Actions

Work Header

Las consecuencia del tiempo perdido

Summary:

No hizo falta una pelea. Ni gritos. Ni portazos.

Solo bastó un día.

El día en que no llegué a tiempo para soplar las velas con él.

Franco y yo lo adoptamos cuando todavía éramos dos corredores intentando entender el amor más allá de la pista. Nuestro hijo. Nuestro pequeño campeón.

Pero la fama tiene un precio que no se paga con dinero. Y yo, Lando Norris, lo pagué sin darme cuenta: con tiempo. Con silencios. Con ausencias disfrazadas de compromisos ineludibles.

Franco intentó estar. Fue más firme, más presente. Yo… me alejé sin querer. Me perdí entre los podios, los contratos, las luces. Y un día, sin anunciarse, el quiebre llegó: una torta encendida, una mesa repleta… y su silla vacía de ilusión.

Él ya no me esperaba.

Desde ese instante, nada volvió a ser igual.

Ahora cargo con el eco de todo lo que no dije, con el vacío de cada abrazo que no di, y con una pregunta que me quema por dentro:

¿Es posible volver a ser el padre que tu hijo una vez necesitó, cuando ya no sos el que él quiere?

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Ultima oportunidad Lando

Chapter Text

"—Por favor Franco, te prometo que ahí estaré—”  

 

Subo las escaleras mientras sostengo el teléfono cerca de mi oído, directo al segundo piso de la casa en Italia. 

 

Me adentré a la pequeña oficina de la primera habitación a la izquierda, para mantener la conversación en privado. 

 

Y porque lo necesitaba a él.

 

Apenas entró su rostro se eleva de la computadora con una sonrisa, observandome tras esos lentes de descanso frente a la computadora donde teclea algo.

 

Puedo perderme en esos ojos verdes el resto de mi vida si de mí dependiera, en ese bello tono. Que desde la primera vez que lo vi, no pude apartar nunca más la vista.

 

Pero ahora mi mente me recuerda que estoy en llamada y la otra persona detrás de esta, espera una respuesta. 

 

—¿Cómo cuándo fue el día de padres en su jardín? O ¿Cómo navidad? Esto no es así Lando, ya creció. Siente tu ausencia y le duele. Y yo realmente estoy cansado de cubrirte, esto no puede seguir más—

 

Me acerco al escritorio rodeando este por un lado, sintiendo al instante sus brazos rodeándome por la cadera y acercarme a el que se mantenía aún en su silla. En silencio

 

“—Solo una oportunidad más Fran. Por favor, dame esta última para demostrarle que lo amó más que nada en este mundo. No quiero perder a alguien más—”

 

Eso fue, bastante directo.

 

Para aferrarme al presente mi mano deja unas caricias en su cabello castaño ondulado. Aunque se que no es algo que le agrade mucho, sabe que yo lo necesito y no réplica. 

 

—Te mandaré la dirección por mensaje y le diré que vendrás. Eso no está a discusión —sentenció serio— por favor Lando. No faltes a su cumpleaños, es la última oportunidad que te doy— 

 

Escucho como suspira agradecido del otro lado, murmurando “Gracias” “muchas gracias”. 

 

“—Es mi hijo Fran, no voy a volver a perderlo. Te lo prometo—”

 

Colgué la llamada sintiendo que una carga enorme se apoyaba en mis hombros. 

 

—¿Todo bien?

 

Sus manos hacen que termine sentado en su regazo y que nuestras narices se rozen. Este momento es donde más lo necesitaba.

 

—Prometió venir al cumpleaños, pero no se…hay algo que no me deja tranquilo. Tengo miedo de que salga lastimado, pero no puedo arrancar a Lando de su vida. Es su padre y antes me como un pomelo a ser un forro. 

 

Deja un beso en mi frente y no puedo evitar deshacerme en sus brazos, buscando más contacto. 

 

—Mon amour, entiendo la situación y está perfectamente bien que tengas miedo, Lando no te dio motivos suficientes para darle tu confianza. Y se que quieres que Jr mantenga ese vínculo con él, por eso es que ahora lo único que tu puedes ocuparte, es hacerle saber a Jr que tu estas a su lado. Y que lo amas incondicionalmente. 

 

Lo llenó de besos al instante, en cortos picos que causan risas burbujeando en su pecho y salen por su boca. Me acerca más a él, completamente encantado con la muestra de afecto. 

 

—Dios, te amo tanto. 

 

—Y yo te amo a ti. 

 

¿Y quién no podría amar locamente a Charles Leclerc?  

 

Yo había caído ante sus encantos, completamente gustoso. 

 

Nunca creí que algún día iba a contar esto. No porque me avergüence, sino porque es una parte de mi vida que me marcó tanto que todavía duele un poco cuando la recuerdo. Pero también aprendí a verla como algo que me hizo crecer. Y sobre todo, que me dio lo más importante que tengo en el mundo: a mi hijo.

 

Conocí a Lando cuando recién llegaba a la Fórmula 1. Éramos jóvenes, ambiciosos, con esa chispa que te da el amor por la velocidad y la adrenalina. Nos entendimos enseguida. Lo que empezó como una amistad con bromas en el paddock, se volvió algo más sin que nos diéramos cuenta. Salimos cinco años. Cinco años intensos, entre circuitos, celebraciones y silencios compartidos en habitaciones de hotel.

 

Decidimos adoptar un hijo. Lo hablamos muchas veces, y cuando finalmente lo hicimos, sentí que nada en el mundo podía superarlo. Los primeros dos años fuimos felices. Una familia. Lando era un padre cariñoso, y yo… yo estaba seguro de que habíamos encontrado algo que iba más allá de cualquier victoria.

 

Pero Lando empezó a cambiar. Ganaba. Ganaba mucho. Campeonatos, fama, contratos… Y con eso vino también el peso, la presión, las cámaras, las fiestas, los viajes. Cada vez estaba menos en casa. Cada vez me sentía más solo, criando a nuestro hijo mientras él se perdía en la vida que siempre soñó, pero que yo ya no compartía.

 

Tomé la decisión más difícil de mi vida: lo dejé. No por falta de amor, sino porque el amor no era suficiente. Nuestro hijo necesitaba estabilidad. Presencia. Y Lando ya no estaba ahí para dársela. Se sumergió en una vida de lujos y eventos, y aunque nunca dejó de querer a su hijo, se perdió de su crecimiento, de sus primeros pasos, de sus miedos, de sus logros.

 

Después de ganar mis dos campeonatos, entendí que ya no podía más. Que intentar equilibrar una carrera en la F1 con la paternidad era una batalla que estaba perdiendo. Me retiré. Y me dediqué por completo a él. A ser papá. A estar.

 

En medio de ese duelo silencioso, apareció Charles. No como algo romántico, al principio. Éramos amigos. Él siempre tenía esa sonrisa suave, esa forma de escuchar sin juzgar. Me acompañó en los días grises, en las noches sin sueño, en los silencios. Y sin que lo buscáramos, algo cambió.

 

Me asusté. Mucho. Tenía miedo de volver a apostar por alguien.

 

Tenía miedo de que él viera a mi hijo como una carga, como algo que venía "con el paquete". Pero Charles fue todo lo contrario. Se acercó a los dos con una ternura que no sabía que necesitábamos.

 

Me lo demostró una y otra vez. Que él estaba ahí. Que no era temporal. Que amaba al niño como si fuera suyo. Que nos quería a los dos .

 

Acepté. Con miedo, sí. Pero también con esperanza.

 

Hoy llevamos cuatro años juntos. Estamos comprometidos y vivimos en Italia, en una casa pequeña.