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Eso y más

Summary:

Están sucediendo de nuevo, gente ha despareciendo, el último: Arthur Weasley. Hermione está decidida a llegar al fondo de éste nuevo misterio y para ello decide buscar a Harry que se ha alejado del mundo mágico tras una tragedia ocurrida diez años atrás. Harry tendrá en sus manos una nueva oportunidad para recuperar su vida y algo más

Notes:

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Work Text:

Capítulo I

Tatuajes

 

—Por los clavos de… —Hermione arrugó la nariz al percibir el hedor a humedad que desprendía toda la casa. 

Tenía años sin visitar el número 12 de Grimmauld Place. En apariencia el lugar parecía completamente deshabitado sin embargo estaba segura que su dueño seguía allí. Lo conocía lo suficiente como para saber que no era de los que daba la vuelta a la página tan fácil. Menos después de todo lo que había pasado.

O por lo menos creyó conocerlo… Hace tanto tiempo de eso, pensó.

—¡Alto intruso! —Para su sorpresa el viejo Kreacher se apareció delante de ella cerrándole el paso.

—Hola Kreacher, vengo a ver a tu amo. Soy Hermione Granger ¿me recuerdas? —el elfo pareció decir algo que había sonado a otra maldita sangresucia pero Hermione lo ignoró.

—El amo no quiere recibir a nadie. El amo desea estar solo.

—Kreacher, es realmente importante que vea a tu amo. ¿Sabes quién soy yo? —Hermione estaba segura que el elfo diría que sólo era otra maldita sangresucia como hace un momento pero la criatura se limitó a observarla fijamente sin emitir palabra —. Soy la Ministra de Magia. Vengo a hacerle una visita oficial —el elfo pareció sopesar por un momento las palabras y unos segundos después relajó su pose defensiva.

—El amo duerme… él duerme mucho últimamente…

Kreacher se dio media vuelta, Hermione avanzó detrás de él dándose cuenta que iban a lo que una vez fue un recibidor. En medio del gran salón se encontraba un destartalado sofá donde yacía un hombre… su hombre. Se acercó más a él pudiendo notar el cabello igual de rebelde que siempre ahora con unos mechones plateados sobre sus sienes. Había una barba espesa, completamente desaliñada, los lentes caían sobre su pecho justo al lado de una botella de bourbon completamente vacía. De igual manera, desperdigadas por el suelo, había un sinfín de botellas de whisky y cerveza, todas vacías.

—Amo… —Harry no se movió ni un poco —. Amo, la Ministra ha venido a verle —Kreacher intentó de nuevo esta vez moviéndole un poco el hombro pero Harry parecía petrificado —. Amo…

—Déjalo, yo lo hago —Hermione levantó la varita percibiendo como Kreacher se tensaba. De no haber tenido delante de ella un espectáculo tan patético seguramente se hubiera reído por la preocupación que el elfo le demostraba a Harry. La pobre criatura se relajó al ver que de la punta de su varita sólo salió un chorro de agua que cayó directamente en la cara de Harry.

—Qué coño…

Los lentes cayeron al suelo chocando con una lata de cerveza, el propio Harry trastabilló al incorporarse, se pasó las manos por el rostro y luego por el cabello. Después empezó a buscar sus lentes que fueron rescatados por Hermione quién se los terminó ofreciendo a Harry.

—Hermione Granger, vaya sorpresa —Harry se incorporó. Tenía un tufo etílico que por poco desmayaba a Hermione —. ¿A qué debo el honor de su visita señora Ministra? —Harry se tambaleo por la habitación pateando botellas vacías hasta que llegó a un pequeño estante al fondo. Cogió una botella a medio terminar, la destapó sin ningún cuidado y le dio un largo trago. Hermione sólo pasó saliva viendo las acciones de su amigo e intentando ignorar la nauseabunda sensación que todo eso le había provocado—. ¿Bien?

—Harry… —el hombre que una vez fue su mejor amigo la observó detenidamente. Esta vez con la mirada más enfocada y sin vacilaciones —. Yo…

—Han pasado diez años desde la última vez que nos vimos. Creo que es algo tarde para compadecerte de tu pobre amigo —un escalofrío recorrió el cuerpo de Hermione al escucharlo. No había ni un sólo atisbo de emoción. Era como si la vida en Harry se hubiera drenado y ahora sólo quedará un recipiente que intentaba llenarse de licor barato.

—Te necesitamos, Harry —el hombre enarcó una ceja —. El Ministerio, tus amigos, tu familia, tus hijos… todos te necesitamos.

