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La situación de Woshingo es peor de lo que imaginas

Summary:

Woshingo tiene una pequeña crisis mental por reconocer sus sentimientos hacia su colega Youtuber Sailorfag y solo tendrá una colaboración en la Semana Mexicanísima para afrontarla.

Notes:

Regalo para una amistad, espero lo disfrutes.

 

Los personajes de esta historia están inspirados en las personas mencionadas, pero los eventos, las relaciones, diálogos, comportamientos y demás elementos aquí descritos son completamente producto de la imaginación de la autora y totalmente ficticios. Esta obra no debe ni pretende ser considerada como un reflejo de la vida real de estas personas. Esta historia fue escrita por y para fanático/a/x/s, con respeto y sin intención de causarles ningún daño.

Work Text:

Inhalar, exhalar, inhalar, exhalar. Woshingo apretó las manos a sus rodillas y miró de reojo su teléfono celular. Acababa de responder ese mensaje, hacía cuánto, ¿un minuto? quizás dos. Sí, seguro que dos. Negó con la cabeza, no, no se iba a inquietar tan pronto. Si fue elle quién le había escrito en primer lugar, ¿no? entonces estaba interesado, Sailor estaba interesado… en colaborar. Cuando su teléfono volvió a vibrar se apresuró a agarrarlo, chocando su rodilla contra la mesa delante de él por menso.

 

« Hola, debí mandarte un mail mejor, pero te quería preguntar para grabar conmigo para la semana mexicanísima, creo que nos saldría padre. Claro si te parece y no hay problema con los tiempos (‘’❛ ؂ - „)ᕗ ».

« Hey, sí, he visto esos vídeos están curados. Dime tus horarios y nos acomodamos ».

« Qué bueno! He visto que tenemos subs en común entonces les va a gustar. Dame tu num y así te caigo al WhatsApp para ponernos de acuerdo, te parece el viernes? Si no, no hay pex ».

« Sí, puedo el viernes. Claro, dime y llevo el set de grabación ».

« Tranquilo, ya tengo las luces y todo (。•̀ᴗ-)✧ ».

 

—Si digo pendejadas —murmuró Woshingo con una sonrisita ante tamaña obviedad, ¡por supuesto que tendrá cámaras y luces si es youtuber también! Volvió a lanzar el teléfono al sofá como si quemara, para no ver si Sailor se burlaba u algo así porque se estaba pasando de pendejo, pero sólo recibió una hilera de stickers raros de monitas chinas cuando le escribió por Whatsapp para quedar. Tras coger valor y tomar su teléfono, sonrió como tonto y continuó la conversación.

Entonces… ¿Este viernes? Oh, el viernes tenía que revisar unos guiones con su equipo (y lavar ropa) pero podría hacer malabares con los horarios (y después lavar la ropa).

No quería perderse por nada esta oportunidad, mucho menos porque después de mensaje y mensaje, reafirmó lo bien que le caía Mangel. ¿Cómo iba a esperar que se burlara por su inesperada (y para nada sobre-pensada) torpeza? Sailor podía ser muy directo, pero eso sólo lo hacía auténtico. Y él estaba auténticamente… tarado por elle. Pero, no, no podía sentirse atraído por Sailor, ¡no era gay!

Aunque, no, Sailor es no binario, entonces realmente no sería una relación homosexua—, espera, ¿relación? ¿relaciones? ¿¡cuáles relaciones!? No, no estaba pensando en eso, bajo ningún concepto, mucho menos a las tres de la mañana mientras tomaba capturas de los tweets delirantes de Aleks Synteks, ¡no se trataba de eso!

Woshingo comenzó a caminar en círculos por su sala de estar, peleándose solito con sus amigos imaginarios e inevitablemente perdiendo. ¿De cuándo acá le genera tanto nerviosismo una persona? Tenía que calmarse, que no era el fin del mundo y rompía por completo su imagen de elocuencia y control.

Independientemente de los géneros, relaciones y delirios mesiánicos del cute british boys, le gustaba Sailor como persona. Eso no lo hacía gay, queer o lo que sea, más bien, eso sería resumirlo en pocas palabras. Y como dijo ese vato que le salió en un reel hace unos días: definirlo es limitarlo.

Sailor es chistoso, amable e incómodamente simpático. Podía jurarlo por las pocas, pero memorables interacciones en eventos en la CDMX o por Instagram.

En uno de esos eventos nocturnos (y entre tanta beauty vlogger) lo conoció en persona. Estaba vestido de negro como un espectro renacentista; botas de plataforma, un cigarrillo en una mano y el drink coqueto en la otra, ¿cómo no iba a caer rendido ante esa estampa? Su corazón dio un vuelco, pero quiso atribuirlo a algo así como un mini infarto de señora PANista, antes que a su despertar queer. El efecto fue instantáneo, y se hizo uno con él con el correr del tiempo. A lo largo de esos días, que se volvieron meses, recordaba de cuando en cuando ese momento:

En una esquinita con sus negronis, los cactus sociales siguieron siendo cactus sociales, pero juntos. Intercambiaron chistes incómodos, risitas flojas, dolores de cuello por llevarse una cabeza de altura, y lo más importante; números, con, quizás, la esperanza (unilateral) de volverse algo más que una interacción fugaz.

