Chapter Text
—Tan descortés como siempre —murmuró Aziraphale, y reprimió una maldición.
Qué otra cosa se podría esperar de un individuo como Crowley . Aún jadeaba por la agitada carrera hasta el elevador, sólo para contemplar cómo se cerraba a un metro de su elegante mocasín. Crowley se había quedado literalmente de brazos cruzados, le había dedicado una mueca levantando las cejas por sobre sus lentes oscuros y no había hecho siquiera un ademán para sostener la puerta.
Las oficinas de Recursos Humanos se asentaban en el vigésimo quinto piso, tomar las escaleras no era una opción y Aziraphale ya iba con retraso.
—No le hubiera costado nada haber sostenido la puerta por un segundo —rumiaba esperando el siguiente elevador—. Presumido, egoísta, altanero, petulante…
Alguien se aclaró la garganta a su lado, y cortó su verborrea. Gabriel A. Silverman, el CEO de Hangers from Eden , se paró muy tieso a su lado, enfundado en su traje Armani de un blanco impoluto, un pequeño pañuelo borgoña en su bolsillo exhalaba notas de cedro y lavanda.
—Fell —lo increpó—. ¿No deberías estar trabajando?
—Buenos días, Gabriel —saludó Aziraphale, y se arrepintió al instante; Gabriel odiaba que se dirigiese a él por su nombre de pila—. Estaba de camino a mi oficina justo ahora.
El elevador se abrió y Gabriel subió, dejando a Aziraphale en el pasillo.
—No te vendría mal usar las escaleras, Fell —dijo antes de que se cerrara la puerta—. Así bajarás la barriga.
Aziraphale estaba acostumbrado a comentarios por el estilo de parte de sus superiores, inconscientemente llevó sus manos a su estómago cubierto por su chaleco de lana color canela. Sus mejillas estaban arreboladas cuando llegó a la oficina con el rótulo Coordinador de Beneficios en la puerta; se sentó y secó con su pañuelo la fina capa de sudor que cubría su frente. Una alta pila de solicitudes se alzaba en su escritorio a la espera de ser rechazadas, a su pesar. Atesoraba las raras ocasiones en que se veía aceptando una solicitud de licencia u otorgando a algún empleado los beneficios que le correspondían. Resignado, se dispuso a ponerse al día con su trabajo.
El recuerdo de Crowley lo asaltó, y la mueca de disgusto se acentuó en su rostro. Era un tipo tan desorganizado y beligerante, disoluto e irresponsable, actuaba como si el mundo le perteneciera. Con sus ajustados pantalones de cuero negro, extravagante cabello teñido de un subido color rojo y ese tatuaje debajo de su oreja, se llevaba a todos por delante, ocupado sólo en su propio bienestar. Aziraphale sabía que entraba y salía como le daba la gana, sin respetar los horarios; y ni sus mismos compañeros querían estar cerca de él. Lo había visto en una ocasión fumando junto a su antiguo Bentley de colección, enseñándolo como a un juguete; una muchacha había salido del edificio y le había pedido una vuelta con actitud seductora. Crowley la rechazó sin más, y subió a su auto con la misma cara que pondría él de haber encontrado excremento de pájaro en su traje favorito. Como puede existir un ser tan negligente, inmaduro, fanfarrón, enervante.
En el piso 27, Anthony J. Crowley se repantigaba en su silla, un teléfono entre su hombro y su oreja y una pluma en su mano izquierda. Como representante de ventas de Hell’s HookR’s, su tareas se limitaban a convencer a la mayor cantidad de personas para que ordenaran pilas y pilas de perchas. Su personalidad seductora hacía a su trabajo sencillo, sin embargo no le satisfacía para nada. A su lado, Hastur y Ligur parloteaban en sus respectivos teléfonos, convirtiendo a potenciales clientes en esclavos de su marca. Crowley los ignoró, como hacía siempre. Desde que Hangers from Eden (HFE™) se mudara a su edificio, sus jefes se habían vuelto más exigentes y menos tolerables frente a los errores. Por ello, cada reporte que Crowley entregara a Belcebú era una alabanza a su arduo e impecable trabajo; si la Gerente de Ventas no corroboraba la información no era problema suyo.
