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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-12-31
Completed:
2025-01-15
Words:
49,398
Chapters:
12/12
Comments:
52
Kudos:
306
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21
Hits:
4,546

Bonito para vos

Summary:

Julián tiene un secreto y Enzo cree se ve muy bonito con él.

Adaptación

Notes:

Esto es una adaptación sin fines de lucro. Todos los créditos van para @liliumpumilum.

Chapter 1: La tanga roja en el cajón de Enzo

Chapter Text

Julián nunca guardaba la ropa. No era de ocuparse mucho de las cosas de la casa en general. Desde que se había mudado con Enzo en los primeros meses de ese año, apenas había usado el lavarropas seis veces, y todas en ocasiones en las que Enzo no estaba en la casa para ayudarlo. En cada una de ellas había tenido que llamarlo por teléfono para que lo guíe durante el proceso. Su única tarea era la limpieza, y aún en eso era bastante malo.

 

Pero la cosa es que Enzo había tenido que salir apurado porque se había quedado dormido y el tren salía en una hora.

 

—Va a largarse a llover en cualquier momento, Juli. ¿Podés levantarte y hacerlo vos?

≻───── ⋆✩⋆ ─────≺

El cielo estaba tan cerrado que parecía de noche, aunque ya era casi el mediodía. Julián se puso un buzo de Enzo que estaba sobre el sillón, y entre bostezos salió al balcón con un canasto y unas ganas tremendas de volver a la cama. Se despabiló cuando al descolgar su camiseta de River vió una tanga de encaje rojo que definitivamente no le pertenecía a él, ni a Enzo.

 

Por un momento se quedó inmóvil frente al tender. El viento chiflaba agitando la ropa y la tanga se balanceaba pendiendo de la soga como una bandera roja anunciando peligro. Si de lluvia o algo más, Julián no estaba seguro.

 

Un trueno lo volvió a la realidad. No era momento de pensar en boludeces. Julián ya no tenía doce años y no podía ponerse así por algo tan boludo. Manoteó la prenda y las demás que quedaban y las puso en el canasto, y antes de que la primera gota de lluvia cayera sobre Buenos Aires, Julián ya estaba doblando la ropa sobre la mesa y con la puerta del balcón cerrada.

 

Julián recordaba de memoria la primera vez que había visto algo así . Tenía seis años y estaba en la casa de una amiga de su mamá. El era el único nene, porque todos habían dejado a sus hijos con sus respectivos maridos, su papá estaba de viaje así que a Ana no le había quedado otra opción que ir con su panza de ocho meses y su hijo a aquella extraña pero tranquila despedida de soltera.

 

Había dibujado toda la tarde en la mesa de la cocina: Messi y otros jugadores, y rayones de crayón rojo que simulaban la banda de River. No prestaba atención a las conversaciones porque eran aburridas y no las entendía de todas formas, pero había algo del tono en el que hablaban que lo hacía sentir curioso y extraño. La amiga de su mamá mostraba el modelo de vestido que había encargado en un catálogo, y el resto de las mujeres se reían de lo extravagante y enorme que era.

 

—¡Pero boluda, no va a poder encontrarte debajo de todo eso!  —tiró una de las amigas, pero la futura novia respondió de forma rápida y pícara.

 

—Lo que voy a llevar abajo va a ser pequeñísimo —Y después risas estruendosas y cuchicheos inentendibles.

 

Julián no recordaba mucho más de la conversación, pero sí una frase y una imagen grabada a fuego. La futura novia había vuelto de la habitación con una cajita de cartón negra y los labios apretados para no sonreír. Sacó unas medias de encaje blancas con portaligas incluido, y una tanga traslúcida y un corpiño angelical, y Julián no había visto algo así en su vida pero recordaba reconocer, aun siendo tan chico, lo bonito que era.

 

Lo otro que recordaba era el tono tímido y pícaro con el que la futura novia había dicho:

 

—Solo quiero verme bonita para él.

