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Se recuesta sobre la madera, la aspereza acaricia sus dedos. Intenta que el olor a pino lo calme, lo arrulle, lo duerma ahí mismo, donde están los papeles desordenados, donde una gota de tinta baja por la orilla del tintero, donde su cansancio exige respiraciones profundas, té que calme el dolor y cariños que abracen el alma.
Una llama candente ilumina tenuemente su rostro: pálido, cansado; las bolsas de sus ojos se hacen más notables. Parecen de color morado, morado como los moretones por las caídas del equipo de maniobras las primeras veces que intentó usarlo, morado como licor de violeta. Como pétalos mojados de lavanda, como plumaje de ave exótica.
Está cansado. Quiere descansar: dormir o morir.
Cierra los ojos y finge entregarse al arrullo para ver si logra engañar a su cerebro, desparramándose en ese escritorio como es costumbre cada noche.
Piensa, más por las noches cuando el insomnio lo consume, en todo lo que lo ha llevado hasta ahí. En todo lo que ha visto desde que entró a la legión. En todas las muertes que presenció, a todos los soldados que conoció y a todos los que despidió guardando sus plaquitas con el escudo de la legión, apretujándolas entre sus dedos con sentimientos encontrados, con lágrimas en soledad y corajes frustrados que se escondían en la garganta, viajando con lentitud hacia su vientre haciéndose trizas y volviendo, finalmente, por las madrugadas, dándole dolores de cabeza y de estómago por el estrés, ahí, cuando está tratando de dormir.
Está cansado. Quiere soñar con un mundo nuevo donde pueda vivir en paz, y no con las pesadillas que le recuerdan el tormento de vida que ha tenido.
Piensa, después de todo lo malo, en tratar de encontrarle un lado positivo a ese mundo de mierda. Ese desdichado mundo que solo una mano cruel sería capaz de crear. Piensa en quien conoció, los amigos que hizo, y a los que perdió también. En las pequeñas alegrías que la vida le dio luego de vivir en la miseria: de conocer a alguien a quien seguir, a chicos a los cuales guiar, el olor de las flores al hervir, de la miel al servir, del olor de los muebles de roble desempolvados, de las sábanas limpias y la cama tendida que no usaba porque dormía en esa silla. En esa silla en la habitación del comandante.
Piensa, inevitablemente después de aquel discurso mental, en Erwin. En que habría sido de él si no lo hubiera conocido, si hubiera decidido no seguirlo, si lo hubiera matado…
No piensa más, se tranquiliza, el aire de sus pulmones rodea su esternón y sale, con calma. Su pecho se mueve lento, recuerda el aroma de Erwin, a almizcle. Recuerda el roce de sus dedos al darle el papeleo de las misiones, se pregunta si su cabello se siente tan suave como el tacto de su piel.
Una vivida imagen de Erwin aparece en su mente, con los cabellos dorados; más dorados que de costumbre cuando el sol le pega directamente, ondeándose por el viento, estorbando a la vista de sus ojos azules, resaltando las pecas en su nariz y mejillas, esas que solo podía ver cuando Erwin caía rendido ante el sueño, antes de apagar las velas para tratar de dormir él también. Piensa en Erwin y ya no hay más angustia, ni dolor, ni pesadillas. Hay calma.
Erwin es su calma, su tranquilidad, su respiración profunda, su té de manzanilla, sus caricias al cuerpo, la gota de tinta en forma de corazón que cae del tintero, que resbala y se pierde en la madera.
Su mente comienza a fantasear, ahí Erwin es el conjunto de rayos del sol que acaricia sus brazos y su espalda, y por la mañana, es el dulzor en el té del desayuno. Es la ligereza de las sábanas limpias, la fuerza del viento al ondear las cortinas, las grietas reparadas de los robustos muebles.
Erwin es tranquilidad. Es su alegría. Es una de las únicas razones por las que sigue en pie aún. Es el sol de sus mañanas, la luz de luna que lo arrulla en las noches, el tacto de flores amarillas, el camino que lo guía a la perdición, y que, aun así, está dispuesto a seguir.
Entonces, como si hubiera sido llamado por aquellos pensamientos, Erwin se levanta y empieza a caminar por la habitación. El tacón de sus botas resuena en los oídos de Levi, con eco. Pero quizá el eco viene de dentro suyo, de su sangre corriendo con más prisa, de sus ojos moviéndose nerviosos debajo de los parpados.
