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Jeonghan trataba de calmar sus nervios mientras una de sus madrinas de boda le ayudaba con el maquillaje. Respiraba profundamente, tratando de alejar los pensamientos negativos. Solo quería concentrarse en el “felices para siempre” que le esperaba. Pensó en su prometido, Joshua, quien también debía estar preparándose para el momento que ambos habían esperado con tanto anhelo. Estaba ansioso por verlo, emocionado por recorrer juntos el pasillo hasta el altar.
Cuando por fin pudo verse en el espejo, una sonrisa apareció en su rostro. No sabía si era la magia del momento, pero se sentía más hermoso que de costumbre, como si toda la felicidad que sentía lo hiciera brillar. Dio las gracias a su madrina, quien salió después de felicitarlo por la boda.
Limpió sus manos sudorosas con una toalla antes de tomar el traje que llevaría en la ceremonia. Habían pasado meses eligiendo el traje perfecto; nada parecía cumplir con sus expectativas hasta que decidieron hacerlos personalizados. La diseñadora plasmó cada detalle en una hoja de su desgastada libreta, y cuando les mostró el diseño, supieron de inmediato que era el traje que habían estado buscando.
Tomó la camisa de satín con manos temblorosas, temiendo dañar el elegante traje negro. Con cuidado, abrochó cada uno de los botones y se puso el pantalón, ajustando el cinturón. Se arrepintió de haber decidido vestirse solo cuando vio la corbata en el maniquí. Joshua siempre le ayudaba con los nudos, ya que nunca había logrado aprender a hacerlos correctamente.
Tras varios intentos fallidos, se resignó y estaba a punto de salir de la habitación para pedir ayuda cuando sintió un par de manos sobre sus caderas y un delicado beso en el cuello. Al mirar en el espejo, vio a la persona que hacía latir su corazón descontroladamente, como si todavía estuviera en secundaria. Se suponía que no debían verse hasta la ceremonia. Jeonghan se giró para enfrentar a la persona que amaba y entregarle la corbata. Sintió cómo, sin dificultad, la corbata se ajustaba a su cuello y recibió ayuda para ponerse el saco y arreglar algunos detalles de su cabello.
—Te amo, Jeonghan.
Jeonghan correspondió el sentimiento con un delicado beso.
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Momentos antes, Joshua se encontraba en otra habitación admirando su reflejo en el espejo. Jeonghan tenía razón; el blanco le quedaba bien. Sus pensamientos se dirigieron a su prometido; sentía que su corazón podía salirse de su pecho al pensar que en unos minutos podría llamarlo su esposo. Jeonghan no podía ser más que un ángel. Desde el primer momento que lo vio reír en uno de los pasillos de la escuela, supo que tenía que acercarse a él y ser más que amigos. No sabía si exageraba, pero sentía que un hilo rojo invisible realmente los unía.
Con una gran sonrisa y calidez en su corazón, decidió ir a la habitación donde Jeonghan se estaba preparando. Habían acordado no verse hasta la ceremonia, pero sabía que probablemente estaba teniendo problemas con la corbata y no podía resistir la tentación de verlo.
Al llegar al cuarto, frunció el ceño al ver la puerta entreabierta. Decidió mirar por la rendija antes de entrar, solo para asegurarse de que era apropiado hacerlo. La sonrisa se borró de su rostro al ver a Jeonghan junto a otro hombre. Cierta molestia llegó al notar que el hombre era Choi Seungcheol, uno de los mejores amigos de Jeonghan desde el instituto. Joshua intentó mantener la calma, aunque siempre había tenido dudas sobre Seungcheol, quien parecía tener una extraña cercanía con Jeonghan, como si esperara cualquier error de parte de Joshua para acercarse a él.
Decidió quedarse unos momentos para estar seguro. No desconfiaba de su futuro esposo, pero sí de Seungcheol.
—Te amo, Jeonghan —escuchó decir a Choi.
Joshua apretó las manos en puños a los costados de su cuerpo. No había estado equivocado sobre las intenciones de Seungcheol. Esperó escuchar el rechazo de Jeonghan, pero sintió su sangre hervir al ver cómo se besaban.
