Actions

Work Header

PAZ DE SANGRE

Summary:

Tras siglos de división, un matrimonio entre los herederos del Reino de Corea y el Imperio del Norte promete inaugurar una nueva era de paz en la península. Pero ni Yeon Si-eun, el príncipe del sur, ni Ahn Su-ho, el príncipe imperial del norte, desean formar parte de este acuerdo forzado.

Notes:

Hola a todos. Espero que les haya gustado este primer capítulo. Solo quiero aclarar que todo lo presentado es ficticio; nada de esto es real, es solo una obra de ficción. Mi intención no es ofender a nadie. Espero que disfruten mucho esta historia, e intentaré actualizar con frecuencia.

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

En el año 1778, el Reino de Joseon repelió lo impensable: una invasión a gran escala del Imperio Japonés. Gracias al genio estratégico del Rey Yeon Gyeongho y a una revolución militar que transformó al antiguo reino agrario en una potencia moderna, Corea triunfó en la Guerra del Archipiélago (1778–1782). Las batallas de Namhae y Geoje quedaron grabadas en el alma nacional como gestas de sangre, acero y dignidad recuperada.

Pero la gloria no traería paz.

Tres años después, en 1785, mientras el sur celebraba festivales por la victoria, el norte ardía en resentimiento. La figura en la sombra era el príncipe Yeon Muwon, medio hermano del rey y comandante de las legiones del norte, un hombre carismático, temido por su capacidad militar e idolatrado por sus tropas. Creía que Gyeongho, con su diplomacia y reformas civiles, había traicionado el espíritu de la victoria.

Una noche de  invierno, los dos hermanos se reunieron por última vez en persona, en el Salón de Jade del palacio real.

—"¿Qué ves desde tu trono, hermano?" —preguntó Muwon, mirando por la gran ventana que daba al jardín cubierto de nieve—. "¿Un reino en paz o un pueblo adormecido?"

—"Veo un país que ha sufrido demasiado por la espada de la guerra. Necesita pan antes que pólvora."

Gyeongho se levantó con la mirada firme, los ojos marcados por las noches sin sueño.

—"¿Y qué ofrecerás tú? ¿Más conquistas? ¿Más hijos sin padres?"

—"Les ofreceré grandeza."
Muwon caminó lentamente hacia el centro de la sala.
—"Joseon no será discípula de Occidente ni mendiga de tratados. Será un imperio en ascenso."

Hubo un silencio pesado. Entonces Gyeongho habló, con una tristeza que parecía pesar siglos: —"No permitiré que destruyas lo que juntos defendimos."

Hay un momento en que los hombres se observan, cómo si estuvieran midiéndose el uno al otro, contemplando el posible fin de dicho desacuerdo.

Un suspiro le siguió.

—"Entonces no somos hermanos. Somos enemigos."

Ese mismo año, el príncipe Yeon Muwon se rebeló, tomando el control de las provincias norteñas. En 1786, desde la ciudad de Pyongyang, se proclamó Emperador del Imperio Coreano, fundando una nueva dinastía y rompiendo formalmente con la Casa Yeon. Pero más aún, rompió con su propio nombre.

Frente a miles de soldados reunidos en la Plaza del Alba, en un acto ceremonial transmitido por heraldos a todo el norte, declaró:

“El nombre Yeon representa la debilidad de lo viejo, la complacencia de lo que teme avanzar. Hoy me desprendo de esa piel. Desde este momento, renazco como Ahn Gunjin —el que impone la paz a través del orden, no de súplicas. Este será el inicio del verdadero destino coreano.”

Así nació la Dinastía Ahn, y así comenzó la guerra civil conocida como El Cisma Carmesí (1785–1794).

Durante casi una década, los campos de Corea se tiñeron de rojo. Seúl, la capital del sur, fue sitiada dos veces. Pyongyang se convirtió en una ciudad fortaleza, símbolo del nuevo imperialismo. Las tierras entre el río Imjin y el Paralelo 38, que marcarían en el futuro la línea de separación, cambiaron de manos una docena de veces.

Una de las batallas más sangrientas fue la Batalla de Baeksan, en 1791, donde el general sureño Min Joon-hwa, con solo 5,000 hombres, logró frenar una embestida de 20,000 tropas del Imperio del Norte, usando túneles y fuego alquímico. Aquel acto heroico salvó el sur de una derrota total.

