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Almendro en flor

Summary:

Johnny y Doyoung están unidos por la diosa luna. Después de varios intentos fallidos, finalmente reciben la noticia que tanto esperaban.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

En la residencia Suh-Kim, las tardes eran tan silenciosas que podía oírse el crujir leve de la madera antigua cuando el viento se colaba por los ventanales del segundo piso. Era una propiedad grande, rodeada por un jardín bien cuidado, aunque el rincón favorito de Doyoung era su estudio. Una habitación de techos altos y paredes cubiertas de estanterías con libros de historia del arte, manuscritos encuadernados a mano, y una gran mesa sobre la cual descansaban apuntes y fragmentos de clases que él mismo diseñaba para sus alumnos.

Ese día como muchos otros, había regresado temprano de la universidad. Había corregido ensayos con un té de jazmín sobre el escritorio, respondió correos de colegas, y almorzó solo en la cocina amplia con el eco de los cubiertos como única compañía.

Ya en el dorado atardecer, Doyoung estaba de pie junto al ventanal del estudio con la mirada fija en el almendro que se encontraba recostado contra el muro de piedra que delimitaba el terreno, parecía dormido. Más allá del rosal y de la fuente de mármol donde a veces se posaban los pájaros para beber agua. Las ramas, secas desde hace años, se extendían hacia el cielo. Había sido plantado con ayuda de los abuelos cuando él apenas tenía cinco años. Johnny lo ayudó a cavar la tierra húmeda con sus pequeñas manos y desde entonces el árbol no floreció nunca.

Doyoung había dejado de buscar explicaciones botánicas hacía años.

Cada año lo observaba con una mezcla de ternura y desolación, porque había algo cruel en la forma en que la naturaleza seguía su curso alrededor dejando que solo su corteza se secara. Empezó a pensar que ese árbol era como él, vivo pero incompleto.

El omega dio un paso hacia la biblioteca. Se estiró hacia el estante más alto y, apoyándose en las puntas de sus zapatos, alcanzó una pequeña lata de té en hebras semioculta entre los libros. Al abrirla, extrajo un cigarro del fondo. Hacía días que no fumaba, pero esta tarde como tantas otras, no podía contenerlo.

Lo encendió con un encendedor de cerámica japonesa, un regalo de su suegro fallecido, y aspiró con los ojos cerrados. El humo se elevó lentamente en espirales que se fundieron con la luz del atardecer.

No debía hacerlo, ya se lo había prometido a Johnny más de una vez, mirándolo a los ojos, que no volvería a esconderse en los rincones de la casa con el olor del tabaco impregnándole los dedos, sin embargo no lo había cumplido del todo.

Fumar no era un placer. Hacía tiempo que había dejado de serlo. Ahora era un autocastigo ante el peso de la frustración que se volvía insoportable. Cada bocanada era una forma de recordarse que no había sido suficiente y que su cuerpo le fallaba; que la Diosa luna seguían sin bendecirlo.

Lo hacía a escondidas, como si con eso pudiera engañar al resto o a sí mismo, pero la verdad lo alcanzaba igual en el sabor amargo en su lengua y en el temblor de sus manos. Sobre todo, en la sensación persistente de que estaba roto.

🌱

Johnny había salido temprano esa mañana rumbo a la torre S&K Company en el centro de la ciudad, donde dirigía la empresa familiar junto a Gongmyung, el hermano mayor de Doyoung. Ambos eran alfas, herederos natos del imperio que habían construido sus abuelos en sus años más jóvenes.

Doyoung en cambio, había preferido el arte, los museos y los libros. No por falta de inteligencia, de hecho tenía una lengua afilada y una mente estratégica, pero su sensibilidad no encajaba con el lenguaje frío de los negocios. Él sentía, amaba, enseñaba, y creaba; desde niño fue así.

No obstante como cada mes, debía sentarse en las juntas del consejo familiar o reuniones mensuales, donde debía estar presente por el peso de su apellido y por el simple hecho de que una parte de las acciones de la empresa seguía estando a su nombre. Era un rol simbólico, apenas hablaba. En las reuniones asentía y escuchaba, manteniéndose correcto. Algunos empresarios lo miraban de reojo, con juicio apenas disimulado. Otros, con una condescendencia que le resultaba todavía más hiriente, como si no asumir su posición y dedicarse a lo que amaba fuera una excentricidad tolerada solo por respeto a Johnny, su alfa.

Era Johnny, quien justamente se encargaba de gestionar los intereses de su esposo dentro de la empresa. Como si supiera que el lugar de Doyoung no estaba en esa mesa larga, ni entre esos hombres de trajes aburridos y manos vacías de afecto. Aunque Gongmyung siempre lo defendía, y Johnny jamás permitía un comentario fuera de lugar, Doyoung aun así, con estar ahí lo desgastaba. Era como ser observado a través de una lupa por los viejos socios desde que sus abuelos soltaron el mando.

En el fondo, no era solo la presión empresarial lo que lo hería. Él lo sabía, Johnny era hijo único. La sangre Suh, con toda su tradición y su linaje, terminaría con ellos si él no podía darle un heredero. No se trataba de un mandato obligatorio y nadie lo había mencionado, pero estaba implícito en cada mirada durante las reuniones familiares, en algunos comentarios velados, o los silencios prolongados cuando alguien mencionaba a los hijos de otros matrimonios alfa-omega.

Aún así, Johnny jamás lo había presionado.

Su esposo, el compañero que lo eligiò desde que eran adolescentes, lo había sostenido una y otra vez en cada prueba. En aquellas madrugadas en que Doyoung se encerraba en el baño para llorar en silencio, y luego volvía a la cama fingiendo que solo tenía frío. Johnny lo sabía, por supuesto. Y en vez de reproches, lo envolvía entre sus brazos y lo acunaba contra su pecho, dejando que su aroma lo calmara, como si con eso pudiera protegerlo de sí mismo.

Lo habían intentado todo. Tratamientos, rutinas nuevas y médicos de renombre. Lo habían intentado con fe, y desesperación, con esperanza ciega y también con resignación callada hasta que lentamente dejaron de esperar, resignandose. Se habían amado más aún cuando el dolor se volvía insoportable, como si el amor mismo pudiera compensar lo que la naturaleza les negaba.

El peso se acumulaba sobre los hombros de Doyoung. No por Johnny, ni por su familia, sino por él mismo. Porque en algún rincón oscuro de su corazón, sentía que no era suficiente y que tal vez Johnny merecía a alguien capaz de continuar su legado.

Pero Johnny nunca lo dejó pensar eso en voz alta.
Cada vez que sus ojos se humedecían sin razón, Johnny le besaba la frente con ternura y le decía que estaban bien, que lo único que necesitaba era a él. Doyoung asentía, aunque por dentro se rompía lentamente porque incluso el amor más firme no podía silenciar del todo la voz interior que susurraba ¿y si nunca puedo dártelo? ¿y si esto es todo lo que hay?

La culpa crecía sola, como la hiedra.

A lo lejos, vio encenderse una de las luces del ala sur. Doyoung apagó el cigarro contra el borde de la baranda, dejó caer la ceniza sobre las piedras del jardín, y regresó al interior del estudio con pasos lentos.

Johnny regresó poco antes de las ocho, y el eco de sus pasos subiendo la escalera resonó por el pasillo. No llamó a la puerta del estudio, sabía que cuando Doyoung se encerraba allí era mejor esperar.

Esa noche no bajó a cenar.

Doyoung lo escuchó caminar por la habitación contigua, el dormitorio, quitarse la chaqueta, aflojar la corbata y quitarse el elegante reloj de pulsera que le había regalado en su último cumpleaños número treinta. Doyoung lo conocía bien.

Encendió una lámpara pequeña en el escritorio y se sentó frente a sus notas de clase pero no pudo concentrarse. Cuando cerró los ojos, una lágrima le resbaló por la mejilla sin querer. No solía llorar frente a nadie, ni siquiera frente a Johnny.