A la hora del receso de almuerzo, Crowley se dispuso a bajar para fumar un cigarrillo. Junto a las puertas de entrada se topó con Fell, de nuevo. Aziraphale Z. Fell tenía una oficina en HFE™; Crowley conocía poco del sujeto. Le daba la impresión de un carácter pomposo y soberbio, con sus trajes de tres piezas y reloj de bolsillo, modales refinados y pañuelos de seda. Sus caminos tenían la mala costumbre de cruzarse, pareciera que no podían dar dos pasos sin tropezar el uno con el otro.
Fumó su cigarrillo dando largas caladas y, al terminar, encendió otro. No era la nicotina lo que su sistema nervioso le exigía sino el alejarse el mayor tiempo posible de su oficina. Odiaba su trabajo, al igual que el resto de los empleados de ese lugar, estaba seguro. Observó cómo Aziraphale entraba por las puertas de madera tratada, con pasos cortos y un libro bajo el brazo, tarareando suavemente.
Al llegar a su oficina, aún maldecía entre dientes.
—Pretencioso, narcisista, arrogante, elitista —murmuraba Crowley—. Por supuesto que almuerza solo, nadie es lo suficientemente bueno como para merecer su compañía, ¿verdad? —siguió en tono ausente, sentándose frente a su escritorio y echándose otro dulce de anís a la boca.
Aziraphale excitaba sus nervios, lo tenía trepando por las paredes. Siempre tan educado, tan pulcro, tan propio, tan correcto. Era perfecto, dentro y fuera de su oficina. No lo verías en un bar o en una discoteca; nunca hablaba de borracheras ni de conquistas nocturnas. Todo lo que Crowley había escuchado sobre el sujeto eran conciertos de música clásica y pesados libros de más de mil quinientas páginas. Su amabilidad e inocencia lo exasperaban, su aspecto suave y dulce le daba ganas de morderlo.
—¡Crowley! —gritó Belcebú desde la puerta—. Te oigo despotricar desde aquí, ponte a trabajar.
—Imbécil —farfulló Crowley, esa vez el insulto no iba dirigido a Aziraphale.
***
Fue como un deja vu , pero esta vez las cartas estaban del otro lado de la mesa, y Aziraphale iba a demostrar que era el mejor hombre de los dos. Sostuvo con su mocasín la puerta del elevador, y se movió a un lado cuando Crowley entró en el pequeño cubículo.
—De nada —remarcó con una mueca significativa. Por supuesto había sido tonto esperar un “gracias” .
—¿Qué? ¿Hacer una buena obra no es pago suficiente? —respondió Crowley—. Ayudaste a un alma descarriada a subir a un elevador, gran hazaña.
—Es más de lo que tú hiciste.
—Claro, yo no soy tú —señaló Crowley—. Tú eres tan amable —pronunció la última palabra como si le doliera.
—Gracias —respondió Aziraphale, esponjándose.
—No fue un cumplido —aclaró en tono mordaz—. No puedes hacer algo incorrecto, aunque quieras ¿verdad? —dijo, inclinándose en su dirección; y su tono adquirió el aterciopelado carácter de un Cabernet Sauvignon derramandose en su oído.
Aziraphale se sintió transportado por esa voz; acostumbrado a que Crowley se dirigiera a él con chasquidos secos y ásperos, este inusual tono sensual le recorrió el cuerpo, y le aflojó las piernas. Tomó de pronto consciencia de su cercanía en tan reducido espacio. Sus palmas comenzaron a sudar profusamente, la presencia de Crowley lo saturó, su personalidad tan intensa que se le hacía avasallante.
—¿Por qué no vuelves a la pintura renacentista de la que te escapaste? —siguió Crowley, acercándo su rostro cada vez más al de Aziraphale, divertido con el efecto que producía en él. La espalda de Aziraphale golpeó contra la pared del elevador, y Crowley dio otro paso, hipnotizándolo como una serpiente encantaría a un pajarillo.
—Bueno, en ese caso —respondió Aziraphale, intentando mantener la calma; sus mirada cayó sobre el arete que colgaba del lóbúlo a pocos centímetros de su rostro, ahora podía apreciar las líneas del tatuaje debajo de esa oreja—; tú pareces salido de la cubierta de un álbum de Rock de los ‘80.