La guerra terminó oficialmente en 1794, cuando ambos lados firmaron el Tratado de Yodong, acordando una división permanente de la península a lo largo de la línea que siglos después sería conocida como el Paralelo 38, con Pyongyang como la capital del norte y Seúl como la del sur. Así, el antiguo reino de Joseon murió, y nacieron dos Coreas y en el año 1795 el rey Gyeongho con mucho pesar declaro oficialmente al Reino de Joseon como el Reino de corea y en su lecho de muerte murmuró que “Espero que volvamos hacer uno” y con esas últimas palabras murió el último rey que gobernó sobre un país que era uno. 







⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨

 

El palacio de Gyeongbokgung , residencia privada de la familia real en Seúl, era un oasis de jardines, madera perfumada y silencio ceremonial. Pero esa calma fue quebrada por el brillo de una pantalla.

En la sala de estar privada del ala este, el príncipe heredero Yeon Si-eun, de veinticinco años , estaba desplomado en un sofá bajo, con una almohada bajo el brazo y el control remoto en la mano. A su lado, sus dos amigos de la academia diplomática —Shin Young-Yi y Seo Jun-Tae— estaban enfrascados en una partida de baduk.

El televisor estaba encendido de fondo, como ruido blanco, hasta que el presentador cambió de tono.

“Noticia de última hora. Se nos informa del matrimonio real entre los príncipes: el heredero del Reino de Corea, Su Alteza Real Yeon Si-eun, y el nieto de la Emperatriz Kim Ji-ae del Imperio Coreano, Ahn Su-ho. Esta unión histórica podría ser el camino hacia la paz absoluta en la península de Corea... o el inicio de una crisis diplomática sin precedentes, quizás incluso el preludio de una guerra de sangre entre líneas reales divididas desde hace siglos.”

El silencio cayó como de repente.

Shin Young-yi dejó caer su ficha de baduk. Seo Jun-tae, que tenía una galleta de arroz a medio camino hacia la boca, se congeló.

Si-eun parpadeó. Luego, lentamente, levantó la vista.

—“¿Qué... qué fue lo que dijo?”

—Si-eun... creo que te vas a casar.” —susurró Jun-tae con la voz quebrada entre lo absurdo y el horror.

Young-yi tomó el control y subió el volumen. El presentador continuaba.

“La Casa Real del Sur no ha emitido aún un comunicado oficial, pero fuentes cercanas al gabinete de asuntos de reunificación confirman que el acuerdo fue firmado esta mañana en el ala oeste del Palacio Imperial. El heredero, Yeon Si-eun, se casaría con Ahn Su-ho en un acto simbólico destinado a sellar un futuro compartido entre ambos pueblos…”

—“No. No puede ser. Esto es una broma... es una jodida broma.”
Si-eun se puso de pie de golpe, sus mejillas encendidas de rabia y la voz temblorosa.

—¿¡Mi matrimonio!? ¿¡Por televisión!? ¿¡Con el norte!? ¡Ni siquiera me consultaron!—

Shin se levantó también. —¿Si-eun, no sabías nada? Ni una pista… ¿ni una reunión con ese consejo de viejos?—

—¡Ni un maldito correo, Young-yi! ¡Soy el maldito príncipe heredero de este reino y nadie pensó en decírmelo antes de que el país entero lo viera en la pantalla del televisor!—

Seo se acercó con cautela.

—Tal vez fue una decisión de Estado. Un acto por la paz. ¿Tu padre… el rey, no te lo dijo porque… no quería preocuparte?—

Si-eun soltó una carcajada vacía.

—“¿Paz? ¿Eso justifica venderme como moneda de reconciliación? ¿Soy un símbolo o soy su maldito hijo?”

Dio media vuelta y salió de la sala, los pasos firmes resonando en los pasillos pulidos del palacio. Los guardias no lo detuvieron. Sabían que cuando el príncipe caminaba con ese paso, más valía dejarlo ser tormenta.

Sus amigos lo siguieron, uno a cada lado.

—“¿Ahn Su-ho?” —murmuró Si-eun mientras subía las escaleras—.
—“Lo he visto una vez. En una cumbre de jóvenes en Ginebra. Arrogante. Presumido e inclusive tonto. Camina como si fuera dios o buda. ¿Ese es el futuro que me espera?”

—“Podría no ser tan malo…” —intentó Young-yi—.


—“No lo odio. Ni lo conozco lo suficiente para eso. ¡Ese no es el punto!” —lo interrumpió Si-eun—.

 —“Quiero elegir mi vida. Quiero amar a quien quiera. ¡No firmar tratados con mi cuerpo!”

Llegaron a su dormitorio privado. La puerta se cerró de un portazo. El silencio fue denso.

El príncipe respiró hondo y se dejó caer en la silla de su escritorio de roble.

—“¿Y qué pasa si digo que no?”

