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Hace más de un centenar de Sinsmas…
Era una época lejana, un tiempo donde las sombras y las estrellas parecían bailar en el cielo infernal, y el aire en el Infierno traía consigo ecos de antiguas promesas. El lugar estaba vacio salvo a algunos ebrios que seguian paseando por las calles, y la Navidad pasaba desapercibida en los pasillos oscuros.
En el Infierno no solía hacer frío, pero esa noche el viento soplaba con fuerza. El eco de su brisa se mezclaba con el sonido lejano de las manecillas del enorme reloj, que se alzaba justo en el centro del círculo del orgullo, marcando con su ritmo el paso del tiempo en la ciudad Pentagrama.
En una de las altas torres, Stolas, el fantasma del presente, se encontraba cómodamente sentado. Con su típica sonrisa amplia y su ojos rojos llenos de dicha, había terminado con sus deberes temprano, hacer consientes a algunos Hellborns de lo que tenian aquí y ahora, con eso fuera del camino disfrutaba del aire fresco que le acariciaba el rostro. Para él, no había nada más satisfactorio que saborear el presente, esa paz fugaz que solo le brindaban estos momentos solitarios.
Miraba a lo lejos, observando las luces de la ciudad brillar en la oscuridad, el ruido suave de música y algo de bullicio lo acompañaban mientras tarareaba, sintiéndose pleno en ese instante. No había nada que lo inquietara, siempre era asi, alegre y lleno de vida, como si nada pudiera interrumpir la serenidad de la noche.
Pero de pronto, la calma se rompió. Una sombra se deslizó junto al viento, un espectro pequeño, volátil y de apariencia sombría. Como un susurro, su presencia llegó sin previo aviso.
— Buenas noches
Saludó Stolas, su tono cálido y lleno de amabilidad que siempre le caracterizana, su sonrisa nunca desvaneciéndose, aunque sus ojos comenzaban a lucir cansados, el fin de la noche se acercaba y con ello el final de su vida, como si los años cayeran sobre su ser como enormes pesas en un instante.
El otro, un ser de aire gélido y casi intangible, no respondió de inmediato, pero con una calma inquietante, se acercó y tomó asiento junto a él. Blitzø, el fantasma del futuro, era la antítesis de Stolas.
En su rostro se reflejaba la rigidez de los días por venir, la dureza de lo desconocido. Había algo impredescible en su presencia, algo que dejaba claro que él no estaba aquí para disfrutar del presente, sino para mostrar lo que vendría si no se cambiaba el rumbo. Stolas lo miró de reojo, sin perder su sonrisa, pero una pequeña chispa de curiosidad cruzaba por sus ojos.
— Está lindo, ¿no te lo parece?
Comentó el búho, con una sonrisa relajada mientras balanceaba sus patas largas y cansadas en el aire. Sus ojos brillaban con una mezcla de satisfacción y calma, mirando el panorama que se extendía ante ellos.
El Futuro, le dirigió una mirada desconcertada. El viento soplaba con fuerza, arrastrando algunas hojas secas del suelo, pero no era suficiente para romper la atmósfera densa que había traído consigo.
— El cielo, la gente, todo...
Continuó Stolas, su voz suave y cargada de un tono nostálgico, como si quisiera aferrarse a lo que podía ver en ese instante
— No tengo mucho tiempo para apreciarlo y no siempre logro tener tiempo presente suficiente para tomarme un instante para disfrutarlo.
Blitzø lo observó en silencio, su rostro imperturbable. Había algo en Stolas que lo confundía, una calma ajena a la realidad que solo él futuro conocía. Un futuro donde el tiempo era un lujo que nadie podía permitirse, donde el presente se desvanecía tan rápido como una flama que se apaga sin dejar rastro.
La mirada de Blitzø se volvió aún más inquisitiva, casi como si Stolas estuviera hablando de un mundo que él no entendía.
"Pobre y tonto Presente" pensó Blitzø, con una mueca apenas visible en sus labios.
Oh, pobre y tonto futuro, siempre con un mañana en el que vivir, siempre posponiendo lo que debía hacerse. No comprendía lo efímero del presente, cómo cada momento era una oportunidad única que se desvanecía como arena entre los dedos.
Stolas, ajeno a los pensamientos del futuro, seguía mirando el paisaje, disfrutando de los últimos vestigios de la noche. La ciudad Pentagrama, con sus luces titilantes, las calles llenas de risas y conversaciones distantes... El viento frío solo hacía que todo se sintiera más vivo, más real. Blitzø suspiró, un sonido pesado que rompió el silencio entre ellos.
— Supongo que tiene su encanto...
Dijo con indiferencia, sus palabras no llevaban consigo la suavidad del presente. Era una aceptación forzada, como si tuviera que hacer un esfuerzo para reconocer algo tan ajeno a él, algo tan frágil.
Stolas sonrió por la comprensión que sentía en su pecho al ver la belleza de todo lo que lo rodeaba. Quizás el futuro no lo entendía, pero él seguiría apreciando cada fragmento del ahora...
— A veces desearía poder verlo más tiempo o en otro momento quizás
Mumuró, su voz cargaba algo que el futuro interpreto como melancolía, suave, como si su alma estuviera a punto de disolverse en el aire que respiraba. El búho miró al horizonte una última vez.
El diablillo a su lado, no logró comprender del todo lo que acababa de decir, y en un impulso abrió la boca para añadir algún comentario sarcástico, como siempre lo hacía. Pero en ese instante, el sonido de las campanas comenzó a resonar, profundas y solemnes, marcando el fin de la noche y el inevitable paso del tiempo para el presente.
Stolas cerró los ojos, recostándose suavemente en la cornisa del campanario donde estaba sentado. El peso del tiempo cayó sobre él, como una manta pesada que no podía evitar. Cada campanada retumbaba en su pecho, un recordatorio claro de lo que se desvanecía con cada latido.
El campanar resonó una y otra vez, su eco llenando el aire, y con cada golpe metálico, el cuerpo de Stolas comenzó a transformarse. El tiempo no perdonaba. Su piel, tan suave y luminosa al haber iniciado la noche, comenzó a arrugarse. Su plumaje se tornó gris, y su figura se hizo más pequeña, más frágil. Con cada campanada, su cuerpo envejecía, cada uno de esos ecos marcaba el final de una efímera vida, de un presente que se desvanecía rápidamente.
En un parpadeo, solo quedaban sus huesos, y luego, una campana más y estaba reducido a las cenizas que el viento no tardó en dispersar, llevándolas al cielo. En un abrir y cerrar de ojos, el presente ya no estaba.
El viento se llevó todo: la esencia de ese instante, la fragilidad de la vida, la belleza del tiempo vivido en un suspiro. Era un final hermoso y rápido, algo que no podía medirse ni compararse con nada. Las brillantes y finas cenizas del presente volaron hacia el cielo hasta desvanecerse por completo y perderse en el firmamento, como si nunca hubiera existido.
Blitzø, quien había estado observando en silencio, se quedó allí, inmóvil. A pesar de su naturaleza dura y fría, algo en su interior se vio tocado por lo que acababa de presenciar. Nunca antes había visto algo tan... hermoso. Tan efímero. Algo tan pequeño y tan fugaz, nunca había sido testigo de algo tan delicado.
Por un momento, Blitzø se quedó perplejo, sin saber qué pensar.
Y así, en la quietud de la noche, el futuro, siempre con algo que decir y con una afilada lengua, se quedó allí, sin palabras.