Cuando Sailor cogió valor y creó su sección de comenta social ya tenía más excusas para ver sus vídeos en secreto. Al inicio alegó que era para criticar su estilo de investigación y argumentación, en su afán de seguir mejorando su propio contenido, pero acabó quedándose por su ingenio.

Entre tantas ocupaciones y su mismo canal se le acumulaban los vídeos, volviéndose sin querer en su podcast semanal. ¿Era esta la sensación que tenían sus suscriptores con su propio contenido? ¿Esta sensación de compañía que tantas veces le habían descrito por comentarios? No, tenía que ser algo más, algo después de esa noche de negronis y con ese perfume de espectro de iglesia que aún recordaba tan bien.

Ni que decir cuando subió ese vlog, y con un drink de cuestionable sabor, lo defendió. Ya tenía la piel gruesa por sus años en Youtube y los comentarios constantes sobre su aspecto físico. Le daba igual, su público no se quedaba por su apariencia, sino todo lo demás. Debía darle igual, pero hay días de días. Y ese día, después de reírse de ese comentario, sí se sintió gacho, pero, demostrarlo sería peor. Demostrar emociones en un ambiente tan hostil como Internet es un acto autodestructivo; en cualquier lugar, en realidad. Pero sin esperarlo, fue Sailor quién barrió con esa persona a su estilo y sin darle mayor revuelo. Quiso darle las gracias, quiso hacer un chiste casual que hiciera menos lo que hizo sin pasarlo inadvertido, pero al final no envió ningún mensaje…

¿Estaba siquiera bien? Quizás sólo fue por buen pedo y nada más. ¿Cuál era el límite para no estrellarse contra el asfalto y hacer el ridículo como la gente que despedaza en sus vídeos? No, no recuerda haber criticado en vídeo a un enamorado empedernido, y si lo llegó a hacer quizás sí se lo merecía por pendejo.

Pero, bueno, puta madre, ¡quizás no estaría así de afectado si su mente no fuera tan veloz y en cada vuelta volviera ese rostro (y chichotas) a sus recuerdos! Este talento de sobrepensar es bueno para lucrar con Aimep3, ¡no para enamorarse ni para ser un youtuber respetable! Pero, ese conflicto interno tan hondo era otro problema en sí mismo, una incoherencia narrativa que escupía en todas sus creencias.

Si un amigo estuviera en ese dilema existencial por sentir atracción por alguien fuera de su orientación sexual previa, entornaría los ojos y le diría que estaba usando ser pendejo como coping mechanism a su queerfobia internalizada. Y aquí lo tenían, más atragantado que el de los peinados de lesbiana. Bueno, no, le faltaría subir un vídeo de ocho minutos al respecto, pero estaba cerca. Quizás, quizás, debería subir un vídeo-comenta humillándose solito, pero no quería que Sailor lo bloquee. No estaba preparado para pagar el karma de haber bloqueado a Luna Martínez por los chistes de sus frutillas.

Sin darse cuenta, los días pasaron hasta que el viernes llegó. Dejó los guiones a su equipo, además de su ropa, para que le echen ganas al jale, ya luego arreglaría cuentas en el infierno junto a Eugenio Derbéz. No sabía qué esperar, ya conocía de primera mano que Sailor era más relajada e introvertida fuera de cámaras, pero justamente no sabía cómo manejarse con la persona y la personalidad pública al mismo tiempo y a puertas cerradas (y cuando ambas le gustan en su idealización para nada de compas).

Cuando se detuvo delante de su puerta con una maceta en manos, ya no había vuelta atrás. Tragó grueso y trató de conectar con su alter ego, que tantos adeptos y detractores cosechaba, pero que ahora sería la mejor máscara posible.

Cuando Sailor le abrió, fue recibido por esa sonrisita nerviosa y entusiasta tan suya.

—Hey, hola, M-Mangel… Te, bueno, eh, te traj—.

Antes de poder decir algo y entregarle el regalo como había ensayado, Sailor se agachó de golpe para atajar a Alucard que saltó entre sus piernas.

—¡Ay! —atrapó al gato y se levantó con él en brazos. La mirada de desprecio y superioridad de Alucard evitó que Woshingo intentara volver a hablar—. Disculpa, si no mi hijo se escapa.

—Tranquilo —dejó ir una risita seca, aunque debía admitir que se veía adorable con su mascota, pese a que él automáticamente ya lo juzgó—. Traje… esto —carraspeó y extendió la pequeña maceta. Odió en silencio que su gesto pareció más una confesión de amor a la japonesa, ojalá no se diera cuenta—. No sé si te gustan, pero… ya sabes la cortesía.

