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Dios Castiga Dos Veces

Summary:

Soy Alyssa Baratheon, la quinta hija de Borros Baratheon, Señor de Bastión de Tormentas. Soy "La Quinta Tormenta", esa a la que ha mantenido oculta como a una joya, como una vergüenza. Ahora, soy Alyssa, antes... no recuerdo quien fui, pero sé que los acontecimientos de este mundo ya los he visto en algún lado, y esas memorias perdidas de una vida anterior llegan a mí cuando, con once años, encuentro a un pequeño dragón perdido en mitad del bosque.

Mi propio dragón.

Chapter 1: 0. Introducción

Chapter Text

Tengo once años cuando ocurren dos cosas que cambiarán mi vida para siempre. La primera, y la más impactante en ese momento, es el descubrimiento del pequeño dragón. Lo encuentro una tarde de primavera, cuando el sol se cuela entre las ramas del bosque cercano a Bastión de Tormentas. Estoy recogiendo flores para uno de los interminables banquetes de mi padre, cuando escucho un ruido extraño, como el crujido de hojas secas, seguido de un leve gruñido.

Me vuelvo hacia el sonido, el corazón martillando en mi pecho, y ahí está: un dragón diminuto, apenas del tamaño de un perro guardés, con escamas que varían entre tonos magenta y rosa, y una panza blanca como la nieve. Sus ojos, enormes y dorados, me observan con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Mis manos tiemblan mientras intento acercarme, sin apartar la vista de la pequeña criatura que parece sacada de uno de los cuentos que me contaba mi septa. Pero no hay duda, es real. Sus alas, aunque pequeñas, se despliegan con fuerza, y puedo ver el brillo de la magia antigua que lo envuelve.

Es entonces cuando ocurre la segunda cosa. Una ola de recuerdos me inunda, como si un dique se rompiera en mi mente. Recuerdos que no deberían pertenecerme, imágenes de una vida que nunca viví... o que tal vez viví en otro tiempo y otro lugar. Veo pantallas de televisión, libros pesados de tapa dura, mapas de Poniente trazados en páginas amarillentas. Recuerdo debates acalorados en foros de internet sobre los giros de "La Casa del Dragón", y las largas noches leyendo “Sangre y Fuego” de George R. R. Martin, sumergiéndome en las intrigas y guerras de los Targaryen. No debería saber todo esto, pero lo sé. De alguna manera, me doy cuenta de que no soy simplemente Alyssa Baratheon, la hija menor y menospreciada de Borros Baratheon. Soy alguien que ha visto este mundo desde fuera, desde la perspectiva de un espectador… y ahora, de algún modo, estoy atrapada en él.

Mis rodillas tiemblan y me siento mareada. Me apoyo contra un árbol, mirando al pequeño dragón que sigue allí, como esperando algo de mí. Recuerdo los peligros de este mundo, las traiciones, la guerra que se avecina entre los verdes y los negros, y me pregunto si estoy en la versión de la serie o en la del libro. Los detalles empiezan a mezclarse en mi mente; los personajes son los mismos, pero algunos eventos cambian según la adaptación. No tengo forma de saberlo con certeza, y eso me llena de pavor. Todo lo que pensaba que conocía es ahora una realidad palpable, una en la que puedo sangrar, en la que puedo morir.

El dragón da un pequeño paso hacia mí, sus garras dejando marcas en la tierra húmeda. Me mira como si intentara entenderme, y de repente, me siento menos sola. Quizás él también está perdido, como yo. Me arrodillo lentamente, extendiendo una mano temblorosa. No sé si me permitirá tocarlo, pero lo intento. Su piel es cálida, más suave de lo que esperaba. Un suave ronroneo emana de su garganta, y por un momento, olvido el terror de mi nueva realidad. Solo estamos él y yo, dos criaturas fuera de lugar, encontrándonos en medio del bosque.

—Hola, pequeño —le susurro, mi voz apenas un murmullo—. Supongo que nos tenemos el uno al otro ahora.

Sus enormes ojos dorados se entrecierran, y, en ese instante, siento una conexión profunda y visceral, como si estuviera destinado a ser mi compañero en este mundo extraño. Mi mente todavía está desordenada con la confusión de los recuerdos de dos vidas diferentes, pero una cosa está clara: este dragón y yo estamos atados por algo más grande que cualquiera de nosotros.