Jun-tae cruzó los brazos, pensativo.

—Entonces puedes provocar justo lo que quieren evitar: un escándalo nacional. O peor, una ruptura definitiva con el norte.—

Young-yi se sentó en el borde de la cama.

—¿Y si hablas con tu padre? En persona. No como príncipe. Como hijo. Tal vez no sea irreversible.—

—“No lo sé, Young-yi. No sé si quiero hablar con él… o gritarle.—

De pronto, una notificación llegó a su teléfono. Mensaje entrante de la Reina su madre.
"Tu padre desea verte. Esta noche. En la Sala del Loto Blanco. Ven solo."

Si-eun miró el mensaje como si fuera un sello de plomo en el pecho.

—Supongo que ya no soy un niño, ¿eh?—

—No, amigo.—dijo Jun-Tae con seriedad—


—Pero eso no significa que no debas ser escuchado.—

Si-eun se puso de pie, se arregló la chaqueta con dignidad forzada y murmuró:

—Si este matrimonio va a sellar el futuro de la península entera, entonces tengo derecho a decidir si quiero ser el sello… o el que lo rompe.



⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨

 

Los pasos del príncipe eran frenéticos, estaba enojado, sus bonitos ojos expresivos mostraban ira, decepción. El príncipe no sabía qué debía sentir. El haber sido traicionado por su propio padre le traía una mezcla confusa de emociones. ¿Cómo se atrevía su padre a comprometerlo sin tener la poquita decencia de siquiera informarle?

 

Una vez que llegó a la puerta de La Sala del Loto Blanco, Si-eun le dijo a los guardias: —“Anuncia mi llegada.”

 

El guardia frente a él simplemente asintió e hizo una reverencia: —“Atención, el príncipe heredero su alteza real Yeon Si-eun está por entrar”—. 

 

Una vez que las puertas se abrieron, los sirvientes se inclinaron ante el príncipe en silencio mientras se adentró en la recámara. 

 

La Sala del Loto Blanco era un lugar solemne dentro del Palacio Gyeongbokgung . Sus paredes estaban recubiertas en seda blanca bordada con pétalos de lirio dorado, y el suelo de madera pulida reflejaba la luz tenue de las lámparas colgantes. Una sola mesa baja de jade ocupaba el centro, con cojines bordados para cada miembro de la familia real. 

 

Sentados, se encontraban su Majestad, el Rey, y progenitor de Sieun, junto a su esposa, la Reina.

 

«¿Cómo puede estar tan calmado después de casi vender a su único hijo?»

 

—Qué bueno que estás aquí, hijo. 

 

Si-eun se vió obligado a salir de sus pensamientos por la voz calmada de su padre.

 

—Majestades. —el protocolo dictaba qué debía hacer una reverencia a su padre y después a su madre. 

 

No les dió tiempo para intervenir, tomando el turno a la palabra al decir con tristeza: —¿Por qué? Realmente quiero entenderlo, dígame, ¿por qué me hizo eso majestad?

El silencio que siguió fue espeso, casi físico. La sala, iluminada por la luz dorada que filtraban las pantallas de papel de arroz, parecía contener el aliento.

El rey Yeon Doyun no respondió de inmediato. Miró a su hijo como si lo estuviera viendo por primera vez. El Rey, sentado con la espalda recta, las manos cruzadas sobre su regazo, tenía una expresión serena, sin embargo, sus ojos —los mismos ojos que había heredado Si-eun— lucían cansados, y quizá, sólo quizá, culpables.

—Si-eun… —empezó con voz pausada—. Era lo correcto.

La reina So-hwa, sentada a su lado, bajó ligeramente la cabeza. No había sido su decisión, pero la había apoyado, y eso la hacía cómplice.

Si-eun entrecerró los ojos. Avanzó hasta la mesa de jade, pero no se sentó. Permaneció de pie cómo una estatua con el orgullo herido.

—¿Lo correcto para quién, padre? ¿Para la corona? ¿Para su consciencia? ¿Para su diplomacia? Porque para mí no lo fue. Para mí fue una puñalada por la espalda.

—No lo hicimos para herirte. —intervino So-hwa en voz baja—. Lo hicimos por el reino.

Si-eun se giró hacia ella. Su mirada no era dura, sino desesperadamente dolida.

—¿Reino? ¿Qué Reino, madre? ¿El que me enseñaron a proteger?  ¿O el otro, el que nos vigila desde el norte con ojos fríos?

Doyun se levantó entonces, con un leve suspiro. Se acercó a su hijo con pasos lentos, como si cada uno le costara parte de su dignidad.