Sailor volvió su atención a Woshingo e iba a sonreír, hasta que se dio cuenta de que la planta era una suculenta.

Una

Pinche

Suculenta

El nervio del ojito derecho le comenzó a temblar por los recuerdos de Vietnam. ¿Cómo que una pinche suculenta? ¿¡Una suculenta!?

—¡Aaay! ja, ja. ¡Qué padre! Una suculenta… —dijo aun así con una risita incómoda y una exagerada expresión de felicidad. No, no, iba a suceder de nuevo. La iba a dejar secar, la iba a dejar morir, si ella no recibía amor menos una maldita suculen—. ¡No tenías por qué! —Con la mano libre tomó la pequeña maceta y se acomodó a Alucard contra el pecho. Mientras seguía pensando si esa planta sufriría el mismo destino que la anterior, se percató de lo inconcebible—. Ándale, pero si viniste planchadito… —pretendió chulear. ¿Era el Wosh o un impostor?

—¡Ah! Sí, sí… —Se rascó la nuca y asintió con la misma sonrisita tiesa que compartían. Quizás exageró con la camisa—. Esta sí dije que la planchar—digo, la planché, la planché.

—¿Por qué? ¿Vas a grabar con la Reina Isabel o qué? —quiso bromear para quitarle lo tieso. Así de socialmente incómodo debía estar, para que hasta la misma Sailor quisiera hacerle paro.

—¿No que ya se murió?

—Ah, chinga… —parpadeó ante su error—. Bueno, un saludo desde donde sea que se encuentre. —Como pudo por tener las manos ocupadas besó las yemas de dos dedos y señaló al cielo. Alucard maulló de mala gana y se retorció. Mucho contacto físico por hoy—. Bueno, mejor empecemos que luego hace más calor. —Le invitó a pasar y cerró detrás de él.

Woshingo contuvo la respiración al pasar a su lado y llevarse una bofetada de su perfume delicioso: pendejo no dura nada.

Sailor dejó al gato en el suelo y comenzó a parlotear atropelladamente sobre su casa, a señalar y enseñar cada cuadro y figura de monita china, así como explicarle dónde iban a grabar y qué. Woshingo sólo asentía una y otra vez, todavía tarado por lo bien que olía su interlocutor.

—Hasta me puse zapatos para la visita, ¿te gusta el outfit de hoy? —dijo con los brazos extendidos y dando una vueltita completa a pasitos.

Woshingo reaccionó y le miró. Ese tank top verde de My Chemical Romance y esos vaqueros le quedaban tan bien a la cadera… Parpadeó; se volvió un viejo caspiento, pero a mucha honra…

—Eh, eh, súper —tosió y miró a otra dirección. La sonrisita inmóvil de Sailor le hizo elaborar más—. Digo, digo, ya no te vistes como antes… Pero… todo te queda bien. Digo, por lo alto, porte de modelo y la mamada —corrigió antes de que se le soltara la baba.

—Heh, gracias —ladeó la cabeza, haciendo despeinar su fleco puntiagudo a lo Cloud Strife. Woshingo se quiso abofetear cuando Sailor desapareció por la cocina; la estaba cagando, la estaba cagando, ya lo iba a echar, y ya lo iba a bloquear.

Nuevamente, la voz de Sailor le trajo a tierra, esta vez con dos jarras de cerveza. Sí que la iba a necesitar, que lo perdonen.

—Okay, bueno, me dijiste que conocías la sección, bueno como te dije, haremos una receta mexicana para la Semana Mexicanísima, o bueno, los días que sobreviva a hacerla —explicó tras un trago profundo. ¿Sailor también estaba nervioso? No podía creerlo, ¿el wey que si quisiera ser más público tendría el triple de subs por su carisma y franqueza como marca?

—¿Y por qué no me invitaste para una comenta social…? —preguntó tras beber. Quizás ya lo habían aclarado por mensaje, pero su nerviosismo lo traicionó, ¿por qué no lo iba a querer en la sección en la que se especializa en su propio canal? ¿no le gustaba realmente su contenido?

—Eh, buen— ¡No me mires así! —Sailor interrumpió y bebió rápido—. Amistad, porque luego me dabas una arrastrada con tu inteligencia y que hueva sólo estar de bonita ahí. Además, hace mucho no cocino, pus, pensé sería algo interesante para los dos.

—Te equivocas, Mangel —impulsado por el deber, dio un paso adelante. A esa distancia alzó un poco la barbilla para poderle mirar a los ojos. Iba a acabar con dolor de cuello, pero necesitaba hacerlo—. Tu eres bueno en ese tipo de contenido. Me encanta tu estilo y no tienes que obligarte a hacer otra cosa conmigo. Tus subs lo verán por ti, no por tu invitado; todo lo que haces les encanta porque se trata de ti.