Así, con once años y una carga de conocimiento que ninguna niña de mi edad debería tener, me doy cuenta de que mi vida ha tomado un giro inesperado. No sé si estoy viviendo la versión de "La Casa del Dragón" o la del libro “Sangre y Fuego”, pero tengo un dragón, y con él, la promesa de un futuro que nadie, ni siquiera yo, puede prever.

 

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Sé que tengo que alimentar al pequeño dragón, aunque todavía no le he puesto un nombre. Me da la impresión de que me ha elegido, de la misma forma en la que yo lo elegí a él desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron en medio del bosque. Sin embargo, no tengo más que dos o tres órdenes en alto valyrio, pronunciadas con un acento horrible que me habría hecho enrojecer de vergüenza si mi septa me escuchara. Me esfuerzo en recordar cada palabra y la forma en que Daenerys hablaba con Drogon en la serie. A veces, cuando el pequeño me observa con esos enormes ojos dorados, siento que entiende mucho más de lo que deja ver.

Cada día, una sensación incómoda me aprieta el pecho cuando pienso en dejarlo a su suerte, tan solo en medio del mundo. Pero no tengo muchas opciones: él no puede quedarse en Bastión de Tormentas, donde cualquier mirada indiscreta podría descubrirlo, y mucho menos en mi habitación, entre cojines de terciopelo y sábanas bordadas con ciervos dorados. Así que le encuentro un refugio en una pequeña cueva en mitad del bosque, un lugar oculto y húmedo que nadie en su sano juicio visitaría voluntariamente, salvo yo. Allí, en ese escondite improvisado, cuido de él lo mejor que puedo.

Cada día, de puntillas y con el corazón en la boca, robo lo que encuentro en la cocina. A veces, es solo un trozo de pollo frío o algún conejo que ha escapado la atención de los cocineros. Durante la temporada de caza menor, las cosas mejoran un poco: perdices, codornices y, si tengo suerte, algún pavo despistado. Pero es durante la temporada de caza mayor cuando puedo alimentarle mejor; pequeños trozos de ciervo, corzo y jabalí que meto en mi abrigo a escondidas, esperando que nadie note las piezas faltantes. El miedo a ser descubierta nunca se va, pero me consuelo pensando que es por una buena causa. No estoy solo robando comida, estoy cuidando a la criatura más impresionante que jamás haya visto, una que parece pertenecerme de alguna manera inexplicable.

Sigo alimentándole, cada día sin falta, hasta que, meses después, algo cambia. Cuando llego a la cueva, lo encuentro devorando una liebre que, claramente, no he traído yo. Me detengo en seco, sin saber si sentirme orgullosa o asustada. Él me mira de reojo, con un brillo satisfecho en la mirada, como si quisiera decirme que ya no necesita mis trozos de carne robada. Lo veo desplegar sus alas, un poco más grandes y fuertes que antes, y lanzarse al aire con una velocidad que me deja sin aliento. Ese día, lo observo cazar sus primeras presas, saltando entre los arbustos con una agilidad que nunca había imaginado. Su figura se pierde entre la maleza, solo para reaparecer con un conejo en sus fauces, triunfante y cubierto de barro.

Es una mezcla de alivio y tristeza la que me invade. Por un lado, ya no dependerá exclusivamente de mí para sobrevivir, y eso es un peso menos sobre mis hombros. Pero por otro, me doy cuenta de que este pequeño dragón está creciendo más rápido de lo que jamás podría haber previsto. Ya no es la criatura indefensa que encontré aquella tarde, y pronto, la cueva se le quedará pequeña, como mi capacidad para mantenerlo en secreto.

Me siento en una roca y lo miro mientras devora su presa. Me doy cuenta de que esto no es solo un juego o una travesura más de una niña curiosa. Esto es real, peligroso y más grande que cualquiera de nosotros. Estoy criando a un dragón en un mundo donde el fuego y la sangre pueden cambiar el curso de la historia, y ni siquiera tengo un plan de qué hacer después.

