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En la batalla del Ojo de Dioses, Aemond peleaba vigorosamente contra su tío. Ambos estaban consumidos por la guerra, la pérdida y el ímpetu del combate. Ya ni siquiera importaba la causa ni el detonante del conflicto. Ninguno de los dos recordaba con claridad por qué luchaban. Sin Rhaenyra ni Aegon, ¿realmente había algo por lo que pelear? Sus reyes estaban perdidos entre los escombros de un sinfín de batallas que habían dejado cicatrices tanto literales como metafóricas.
Como fuera, Aemond ya estaba demasiado involucrado en todo esto como para reflexionar en ese preciso momento. Él era el principal implicado en cómo se formó esta guerra. Fue un mata-parientes primero, aunque no lo hubiera deseado, fue él quien empezó todo. A estas alturas, no importaba cuánto se arrepintiera: ya era demasiado tarde. No podía borrar lo sucedido, así que enterró ese sentimiento muy en el fondo de su mente y corazón, como hacía con la mayoría de las emociones que consideraba una debilidad.
Después de todo, es esa clase de hombre. Eso fue lo que su madre fomentó, y lo que la guerra terminó por forjar: un hombre sin sentimientos innecesarios. Ese era su valor. Siempre a la sombra de alguien, necesitaba destacar en algo, y ¿qué mejor que seguir las órdenes de su madre y abuelo? Eso lo hacía valioso. Al menos podía demostrar que era un mejor príncipe que su hermano Aegon, aunque eso nunca lo acercará al gran destino que viviría él. No importaba cuánto se esforzara, siempre sería el segundo, una herramienta más.
A Aemond no le quedaba más que la guerra. Ni su odio, ni su orgullo, ni mucho menos su venganza había superado lo que le fue arrebatado. Y ni siquiera era consciente de ello. Su dragona, Vhagar, se había llevado una parte de él que no sabía, era tan fundamental. Una parte de su identidad se desvaneció, tanto como el chico bastardo de cabello rizado y mirada penetrante.
Aquel día en el que todo explotó, una parte de Aemond también lo hizo. Y ahora, peleando ferozmente con su tío Daemon en medio del mar, sabía que ahí acababa todo para él. Podía sentirlo en lo más profundo de su ser: sería su última batalla.
Aun así, eso ya no importaba. Moriría tal como vivió: como un hombre que se entregó a la guerra.
Y así, en medio de esta gran batalla, Aemond cae a manos de su tío. El Ojo de los Dioses ve perecer a ambos hombres con sus dragones. En ese momento, mientras Aemond se hunde en su final, recuerda su vida. Y se da cuenta de lo innecesario que fue todo. De lo absurdo que fue toda su vida.
Tanta guerra para... nada. Ni verdes ni negros ganaron. Ambas partes se destruyeron mutuamente. Solo quedaron las cenizas, el dolor y el miedo. El tan anhelado trono los destrozó. Pero no fue solo el trono, no. Su familia ya estaba podrida desde antes. La guerra por el trono solo fue la punta del iceberg. Él mismo fue partícipe, un peón más en una guerra que había comenzado mucho antes de su nacimiento.
Pero ahora nada de eso importaba. Estaba por morir compartiendo la misma tumba de agua con su sobrino bastardo. Qué irónico. Moriría igual que él. Podrido en el mismo mar. Igual que Lucerys.
Reiría, si pudiera. Tanto odio y repudio para terminar igual.
Si tan solo las cosas hubieran sido diferentes. Si hubiera tomado otras decisiones. Si se hubiera rebelado un poco más. Si no hubiera sido el peón de su madre y abuelo. Si en lugar de regirse por odio, envidia, dolor, venganza e ira, hubiera elegido vivir diferente. Si aquel fatídico día no hubiera perseguido a Lucerys. Si ese terrible accidente no hubiera ocurrido. Si Lucerys viviera...
Tal vez...
Aunque eso ya no importa. Está a punto de morir. Siente tanto frío como dolor. Sus pulmones arden como si estuvieran en llamas, aunque estén llenos de agua. El frío lo quema por dentro. Nunca pensó que morir ahogado tuviera una sensación tan contradictoria. Su vida fue una miseria, y al parecer, su muerte también.
En sus últimos momentos, solo puede pensar:
"Definitivamente no valió la pena".
...
Aemond abre los ojos con la respiración errática. Está empapado en sudor y completamente desorientado.
¿No debería estar muerto?
Se sienta con brusquedad en una cama demasiado familiar. El olor, la textura de las sábanas, incluso el leve aroma a incienso de lavanda... Todo le resulta dolorosamente conocido. A su izquierda, el antiguo tocador. Se incorpora con dificultad y se acerca, tambaleante, al espejo.
La imagen que le devuelve el reflejo debería ser imposible. Tiene el rostro joven, sin cicatrices. Con ambos ojos de un púrpura brillante devolviéndole la mirada desde el cristal. Su cabello blanco cae en mechones desordenados sobre sus hombros. Está... vivo. ¿Joven? ¿Entero?
