Chapter Text
En la oscuridad de la noche, cuando sólo las estrellas velan el cielo y la luna derrama su brillo gélido pero acogedor, la soledad se posa sobre los bosques como un manto pesado. El un silencio apenas roto por el arrastre apagado de unos pasos cansados.
Un niño volvía a casa con las manos vacías, derrotado tras otra jornada de caza infructuosa.
Era ya el quinto venado de la semana que se le escapaba de entre los dedos, y mientras avanzaba por el sendero terroso que el tiempo había cincelado entre los árboles, pensó, con una punzada de desaliento, que quizá la caza no era lo suyo.
Bajo sus pies, la tierra crujía con un ritmo lento y resignado, como si el bosque mismo compartiera su pesar: otro día más en que no podría brindarle a su madre el consuelo de no tener que preocuparse, una vez más, por conseguir el alimento de ambos.
No era seguro para un niño tan pequeño adentrarse solo en el bosque, mucho menos en la oscuridad de la noche. Sin embargo, el deseo desesperado de conseguir una presa que pudiera alimentar a su madre y a él mismo lo empujó a tomar una decisión imprudente: quedarse más tiempo del que su sentido común le indicaba. Ahora, caminando de regreso con el gran rifle y un par de cuerdas en su carrito de arrastre de madera, los aullidos de los lobos cortaron el aire, escalofriantes y cercanos, mucho más cerca de lo que debería ser posible.
El sonido lo hizo apresurar el paso, con la esperanza de llegar lo más rápido posible a casa. Pero a medida que avanzaba, la sensación de unos ojos invisibles, vigilantes, lo acosaba. Había estado presente desde el momento en que puso un pie fuera de casa esa mañana, una presencia fantasmagórica que, al girarse, siempre desaparecía. Sin embargo, en esa oscuridad inevitable, con el peligro acechando a su alrededor, aquella sensación se había vuelto insoportable. Un nudo se formó en su garganta, y su instinto de supervivencia, más fuerte que el orgullo, lo empujó a correr, a llegar a su hogar lo antes posible, donde, tal vez, su madre ya estaría preocupada, temiendo lo peor por su larga ausencia.
El carrito rechinante daba tumbos con cada pedrusco en su camino, el sonido rompió el suave arrullo de las ramas secas movidas por el viento. El pequeño mestizo tropezaba con cada paso, pero pronto, el sonido de sus pasos nerviosos se vio acompañado por otros, mucho más firmes y decididos, que resonaban varios metros atrás. Las bestias salvajes lo habían encontrado.
El cazador se había convertido en presa.
Con el corazón golpeando ferozmente en su pecho, el niño comenzó a correr con su vida ahora pendiendo de un hilo, aunque sus pulmones ardieran y sus piernas protestaran por el esfuerzo. La oscuridad lo rodeaba, pero lo que lo acechaba en la distancia era mucho más temible.
Sentía cada respiración pesada y cada gruñido salvaje cada vez más cerca, como si las criaturas estuvieran a punto de caer sobre él en cualquier momento. Las lágrimas, casi invisibles en el viento helado, se derramaban por sus mejillas, deslizándose con la misma rapidez con que su desesperación crecía.
Un golpe más fuerte de lo habitual hizo rebotar el carrito, y en un chasquido seco, volcó. Las cuerdas y el viejo rifle —ese que alguna vez perteneció a su padre— quedaron esparcidos sobre el suelo terroso. Volver por ellos no era una opción. Al ver el brillo letal en los ojos de los lobos feroces y famélicos, no necesitó pensarlo dos veces. Ni siquiera vaciló, aunque un nudo se le formó en el estómago al dejar atrás algo tan valioso para él emocionalmente.
Corrió. Corrió como si la vida se le escapara con cada paso, porque, en efecto, así era. Pero por mucho que se esforzara, los lobos no le perdían el rastro. El destino del pequeño parecía sellado.
Fue entonces cuando su cuerpo ya no aguantó más. Una piedra traicionera torció su tobillo, y el niño, de cabellos rizados, cayó sin remedio. Rodó cuesta abajo, fuera del camino elevado, hasta que su cuerpo golpeado se detuvo en un claro más llano. Las gafas que llevaba ajustadas desaparecieron entre la maleza, y por unos segundos, todo fue confusión, dolor... y miedo.