Crowley soltó una pequeña carcajada.
—¿Ves? Eso sí es un cumplido, ángel —respondió con una sonrisa torcida.
El término tomó a Aziraphale por sorpresa, quien se esforzó por devolver el golpe. Crowley logró abrumarlo al punto en que sus pensamientos se amontonaron en su cabeza sin orden ni método, y él se convirtió en un ser incapaz de acción o palabra. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración sobre su rostro, el aroma del tabaco mezclado con notas de anís y jengibre. Miró las luces sobre la puerta, indefenso, piso 20, piso 21 .
—Tú eres tan… eres un… —tartamudeó, y Crowley se acercó aún más, curioso al verlo tan nervioso y embarazado.
—Dímelo —tentó Crowley, mostrando sus dientes de un blanco brillante. Sus lentes oscuros cayeron un centímetro sobre su nariz y Aziraphale lanzó una tímida expresión de asombro al ver por primera vez sus ojos.
— Astralía —susurró Aziraphale.
Crowley podía esperar muchas cosas, excepto eso; la sonrisa desapareció al instante. Qué rayos había dicho . Su confusión fue tal que se alejó de Aziraphale con movimientos automáticos. Éste se había llevado los dedos a los labios, abochornado por la palabra que, contra su voluntad, había abandonado su boca. En el segundo en que el elevador llegó al Piso 25 con un tinteneo, Aziraphale corrió a su oficina sin mirar atrás.
Crowley lo vio alejarse en silencio. Seguía aturdido cuando llegó al piso 27, y caminó con pasos lentos hacia su escritorio. Qué había dicho. Ostra… Autria…
—Algo así —murmuró Crowley, mientras tecleaba con rapidez.
Ostramía, intentó. Frustrado lo eliminó y probó Austrelía . Aparecieron una serie de entradas relacionadas con Australia. Astromía tampoco arrojó un resultado satisfactorio, pero debajo de la barra del buscador aparecieron sugerencias: astronomía, astralía, astrología, astrometría. Con un gesto de triunfo, seleccionó astralía , y leyó atentamente.
Astralía: Término poco común, utilizado en español antiguo. Se encuentra en obras literarias como "La celestina" y el "Cantar de Mío Cid".
Proviene del latín "astralis", que significa "estelar" o "celestial".
Se utilizaba para decribir:
- la belleza misteriosa y celestial de las estrellas
- La influencia astral en la vida humana
- La conexión entre lo terrenal y lo celestial.
Crowley se sintió aún más confundido. Fell le había arrojado en la cara el insulto más extraño que había oído, y resultaba que ni siquiera era un insulto. El ángel no era capaz de insultar con propiedad, debía expresarse como si hubiera salido de una obra de Shakespeare o algo así. Y esos rizos desordenados, mejillas sonrosadas y sonrisa con hoyuelos; Crowley recordó lo cerca que había estado su rostro del de Aziraphale, el olor avainillado que escapaba de su cabello, el rubor que había teñido su piel.
—Es como si un pastel de crema hubiera cobrado vida y se vistiese con chaleco y corbata de moño —escupió sin pensar Crowley—. Es tan… tan… adorable —pronunció como si se tratara de la peor de las injurias.
***
Una hora antes de que acabara su turno, Crowley se deslizó por los pasillos, ansioso por llegar a su casa y echarse frente a la TV con un vaso de whisky en la mano. Ya lidiaría con las reprimendas por abandonar su escritorio fuera de turno en la reunión del lunes por la mañana, como lo hacía todos los lunes desde que entrara a trabajar allí. Al pasar frente a las oficinas de HFE™ , un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Carteles motivacionales declaraban que “Juntos podemos hacer grandes cosas” y “Servir es nuestra misión, satisfacer es nuestro destino” acompañados de imágenes de leones, tigres y lobos en su hábitat natural; más allá un mural llevaba la inscripción “Somos una gran familia” rodeada de fotografías donde los empleados se alineaban unos junto a otros con el mismo horrendo sombrero, maquinalmente Crowley buscó a Aziraphale entre la multitud y lo encontró en un rincón, casi escapando de la foto, sus blondos rizos aplastados por el sombrerito con el logo de las alas y el halo. Crowley odiaba esos pasillos porque sabía que eran una pura mentira. Los empleados eran sistemáticamente explotados, a nadie le importaban sus necesidades y además debían fingir que les agradaba trabajar allí. Qué asco. Todo para que gente como Gabriel o Belcebú pudieran ganar dinero.
