. Enzo le metió dos dedos solo para escucharlo gemir y para sentir toda esa humedad caliente mojándolo.
—Enzo… —suplicó Marcos, exasperado. Enzo no dejaba de dedearlo y amasarle el culo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Y la realidad era que el tiempo en el mundo de Enzo se detenía cada vez que estaba con Marcos, y el único que ocupaba su cabeza por completo era él, nada ni nadie más. Siempre que estaban juntos el mundo dejaba de existir para darles un lugar solo a ellos dos, amándose y complaciéndose como lo hacían desde que su relación había pasado a ser lo que era ahora.
—¿Qué querés, hermoso? —preguntó, aunque bien sabía la respuesta, porque Marcos se encargaba de pedírselo cada vez que tenía la oportunidad. Comenzó a masturbarlo con mayor velocidad.
—¡Dale, Enzo! —volvió a chillar. Enzo hizo un sonido desentendido y sacó los dedos de su interior—. Cogeme, metemela. ¿Te tengo que mandar un mail invitandote?
Enzo soltó una risita ante la irritación en la voz de Marcos, que estaba cerca de enojarse de verdad si lo seguía boludeando. Lo mantuvo quieto con una mano en la cintura y se alineó a su entrada que chorreaba por la expectativa, comenzando a penetrarlo con facilidad. Marcos soltó un gemido alto que se mezcló con los jadeos graves de Enzo al sentir todo ese calor abrasador envolviéndolo.
—Con que me lo dijeras me bastaba.
Y no necesitó más que un débil movimiento de Marcos para empezar un vaivén acompasado que fue aumentando en velocidad cuando sus gemidos lo hicieron en volumen y reiteración. Enzo enredó sus dedos en el borde de su camiseta para tirar de ella y ver bien su apellido y número en la misma, decorando la espalda de su hombre, mientras que sus embestidas daban en Marcos sin reparo y su culo chocaba contra su pelvis repetidamente. Marcos lo miraba sobre su hombro con la mirada perdida y su boca entreabierta.
—¡Sí, Enzo! Más rápido… —exclamó cuando la pija de Enzo dio en un punto que lo enloquecía, haciéndolo sentir oleadas de placer que cada vez lo aproximaban más a su orgasmo.
Enzo sonrió por sus palabras y cumplió su pedido, aumentando la velocidad de sus caderas mientras se inclinaba por su espalda para hablarle al oído.
—Te queda pintada la roja y blanca, ¿sabías? —murmuró, besando humedamente detrás de su oreja—. Pero todavía más cuando te tengo en cuatro gritando sin parar, y a vos te encanta.
Marcos asintió con la cabeza, ahora él también movía sus caderas para encontrar los embistes de Enzo, el sonido de sus pieles chocando no se detenía.
—¿Te gusta que tenga así? —le preguntó, dejando nuevamente un chirlo en su cachete, que repitió varias veces de ambos lados porque Marcos seguía sin responderle con palabras coherentes—. Decimelo, Marcos.
—Me encanta, amor, mh —balbuceó, sintiendo que se desarmaba con la cantidad de sensaciones que arrasaban con su cuerpo, pero no quería que se detuvieran—. Dejame, ah… Dejame arriba…
Ver a semejante hombre transpirado y con la mirada perdida pidiéndole montarlo era verdaderamente un sueño erótico, y Enzo no era más que un simple mortal que solo pudo sucumbir a sus órdenes débilmente dichas. Salió de su interior y se recostó en la cama a su lado, Marcos automáticamente cruzó una pierna por arriba suyo y se sentó en su pelvis, con la mano derecha agarró su pija que goteaba preseminal y se alzó en sus rodillas para engancharla en su entrada, mordiéndose los labios y sin dejar de mirarlo a los ojos.
Bajó por completo de un sentón que hizo a ambos gemir de alivio, las manos de Enzo fueron a sus muslos para acariciarlos de arriba a abajo y Marcos no esperó para comenzar a saltar encima suyo. Se inclinó levemente y Enzo se levantó sosteniéndose con una mano en el colchón para tomar sus labios en un beso sumamente suave que contrastaba en sobremanera con los movimientos frenéticos de sus cuerpos.