Los lobos no tardaron en alcanzarlo. Ahora no corrían: caminaban con lentitud, seguros, gruñendo con hambre y con furia ante el intruso que había invadido su territorio. Paso a paso, se acercaban, y el niño, paralizado, era incapaz de mover siquiera un dedo. La sensación de ser observado —esa que nunca lo había abandonado del todo— se volvió aún más asfixiante. Sabía que esos colmillos acabarían con él de un solo mordisco.
Las lágrimas brotaban sin cesar, calientes contra su piel helada. Y cuando uno de los lobos saltó hacia él, no le quedó más que cerrar los ojos... y rezar. Rezó al Dios que su madre tanto adoraba, con la esperanza de que, al menos, escuchara a un niño que no quería morir.
Esperó el dolor. Esperó los colmillos desgarrando su piel, el ardor de una muerte lenta y cruel. Pero nada de eso ocurrió.
En su lugar, un chillido agudo, de puro dolor, lo sobresaltó. No era suyo... venía de uno de los lobos. Lo siguieron gruñidos furiosos, bufidos... y un sonido extraño: como siseos largos y afilados.
Tembloroso, el niño entreabrió los ojos. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano para intentar ver con claridad, pero sin sus gafas todo era un borrón de formas y colores que se mezclaban con la oscuridad del bosque. Aun así, distinguía algo... algo que no debería estar allí.
Una figura alargada, blanca como la nieve bajo la luna, se retorcía entre los lobos, defendiéndolo con movimientos fluidos y violentos. ¿Era una serpiente...? ¿Una gigantesca serpiente?
Su corazón dio un vuelco. ¿Acaso había rodado hasta el nido de una víbora? Tal vez no moriría devorado, sino envenenado... y luego, finalmente, devorado. ¿Será que la carne humana era tan deliciosa como para atraer a todos los depredadores del bosque?
La confusión lo envolvía, más intensa que el miedo. Y aunque su cuerpo seguía paralizado por el pánico, su mente no podía dejar de formular preguntas absurdas, típicas de un niño que aún no comprende por completo la lógica del mundo... ni de la muerte.
Con los ojos entrecerrados, intentó distinguir lo que ocurría frente a él. En medio de la confusión, parecía que aquella serpiente blanca se había enroscado alrededor de uno de los lobos, apretando su cuerpo con fuerza, asfixiándolo lentamente. El lobo atrapado forcejeaba en vano, mientras el otro chillaba, aullaba y gruñía impotente al ver a su compañero morir entre los anillos de la criatura.
Justo cuando todo indicaba que la serpiente estaba a punto de devorar al lobo vencido, lo soltó sin aviso. Siseó con fuerza, revelando unos colmillos largos y delgados como agujas, listos para inyectar veneno con una sola mordida. Eso fue suficiente para ambos animales. Aterrados, huyeron entre la maleza, con el rabo entre las patas, resignándose a buscar su cena en otro lugar.
El pequeño niño castaño había dejado de llorar en algún momento sin darse cuenta, pero el miedo seguía oprimiéndole el pecho. Ahora no temía a los lobos... temía a la serpiente. Aquella criatura, si lo deseaba, podría acabar con él en un instante, tragárselo de un solo bocado sin dejar rastro.
Se talló los ojos con fuerza, intentando quitarse las lagañas formadas por las lágrimas secas. Cuando volvió a mirar, la serpiente ya no estaba.
Tal vez su mala visión le estaba jugando una mala pasada. Tal vez su mente, confundida por el miedo, había imaginado todo aquello. Aun así, entrecerró los ojos, escudriñando cada rincón del claro, buscando algún rastro de esa silueta blanca imposible de ignorar. Pero no la encontró. Nada. Ni una hoja movida, ni una huella, ni un sonido.
Finalmente, aceptó lo inevitable: no estaba equivocado.
La serpiente, simplemente, ya no estaba. Ahora estaba sólo en el bosque.
Al volver la vista al frente, sintió un leve contacto en su rostro. Alguien le colocaba sus gafas con delicadeza, justo como le gustaba usarlas, deslizando con cuidado su cabello rizado detrás de la varilla. Ese gesto, tan familiar, le recordó al toque suave de su madre. Y aunque esa ternura le dio un instante de calma, al alzar la mirada... casi se le detuvo el corazón.