Sailor se mantuvo inmóvil, turnando sus ojos a la boca y ojos de Woshingo. Quizás fue un segundo, quizás medio minuto, pero un rubor tenue coloreó su rostro y asintió quedo.

—B-Bueno… —balbuceó y se escurrió hasta la mesada de la cocina—. P-Pero ya armé este set. Mucho batallé para que Alucard no se comiera las cosas. —Hizo menos lo que sea que sucedió minutos antes, aunque esa calidez iba a prevalecer mucho más.

En efecto, pendejos no duran nada.

Woshingo tosió otra vez y se acabó su cerveza de un chingazo. Sí que la iba a necesitar.

—Sí, sí, igual será divertido —se mareó tantito, que ya está ruco—. Pero… sentados, ¿no? —Apoyó sus manos sobre la mesada de metal, que le llegaba al comienzo de las costillas. Sin dudas todo el apartamento estaba adaptado para un gigante.

—¿Qué? ¿Te intimida que sea más alta? —Sailor dejó de revisar la batería de la cámara para mirarle y sonreírle.

—E-Eh, n-no… para nada… —comenzó a balbucear. La mente de Woshingo se fue muy lejos, de nuevo, porque sí, estaba a solas con un vato mamadísimo de más de un metro ochenta en tank top y que huele a iglesia embrujada. ¿Quién no estaría nervioso? Para nada tenía que ver por su tan cuestionada orientación sexual en las pasadas 72 horas.

Sailor se limitó a sonreírle coqueta y terminó de pulir el set. En algún punto, estuvo tarareando la intro de: “Una semana sin igual, una semana sin igual, una semana mexicana, así es, viva México y la Sailorfag”. Se perdió de nuevo en la parte de que “...cero malinchista voy a andar, cero, no es como que mucho hay que celebrarle a México, pero lo voy a dar todo-todo, y vamos a esta maravillosa aventura-tura. Semana mexicanísima con Sailorfag”.

Por supuesto que no se la sabe tampoco.

Las luces delante de su cara lo trajeron a la realidad y le recordaron que ahora debía fingir estar bien.

—¡Hey! ¿Qué pedo chamacas? Yo soy —pausa de cinco segundos y aplaudir aquí—. Sailorfag. Espero estén incre-íble y si no estaban incre-íble, la Sailor subió nuevo vídeo y se la van a pasar bom-ba. ¿Y saben cómo también se la van a pasar?

—...Mexicanísima —dijo Woshingo con su característica voz profunda. Sailor se rio detrás de su mano y asintió. Woshingo no se fijó por andar mirando la cámara como venado a un tráiler, pero Sailor estaba sonrojado.

La química emergió con las cámaras grabando y dejó a Sailor liderarlo en su sección. No recuerda del todo que dijo o que no, sólo riéndose sin pensar como cuando sus streams.

Fue como una regresión fugaz a esa noche en el evento. En algún punto hizo lo mismo que esa vez, mirándolo con esa cara de tarado mientras hablaba y hablaba. Debió reaccionar para intervenir y evitar que Sailor tuviera mucho que recortar, además de sus tartamudeos cuando hablaba más rápido de lo que pensaba.

Si era honesto, no sabía qué chingados iban a cocinar, pero sí que era una receta de Jauja Cocina Mexicana. Eso ya debía asegurar el éxito. Recordó que habían armado un borrador sobre qué conversar mientras cocinaban, pero no lo había revisado en un pobre intento de evasión al inminente día.

No debió ser necesario, o eso asumió cuando empezaron las referencias al labubu, Dubai chocolate y matcha, entre más pendejadas de Tik Tok.

Woshingo se quedó viendo como Sailor amasaba la mezcla de las gorditas, para nada haciendo lucir esos bíceps del grueso de su cabeza. En esa admiración de viejo verde casi se le quemaron los jalapeños en el asador, pero fingió que todo era intencional, por supuesto.

—¿Te la estás pasando bomba, Woshingo? —le sonrió Sailor, a ver si le sacaba plática. Woshingo sonrojó y tragó grueso, todavía hipnotizado por como amasaba y por el incipiente sudor en sus sienes.

—Mega —dijo la frase célebre, al menos—. Tenía muchas ganas de venir.

Continuó machacando los ingredientes de la salsa con el molcajete, con la torpeza necesaria para embarrarse las manos de jalapeño.

Dejó lo que estaba haciendo para alcanzar el paño de cocina y limpiarse, pero Sailor había pensado lo mismo. Sus manos se tocaron como en esas ridículas películas adolescentes, y ambos se miraron con las mejillas coloradas. Era por el calor de las luces y los sartenes, no se crean.

Sailor apartó la mano y las llevó tras su espalda para disimular su temblar. Woshingo fingió no haberlo visto. No, no, ya andaba de alucín si era lo que pensaba. Alek Synteks, el Arqui y Espartaco18 iban a escupir y reír sobre su tumba; “Causa de muerte: Ser alucín”.