Esa noche no pudo dormir. A medianoche, cuando la casa quedó completamente en silencio, se levantó de la cama compartida con su esposo y volvió a su estudio, abrió la puerta del balcón y salió descalzo sobre el mármol frío. El cielo estaba despejado, la luna creciente brillaba con suavidad, bañando todo el jardín con un resplandor plateado.

Se arrodilló, apoyando ambas manos en la piedra blanca. Sintió que el frío de la noche se metía en su piel, pero no se apartó. -Diosa luna... -susurró temblando. -Sé que no he sido el mejor... pero nunca he dejado de desearlo. -Apretó los ojos con fuerza- Por favor... permiteme dar vida. Solo una vez, dame ese milagro.

De sus ojos húmedos, fluyeron lágrimas, llorando como un niño pequeño con la frente contra el la piedra tallada y el cuerpo temblando por la emoción contenida, tristeza y esperanza rota.

Las ramas del almendro crujieron por el viento nocturno, siendo testigo de esa súplica muda, sin saber que el alfa lo observaba con la mandibula apretada por la impotencia de no poder evitar el sufrimiento de su omega.

🌱

Tres días después, fue Johnny quien llegó temprano del trabajo.

Había llamado a Doyoung desde el auto para decirle que pasaría por una botella de vino, y Doyoung, que no esperaba verlo hasta tarde en la noche, lo recibió con una camisa suelta y los pies descalzos, como si todo el cuerpo le pidiera ternura.

No hablaron mucho esa noche. Cuando Johnny lo atrajo hacia su pecho y lo abrazó durante minutos sin decir nada, las feromonas cálidas del alfa lo envolvieron, disipando cualquier rastro de ansiedad. Johnny percibía el estado de su esposo y lo vigilaba de cerca, procurando cuidarlo sin invadirlo hasta que Doyoung estuviera listo a abrirse. Lo amaba y quería hacerlo feliz a cualquier costo, él realmente lo adoraba en cuerpo y alma.

Cuando lo llevó a la habitación, lo desnudó y sus manos recorrieron la piel de Doyoung con esa mezcla perfecta de delicadeza y deseo profundo que solo existía entre ellos. Esa noche hicieron el amor sin ninguna intención nueva. Solo amor genuino y fuego puro. La luz tenue dibujaba sombras suaves de sus cuerpos entrelazados sobre la cama destendida, mientras el aire se llenaba del roce cálido y el latido acelerado de sus corazones contra sus pechos rozándose en un vaivén continuo y sin descanso.

Johnny lo anudó con la respiración entrecortada, susurrando su nombre en el éxtasis. Sintió el ardor y el placer en la mordida que Doyoung depositó en su cuello. Los labios, ligeramente teñidos de carmesí por la sangre, brillaban entre los caninos justo sobre la marca de apareamiento que habían sellado tantas veces antes, solo que sin saberlo esta vez, la Diosa luna había escuchado sus plegarias, y un milagro esperaba florecer entre el calor de esa noche.

🌸

Habían pasado unas semanas de aquella noche.

El sonido de la cafetera llenaba la cocina con su gorgoteo familiar. Era temprano por la mañana y el cielo apenas aclaraba más allá de las ventanas amplias de la casa, el jardín seguía envuelto en una neblina suave que cubría incluso las ramas secas del almendro.

Doyoung bajó las escaleras con sus pantuflas azules de peluche, envuelto en una bata ligera con el cabello desordenado. El frío de la mañana le caló un poco más de lo usual en los huesos, y eso lo irritó. No era propio en él sentirse desganado o malhumorado tan temprano.

En la cocina, la señora Sohee, ama de llaves de la familia Kim desde hacía décadas, solía acompañar a Doyoung y ayudarlo con los quehaceres de la casa algunos días en la semana ya que ella trabaja fielmente para su madre. Ella colocaba con esmero la vajilla del desayuno a ritmo de un tarareo suave cuando Doyoung apareció -Buenos días, querido -saludó llena de afecto.- ¿No durmió bien?

La una mujer mayor, de manos hábiles y mirada sabia que había visto crecer al pequeño omega, había sido testigo silenciosa de todos los momentos importantes en esa casa desde la boda íntima bajo la luna hasta las noches de lágrimas que Doyoung creía haber ocultado bien.

Doyoung sonrió con cariño, aunque sus ojeras hablaban por él. -Tuve sueños extraños. Creo que fue la cena tan tarde…

La señora Sohee lo observó con atención mientras él se servía una taza de café. Notó que sus movimientos eran más letargicos y cautelosos. Llevandose la mano al vientre con un gesto leve, casi inconsciente, como si algo lo tensara allí.

-¿Le sirvo arroz dulce con jengibre? Calienta el cuerpo -sugirió al observarlo.

-Por favor. No tengo hambre, pero eso siempre me sienta bien cuando me lo preparas.

La señora Sohee asintió. Mientras cocinaba, Doyoung se sentó en la mesa y apoyó la frente sobre una mano. Había sentido una náusea leve al despertar, pero la había atribuido al estrés. Últimamente los días se le hacían más pesados. Las reuniones familiares, las clases en la universidad y los eventos sociales que debía atender junto a Johnny.

En la universidad, las luces del aula se encendían lentamente, revelando un espacio amplio lleno de obras enmarcadas. Era su santuario académico. La Universidad más prestigiosa en artes y humanidades del país, le había abierto sus puertas desde joven, y sus alumnos lo admiraban con devoción.

La sala de seminarios estaba llena de alumnos de último año, expectantes ante una disertación sobre la influencia del renacimiento en la iconografía coreana. Él hablaba con voz clara y alta, hasta que la visión se le nubló por un segundo y tuvo que apoyarse en el atril.

-¿Profesor? -preguntó una voz dulce entre los estudiantes. Doyoung alzó la vista y vio a una joven omega-. ¿Está bien?

Vaciló al cerrar su carpeta y tuvo que sentarse de por el leve mareo. Doyoung sonrió con esa calma elegante que usaba como escudo.

-Sí, solo… un poco de cansancio, Yerin. Puedes empezar con tu exposición, por favor.

Ella era una de sus mejores alumnas. Brillante, intuitiva y con una energía que le recordaba a sí mismo en sus años de estudiante. La joven asintió, aunque con cierta preocupación y la clase continúo. Finalizada las horas, Doyoung se retiró último del campus a casa agotado.

Johnny llegó tarde esa noche. La reunión con inversores se había extendido más de lo previsto. Cuando cruzó la puerta, encontró a Doyoung dormido en el sofá con un libro abierto apunto de resbalarse de sus dedos. Se inclinó con cuidado, tomó el libro entre sus manos y cerró sus tapas, dejándolo luego sobre la mesita de café.

Durante un instante, solo lo observó. La forma en que Doyoung fruncía levemente el ceño en sueños, el leve movimiento de su pecho al respirar.

-Amor -susurró, inclinándose a su lado.

Doyoung abrió los ojos con lentitud. Se veía pálido, más delgado incluso y Johnny frunció el ceño por ello.

-¿Comiste algo?

-Un poco. No tenía hambre…

Johnny se sentó junto a él y le acarició el cabello. Sus feromonas alfa, cálidas y terrosas, comenzaron a envolverse en el espacio. Doyoung suspiró, dejándose llevar, cerrando los ojos otra vez.

-Últimamente estás muy cansado -murmuró Johnny, besándole la sien-. ¿Seguro que todo está bien?

Doyoung asintió. No quería preocuparlo, solo era estrés. Pero esa noche, cuando se acostaron juntos, el cuerpo de Doyoung se acurrucó junto al de Johnny con una necesidad inusual. No deseaba sexo, solo sentirlo cerca, escuchar su corazón e inhalar sus feromonas hasta dormirse profundamente. Justo antes de cerrar los ojos, en el silencio entre sus cuerpos, Johnny le susurró con ternura:- descansa, cariño.

Doyoung no respondió, pero sonrió en el sueño .

A la mañana siguiente, fue la señora Sohee quien notó que el arroz dulce había vuelto intacto en la bandeja del desayuno y la taza de café había sido empujada lejos.