 

Julián dobló la ropa con cuidado. La de Enzo al menos —no tenía sentido esmerarse con la suya si de igual forma iba a dejarla amontonada en las repisas de su placard. Primero las remeras, después los pantalones, y por último las medias dobladas sobre sí y los boxers por la mitad. Arriba de la pila de ropa puso la tanga roja, e intentando no pensar en los recuerdos que le venían, dejó todo sobre la cama de Enzo, y cerró la puerta.

 

Solo tenía que prometerse no entrar a la pieza de Enzo e iba a estar bien. Si había tenido el suficiente autocontrol a los trece podía tenerlo ahora con veinticuatro años y la camiseta de River secándose frente al ventilador del living.

 

El sábado fue lo más difícil. Sabía que Enzo no iba a volver en todo el día y tenía todo el tiempo del mundo para probarsela y mirarse frente al espejo como hacía cuando era mas chico. Sabía que iba a ser diferente ahora, porque él era diferente (su cuerpo era diferente), pero se moría de ganas de saber cómo. Nadie tenía que saberlo, y podía seguir con su vida haciendo de cuenta que nada había pasado. Pero también, Julián pensaba que si la sola idea de tener una tanga en la otra habitación lo tenía así, ¿como podía creer que estaría desafectado una vez que se las probara?

 

Era un camino sin salida, y él lo sabía.

 

Pero sobrevivió el sábado, y el domingo fue más fácil. Cuando Enzo se iba a San Martín, siempre lo hacía los sábados a la mañana en el tren de las 10, porque nunca lograba levantarse más temprano e irse más tarde era siempre un problema, y terminaba perdiendo la mitad del día. Era predecible en eso, a tal punto que cuando Julián lo veía salir tarde y apurado, ponía los ojos en blanco y lo esperaba con un termo y el mate en la mano para el viaje. Lo difícil era adivinar la hora en que volvía. A veces, si su mamá tenía planes con la parte de la familia con la que no era tan apegado se volvía a la tarde noche del domingo, y otras se quedaba a dormir ahí y llegaba a la media mañana del lunes.

 

A Julián solía sacarlo de quicio, porque el horario en que volvía Enzo afectaba su dieta, y pedirle que avise con tiempo qué día y a qué hora iba a volver era como hablarle a la pared. Ese domingo, sin embargo, se lo agradeció. Era difícil siquiera imaginar probarse la tanga cuando Enzo podría cruzar la puerta en cualquier momento.

 

—¿Te parece justo volver justo ahora, boludo? —se quejó Julián cuando Enzo abrió la puerta del departamento. Él le sonrió mientras dejaba la mochila junto a la puerta y la cerraba detrás de sí— Si hubiese sabido que venías no hubiese pedido comida.

 

—¿Y me ibas hacer cocinar? ¡Recién llego, Juli! Estoy cansado.

 

Enzo se sacó las zapatillas y se calzó las ojotas que Julián le había regalado para su cumpleaños antes de mudarse juntos. Dejó la campera en el sillón y caminó hacia la mesa.

 

—¿Me extrañaste? —lo jodió mientras le sacudía el pelo, y luego se sentó a su lado.

 

—Me aburrí una banda —explicó y no era del todo mentira—, no pude hacer nada con este clima horrible.

 

—¿Qué comemos?

 

—Milas napolitanas. Hay papas en la mesada.

 

—Aww, me esperaste —se sonrió Enzo y fue a buscar el resto de la comida a la cocina.

 

Mientras comían, Enzo le contó de San Martín. De su amiga del colegio con la que se había encontrado, del novio de su prima ( “bastante decente” tuvo que admitir, aunque no parecía del todo contento) y del color del que su mamá había pintado las paredes del living.

 

—Fuimos hoy temprano a comprar unas cortinas —contó—, para que combinen con el color.

 

—¿Trajiste algo para nuestra casa?

 

—En realidad sí —recordó—, te lo muestro después —dijo y se palmeó la panza para indicar que estaba demasiado lleno para moverse—. ¿Vos qué hiciste todo el finde sin mi?

 

Pensar en la tanga de mierda sobre tu cama.

 

—La verdad, nada —se encogió de hombros—, jugué al fifa, miré un par de pelis. Y leí un poco.

 

—¿No saliste con los chicos?