—Al menos en nuestro lado admitimos que este trabajo es una mierda —reflexionó en voz alta—, y que no nos soportamos.
En el piso 25, se cruzó con Maggie, y su rabia se apagó al instante. Era la única excepción para su desprecio general por los empleados de HFE™ ; Maggie era una persona dulce y amable, con un sentido del humor que Crowley encontraba refrescante. Habían sido amigos desde que sus respectivas empresas los dejaran varados en una expedición empresarial conjunta, y acabaran en una gasolinera devorando sandwiches rancios y relatándose mutuamente sus desgracias. Solían saludarse y bromear en cada ocasión en que se encontraran por los pasillos. En ese momento los ojos de Maggie estaban rojos e hinchados.
—Maggie, ¿qué ocurre? —preguntó, preocupado.
—Oh, hola Crowley —saludó Maggie en voz baja, y se secó la lágrima que resbalaba por su mejilla—. Mi hijo, Tom —Crowley asintió para indicar que recordaba a Tom—, lo asaltaron de camino al trabajo, recibió dos puñaladas —explicó Maggie, y un nuevo ataque de llanto la atacó.
Crowley la abrazó con torpeza.
—Lo siento tanto —murmuró.
—Está bien, los médicos son optimistas y saldrá del hospital en un par de semanas —siguió Maggie, y Crowley le dedicó una incómoda sonrisa.
—Eso es bueno —dijo, sin saber qué más decir—. Ahora vas saliendo, ¿vas a verlo?
—No, debo quedarme hasta las seis —sacudió su cabeza Maggie.
Crowley miró a su alrededor, pronto detectó la oficina de A. Z. Fell.
—Ve con tu hijo —urgió Crowley—. Yo hablaré con ellos.
—No puedo —insistió Maggie.
—Hey, ¿confías en mí? —preguntó Crowley, y Maggie asintió brevemente—. Entonces ve, yo lo arreglaré.
Maggie lo abrazó, “ gracias gracias gracias” espetó antes de irse corriendo en dirección al elevador. Crowley se dirigió con paso resuelto hacia la oficina de Aziraphale, antes de que amagara a abrir la puerta, se escuchó su suave voz desde dentro: “Adelante”. Los paneles de vidrio de la puerta le habían dado una visión completa de la escena, y en su cerebro se encendió la curiosidad por A. J. Crowley, ese enigma de piernas largas y sonrisa puntiaguda.
—Fell —escupió Crowley—, basta de juegos y palabras raras, esto es importante.
—Debe serlo para que entres de ese modo a mi oficina, sin cita previa —dijo Aziraphale—, y sin siquiera saludar —puntualizó.
Crowley levantó las cejas, su rostro entero dio muestras de desdén.
—Buenas tardes, ángel —dijo imitando una voz dulce—. Ahora escucha, Maggie se irá a ver a su hijo al hospital y —levantó un dedo en señal de advertencia— no tendrá consecuencias por ello.
—Maggie solicitó una licencia por enfermedad para cuidar a su hijo —explicó Aziraphale, bajando la vista.
—Eso está mejor —concedió Crowley.
—Me temo —siguió Aziraphale—, que debí rechazar su solicitud.
—¿Qué? —exclamó Crowley—. ¿Por qué harías tal cosa? Se supone que tú eres el bueno.
—Las reglas de la compañía no me permiten… —suspiró Aziraphale—, Tom tiene ya dieciocho años, la licencia no lo cubrirá.
—Ah, eres ese tipo de bueno, entonces —respondió Crowley con un dejo de asco en su voz—. Igual que tus jefes, sólo es una fachada.