Las ramas secas del almendro seguían desnudas en el jardín, pero Doyoung creyó ver una mota verde y diminuta brotando de uno de los extremos más altos. Lo observó desde su estudio con el ceño fruncido tras las gafas de descanso. Tal vez era un engaño de la luz, o un reflejo.

No quiso darle demasiada importancia. A menudo la mente veía lo que el corazón anhelaba.

🌸

-Cambiaremos el menú esta vez. El joven no se ha sentido muy bien -murmuró la señora Sohee al cocineros mientras llenaba un cuenco con agua caliente y manzanilla. Doyoung no había probado bocado desde el día anterior, tampoco había querido beber el café de esa mañana. Vomitó tras el primer sorbo.

El cocinero arqueó una ceja, curioso. -¿Está enfermo el joven Kim?

Ella negó con un brillo lleno de ilusión en los ojos, puede que la señora Sohee lo intuía.

Subió con el té en una bandeja, como cada mañana esa semana, pero esta vez incluyó unas galletas de avena y miel, suaves al estómago. Cuando tocó la puerta del estudio, Doyoung ya estaba sentado al escritorio, pero su mirada estaba perdida enfocada en las copas del jardín.

-Gracias… -susurró, aceptando la bandeja.

Ella no preguntó nada, pero dejó su mano por un segundo sobre la de él. Doyoung la miró, sorprendido, quiso preguntar, pero ella ya se retiraba con su andar discreto.

En la universidad, Doyoung intentó disimular la creciente fatiga. Cada clase le demandaba más energía de la que acostumbraba. Evitaba los perfumes intensos que solían flotar por los pasillos como fragancias florales o amaderadas que disfrutaba pero que ahora le provocaban nauseas repentinas. El olor a óleo que salía de los talleres de arte, normalmente reconfortante para él, comenzaba a resultarle difícil de soportar y ni hablar del cigarrillo, hacía semanas que no podía siquiera pensar en tener uno cerca que había tirado la lata donde los ocultaba a la basura. Sus sentidos ahora lo traicionaban sin aviso.

Por primera vez en años, pidió salir antes de tiempo de una reunión con la decana. Nadie lo cuestionó, Doyoung era intachable y dedicado en su manera de vivir su vocación aunque no podía evitar mucho más su malestar.

Fue en el estacionamiento, mientras buscaba distraídamente las llaves en el bolsillo de su abrigo, que escuchó una voz familiar.

-Doyoung, ¿ya terminaste tu clase? -preguntó con auténtico interés su colega y amigo de la universidad -podríamos ir a comer algo, aún es temprano.

Doyoung se volvió con una sonrisa débil, los ojos ligeramente apagados por el cansancio.

-Lo siento, Jinyoung… hoy no me siento muy bien. Estoy por irme a casa.

Jinyoung lo observó en silencio durante unos segundos, con la frente fruncida y una expresión claramente preocupada. Dio un paso hacia él más cerca. -¿Necesitas que te lleve? No me cuesta nada.

El perfume sutil que Jinyoung siempre usaba, era cítrico, con una nota seca de almizcle y se volvía cada vez más molesto para sus sentidos alterados el tenerlo tan cerca. El malestar comenzó a revolverse en su estómago como un oleaje bajo la superficie controlando a toda costa no fruncir la nariz con expresión de desagrado.

-No te preocupes -respondió con una sonrisa que intentó mantener firme- Hoy traje mi auto. Pero te agradezco mucho… Tal vez la próxima vez.

El otro profesor asintió, aunque no del todo convencido. Dio un paso atrás, respetando la distancia que Doyoung marcaba sin palabras. -Está bien, me alegra verte, espero que te recuperes pronto. Cuídate, ¿sí? Saluda a Johnny de mi parte.

Doyoung hizo un gesto suave con la mano y entró en su coche. Solo cuando cerró la puerta y apoyó la frente contra el volante, dejó escapar un suspiro profundo. Algo dentro de él sabía que aquello no era solo agotamiento y aunque aún no se atrevía a nombrarlo, tenía una ligera corazonada. Más tarde llamaría para una cita médica.

Simplemente no quiso ilusionarse tontamente. En el silencio breve, Doyoung bajó la vista. -… no creo que sea probable.

Pero esa noche, mientras Johnny lo ayudaba a sacarse el suave cárdigan tejido y la camisa en la habitación, Doyoung volvió a sentir ese hormigueo interno. Las yemas de su alfa acariciaron con ternura su espalda desnuda, y su nariz se hundió en el hueco de su cuello sobre su glándula de olor. Un gruñido bajo se escapó de Johnny, casi inconsciente.

-¿Qué…? -murmuró Doyoung, estremecido.

-Tu aroma -respondió Johnny con voz ronca-. Está más dulce, es… diferente.

Doyoung no respondió. Solo se dio vuelta, buscando en sus ojos miel.

-Johnny… ¿tú crees en los milagros?

Johnny lo miró largamente. -Por supuesto... -dijo, tomándolo del rostro- porque tú eres el único que he conocido.

🌸

Doyoung necesitaba escucharlo y saber que no estaba imaginando cosas.

"Quiero verte esta tarde, Doyoung." Le había escrito su médica Hyejin esa mañana. Ella era una alfa, médica ginecóloga especializada en embarazos de alto riesgo. Era discreta y había atendido a los omegas más prominentes del país sin que una palabra saliera de sus labios. También había sido por un tiempo novia de su tonto hermano así que la conocía bien.

La consulta fue rápida.

El latido era débil, pero estaba allí. Un sonido agudo y rítmico, contenido en la pequeña pantalla que Hyejin giró hacia él con una sonrisa amplia.

-Doyoung… estás de seis semanas.

-¿De verdad…? -susurró él, la voz quebrada mirando atento a la pantalla donde podía visualizar una pequeña bolita tan diminuta como una semilla- ¿Estás segura? ¿está… bien?

Hyejin asintió. -Estás bien y el bebé está bien. Felicitaciones, Doyoung... lo lograron.

El omega se llevó una mano a los labios, conteniendo un sollozo y no pudo evitarlo. El llanto llegó como un rio. La joven alfa, sin decir nada, lo abrazó.

Cuando llegó a casa guardó silencio el resto del día y de vez en cuando florecia un sonría en sus labios rosados.

Preparó la cena con calma. Lavó las verduras, y cocinó la carne, seleccionó las hierbas frescas una a una, y evitó cualquier especia fuerte. Su cuerpo, más sensible que de costumbre, le pedía suavidad. Aromas tenues y suaves. Encendió dos velas de cera natural en el centro de la mesa y ajustó la luz del comedor. Cuando estaba colocando los platos escuchó el pitido en la puerta principal.

Johnny llegó tarde, como solía suceder después de las reuniones con los inversores de la empresa. La chaqueta colgaba de un brazo, el cuello de la camisa desabrochado y las mangas arremangadas hasta los antebrazos flexionados. Se notaba exhausto, con las ojeras marcando la piel debajo de sus ojos y el ceño aún fruncido por la tensión del día. Pero al entrar al comedor y encontrarse con la escena frente a él, la mesa iluminada por la cálida luz de las velas, los platos humeando, y Doyoung de pie con un delantal de lino claro, se detuvo en seco.

-¿Oh? ¿Está pasando algo? -preguntó con una mezcla de sorpresa y ternura mientras se acercaba a su esposo. Lo acercó suavemente entre sus brazos y le depositó un beso cálido en la mejilla.

-Solo quiero cenar contigo -respondió Doyoung con una sonrisa pequeña.

Johnny se relajó al instante. Sus hombros perdieron la rigidez, y una sonrisa más sincera se asomó en sus labios cansados. -Eso siempre es un excelente plan.

Comieron en silencio, no uno incómodo sino disfrutando la presencia del otro. Doyoung notó que Johnny comía con lentitud, como si también estuviera saboreando el momento, dejándose llevar por la calma que lo envolvía finalmente en casa. Cuando terminaron, el omega se puso de pie y desapareció unos segundos por el pasillo.