Se retiró rápidamente del lugar, sin querer ver más. No podía creer que lo hubieran traicionado de esa manera justo antes de su boda.
Su boda.
Sus pensamientos se aclararon. Él era quien iba a casarse con Jeonghan, quien tenía su corazón y todo su amor, no Seungcheol. La escena que vio probablemente había sido solo un desliz. El recuerdo del beso hizo que su cabeza doliera por la ira.
Sin darse cuenta, llegó a la habitación donde estaba el hermoso pastel de cinco pisos que habían mandado a hacer en su pastelería favorita. Cada piso estaba decorado con esmero, y la figura de ellos en el último escalón era particularmente impresionante. Sin pensarlo mucho, tomó el cuchillo que reposaba en una bandeja junto al pastel y arremetió contra él. No podía creer que un simple beso lo hubiera enojado tanto, pero no le gustaba que tocaran lo que era suyo, especialmente alguien como Seungcheol, que siempre había estado merodeando.
Estaba muy equivocado si creía que podía quedarse con su Jeonghan.
Cuando recobró la conciencia, se horrorizó al ver el desastre que había causado. El pastel estaba completamente destrozado y la crema roja manchaba toda la estancia, incluido su traje blanco, el cual intentó limpiar sin mucho éxito. Miró el reloj en su muñeca, sorprendido al ver que pronto debían estar tras las puertas que se abrirían para anunciar su llegada.
No fue consciente del momento en que llegó a la habitación de Jeonghan, pero fue recibido con una sonrisa. Aunque Jeonghan también tenía manchas de crema roja en su traje, no pudo evitar abrazarlo. No importaba si ambos trajes estaban arruinados; aún podían lucirse. Tomó la mano de Jeonghan y, antes de dirigirse al lugar donde debían estar, echó una última mirada al cuarto. Seungcheol, cuyo traje también estaba manchado con crema, les lanzaba una mirada de desdén.
Sin preocuparse por nada más, arrastró a Jeonghan hasta la puerta que en ese momento estaba cerrada. Miró su reloj por última vez. Faltaba un minuto para que anunciaran su entrada. Sintió sus manos temblar, así que apretó el agarre en el cuello de Jeonghan con su mano derecha y sostuvo el cuchillo con la izquierda.
—¡Demos un aplauso a los novios!
Las puertas se movieron tras esas palabras. La ola de aplausos que los recibió pronto se transformó en gritos aterrados y exclamaciones de sorpresa. Joshua se sintió orgulloso de la reacción; seguramente se veían espectaculares caminando juntos por el pasillo, aunque tuvo que hacer un esfuerzo extra para que Jeonghan mantuviera el paso. Joshua no podía dejar de sonreír, incluso soltó algunas risas que no pudo contener.
Cuando llegaron al altar, soltó a Jeonghan. Su brazo dolía por el esfuerzo de arrastrarlo por todo el pasillo. También dejó caer el cuchillo, cuyo impacto en el suelo creó un eco que llenó el silencio.
Los invitados, aún en shock, no podían pronunciar palabra alguna. Sin duda, había sido una entrada sin precedentes. Los novios habían hablado sin parar sobre cuán única sería su entrada y caminata por el pasillo. No defraudaron. Nadie esperaba ver a Joshua, con un elegante traje blanco manchado de rojo y un cuchillo en la mano, arrastrando el cuerpo, probablemente sin vida, de Jeonghan por todo el pasillo, dejando un rastro de sangre que brillaba en el lugar.
Desde el altar, Joshua hizo una reverencia a los invitados.
—Siempre supe que nuestra boda iba a destacar entre las demás —dijo Joshua al ver que el padre estaba en el mismo estado de shock que los invitados—. Al igual que siempre supe que viviríamos felices para siempre, incluso después de la muerte. Gracias por asistir a nuestra boda.
Tras esas palabras, Joshua tomó el cuchillo del suelo y, segundos después, se desplomó junto a Jeonghan. Sonrió dichoso al morir junto a la persona que más amaba.
Al final, su boda había sido tan única como esperaba, un evento para sellar su amor que nadie olvidaría en mucho tiempo.