—Hijo, tú heredaste una nación rota. No dividida por fronteras físicas solamente, sino por cicatrices. Este matrimonio… era una Unión. No una venda, sino una costura real. Algo que solo tú podías ofrecer.

—¿Y no creía necesario consultarme antes de “coserme” a un desconocido? —espetó Si-eun.

—¡Suficiente!

El tono no fue ni grito ni súplica: fue ley. El mismo tono que había hecho arrodillarse a diplomáticos extranjeros, que había detenido reuniones de emergencia con una sola palabra. Y por primera vez esa noche, fue dirigido hacia su hijo.

—Basta de berrinches, Si-eun. No estás en un patio de entrenamiento. Estás en la Sala del Loto Blanco, y eres el príncipe heredero del Reino de Corea. —Su voz, firme como mármol, resonó por toda la sala.

Si-eun se quedó inmóvil. Sus labios se apretaron, sus hombros temblaron un segundo, pero no replicó.

Doyun avanzó, despacio, con pasos que marcaban la distancia entre un padre y un rey.

—Tienes derecho a tus sentimientos. A tu rabia. Incluso a tus lágrimas, si las tuvieras. Pero no confundas ese derecho con poder . La corona no es tuya aún. Y si algún día deseas ser rey, más te vale empezar a comportarte como tal.

So-hwa no dijo nada. Tenía las manos juntas, mirando la escena sin intervenir. Sus ojos se humedecieron, pero su boca se mantuvo cerrada. Ella conocía ese tono. Había visto al rey usarlo con ministros, con generales… ahora, con su hijo.

Doyun se detuvo a pocos pasos de Si-eun, el silencio vibrando como una cuerda tensada entre ambos.

—Este compromiso no se cancela. —lo dijo sin vacilar, como si cada palabra fuera un decreto sellado—.
Podrá retrasarse. Podrá replantearse. Pero fue firmado en nombre del Reino de Corea. No por un padre. Por un monarca. Y tú heredarás no solo sus deberes, sino también sus decisiones.

Si-eun levantó la vista, sus ojos llenos de una mezcla de furia y tristeza. Pero no habló.

—¿Quieres el trono? —preguntó Doyun, más bajo ahora, pero sin perder fuerza—.
Entonces compórtate como alguien que sabe que no puede elegir cuándo reinar, ni cómo se escribe la historia. Solo cómo cargarla sin que te aplaste.

La tensión era asfixiante. Hasta los sirvientes más distantes en el pasillo agacharon la cabeza, sabiendo que estaban presenciando un momento que pasaría a los libros de historia.

Finalmente, Si-eun respondió. Su voz era baja, pero mordaz.

—Entonces ya no soy su hijo. Solo su sucesor.

Doyun respiró hondo. Hubo un destello de dolor en su rostro, casi imperceptible, antes de que la máscara de rey volviera a cerrarse.

—Ojalá fueras ambos.

Sin decir más, el príncipe dio media vuelta y abandonó la sala. Sus pasos eran más lentos ahora, como si cada uno cargara el peso de siglos de reyes, guerras, pactos... y decisiones impuestas.

Las puertas se cerraron tras él con un leve susurro.

So-hwa miró a su esposo, su voz finalmente rompiendo el silencio.

—¿No has sido demasiado duro...?

Doyun no la miró. Solo observó el cojín vacío donde su hijo no se sentó.

—Si no lo fuera ahora, el trono lo destruiría después.

 

⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨

El estudio del Príncipe Imperial Ahn Su-ho era silencioso, casi monástico. Las paredes estaban cubiertas de estanterías con libros antiguos, manuales militares, tratados filosóficos, y uno que otro cuaderno de notas personales. A la luz tenue de una lámpara de aceite, Su-ho leía con concentración un informe del consejo de seguridad, con una taza de té de raíz de pino a medio beber. El ambiente estaba perfectamente ordenado, como todo en su vida.

Hasta que Go Hyun-Tak irrumpió.

—Alteza imperial. Es urgente.

Su-ho alzó los ojos lentamente, sin mover el resto del cuerpo.

—¿Quién murió?—

—Nadie. Pero quizás debas sentarte.—

—Ya estoy sentado.—

Hyun-tak intercambió una mirada rápida con Park Hu-Min, que venía detrás, con un tablet en mano. El ambiente se tensó.

Hu-min, que nunca perdía tiempo con preámbulos, soltó la bomba directo.

—Te comprometieron. Con Yeon Si-eun.

Por un momento, no hubo reacción. Nada. Ni un parpadeo. Solo silencio. Luego, Su-ho dejó el informe sobre la mesa con una precisión milimétrica. Levantó la vista.