Johnny aprovechó para recostarse un poco en la silla, frotándose el cuello, hasta que escuchó los pasos de regreso. Al alzar la vista, Doyoung tenía algo entre las manos. Una cajita pequeña y sencilla, con una cinta de color amarillo pastel.

-Cariño… ¿estás seguro que no me estoy olvidando de algún aniversario importante? -y eso era casi imposible, Johnny tenía una excelente memoria para los números y las fechas, es por eso que preguntó desconcertado, aunque divertido.

Doyoung rió suave al ver la genuina confusión de su esposo. -No. Pero si quieres, esta puede ser una nueva celebración.

Intrigado, Johnny desató la cinta y abrió la caja.

Adentro, sobre un pequeño lecho de algodón blanco descansaba una ramita. No era como las que Johnny había visto tantas veces caídas del almendro seco en el jardín, marchitas y quebradizas. Esta tenía tres hojas nuevas, brillantes y verdes, y un capullo apenas abierto que prometía una flor blanca. Debajo, cuidadosamente colocado, estaba el primer ultrasonido en blanco y negro.

Johnny parpadeó y el mundo pareció detenerse por un instante.

-¿Esto es…?

-Sí, lo es -dijo Doyoung, tragando saliva, los ojos brillando con emoción y cierto temor.

Johnny alzó la vista y entonces lo comprendió -Doyoung… -susurró, poniéndose de pie con una rapidez que contrastaba con el temblor en su voz.

El omega asintió con los ojos llenos de lágrimas.
-Vamos a tener un bebé...

Johnny solo lo miró con la emoción a flor de piel intentando grabar ese instante en su alma. Sin pensarlo un segundo más, acercó al omega, que estaba de pie y entre sus brazos lo rodeó en un abrazo cálido y lleno con una ternura que Doyoung nunca antes había sentido.

Se quedó así, respirando su aroma, dejando que sus feromonas se mezclaran en el aire, suaves y protectoras, envolviendo a Doyoung en una calidez profunda.

-Seremos padres -susurró Johnny, con la voz quebrada por la emoción-. No puedo creerlo, cariño mío… Estoy tan feliz. -Las lágrimas rodaron por sus mejillas sin que las intentara contener. Lloraba sin vergüenza, abrazando a su esposo como si temiera que pudiera desvanecerse.

Doyoung, aunque no era un omega de contextura pequeña, se sentía diminuto entre los brazos de Johnny. Y por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentirse completamente protegido y amado.

La Diosa luna los había escuchado.

🌱

El primer pétalo cayó dos días después.

Doyoung lo vio desde su estudio, recostado en el sillón junto a la ventana. Una manta suave le cubría las piernas, y entre sus manos sostenía su taza favorita, aún tibia, con aroma a manzanilla y jazmín. Afuera, el jardín despertaba lentamente con la bruma del amanecer. El almendro, testigo de sus lágrimas, dejó caer un pétalo. Flotando en el aire durante unos segundos, como si bailara, hasta posarse con suavidad sobre el pasto húmedo.

Doyoung bajó la vista y llevó una mano a su vientre. Sus dedos acariciaron con calma sobre la tela del pijama, mientras una sonrisa serena y cansada se dibujaba en sus labios.

El lunes siguiente, Gongmyung fue el primero en saberlo oficialmente, además de Hyejin.

No fue exactamente planeado. Lo notó durante la reunión familiar mensual, Doyoung apenas simuló prestar atención. Rechazó el café, algo inaudito en él, y se recostó más de lo normal contra el respaldo acolchado de la silla. Cada tanto, sus dedos se apoyaban con sutileza en la base del abdomen por reflejo. Johnny, a su lado, no dejaba de mirarlo de reojo cada cinco minutos, verificando que todo estaba en orden con su omega.

Cuando terminaron, Gongmyung le dio un golpecito en el hombro a su cuñado mientras lo arrastraba a un lado del pasillo.

-¿Tengo que fingir que no me di cuenta?

Johnny suspiró -Se lo diremos pronto. Está en sus primeras semanas y quiere vivirlo despacio.

Gongmyung asintió. Su expresión, por lo general irónica o protectora, se suavizó al instante y su voz también. -Vaya... Mi hermano pequeño será padre antes de que pueda encontrar el amor.

Johnny rió bajo, negando con la cabeza.

 

🌱

Minjae llegó esa semana. Era un joven beta, de una energía dulce y paciente. Hyejin lo recomendó como cuidador prenatal especializado en acompañamientos de embarazos omegas masculinos, que solían tener complejidades físicas y emocionales distintas. Su papel era acompañar y controlar las rutinas, las emociones y el entorno siendo un guardián suave.

La primera vez que cruzó el umbral de la casa, Minjae se detuvo frente al ventanal y miró largo rato el almendro.

-Es hermoso. Nunca he visto uno -dijo con voz baja.

La familia Suh tenía una tradición que se pasaba de generación en generación. Los almendros florecían cuando algo importante ocurría. Era casi una superstición. Había uno en la casa de campo donde Johnny y Doyoung se conocieron siendo niños, otro en la entrada del edificio principal de la compañía, otro en la casa de los padres de Johnny y, por supuesto, uno en su propio hogar. Dicen que cuando el abuelo de Johnny le pidió matrimonio a la abuela Lee Jihye, el árbol del jardín de su infancia floreció al día siguiente. Fue el mismo árbol que floreció, décadas después, cuando Johnny nació.

Doyoung le sonrió.

En cuestión de días, Minjae se convirtió en una presencia constante. No invasiva, pero firme cuando era necesario. Le bastaba una sola mirada para saber si Doyoung había dormido bien o si estaba ocultando náuseas matinales tras una sonrisa. A veces preparaba infusiones con exactitud de lo que necesitaba, otras veces simplemente se sentaba en silencio, dejando que la calma hiciera su trabajo.

-Nada de clases los viernes -dictó una tarde- Te exiges demasiado. Y el bebé ya empieza a responder a tu ritmo.

-¡Pero aún puedo dar mis clases! -protestó Doyoung, frunciendo el ceño como un niño terco.

-Puedes, sí -respondió Minjae con una sonrisa imperturbable- pero no deberías andar como un loco. Tu prioridad ahora mismo es formar un corazón.

Doyoung lo fulminó con la mirada, sin lograr disimular la emoción detrás de la molestia. Desde la cocina, Johnny soltó una risa baja, sabiendo que su esposo no era fácil de convencer. Apenas escuchaba a sus médicos, mucho menos a un niñato como lo llamaría en broma. Pero Minjae parecía saber exactamente cuándo hablar y cuándo callar y eso le ganaba espacio.

Mientras el almendro desplegaba más brotes y los días se alargaban en luz, la noticia aún no era pública. Seguía siendo un secreto bien cuidado aún no compartida con el mundo. El secreto que ambos protegían en el silencio de su hogar, los paseos lentos, y las noches en que Johnny abrazaba a Doyoung desde atrás y dejaba que sus feromonas lo envolvieran. Pero el tiempo corría de prisa y llegaría un momento que no podría ocultarlo.

🌸

Ya habían pasado tres meses completos.

El verano estaba llegando a su fin.

Johnny manejaba por la carretera vieja rumbo a la casa de campo para el almuerzo familiar. A su lado en el asiento de copiloto, Doyoung dormía profundamente por primera vez en semanas, con el rostro sereno girado hacia la ventana. Su respiración era tranquila, y una de sus manos reposaba con ternura sobre su vientre, apenas curvado, como si lo estuviera protegiendo incluso en sueños.

-Ya hemos llegando, Doie -susurró Johnny al estacionar bajo el sauce que solían trepar de niños-. Despierta, cariño.

Doyoung abrió los ojos con lentitud. Parpadeó, aún medio dormido, y luego su mirada se enfocó.

El auto se detuvo frente al portón de madera blanca, cubierto parcialmente por enredaderas verdes. La brisa de campo olía a tierra húmeda, flores silvestres y a pan recién horneado. Johnny bajó primero, rodeó el auto con calma y abrió la puerta del copiloto. Doyoung salió con cuidado, estirándose un poco con una sonrisa cansada.

-¿Estás listo? -preguntó Johnny, tocándole suavemente la espalda.

