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A Tree for Juli

Summary:

El sicomoro que Juli amaba ya no estaba. Bryce no podía devolverle el viejo árbol, pero podía darle uno nuevo, junto con lo que nunca supo decir en palabras.

Notes:

  • Inspired by Flipped by Wendelin Van Draanen

Este es un pequeño missing moment que imaginé después de releer el final de Flipped. Siempre quise saber qué pensaba Bryce mientras plantaba el sicomoro, así que lo escribí desde su perspectiva.

Work Text:

Nunca volveré a ser el mismo.

No dormí casi nada esa noche, dando vueltas en la cama. Pensé en Juli, en el árbol que ya no estaba, en la forma en que sus ojos se llenaron de lágrimas cuando lo vio caer. Yo había pasado por alto tantas cosas, había dicho y hecho otras tantas que me pesaban como piedras, pero de repente todo se resumió en una sola idea, tan clara que no me dejó pegar los ojos: plantar un sicomoro en su jardín.

Apenas salió el sol, fui al vivero de la ciudad. No tenía ni idea de si encontraría uno, pero ahí estaba: con las hojas todavía brillantes. No era el gigante que Juli había amado, pero era un comienzo. Pagué con los ahorros que tenía guardados, y me fui a casa de los Baker con el árbol en brazos, envuelto en arpillera y tierra húmeda. Olía a bosque y a lluvia. No era grande, apenas un joven sicomoro, delgado y vulnerable, pero en mis ojos era suficiente. Era lo único que podía ofrecerle a Juli después de tantas veces en que no estuve a la altura.

Cuando llegué, la casa estaba en silencio. Antes de plantarlo, debía enfrentarme al señor Baker. Toqué el timbre y cuando abrió la puerta, me observó en silencio.

—Buenas tardes, señor Baker —dije, tragando saliva—. Quería pedirle permiso para plantar un árbol en su jardín.

No respondió de inmediato. Su mirada se posó en la pala, luego en mis manos manchadas de tierra, y finalmente en mis ojos. Sentí que pesaba cada palabra que había dicho, como si quisiera comprobar si yo mismo creía en lo que pedía.

—¿Un árbol? —repitió despacio, casi como probando el sonido de la palabra.

Asentí.

—Un sicomoro. No será el mismo que perdió Juli, pero pensé que… tal vez podría significar algo para ella.

Su expresión se suavizó, y por un segundo juraría que hasta le brillaron los ojos.

—¿Quieres que te ayude?

Negué enseguida, demasiado rápido.
—No… quiero hacerlo yo solo.

Él me sostuvo la mirada unos segundos más y luego asintió, serio.

—Entonces hazlo. Si es para Juli, hazlo con el corazón.

Con esas palabras, el peso en mi pecho se alivió. Sentí que me entregaba una responsabilidad más grande de lo que había imaginado, y al mismo tiempo, la oportunidad de demostrar lo que hasta ahora solo había pensado y nunca había sabido decir. El señor Baker se dio la vuelta y regresó a la casa. Yo me quedé allí, me arrodillé en la tierra y empecé a trabajar. Cada palada era torpe, pero me importaba más lo que significaba que lo prolijo que quedara. Estaba diciéndole al árbol —y a ella, aunque no me escuchara— que yo quería quedarme, que no iba a huir ni a esconderme más.

Arrastré un poco de tierra abonada hasta el hoyo y con la pala perforé la bolsa, dejando que la suciedad cayera en montones oscuros. Después tuve que desaparecer un momento para ir a buscar el árbol. Empujé con todas mis fuerzas aquella enorme bola de raíces envuelta en arpillera por el césped, y cada vez que lo movía las ramas crujían y se agitaban como si el sicomoro mismo protestara por el viaje.

Terminé de plantar el árbol, lo rocié con agua hasta que la tierra quedó oscura y húmeda. Después recogí las herramientas y limpié todo lo que había dejado esparcido, asegurándome de que nada arruinara el momento. Cuando al fin me sentí satisfecho, regresé a mi casa en silencio. Desde mi ventana, alcancé a ver a Juli quedarse frente al sicomoro durante horas, observándolo como si quisiera memorizar cada rama.

Me quedé sentado junto a la ventana, con la luz tenue de mi cuarto derramándose sobre las paredes, y mis ojos fijos en el sicomoro. Era pequeño todavía, apenas un retoño que parecía frágil contra la noche, pero yo podía verlo crecer en mi mente. Día tras día, año tras año, lo imaginé extendiendo sus ramas, tan alto que algún día rozaría el cielo. Y supe entonces que ese árbol no era solo un regalo para ella, sino también una promesa.

Me pregunté qué significaría para Juli. Si lo vería como yo lo veía. Me pregunté si alguna vez comprendería que, aunque había cometido tantos errores, todo lo que más deseaba en ese momento era que ella pudiera verme de verdad.

A través del cristal, alcancé a notar su silueta. Juli seguía allí, frente a su ventana, inmóvil como si el árbol la hubiera hipnotizado. Por un instante, su mirada se cruzó con la mía. Levanté la mano y la saludé, torpe, con el corazón golpeándome en el pecho. Y entonces ella lo hizo también. Un gesto mínimo, pero que me dejó sin aire.

Quizás tenía razón mi abuelo: algunas cosas simplemente cambian para siempre.
Quizás ese árbol crecería alto, y yo crecería con él.
Quizás, después de todo, era tiempo de dejar que Juli Baker viera quién era yo en realidad.