 

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Hace algunas semanas que celebré mi duodécimo "día del nombre", y mi dragón, al que llamé Nébula por recordarme a las imágenes de esos extraños fenómenos espaciales que vi en otro tiempo y lugar que se sienten más como un sueño borroso, ya es tan grande como un poni. Sus alas, antes diminutas y frágiles, se han fortalecido y ahora parecen cortinas de fuego rosado y magenta cuando las extiende bajo el sol. Ya no cabe en la cueva original, así que juntos buscamos un nuevo refugio, una cueva más grande, oculta entre rocas y árboles que me ayudan a mantenerlo en secreto. La entrada es tan amplia que, con un poco de esfuerzo, Nébula puede entrar y salir sin problemas, y hay suficiente espacio para que se mueva, despliegue sus alas y descanse sin sentirse atrapado.

Nébula ha empezado a cazar presas más grandes; jabalíes jóvenes y corzos parecen ser sus favoritos, aunque no le hace ascos a un buen faisán gordo cuando lo encuentra. A veces lo veo acechar desde las sombras, esperando el momento perfecto para lanzarse sobre su presa, y me doy cuenta de que su instinto de cazador se está afinando, volviéndose más preciso y letal. Lo observo, fascinada, desde un escondite cercano, conteniendo la respiración cada vez que se abalanza con una rapidez que me deja atónita. Su destreza me enorgullece, y aunque sé que su fuerza sigue creciendo, hay un lado tierno en él que no desaparece, un lado que me busca con esos ojos dorados para compartir su éxito.

Al caer la noche, cuando todo está en calma y el viento susurra entre los árboles, me siento a su lado y dejo que mi mano recorra sus escamas tibias y rugosas. Él emite un sonido suave, algo entre un ronroneo y un gruñido, que me hace sonreír. Nébula es mi secreto mejor guardado, mi responsabilidad y mi amigo en un mundo que, por momentos, se siente ajeno. Aquí, junto a él, las preocupaciones de mi vida en Bastión de Tormentas parecen desvanecerse. No importa cuántas veces me diga que esto es peligroso, que todo esto podría acabar mal; la verdad es que, junto a Nébula, me siento más viva que nunca.

 

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Estoy a pocos días de mi décimo tercer día del nombre, y últimamente mi vida ha cambiado de formas que nunca esperé. Mi padre, el poderoso Señor de Bastión de Tormentas, ha comenzado a incluirme en sus conversaciones sobre el futuro de sus hijas, esos interminables discursos donde traza alianzas y planes de matrimonio como si estuviéramos hablando de piezas de ajedrez. Me siento incómoda en esas reuniones, como un extraño objeto que no encaja en la colección familiar. Cassandra y Maris, las mayores, encuentran siempre la manera de hacerme quedar mal ante él, con comentarios mordaces y miradas que se clavan como agujas. A veces es un susurro sobre mis "caprichos infantiles" o una burla disfrazada de broma sobre mi cabello.

Floris y Ellyn, aunque más pequeñas, no se quedan atrás. Ellas cuatro se parecen tanto entre sí que es fácil olvidarse de cuál es cuál. Tienen el cabello oscuro y brillante de madre y los mismos ojos marrones de padre, sus rostros perfectos y armoniosos como si hubieran salido de la misma pintura. Son la viva imagen de lo que se espera de una hija Baratheon: fuertes, decididas y tan unidas como los dedos de una mano.

Yo, en cambio, soy la extraña, el patito feo en esta familia de ciervos negros. Mi piel es pálida como la nieve, el cabello tan blanco que brilla a la luz del sol como si estuviera hecho de hebras de plata, y mis ojos, esos malditos ojos violetas que me delatan como un error de sangre. No es un secreto que heredé la apariencia de mi bisabuela, la princesa Alyssa Velaryon, quien también fue un recordatorio constante de alianzas pasadas y linajes que mi padre nunca ha terminado de digerir. Para él, sin embargo, mi aspecto no es motivo de desdén; al contrario, siempre dice que soy tan bonita como ella lo fue, como si mi rostro pudiera compensar mi diferencia, como si la belleza pudiera curar la herida de ser diferente.

Cada vez que me dice eso, me siento peor. Porque, aunque mis hermanas me odien y traten de ponerme piedras en el camino, al menos tienen un lugar definido en esta familia. Yo, con mi cabello de luna y mis ojos de amatista, soy una constante anomalía, un recordatorio vivo de que mi sangre no es completamente suya. Soy una Baratheon de nombre, pero no en apariencia, y eso me persigue en cada mirada de mis hermanas, en cada susurro a mis espaldas, en cada sonrisa forzada de mi madre, que nunca ha ocultado su incomodidad al mirarme.