-Sí -respondió Doyoung, aunque su corazón latía con fuerza.

El jardín trasero de la casa de campo estaba animado, las madres de ambos arreglaban la mesa bajo la sombra de los arboles, cubriéndola con platos caseros y jarras de limonada. Gongmyung hablaba con el abuelo de Johnny sobre un nuevo proyecto de inversión, mientras las tías reían desde la cocina, de donde salía el aroma de la comida casera.

-¡Ya llegaron! -exclamó la madre de Doyoung al verlos cruzar el jardín tomados de la mano- ¡Pero qué guapos están!

Johnny sonrió y saludó con un abrazo a su suegra, mientras Doyoung recibía un beso en la frente, entregandole el postre que había preparado más temprano. Todos se sentaron pronto bajo la pérgola de madera, flores frescas y conversaciones.

Durante un rato, Doyoung comió en silencio, observando los rostros conocidos que lo habían visto crecer. Su madre hablaba emocionada con la de Johnny sobre cosas que no prestaba verdadera atención. El sol se filtraba cálido entre las hojas.

Doyoung bajó la vista a su vientre. Aún no se notaba demasiado pero estaba listo para dar la noticia. Tomó aire y miró a Johnny. El alfa le dio una mirada cómplice, asintiendo apenas con los ojos. Entonces, con voz suave, Doyoung interrumpió con vergüenza -Hay algo que quiero contarles.

Las conversaciones se fueron apagando poco a poco hasta que solo quedó el murmullo de los pájaros.

-Estoy… -tragó saliva, sintiendo el calor subirle a las mejillas- Estamos esperando un bebé.

Hubo un segundo de absoluto silencio y luego, como si el aire se llenara de sol, las reacciones su alrededor fueron evidentes.

-¿Qué? -exclamó su madre más que feliz, llevándose las manos a la boca.

-¡Felicitaciones! Aunque ya lo sabía -rió Gongmyung, con los ojos brillantes y conocedores, escuchando a su madre preguntarle qué nuevamente.

Johnny puso una mano sobre la cintura de Doyoung y respondió con una sonrisa orgullosa. -Sí, vamos a ser padres.

La madre de Johnny fue la primera en levantarse, corriendo a abrazarlos con lágrimas en los ojos. Detrás de ella, los demás se unieron. Felicitaciones, risas, preguntas y lágrimas. Incluso el padre de Doyoung, que solía ser más sobrio, se acercó con ojos vidriosos y le palmeó el hombro a su hijo con ternura. -Has crecido tanto… -dijo bajito, casi solo para él.

En medio del bullicio, entre los abrazos, Doyoung levantó la vista hacia la colina. El almendro del jardín lucía distinto. Las flores blancas comenzaban a abrirse, delicadas, como si supieran lo que acababa de ocurrir.

Pasaron esa tarde en el invernadero. Doyoung bebió limonada con menta en la hamaca de madera. Johnny desempolvó una cámara vieja que solían usar y tomaron fotos del jardín. Doyoung se dejó fotografiar acariciando su vientre mientras las flores silvestres crecían y las mariposas volaban alrededor.

-Aquí fue donde me besaste por primera vez -dijo Doyoung en voz baja, tocando el marco de una puerta al recordar, Johnny en ese entonces tenía dieciocho años y Doyoung acababa de cumplir los diecisiete.- aunque luego huiste como un cobarde.

Johnny, rió por lo bajo antes de rodearlo con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro. -No puedes juzgarme. Me asustó lo mucho que quería hacerlo. Sentí que si me quedaba un segundo más, no me iba a poder controlar.

A Doyoung nunca le llamaron la atención otros alfas. Durante la secundaria, cuando él y Johnny iban al mismo instituto, no era raro que recibiera confesiones esporádicas. Eran gestos bonitos como una carta en su mesa o una caja de dulces en san valentín, pero ninguno despertaba en él un verdadero interés.

Recordaba con exactitud una de esas ocasiones, quizás la más clara de todas, cuando Jaehyun, el mejor amigo de Johnny, también alfa, lo invitó a salir. Le propuso ir al parque de atracciones, con una sonrisa con hoyuelos que parecía imposible decirle que no. Doyoung aceptó por cortesía, tal vez por saber si eso que otros omegas sentían por los alfas podía nacer en él.

El día de la cita, Johnny apareció sin invitación. No dijo que iba a unirse y tampoco preguntó si podía. Simplemente llegó, y se mantuvo cerca durante toda la tarde. Sonreía de una manera tensa y caminaba con los brazos cruzados, frunciendo el ceño cada vez que Jaehyun se inclinaba para hablar con Doyoung. Fingía que todo estaba bien, pero su humor era evidente incluso podía captarlo en el sutil aroma amargo de sus feromonas que estaba molesto. Doyoung inconscientemente terminaba enviando su aroma calmo y dulce para tranquilizarlo.

Doyoung lo observaba de reojo y en silencio. En algún momento, tal vez cuando Johnny se quedó mirando sin pestañear mientras Jaehyun le ofrecía una bebida, o cuando se adelantó para ocupar el asiento junto a él en el carrusel, lo confundió.

Johnny era popular, claro que sí. Lo suficiente como para recibir confesiones de omegas casi a diario.

El sol de otoño caía cálido sobre el patio por la tarde, la mayoría almorzaba bajo los árboles o en los bancos del corredor principal. Doyoung, solia subir a las gradas del gimnasio exterior, con su lonchera equilibrada entre las piernas y una lata de jugo que apenas había tocado.

Desde allí tenía una vista perfecta de la cancha, donde Johnny jugaba habitualmente con su equipo. Camiseta sin mangas, cabello recogido hacia atrás con una banda negra, gotas de sudor deslizándose por su cuello. Cada vez que saltaba, su camiseta se levantaba apenas y dejaba ver su abdomen firme.

Intentaba convencerse de que solo había ido ahí por la sombra. Doyoung se llevó un bocado de arroz a la boca, intentando ignorar el cosquilleo en el estómago cuando alguien en la cancha llamó su atención.

Una omega bajita, de cabello suelto y uniforme ajustado, se acercó a Johnny en el descanso. Llevaba un jugo en las manos, riendo de forma escandalosa mientras le hablaba. Johnny le sonrió y pareció gradecer el gesto tomando dudoso el jugo obligado por el tirón en su brazo a inclinarse un poco para escucharla mejor.

Y entonces ella, sin ningún pudor, se estiró sobre las puntas de sus pies y le besó la mejilla. Fue rápido pero Doyoung se quedó helado, con los labios entreabiertos y el bocado a medio camino.

Sintió un nudo raro en la garganta, uno que no tenía que ver con el hambre ni con la rabia exactamente. Algo que lo apretaba por dentro y que tenía nombre, fue ese día que descubrió lo que eran los celos.

Sintió cómo se le encendían las orejas. Se obligó a tragar, aunque el arroz se le hizo amargo en la boca. Desvió la vista con brusquedad, como si así pudiera borrar la escena de su memoria aunque la imagen ya se había instalado ahí y le dolía más de lo que quería admitir.

En la cancha, Johnny se giró buscando algo entre las gradas pero sus ojos no lo encontraron donde siempre.

Doyoung se obligó a respirar hondo. No tenía sentido sentirse así. Johnny podía hablar con quien quisiera, reírse con quien quisiera, aceptar confesiones si se le antojaba. No eran nada así que no tardó más de un segundo en guardar el almuerzo en su mochila y correr.

Después de eso, las cosas entre ellos cambiaron. La adolescencia les trajo orgullo, ocupaciones, y el peso incómodo de no saber exactamente qué eran el uno para el otro, llevandolos a distanciarse facilmente.

Pasaron los meses y entonces llegó el verano. Como cada año, las familias Suh y Kim se reunieron en la casa de campo, en lo alto del valle. Era una tradición antigua que se repetía sin excusas, un fin de semana entero compartido entre comidas, juegos y caminatas bajo el sol. Doyoung pensó en no ir. Pero no pudo evitarlo.