No puede ser real.
Su respiración se acelera. Su mente comienza a tambalearse. Lleva una mano a su cabello, tirando con fuerza hasta sentir dolor, como si necesitara comprobar que está despierto.
Y entonces, se rompe.
El llanto que había contenido por años se desborda sin control. Gritos de angustia llenan la habitación. No sabe si es un castigo o una alucinación. Solo sabe que no puede parar. Su cuerpo joven se estremece en medio de una tormenta de emociones que había sepultado por años.
Aemond Targaryen nunca había tenido un ataque de pánico. Las pocas veces que lloró fue cuando era pequeño, después de recibir la primera paliza de su abuelo Otto. Fue entonces cuando aprendió lo que significaba ser un príncipe Targaryen. Le enseñaron a no sentir compasión por los bastardos, a ser útil, a no mostrar debilidad. Así que aprendió a callar, a pensar, a actuar estratégicamente, a enorgullecer a su madre ya su abuelo.
Y ahora, está roto en el suelo, sin entender por qué volvió.
Cuando finalmente el llanto cesa, el agotamiento lo vence. Se recuesta en el suelo, incapaz de hacer otra cosa. Cierra los ojos, deseando que todo desaparezca.
Un tiempo después —minutos, horas, quién sabe—, una mano cálida acaricia su cabeza. Instintivamente se acurruca, buscando ese calor,esa sensación olvidada de consuelo. Su mente adormecida piensa que es su madre, que finalmente le muestra cariño sincero, como solía hacer cuando era muy pequeño.
Pero al abrir los ojos...
No es Alicent.
Una melena blanca, como la suya, aparece en su campo de visión. Rhaenyra.
Su sorpresa es tan evidente que la mano de Rhaenyra se detiene al instante.
Aemond se apartó con violencia, como si el simple roce de la mano de Rhaenyra le quemara la piel.
—¡No me toques! —espetó con una voz quebrada por la rabia y el miedo.
No podía tolerar esa muestra de debilidad. Mucho menos si venía de Rhaenyra. Sentía una vergüenza tan profunda que lo ahogaba. ¿Cómo podía siquiera imaginar que ella le ofrecería consuelo? Aun si esto era parte de un castigo divino, no se permitiría aceptar algo tan retorcido.
Rhaenyra intentó acercarse de nuevo, lentamente, sin intención de herirlo. Pero el movimiento bastó para desatar otra ola de tensión en él.
—¡Te dije que no me tocaras! ¡No te acerques! ¡No me mires! —gritó con desesperación, retrocediendo torpemente—. Quiero que te vayas. No sé qué clase de castigo es este, pero no te quiero aquí. ¿Vienes atormentarte? ¿Eso es lo que buscas, verdad? ¿Devolverme cada herida como yo hice con los tuyos?
Su voz se volvió más temblorosa, como si cada palabra desgarrara una herida mal cerrada.
—Sí… hice un desastre. Fui el que empezó todo. Te quité lo que más amabas. Pero ¿sabes qué? Yo también perdí algo cuando lo hice, y ni siquiera lo sabía. ¡Te odié! ¡Te odié a ti ya tus bastardos porque pensé que me habían arrebatado lo mío! Pero ahora entiendo que yo… que yo nunca tuve nada.
Su respiración era errática. Las lágrimas brotaban sin control, y su rostro desbordaba un dolor tan intenso que dolía verlo.
—¡Me arrepiento! —exclamó, su voz quebrada y ahogada en llanto—. Me arrepiento de cada una de mis acciones, de cada elección que me trajo hasta aquí. ¡Te odio tanto… pero me odio más a mí mismo! ¡Nada en mi maldita vida valió la pena! ¡Nada!
Golpeó el suelo con el puño, como si pudiera romper el eco de sus errores.
—¡Soy, y siempre seré, un simple peón! ¡Una herramienta, algo útil solo en la medida en que otros lo deciden! ¡No tolero tu presencia! ¡Así que vete! No necesito más recordatorios de lo que hice. ¡Incluso si esto es mi castigo, no quiero verte! ¡No ahora!
Rhaenyra permanecía inmóvil, impactada. No entendía a qué se refería Aemond con aquellas palabras —hablaba de cosas que no tenían mucho sentido—, pero el dolor… el dolor era inconfundible. En sus gritos identifico algo familiar: esa sensación de haber sido usado, manipulado y luego descartado.
Ella también había sentido eso. También había sido una hija utilizada como una pieza en un juego de poder.
Y entonces lo vio: ya no al hijo de Alicent, ni a un enemigo más… solo vio a un niño. Un niño de apenas 10 años, roto por dentro. Había sido injusta. Lo había juzgado con dureza. Y justo cuando pensaba en decirle algo… Aemond se desplomó.