—El mundo mágico, el mundo muggle, Hogwarts, seguro que Azkaban también pero ¿sabes qué? Me importa una mierda.

Hermione pensó que ante la mención de sus hijos lo ablandaría un poco. Se había equivocado. En cambio, el rostro de Harry se volvió más hosco.

—Han comenzado de nuevo… las desapariciones. Magos, muggles. Los aurores no están seguros y el jefe cree que…

—¿Yo podría ayudar? —dijo Harry caminando hacia el sofá —. Así como ayudé a los chicos del tren hace diez años —Harry se derrumbó en el sofá bebiendo otro largo trago de su botella. Hermione sabía que sus ojos se habían humedecido pero no quería que él lo notara. 

—Lo que les pasó a esos chicos fue terrible. Pero nadie podía adivinar…

—¿Qué Crabbe padre iba a incendiar tres vagones llenos de chicos que estaban por ingresar a Hogwarts justo en las narices del reluciente Jefe de Aurores y sus agentes estrellas? Claro que nadie podía imaginarlo. Menos el imbécil Jefe de Aurores que no pudo llevar una buena investigación sobre los mortífagos aún prófugos. Creo que El Profeta dio una buena reseña de como Harry Potter, el gran héroe y Jefe de Aurores, se equivocó y que gracias a él murieron decenas de niños. Vamos, les importó muy poco que Crabbe padre terminara muerto, después de todo, ya era muy tarde.

Hermione cerró los ojos para no ver como Harry terminaba la botella de un trago más. No quería recordar ese día, nadie lo quería realmente, pero parecía que Harry lo revivía a cada instante mientras se mantenía encerrado en ese caserón que estaba a punto de caer. 

—Harry, por favor, regresa. No puedes acabar así.

—¿Por qué no? Es mejor esto que lo que les pasó a esos críos, ¿no crees? —Hermione negó exasperada —. Oliver es bueno, déjalo hacer su trabajo, él es mejor Jefe de Aurores de lo que pude llegar a ser.

—¿Y los chicos? James tiene doce y Albus este año ingresa a Hogwarts ¿de verdad no quieres volver a verles? —Harry no dijo nada. Parecía que mientras más mencionaba a los chicos menos obtendría de él —. Tengo un presentimiento sobre estas desapariciones —intentó una vez más apelando a ese lado curioso que tantas veces los había metido en problemas. Algo de ese Harry debía estar aún ahí —. Por favor, prométeme que lo pensaras, hazlo por ellos. No se merecen una guerra.

—No te vas a detener hasta que lo diga ¿cierto? —Hermione hizo un amago de sonrisa. En los ojos de Harry había resplandecido algo. Tal vez su esencia propia, esa que no estaba dispuesta a dejarse morir —. Lo pensaré ¿contenta? —ella asintió —. Ahora vete. Este lugar no es apropiado para la Ministra de Magia.

Hermione sintió la enorme necesidad de abrazar a Harry pero se detuvo. No sabía cómo se lo tomaría y prefería evitar sentir la decepción del rechazo. Por lo menos había una pequeña luz de esperanza en las palabras de Harry y eso le tranquilizaba.

 

****

 

El bullicio en el Callejón Diagon siempre había perturbado a Albus sobre todo en épocas como esa cuando se abarrotaba por magos y brujas en busca de materiales para el primer año de sus hijos en Hogwarts. Siendo el más pequeño de una familia numerosa le había tocado asistir a todas esas compras; primero para Rose, luego James, Fred y Nicole. Aunque ahora era distinto, las compras eran para él, para su primer año.

 

Mientras caminaba junto a su madre y hermano intentaba ignorar las miradas que de cuando en cuando le lanzaban. A pesar de llevar el cabello con un buen corte y no usar gafas ni siquiera de sol, la gente continuamente se impresionaba al encontrarlo completamente parecido a Harry Potter, su padre. Algo que Albus Severus encontraba particularmente molesto y desagradable.

 

—Joder…

 

—¡James! —corrigió su madre.

 

—Lo siento mamá. Es que olvide comprar pergamino ¿podemos ir? —Ginny vio hacia Albus quien se encogió en hombros —. ¿Crees que nos puedas esperar? —dijo señalando hacia la tienda de Madam Malkin.

 

—Sí, y haré algo más, me arriesgaré a probarme una túnica para el colegio. Debe ser dificilísimo —James rió. A pesar del tono usado por Albus, su madre también parecía querer reír. Los tres siempre se habían entendido bastante.

