Chapter Text
El aire dentro del recinto de los Grammy estaba cargado de electricidad. Sabrina, entre la multitud, no podía evitar sentir cómo sus ojos se posaban en Billie. La joven estrella, envuelta en su aura única, se movía entre los flashes de las cámaras, su silueta destacándose entre los rostros de la multitud, aquel jersey amarillo único le hacía resaltar para que ciertos ojos claros puedan distinguirla más fácil. Cada uno de sus movimientos, cada giro sutil de su cabeza, parecía estar perfectamente coreografiado por una fuerza que Sabrina no podía comprender. Eilish tenía algo que atraía y seducía sin esfuerzo, un magnetismo que Carpenter se veía incapaz de resistir.
Los flashes seguían estallando a su alrededor, destellos que iluminaban el lugar de manera fugaz, pero cuando por fin se quedaron solas, como si el resto del mundo hubiera desaparecido, todo se volvió más intenso, más cercano. El bullicio a su alrededor, las voces que se mezclaban, los murmullos que no podían oírse, parecían desvanecerse mientras la idea de que ambas se retiren hacia una salida lateral, apartándose de la multitud a oscuras que seguía celebrando la noche.
Sabrina sintió que la atmósfera se volvía más densa, como si el aire a su alrededor se cargara de algo más pesado, algo palpable. La tensión entre ellas crecía con cada paso que daban fuera de la sala principal mientras un show se llevaba a cabo de fondo, el frío de la noche las envolvía con más fuerza a medida que se alejaban de las luces brillantes y la mascarada de la ceremonia. Un rincón apartado las esperaba, un espacio oscuro donde podrían respirar sin que los ojos curiosos las observaran, ni el sonido sordo tapara sus voces. El problema claro estaba floreciendo: Los premios que no fueron dados a una cantante que, para su gusto; parecía merecerlos más que nadie. La compasión no tenía lugar, o quizás su mente fanática hablaba en pensamientos en un callejón sin salida. Lo único palpable era la imagen frente a ella: Una talentosa cantante que estuvo al borde del llano minutos antes. La calma pareció relajar los hombros y los ojos cristalizados de la morena. La paz reina un poco entre el caos reciente.
El sonido de sus pasos resonó débilmente sobre la alfombra que cubría el suelo; mientras Sabrina, sin pensarlo, dejó que sus dedos rozaran suavemente la muñeca de Billie. La ligereza de su toque no fue casual, era un roce calculado, uno que insinuaba una cercanía que sabía no podía ignorar. Lo que inició como un intento de consuelo en una charla, terminó como un golpe eléctrico a su mano. La electricidad entre sus cuerpos se volvía más y más palpable, un tirón que parecía imposible de detener.
—Vamos a respirar un poco —murmuró la única ganadora de ambas en esa noche mágica y trágica, su voz suave, cargada de esa familiar calidez que Billie había aprendido a identificar en los momentos en que Sabrina decidía bajar la guardia, aunque solo fuera un poco. Pocas veces en el pasado habían compartido espacio, y es lo único que pudo aprender de ella en la distancia segunda de colegas que se le permitió.
Asintió sin decir palabra, la piel de sus labios ligeramente humedecida por el gesto involuntario de lamerlos en un tic nervioso. El sonido de su respiración parecía más rápido de lo que normalmente era, un indicio de que algo había cambiado en el aire. No necesitaban decir nada más. La tensión entre ellas era un lenguaje propio que ambas entendían sin necesidad de palabras. Los aires cambian, y una parece leer muy bien el ambiente para la otra.
Cuando llegaron al rincón apartado, bajo la tenue luz de una lámpara en la pared, Billie se acomodó contra la pared, respirando hondo, aunque su mirada nunca dejaba de seguir los movimientos de la otra. Ella se acercó lentamente, como si se tratara de una danza no planeada, con una suavidad peligrosa, y luego cruzó los brazos sobre su pecho. Un gesto que, sin intención, resaltaba aún más su figura en el vestido oscuro que llevaba puesto, acentuando cada curva que la morena intentaba no mirar demasiado tiempo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Sabrina, su voz cálida y profunda, rompiendo el silencio. La pregunta era simple, pero el tono de su voz sugería algo más. Había algo en su mirada que Billie no podía evitar notar, algo que la hacía sentirse más vulnerable, más expuesta.