Y sin embargo, aunque lo niegue ante todos, hay algo en esa diferencia que me gusta. En mi reflejo, veo algo que ellas nunca tendrán: un vínculo secreto con el pasado, con esa sangre antigua de los dragones que recorre mis venas y que, a pesar de todo, me ha dado a Nébula. Él es la única criatura en este mundo que no me juzga por lo que ven mis hermanas o mi madre. A su lado, bajo su protección, no soy un patito feo ni una anomalía; soy simplemente yo, la jinete de un dragón que crece más y más cada día, como un reflejo de mi propia fuerza que aún estoy aprendiendo a descubrir.

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Estoy a mitad de camino hacia mi decimocuarto día del nombre, y algo ha cambiado en Nébula. Ya no es solo su tamaño, aunque crece a un ritmo tan vertiginoso que a veces me pregunto si se va a detener alguna vez. Ha superado la cueva, su refugio seguro, y ahora prefiere un pequeño claro que ha encontrado no muy lejos, lo suficientemente grande para él, pero lo bastante escondido para que nadie más lo vea. Allí, entre árboles y hierba aplastada, ha creado su propio espacio, un lugar que marca como suyo con cada exhalación de fuego.

Lo sé porque el suelo está cubierto de ceniza y quemaduras, y porque a menudo me encuentro con huesos calcinados, algunos pequeños y delgados como de corzo, otros más grandes, quizá de jabalí. Es su rincón privado, su pequeño reino de fuego y hueso, donde cocina y devora a sus presas con una voracidad que nunca deja de sorprenderme. Pero no es eso lo que me inquieta. Lo que me tiene verdaderamente preocupada es algo nuevo, un comportamiento que no había visto antes y que no entiendo del todo.

Nébula se mueve con más ansias, con una energía contenida que no parece saber cómo liberar. Estira su cuerpo largo y poderoso, despliega sus alas como si quisiera medirlas contra el cielo, y luego, con una mirada fija en mí, espera. Me observa con sus grandes ojos dorados, brillantes como monedas recién acuñadas, expectantes. A veces, baja su pecho al suelo y ondula su espalda en un movimiento que parece invitarme. No lo dice, pero lo sé. Quiere que me suba a él.

Es un gesto casi tierno, como si intentara convencerme de algo que yo aún no estoy lista para aceptar. Su postura, medio agachado, me recuerda a un perro esperando que le lancen un palo para jugar. Pero Nébula no es un perro. Es un dragón que crece demasiado rápido, y su invitación, aunque silenciosa, me llena de temor. La posibilidad de montarlo, de lanzarme a ese nuevo mundo de altura y velocidad, de cielos y vértigo, es demasiado. No me siento preparada. No todavía.

En vez de aceptar, prefiero quedarme donde me siento segura, tumbada sobre el brezo húmedo y frío del otoño, tomando el sol entre tormenta y tormenta, dejándome calentar por esos débiles rayos que logran colarse entre las nubes. Observo a Nébula desde la distancia, maravillada por cada nuevo cambio que aparece en él. Sus cuernos, que hace poco eran lisos, han empezado a crecer y a retorcerse, desarrollando pequeñas púas a lo largo de su estructura, puntiagudas y afiladas como los brazos de una cigala. Sus escamas, de un magenta brillante, se vuelven más gruesas y resistentes, y sus movimientos, cada vez más elegantes y letales.

Es fascinante verlo crecer y transformarse, pero me siento pequeña ante él. Siento que cada día que pasa, me alejo más de ser la niña que un día lo alimentó con conejos y perdices, y me acerco más a ser la jinete de un dragón que ya no puede ocultarse en una cueva. Nébula me mira, siempre con esa paciencia infinita, como si supiera que ese momento llegará cuando ambos estemos listos. Pero, por ahora, simplemente me quedo allí, a su lado, observando cómo su sombra se alarga y cubre el claro entero, cubriéndonos a ambos en un mundo solo nuestro, en el que los cielos aún no son más que una promesa lejana.