 

Aunque trabajaba demasiado su mamá siempre se las arreglaba para estar al pendiente de ellos y no parecía molestarle en absoluto que él fuera un tanto “malhumorado” como solía decir el tío George. 

 

—Bueno, espero que tengas más suerte que con la última tanda de ropa que te compré. Mira que de nuevo necesitas pantalones.

 

—Simple error de cálculo, mamá —Albus dijo con autosuficiencia.

 

—Sí, haré cálculos con tu mesada para esos nuevos pantalones.

 

Albus le sonrió encantador sabiendo perfectamente que su madre no podía culparlo por estar en desarrollo, aunque eso también incluía unas bonitas rupturas de tela por haber subido el árbol más grande de la madriguera buscando elementos para sus pociones. 

 

Ella negó y para su horror le dió un sonoro beso en la mejilla. Albus decidió que esa era suficiente humillación por el día así que entró al local pensando si podía estirar un poco la liga y pedir otro par de tenis además de la ropa del colegio. 

 

En la tienda de Madam Malkin sólo se respiraba tranquilidad. Había un par de clientes y nadie parecía muy interesado en él. Caminó hacia los estantes donde estaban los uniformes del colegio y escogió una túnica, esta vez, de una talla mayor a la usualmente usaba para que su madre no le echara la bronca cuando empezara a quedarle corta. Albus caminó sin ver hacia delante y pronto se encontró empujando a un pobre chico que estaba viéndose en el espejo.

 

—Lo siento, iba distraído —el chico asintió sin mucho problema y continuó viéndose en el espejo. Albus esperaba la mirada suspicaz que siempre había cuando la gente lo veía por primera vez. Pero el chico parecía sumamente interesado en el reflejo del espejo —. ¿Vas al colegio?

 

—Sí, es mi primer año —el chico le sonrió. Albus lo observó por un segundo. Nunca había visto a nadie con ese cabello tan rubio casi parecía blanco y los ojos del chico eran de un gris espectacular.

 

—Yo también voy a primer año —el chico se giró para verlo de nuevo. Albus lo encaró esperando el desconcierto que siempre causaba. Él sabía el motivo, Algunos seguían odiando a su padre por lo ocurrido cuando aún era Jefe de Aurores y de alguna manera esas miradas suspicaces terminaban en él o en James. Sin embargo, el chico no parecía tener ninguna mirada en particular. Más bien parecía feliz.

 

—Asombroso —el chico le tendió la mano —. Malfoy, Scorpius Malfoy —Albus le cogió la mano dándole un apretón amistoso.

 

—Albus Potter —Scorpius se limitó a asentir regresando a mirarse en el espejo —. ¿No eres de aquí?

 

—¿Lo preguntas por el acento? —Albus se encogió en hombros. Realmente lo preguntaba porque no creía que nadie en Reino Unido hubiera tenido esa reacción al escuchar el apellido Potter —. Mis padres lo son, yo nací en Noruega, pero desde siempre he vivido en Canadá con ellos. Este es nuestro primer año viviendo aquí —un hombre alto le llamó y Scorpius tomó las bolsas que tenía desperdigadas a su alrededor —. Lo siento me llama mi padre, me tengo que ir, un placer conocerte Al. Espero vernos en tren. Adiós.

 

Y sin más el chico se unió con su padre saliendo de la tienda cargado de bolsas. Sin notarlo, Albus sonrió. 

 

****

 

Draco observó feliz como la Mansión resplandecía. Después de tres semanas de arduo trabajo por fin volvía a ser habitable. 

 

Diez años sin nadie en ella se le habían hecho notar. Había polvo que los elfos olvidaban quitar, algunas plagas absurdas, los jardines necesitaban la magia de un Malfoy para verse esplendorosos. La Mansión en sí necesitaba de ese vínculo para tomar vida. 

 

Ahora por fin tenía el hogar perfecto.

 

El calor de una magia reconocida le hizo sonreír sin querer. 

 

—Papá —Scorpius cruzó por la chimenea cargado de un montón de bolsas, que por supuesto estaba seguro, no eran todas para su primer año de colegio —. Ha sido espectacular, todo es tan… viejo y raro pero genial. Fuimos a Sortilegios Wistle…

 

—Weasley —corrigió su padre que cruzaba la chimenea con otro regimiento de paquetes y bolsas.