Billie soltó una risa sin humor, mirando al suelo antes de volver a mirarla. La respuesta salió de sus labios como un suspiro pesado, sin que pudiera evitarlo. Un verdoso buscando un cielo claro que parece encontrar tan rápido para su sorpresa.
—No gané nada. Supongo que debería estar molesta.
Sabrina inclinó levemente la cabeza, observando detenidamente cómo la tensión en el rostro de Billie se transformaba en una leve sonrisa, como si estuviera jugando con sus propias emociones. Un mentón tenso que se relaja lo suficiente ocultando el temblor anterior. La luz del farol resaltaba las sombras de su rostro, haciendo que cada línea de su expresión se viera más intensa, más reveladora.
Sin esperar respuesta, Sabrina dio un paso hacia adelante, cerrando la distancia entre ellas. Sus dedos rozaron la tela de la manga de Billie, dejando un toque tan sutil que parecía casi accidental, pero lo sintió. Fue como una descarga. El calor de su piel bajo ese toque tan ligero la hizo sentirse más viva, más consciente de su presencia.
—¿Pero estás molesta? —preguntó Sabrina con una sonrisa que podría haber sido un desafío, pero la suavidad de su tono hacía que la pregunta fuera un susurro en el aire. Billie, por un segundo, no pudo evitar mirarla, como si las palabras de ella fueran un canto de sirena que le susurraba algo que no quería escuchar.
Tragó saliva, mirando a Sabrina con una intensidad que ni ella misma había anticipado. El espacio entre ellas era tan pequeño que podía sentir el aliento de la otra sobre el aire, el calor que emanaba de su cuerpo, tan cercano que Billie temió perderse en esa proximidad. No había nada más importante en ese momento que la figura de Sabrina frente a ella, con esos ojos que la miraban fijamente, como si pudieran ver directamente a través de su alma. Los nervios juegan en su contra, a veces subían, para encontrarla, a veces bajaban más de la cuenta.
—No lo estoy —admitió finalmente, y su voz tembló un poco más de lo que había querido. No quería dar esa respuesta. Quería decir algo más, algo que explicara lo que sentía, pero en su lugar, sus palabras fluyeron con una vulnerabilidad inesperada.
Carpenter sonrió, y pudo ver en sus ojos esa chispa de satisfacción, como si hubiese logrado algo, como si esa respuesta fuera un pequeño triunfo para ella, no parecía dejar de ganar, claramente era su noche de brillar. Sabrina se acercó un paso más, su rostro tan cerca del suyo que sentía el perfume de su piel envuelto en una mezcla de azúcar y flores. Sin decir nada más, llevó sus dedos hasta la barbilla de Billie, alzándola ligeramente, como si estuviera invitándola a seguir el juego sin palabras.
El latido aumentó. Sabrina era una atrevida naturalmente, con la misma facilidad con la que había comenzado, cerró la distancia entre ellas. Su beso fue lento, controlado, pero cargado de una intensidad que no sabía cómo manejar. La sensación fue embriagadora, su cuerpo traicionándola mientras se entregaba a ese contacto prohibido, tan necesario y, al mismo tiempo, tan peligroso. Cuando se separaron, sus respiraciones se entrelazaron en el aire frío de la noche. al mismo ritmo, encajando perfectamente como un mal rompecabezas viejo. Billie se quedó con los ojos cerrados por un instante, procesando lo que acababa de suceder. Al abrirlos, encontró la mirada fija de los azules pálidos, intensa, desafiante, como si la rubia estuviera esperándola a que dijera algo, pero no pudo decir nada.
—Esto es una mala idea —murmuró Billie, aunque sus palabras no parecían tan firmes como deberían.
Sabrina, sin apartar la mirada, sonrió de forma satisfactoria.
—Siempre lo es, hasta que deja de serlo.
