Chapter Text
Domingo, 17 de abril, 2022.
23:48 p.m.
Una lluvia torrencial comenzó a caer con fuerza sobre la ciudad, llevaba unos largos minutos empapando a la gente, las casas y edificios, lo suficiente para mojar por completo el techo del vehículo. Las luces azuladas y rojizas alertaban a los vecinos que algo no iba bien, observaban tras las cortinas cómo uno de los policías, viejo y canoso, bajaba de su patrulla y se acercaba a otro hombre que había aparecido tiempo antes.
— Neumann, reporte.
El policía más joven, dirigió la mirada a su superior. Antes de hablar, comenzó a acomodar su uniforme, el cual se pegaba cada vez más a su cuerpo por la humedad.
— Detective, recibimos un llamado de uno de los vecinos del sector, dijo que escuchó gritos y cosas rompiéndose. No quiso involucrarse en una posible pelea, pero estaba preocupado, así que nos llamó. — Pasaron a través de la reja abierta de una de las casas, tan vieja y desabrida que les sorprendía que alguien pudiese vivir ahí. — Esto da escalofríos.
— No veo luces encendidas... — El mayor registró la fachada de la entrada bajo su mirada, repasándola lento, como si la reconociera. — ¿Recuerdas el caso que le asignaron a Smith antes que renunciara?
Neumann frunció el ceño.
— ¿El que tenía que ver con una desaparición?
— Sí, aunque ya pasó bastante de eso, ¿cuánto fue? — Cuestionó el canoso. — ¿Cinco meses? De cualquier forma, esto es distinto, puede ser violencia doméstica. Nos iremos de inmediato si no es nada, pero estate atento si alguien da señales de necesitar ayuda.
— Vale.
Ambos se detuvieron de pie frente a la puerta de entrada y pudieron observar de inmediato que se hallaba entreabierta. Cualquier pensamiento que rondara por sus cabezas en ese momento, fue inmediatamente silenciado. Se miraron serios y sacaron sus respectivas armas en caso de necesitarlas.
El mayor abrió por completo la puerta e ingresó a paso lento, haciendo una seña a su acompañante para que le siguiera de la misma manera.
Pasaron por un pasillo que los llevaba a lo que sería la sala de estar y pudieron comprobar que los interruptores de luz no servían en absoluto, ni una sola bombilla se encendió.
El detective sacó su linterna e iluminó el espacio en el que estaban, sin inmutarse ante la imagen que captaron sus ojos. La sala principal se hallaba en desorden, los sillones corridos y los objetos decorativos rotos. Las cortinas estaban despedazadas y dejaban ver el ventanal hecho trizas.
— Mierda…— Susurró Neumann, recibiendo de inmediato una mirada regañadora.
El oficial se removió en su lugar, pidiendo disculpas en su mente, y sacó su propia linterna para poder observar un segundo pasillo que parecía dirigir el camino a otras tres habitaciones con sus puertas cerradas.
Siguieron adentrándose cautelosamente, revisando el entorno y sus esquinas. Dieron con el baño, el cual era espacioso, y sobre las baldosas, un montón de pastillas y frascos rotos. Al momento de revisar las otras puertas, decidieron separarse para inspeccionarlas.
Neumann se dirigió a la más cercana y, apenas iluminó la habitación con su linterna, comenzó a tener arcadas. El oficial observó el cuerpo inerte tendido bocarriba sobre la cama, despojado de sus prendas y de un color enfermizo. El cabello lo tenía revuelto y se podía notar claramente los huecos que indicaba la falta de sus hebras. Las mismas que formaban mechones y se hallaban esparcidos por el suelo de la habitación.
Horribles eran las marcas de uñas en el cuello, de tal profundidad que le rodeaban manchas de sangre seca. Además de eso, parecía que alrededor de las muñecas tenía unas franjas oscuras, pero no pudo estar seguro de qué se trataba. No había más heridas a la vista, ni sangre que le cubriera. Tan solo una expresión de tristeza que calaba hasta lo más profundo de sus ojos abiertos y mirada muerta.
