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Fandom:
Relationship:
Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2025-06-22
Updated:
2025-06-22
Words:
2,109
Chapters:
1/?
Kudos:
17
Hits:
163

Caramelo Dulce

Summary:

En la pantalla, su voz sonaba más segura. Más grande. Más fuerte. Hasta que dejó de jugar. Hasta que alguien lo escuchó.

Y respondió.

Notes:

Dedicado a todos los niños que creen que crecer es divertido, que se saltan etapas como si saltaran la cuerda, a todos los que creen que entrar en el mundo adulto a temprana edad no tendrá repercusiones.

A quienes ven la adultez como una meta fácil de alcanzar, sin entender el peso que implica. A los que creen que tomar responsabilidades, decisiones y enfrentarse a la realidad es tan simple como imitar lo que ven en los adultos. A todos los que se adelantan, sin saber que cada paso acelerado deja cicatrices invisibles, y que cada experiencia vivida antes de tiempo puede marcar para siempre. Esto es para ustedes, que todavía no saben lo que están dejando atrás.

Y si eres padre, ojalá esto te ayude a proteger un poco mejor a tus hijos del mundo difícil en el que les tocó crecer, y aprecies mas su juventud sin lanzarlos a la adultez.

Chapter 1: 1.-

Chapter Text

Izuku ajustó la correa de su mochila antes de subir al autobús. El chofer, un hombre de apariencia severa y gafas de sol que ocultaban casi por completa su expresión, lo veía de reojo mientras pagaba el pasaje.

Avanzó por el angosto pasillo sintiendo que cada mirada se clavaba en él. Un adulto sentado en uno de los primeros asientos mantenía las piernas tan abiertas que bloqueaba por completo el paso, obligándolo prácticamente a trepar sobre él si quería continuar.

—Disculpe, señor... —su voz sonó mucho más aguda de lo que esperaba, traicionando su inseguridad.

— Niño, no estorbes y sigue caminando —gruñó el chofer desde su asiento, mientras detrás de Izuku un hombre esperaba con impaciencia para avanzar y sentarse.

El rubor le subió a las mejillas. No quería causar molestias, pero tampoco sabía cómo pedirle al hombre del asiento que cerrara las piernas. Sentía que cualquier palabra que dijera saldría mal.

— Disculpe, señor —intervino el hombre detrás de él, con tono firme—. El pequeño necesita pasar.

— ¿Ja? ¿Acaso no puedes hablar por sí solo o qué? —bufó el hombre sentado, burlón, antes de apartar lentamente las piernas con desgano—. Mocosos... ya ni siquiera saben defenderse solos.

Izuku avanzó aún más avergonzado que antes por ser "rescatado" como si fuera una damicela en apuros socorrida por un príncipe.

La radio sonaba con una música ligera, casi alegre, mientras el pequeño se acomodaba en la parte trasera del autobús. El traqueteo del motor y el olor a asientos gastados lo envolvían, hasta que la voz del locutor interrumpió la melodía con el boletín matutino.

"Más de cuarenta mil denuncias por delitos sexuales contra niños, niñas y adolescentes se han registrado en el país este año. Una cifra alarmante que ha llevado a las autoridades a..."

—Qué horrible. — Dijo el señor que lo había ayudado a pasar por el angosto pasillo, sentándose a su lado como si eso los hubiera hecho mejores amigos. — Ahora exagera todo, ¿No crees?

—Uhm... sí. —murmuró Izuku con desgana, sin el valor de contradecir a un adulto, tragándose cualquier pensamiento que pudiera traicionarlo.

—En mis tiempos, si un niño desobedecía, le bajábamos los pantalones y le enseñábamos a ser un hombre de verdad. —lo dijo con orgullo, como si fuera una anécdota graciosa, como si el mundo no hubiera cambiado.

Izuku sintió un nudo en la garganta. Tragó horrible y giró la cabeza hacia la ventana, buscando en el paisaje en movimiento algo que lo desconectara de esa voz. Sus dedos se apretaron contra el borde del asiento, intentando que su incomodidad no se notara.

El hombre se inclina apenas, como si fuera a contarle un secreto.

—Pero claro... ya nadie tiene el valor de disciplinar. Todo es "abuso" ahora.

El autobús frenó de golpe y un chirrido metálico recorrió el pasillo. Una mujer subió apresuradamente y, para su alivio, se sentó justo delante de ellos. La presencia ajena le dio a Izuku una sensación momentánea de resguardo.

El locutor volvió a hablar por la radio, esta vez sobre política, pero Izuku ya no escuchaba. Solo contaba los segundos, observando cómo las calles pasaban de edificios a zonas más vacías. Faltaba poco para su parada.

—¿Vas a la escuela? —preguntó el hombre con un tono casual, casi demasiado relajado para un desconocido.

Izuku lo miró de reojo, sin dejar de abrazar su mochila contra el pecho. Asintió brevemente, soltando un escueto:

-Si.