—Los que no, sigan al Woshingo porque veo muchos de sus vídeos —carraspeó Sailor— Woshingo es parte de mi club de parasocial relationship, junto a la Andi y la Maquicienta.

—No mames Mangel, pensaba que lo nuestro era más especial —quiso seguirle la broma para disimular la ridícula tensión—. Que hasta nos arrastraron juntos y por eso me planché la camisa, para no verme muy acabado y la chingada.

Quiso hacerlo reír, pero se llevó en cambio la mirada indescifrable de Sailor, ¿qué había hecho mal? Sailor resopló y volvió a sonreír.

—Ay, wey, si nos vuelven a arrastrar los arrastro conmigo, tu ni al caso. Pudiste venir de que con la camisa arrugadérrima y estaríamos hasta —se interrumpió para revisar su vestimenta y negar—. Bueno no, esta no, pero casi casi hubiéramos venido combinados.

Woshingo negó entre risitas sin despegar los ojos del molcajete. Si prestaba mucha atención a esos brazotes descubiertos estos jalapeños no serían los únicos chiles machacados en el vídeo.

—Me van a arrastrar, pero por irrespetar a la Jauja y la gastronomía mexicana —dijo—. Perdón desde ya, que desde hace tiempo no me grabo haciendo algo más que hablando mamadas.

Continuaron la receta hasta casi acabar. Faltaba emplatar y probar, cuando Sailor hizo una seña y salió del encuadre.

—Wey, ya va, necesito un break —se abanicó con la mano y apagó la cámara. También debía cambiar la batería.

Woshingo soltó la comida y se lavó las manos en chinga. Grabar esto estaba siendo más difícil que cualquier evento de influencers al que ha ido.

Sailor le sirvió otra cerveza con su maldita sonrisa tiesa. Como becerro sediento se bebió media jarra, siendo imitado por ella.

—Nos está saliendo bien. Sé que ahorita parecemos de que unos tarados hablando solos a la cámara, pero luego se arma con la edición —dijo. ¿Sailor buscaba tranquilizarlo? Para no cagarle el vídeo nada más, ¿verdad?

—Para ser nuestra primera vez junt— digo, primera vez grabando juntos, espérame, no, no era así. Primera vez de que juntos, grabando, pero grabando vídeos de Youtube, no otra clase de vídeos, ni nada de—.

—No estés nervioso, que el socially awkward debo ser yo, amistad —le interrumpió con una sonrisa diferente a las demás, más gentil y comprensiva.

Ya no estaban delante del set, pero una oleada de calor llegó hasta su cara. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Palabras de aliento entre colegas? Solo eso, ¿verdad?

—¿Y el baño? —le entregó la jarra a medias como un autómata. Sailor suspiró y señaló la puerta. Él sólo asintió y escapó hasta allá.

Cerró la puerta y se volteó, dejando caer la cabeza contra la madera. Respiró un par de veces y se peinó su cabello a medio crecer hacia atrás.

Primero; venir con la camisa planchada, traer una suculenta en vez de pisto, ponerse nervioso cuando él nunca es así; se estaba pasando de puñetas. Y estaba decepcionado consigo mismo también, porque, segundo; en sus vídeos es el whitexican en negación más ácido e insufrible, con un comentario inteligente y/o arrogante (o ambos) bajo el as de su manga ante cualquier cosa, pero ahora no era capaz de hilar dos oraciones coherentes sin querer huir corriendo como monita china de shojo.

No, no podía gustarle Sailor porque eran… eran, ¡eran tan distintos! Y él, de repente, se sentía tan inseguro como para querer arrastrarlo a este caos. Ya mucho tenía que lidiar Sailor con la basura melodramática que el pasante le hace leer cada mes.

Un toque a la puerta le paralizó.

—Miguel, ¿estás bien? —esa voz llamó—. ¿Ocupas papel? ¿Un destapa caños? ¿Un cuchillo o algo?

—¿Cómo que un cuchillo? ¿Para qué un cuchillo? —Abrió lentamente y lo encaró.

—Mejor —suspiró aliviado y dejó el cuchillo a un lado—. ¿Qué tienes? Estás pálido, ¿es el calor? Deja te sirva un agua bien hielud—.

—Perdóname, Mangel, no estoy siendo para nada profesional y estoy cagando la grabación —comenzó a disculparse sin respirar. El semblante preocupado de Sailor se profundizó—. Lo mejor será cortarlo hasta acá e irme.

Cuando quiso cruzar la entrada, el brazo de Sailor se interpuso como barrera.

—¿Qué? No mames, pero si nos está saliendo bien. ¿Quieres ver un extracto? ¿Qué te molesta? —Antes de continuar, frunció el ceño. Se cruzó de brazos y quebró cualquier acercamiento inicial, lo cual empeoró el nerviosismo de Woshingo—. ¿Te da vergüenza grabar esto conmigo? ¿Por eso dijiste que sea de comenta?

