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Franco se consideraba algo narcisista, aunque jamas lo diria en voz alta. Nadie podía culparlo, tenía con qué.
Si bien su rostro tenia ese toque angelical que sus sedosos risos no hacian mas que resaltar, su mayor orgullo eran sus glúteos; redondos, gordos pero ejercitados, duros pero con la suavidad suficiente. Eran perfectos.
Sabía que su trasero era un imán de miradas, si sus ojos no estuvieran delante, también lo miraria todo el día. No culpaba a nadie por mirarlo, todos debían apreciarlo.
Por eso no se extrañaba cuando quién tanto presumía de despreciar su persona no dejaba de mirarlo.
Paul Aron, piloto de reserva de Alpine como él, le había declarado una clase de guerra desde que le gano aquella sprint de Formula 2 en Imola. Claro que eso era unilateral, porque Franco no hacía mas que reir, enternecido por aquello.
Al argentino le divertía burlarse del estonio, ya que este se enojaba fácilmente si de él se trataba, como demostró mas de una vez en los dichos de sus entrevistas.
Mas de una vez le pregunto si queria tocarlo cuando lo descubría mirándolo, ganándose una mirada de disgusto pero un sonrojo en conjunto.
Debía de admitir que se lo permitiría si algún dia dijera que si.
Pero no tuvo que preguntarselo cuando se encontraron en una discoteca de Brasil, celebrando quién sabe qué.
Franco había sido invitado por Gabriel Bortoleto, el piloto de Sauber nacido en el país carioca. Ambos eran muy buenos amigos, y podria decirse que eran el mejor amigo del otro en aquel deporte, pues tenían muchas cosas en común, no solo las vivencias que todo sudamericano tiene.
En un momento de la noche, el brasilero desapareció, probablemente en busca de bebida o de alguien con quien bailar, eso no importaba, siempre que salían a bailar juntos, al tener la suficiente cantidad de alcohol en sangre sus caminos se separaban hasta que alguno queria irse, abandonando el lugar juntos.
Esto lo dejo solo en el medio de la pista, moviendo libremente su cuerpo al ritmo de la musica autónoma del pais. Bailaba con quien se le cruzara, tomando de la cintura a una bella brasilera o siendo abrazado por las caderas por alguien quien no supo identificar pero no rechazó.
Él no necesitaba alcohol para disfrutar, pero debía de admitir que la diversion era mayor luego de uno o dos tragos, cuando su cuerpo se relajaba y sus caderas se movían con movimientos hipnotizantes. Pero claro, él no estaba borracho, era consciente de lo que hacía a pesar de que no diera esa impresión al restregar su espalda contra el pecho de quien sea que este detras de él.
Es por eso que casi cae de culo al suelo cuando la persona detras de él fue bruscamente arrebatada del calor de su cuerpo. Se volteó algo desorientado, confundido por lo repentino que se alejó de él, ¿Tal vez su pareja los vió? No, fue Paul Aron quien los vió.
– ¿Te gusta restregarte como gata en celo con los demás, Colapinto? – Preguntó con disgusto, pero acercándose a él y tomándolo por las caderas, reemplazando a quien quiera que fuera, pero cara a cara.
– Nah – Contestó él, apoyando sus brazos en los fornidos hombros ajenos y retomando su baile. Su sonrisa coqueta era visible solo para el rubio frente a él, que lo miraba con una expresión entre neutra y de desagrado que no hacía mas que incitarlo. Era tan atractivo, especialmente cuando se mostraba molesto. – , con los rubios que se la pasan mirándome el culo nomás. Ésos son los que mas me gustan.
Dicha declaración, pudo notar Franco, avergonzó de tal manera a Paul que sus orejas de tiñeron de un muy visible carmín debido a su palida piel y a pesar de la escasa iluminación.