—¿Lo confirmaron oficialmente?

—Sí. Lo anunció la Casa Real del Sur esta mañana. Medios internacionales ya lo están transmitiendo.

Hu-min puso el video. La voz del presentador decía:

—Una unión histórica entre las casas reales de Corea. El príncipe heredero del Sur, Yeon Si-eun, y el príncipe imperial del Norte, Ahn Su-ho, han sido comprometidos en matrimonio como símbolo de reconciliación…—

Su-ho cerró el tablet con un chasquido. No dijo nada durante varios segundos. Solo se levantó lentamente y caminó hacia la ventana, donde la nieve comenzaba a caer sobre los jardines congelados de Pyongyang.

—¿Quién lo autorizó?

—Tu abuela la emperatriz. Y el Consejo Imperial. Dicen que es inapelable —respondió Hu-Min.

—Claro —murmuró Su-ho.

Entrecerró los ojos mirando la nieve caer.

—Paz disfrazada de traición. Muy poético.—

Hyun-Tak se acercó, visiblemente incómodo.

—¿Qué vas a hacer?

—Nada —dijo Su-ho, sin girarse—. Porque no tengo opción. No me dieron una.

La puerta se abrió con un golpe suave pero insistente. Era Oh Beom-Seok.

—¿Es cierto? —preguntó con la voz trémula, parado en el umbral como un espectro—. ¿Tú... y ese príncipe del sur?

Su-ho giró la cabeza apenas. La tensión en su mandíbula era lo único que traicionaba su rabia contenida.

—Sí.

Beom-Seok entró sin ser invitado, como solía hacer.

—¿Y qué soy yo entonces? ¿Una sombra? ¿Un juego?—

—Un error —dijo Su-ho con una frialdad quirúrgica.

Beom-Seok retrocedió como si le hubieran golpeado.

—¿Por qué él? ¡Ni siquiera lo conoces!—

—Justamente por eso —Su-ho se dio media vuelta, ahora enfrentándolo con mirada de cuchillo—. No hay expectativas. Ni ilusiones.

—¡Pensé que yo...! Todos pensaban que sería yo —dijo Beom-Seok, alzando la voz.

—Y todos estaban equivocados.— dice con un tono de voz seco.

La tensión era insoportable. Hu-Min y Hyun-Tak observaban en silencio.

Beom-Seok bajó la cabeza, sus puños temblando.

—¿Sabes lo que dicen de él?—

—Sí.—

—Dicen que es arrogante. Que cree que el mundo gira a su alrededor. Que no sabe sonreír. Que si el mundo no es como él quiere, lo rompe.

—Perfecto entonces —Su-ho se giró hacia la ventana de nuevo—. Alguien digno de odiar.

Beom-Seok se quedó en silencio, derrotado. Se dio la vuelta y se fue. La puerta se cerró tras él.

Hyun-Tak habló finalmente, su voz suave.

—¿Realmente lo odias ya?

—No. Pero lo haré —susurró Su-ho.

Hu-Min entrecerró los ojos.

—¿Entonces vas a aceptar esto sin pelear?—

—No confundas calma con rendición, Hu-Min —Su-ho se sirvió otra taza de té—. Si tengo que casarme y hacerle un hijo a Yeon Si-eun, haré lo que sé hacer mejor: adaptarme. Observar. Controlar. Doblarlo, si es necesario.—

Hyun-Tak asintió, aunque con cautela.

—¿Y si él intenta doblarte primero?—

Su-ho se detuvo, mirando el vapor subir de su taza. Luego, sin emoción, respondió:

—Entonces será él quien se rompa.—

Y con eso, el Príncipe Imperial volvió a su escritorio. Las palabras del video seguían resonando en la sala:

—...el camino hacia la paz o la chispa que desate un nuevo conflicto...

Su-ho ya sabía la respuesta. Paz no era lo que él quería. Tampoco guerra.
Lo que él quería... era control.



⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨





La Cámara de los Crisantemos era una de las más antiguas y silenciosas del Palacio de Hwasan. Allí no entraban soldados, asistentes ni cortesanos sin permiso explícito. El incienso de ciprés flotaba en el aire, y las paredes de piedra gris absorbían cada palabra como si supieran que en ese lugar solo se pronunciaban verdades.

Ahn Su-ho entró con la espalda recta y los ojos impasibles. Frente a él, sentada en una silla de respaldo alto, cubierta con una túnica ceremonial de hilo de oro, estaba la Emperatriz Kim Ji-ae, su abuela. La mujer más temida del norte, aún con sus cabellos recogidos con austeridad y la piel marchita por los años, tenía una mirada que podía partir en dos a un ministro con solo un silencio.