Marcos solo necesitaba el último empujón para terminar, y sabía que Enzo estaba igual por la manera en la que apretaba sus caderas con sus manos y embestía hacia arriba sin reparo. Se separó momentáneamente de su boca para agarrar una de las manos del mayor y dirigirla a su clítoris desatendido, Enzo no dudó en comenzar a frotarlo con dos de sus dedos que se mojaron al instante.
Los saltos de Marcos eran cada vez más descoordinados, sus gemidos se entrecortaban de tal manera que parecía que el aire se le estaba yendo de los pulmones. Dio tres sentones más antes de empezar a venirse, despidiendo una cantidad de fluidos que mojaron por completo la pija y pelvis de Enzo, que no dejaba de embestir mientras Marcos gemía descontrolado.
—¡Seguí! —gritó sin dejar de moverse de atrás a adelante, los dedos de Enzo no dejaban de frotarlo, prolongando su orgasmo y desarmándolo entero.
Enzo lo siguió con jadeos graves, mordiéndose los labios y llenando el interior apretado con su semen caliente. Marcos dejó de moverse pausadamente cuando la oleada empezó a pasar y suspiró al sentir la corrida dentro suyo.
La mano de Enzo se alejó de él y Marcos solo pudo acercarse para besarlo nuevamente, mezclando sus alientos agitados. Enzo se encargó de acariciar su espalda de arriba a abajo, delineando su columna con dedos suaves. Marcos masajeó su pelo mientras suspiraba en su boca con gusto.
Se retiró de encima suyo con un movimiento suave, soltando un suspiro por el estímulo final. Tomó lugar al lado del mayor, sintiendo sus muslos completamente mojados por sus fluidos y el semen de Enzo escurriéndose de su entrada, pero con pocas ganas de prestarle atención a la sensación.
Enzo lo miró sonriendo desde su lugar cuando se pegó a él y escondió la cara en su cuello, rozando la piel con su nariz mientras suspiraba encantado al sentir el débil perfume que se mezclaba con el olor natural de Enzo y se sentía tan familiar.
La noche afuera estaba fresca, pero dentro de su habitación reinaba una calidez que solo podía existir cuando estaban rodeados del otro. Las palabras sobraban en momentos como ese, lo único que necesitaban era tenerse al lado y compartir caricias lánguidas que no podían evitar porque las manos se movían por reflejo y no abandonaban el cuerpo del otro, repasando marcas, lunares, pecas y tatuajes que conocían ambos de memoria el lugar exacto en el que se ubicaban.
Enzo estaba hipnotizado con la calma que reinaba en el rostro de Marcos, las pestañas largas y voluptuosas moviéndose al ritmo de su parpadeo lento y su respiración cada vez se volvía más tranquila.
—Ya te la podés sacar a la camiseta, no sé, si querés… —murmuró Enzo, porque le encantaba joderlo tanto como a Marcos le gustaba hacérselo a él.
El menor salió del lugar en su cuello para mirarlo con el ceño fruncido, pero que igual parecía una expresión suave por el cansancio. Se arrodilló en la cama y se sacó la camiseta, revoleándola a algún rincón de la habitación que no le importaba para nada.
—Cómo te gusta romper los momentos románticos a vos —dijo con la voz media gastada. Enzo rio y lo atrajo nuevamente a su cuerpo, envolviéndolo como podía con los brazos porque la espalda de Marcos no era para nada pequeña pero igual le encantaba rodearlo cada vez que podía para mantenerlo cerca. Marcos se dejó, recostándose en su hombro—. Ya me la voy a cobrar a esta la próxima.
—Ajá, sí —dijo Enzo restándole importancia. Marcos le pegó en la cola con suavidad. Sin embargo, no se movieron de la posición en la que estaban.
Enzo sintió la respiración de Marcos cada vez más ralentizada, lo que le indicaba que estaba por dormirse, así que rebuscó en su cajón un rollo de papel higiénico que siempre tenía a mano para limpiar sus entrepiernas. Marcos lo miró mal cuando se levantó tan de golpe, privándolo de ese calorcito tan cómodo que irradiaba su cuerpo, pero entendió lo que hacía cuando el mayor le pidió permiso con la mirada para limpiarlo, caballeroso a más no poder como si no le hubiera dado para que tenga hasta hacerlo saltar lágrimas hace un rato.