Sin dar siquiera una señal, lo volteó rápidamente, abrazándolo firmemente por detrás y pegando sus cuerpos de tal manera que el argentino podía sentir el rápido latido de su corazón.
No hubo queja alguna por tal acción, es más, el mas bajo exagero los movimientos de su cadera, provocándolo. Alzó sus brazos para acariciar los suaves cabellos rubios de aquel que lo agarraba como si pretendiera escaparse, cosa que jamás ocurriría. Se sentía mas que comodo entre los fuertes brazos que lo rodeaban.
– Disfrutas provocarme.. – Le murmuró con voz ronca sobre el oído, apoyando la cabeza sobre el hombro ajeno – . Disfrutas que te mire, ¿no? querías que te toque.. – Se calló de repente, pero Franco ya sabía la razón.
– Me disfrutas – Respondió sin más.
★
La ventana del cuarto del estonio daba directo a la playa. De está entraba levemente la luz de la luna, pero lo suficiente como para que se luzca el bronceado de Franco bajo su camisa azul completamente abierta.
Su espalda color miel brillaba bajo la capa de sudor que lo cubría, y las pequeñas gotas de sudor que le corrían eran como brillantes estrellas recorriendo su piel.
Paul estaba odiado. El argentino era la viva imagen del pecado, con sus gruesos labios rojos y brillantes de tantos besos y sus pestañas revoloteando ante cada estímulo.
No quería mirar su rostro, no podía hacerlo sin que sus labios busquen desesperadamente el contacto con los labios ajenos para esa adictiva danza que ahora ambos conocían. No.
Es por eso que lo mantenía inmovilizado, con la cara y el pecho contra las sábanas y las caderas alzadas sobre rodillas que estaban ancladas contra el colchón.
Con un fuerte agarre en las caderas del otro atraía su cuerpo con cada embestida, siendo estas lentas y firmes, robandoles gemidos y jadeos a ambos, especialmente a Colapinto, quien resultó ser bastante ruidoso.
Su vista era espectacular, finalmente podía ver sus nalgas sin ropa que se lo impidiera. La piel era suave y tersa, con un par de lunares decorando como estrellas.
Cada embestida que daba movía la carne de una manera exquisita. Con solo esa vista podria venirse sin problema.
Noto que el chico en cuatro quería tocarse, pero se lo impidió -ganandose un quejido-, le agarró los brazos con una mano detras de su espalda, usando este nuevo agarre para impulsarse mas rápido y juguetear con sus nalgas con su mano libre.
A pesar de estar en un piso alto se podía oír la música de aquellos que estaban afuera. Era una ciudad llena de ruido, y aunque le hubiese gustado que solo se oyera la melodía que estaban creando ellos dos, estaba disfrutando de la constante fiesta que se sentía. Era algo nuevo para él.
– Paul.. – Murmuró con algo de dificultad al tener el rostro contra el colchón y los jadeos que se le escapaban. Movió su rostro para poder mirarlo, quedando algo inclinado. Paul le devolvió la mirada, jadeando y sin dejar de mover sus caderas – . Tócame... Besame...
En otra ocasión se hubiera reído de su pedido, mofandose de aquello. Pero ahora se encontraba en el mismo estado, o peor que él. Estaba desesperado y aquella posición ya no le daba el contacto piel a piel que necesitaba.
Sin mas preámbulo, se alejó de él, deshaciendo la conexión entre ambos y lo volteó, haciéndole rodar por la cama. Separó sus piernas y, luego de colocar unas almohadas debajo de su cadera, se colocó entre ellas, colocándolas en su hombro y retomando aquella acción tan primitiva que los tenía a pocos metros del cielo.
Esperaba que fuera flexible, porque pensaba besarlo hasta que sus labios solo lo recuerden a él.
La vista de sus glúteos rebotando contra su pelvis era majestuosa, pero la de su rostro sudado y sonrojado, de labios entreabiertos, pelo desordenado y ojos brillantes no tenían comparación.