 

—Sí, exacto. Sortilegios Weasley. Tienes que verlo. Es asombroso —dijo haciendo énfasis en la palabra —. Tiene filtros de amor y todas esas cosas cursis. Y también tiene dragones de fuegos artificiales y…

 

—Y… ¿qué son todas esas bolsas y paquetes? No recuerdo haber requerido tanto para mi primer año en el colegio —su hijo tuvo la delicadeza de sonrojarse.

 

—Padre me compró algunas cosas extras —Draco miró a su marido que se encogió en hombros mientras encendía su pipa —. También hay cosas para ti. Mira —Scorpius buscó entre el montón de bolsas un pequeño paquete color púrpura —. Material de pociones y… —Scorpius buscó otro paquete —, una túnica nueva.

 

—Que noble de parte de tu padre y tuya queriendo chantajearme con dos regalos cuando a ti te compró medio Callejón. Ya veremos tú y yo cuántas de estas cosas vas a utilizar de verdad y cuántas vas a poder llevarte al colegio —Scorpius iba a replicar pero fue silenciado al ver el rostro firme de su papá —. Ahora vete a asear para tomar el té.

Draco se sentó a lado de su marido que había visto toda la escena con una sonrisa en los labios. 

 

El maldito consentidor.

 

—Así qué Sortilegios Weasley ¿causaste alguna conmoción? —Neville Longbottom ensanchó su sonrisa.

 

—Ron… casi se desmaya al verme entrar con una calca del hurón —Draco soltó un leve bufido —. Y se desmayó por completo cuando Scorpius me llamó: padre —Draco sonrió abiertamente esta vez —. No podía creer que siguiera casado contigo y menos que nuestro hijo se pareciera tanto a ti.

 

—Bueno, yo tampoco lo puedo creer la mayor parte del tiempo y eso que llevamos algo de años casados —esta vez fue Neville quien rió.

 

—Eso no fue lo más sorprendente, cariño. Estás a punto de caerte también —Draco lo miró intrigado —. Scorpius se encontró con Albus Severus Potter en la tienda de túnicas —Draco observó a su marido que seguía fumando de su pipa como si nada.

 

—¿Y? ¿Sucedió algo?

 

—Conversaron animadamente, se dieron la mano. Nuestro hijo se despidió de él educadamente. Ya te imaginaras, yo estaba pasmado. Albus Potter es idéntico a su padre y es evidente a quien se parece Scorpius. Así que era como haber viajado en el tiempo —Draco asintió imaginando lo perturbador de todo aquello.

 

—Debió ser asombroso —Dijo imitando el tono de su hijo al decir esa palabra en particular.

 

—¿Qué debió ser asombroso? —Scorpius regresó con una imagen relajada. Draco le sonrió. Cierto que eran tan parecidos pero sus infancias habían sido diametralmente opuestas.

 

Scorpius raramente usaba túnica fuera de los eventos oficiales, amaba su ropa muggle, era un chico dócil, increíblemente brillante. Claro que era ambicioso y tenía cierto grado de arrogancia que no rayaba en lo antipático porque Scorpius era, dentro de todo, un chico cálido, sonriente. Muy seguro de sí mismo y nada pretencioso.

 

—Que hayas estado más de una hora sin el móvil —Neville le bromeó, su hijo hizo esa pequeña mueca tan particular en él cuando su padre le hacía alguna pulla —. Estábamos hablando del chico que conociste con Madam Malkin. Parece que te causó una gran impresión.

 

—Fue amable.

 

Scorpius cogió un bollo con una indecente cantidad de crema engullendo con alegría mientras la conversación decantaba hacia Draco y su día.

 

Más tarde, cuando la luz de la luna entraba por una pequeña ventana al fondo de la habitación principal de la Mansión Malfoy, Draco se cansó de fingir que dormía. Se levantó de la cama donde su marido se encontraba seguramente soñando plácidamente. Salió al balcón sin hacer ruido esperando que el aire nocturnal pudiera relajarlo. Una parte de él encontraba miserable sentirse así sólo por la mención de su apellido. Era patético que Potter pudiera tener tanto poder en él sobre todo después de tantos malditos años.

 

Draco suspiró pesadamente. Aún en ese momento podía cerrar los ojos y recordar con claridad cada uno de sus encuentros con Harry Potter.

 

Siempre había existido entre ellos una brutal relación que desbordaba en algo muy cercano a la pasión y al deseo.

 

Harry y él chocaban continuamente. 

 

A lo largo de su tiempo en el colegio su historia se basó en un sinfín de encuentros y desencuentros que tuvieron su cúspide justo en un polvoriento pasillo del colegio un par de meses después de haber iniciado su sexto año en Hogwarts.