 

Julián negó—No tengo un mango y encima no paró de llover desde el sábado que me despertaste. Ah! Cierto —dijo, porque no podía mantener la boca cerrada—, qué linda bombachita te compraste, eh.

 

Enzo frunció el ceño pero lo entendió enseguida.

 

—Ahh, la viste —sonrió— Valen se las dejó el jueves y no la veo desde ese día.

 

—Bueno, por lo menos no puede decir que sos un mal novio. Le lavas la ropa.

 

—No soy el novio, Juli —protestó, pero volvió a sonreír—, aunque si soy un caballero.

 

 

≻-──── ⋆✩⋆ ─────≺

 

Julián había dejado de pensar en la ropa interior de mujer en la cama de Enzo. Más o menos. Cada vez que se ponía una remera roja observaba el contraste del color sobre su piel y se perdía imaginando cómo se vería la tanga en él. Pero las semanas pasaban, y la ropa interior probablemente ya no estaba en el departamento de todas formas, y era para mejor, la verdad. Le había costado trabajo quitarse el hábito una vez, y no quería tener que volver a pasar por eso.

 

Cuando llegó diciembre, la tanga parecía tan lejana en el recuerdo como las que escondía en el último cajón del placard cuando era más chico y Julián se sentía como si hubiese esquivado una bala.

 

Entonces, pasó. Capaz era el destino de todas formas. Enzo había estado a full con las mesas de examen y el clima no había ayudado, y la ropa sucia se apilaba sobre el canasto. Julián tenía que irse para la facultad por unos papeles pero no tenía ni siquiera ropa interior, y Enzo había volteado los ojos y le había dicho “podrías aunque sea lavar eso cuando te bañas, ¿qué harías sin mi?”, le había ofrecido que agarre unos boxers de su cajón solo por esta vez.

 

Julián entró a la pieza de Enzo, impecablemente ordenada como si la semana de examenes no la hubiese golpeado-la de Julián parecía víctima de un huracán, tazas de café, latas de gaseosas al costado de la cama y envoltorios de chocolate desparramados por el piso y alrededor del tacho de basura-. Abrió el cajón, y la vió enseguida: estaba debajo de un montón de boxers y medias, pero el rojo era brillante y capturó su mirada al toque. No parecían escondidas, sino más bien olvidadas, y Julián tuvo que morderse el labio para no gritar.

 

Capaz podría llevársela y Enzo no lo notaría. Valentina no había aparecido en el departamento hace meses, y Julián no creía que volviera a buscarlas. Las tocó suavemente, y la sedosidad de la tela le murmuraba sobre los dedos. Pero al toque se oyeron pasos torpes en el pasillo y Enzo pronto se asomó por la puerta. Julián apretó el puño alrededor de unos boxers cualquiera y cerró el cajón.

 

—Juli, el finde voy a lo de Gonzalo a estudiar y de paso a lavar algunas cosas, porque él tiene su secarropas.

 

—Bueno —se encogió de hombros intentando no mostrarse culpable.

 

—¿Queres que lleve algo tuyo? Te diria que podes lavar vos acá, pero los dos sabemos que no lo vas a hacer y aparte no para de llover.

 

Julián sonrió.

 

—Una muda de ropa, por las dudas.

 

Enzo sonrió también.

 

—Dale, me voy al examen. Dejá tu ropa sobre la cama así armo la mochila cuando vuelva.

 

≻───── ⋆✩⋆ ─────≺

 

Despues del examen esa tarde, Julián pasó por una farmacia del centro. Compró crema para afeitar y dos maquinitas descartables, sabía que no se iba a ver raro para nada, pero no podía evitar pensar que quizá todos sabían. Al salir escondió la bolsa en la mochila y cuando llegó al departamento la dejó en el mueble de su pieza antes de ir a saludar a Enzo.

 

—¿Cómo te fue? —preguntó y se sentó en el colchón mientras Enzo terminaba de guardar todo.

 

—Bien, creo —le contestó. Las dos remeras negras de Julián fueron a parar con sus joggings oscuros a una bolsa plástica y los jeans claritos con la ropa blanca de Enzo—Pero estoy re cansado, Juli. Te juro que ya quiero que termine todo y poder dormir. ¿Y vos?