Volvió a mirar por la ventana, esperando que eso bastara para cerrar el tema, pero el hombre no captó —o decidió ignorar— la señal.

—¿Y en qué grado estás? —insistió, con una sonrisa que parecía amable, aunque sus ojos no dejaban de observarlo con demasiada atención.

Izuku se movió en el asiento.

—Segundo de secundaria —respondió, sin girarse completamente. Su voz salió más baja de lo que esperaba.

El hombre se acercaba como si aquello fuera lo más interesante que había oído en todo el día.

—A esa edad todo parece más difícil de lo que realmente es. Pero créeme, después uno mira atrás y se ríe —soltó una risa breve, algo seca. Luego tamborileó los dedos sobre el maletín que tenía sobre las piernas, un ritmo irregular que a Izuku le empezó a poner los pelos de punta.

—Ajá... —murmuró Izuku, sin mucho entusiasmo.

— ¿Tienes muchos amigos en la escuela? —preguntó el hombre de pronto, inclinándose apenas hacia él, como si buscara un vínculo más cercano.

Izuku frunció el ceño, sintiéndose atrapado.

—No muchos... —dijo al fin, y luego añadió rápidamente—. Pero está bien así.

—Yo tampoco tenía muchos amigos a tu edad —comentó el hombre, sonriendo con una nostalgia de que a Izuku no le resultó nada reconfortante. Luego lo miró de reojo, bajando ligeramente la voz—. A veces es mejor no confiar en cualquiera, ¿no crees?

Izuku se tensó.

—Supongo...

—¿Tus papás te dejan viajar solo tan lejos? —preguntó de repente, y esta vez el tono ya no fue tan neutral.

Izuku tardó en responder.

—Mi mamá sabe dónde estoy... —mintió, buscando algo en su mochila para evitar el contacto visual.

El hombre se acercaba, pero esa sonrisa persistía, como si supiera que le estaban ocultando algo.

—Claro, claro. Las mamás siempre se preocupan tanto. Yo tenía una tía así... —se interrumpió, como si recordara algo incómodo, y soltó una risa abrupta—. ¿Tú confías mucho en tu mamá?

Las palabras parecían flotar en el aire, pesadas e inquietantes. Izuku trató de ignorarlas, enfocándose en los árboles que bordeaban la calle por la que transitaban.

Izuku reconoció las calles por la ventanilla; su parada estaba cerca. Sintió alivio... aunque no el suficiente. Con cierto deseo, giró la cabeza hacia el hombre a su lado.

—Disculpe... ¿me da permiso? Necesito bajar. —Su voz salió más fina de lo que hubiera querido, como si estuviera pidiendo un favor en lugar de ejercer un derecho.

El hombre aparentemente de forma complacida, con un matiz casi burlón en la curva de los labios.

—Disculpa, joven, es que estoy muy anciano... —dijo, estirando las palabras—. Podrías pasar por delante de mí si quieres bajar.

Izuku dudó. La idea de pasar tan cerca de él no le gustaba, pero el autobús ya reducía la velocidad y no quería perder la parada. Se incorporó lentamente, girando el cuerpo para intentar salir sin contacto, el autobus frenó e Izuku cayó sentado sobre el regazo del hombre.

— Si tanto lo querias debías decirme. — El hombre le susurró comenzando a acariciar su cadera.

El contacto fue suficiente para que el muchacho reaccionara como un recurso. Se levantó de golpe, tropezando con el respaldo del asiento, y bajó del autobús tan rápido que casi perdió el equilibrio en los escalones.

El aire frío de la calle no le trajo alivio, sino un temblor más fuerte. Su corazón martillaba con una violencia dolorosa; cada latido parecía empujarlo contra las costillas. Las mejillas, encendidas de rabia y vergüenza, ardían como si alguien las hubiera golpeado. Un nudo espeso le cerraba la garganta.

—Quiero morirme... quiero morirme... —murmuraba una y otra vez, en voz tan baja que el viento casi se llevaba las palabras. Sus pasos eran rápidos, casi torpes, mientras intentaba contener las lágrimas que amenazaban con salir.

Quería llorar. Quería gritar. Quería pedir ayuda.

Pero ¿quién lo ayudaría? En su mente ya escuchaba las respuestas: "exagerado", "maricón", "tú te lo buscaste".

—Fue mi culpa... —sollozó, sintiendo el sabor salado correrle hasta los labios—. Yo me lo busqué... debí sentarme en otro lado... no debí hablarle...

Cada palabra era como un látigo contra sí mismo, y aún así no podía dejar de repetirlas, como si castigarse fuera lo único que le quedaba para sentir que tenía el control.

Avanzó con pasos erráticos, la mente nublada, hasta que chocó con alguien. Al alzar la vista, se encontró con un hombre alto y rubio que le devolvió la mirada. Un escalofrío le recorrió la espalda, helándole la sangre al recordar al tipo del autobús.