 

Ese año en particular fue duro para los dos. Ambos tenían una misión que los consumía. Draco nunca supo exactamente en qué consistía la tarea de Harry; nunca se lo preguntó realmente, pero estaba seguro que era algo que lo acercaba cada vez más a Voldemort. Los dos querían que algo pasara. Que la tierra se abriera y que todo terminara. Y tal vez eso era lo que había sucedido cuando se encontraron en aquel pasillo. La tierra se abrió y ellos terminaron cayendo justo en el centro de la pasión que les quemaba a los dos.

 

Su primer encuentro había iniciado como siempre; Harry lo estaba siguiendo, Draco lo atacó, Potter se defendió y después terminaron en el suelo luchando por recuperar sus varitas. Sin embargo todo tomó un matiz diferente cuando quedaron uno encima del otro; sus cuerpos rozándose de una manera nueva que hizo vibrar cada terminal nerviosa existente debajo de su piel.

 

Harry había terminado con los pantalones y calzoncillos hasta los tobillos mientras que él apenas y había podido abrir sus pantalones para coger su polla. 

 

Intercambiaron una paja fabulosamente ardiente, con sus bocas húmedas por la saliva del otro, escuchando gemidos roncos y necesitados de parte de los dos. Cuando el orgasmo pasó los dos se habían quedado petrificados sin decir una sola palabra. 

 

Se habían limpiado lo mejor que habían podido y cada quien se había marchado en una dirección opuesta. Draco hacia la Sala de Menesteres y Harry seguramente hacia la Torre de Gryffindor.

 

Semanas después, cuando Draco estaba convenciéndose de que todo lo ocurrido había sido producto de su imaginación, terminó siendo arrastrado al interior de un aula en desuso mientras su boca era asaltada por un ansioso Harry Potter.

 

En sus primeros encuentros nunca hubo palabras, sólo caricias necesitadas, pajas fogosas, mamadas que aún recordaba como algo glorioso y después, cuando el hambre por más fue demasiada, se presentaron los polvos magníficos. Draco había sido el primero para Harry, así como Harry había sido el primero para él.

 

Había amado cada segundo de aquellos encuentros. 

 

Tal vez porque con ellos había tenido la oportunidad de satisfacer uno de sus viejos anhelos de la infancia, tal vez porque en ellos tenía a Harry sólo para él, tal vez porque a medida que fueron relajándose, empezaron a conocerse de verdad. 

 

Nunca hablaban de misiones, ni profecías. En aquellos momentos sólo existían Draco y Harry. 

 

Aquellos momentos se cubriendo de los eternos hubiera… qué hubiera sucedido si Harry hubiera terminado en Slytherin, si se hubieran dado la mano, si Draco no hubiera sido tan borde en la tienda de Madam Malkin, si no hubiera sido un Malfoy… si los padres de Harry no hubieran muerto.

 

Draco escuchó la verdadera historia de Harry y su familia muggle. Escuchó los deseos más grandes de Harry, escuchó sus sueños, a pesar de no hablar del futuro porque ninguno de los dos estaba seguro de llegar a él. Lo escuchó hablar de Sirius Black, lo escuchó llorar por encontrarse solo y él también lloró silenciosamente a su lado.

 

En su último encuentro follaron tres veces, cada una mejor que la otra, se dijeron tantas cosas sin emitir una sola palabra, sus caricias y besos lo habían dicho todo; lo que significaban para ambos aquellos momentos robados en medio de la guerra y las mudas palabras de amor que si dibujaban con caricias. 

 

Pasaron la noche juntos, olvidándose de todo… había sido tan poco el tiempo juntos. 

 

El sexto curso estaba terminado y por lo tanto la misión de Draco era inminente. 

 

Al día siguiente sucedió el infame sectumsempra, después, Albus Dumbledore murió y Draco se había marchado con los mortífagos.

 

Volvió a ver a Harry en medio de la guerra. Había llegado a la Mansión junto a Weasley y Granger. Tenía el rostro destrozado y Draco se preocupó más por esa estampa que por reconocerlo frente a la loca de Bellatrix. 

 

Había matado al gusano de Pettigrew sin que nadie se diera cuenta para allanarle el camino y así pudiese escapar. Se había dejado desarmar con docilidad con la esperanza de que su varita en mano de Harry fuera la que terminara de una vez por todas con Voldemort. Y así fue; Harry Potter venció a Voldemort por fin y, Draco no pudo sentirse más liberado, a pesar de haberlo perdido todo. 