 

—Lo mismo. Creo que este finde solo voy a dormir.

 

≻───── ⋆✩⋆ ─────≺

 

Julián se levantó al otro día cerca de las nueve. Se había puesto el despertador a las nueve y media, pero el cerebro lo había despertado antes. Fue a la cocina y preparó el desayuno: mate y tostadas con manteca y dulce de leche.

 

Estaba ansioso. Una mezcla de ganas de que todo acabe y arrepentimiento por adelantado. No dejaba de pensar en la ropa interior de mierda, y solo quería que fueran las diez para que Enzo se levantara y se fuera para entregarse a eso que lo estaba carcomiendo por dentro y solo…Suspirar…Dejar que pase…Entregarse.

 

Estaba cansado.

 

Despertó a Enzo para que lo ayude a poner el lavarropas por si paraba de llover, y desayunaron juntos en la cocina. Enzo le explicó veinte veces como programarlo cuando pusiera la ropa de color, pero Julián no estaba prestando mucha atención.

 

A las diez y cuarto, Enzo le dió un último abrazo, lo despeinó y se despidió por el fin de semana. Al cerrarse la puerta, Julián suspiró pesadamente y sonrió. Estaba temblando de miedo pero estaba seguro de que quería hacer eso.

 

≻───── ⋆✩⋆ ─────≺

 

Se afeitó mientras se llenaba la bañera. Lo hizo con cuidado y paciencia, quería estar impecablemente liso. Debajo de la mandíbula también, y en la parte alta del cuello. Con las piernas, y el pubis, se recortó un poco primero, y después usó casi la mitad de la crema para afeitarse hasta el último centímetro. Se había cortado encima del tobillo, pero no había dolido siquiera, y luego cuando Julián se tocaba y sentía la suavidad de su piel, pensó que valía la pena.

 

Se metió a la bañera y dejó que el agua caliente lo relajara un poco más. Se lavó la cabeza con el champú de coco y después se quedó recostado mirando la humedad de los azulejos rodando abajo hasta que el agua estuvo tibia.

 

Era la una de la tarde cuando finalmente salió del baño. Tenía el pelo húmedo pero el cuerpo ya se había secado por puro paso del tiempo. Estaba temblando. Julián se miraba al espejo y pensaba en la tanga y temblaba.

 

Suspiró pesadamente y salió del baño. En la soledad del departamento el silencio se respiraba. Julián pasó por su pieza a ponerse desodorante y buscar su celular. Necesitaba ruido, algo que acallara, aunque fuera un momento la discusión interminable en su cabeza. Parte de él le recordaba que todavía estaba a tiempo de arrepentirse, dejar el pelo crecer y olvidar esa ropa interior de mierda y solo hacer de cuenta que nada había pasado. Pero puso música, e ignoró las voces mientras entraba, todavía desnudo, a la pieza de Enzo.

 

No se entretuvo demasiado. Dejó el celular en la cama y buscó eso en el cajón. Esta vez estaba a plena disposición, Enzo se había llevado la mayoría de su ropa interior al departamento de Gonzalo así que nada la ocultaba. La tomó entre sus dedos, dejó que su suavidad se le hiciera carne, y luego, todavía temblando, la reposó sobre su pubis y se miró.

 

Dios. El rojo se veía bien.

 

Tragó saliva y empezó a ponérsela. Era tonto el modo en que lo hacia, lentamente, como dándose tiempo para arrepentirse. Como si fuera a hacerlo. Como si pudiera, siquiera.

 

Era tan diferente…Julián no podía odiarse por extrañarlo. Es que no había otra tela que se sintiera tan bien sobre su piel, tan cómoda. Era encaje sintético, ni siquiera del bueno, pero Julián lo sentía sobre su piel como espuma de mar. Nunca se había sentido tan desnudo y tan bonito como en ese momento, mientras acariciaba la tela sobre su piel y miraba abajo y sus piernas parecían largas y delicadas recién afeitadas desde ese ángulo.