No hay más conversación que sacar en el momento donde el tumulto de voces se acerca, y con ellos, el guardia de seguridad de Eilish haciendo aparición. Todo debe cortarse tan rápido como el inicio. Se alejan lo suficiente para entonces, y es Carpenter quién termina por desaparecer entre el grupo de flashes y charlas alborotadas.
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La lluvia golpeaba con suavidad el cristal de la ventana, haciendo que el ambiente en el pequeño café se sintiera aún más acogedor. El aroma a café recién hecho se mezclaba con el aire fresco de la mañana, y el murmullo de las conversaciones bajas entre los clientes creaba una atmósfera tranquila, casi como si el mundo exterior hubiera quedado suspendido en el tiempo.
Sabrina se encontraba sentada en una mesa junto a la ventana, mirando hacia la puerta, con una mano jugueteando distraídamente con la cuchara que había dejado sobre la mesa. Su rostro estaba iluminado por una suave luz natural, que hacía que su cabello rubio pareciera brillar. Aunque su mirada estaba fija en el suelo, una ligera sonrisa curvaba sus labios, como si estuviera esperando algo… o mejor dicho, a alguien. A su amiga nueva; Billie.
La morena había llegado tarde a la cita, como siempre. No era algo que sorprendiera a Sabrina; la veía como una forma de juego, de retar la paciencia de la rubia, quien no tardó en hacerse una idea del tipo de poder que Billie tenía sobre ella. Sin embargo, no lo veía como una molestia. En el fondo, la impaciencia se había convertido en una parte atractiva de su relación, un recordatorio de la intensidad con la que Billie se movía por el mundo. Sus mensajes tardaban días en ser respondidos por instagram, ni hablar de la invitación como "simples colegas" que quedó suspendida por una semana entera.
Cuando la puerta del café finalmente se abrió, Billie apareció en el umbral, tan despreocupada como siempre, con un abrigo largo de lana gris que se deslizaba por su cuerpo mientras caminaba hacia la mesa. Su mirada encontró la de Sabrina de inmediato, y la chispa de complicidad en sus ojos no pasó desapercibida para la rubia.
—Lo siento por llegar tarde. —La recién llegada sonrió de manera desinhibida mientras tomaba asiento frente a ella. Su cabello oscuro caía lacio despreocupadamente por sus hombros. Mientras analiza a fondo a la cita retrasada del día, la otra, por su parte, haría lo mismo. Analizándola de pies a cabeza; y sus labios, como siempre, llevaban un toque natural de color, pero había algo distinto hoy: la cercanía de Sabrina la hacía lucir más intensa, más real. O quizás era el formato de como su cabello ondulado se movía junto a ella en un movimiento rozando lo angelical. Sabrina sonrió sin decir palabra, la miró fijamente mientras Billie se acomodaba en la silla, como si quisiera estudiarla, analizar cada movimiento de la chica que había logrado desconcertarla por completo. Ella misma no comprendía muy bien por qué. Tal vez fuera su forma de desafiar las expectativas o su capacidad para mantener todo en misterio. Pero al final del día, todo se resumía a una simple verdad: Sabrina sentía una atracción poderosa e innegable. Y muy peligrosa, estaban hoy intentando darle un nombre al pecado cometido aquella noche.
—Ya sabes que pediré lo de siempre, ¿verdad? —dijo Billie, interrumpiendo los pensamientos de Sabrina.
Sabrina asintió, guiñando un ojo mientras tomaba el menú para hacer como que lo leía, aunque ya conocía la orden de memoria. Ella misma había sido quien se encargó de crear ese espresso especial que Billie siempre pedía. Un espresso fuerte, pero con una capa de espuma de leche perfectamente suave, y con un toque de sirope de vainilla. No podía resistirse a la idea de que algo que Billie amaba tuviera una pizca de su propia esencia. Haberlo hecho de forma inconsciente le daba el punto de valor.
—¿Un Shakin espresso, verdad? —preguntó Sabrina con tono juguetón. Como si no fuera su propia marca.