Dejó que Enzo lo limpiara con concentración y lo ayudara a levantarse para ir hasta el baño a pocos pasos de la cama. Y se llenaron de mimos como los empalagosos que se permitían ser a veces mientras esperaban a que el agua de la ducha se calentara.
—Dale, amor, entremos que tengo sueño —dijo Enzo alrededor de una risa, el menor no paraba de llenarle la cara de besos ruidosos.
Se separó con uno que le llenó el cachete de baba y ambos caminaron hasta meterse en la ducha, Enzo directamente abajo del chorro caliente y Marcos frente a él. Estuvieron un rato disfrutando la calidez del agua que los rodeaba hasta que el menor se estiró para agarrar el shampoo hidratante de leche de coco de Enzo y lo usó para lavarle el pelo, masajeando su cuero cabelludo con dedos suaves. Posteriormente el mayor hizo lo mismo con él.
Pasaron los minutos lavándose mutuamente mientras hablaban sobre sus días —omitiendo el partido, claramente—, muy cansados como para dar otra ronda, por más ganas que tuvieran, hasta que se les empezaron a arrugar los dedos y tuvieron que salirse de la ducha. Se secaron como pudieron con el mismo toallón porque en el baño solo tenían uno y se lavaron los dientes pegados frente al espejo.
Volvieron a la pieza y Enzo ayudó a Marcos a ponerse una bombacha nueva mientras él también se vestía para luego abrir la cama por completo y meterse en la misma, acurrucándose en el centro sin ningún tipo de percepción del espacio personal.
Compartieron nuevamente un beso calmo, solo porque les encantaba sentir el sabor de la boca del otro, que ahora se mezclaba con el mentol de la pasta de dientes, y enredaron sus piernas para que no existiera ningún tipo de distancia entre sus cuerpos.
—Te amo —le susurró Enzo sobre su boca, mirándolo a los ojos con un brillo especial que tenía solo con él, para darle a conocer la sinceridad de sus palabras, esas que había empezado a sentir hace mucho tiempo y seguían dentro del él con la misma intensidad, incluso más que antes.
—Yo te amo más —Marcos sonrió chiquito y le besó un cachete para luego acercarlo a su pecho. Enzo se acurrucó contra él, escuchando el latido de su corazón como una canción de cuna y le envolvió la cintura, dándole un apretón antes de caer dormido dentro de la burbuja de su amor.
La alarma de Enzo sonó bien temprano, como todos los días, y Marcos, como cada mañana, la ignoró por completo. Giró entre las sábanas, desacomodando toda la cama para cambiar de posición, enterrando su cara en la almohada sin amagar a abrir un ojo. Nunca se quedaba quieto al dormir, a diferencia de Enzo, que mantenía su cuerpo en el mismo lugar, pero siempre cerca del de Marcos.
Enzo apagó la alarma y fue directo al baño para lavarse la cara y despabilarse, mientras Marcos seguía babeando la tela de la sábana. Siguió su rutina bajando a la cocina para calentar el agua para los mates de la mañana y hacerles algo de desayuno antes de que tuvieran que irse a entrenar a sus respectivos clubes.
La alarma de Marcos sonó, como todos los días, poco más de media hora después de la de Enzo, al menor no le tocó otra que levantarse y cuando bajó, aún con los ojos medios pegados e intentado procesar el mundo a su alrededor, se encontró con que Enzo ya tenía el mate hecho y servía en dos platos huevos revueltos desde la sartén, completamente centrado en la tarea, viéndose tan bien solo con un short viejo de la Selección con el número 16.
—Buen día —dijo Marcos con la voz ronca, frotándose un ojo mientras entraba a la cocina. Enzo pegó un salto en su lugar porque no lo había escuchado, pero igual le sonrió y se acercó a él, poniéndose mínimamente de puntitas para dejarle un beso en una comisura manchada con dentífrico.
—Buen día —respondió con una sonrisa, volviendo a su tarea. El menor se acercó a la mesada para agarrar el mate y empezó a cebar él—. Tenés pasta dental en la boca.
Y Marcos pudo confirmar que odiaba perder los clásicos, pero se daba cuenta de que amaba a Enzo, su gallina personal, muchísimo más.