—Ten cuidado, joven. Es peligroso caminar sin mirar hacia dónde vas —dijo el hombre, con una voz grave pero suave, observándolo con unos ojos que, por un instante, le recordaron a la mirada protectora de su propia madre. Izuku sintió que el aire se le aflojaba en los pulmones y dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Lo siento… es que yo… —su voz se quebró, obligándolo a carraspear para recomponerse.

—Te vi bajar corriendo del autobús. ¿Sucedió algo? —preguntó el desconocido, cargando un poco la cabeza—. Por casualidad, yo caminaba hacia ese desfile.

Izuku presionó los dientes y bajó la mirada, impidiendo el contacto visual. No quería hablar de eso. No con un extraño. Y mucho menos contar lo que había vivido allí dentro… con ese sujeto.

—Discúlpame —continuó el hombre, notando su silencio. Se llevó una mano a la chaqueta y sacó una credencial que sostenía a la altura de sus ojos—. Soy teniente de policía. No tienes que temerme.

— ¿Teniente?

—Claro, niño. Ya lo sabes. —Se agacha levemente para hablarle a la altura de sus ojos. — Primero fui oficial novato, luego ascendí y ascendí ya que soy muy genial, y logré llegar a teniente, y algún día será capitan.

Izuku no pudo evitar esbozar una sonrisa tenue al escuchar el “soy muy genial”. No era una frase que esperara de un oficial, y mucho menos en una situación tan tensa. Sin embargo, había algo en ese toque de humor improvisado que le transmitió una tranquilidad inmediata, como si la tensión en su pecho hubiera cedido apenas un poco.

—Ves? Ya te hice sonreír —dijo el teniente, enderezándose con un gesto satisfecho—. Esa es una victoria para mí.

Izuku se encogió de hombros, bajando la mirada, un poco avergonzado. Sentía que cualquier emoción positiva en ese momento era casi una traición a lo que acababa de vivir, pero… la voz y la presencia de ese hombre lograban mantener a raya el temblor en sus manos.

—Vamos, te acompaña —añadió el teniente, dando un par de pasos lentos para no presionarlo—. No tienes que contarme nada si no quieres. Solo… no camines solo así, ¿sí?

—Creí que tenía que tomar el autobús —murmuró Izuku, intentando sonar casual mientras empezaba a caminar junto al hombre.

—Soy el teniente, niño. Nadie va a morir porque llegará tarde a la comisaría —respondió con un tono tranquilo, casi burlón, mirándolo de reojo mientras sus pasos se adaptaban al ritmo de los de Izuku—. Vas a la escuela, ¿verdad? ¿Orudera?

Izuku parpadeó, sorprendido.

—¿Cómo lo sabe?

—Tu uniforme… y el hecho de que te bajaste a una cuadra de la secundaria —dijo, señalando con un gesto vago hacia atrás, como si llevara todo el tiempo memorizando sus movimientos.

Izuku tragó saliva. No sabía si sentirse impresionado o incómodo por la facilidad con la que aquel hombre lo había perfilado en segundos. Sin embargo, la forma en que lo decía, sin rastro de amenaza, le restaba peso a la incomodidad.

—Y tú ¿cómo te llamas? —preguntó el teniente.

—Izuku… Midoriya.

—Izuku Midoriya… —repitió, como si probara el nombre—. No es un nombre muy habitual, niño.

El camino continuó en un silencio espeso, roto solo por el sonido de sus pasos y el murmullo lejano de la ciudad despertando. Izuku mantenía la vista baja, buscando interés en las grietas del pavimento, intentando ignorar el peso de esa mirada lateral que, aunque discreta, parecía saber más de lo que él quería contar.

Cuando llegaron a la entrada de la secundaria, el teniente se detuvo. No hubo prisa en sus movimientos; Sacó la billetera, buscó con calma entre varios compartimentos y extrajo una tarjeta. El cartón era rígido, limpio, con letras grabadas que reflejaban la luz tenue de la mañana. Se la tendió a Izuku, sosteniéndola entre dos dedos.

—Llámame o envíame un mensaje si te sientes inseguro… o si solo quieres hablar. —Su voz sonó firme, pero sin dureza. No era una orden; Era una invitación.

Izuku dudó antes de tomarla. Podía sentir la textura áspera en los bordes cuando finalmente la sostuvo, como si aquel simple rectángulo pesara más de lo que debía. No estaba acostumbrado a que alguien le ofreciera un puente sin pedir nada a cambio.

"Katsuki Bakugo, teniente de la Unidad de Delitos Mayores."

Las letras en relieve dorado parecían brillar incluso bajo la luz fría del pasillo, como si fueran demasiado importantes para estar en sus manos.

Tragó saliva, guardándola en el bolsillo interior de su chaqueta, aunque el roce del cartón contra su pecho no hizo más que recordarle su existencia.

—Si algo pasa… —Katsuki sostuvo su mirada, como si quisiera asegurarse de que no olvidara ni una palabra—, me llamas. No importa la hora.

Izuku asintió apenas, con un gesto pequeño que casi pasó desapercibido.