Fue allí, entre la madera envejecida de la galería donde una noche, cuando todos ya dormían, Johnny lo encontró junto al ventanal del pasillo. No dijo nada al principio. Solo lo miró y notó los ojos miel más dorados, brillando en deseo, frustración y algo más profundo que llevaba tal vez demasiado tiempo guardando.

Johnny, respiró nervioso con las palmas sudando cuando dio un paso y lo besó.

Fue un beso apretado, casi urgente cargado todos los sentimientos no dichos después de meses en silencio. Doyoung apenas pudo reaccionar, sentía el corazón golpeándole el pecho y el calor extendiéndose desde los labios hasta el cuello. Pero antes de que pudiera responder, Johnny se apartó completamente enrojecido con la respiración entrecortada y los ojos abiertos, como si acabara de hacer algo irreversible.

Y entonces escapó, literalmente. Se giró y desapareció por el pasillo como si huyera de sus propios sentimientos, subiendo las escaleras de dos en dos y hasta desaparecer en su habitación. Doyoung se quedó ahí, paralizado. Una mano en los labios y el corazón latiéndole en las orejas. Ni siquiera sabía cómo moverse con las manos temblando y el sabor de algo completamente nuevo en la boca.

Fue esa noche cuando Doyoung supo que ya no era un juego.

Y pudo confirmarlo años después, aquí mismo.

-Y ahora mírate -respondió Doyoung, girando apenas el rostro con una sonrisa tranquila- Estás atrapado para siempre conmigo.

-Feliz de estarlo -dijo Johnny, y lo besó detrás de la oreja- Nunca quise otra cosa.

En ese momento Johnny giró a Doyoung se arrodilló frente a él en la hierba, y pegó su oído al vientre de su esposo, y cerró los ojos.

Doyoung sonrío acariciando los mechones castaños del alfa.

🌸

Como era habitual, Doyoung despertaba antes que Johnny, con el cuerpo tibio. A veces no lograba volver a dormir pero no huía como solía hacerlo. Se quedaba quieto, observando cómo el alba pintaba la habitación en tonos pastel.

Johnny, sin abrir los ojos, lo atraía hacia sí, su aliento cálido en la nuca. -¿No dormiste bien?

-Dormí solo poco. Me estoy acostumbrando a sentirlo, se movió mucho anoche.

Johnny sonrió con los ojos cerrados. -Ya empieza a rebelarse como tú.

Doyoung rió bajito, acurrucándose más entre los brazos que lo apresaban.

A Doyoung ya no le daban nauseas los aromas intensos, con la medicación adecuada, estas y los vomitos de las primeras semanas crueles de gestación cesaron, pero ahora tenía un nuevo problema, sus antojos eran extraños y a deshoras, pero sobre todo lloraba con mayor facilidad. Lloraba viendo pinturas, escuchando a sus alumnos exponer, y si Johnny llegaba más tarde de lo habitual aunque luego fingía que no.

-No te burles -le dijo una noche con la voz temblorosa- No sé por qué me siento así.

-Nunca me burlaría de ti, cariño -susurró Johnny, secándole las lágrimas con los pulgares-. Me da ternura. Quiero ser tu pañuelo permanente.

🌱

La casa de campo había quedado atrás. Habían regresado a la ciudad apenas dos días antes. El clima era más cálido, la rutina aunque cómoda, no dejaba espacio para respiros como los de aquel fin de semana.

Doyoung despertó temprano, como siempre. El vapor del té verde llenaba la cocina mientras hojeaba sin atención un libro de arte japonés. Johnny ya había salido, tenía una junta importante con inversores extranjeros, una reunión que había postergado dos veces por acompañarlo a sus controles médicos.

Sintió un ligero mareo al levantarse. Nada preocupante. Estaba acostumbrado a los malestares esporádicos pero cuando entró al baño y bajó la ropa interior, el mundo se le detuvo.

Un pequeño rastro de sangre teñía el blanco del algodón. Sus piernas temblaron. Por un instante creyó que era una ilusión óptica y parpadeó. La sangre seguía allí. No era abundante, pero unas gotas se deslizaban ligeramente entre sus piernas.

-No… no ahora… -susurró, llevando instintivamente ambas manos al vientre aún plano.

El eco de su respiración agitada rebotó contra los azulejos. El aire se volvió más pesado y sintió el pecho apretado, como si todo el miedo que había contenido durante meses le explotara de golpe.

No había nadie en casa así que tomó el teléfono con manos temblorosas y marcó.

-¿Doyoung?

Su voz fue un hilo roto- Johnny... algo no anda bien.

Un silencio se hizo presente mientras se escuchaba al otro lado como se levantaba y caminaba con prisa.

-Quédate ahí, ahora mismo voy para allá.

Veinte minutos. Eso tardó Johnny en cruzar media ciudad. Entró en casa sin aliento con los ojos ardiendo de angustia.

-¿Dónde estás?

-En el baño.

Johnny lo encontró sentado sobre el inodoro. El pequeño rastro de sangre en el tacho lo impactó pero mantuvo la calma por su omega.

-Ya llamé a la clínica, nos están esperando -dijo con voz firme, mientras lo ayudaba a levantarse.

-Johnny -dijo de pronto Doyoung con el semblante pálido y ojos temerosos cuando se miraron- tengo miedo...

-Tranquilo, todo estará bien.

La sala estaba silenciosa, apenas el zumbido de las máquinas. La médica revisaba en pantalla los movimientos lentos y el latido tenue.

Johnny sostenía la mano de Doyoung con fuerza.

Finalmente, Hyejin sonrió leve.

-El bebé está bien. Lo que ocurrió fue una irritación leve en la implantación del saco gestacional. Es más común de lo que parece en etapas tempranas. Pero deberás hacer reposo absoluto los próximos días.

Doyoung cerró los ojos. Johnny exhaló por primera vez desde que lo llamó.

-¿Puede afectarle en algo?

-No si se cuida, nada de estrés ni levantar peso pesado. Con una buena dieta, descanso, y mucha paciencia, podrá retomar sus actividades diarias.

Esa noche, Johnny no se movió de su lado. Había dispuesto mantas en el sillón de la habitación, pero terminó abrazándolo en la cama, detrás de él, con una mano cálida sobre su vientre.

-Perdón por no estar contigo esta mañana.

-No digas eso. Estuviste conmigo.

Johnny hundió el rostro en su cuello, dejando que su aliento marcara la piel con feromonas calmantes.

-No sé qué haría si te pasara algo a ti.

-No va a pasar nada, ya escuchaste lo que dijo Hyejin.

-Juro que no me moveré de aquí, no quiero dejarte solo.

-Cariño, solo fue un susto... todo estará bien, tú mismo lo dijiste, tranquilo.

Johnny lo acercó a su cuerpo y lo mimó. Doyoung sonrió por primera vez en todo el día.

🌸

 

Las semanas pasaron con rapidez y Doyoung había logrado cumplir el sexto mes sin nuevas complicaciones.

Cada noche, Johnny untaba aceites suaves en la piel del vientre y los pies de Doyoung. Lo hacía con paciencia y con los dedos abiertos, acariciando con cuidado. Le hablaba a su bebé en voz baja, como si temiera despertarlo. -Hoy tu papi casi se queda dormido en una aburrida reunión después de comer tres muffins de arándano.

Doyoung se tapaba la cara, riendo. -No se lo digas…

-Todo es parte del legado familiar. Nuestro cachorro sabrá quién eres desde antes de nacer.

Doyoung era feliz pero así como existian buenos momentos estaban sus días malos, al salir de la ducha, Doyoung se detuvo frente al espejo sin llegar a tomar la toalla. El vapor aún cubría los bordes del cristal, pero su reflejo era claro. Se quedó inmóvil con el cabello húmedo oscuro pegado a la frente y el agua escurriendo por su piel. Algo en su silueta le pareció ajeno.

Su cintura ya no era la misma y la curva delicada de siempre se había modificado sutilmente, como si el tiempo hubiese dibujado un trazo nuevo en su contorno. El vientre, aún pequeño, redondeaba su cuerpo con una suavidad casi imperceptible, pero suficiente para que Doyoung lo notara y que lo sintiera. No solo en su piel, sino en lo más profundo de su percepción de sí mismo.