Siente pena, o vergüenza, como si Erwin de verdad pudiera adivinar lo que rondaba por su mente en esos momentos. El sonido de las botas se detiene frente al escritorio.
Erwin remueve algunos papeles frente a él, retira el tintero, y después acerca su mano al rostro de Levi. Acaricia la piel color perla con una suavidad tan inmensa, que pareciera que tuviera miedo a romperlo; aunque él ya estaba roto por dentro y no podría romperlo más. Pero Erwin piensa que sí, que quizá le haga daño, por eso retira la mano con rapidez.
Su respiración se hace más pesada, pero Levi no lo ve.
Quita un par de mechones de los ojos de Levi y lo aprecia por segundos que parecen eternos, lo mira con dulzura, examina la finura de sus labios, de su nariz, de sus pómulos; lo aprecia al igual que a una estatua antigua o a una pintura olvidada.
Y al final, luego de todo ese ritual, Erwin se acerca con cautela y le besa la frente. Su piel fría choca con los cálidos labios de Erwin, que tiemblan. Él no se mueve, se queda quieto, quiere hablar, pero no puede, quiere verlo, pero él se va.
Apaga la vela a su lado, abre la puerta y sale de ahí con una sonrisa en el rostro pensando que Levi estaba dormido.
Él huye.
Pero Levi no puede salir, no puede seguirlo. No quiere hacerlo. Quiere quedarse dentro y flotar como aire etéreo, etéreo brillo que encandila el alma, que se enamora y se esconde.
La domesticidad de aquel acto hace bailar su corazón, su pulso se acelera, abre y cierra sus manos lentamente, piensa que no es real, que no pasó. Su sien arde en calor, ahí donde Erwin depositó sus labios, ahí acaricia con fragilidad.
Sus mejillas se asemejan a duraznos maduros: de piel naranja rojiza y suave; pero la oscuridad de la habitación no lo hace notar, y la luz de la luna no es suficiente para poder apreciarlo. Pero él lo sabe, siente el calor subir y dar vueltas y acentuarse en su rostro. Siente calma, por un momento, antes de pensar en todo lo malo, en sus pesadillas, en el dolor que le puede traer enfrentar esa situación en un futuro.
Pero eso no pasa. Ese pensamiento malo no llega. La calma no se va. Él se resiste y se queda dormido, como si la calma que los labios de Erwin le trajeron fuera suficiente medicina para hacerlo caer a los brazos de Morfeo.
Dormita en la tranquilidad y comienza a soñar con un mundo donde la vida es mejor, donde los besos de Erwin son en las mejillas, en los labios, en la piel sensible, y no solo en la frente.
Sueña, de pronto, que vive feliz. Que se escapa de un futuro que está predestinado a la muerte y huye con Erwin, tomando su mano en una cabaña lejos de titanes, de gobiernos corruptos y miradas que juzgan.
Sueña, y piensa que ese futuro se puede hacer realidad: dejar la vida de todos atrás por salvar la suya y la de Erwin. Pero fue solo un beso, piensa. Piensa. Piensa y sobre piensa.
Piensa que la paz que le brinda se acabará. Piensa que puede perderlo a él, y con ello, llevarse la tranquilidad a la que ha sido impuesto desde que lo conoció.
La calma se va. El tormento regresa. El huracán arriba sobre las flores amarillas. Todo en sus sueños, sueños que ahora son pesadillas, se mueve raquítico, angustiado; el desespero le hunde la cabeza en la negrura de la nada.
Y despierta. Una mano conocida descansa en su hombro. ¿Estas bien? pregunta él, y Levi se siente mejor. No ve nada, la luz esta apagada, y, sin embargo, la voz de Erwin sale en tenues tonalidades de amarillo pastel, el color de su calma. Erwin es rodeado por el aura de su voz y Levi de pronto deja de temerle a la oscuridad, al imperdible destino que lleva a donde no hay luz, donde la voz de Erwin, en algún momento, también se apagará.
—Si, solo tuve una pesadilla. —responde él.
Está cansado. Erwin lo mira. Mira sus ojeras.
—¿Por qué no tratas de dormir en la cama? —Erwin pregunta preocupado. ¿Preocupado? Se pregunta Levi en su mente. Él le contesta que está bien, que no es necesario, sin embargo, Erwin insiste.
A regañadientes Levi arrastra sus propios pies hasta la cama del comandante. Se hunde en el colchón y las sábanas lo envuelven con ternura. El aroma de Erwin está impregnado en ellas.