—¿Qué? ¡No! Espérame, no, para nad—.

—¿Entonces cuál es tu chingado problema? —se interpuso un paso, haciéndole retroceder, Sailor se arrepintió de inmediato, quizás fue más directo de lo que hubiera querido. Suspiró y miró a otra dirección, como temiendo la respuesta que pudiera conseguir—. Si no eres honesto no podré ayudarte. En plan, sé que estoy tarada, per—.

—¿Qué? No te digas así, Mangel —negó varias veces. No, no, sus pendejadas no podían ocasionar esto— ¿No ves lo nervioso que estoy? —finalmente explotó al ser acorralado—. ¿Cómo podría sentarme cuarenta minutos contigo hablando pendejada y media así? ¡¿Cómo!? —Se peinó el cabello hacia atrás y juntó las palmas.

Sailor volvió a alzar la ceja, la paciencia se le estaba acabando.

—Entonces sé honesto, Miguel. Te había dicho que he hecho pocas colaboraciones porque me caga el drama de influencer. —Esas palabras fueron como puñales. Woshingo se volvió lo que juró destruir, y lastimando a otros a su paso—. En pocos confío, y tú me estás haciendo esto en mi propia casa.

Tras un corto silencio, Woshingo agachó la cabeza y respiró hondo.

—Tienes razón, Mangel. Mira, wey —comenzó a dudar, sus manos sudaban y su garganta estaba seca. La expresión de incipiente cabreo delante de él tampoco ayudaba—. Tengo miedo, estoy cagado, porque, no mames, Mangel, tú me gustas. Me gustas muchísimo, y no sé cómo procesarlo… No sé qué hacer ni qué decir. ¿Te imaginas? Yo, el que siempre tiene un comentario ágil para todo está aquí, cagadísimo por ti.

El silencio después de la confesión podía ser cortado por ese cuchillo abandonado. El corazón de Woshingo latía tan rápido que juró que era lo único que se podía escuchar.

—Qué cagado… —murmuró por fin. Sin embargo, la sonrisa que había comenzado a amanecer en su rostro se deformó en una mueca de decepción—. Qué cagado que te guste, pero también qué cagado que te dé tanto miedo. ¿No soy acaso otra persona como tú?

—Es la primera vez que—.

—¿Qué te gusta alguien que no es una mujer? —interrumpió—. ¿Tanto te caga?

—Me caga no poder racionalizarlo cuando sobre pienso todo —respondió mirándole a los ojos. Sonrió a medias y encogió de hombros—. Aquí me tienes; con una camisa planchada, trayéndote una planta de mierda y comportándome como pendejo solo porque… me gustas tanto como para temer ser yo mismo.

Sailor pestañeó varias veces y dudó en sostener su mirada unos instantes, pero finalmente bufó y sonrió.

—Que te valga verga lo que dicen los demás, Miguel.  Incluso tú mismo —le contestó, haciendo menos esto con la mano—. Que te valga verga lo que jode tu cabeza y vive. No sé en cuál pinche pedestal me pusiste, pero ese no soy yo. El que ves en Youtube ni en los eventos soy yo —calló unos segundos para relamer sus labios y volver a sonreír ante la obviedad—. Todos cargamos con ese peso… y es parte de nosotros.

—¿Tú también?

—Sí —se rascó la mejilla y esquivó su mirada—. Y también me gustas. No me veía venir esto porque eso de voltear heteros como tazos no es lo mío —explicó rápido por los repentinos nervios—. Y porque yo tampoco quiero que me lastimen. No somos tan diferentes como crees.

El silencio tan pesado regresó, pero esta vez fue roto por la risa despreocupada de ambos. Fue como dejar atrás el lastre de las expectativas, las inseguridades y las dudas. Woshingo, un detractor acérrimo de los influencers sobreexpuestos, subestimó que la intimidad no es mostrar la vida a través de una cámara, sino ser vulnerable con alguien. Ser un detractor no era sólo cuestionar alrededor con argumentos, sino ser rebelde ante sus mismas barreras, incluso las más subconscientes.

Sailor lo sacó de su burbujita reflexiva al hacerse a un lado para que por fin saliera del baño. Woshingo caminó un par de pasos y se dio vuelta, encarándolo bajo el marco de la puerta. La escasa distancia se redujo poco a poco mientras ambos se miraban y se volvían a conocer sin máscaras de por medio. Woshingo dudó unos instantes, no tenía idea de qué decir, ni qué hacer, y así de desorientado tenía que estar para que Sailor le volviera a hacer paro.