 

Si nadie lo molestaba, se quedaría así todo el fin de semana. Caminando por la casa semidesnudo, con las cortinas cerradas. A la mierda las salidas con los chicos, podía salir de joda en otro momento. Si alguien preguntaba, podía decir que había invitado a una chica aprovechando que Enzo no estaba, y así podía conservar su secreto y su dignidad. ¿Quién sabía cuándo iba a tener otra vez la misma oportunidad? En algún momento Enzo iba a tirar la ropa interior a la basura como hacía con todos los recuerdos que dejaban sus ex en la casa, y todo eso habría terminado. Tenía que aprovecharlo.

 

Cerró el cajón y después la puerta del placard, dispuesto a ir a su dormitorio a buscar alguna remera para ver cómo le sentaba el contraste. Sin embargo, se encontró de golpe con su reflejo y entonces… lo había olvidado. Había olvidado que Enzo tenía un espejo en la puerta del placard. Dios.

 

Dios .

 

Se veía tan bonito. Dio unos pasos atrás hasta poder captar bien su reflejo en el cristal. Sus piernas se veían femeninas sin pelos, y la tanga le dibujaba un ángulo suave debajo del vientre, donde la V asomaba. Era curva y suave y delicada, y Julián no podía creer que ese fuera el.

 

Echó la cola para atrás para que sus muslos se vieran más delgados. Se peinó los rulos y puso caras ridículas mirando al espejo, y honestamente, si viera a alguien hacerlo (incluso aunque se trata de una chica) no se cansaría de burlarse, pero se sentía tan bien. Se veía tan bonito.

 

Sucedió todo demasiado rápido —Julián debería haber apagado la música del celular—: Pasos en el pasillo. Torpes, pesados. Julián los conocía de memoria.

 

Quizá si hubiese sabido qué hacer podría haberse salvado, esconderse en el placard, cubrirse con alguna toalla o sábana, o algo. Pero fue tan repentino… Estaba en las nubes hacía un segundo, que cuando Enzo abrió la puerta todavía tenía una media sonrisa, aunque por dentro estaba muriendo de miedo.

 

—La puta m… Perdón, perdón —Enzo cerró la puerta otra vez y Julián se vió sonreír una última vez en el espejo antes de dejarse caer suavemente sobre la cama, hundir el rostro en sus manos y empezar a llorar.

 

≻───── ⋆✩⋆ ─────≺

 

—Juli?

 

Abrió los ojos asustado. Pero sobre todo, confundido. Estaba oscuro y Julián semidormido, y si no fuera porque sentía el tacto del encaje en su piel todavía, casi podía convencerse de que todo había sido un mal sueño.

 

—Juli, dale, hablame.

 

Enzo se sentó a su lado en la cama y Julián se limpió la nariz con la muñeca mientras reconstruía la escena: estaba en la pieza de Enzo, todavía. Llevaba puesta la tanga porque no quería estar desnudo y porque no se atrevía a salir de la pieza para buscar su ropa. Tenía tanta vergüenza que le había sacado la frazada a la cama y se había sentado sobre el colchón cubierto bajo él como un fantasma. No recordaba haberse quedado dormido, pero lo último antes de la voz de Enzo despertándolo era un recuerdo difuso de morderse la mano para no gimotear, porque no le quedaban lágrimas, pero seguía sintiendo ganas de llorar.

 

—Juli —Enzo lo envolvió por encima de la frazada y lo atrajo hacia él, en uno de esos abrazos torpes y descoordinados que le salían tan bien—. Llevas así cuatro horas, mi amor, no te puedo dejar así.

 

Mi amor.

 

Julián había logrado activar a Enzo sobreprotector. Qué vergonzoso.

 

—Estoy bien —mintió.

 

—Estas cubierto con mi frazada, Juli.

 

—Hace frío.

 

Enzo se rió.

 

—¿En serio vas a hacer esto? Haciendo como si no pasó nada…Juli, los dos sabemos que es mejor hablar del tema y listo. Va a ser difícil, pero para mejor.

 

—No soy gay, ¿sabes? —explicó frustrado, porque probablemente era lo que Enzo imaginaba. No podía culparlo.