Se esconde debajo de las sábanas para no dejar escapar las partículas de aquel nítido olor; actúa calmado, pero está desesperado por sentir a Erwin junto a él, aunque en teoría él está al lado suyo, parado junto a la cabecera, observándolo con una ternura que Levi no es capaz de registrar. Él piensa que quien está fuera de esa cama es el hombre que vela por la protección del soldado más fuerte, y no él que cuida de la calma del soldado más sensible.
Ojos cerrados, aroma mezclado, sábanas arrugadas. Levi siente como la cama se hunde de repente, siente como el frio se mete entre sus ropas y después, es remplazado con rapidez por un calor embriagante con olor a almizcle.
Abre los ojos plateados y se encuentra con los de Erwin. El mar se reúne con la luna, que brilla como reflejo sobre las olas calmadas de sus cuencas. El brillo destellante sobre los ojos de Erwin hace sonreír a Levi por instinto, y dura solo un instante que se desvanece en el aire.
Quizá, al verlo, Erwin se arrepintió enseguida, casi como excusándose por tratar de invadir su espacio. Debió recordar que el espacio personal es para Levi, lo que para él es la disciplina y el buen comportamiento. Sentía, en definitiva, que ese no era el mejor comportamiento de un comandante para con uno de sus subordinados.
Levi no dice nada; cuando Erwin está a punto de voltear para levantarse, Levi le rodea con sus brazos. Sus manos tocan ligeramente la tela que cubre su espalda, su rostro acaricia la pesadez con la que el pecho de Erwin sube y baja. El aliento de Erwin recorre las puntas de su cabello, el calor se convierte en ardor.
Levi esconde su cabeza entre el pecho de Erwin, aspira con fuerza el aroma que desprende, como si fuera la primera y última vez que pudiera hacerlo tan de cerca. Respira tan fuerte como si se le fuera a acabar el aire.
La mano de Erwin sube a la cabeza de Levi, envuelve sus cabellos y los desliza con paciencia hasta que sus mechones se desprenden de sus dedos. Y luego otra vez. Y otra. Como si bailaran con facilidad entre los dedos del comandante; como si estuvieran hechos de seda para un príncipe que fuese digno de vestir y cubrir con delicadeza.
La mano baja hasta el rostro, le acaricia la mejilla, y llega al mentón, el pulgar da un par de vueltas en circulo antes de obligarle a subir la mirada. Levi tiene los ojos cerrados, teme que sea un sueño, que despierte y no sienta nunca más el olor de Erwin tan cerca de él, que aquellas sensaciones se pierdan en el desierto carcomido de sus pesadillas.
Pero tiene la ligera sospecha de que esta vez no será así. Esto es real. El aroma de Erwin está aquí, y es más fuerte que nunca. Siente el movimiento de sus músculos y sus dedos paseando sobre su cuerpo. Es real. Lo es, y teme perderlo. Es real. Abre sus ojos, Erwin está ahí, sonriendo.
Él también teme perderlo.
Erwin se acerca con lentitud, hace del tiempo algo inexistente mientras aspira el nerviosismo de Levi. Sus labios apenas se tocan, Erwin teme que Levi se aleje y que con furia le reclame, por eso avanza lento.
Las manos frías de Levi se posan sobre sus mejillas, le indican que puede seguir. Que él no se ira a ningún lugar. Los labios de Erwin dejan de tambalear y saborean los de Levi con un desespero que lo delata.
El vientre le cosquillea cuando Levi se posa encima suyo. A esa distancia distingue la impecable limpieza a la que Levi se somete cada mañana; su aroma es acogedor, amaderado y sutil.
Al cerrar los ojos y sentir las manos de Levi desvistiéndole, cree encontrarse en medio del bosque. El olor de los pinos se mezcla con su propia fragancia. Las sábanas limpias le pican como lo haría el pasto verde debajo de la oscuridad de las sombras de los gigantes árboles.
Aún dentro de la contrariedad de la relación comandante-subordinado, Levi actúa con total calma y naturalidad. Se desabotona la camisa blanca y le lanza miradas fugaces que le preguntan si ansía seguir tanto como él. Erwin no le responde, está demasiado ensimismado dentro de sus propios sentidos para hacerlo, se siente abrumadoramente encantado.
Levi baja y le besa el pecho desnudo, los dedos se pasean por el territorio desconocido. Rodea los lunares que se le atraviesan en el camino, acaricia con admiración las marcas de las correas del uniforme. Erwin no lo detiene, admira la paciencia con la que Levi lo acaricia. Siente que ha desperdiciado el tiempo en otras cosas mientras podría haber estado descubriendo la fascinación con la que el capitán parecía verlo.