Se abrazó los brazos, temblando sin frío. -Johnny -llamó, sin levantar la voz.

El alfa apareció al instante, con una toalla en la mano, el ceño relajado por la costumbre de responder al llamado de su esposo. Pero apenas vio el rostro de Doyoung, con la expresión de desconcierto y los ojos vidriosos, dejó caer la toalla a un lado, sin pensarlo.

-¿Qué pasa? -preguntó con urgencia, cruzando el umbral.

Doyoung bajó la mirada al suelo y luego al espejo. Finalmente, a su reflejo otra vez. -Johnny… -susurró- Siento que me veo extraño. -Se tocó el vientre con delicadeza, apenas con las yemas de los dedos y un puchero- ¿Aún me deseas?

La pregunta se quedó suspendida en el aire. Johnny no respondió de inmediato, solo lo miró con los ojos encendidos de ternura y deseo. Caminó hacia él en silencio, cruzando el espacio entre ambos con pasos lentos, y lo abrazó por detrás, cubriéndolo con sus brazos como si pudiera resguardar su fragilidad. Sus labios buscaron el hombro mojado de Doyoung, justo donde la marca de apareamiento enrojecía suavemente con el calor.

-Por supuesto que te deseo más que nunca, Doyoung -susurró contra su piel-. No tienes idea de cuán imposible es para mí no adorar cada parte de ti.

El llanto brotó en ese momento. Doyoung se dejó ir, sin intentar contener las lágrimas. Hundió el rostro en el pecho de Johnny y sollozó. El alfa lo sostuvo, sin soltarlo. No lo consoló con palabras, porque sabía que aquellas lágrimas solo le pedian su compañía.

Esa noche, el deseo fue como un río cálido que arrastró el miedo.

No hubo urgencia ni dominio, solo un amor palpable en cada roce. Johnny lo amó en cada movimiento deseando protegerlo del mundo. Se deslizó sobre Doyoung con devoción, reconociendo cada curva nueva entre suspiros. Doyoung se entregó sin miedo, con la urgencia de querer ser tocado hasta volverse uno con la respiración del otro. Sus hormonas vibraban, lo sabían. El embarazo le agudizaba los sentidos y lo volvía más sensible, y más hambriento de su esposo, como cuando eran dos jóvenes de veinte años apenas cumplidos recién descubriéndose entre sábanas desordenadas.

-Te amo tanto -murmuró Johnny contra su cuello, jadeando con la voz ronca.

-Marcame -susurró Doyoung, trazando con los dedos los músculos fuertes del alfa sobre él entre sus piernas.

🌱

 

Johnny preparaba panqueques de avena con frutas mientras Doyoung se sentaba en la mesa, envuelto en una bata de algodón y con el cabello aún húmedo

-Huele delicioso -mencionó el omega, con voz suave y algo adormilada.

Johnny se giró, y dijo -Desde que descubrí que alimentar bien a mi esposo embarazado mejora mis posibilidades de sobrevivir puedo hacerlo seguido.

-Sabio movimiento -Doyoung sonrió, tocándose el vientre con cariño- Este bebé ya tiene preferencias. Ayer no quiso la espinaca.

-Te estás dejando manipular por un cachorro.

-Ese cachorro tiene mis hormonas secuestradas -suspiró Doyoung, llevándose una rodaja de fruta jugosa a la boca.

Johnny soltó una risa suave, dejando el plato frente a él y dándole un beso sobre el cabello.

-Entonces tengo que mantener contentos a los dos.

Ese día fue tranquilo. Johnny trabajó desde casa, revisando informes desde su laptop en la biblioteca, mientras Doyoung corregía exámenes de sus alumnos en el jardín. El árbol de almendro comenzaba a llenarse de hojas jóvenes, y aunque aún no florecía del todo, una rama nueva se inclinaba con fuerza hacia el sol.

Ese mismo día Doyoung ordenaba la pequeña ropa de bebé en el cuarto que habían preparado. Sus ojos, brillantes y tranquilos, irradiaban esa calidez que solo Johnny sabía leer. Estaban sentados en el suelo, en medio de la habitación que sería del bebé, rodeados de cajas abiertas, pequeñas mantas, y papel de burbujas. La tarde caía despacio por la ventana, tiñendo las paredes de un dorado acogedor.

Habían decidido juntos que no querían saber el sexo del bebé hasta el nacimiento. No por superstición, sino porque deseaban que el momento fuera una sorpresa para los dos.

-No importa si es niña o niño -había dicho Doyoung semanas atrás a sus abuelos, mientras acariciaba su vientre ahora visible. -Sea quien sea, ya lo amamos.

Por eso la habitación estaba decorada en tonos suaves, blanco y marfil en las cortinas que Doyoung había elegido con esmero. La cuna de madera clara ya estaba montada junto a una repisa con cuentos infantiles y peluches que habían ido llegando como obsequios de amigos y familiares. Sobre la cuna, colgaba un móvil de nubes, lunas y estrellas tejidas a mano.

-Me gusta como quedó -murmuró Doyoung, apoyando una mano en el vientre mientras recorría la habitación con la mirada.

Johnny lo observaba en silencio desde el otro lado del cuarto, sentado con una caja vacía en el regazo, fascinado por la forma en que Doyoung tocaba todo con suavidad, sabía que sería un excelente padre.

-Has hecho un gran trabajo, cariño —respondió con voz baja, cruzando el cuarto para arrodillarse frente a él.

Doyoung rió, con ese sonido leve que parecía una melodía para Johnny. Sus frentes se encontraron un segundo después entre esa calma tibia.

 

🍀

 

La casa estaba llena de luces suaves, flores blancas y aromas dulces.

El jardín había sido decorado con detalles delicados, guirnaldas tejidas, globos en tonos beige, crema y verde musgo, y una larga mesa de madera cubierta con platos pequeños, tazas de porcelana, y bandejas de pasteles artesanales. El sol de la tarde acariciaba todo con calidez tibia.

Doyoung, vestido con una camisa liviana de lino blanco y pantalones sueltos que descansaban bajo su vientre, se reía bajito mientras sostenía una copa de limonada. Había gente querida a su alrededor, sus viejos amigos de la universidad, la señora Sohee, que traía cajas con regalos envueltos,y Sion, el hijo pequeño de Jaehyun y Taeyong sus viejos amigos de la escuela, que no dejaba de poner las manos sobre su panza y decir ¡Ya quiero jugar contigo!

Johnny no lo dejaba solo ni un segundo. No era un miedo irracional, sino más bien algo instintivo. Desde hacía un par de días, Doyoung tenía una luz distinta en los ojos y estaba más silencioso.

-¿Quieres sentarte un rato, cariño? -preguntó Johnny, tomándolo suavemente del brazo.

-Estoy bien -respondió con una sonrisa- Solo me duelen un poco los pies...

-Nadie va a molestarse si te sientas diez minutos.

-Lo sé, pero es que siento que este es uno de esos días que solo pasan una vez.

Fue durante los postres cuando Doyoung estaba abriendo un regalo y sintió una presión diferente en el vientre. No fue un dolor exacto, sino una especie de ola que comenzó en la parte baja de la espalda y le recorrió el cuerpo.

Se quedó quieto y fingió que abría el siguiente regalo. Nadie lo notó hasta que llegó la segunda ola y esta vez, más intensa.

La copa que sostenía se inclinó un poco y Johnny, que estaba justo a su lado, la sujetó con rapidez. Cuando lo miró a los ojos lo supo. El brillo de la risa en el rostro de Doyoung había desaparecido, sustituido por una calma repentina. Su mirada se clavó en la de Johnny como una advertencia suave. No hubo pánico pero si el conocimiento de lo que ocurria, el omega susurró con un hilo de voz -Está llegando.

Todo fue lento y a la vez vertiginoso.