 

Después de la guerra no volvieron a cruzar palabra. Harry le había enviado la varita con una lechuza. Varita que Draco jamás volvió a utilizar.

 

Al poco tiempo Corazón de Bruja llenó sus páginas con extensos reportajes de Harry y su flamante novia: Ginny Weasley. Draco apenas tuvo tiempo de llorar por su amor perdido pues pronto su familia se vio frente al Wizengamot. Su padre fue sentenciado a Azakaban por siete años, su madre y él fueron absueltos gracias al testimonio de Harry. Esa fue la última vez que Draco estuvo frente a Harry Potter.

 

Draco se sintió devastado. 

 

Durante su pequeña aventura Harry había dejado tanto en él y, luego se lo había llevado todo, destinándole a un vacío que le desgarró el alma. Pero, de nuevo, no había tenido tiempo para lamerse las heridas. Un par de semanas después de los juicios su madre sugirió un viaje a Noruega con la posibilidad de matricularse en Durmstrang para tomar sus ÉXTASIS. Draco no se lo pensó demasiado aceptando la propuesta de su madre con la intención de dejar todo atrás.

 

Fue en Durmstrang donde se reencontró con Neville. Al principio casi lo mataba de la impresión tener al Gryffindor de compañero. Era como encontrarse con un fantasma que había querido dejar en su antiguo colegio. Draco lo ignoró cuanto pudo hasta que sus profesores le obligaron a hacer equipo con él en casi todo. Neville no hablaba para nada el idioma y cada materia se le atragantaba un poco más que la otra, así que Draco tuvo un verdadero reto.

 

Más por la fuerza de la costumbre que por otra cosa, Draco se volvió una especie de amigo para Neville, que terminó contándole cómo había llegado junto a su abuela y sus padres a Noruega. 

 

Un Sanador del Instituto Oslo le había llamado poco después de terminada la guerra; conmovido por su historia, le informó que era el encargado de la investigación de un tratamiento experimental que podía curar a sus padres. A Neville y a su abuela les faltó tiempo para hacer todos los arreglos pertinentes y viajar a Noruega para internar a los Longbottom en el Instituto Oslo.

 

Neville no había querido dejar solos a así que no tuvo más remedio que matricularse en Durmstrang para concluir sus estudios.

 

Al poco tiempo de entablar esa tregua entre Neville y él sucedió algo que Draco no se esperaba. Su madre hizo una gran amistad con la abuela de Neville. Cada fin de semana lo pasaban en una bonita casa de campo que los Longbottom habían adquirido para su estancia en Noruega donde su madre y la abuela se la pasaban hablando de media sociedad mágica y de los chismes que les llegaban de Reino Unido gracias a El Profeta. 

 

Sin saber muy bien cómo, Neville terminó volviéndose un verdadero amigo, el único había tenido en su vida.

 

Al cabo de un par de años Neville era una constante.

 

No supo exactamente cómo pero empezó a sentirse cada día más cómodo con él. Neville no sólo era amable, también era cariñoso y completamente entregado a los deseos que tenía. Tal vez eso influyó. Tal vez por fin tenía a alguien que lo consideraba suyo.

 

No fue extraño para nadie que anunciarán su noviazgo después de concluir el colegio. 

 

Sus padres, como buenos Slytherins, vieron en esa relación una laguna de prosperidad para el apellido Malfoy. Después de todo, Neville Longbottom era un héroe de guerra, él había destruido un horrocrux por sí solo y compartían ser sangre puras de muy alta estirpe. 

 

Draco, además de esas virtudes que sus padres amaban de su relación, encontró en Neville una paz que le hacía falta. Neville era fuerte pero no se imponía, era valiente cuando se necesitaba y poseía un aura de seguridad que lo hacía sentir muy bien.

 

Casarse con Neville fue un ganar/ganar ciertamente era un hombre atractivo, con la elegancia propia de un sangre pura, con un gran estatus en la sociedad mágica y una fortuna más que considerable. A lado de Neville, Draco dejó de ser el hijo de Lucius Malfoy, para convertirse en el esposo de uno de los héroes de la segunda guerra mágica que, además, era su mejor amigo.

 

Neville sabía que odiaba levantarse temprano, que prefería el clima lluvioso y frío junto con una buena taza de café. Sabía que odiaba a los niños malcriados a pesar de que él había sido peor de los mocoso. Sabía que seguía siendo afin con algunos pensamientos de las clases sociales y que su gusto por mantener su riqueza rayaba apenas en lo legal en ocasiones. 