Sus ojos avellana se abrieron por completo. Frente a él flotaba un ser resplandeciente, y no sabía si estaba alucinando, si aún soñaba... o si, en efecto, ya había muerto.
Se quedó pasmado, con el corazón en un puño, contemplando a la criatura alada suspendida en el aire. Estaba de cabeza, pero sus rostros quedaban frente a frente, como si la gravedad fuera una decisión más que una regla. Y, pese al terror que aún le palpitaba en el pecho, no podía mirar a otra parte. Estaba hipnotizado por aquella luz que lo envolvía todo, cálida y brillante como el polvo de las estrellas, suave para sus ojos.
La tez del ser era tan pálida que parecía de porcelana, tersa y etérea. Sus mejillas enrojecidas le daban un aire travieso, casi bufonesco, realzado por un traje blanco con toques dorados que brillaban con cada movimiento. Un sombrero de copa coronaba su cabeza, y, como por arte de magia, no caía al suelo a pesar de estar completamente invertido. Un truco digno de un mago... o de alguien mucho más extraño.
La sonrisa que le ofreció era cálida, dulce y suave. Casi tan reconfortante como las que le dedicaba su madre.
Cuando la criatura aterrizó suavemente en el suelo y se sentó frente a él, el temor del niño se transformó en una confusión profunda. No sabía si aquel ser era peligroso o no, pero instintivamente permaneció a la defensiva, con el cuerpo tenso y la respiración contenida.
—Está todo bien ahora, niño, no te preocupes. Estás a salvo —dijo la criatura con una voz suave y amable, tan armoniosa que parecía pertenecer a alguien que no era humano. Aquellas palabras, sin que él lo notara del todo, aliviaron parte de su carga, como si soltara una roca enorme que llevaba acarreando durante todo el día.
Aun así, no se sentía capaz de articular palabra.
—¿Los lobos te comieron la lengua? —continuó el ser, ladeando la cabeza con una sonrisa juguetona—. Creí que eras un chico valiente.
El comentario le hizo entrecerrar los ojos con molestia. Esa misma mañana había discutido con su madre por lo mismo: él insistía en que era valiente, que ninguna criatura del bosque podría impedirle cazar y llevar a casa un gran animal para la cena. Quizá las cosas no salieron como quería... tal vez tenía más miedo del que estaba dispuesto a admitir. Pero era orgulloso, y no le gustaba que se lo echaran en cara.
—¿Podrías decirme tu nombre, pequeño? —La voz del ser luminoso sonó con una amabilidad tan pura que desarmaba, pero la pregunta tomó por sorpresa al niño, que dudó unos momentos en responder. Después de todo, su madre siempre le advertía que no hablara con extraños.
—No te preocupes —añadió la criatura con una sonrisa suave—, no te haré daño. Yo te cuido.
El silencio que siguió se alargó por un par de minutos. El niño no apartaba la vista del extraño ser frente a él, debatiéndose en su interior entre lo que sabía que debía hacer y lo que necesitaba. A su alrededor, el viento seguía murmurando entre las hojas, como si también esperara su respuesta. Al final, a su pesar, Alastor comprendió una dolorosa verdad: si quería volver a casa con su madre, no podría hacerlo solo.
—Mi nombre es Alastor... ¿Quién eres tú?
La criatura se iluminó de entusiasmo al escuchar la respuesta. Sonrió de oreja a oreja —si es que tuviera orejas— y, de manera completamente inesperada, sujetó las mejillas del joven con ambas manos y las apretujó con ternura, como si no pudiera resistirse a hacerlo.
—¡Pero qué lindo nombre, Alastor! Tu madre debe tener un gusto exquisito.
El pequeño frunció el ceño con fastidio. Se soltó de inmediato del agarre ajeno, molesto por ser tratado como un bebé, y aún más por haber sido tocado sin permiso.
—¡No me toques! ¿Quién eres y qué haces aquí? ¡¿Eres un hada?! ¡¿Dios?!
La criatura resplandeciente soltó una carcajada al escuchar las ideas disparatadas del niño. Alastor, con su imaginación desbordada, había conseguido arrancarle una genuina risa. Sin embargo, al recobrar la calma, notó que el pequeño castaño no compartía en absoluto su diversión. Con un suspiro largo y casi teatral, el ser giró los ojos al cielo brillante y guardó silencio unos segundos antes de ponerse en pie. Entonces, le tendió la mano.