 

—No dije eso —le respondió—. Aunque no tendría nada de malo tampoco…

 

—Bueno, pero no lo soy. Y esto no es sobre vos... —continuó explicando y tuvo que respirar hondo y muy lentamente para no largarse a llorar otra vez. Enzo tenía razón: Iba a ser difícil—. Es una cosa que hago nomás. Hacía. Es una boludes, no sé por qué haces un escándalo.

 

—¡No estoy haciendo un escándalo! —exclamó Enzo pero reía—, vos sos el que estuvo toda la tarde encerrado acá cubierto con la frazada.

 

Julián rió, tenía que aceptar que era gracioso. Su actitud definitivamente no vendía bien el discurso de “no es nada grave”. Se preguntaba si Enzo notaba que estaba temblando.

 

—Mirá, no creo que tenga nada de malo ¿si? Pero estaba preocupado porque vos no salías de la pieza y pensé que te sentías mal por esto. Todo el mundo tiene sus cosas, Juli, no es raro.

 

—Es un poco raro.

 

—Todos somos un poco raros y vos no estás lastimando a nadie.

 

Bueno, eso era cierto. Era solo una cosa que hacía, todos tienen sus cosas.

 

Asintió en silencio mientras se reincorporaba, alejándose del abrazo de Enzo.

 

—Tapate, me quiero acomodar. Me estoy asfixiando.

 

—Listo —dijo Enzo y Julián se destapó.

 

 La luz del techo siempre le había parecido demasiado pálida —a Enzo le gustaban las cosas pálidas, era su estética o algo así—, pero esa vez le hizo cerrar los ojos.

 

Volvió a taparse, porque todavía estaba en bolas a excepción de la ropa interior de mujer. Esta vez, solo hasta la cintura.

 

—Listo.

 

Frunció el ceño esperando la mirada compasiva de Enzo, que él sabía que iba a venir pero era aún peor de lo que la recordaba. Oscura y profunda, Julián se sentía aún más desnudo bajo ella.

 

—Estuviste llorando —dijo e intentó refregarle el cachete, pero Julián se apresuró a correr la cara.

 

—Me estaba muriendo de vergüenza nomas, Enzo. No te preocupes.

 

Recién en el silencio frío que vino después, Julián notó que su celular todavía sonaba música desde algún rincón de la habitación. Los Caligaris. Julián iba a odiarlos de ahora en más. No iba a poder escucharlos sin recordar ese momento.

 

No iba a poder entrar a esa pieza sin recordar ese momento.

 

¿Enzo iba a poder mirarlo a él? ¿Lo iba a odiar de ahora en más, como él iba a odiar esa banda?

 

—Perdón que hayas tenido que ver eso —murmuró—, no es algo que haga siempre, ¿sabés? Solo esta vez.

 

—Está bien, no te preocupes.

 

—No, pero en serio, Enzo. No es como que me meto en tu pieza cuando te vas y me pongo esa cosa, no quiero que pienses que soy un pervertido.

 

—Juli, en serio, no estoy pensando eso, no te preocupes.

 

—No tendría que haberlo hecho, perdón —dijo entre dientes y, bueno, estaba llorando otra vez. No estruendosamente, por suerte. Las lágrimas ni siquiera caían, pero sentía el estrujón en el pecho y los ojos húmedos, y le temblaban los puños cerrados sobre la frazada que le cubría las piernas—. Pero es que esa cosa… Intente tanto tiempo… Como, si no fuera porque la vi ayer cuando me prestaste el boxer… Nada de esto hubiese pasado.

 

—Julián —Enzo lo tomó con firmeza del rostro, obligándolo a mirar sus ojos—. Te juro que está todo bien.

 

—No, no está bien —murmuró y se hundió en su hombro y ahora sí, lloraba. No había otra forma de llamarle a eso. Enzo le acariciaba su espalda y Julián lloraba como un nene, y de golpe no se sentía como si los últimos diez minutos hubiesen pasado—. No estaba bien cuando era más chico y no está bien ahora y lo siento muchísimo.