—Cierra la puerta, Su-ho —dijo ella sin levantar la voz.

Él obedeció.

—Siéntate.—.

Se sentó. No habló. No preguntó. Esperó.

La Emperatriz lo observó largo rato. Lo evaluó, como si buscara grietas invisibles en su expresión.

—Sé que no estás de acuerdo con este compromiso.—

Su-ho no respondió de inmediato. Luego, en voz baja pero firme, dijo:

—Lo acepto porque no tengo elección.—.

—Eso no es lo que te pregunté —replicó ella con suavidad glacial—. Te pregunté qué opinas.

Un segundo de silencio.

—Es una maniobra estratégica. Eficiente. Pero torpe en el plano humano. Forzar una unión entre dos casas que se detestan solo genera resentimiento. El sur quiere paz superficial. Nosotros les daremos algo más útil: legitimidad.—

La Emperatriz arqueó una ceja.

—¿Legitimidad?—

—Sí. Ellos son hijos de una dinastía débil, que perdió el control del país hace siglos. Nosotros lo tomamos. Ahora ellos intentan volver a la mesa ofreciéndo a su  al heredero. Me ven como puente. Pero yo sé que soy la piedra.—

—Y aun así, vas a casarte con él.—

—No lo amo. Ni lo respeto —dijo Su-ho sin emoción—. Pero puedo trabajar con él. Si lo observo lo suficiente. Si lo mantengo a raya.

La Emperatriz asintió lentamente. Luego se inclinó un poco hacia él.

—Hay algo que debes comprender, Su-ho. Este matrimonio no es un símbolo vacío. No es solo política ni ceremonia. Necesita producir resultados reales.

—Lo sé.

—¿Lo sabes de verdad?

Su-ho apretó los labios, pero no desvió la mirada.

—Mi función es asegurar la continuidad imperial. Lo que significa… que debo engendrar un heredero.

—Correcto —asintió Kim Ji-ae—. No un símbolo. No una unión decorativa. Un descendiente nacido de ambos linajes. El primer hijo del sur y el norte. Eso, Su-ho… no puede fingirse. No puede evitarse.

—¿Y si él se niega? —preguntó el príncipe en voz baja.

La emperatriz lo miró en silencio.

—Entonces lo convencerás. O lo doblegarás. O… lo seducirás.

Su-ho se tensó por un segundo.

—No soy seductor.

—No hace falta serlo. Solo tienes que ser convincente. —Ella entrecerró los ojos—. Se dice que el príncipe Si-eun tiene orgullo. Temperamento. Pero también tiene miedo. Usa eso.

Su-ho no respondió. Sus manos estaban cruzadas sobre su regazo, y sus ojos fijos en una grieta del suelo. Su voz se volvió más áspera, más real.

—Me repugna pensar en tocarlo. Me repugna saber que tendré que... intimar con alguien que me desprecia.

—¿Y crees que eso te hace diferente a todos los que han llevado la corona? —dijo ella con una frialdad que quemaba—. Tu abuelo y yo no nos soportábamos al inicio. Me miraba como una pieza política. Y aún así, lo amé con el tiempo. Porque aprendí a respetar el deber antes que la emoción.

Su-ho bajó la mirada un instante. La voz de su abuela se suavizó, aunque no perdió su fuerza.

—No te pido que lo ames. Ni que lo quieras. Pero sí que lo entiendas. Si-eun es como tú. Fue criado para gobernar. Solo que en vez de disimular su dolor con silencio, lo convierte en rabia. Te provocará. Te desafiará. Y tú tendrás que responder con algo más que frialdad—

—¿Y si fracaso?

—No fracasarás. —La Emperatriz se puso de pie, despacio—. Porque si lo haces… el Imperio perderá la oportunidad de unir las dos Coreas sin una sola bala. No te estoy pidiendo que lo conquistes con amor. Te estoy pidiendo que lo conquistes con inteligencia.

Su-ho se levantó también. Su expresión no cambió, pero algo se quebró en la rigidez de sus hombros.

—¿Y el niño?—.

—Será el heredero de ambos mundos. Será la nueva Corea.—

Silencio. La palabra "niño" pesaba demasiado.

—¿Y si lo odio?—

—Entonces lo criarás como rey, no como hijo.—

Su-ho respiró hondo. Finalmente, asintió.

—Lo haré. No por él. Ni por ustedes. Sino porque quiero el trono.—

La Emperatriz sonrió, satisfecha. No con ternura. Sino como una loba que observa a su cría endurecerse.