Billie la miró con una mezcla de curiosidad y diversión. Cayendo en la trampa simple.
—Sí, pero espero que tenga crema encima.
Levantó una ceja, mirando a Billie como si no estuviera dispuesta a tolerar que cuestionara su habilidad para pedir su propia línea de café.
—No te preocupes. Esta vez será tu favorito. —Sonrió con seguridad. Sabía que había puesto un toque especial en esa bebida.
Se levantó de la mesa con una elegancia tranquila y caminó hacia el mostrador, donde uno de los baristas la saludó entusiasmado. Sabrina le entregó una señal al chico para que preparara lo que Billie había pedido. Mientras esperaba, observó cómo el joven vertía el espresso con precisión y cuidado, luego añadió la espuma de leche y finalmente, al llegar a la parte del sirope, Sabrina se inclinó hacia adelante para tomar la orden en sus manos. Pero esta vez dejó caer un toque personal: un beso labial en el lomo del vaso. No era algo que hubiera hecho nunca antes, pero hoy sentía que necesitaba darle ese toque de sorpresa. Su rostro y beso ahora adornan la taza.
Cuando regresó a la mesa con el pedido, una sensación extraña la recorrió, algo entre nervios y emoción. La taza humeante descansaba delicadamente en la bandeja que sostenía Sabrina, pero ella sabía que algo peculiar se había añadido. Puso el espresso frente a Billie y observó cómo la morena se disponía a probarlo. Esta, distraída, levantó la taza y llevó el borde a sus labios. Un par de sorbos y luego frunció el ceño, mirando la marca de lápiz labial sobre el costado de la taza descartable.
—¿Qué es esto? —preguntó con tono inquisitivo, notando el color rojo suave sobre el plástico.
Sabrina, con la calma de siempre, la miró a los ojos. No dijo nada durante unos segundos, disfrutando del efecto que había causado. Tiró la bomba y disfruta ver el caso en un rostro tan expresivo como el ajeno.
—Nada. Solo un toque personal. — La rubia sonrió de forma traviesa, jugando con el borde de la taza.
Billie observó la marca, luego miró a Sabrina con una mezcla de sorpresa y curiosidad, como si estuviera buscando algo más profundo en esa simple acción bromista, intentando leer entre esas líneas imposibles en las acciones no propias.
—¿Sabes qué? —dijo Billie, mientras tomaba otro sorbo—. Este sabor es bueno para mi lengua.
Las palabras de Billie fueron deliberadamente ambiguas, dejando a Sabrina con una ligera sensación de incomodidad... y excitación creciente. El doble sentido que Eilish acababa de lanzar no pasó desapercibido. Tragó saliva con una sonrisa forzada mientras miraba a Billie. Su piel comenzó a arder bajo el calor del ambiente y la presión de las palabras no dichas.
—Vaya, parece que te gustó —respondió la nueva estrella con una risa baja, notando cómo el ambiente se cargaba de electricidad.
La más joven de ambas, con una mirada divertida, inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, observando a Sabrina con detenimiento. Las dos compartían una comprensión tácita. Algo en el aire había cambiado, pero no lo nombraron. No lo necesitaban.
—¿Qué si…? —empezó a decir, dejando la frase en el aire mientras continuaba saboreando el espresso—. Creo que el toque está… bien. El café y tú, perfecto.
Sabrina rio suavemente, su voz ligera pero cargada de significados no pronunciados. El silencio entre las dos creció en intensidad, y aunque nadie lo dijera, ambas sabían que esa conexión entre ellas no podía reducirse a una simple cita o conversación. A lo largo de la charla, la tensión seguía creciendo entre los dos. La risa se convirtió en juegos de palabras y miradas que cargaban con un doble sentido que ya no podía ignorarse. El resto del mundo desaparecía mientras el café se enfriaba y ellas compartían un espacio solo para ellas.
Y en esa cafetería, con las manos ligeramente temblorosas, Sabrina sintió que ese beso, aunque no visible, permanecía en el aire, recordándole que sus caminos no podían dejar de entrelazarse, incluso cuando no lo intentaban.