 

Le contó entre sollozos la historia. Enzo no hacía preguntas, ni lo interrumpía, pero le seguía acariciando la espalda mientras lloraba y recibía su mirada con ternura y compasión cada vez que Julián se atrevía a ofrecérsela. Le contó de la despedida de soltera, y del cajón del placard de su mama, y de pararse frente al espejo y cerrar el puño en la parte de atrás de la ropa interior para que no se le cayeran cuando se la ponía. Para que se vieran como si estuvieran hechas para él.

 

Le contó sobre la sensación en el pecho, la misma que había tenido hacía unas horas atrás. Le explicó que no era sexual, que nunca lo había sido, pero que se sentía tan bonito en esa prenda que era adictivo, que había algo en la tela que lo llamaba, algo en verse con ese tipo de ropa interior puesta que se sentía cómodo. Le contó de cómo había dejado todo cuando cumplió los trece, y se dio cuenta de que con ese tipo de cosas se ganaría unas buenas burlas si alguien se enteraba.

 

Le contó de cómo se mordía el labio para no hablar cada vez que una chica se desvestía frente a él y llevaba esa ropa interior tan linda puesta, y como le temblaban las rodillas cuando vió la tanga de Valentina colgando del tender.

 

Habló como una hora entera, capaz un poco más, y cuando ya no supo qué más decir, de golpe se sintió bien. Relajado.

 

Enzo le acariciaba el hombro, y Julián por primera vez levantó su mirada para verlo y pudo sostenerse.

 

—Así que, eso —dijo.

 

—Así que eso —repitió Enzo sonriendo—. ¿No fue tan difícil viste?

 

—Vos no sos de este mundo, por eso estás tan calmado —protestó, sonriéndole también.

 

Enzo le palmeó una última vez el hombro antes de levantarse.

 

—Voy a preparar algo para comer, porque no comí nada desde el desayuno —dijo—, no sé si te diste cuenta pero no fui a lo de Gonza.

 

—Sí, me di cuenta.

 

—Es una historia medio larga, te la cuento cuando cenemos —dijo—, vos mientras arreglame la cama y cambiate o que se yo...

 

—Bueno —asintió Julián.

 

Estaba poniéndose de pie también, cuando Enzo se paró de lleno en la puerta. Se giró, frunciendo el ceño, y miró fijamente a Julián, él se hubiera asustado si no fuera porque Enzo era de otro mundo y jamás le diría algo feo.

 

—Voy a decir tres cosas y quiero que no me interrumpás con boludeces, como pidiéndome perdón o cosas así ¿si?

 

—Bueno…

 

Enzo se llevó las manos a la cintura y dijo:

 

—No hay nada raro en todo eso ¿si? La gente hace cosas así y está bien —Julián asintió y agachó suavemente la mirada—. No, no, nada de timidez, Juli. Mirame a los ojos, es importante.

 

—Dale, Enzo.

 

—No, mirame, Juli —Julián lo miró—. no tenes nada malo. Vos querías sentirte bonito, y te veías bonito, punto. Así que eso.

 

—Así que eso —repitió manteniendo la mirada fija e intentando no pensar en eso último que había dicho.

 

—Otra cosa, no es que te quede mal la barba pero afeitado pareces mucho más joven, en serio.

 

—¿Esa es la segunda cosa? —frunció el ceño, porque pensaba que eso era un discurso serio de mejor amigo o algo así—. ¿que debería afeitarme más seguido?

 

—Si, exactamente —le sonrió—, y la tercera cosa es que podes quedarte con la tanga si queres. No creo que Valen venga a buscarla ni nada. No estás lastimando a nadie y obviamente te hace feliz porque tenias una sonrisa enorme cuando te vi —recordó y esta vez fue él quien ocultó la mirada, aunque solo un segundo—, incluso recién, cuando me contabas todo. Te hace bien y a mi me pone feliz que vos estes bien.

 

—Okey —murmuró y se mordió el labio.

 

Enzo se quedó un momento más en la puerta, mirándolo en silencio. Finalmente sonrió.

 

—Te juro que de ahora en más te voy a avisar si vuelvo antes.

 

—Eso sería de ayuda —sonrió también.