Sus manos se mueven, ajenas a sus sensaciones. Acaricia el medio de la espalda de Levi, quien detiene sus movimientos por un instante al sentir el tacto de Erwin sobre él. Las cortinas de la habitación parecen ondear con más fuerza.
Erwin se acerca para besarlo una vez más. Sin la presión del primer contacto, sus labios parecen no querer despegarse; Levi retrocede al sentir que se queda sin aire, pero Erwin lo atrapa de nuevo. El calor, la sensación de sus pieles rozándose y el sonido del contacto de sus labios es lo único distinguible dentro de la habitación, además de los ojos plateados de Levi que son ocasionalmente iluminados por la luz que se cuela de entre la tela de las cortinas.
La imagen de Levi con el torso descubierto y la tenue luz de luna sobre él se guarda en el salón de las memorias de Erwin. Se quedará ahí por mucho tiempo.
Erwin, guiado por la sensación de querer sentirse complementado, besa a Levi tomándolo de las mejillas y lo posa completamente sobre la cama. Sus labios se niegan a separase, envuelven la piel a través de la humedad de su aliento, bajan con calma por su mentón, le rodean el cuello haciendo que Levi arquee la espalda con timidez.
Besa las cicatrices que hunden su cuerpo, recorre las marcas de peleas pasadas. Cuando sus manos llegan al borde de su pantalón, Erwin levanta la mirada y observa el rostro de Levi: está escondiendo el color rojizo de su rostro debajo de su brazo. Hace que Levi se siente, y se apresura a apartarle el brazo, y cuando Levi lo mira, puede jurar como si algo de su cerezo sonrojo se le hubiera traspasado
Besa el dorso de su mano derecha, y luego el de la izquierda. Consigue que Levi frunza su ceño, en señal de confusión quizá. Luego une ambas manos y besa el medio, donde se juntan. Las mantiene cerca de sus labios y luego obliga a desdoblar los dedos de la mano derecha para posarlos sobre su mejilla.
Se quedan así durante un tiempo. Levi siente la necesidad de envolver a Erwin en sus brazos, pero decide no moverse. Una lagrima resbala por la orilla del ojo de Erwin y la deja escurrir hasta su barbilla. Le está permitiendo a Levi observar un lado más sensible de él. Uno que solo conocía él mismo, dentro de la vulnerabilidad de sus propios sueños.
A pesar de todo, Erwin sonríe. Esta condenado, pero sonríe. El futuro es ingrato y cruel para cualquiera de los dos, pero en el momento presente él aprecia la cercanía de Levi, adora la complicidad a la que se están entregando y está agradecido por sentirse libre. Aunque sea solo un instante. Aunque sea solo hoy, dentro del calor de esa habitación, sobre esa cama con sabanas revueltas.
Levi cubre a Erwin son sus brazos. El frio recorre su hombro cuando otra lagrima baja de las cuencas de Erwin. La calidez de sus cuerpos se mezcla cuando Erwin corresponde el abrazo; apretuja a Levi como si el fuera a escapar. Aunque él este lejos de hacer eso. Se quedará toda la noche y todo el día velando por el bienestar de Erwin si es necesario. Se quedaría toda su vida junto a él para cuidarlo si le fuera posible.
Pero no es posible.
Una vez salgan de esa habitación la complicidad se irá y ellos serán comandante y capitán de nuevo. Levi quiere olvidar todo y apresurar las cosas, teme que la oportunidad se le resbale de las manos; que, así como había surgido… se vaya. Quiere sentir a Erwin en todos los aspectos, abrazarlo con ternura, llenarlo de placer y pintar caricias sobre su cuerpo todas las noches venideras. Lamentablemente sabe que, en este momento, Erwin se ha dado 0cuenta de que ellos pueden perderse pronto. Ya sea mañana o en seis meses. Uno de ellos se ira y Erwin no puede evitar sentirse culpable de ello.
En otro momento será, piensan. Se recuestan con suavidad sobre la cama del comandante, que ahora también es del capitán. Respiran con pesadez: Levi sobre el pecho de Erwin y Erwin sobre el colchón que se hunde. Se abrazan debajo de las sabanas y se buscan entre sueños, imaginando que están lejos del mundo que no les ha dejado compartir las sensaciones que merecen, explorando los placeres en conjunto y lejos, muy lejos del mundo de titanes rencorosos y de compatriotas sanguinarios.
En otro momento será, sueñan.