El niño ladeó la cabeza con desconfianza, pero finalmente aceptó el gesto y se dejó ayudar. Al incorporarse, sintió de inmediato el agudo dolor en su tobillo: lo había torcido durante la caída. Cada paso era una punzada, pero aún así, con la terquedad propia de quien se niega a rendirse, intentó caminar con firmeza. Se sacudió el polvo de la ropa con dignidad y echó a andar. Apenas alcanzó a dar tres pasos antes de que el dolor lo venciera, y su cuerpo volvió a ceder, cayendo al suelo.
—No hagas eso, te lastimarás aún más —dijo la criatura con una paciencia infinita en la voz. Se acercó con calma y, esta vez, en lugar de ofrecerle la mano, lo rodeó con los brazos. Una bajo su espalda, la otra bajo sus piernas, y lo alzó como si no pesara nada. Alastor no tuvo más opción que dejarse sostener, apoyando el rostro sobre el hombro ajeno.
La tela blanca de la túnica, tan pura como la luna llena, era suave como las plumas de un ganso. Una sensación cálida, casi reconfortante. Sin embargo, a pesar del alivio involuntario, Alastor no pudo evitar quejarse y removiéndose incómodo, intentó apartarse con torpeza.
—¡Te dije que no me tocaras! ¡Suéltame! ¡Quiero ir a mi casa! —gritó con todas sus fuerzas, pataleando y golpeando con desesperación. Pero sus esfuerzos resultaron en vano. El ser luminoso ni se inmutaba ante los pocos golpes que lograban alcanzarlo, y con calma, sujetó sus brazos para evitar más alboroto.
—¡Lo siento! ¡Te llevaré a casa! Tranquilízate un poco, no puedes caminar en tu estado. Te soltaré apenas lleguemos —prometió con una voz suave, aunque un poco más firme, antes de comenzar a caminar entre los árboles frondosos del bosque. Aquel niño rebelde de mejillas sonrojadas y orgullo herido le provocaba una mezcla entre ternura y gracia; sin duda era un niño de mamá, pero con mucho carácter.
A pesar de sus palabras, Alastor no dejó de forcejear, lanzando pequeñas protestas entre jadeos y gritos apagados. La paciencia del ser angelical, aunque vasta, comenzaba a tensarse. Con una sonrisa pícara que apenas se formó en sus labios, extendió de pronto sus seis alas doradas, enormes y majestuosas, doblando su tamaño en una visión casi divina.
El grito del pequeño Alastor no se hizo esperar. En cuanto sintió el viento azotando su rostro y vio el suelo alejándose vertiginosamente bajo sus pies, su orgullo desapareció por completo. Se aferró con todas sus fuerzas a la túnica blanca, rodeando el cuello del ser con ambos brazos y ocultando el rostro en su hombro. Su respiración se volvió agitada, casi frenética, y sus piernas temblaban sin control. Por un momento pensó que los lobos no eran tan mala forma de morir.
—¡Bájame! ¡Bájame! ¡Bájame!
Era lo único que salía de sus labios, al principio con voz iracunda, como un cachorro ladrando a sus cuidadores. Pero pronto, al ver que sus gritos no surtían efecto y que la altura era cada vez mayor, su orgullo fue cediendo al miedo. La rabia se transformó en un nudo en la garganta, y su voz se volvió una súplica quebrada, desesperada.
Una mano cálida se posó con suavidad en su espalda, recorriéndola en caricias lentas, como si pudiera calmar el temblor de su alma. El agarre firme en sus piernas le recordaba que no caería, que alguien —aquella criatura brillante y extraña— no tenía intención alguna de soltarlo. No había dureza en su sujeción, sino promesa.
—No sabía que le tenías miedo a las alturas. Está bien tener miedo, pero no te dejaré caer nunca, mi pequeño lucero. Confía en mí.
Aquellas palabras, tan amables y seguras, hicieron que Alastor se encogiera aún más contra el pecho ajeno. El apodo le hizo arder las mejillas de vergüenza. Sólo su madre solía llamarlo con nombres tan dulces. Y sin embargo, aquella voz suave y serena... le resultaba extrañamente familiar y sólo por eso, no se atrevió a decir nada al respecto.