—Bueno… —admitió Aziraphale, y Crowley vio una chispa de ingenio en sus ojos azules—. Tuve que rechazar la licencia por enfermedad, en su lugar di curso a una licencia por maternidad; podrá faltar al trabajo y cobrará su sueldo, más beneficios.
—Pero Maggie no está embarazada —respondió Crowley, confundido.
—Tú y yo sabemos eso —dijo Aziraphale, sonriendo—; mis jefes no se fijan en empleados como Maggie, esas son las ventajas de no ser notado.
—¿Crees que funcione? —preguntó Crowley, estaba asombrado aunque se negara a admitirlo.
—Para cuando lo noten será tarde —dijo Aziraphale, señalando con gesto de su mano la falta de importancia del asunto—, y será achacado a un error mío. Y ahí están las ventajas de que supongan siempre que me equivocaré —agregó Aziraphale, y ese brillo de inteligencia volvió a pasar por sus ojos.
Crowley deseó poder atrapar ese brillo entre sus dedos, guardarlo consigo en una caja de cristal.
—Cuando termine la licencia —probó Crowley—, a Maggie podría darle cáncer.
—¡Oh no! —exclamó Aziraphale, presa del horror; luego el entendimiento encajó en su mente—. ¡Oh! ¡Entiendo! —rio de la ocurrencia—, es cierto —aseguró con sonrisa taimada—, o podría seguir embarazada por un par de años. Entre tú y yo, no creo que Gabriel acabe de comprender la mecánica del asunto.
Crowley rio sonoramente, y Aziraphale observó el desajuste de su garganta, el sube y baja de su pecho debajo de su chaqueta. Su risa le sonó extraña al oído, con un dejo sibilante; la encontró fascinante e hipnótica.
Crowley dejó su oficina luego de su corto intercambio; Aziraphale siguió con la vista los gráciles movimientos de su andar bamboleante. El aroma del anís acompañó sus pensamientos hasta el momento en que se enfundó entre las frescas sábanas y apagó la luz del velador en su cabecera. El libro reposado en su mesilla de noche permaneció ignorado. Por algún motivo no había logrado concentrarse en la lectura esa noche.
***
Crowley despertó con un sobresalto; la saliva se secaba alrededor de su boca y el cuello le dolía a causa de la mala postura. Se enderezó dentro del cubículo, sus largas piernas estaban entumecidas, dobladas durante más de tres horas entre el retrete y la puerta. Las siestas en el trabajo iban a costarle la salud, y la columna. Miró su reloj y lanzó una exclamación. Debía haberse ido desde hacía rato; cuando se escapó de su escritorio en dirección al baño no creyó haber estado tan exhausto. Su noche había estado plagada de sueños pero no de descanso, un insistente olor a vainilla lo despertó cubierto en sudor en varias ocasiones.
Los tacones de sus zapatos resonaron por los pasillos desiertos; las voces se escucharon estridentes en la lejanía y guiaron sus pasos en su dirección, hasta la puerta entornada de una oficina. No podría confundir esa voz: Belcebú refunfuñaba con su zumbido habitual. Discutía con una voz grave y masculina, que con frases despectivas acababa llegando a un acuerdo favorable a ambos, desfavorable para todos los demás.
Crowley no comprendió la mitad de lo que escuchó, perdido en ambigüedades e ironías. Rescató, sin embargo, varios datos de relevancia. Hangers from Eden y Hell’s HookR’s estaban lavando dinero y evadiendo impuestos. Dos tontos iban a ser elegidos para cargar con la responsabilidad por el fraude, y su propio nombre se pronunció sin dilación. Un sujeto ajeno al espíritu de la empresa, sin amigos y con varios enemigos, que apenas cumplía con su trabajo pero llenaba los reportes como si fuera el empleado del mes, cada mes. Un fanfarrón que se llenaría la boca hablando de su supuesto ascenso y firmaría los papeles necesarios. Era perfecto.
Crowley se mordió los labios conteniendo la rabia. Y entonces Gabriel habló. Él también tenía al sujeto idóneo para el puesto, un estúpido solitario y vanidoso, con corazón blando y la cabeza en las nubes. Le propondría el puesto de Director de Administración y Bienestar Humano en el próximo Encuentro de Coordinación y Planificación.