 

Neville sabía, en resumidas cuentas, que no era la mejor persona pero aún así lo quería. 

 

Draco había respondido a ese amor con lealtad, contándole todo de él, cada oscuro secreto, cada temor, cada anhelo… todo… excepto ese sexto año a lado de Harry Potter. 

 

Cuando Neville le pidió casarse, él decidió enterrar esa relación y ese amor en lo más profundo de su ser. 

 

Olvidarlo, si es que era posible. 

 

Unos meses más tarde la Isla de Rodas fue elegida por ambos para celebrar su unión. Neville siempre había estado maravillado con la belleza de Grecia y creía que no había un mejor lugar para un enlace que esa isla. Claro que El Profeta no perdió oportunidad para enviar a un reportero a capturar el momento. Había sido un pequeño suceso, no siempre un héroe de guerra se enlazaba con ex mortífago. La nota de su matrimonio tuvo cierto revuelo en el mundo mágico pero, casi como si fuera una mala broma, su enlace pasó a segundo término cuando se anunció el primer embarazo de Ginny Weasley. 

 

Harry Potter se cruzaba en su vida de nuevo.

 

Draco siempre reía al recordar como parecía que el destino se empeñaba en entrelazar sus historias. Era como si una fuerza invisible llamara a Harry para estar siempre presente en la vida de Draco. 

 

James Sirius Potter había nacido justo un año después de que su padre había sido nombrado Jefe de Aurores. En aquellas fechas Draco y Neville se habían establecido en Estados Unidos y estaban poniendo en marcha su negocio de pociones que pronto disparó sus ventas gracias a la buena cabeza de Draco para los negocios y a los materiales de primera que utilizaban debido a los conocimientos que Neville sobre la herbolaria.

 

Ellos viajaban continuamente a Noruega con la esperanza de buenas noticias del Instituto Oslo. Pero Draco sabía que no había muchas esperanzas. Fue en uno de esos viajes en los que seguramente concibieron a Scorpius, algo que causó otra pequeña conmoción en el mundo mágico, pues Neville y él habían decidido dar la noticia de tan agradable evento. Pero como siempre, Potter no se podía quedar atrás, pues él también anunciaba que estaban esperando a su segundo hijo.

 

Scorpius nació en Noruega volviéndose una bendición casi desde su primer día de vida. Cuando los Longbottom habían visto al niño tuvieron una repentina mejoría. Reconocieron a Neville y ese fue el mejor regalo de despedida que pudieron darle a su hijo y a la abuela Augusta. Un par de meses después murieron debido a las consecuencias propias de la maldición a la que habían sido sometidos. 

 

Draco pensó que eso devastaría a Neville. Había estado tantos años intentando recuperar a sus padres y, cuando por fin lo había conseguido, apenas y había tenido tiempo para disfrutarlos. Era desgarrador. Pero Neville lo sorprendió de nuevo. Siendo el Gryffindor que era, se sacudió el dolor volcándose en su familiar por completo. Se volvió, si cabía, en un mejor esposo y padre.

 

Ya sin nada que los obligará a viajar demasiado, decidieron instalarse en Canadá debido a la gran oportunidad comercial que representaba ese país y sus facilidades políticas. A nadie le interesaba que él fuera un ex mortifago y Neville un héroe de guerra. Lo que querían era un negocio próspero que trajera más inversión, así que eso fue lo que les dieron. Pronto se hicieron asquerosamente ricos. 

 

La vida estaba siendo buena para él nuevamente. Sin embargo, poco más de un año después de haberse instalado en Canadá, el mundo de Draco se cimbró de nuevo por una noticia de Harry Potter. 

 

Draco nunca olvidaría ese día, habían estado en el jardín jugando con Scorpius y planeando su fiesta de cumpleaños, cuando el patronus de su madre se apreció diciéndole que encendiera de inmediato el televisor en el único canal mágico que existía en ese momento. Las imágenes eran impactantes y morbosas. Crabbe padre, que hasta ese momento se había encontrado fugitivo, había hecho explotar tres vagones del expreso a Hogwarts asesinando a decenas de niños que viajaban a su primer año escolar.

 

Harry había llegado a la escena para encontrarse a Crabbe padre aún con la varita en la mano. Nadie dio un testimonio cien por ciento verídico pero todos coincidían en que Harry había matado a Crabbe justo al darse cuenta de la magnitud de los hechos.