Con fingida molestia, soltó un suspiro fuerte, largo y teatral, como intentando ahuyentar su propio temor. A regañadientes, dejó que las caricias en su espalda hicieran su efecto. Y, poco a poco, su respiración comenzó a calmarse, aunque seguía aferrado con fuerza a aquella figura resplandeciente, incapaz de soltarla.
—No tengo miedo a las alturas.
Las palabras salieron ahogadas contra el hombro ajeno, tercas y temblorosas, enterradas en el orgullo infantil que aún buscaba salvar un poco de dignidad. Pero su cuerpo decía lo contrario: los puños cerrados con tal fuerza que sus nudillos se marcaban bajo la piel, los hombros tensos, la respiración entrecortada... todo en él gritaba miedo, y ni siquiera el calor de la tela bajo sus dedos lograba calmarlo.
El ser alado sonrió, no con burla, sino con ternura. Había algo entrañable en esa valentía a medias, en ese intento infantil por parecer más fuerte de lo que era.
—En ese caso —dijo con suavidad—, ¿por qué no te animas a dar un vistazo al cielo, Alastor? Desde este ángulo es hermoso.
El niño se aferró aún más, enterrando el rostro en el cuello ajeno como si pudiera fundirse en él y desaparecer. El viento le alborotaba los rizos, el sonido de las alas cortando el aire le envolvía como un canto lejano... y aunque todo en él gritaba que no debía mirar, algo más profundo, algo más testarudo y brillante, le impulsó a hacerlo.
No podía permitir que pensara que era un cobarde.
Con un nudo aún latiendo en su garganta y el corazón golpeando como un tambor desbocado, reunió lo poco de coraje que le quedaba, soltó apenas la tensión de sus brazos... y alzó la vista.
Al ver el cielo, la vista que recibió fue tal como su acompañante había predicho. Sin la contaminación lumínica de la ciudad, la luz de cada astro en el cielo nocturno deslumbraba al joven como si fuera la primera vez que los veía. Vivir a orillas del bosque le había dado muchas noches estrelladas, sí, pero en el aire, suspendido entre las nubes y los brazos de un ser casi tan resplandeciente como la luna, todo parecía diferente. Mágico. Era como presenciar un secreto del universo, algo reservado sólo para él. Las estrellas parecían tan cerca que casi podía tocarlas con las manos.
—Observa ahí, esas tres estrellas alineadas... ¿las ves?
Alastor entrecerró los ojos, tratando de encontrar entre el sinfín de luces aquellas a las que su acompañante se refería. Le tomó varios minutos —quizás por la emoción, quizás por el vértigo— pero finalmente logró distinguirlas: tres puntos brillantes que parecían haber sido colocados a igual distancia, formando una línea casi perfecta en el cielo oscuro.
—¡Las veo! —exclamó el pequeño niño, señalando con entusiasmo hacia el cielo estrellado.
—Las llaman "El cinturón de Orión". Orión era un cazador extraordinario. Si usas la imaginación en la constelación completa, lo verás a él —explicó con voz serena el ser alado.
Alastor frunció el ceño mientras escudriñaba el firmamento, tratando de darle forma al cazador con los puntos de luz. Imaginó figuras, contornos y siluetas... pero no logró ver más que estrellas dispersas.
—¡Me estás mintiendo! No veo nada —replicó, frustrado.
—Creí que tú podrías verlo... Yo nunca lo he visto —admitió el otro, con una pequeña sonrisa culpable.
—Tal vez sólo pueden verlo los cazadores como él... Yo no soy buen cazador. Lo aprendí hoy —murmuró Alastor, bajando la vista por un momento.
—Eres excelente, Alastor. Pero aún eres muy pequeño para salir a cazar tú solo. Tal vez, cuando crezcas y puedas valerte por ti mismo en el bosque, entonces podrás verlo.
—¡¿Eso crees?! —preguntó el niño, con ojos llenos de esperanza.
—Absolutamente.
El viaje de regreso a casa fue silencioso y sereno. El pequeño, aún maravillado por la vista celestial, permanecía en calma, mientras la criatura alada sonreía, encantada de ver tanta emoción reflejada en su rostro. Las caricias de la briza en su piel eran suaves, a pesar del clima frío de la temporada, permitiéndoles mantener el calor en aquella noche de luna llena.