Escuchó los pasos del detective acercarse a él.
— Está despejado por este lado, ¿encontraste algo? — Neumann no respondió, pero no hizo falta. Apenas su superior asomó la cabeza al interior, frunció el ceño y masculló. — Carajo...
Ambos quedaron en silencio, observando a la mujer sin vida y expuesta. El mayor no tardó en guardar su arma para sacar su radio y, antes de salir, lanzó una mirada de lástima a su colega.
— Hablaré a la central, trata de recomponerte.
Neumann guardó también su arma en cuanto quedó a solas. Alzó su mano y, frustrado, revolvió sus hebras oscuras. No era menor el tiempo que llevaba siendo oficial, pero jamás se terminaría de acostumbrar a esto.
Ya no quiso seguir mirando, por lo que se dispuso a seguir a su superior hasta que unos sollozos bastante bajos lo detuvieron. Se dio la vuelta y, en una esquina, observó un armario cerrado desde donde provenía el ruido.
Mientras desenfundaba su arma, avanzó hasta quedar de frente y abrió de par en par las puertas pertenecientes al armario. Frunció el ceño al percibir una figura que intentaba ocultarse entre sus piernas, apretándolas y manteniéndolas juntas con la fuerza de sus brazos.
Entonces, el oficial lo alumbró y vio cómo el cuerpo temblaba descontroladamente y se movía con espasmos que acompañaban al llanto. Poco a poco le devolvían la mirada. El joven dejó a la vista su rostro consternado y sus ojos abiertos a más no poder por el miedo, estaba perturbado.
Neumann bajó su arma y la guardó, creyendo que aquello asustaba todavía más al chico que no dejaba de llorar.
— Hey, tranquilo. Ya estamos aquí, todo terminó. — Trató de calmarlo. — Puedes salir, estás a salvo.
El joven negó errático, arrastrando su cuerpo hacia atrás, aunque ya no había espacio dentro. El policía apretó sus labios y se agachó hasta quedar a la misma altura.
— ¿Estás lastimado? Podemos llevarte a un lugar seguro, necesito que salgas de ahí. — Tragó fuertemente al no obtener una reacción positiva.
Vio que agarraba su cabeza con sus manos, sosteniéndolas como si no pudiese soportarlo más. El chico lloriqueó y tomó su cabello rojizo en un puño, jalando mientras murmuraba palabras que de a poco se iban volviendo entendibles.
—… no hizo caso, nunca me escuchó… nunca… — Neumann trató de agudizar su oído para comprender, pero las oraciones se convirtieron en balbuceos de nuevo.
— Respira, vamos. ¿Qué pasó? ¿Quién no te escuchó? — Le vio cerrar los ojos, angustiado, sin cesar el llanto.
—… no escuchó, no escuchó, ¿por qué no me escuchó? — Las hipadas ascendieron y las palabras se repetían, el oficial dio por hecho que el joven no estaba prestándole atención, estaba trastornado. Decidió ir por el detective y avisar de la situación, por lo que se puso de pie. —… tenía que huir.
El hombre detuvo toda acción al sentir una mano sosteniendo su ropa, notando que el menor miraba hacia abajo.
— L-Le dije que era una mala idea, tenía que huir…
— ¿Quién tenía que huir? ¿Qué ocurrió?
—… tenía que huir, ella no me escuchó. ¿Por qué no me escuchó? L-La mató, él la mató. Él la mató… yo le dije y él la mató. E-Ella no me escuchó y él la mató. El oficial se puso alerta, volviendo a ponerse de cuclillas y tomando al chico de los hombros, le obligó a mirarle.
— ¿Sabes quién fue? ¿Quién la asesinó?
— Fue él, él la mató. — Los labios le temblaban, le observaba con terror y no soltaba las prendas del policía. — Él la mató, ¿por qué no hice nada?
Neumann lo intentó por última vez.
— ¿Quién la asesinó?
— Fue él, el demonio Jäeger.