—Eso es todo lo que necesitaba oír.—

Su-ho hizo una reverencia. Cuando salió, el frío del pasillo pareció más suave que el de la sala.

Detrás de la puerta, la Emperatriz cerró los ojos. El precio de la paz era alto. Pero su nieto era más fuerte de lo que cualquiera sabía. Y Si-eun, pronto, también lo descubriría.





⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨

Ha pasado una semana desde el anuncio del compromiso real,El príncipe Yeon Si-eun se sienta en silencio frente al gran espejo de su salón personal. Dos asistentes revisan su hanbok azul medianoche con bordes plateados, ajustando los pliegues con cuidado. Su rostro está sereno, pero sus ojos reflejan el cansancio de la semana.

Un joyero abre una caja de terciopelo y extiende la corona del heredero, una pieza discreta pero contundente: delgada, de oro blanco, con un símbolo de loto en el centro. Si-eun la observa un momento, luego asiente.

—Colócala —dice Si-eun, sin moverse.

El asistente levanta la corona con reverencia y la acomoda sobre su cabello, justo por encima de la frente. La habitación se queda en silencio un momento.

—¿Estás listo? —pregunta Seo Jun-Tae, de pie a su derecha.

—Lo estaré cuando cruce esa puerta —responde Si-eun.

Shin Young-Yi entra desde el pasillo.

—Las cámaras están afuera desde el amanecer. Vi periodistas internacionales peleándose por un lugar en la valla.

—Entonces demos un buen espectáculo —dice Si-eun, tomando aire.

Las grandes puertas del Salón Jeongjeon se abren. Suenan los tambores ceremoniales. Los nobles, los políticos, los ministros de ambos lados se levantan.

Yeon Si-eun entra con paso firme, la cabeza erguida. La luz de los candelabros se refleja en su corona. La tristeza habitual en sus ojos está más controlada, disimulada por una capa de dignidad serena.

Tras él, sus dos amigos caminan a distancia precisa. Los medios, ubicados en los balcones superiores, encienden sus cámaras.

En el otro extremo, las puertas se abren por segunda vez.

Ahn Su-ho cruza el umbral. Su hanbok es negro con detalles en gris pálido, y sobre su cabeza lleva la corona imperial del norte: más angulosa, más agresiva en diseño, pero igual de sobria. Su rostro es como siempre: imperturbable. Observa el salón, no con arrogancia, sino con cálculo.

Tras él caminan Go Hyun-Tak y Park Hu-Min, ambos serios y atentos.

Ambos príncipes se detienen frente al círculo central de mármol blanco, el espacio simbólico donde dos mundos deben encontrarse.

—Bienvenido al Reino de Corea —dice Yeon Si-eun, con tono firme pero cortés.

—Gracias por el recibimiento —responde Ahn Su-ho, bajando ligeramente la cabeza.

El silencio que sigue está lleno de matices. Los nobles observan cada gesto, los medios capturan cada milímetro de sus expresiones.

El Rey Yeon Doyun, sentado en su trono, observa sin moverse. A su lado, la Reina So-hwa mantiene las manos cruzadas en el regazo, la mirada fija en su hijo.

Frente a ellos, sobre el estrado norte, la Emperatriz Kim Ji-ae del Imperio Coreano del Norte mantiene la cabeza en alto. Su porte es casi escultórico.

—Ahora los príncipes realizarán el saludo formal —anuncia el moderador.

Ambos príncipes se inclinan al mismo tiempo, con sincronía estudiada.

—Que este encuentro sea un paso hacia el entendimiento —dice Si-eun, mirando al frente.

—Eso esperamos todos —responde Su-ho, con voz suave.

El protocolo sigue. Se les ofrece té ceremonial. Ambos lo aceptan. Las cámaras capturan el instante en que beben en sincronía, como signo de respeto mutuo.

 

Tras el acto público, los asistentes y la prensa son llevados fuera. Queda solo el círculo interno: los príncipes, sus amigos, los reyes, la emperatriz y algunos asesores.

El grupo se traslada a un salón lateral, menos ornamentado, con luz más tenue.

Los dos príncipes se sientan uno frente al otro. Cada uno deja su corona sobre un soporte de madera a su lado. Un gesto que dice: Estoy presente. Soy heredero. Pero estoy dispuesto a hablar.

—No sé si esto cuenta como una primera conversación —dice Si-eun, con una sonrisa pequeña, casi tímida.

—Cuenta —responde Su-ho, sin levantar mucho la vista.

—¿Cómo ha sido la semana? —pregunta Si-eun, intentando sonar natural.

—Tranquila. Dentro de lo que cabe —responde Su-ho—. Mucho ensayo. Muchos discursos.