Con el pasar de los minutos, el pequeño aflojó el agarre en las túnicas de seda luminosa. Su cuerpo, que antes temblaba de miedo, se fue relajando poco a poco en los brazos ajenos. El espectáculo de luces había disipado sus temores, y el cansancio acumulado empezó a pesar sobre sus párpados. Finalmente, se rindió al sueño, acurrucado en el abrazo más dulce que jamás había recibido de un desconocido.
☆⭐☆
El canto de las aves al amanecer llenaba el aire con una armonía reconfortante. El césped crecido revelaba que aquel jardín había estado descuidado por semanas, y un par de catarinas trepaban lentamente por el brazo canela del niño, que dormía recostado junto a un roble robusto cuyas hojas comenzaban a secarse.
El descanso de Alastor se vio interrumpido por una voz dulce, aunque cargada de preocupación, que repetía su nombre una y otra vez. Al reconocer el timbre temeroso de su madre, el niño abrió los ojos de golpe, se incorporó con torpeza buscando el origen del sonido, corrió hacia la entrada trasera de su pequeña casa, a sólo unos cuantos metros de distancia. Era una de las pocas viviendas que se atrevían a invadir los límites del bosque, fundiéndose con él en una convivencia tímida entre naturaleza y civilización.
Detenida justo antes de cruzar el umbral del patio, la figura de su madre apareció como una visión entrañable: alta, delgada, con un porte natural que le confería una elegancia discreta. Su cabello castaño, hirsuto y recogido de forma apresurada en lo alto, le daba un aire más hogareño que sofisticado, desdibujando el ideal de belleza femenina perfecta para mostrar algo aún más valioso: su humanidad.
La mujer soltó un jadeo de sorpresa al encontrar a su hijo frente a la puerta. La expresión de alivio en su rostro duró apenas unos segundos antes de transformarse en ira. Lo abrazó con fuerza, revisando con exhaustiva atención su rostro y sus brazos, como asegurándose de que seguía entero. Luego, sin previo aviso, lo sujetó de la oreja y lo arrastró al interior de la casa, murmurando entre dientes mil y un regaños atropellados que Alastor apenas podía seguir.
Ya en el comedor del modesto hogar, la mujer se sentó frente a la pequeña mesa de madera, decorada con un mantel floreado tejido a mano. Su pecho subía y bajaba con rapidez, más por la preocupación que por el enojo.
—¡Te he dicho que dormir afuera es peligroso, Alastor! —exclamó, cruzando los brazos—. ¿Sabes la cantidad de animales que hay por ahí?
El niño no levantó la vista del suelo. Sus dedos jugueteaban con el borde de su camisa, y la euforia de la noche anterior comenzaba a desvanecerse bajo el peso de la culpa.
—Lo siento... no quise hacerlo. Yo solo quería...
—¡No quiero explicaciones, Alastor! —exclamó la mujer, alzando ligeramente la voz sin llegar a gritar—. ¡No quiero volverte a ver pasando la noche en el jardín sin mi supervisión! Vivimos en los límites del bosque, ¿entiendes lo peligroso que puede ser? ¡Pudo haberte mordido una serpiente, un alacrán o cualquier otra criatura salvaje!
Dicho esto, se dio la vuelta con un suspiro para comenzar a preparar el desayuno, tratando de sofocar la angustia que aún le golpeaba el pecho.
—¿En el jardín? —preguntó Alastor, frunciendo el ceño con desconcierto.
—No te hagas el tonto conmigo, Ally —replicó sin mirarlo, en un tono cansado.
—¡Pero no fue eso lo que pasó! —gritó de pronto, con los ojos muy abiertos—. ¡Yo salí a cazar! Me llevé el rifle de papá y las cuerdas... me siguieron unos lobos, me caí, ¡me querían comer! Y... y... ¡perdí el rifle, mamá! ¡Lo siento tanto! ¡Era de papá! ¡Perdóname, mamá, por favor!
Las palabras salieron atropelladamente, como si al fin pudiera soltar todo lo que había contenido. Con las mejillas húmedas y la voz rota, el niño se derrumbó. Llorando sin reservas, corrió a refugiarse en el pecho de su madre, buscando el consuelo que solo ella podía ofrecerle.
Ella, sorprendida por la repentina confesión, lo rodeó con los brazos de inmediato. Acarició su revoltoso cabello rizado con ternura, sintiendo cómo el cuerpecito temblaba contra el suyo.
—Ya, ya, Ally... todo está bien —susurró con dulzura, con ese tono que solo las madres conocen—. Debió ser un mal sueño.