 

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Ese día llegó, finalmente, en mi decimocuarto día del nombre. El día que subí por primera vez a la espalda de Nébula y me lancé al cielo. Pero no fue un día de celebración, como debería haber sido. No, fue uno de esos días que parecían diseñados para recordarme cuánto sobraba en este mundo. Cassandra, Maris, Floris y Ellyn se habían unido como siempre, formando una barrera de burlas y susurros venenosos, dispuestas a arruinar lo poco que me hacía feliz.

Mi madre, con su mirada distante, se había vuelto más fría con los años, y mi padre… mi padre solo veía en mí una joya para intercambiar por alianzas y favores. Su “diamante en bruto”, su “gran tesoro”, decía, como si eso me convirtiera en algo más que una ficha en su juego. Cada una de sus palabras, aparentemente llenas de elogios, solo servía para alimentar el odio y el desprecio que mis hermanas sentían por mí. Ellas tenían el amor de nuestra madre y el respaldo de nuestro padre; yo solo tenía un futuro predefinido, sin voz ni voto en él.

Así que, cuando la ocasión lo permitió, corrí hacia el único lugar donde me sentía libre. Hacia el bosque, hacia Nébula. El peso de todo el día se arrastraba conmigo, cada paso resonando con la rabia y la tristeza de estar atrapada en un destino que no había pedido. Corrí hasta que me faltó el aliento, con los sollozos desgarrando mi garganta. Y entonces, como siempre, Nébula apareció entre los árboles, surgiendo de las sombras como un sueño que sólo yo podía ver. Bajó su cabeza hasta mí, y sin dudarlo, me invitó a subir a su espalda con esa mezcla de paciencia y urgencia que siempre me muestra. Esta vez, no me lo pensé. No rechacé su invitación.

Subí con cuidado, sintiendo cómo sus escamas cálidas se deslizaban bajo mis manos. Sorteé las afiladas púas que se alzaban en sus costados, evitando las más grandes que protegían la base de sus alas, fuertes y musculosas. Mis piernas se apretaron contra su cuerpo, encontrando un equilibrio entre sus hombros. Me aferré a una de sus púas más gruesas, anclándome a él, mientras el corazón me golpeaba con fuerza en el pecho.

Y luego, con un bramido que vibró en mis huesos, Nébula se alzó.

La primera sacudida me dejó sin aliento, como si el suelo se desmoronara bajo nosotros, desapareciendo en un instante. Nébula saltó del claro, batiendo sus alas con una fuerza descomunal, impulsándonos hacia el cielo con una rapidez que me hizo sentir como si me estuviera desintegrando. El aire frío me azotó el rostro, pero no me importó. Cerré los ojos y dejé que la sensación me invadiera, sintiendo cómo cada fibra de mi ser se liberaba de la tierra que me encadenaba.

Era más de lo que había imaginado, más de lo que cualquier sueño podía haberme preparado. Sentí el rugido del viento contra mis oídos, el latido rítmico de las alas de Nébula, cada movimiento firme y decidido, como si él supiera exactamente a dónde quería llevarme. Bajo nosotros, el bosque se reducía a un mar de verdes y marrones, manchados de sombras y luces que danzaban con el último sol del atardecer. Las copas de los árboles pasaron de ser muros infranqueables a simples manchas borrosas. Por primera vez, estaba por encima de todo. Literalmente.

Abrí los ojos, y la inmensidad del cielo me recibió con un abrazo que no era ni frío ni cálido, sino infinitamente liberador. Me sentí pequeña y, a la vez, invencible. Podía ver el horizonte extendiéndose más allá de lo que mi mente podía abarcar, y por un instante, todo lo que me atormentaba desapareció. No había juicios, ni promesas vacías, ni voces burlonas. Solo estaba el aire, el cielo, y Nébula y yo, volando como si el mundo no tuviera límites. Cada pirueta, cada giro inesperado, me arrancaba una risa descontrolada que el viento se llevaba al instante, pero que para mí lo significaba todo.

Nébula rugió, y ese sonido, potente y resonante, parecía decirme que esto, este momento, era solo nuestro. Que, por fin, era libre, aunque solo fuera por unos minutos. Y allí, suspendida entre el cielo y la tierra, sobre el lomo de mi dragón, entendí que, pase lo que pase, siempre tendré el cielo. Siempre tendré a Nébula.