No rechazó esas manos que se posaron sobre sus hombros, mucho menos cuando las suyas propias se detuvieron sobre el abdomen ajeno. Con el Gerard Way de testigo en medio, despegó apenas los talones del suelo para alcanzar su altura. Sailor reaccionó, atajando los costados de su rostro con sus grandes manos y lo besó. No fue un beso de anime shojo por las circunstancias, pero sí se sintió como uno. Uno que rápidamente aumentó intensidad y liberó toda esa tensión acumulada desde el primer encuentro. No le importó el empujón que recibió contra el marco de la puerta y como se volvió ese beso inocente en una competencia de voluntades y deseos consentidos.

Woshingo no esperó que esta idealización casi de chamaco miado acabara así, no era necesario para tenerlo en vilo en las noches junto a sus obligaciones de adultos, pero se dejaría llevar sin pensarlo tanto. Quizás de eso se trata enamorarse.

A tanteos se siguieron besando, cada vez más torpe y sin aliento, mientras retrocedían a lo largo del pasillo hasta que las costillas de Woshingo chocaron con el picaporte de la puerta. Este no era su concepto inicial de acabar marcado por él, pero ahuevo, supuso. Sailor trató de calmar su respiración acelerada y le miró, derritiéndose por el rubor en su rostro. Llevó la mano a la cintura del más bajo y después alcanzó el picaporte de su habitación.

—Oye… —dijo en un hilo de voz, sus ojos oscuros de anhelo le miraban con comprensión. Aceptaría un no como respuesta, quizás era muy pronto—. ¿Tu… jalas?

—No mames, claro que jalo —ni lo dudó cuando sus bocas volvieron a chocar. La puerta se abrió y como estaba muy entretenido besando y toqueteando donde fuera, no le importó ser alzado con ridícula facilidad para aterrizar ambos sobre la cama. Jamás admitirá lo mucho que le gustó eso. Sus manos se detuvieron en reconocerse bajo este nuevo concepto, para sumar prendas de ropa al suelo. A cada instante, los trazos de sus yemas eran más temblorosos y torpes, pero era imposible separarse ahora. Woshingo finalmente salió de su trance cuando Sailor se apartó y comenzó a hurgar en el último cajón de su mesita de noche.

Tragó grueso, cerró los ojos e invocó a sus ancestros para que lo protegieran de todo mal, aunque eso pueda implicar que algún señoro queerfóbico le diga slurs en medio de esa regresión espiritual.

—¿Qué haces? —finalmente dijo cuando lo vio sacar una caja—. W-Wey, yo vine a una colaboración de cocina y a-acabé en un unboxing de Platanomelon©.

Sailor se carcajeó y él también se río, porque estaba paralizado con miedo y no se podía mover.

—Yo no recomiendo cosas que no haya usado, se lo debo a mi público —rompió la cinta de seguridad de la caja polvorienta y sacó el envase de muestra de lubricante. Que la caja tenga polvo demuestra que también sabe mentir como todo influencer en Instagram, ¿verdad? Sailor le miró de reojo, enternecido por su carita de espanto—. No te pongas nervioso, que no andas pedo en los baños de un antro con un desconocido, como la experiencia de JOvenciTO promedio. Yo te voy a cuidar.

Sailor se inclinó hacia él y lo volvió a besar, tranquilizando los nervios mutuos con el recorrer de sus manos. Los besos escalaron el tono, escapándose gemidos y suspiros sin reconocer autorías. No importaba a estas alturas, atreviéndose incluso a tocar en áreas y a moverse de formas que antes no hubiera esperado.

El instinto y la atracción jugarían a su favor, haciendo sus caderas restregarse con las contrarias en un vaivén tan placentero. La forma en que era tocado y cómo reaccionaba a ella era una reinvención de lo antes conocido para él. Era extraño, desconcertante, tan entretenido.

¿Su voz podía escucharse así? ¿Su cuerpo erizarse así?

Era diferente a cualquier encuentro pasado con una mujer, y la complicidad que se construía en cada beso, tropezón, murmullo que se distorsionaba en risa y vergüenza, era el rompeolas para proteger su más sincera vulnerabilidad. Era vulnerable ahora mismo, en cuerpo y alma, pero esas manos de uñas negras y muchos anillos lo iban a atajar sin dudarlo.

Cuando esos dígitos desviaron bajo su coxis, ambos se miraron. Okay, esto iba en serio. Woshingo relamió sus labios y asintió. Que era bien macho, vamos, vamos. Sailor se apartó para destapar el envase de lubricante, y él mejor escondió el rostro debajo de la cara interna de su codo. El primer roce de esas yemas le ocasionó un respingo, a lo que lo volvieron a besar para distraerlo. Con esa gentileza inesperada, se entregó a merced de elle. Era incómodo, pero poco a poco trascendió el placer.

Con los párpados apretados comenzó a gemir y jadear contra esa boca entreabierta ante él, y sus pies a removerse sobre la cama. Su elocuencia se fue a la mierda, y también algo inteligente qué decir. Dijo cosas, cosas que jamás recordaría, pero que animaban a esas manos a estimularlo más rápido.