Johnny pidió permiso, sonrió como pudo y con la mano en la espalda baja de Doyoung lo guió hacia dentro de la casa. Gongmyung se levantó de inmediato y los siguió con la mirada tensa. No hizo falta decir nada. En cuanto cruzaron el umbral, Doyoung se detuvo y se sostuvo de una silla. Una contracción lo dobló sobre sí mismo y Johnny estuvo ahí, tomándolo por la cintura, hablándole al oído con voz grave -Respira, amor. Estoy aquí, solo respira conmigo.

Doyoung apretó los dientes, cerrando los ojos con fuerza. Su frente se llenó de sudor.

-No sabía que dolía así -murmuró.

Johnny lo besó entre el cabello, sosteniéndolo con firmeza.

La partera llegó veinte minutos después y los invitados al ser informados se despidieron para darle espacio al omega en su trabajo de parto.

Las contracciones ya no eran olas soportables, eran continuas y dolorosas.

Doyoung se aferraba al marco de la puerta mientras un gemido se le escapaba del pecho, casi como un aullido contenido. La habitación, aunque suave y cálida, ya no podía contener la energía que se agitaba dentro de él.

-No puedo -jadeó- Johnny, no puedo… aquí no…

La partera, experimentada en nacimientos de omegas marcados por la luna, se acercó sin tocarlo, solo observando cómo sus pupilas comenzaban a dilatarse más de lo normal.

-Está cerca, su cuerpo lo sabe -murmuró, mirando a Johnny-. Quiere hacerlo como los antiguos...

Johnny comprendió sin una palabra más.

Lo ayudó a caminar, el brazo envolviendo su cintura mientras Doyoung se inclinaba sobre él a cada paso, jadeando con fuerza. Las feromonas lo envolvían todo, intensas, calientes, dulces y salvajes.

Cruzaron el jardín lentamente.

La luna, en lo alto, parecían guiarlos.

El almendro los esperaba. Sus ramas estaban cubiertas de capullos abiertos por primera vez en años. Una brisa leve los acariciaba como un canto de cuna y justo cuando Doyoung llegó al pie del árbol, otro gemido le quebró el cuerpo, haciéndolo arrodillarse sobre la hierba.

-Aquí… aquí, Johnny… -murmuró- No puedo más.

El alfa se arrodilló a su lado. Doyoung ya estaba temblando, no solo de dolor, sino de lo que venía.

-Ayúdame -susurró- tengo que cambiar. En mi forma… mi cuerpo podrá hacerlo.

Johnny asintió, conteniendo la emoción en los bordes de sus ojos. -Estoy aquí contigo.

Doyoung cerró los ojos y llevó una mano sobre su cuello, justo donde la marca de Johnny brillaba débilmente, como una joya bajo su piel. Inhaló hondo y su cuerpo se estremeció.

Su forma humana comenzó a disolverse en un resplandor tenue, como si su alma se liberara de una prisión suave. El cambio fue lento. Sus huesos se alargaron, su piel se cubrió de un pelaje plateado con vetas suaves de almendra y ceniza. Su vientre, aún redondeado por la vida que crecía en él se mantuvo intacto. Su esencia era la misma, pero ahora estaba donde su instinto se sentía a salvo.

Un lobo omega bajo el almendro florecido.

Johnny contuvo el aliento. Se acercó sin miedo, con devoción, y apoyó su frente contra la del lobo, sintiendo el calor de su pareja y su alma entera.

El omega se tendió bajo el árbol, sobre una manta extendida, la partera y Johnny a su lado. El trabajo de parto continuó, más rítmico. La transformación le había dado fuerza. Cada jadeo se volvía más gutural y arraigado a la tierra.

Hasta que llegó el momento. Una última contracción estremeció su cuerpo y con un gemido profundo, nacido del lobo y del humano, Doyoung dio a luz. El cachorro nació envuelto en un leve brillo plateado, como si aún llevase la bendición de la luna en su piel. La partera lo sostuvo unos segundos antes de entregárselo a Johnny, que lo recibió con los ojos bañados en lágrimas.

Entonces se oyó un sonido pequeño y húmedo.

La partera sonrió.

-Es una niña.

Doyoung temblaba, ya humano otra vez, con el cuerpo exhausto y cubierto por el sudor y el rocío de la noche, extendió los brazos. Cuando el bebé fue colocado sobre su pecho, entre lágrimas, sangre tibia y respiraciones jadeantes, su bebé lloró justo cuando una flor cayó sobre ellos, blanca y pura, desprendida del almendro.

-Hola, mi amor -susurró con la voz rota- Te estábamos esperando.

Johnny los abrazó a los dos, cubriéndolos con su cuerpo.

Doyoung, apenas consciente, sonrió entre lágrimas.

-Nuestro bebé nació bajo el árbol…

La familia estaba completa.

 

🌸🍀🌸

 

La casa aún olía a pastel recién horneado cuando la pequeña Nari salió corriendo al jardín con un vestido amarillo que Doyoung le había elegido esa mañana. Tenía cinco años y una sonrisa tan radiante como el sol. Johnny la siguió con paso más lento, con una taza de café en la mano y una sonrisa tonta y encantada, mientras Doyoung los miraba desde el porche, descalzo, con el cabello al viento.

El árbol, ese mismo que había florecido el día de su nacimiento, ahora estaba frondoso y vivo. Cada primavera se cubría de flores blancas que parecían polvo de luna. Y ese día en el quinto cumpleaños de su hija, se veía especialmente hermoso.

-¡¡Papá!! ¡Papi! -llamó la niña, girando en el césped como un torbellino de alegría- ¡miren! ¡otra flor cayó y dice que me quiere!

Doyoung bajó los escalones del porche y se acercó. Nari sostenía con cuidado una flor en la palma de su mano. Johnny, detrás de ella, le revolvió el cabello con ternura.

-¿Dice que te quiere? -preguntó Doyoung, agachándose a su altura.

La niña asintió entusiasmada- me susurró que soy su favorita.

Johnny soltó una risa breve. -No me sorprende, eres la favorita de todos.

Doyoung, sin embargo, la miraba con ojos brillantes. Tomó la flor y la colocó en el cabello de su hija.

-Esa flor nació el mismo día que tú -susurró- Justo encima de nosotros, cuando te pusieron en mis brazos por primera vez.

Nari frunció el ceño, como intentando recordar.-¿yo nací en un árbol?

Johnny se agachó también, rodeándolos a ambos con sus brazos. -Naciste debajo de él. Y cuando lloraste por primera vez, todo el jardín se llenó de luz.

-¿Y el árbol me escuchó?

-Lo hace -dijo Doyoung- Por eso florece cada año, para no olvidarte.

Su hija pareció satisfecha con la respuesta. Se giró de nuevo y corrió hacia el columpio colgado en una rama del almendro. Johnny y Doyoung se quedaron mirándola en silencio por un momento, hasta que él tomó la mano de su esposo.

-Ella está creciendo rápido -dijo Johnny en voz baja.

Doyoung asintió con la cabeza. -Lo hace, quisiera volver a tenerla en mis brazos.

-Podriamos volver a intentarlo... -susurró Johnny, acariciándole el dorso de la mano con los labios despues de darle un beso.

-En la noche... -respondió con una sonrisa tímida, y Johnny soltó una carcajada enamorada.

El viento sopló suavemente, y otras flores cayeron sobre el césped, flotando alrededor de la pequeña Nari que cantaba en voz baja una canción que le había enseñado Johnny.

Doyoung lo miró, y después al cielo claro. Su amor también ha florecido.

Y así, en esa tarde dorada, mientras su hija jugaba, los dos hombres se abrazaron. Solo amor en calma, como raíces que habían aprendido a sostenerse mutuamente.

Cuando un milagro crece entre las ramas, no solo transforma al árbol, sino también a quienes lo aman.

 

🍀🌸🌱

Notes:

Probablemente saque de esto otros capítulos. Necesitaba hacerlo, cuando pienso en el JohnDo lo imagino todo muy dulce y tierno, no puedo evitarlo más aún después de ver las fotos que Johnny le tomó a Doyoung para la exposición de Soar 🙂‍↔️✨️✨️✨️✨️