—Lo mismo aquí. Es curioso. Nos están haciendo ensayar para conocernos.

—Y aún así, nada suena natural —dice Su-ho.

Hyun-Tak, desde atrás, cruza los brazos y comenta suavemente:

—Van mejor de lo que pensaba.

Young-Yi, a su lado, asiente.

—No se han matado. Ni congelado el aire. Ya es un éxito.

Jun-Tae, tomando notas mentales, agrega:

—El lenguaje corporal es limpio.— Parecen tranquilos. Pero no cómodos.

 

Ambos príncipes se quedan un rato en silencio. Solo el sonido del té sirviéndose se escucha.

—No voy a fingir que esto me emociona —dice Si-eun de forma suave, mirando su taza.

—Tampoco esperaba que lo hicieras —responde Su-ho—. Lo que importa es que sepamos mantenerlo estable.

—¿Y tú? ¿Qué piensas de todo esto?

—No mucho. Me dieron un plan. Lo sigo.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Tan… tranquilo.

Su-ho finalmente alza la mirada.

—Soy como me entrenaron para ser. ¿Y tú? ¿Siempre tan… triste?

La pregunta no tiene tono ofensivo. Su-ho no sonríe, no se burla. Es una observación directa.

Si-eun baja la mirada.

—No. Solo últimamente.

—¿Por esto?

—Por muchas cosas —dice Si-eun—. Pero este compromiso no ayuda.

—Entonces mejor no empeorarlo —dice Su-ho.

 

Un fotógrafo oficial entra discretamente.

—¿Podemos tomar una imagen de ambos, de pie?

Ambos príncipes se levantan. Se colocan hombro con hombro. No se tocan. Solo están allí. Dos futuros líderes con coronas al costado. Ambos serios. Ambos silenciosos.

—Gracias por tu cortesía —dice Su-ho, apenas audible.

—Gracias por tu disposición —responde Si-eun.

La foto se toma. Será portada mundial.

Y por dentro, ninguno sabe qué esperar del otro. Pero ambos entienden algo simple: esto es solo el comienzo.

 

⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨⇨





La imagen congelada en pantalla muestra a los dos príncipes de pie, hombro con hombro. Yeon Si-eun, con los ojos bajos y la expresión medida. Ahn Su-ho, inamovible, con el rostro de mármol. Las coronas de ambos reposan sobre pedestales de madera a sus costados.

La transmisión de la KCBC News continúa en vivo, con el presentador hablando con entusiasmo controlado.

—Histórico. Realmente histórico. La imagen que ven ahora mismo es la portada de una nueva era en la península de Corea. El heredero del Reino de corea y el príncipe imperial del Norte, juntos. A pesar de los siglos de división, esta unión simbólica abre la posibilidad de una Corea más estable, quizás incluso unificada...

El sonido de la televisión ilumina una sala en penumbra. Las persianas están cerradas. La única luz proviene del televisor y de una lámpara de escritorio tenue, con una bombilla que parpadea ligeramente.

El lugar no parece una casa. Hay mapas sobre una mesa. Algunos antiguos, otros marcados con rutas actuales. Fotografías. Algunas de los príncipes. Otras más borrosas. Un esquema dibujado a mano con líneas que conectan nombres, ubicaciones, fechas.

Frente al televisor hay una persona. Su rostro no se muestra, solo la silueta: delgado, de hombros rectos. Lleva guantes de cuero oscuros, y el reflejo del televisor tiembla sobre su chaqueta negra.

El volumen de la transmisión baja con un clic del control remoto.

El silencio cae como una manta pesada.

La persona se inclina hacia una mesa cercana. Toma un teléfono móvil viejo, sin acceso a internet. Lo enciende. Marca un número de memoria.

Su dedo no tiembla.

Tres tonos.

Una voz al otro lado responde. No se escucha qué dice.

Pero la figura responde, con voz baja, serena. Inconfundiblemente decidida.

—Es hora de que el plan comience —dice.

Un clic. La llamada termina.

La persona no se mueve al instante. Solo observa la pantalla, ahora mostrando imágenes del pueblo celebrando en las calles, ondeando banderas, lanzando flores frente a los palacios.

—este intento de  paz... —susurra, casi como un pensamiento en voz alta—. No saben lo que viene.

Se levanta. Camina hasta una pared cubierta con recortes, mapas, cables conectados a monitores pequeños. En el centro, dos fotografías: una de Yeon Si-eun. Otra de Ahn Su-ho.

Las une un hilo rojo.

La figura levanta la mano enguantada y tira del hilo.

Se corta.

La escena se oscurece.