Sólo eran dos personas más haciendo lo que gran parte de ellas hacen. Eran tan corrientes y mundanos, y eso era liberador. Entregarse al otro, hasta entregar la prisión de sus propios pensamientos.

Sus manos también participaron en algún punto, pero estaba tan excitado y jadeante que se comenzaba a marear. Pendejo no dura nada; ya iba a venirse e irse, pero necesitaba aguantar un poco más. Cuando Sailor apartó las manos y buscó el profiláctico, tuvo un instante de claridad mental y lo vio acomodarse entre sus piernas abiertas. Los brazos, los pectorales, los muslos (que el cabrón no se salta el día de pierna). Se ahogó como animal con moquillo. No mames, que bien come el perro (él era el perro).

—Si hay que parar, paramos, ¿okay? —Una vez se alineó entre y contra su cuerpo, estiró su mano libre para tomar la suya.

Woshingo asintió varias veces y apretó esa mano al entrelazar los dedos. La euforia, los nervios, la persona y hasta las cervezas que se echó antes hicieron de esa primera vez un delirio. Dolía un putero, pero entre cortos asentimientos y besos aireados le invitó a continuar. Ese vaivén inicial mientras se acostumbraba hizo las cosas más fáciles para su cuerpo, pero no para su paciencia. Lo necesitaba, necesitaba llegar hasta las últimas consecuencias.

Rodeó esos amplios hombros con sus brazos y anudó los tobillos detrás de su espalda baja. Se lo pidió contra su oído y Sailor tampoco era de piedra. Sus uñas se clavaron contra esa tersa piel y apretó los labios para no hacer tanto ruido.

Su cabeza volvió a dar vueltas, faltando el oxígeno y la última hilacha de cordura que restaba para no petatearse así. Buscó entre gemidos esos labios y se besaron en medio de ese desastre de embestidas, maldiciones ridículas, risitas ahogadas y más besos. Por lo apretado del abrazo su miembro no echaba de menos la atención, frotándose entre sus cuerpos lo suficiente para tenerlo en ese trance. En algún punto, ya no pudo repetir la canción de la Vaca Lola dentro de su cabeza para no perder el control, y lo inevitable entre sus cuerpos sucedió.

Sailor se mantuvo inmóvil, regulando su respiración y propia urgencia, ahora más por esa presión bestial en torno a él. Iba a retirarse para no hacérselo más difícil, pero el mismo Woshingo le apretó con las piernas para que continuara. Continuó con las embestidas hasta acompañarlo al orgasmo poco después. Cuando el peso del cuerpo más grande se dejó derrumbar sobre él, todo cobró maldito sentido.

Inmóviles, sólo con sus respiraciones entrecortadas como señales de vida poco a poco fueron traídos a la realidad entre esas cuatro paredes. Woshingo asomó la cabeza y le miró en esa incómoda y acalorada posición.

—No te moriste y eso, ¿no? —balbuceó nervioso, ¿y ahora qué? ¿qué final cerraba esto? ¿Era el final de este drama o el comienzo de algo más? Sailor parpadeó adormilado y enterró la cara contra la almohada debajo de la cabeza del más bajo.

—¿Mm…?

Woshingo parpadeó también, pero incrédulo. La respiración de Sailor se relajó tanto que de verdad creyó que sí se murió.

—No, no te vayas a dormir sobre mí, no te pases de joto, cabrón. —Entre cortas palmaditas a los hombros intentó despertarlo, pero se rindió cuando sólo logró que se removiera un poco y se arropara—. Tenemos que hablar.

—...No dejan echar pata a gusto —murmuró entre sueños. Woshingo suspiró y se rindió. Lo abrazó, porque no tenía opción, ¡no por algo más! Fuera por el agotamiento físico y mental o por la respiración mansita de Sailor a su oreja, comenzó a cabecear. Dormir fue la solución momentánea para su ansiedad, sus preguntas y las subsiguientes. Quizás subestimó la inteligencia de la persona encima de él y le enseñó varias lecciones para no olvidarse a sí mismo dentro de su propia cabeza.

Con una sonrisa de alivio se acurrucó debajo de Sailor y se durmió.

Las pobres gorditas (pellizcadas con chile asado y salsa molcajeteada) quedaron abandonadas en la cocina. Ni el mismo Alucard les prestó atención, más entretenido en subirse sobre la mesita de la sala de estar para tirar la suculenta al suelo.

El gato pestañeó y miró con decepción que su concepto de desastre solo fuera tierra y una maceta barata de plástico que rebotó por ahí. Pero, lo importante es que la miserable planta quedó apachurrada contra el piso. El gato maulló y se echó a dormir.

Era un favor a su dueña.

Sobre el mayate que metió a su habitación, mejor no emitía opinión. ¿Y sobre el ramo de flores buchonas que recibirá días después? Bueno, acabarán en la terraza para que no se las coma.

 

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