El acto provocó un luto mundial. Cientos de imágenes circularon por diarios y por el incipiente internet mágico. Todos culpaban en mayor o menor grado al Jefe de los Aurores que no había podido dar con el paradero de Crabbe y mucho menos evitar la tragedia. Durante semanas se comentó la pasividad del Jefe de los Aurores y los medios más osados se atrevían a colocar imágenes de Harry junto a los restos carbonizados de los vagones. Familias enteras pidieron la renuncia de Harry Potter. 

 

La comunidad mágica a la que salvó una vez le daba la espalda de una manera cruel.

 

Se llevó a cabo un juicio y, por primera vez en años, Draco estaba que se subía por las paredes. En aquel momento hubiese dado lo que fuera por ver a Harry. Por estar con él para apoyarlo. Pero la cordura regresaba a él cuando veía a su hijo y se quedaba junto a su familia, esperando, con el corazón en un puño pero sin mostrarlo, fingiendo, colocándose una máscara y rogando porque Neville no lo descubriera.

 

Harry había salido absuelto de cualquier acusación. Sin embargo dimitió del cuerpo de Aurores y a los pocos meses se anunciaba su divorcio. Fue justamente eso lo que se llevó por meses las primeras planas de El Profeta. 

 

Draco no supo exactamente qué pasó después con Harry. Prácticamente había desaparecido del ojo público. Oliver Wood había tomado su lugar como Jefe de Aurores y al cabo de un tiempo se perdió interés por la nota del divorcio.

 

El vacío que había sentido en aquel momento le hizo darse cuenta que no se había olvidado ni por un momento de Harry. Comprendió de una fea manera que todo lo que habían vivido durante ese año en el colegio se había adherido a él como si fuera un tatuaje que hería la felicidad que tenía con su familia pero que estaba ahí como un vicio permanente en el que no podía dejar de consumirse.

 

Draco dejó escapar todo el aire de sus pulmones viendo hacia el cielo que lucía calmado, sin una sola nube, alejando por completo de la tormenta que estaba en su alma. 

 

Neville nunca lo decía, tal vez por pudor, tal vez por orgullo pero sospechaba que Draco se había enamorado profundamente de alguien. Ese alguien que de vez en cuando aparecía recordándole que, a pesar de quererlo, nunca podría llegar a sentir lo que sintió antes. 

 

****

 

Arthur hizo un movimiento fluido con su varita para desaparecer el diario y los mapas que tenía desperdigados sobre su escritorio. Había reanalizado cada pequeño detalle, cada pequeña pista, cada pequeña pieza de ese rompecabezas que había empezado a armar hace más de tres años. Todos los documentos desaparecieron para ir a parar a un lugar seguro, hacía mucho tiempo que el Ministerio de Magia era todo menos eso, así que él se las había ingeniado para tener su investigación en un absoluto secreto.

 

Eventualmente hablaría con Hermione, tal vez más pronto de lo que suponía. Sólo necesitaba una pieza más. Algo que terminará conectando todo lo que había descubierto hasta el momento. Estaba seguro que si lo hacía eso traería de vuelta a Harry y juntos podrían ponerle fin. 

 

Con un pase de varita selló su escondite. Cogió su chaqueta del perchero saliendo de su oficina. Saludó a todos como si fuera un día normal, cruzó el vestíbulo con prisas, una vez en Whitehall caminó hacia Scotland donde le había aparcado su coche. Su reluciente megane brillaba bajo los faros de la calle. Le gustaba, era un coche simple, bastante bonito. Lo había adquirido un par de meses antes a un precio que había resultado una ganga. Arthur se sentía particularmente orgulloso de pasar desapercibido entre los muggles y de su coche que también era completamente normal.

 

Esperó el cambio de un semáforo para tomar el camino hacia su coche golpeando sin querer a un muggle que iba distraído. Tal vez si eso no hubiera sucedido Arthur Weasley se hubiese percatado que dos hombres le seguían muy de cerca. 

 

El señor Weasley levantó los seguros de su coche, abrió la puerta y justo en ese momento una capucha negra le cubrió el rostro. Sintió la magia de una desaparición conjunta, lo único que logró hacer fue dejar su varita atrás para que no pudieran rastrear el último hechizo que había lanzado. 

 

 

 

Notes:

Esta fic tiene una versión beta sin terminar en otra página. Actualmente ya lo terminé de escribir así que espero publicarlo dos veces por semana si la vida lo permite.