Con una mano cálida le sostuvo la mejilla y lo miró directo a los ojos, buscando reconectarlo con la realidad.
—El rifle está bien, cariño. Sigue guardado en mi habitación, lo vi esta mañana. Y te revisé antes de que entráramos... no tienes ni un rasguño. Sigues siendo el niño más fuerte que conozco.
Aún sin terminar de asimilar las palabras de su madre, Alastor negó con vehemencia, la voz teñida de una mezcla de frustración e insistencia.
—¡No fue un sueño! —exclamó, casi suplicante—. ¡Me lastimé el pie! ¡Me iban a comer y... y una cosa brillante me salvó!
Se zafó del abrazo materno con torpeza, bajando la mirada hacia su pie con urgencia, como esperando encontrar la prueba que validara su recuerdo. Pero allí no había nada. Ni una herida, ni una marca. Su piel estaba limpia, intacta. Y entonces lo notó: desde que había despertado en el jardín hasta ese momento en la cocina, no había sentido dolor alguno. Había caminado, corrido, incluso se había arrodillado... y su cuerpo no le había reclamado nada.
Confundido, alzó la mirada hacia su madre, buscando en ella respuestas. Ella, con esa calma que sólo otorgan los años de amor incondicional, lo observó con ternura. Sin necesidad de palabras, tomó sus pequeñas manos entre las suyas, apretándolas con suavidad en un gesto sereno que le pedía que la escuchara.
—Hay sueños que se sienten tan reales que, al despertar, no podemos distinguir si algo de lo que vivimos fue cierto —dijo la madre con voz suave, acariciándole una mejilla antes de depositar un beso en su frente—. Pero lo importante es no dejar que nos afecten... no debemos perder de vista la realidad. Al final, los sueños son sólo eso: sueños. Nada en ellos puede dañarnos una vez que abrimos los ojos.
El pequeño Alastor permaneció en silencio, con la mirada fija en el suelo, pasmado ante la posibilidad de que todo hubiese sido una invención de su mente. ¿Cómo algo tan vívido, tan cargado de emociones, podía no haber ocurrido en absoluto? El bosque, los lobos, aquella criatura dorada que lo rescató... ¿Eran simples imágenes hiladas por el subconsciente?
Él se consideraba un niño sensato, incluso más maduro que otros de su edad, y aunque al decirlo en voz alta todo sonara a una fantasía absurda, no podía negar lo que había sentido: el miedo, la desesperación... y esa calidez extraña, envolvente, que aún parecía aferrarse a su piel como un recuerdo borroso.
Había escuchado muchas veces que el cerebro humano era poderoso, capaz de cosas extraordinarias. Quizá a eso se referían. Quizá sólo lo estaba pensando demasiado. Pero fuera lo que fuese, una cosa era cierta para él:
Fue un sueño que, por alguna razón, no quería olvidar jamás.
Tras el desayuno, se despidió de su madre, quien se preparaba para ir a trabajar a pesar de que era fin de semana. El asunto del sueño, por más que intentara mantenerlo presente, comenzó a diluirse como la niebla matinal. Aun así, algo dentro de él se rehusaba a soltarlo por completo.
Salió al jardín con pasos cautelosos, observando el borde del bosque como si esperara ver algo... o a alguien. Sus ojos recorrieron los arbustos con atención, buscando algún indicio, alguna señal que le confirmara que lo vivido no fue sólo un producto de su imaginación. Sin embargo, lo único que encontró fue una ardilla que trepaba con agilidad el mismo roble contra el que había despertado esa mañana.
Resignado, se dio media vuelta para volver al interior de la casa. Pero entonces, algo entre el césped alto y descuidado captó su atención: una pluma. Larga como la de un águila, teñida de un rojo profundo que contrastaba con el verde que la rodeaba. Se inclinó para recogerla y al tocarla, sintió su suavidad casi irreal, su superficie lisa y cuidada, demasiado perfecta para pertenecer a cualquier criatura salvaje del bosque.
Una sonrisa se dibujó en su rostro. Sin decir una palabra, corrió hacia su habitación, sosteniendo la pluma como un tesoro. La guardaría con cuidado, como una reliquia secreta.
Una prueba de que, quizás, los sueños podían ser más reales de lo que uno imaginaba.
☆⭐☆