Rhaenyra reaccionó al instante. Se lanzó hacia él y lo atrapó justo antes de que tocara el suelo.
...
Rhaenyra se encontraba en su alcoba. Después del desmayo de Aemond, tuvo que llamar a un maestre; el pobre niño entre sus brazos ardía como si todas sus emociones estuvieran hirviendo y tomando forma física. Sentía una profunda compasión por él, un niño roto, no tan distinto a sus propios hijos.
Sabía que había estado asociando a sus medios hermanos con piezas del juego estratégico de Alicent, manipulados para su ruina. Y si bien aún lo creía en parte, también se había dado cuenta de que había cometido un error: los había dejado de ver como lo que realmente eran... niños.
Una punzada de vergüenza la atravesó. ¿Cómo había terminado tratándolos de la misma forma que ella misma había sido tratada? No era justo. Ni para ellos, ni para ella. Tal vez sus medios hermanos merecían, al menos, una oportunidad de ser vistos tal como eran, lejos de las exigencias de su madre.
Al menos sentía que les debía eso. Y comenzaría con Aemond. Intentaría acercarse, aunque él la alejara como hizo ese día. Por primera vez en años, realmente quería intentarlo. Verlo así —tan frágil, tan deshecho— había tocado algo en ella. Una parte que normalmente mantenía oculta. Así que lo haría. Se acercaría, aunque fuera lentamente. Al menos podría decir que lo intento.
Aemond, aún con la mente nublada, escuchaba a lo lejos la voz de un maestre hablando con una mujer. Las palabras eran lejanas, confusas... pero por un momento pensó que, esta vez, se trataba de su madre.
Su mente divagaba. Siempre la sentía distante, incluso cuando fingía preocupación. La recordaba arremetiendo constantemente contra Aegon, aunque durante mucho tiempo pensó que su hermano merecía cada palabra. Ahora, en medio de esta calma extraña, podía empezar a cuestionar esa idea. Tal vez —y solo tal vez— Aegon era de esa forma porque las expectativas que su madre había puesto sobre él lo estaban aplastando.
Muy tarde comprendió que detrás de toda la fanfarronería e irresponsabilidad, quizás había una persona completamente desconocida. Alguien que también había sufrido. Y, aunque aún le costara admitirlo, en los últimos momentos de la guerra… había sentido que amaba a Aegon.
Si este extraño castigo le dio una oportunidad, querría conocerlo de verdad. Tal vez… podría hacer algo distinto esta vez.
En medio de sus pensamientos, sintió una mano fresca sobre su frente. El toque era delicado, casi temeroso. Era su madre…
No sabía cómo sentirse respecto a ella. La había amado, sí, pero ahora que podía pensar con más claridad, también se sentía incómodo con su presencia. Había emociones en su pecho que no podía nombrar.
Siempre había sabido cómo sentir odio, orgullo, rencor. Pero esto... esto era diferente. Quería tomar distancia de ella, aunque doliera. Porque ahora sabía que seguirla ciegamente lo había llevado a su final.
Poco a poco, sus pensamientos se apagaron. Y se durmió.
Cuando llegó la mañana, Aemond se despertó lentamente. Fue muy distinto a la primera vez. Durante unos segundos no recordó nada, pero en cuanto su conciencia se encendió, se sentó bruscamente en la cama. Esta vez, más tranquilo.
Se levantó y caminó hacia el espejo. Allí estaba de nuevo: su yo más joven. Ambos ojos intactos.
No sabía qué sentir. Era extraño mirar con ambos ojos. No sentir ese dolor fantasma al que se había acostumbrado. Era irónico cómo ahora, sin su herida, se sentía incompleto. Como si hubiera perdido una parte de sí, justo cuando le devolvían una parte física que creía perdida para siempre.
Estuvo a punto de soltar una carcajada, pero se contuvo. Ya había tenido suficiente espectáculo emocional en los últimos… dos incidentes. Sea esto una ilusión o no, no podía permitirse caer tan bajo. Sigue siendo un príncipe Targaryen.
Aun así, no podía dejar de pensar en lo último que vio antes de desmayarse: los brazos cálidos de Rhaenyra, sosteniéndolo con cuidado. Ese recuerdo lo abrumaba.
No sabía qué consecuencias tendría su interacción con ella, pero por ahora había algo más urgente: ¿Qué era este lugar?
Al principio pensó que estaba en el limbo, un castigo por todas sus atrocidades. Pero todo le resultaba inquietantemente real: los objetos en su alcoba, el tacto, la temperatura. ¿Cómo era posible? Había muerto. Lo sabía. Y sin embargo… estaba aquí. Con ambos ojos. Con un cuerpo joven. Con recuerdos de una vida que no había ocurrido aún.
Tenía que averiguar qué estaba pasando. Y solo había un lugar donde podía comenzar a buscar respuestas:
La biblioteca del castillo.
