Chapter Text
El insomnio lo estaba destrozando. No era solo que no pudiera dormir. Era que, cuando al fin lo hacía, eran pesadillas las que aparecían. Soñaba con pasillos inundados de sangre, con puertas que nunca se abrían, con rostros sin nombre que lo miraban con ojos desorbitados, fijos en él, como si todavía esperaran algo de él. Despertaba bañado en sudor, jadeando, con el corazón disparado. Y lo primero que buscaba en esos momentos era la botella.
No se trataba de agua, ni café.
El alcohol siempre estaba más cerca. El ritual era simple: abrir, tragar, arder. Lo bastante fuerte para quemar los recuerdos, durante un rato al menos.
A veces se quedaba sentado en el sofá durante horas, mirando el techo. Se perdía en ese vacío con la mente flotando, sin tiempo, sin dirección. Era una forma rara de anestesia, no pensar en nada, no sentir. Pero en algún punto el cuerpo pedía más y entonces llenaba el vaso, una y otra vez. Incluso a veces, tragaba directamente de la botella, ¿para qué perder el tiempo? No estaba orgulloso, pero ¿qué más daba? Cada misión lo desgastaba un poco más, arrancando algo que no volvía. Su humanidad, su cordura… En el silencio de su apartamento, sin los intensos sonidos de un tiroteo o un enemigo mutado frente a él, comprendía que sobrevivir no era un premio, era una condena.
El olor a cuerpos calcinados por la explosión seguían clavados en sus fosas nasales, recordándole su fracaso. Esa última misión lo dejó tan marcado, tan roto que era imposible eliminarlo de la mente. Fue su primera y única misión con un equipo de verdad. Y Leon no pudo hacer nada para evitar sus muertes. Esos cuerpos, ahora enterrados bajo tierra en uno de los cementerios de Washington D.C, seguían apareciendo en sus pesadillas, levantándose convertidos en cadáveres andantes, sin alma, sin vida. Después vino Arias.
Y Chris.
Resopló molesto, no estaba preparado para afrontar esos pensamientos ahora. No con el whisky caliente asentándose en el estómago.
El apartamento parecía muerto, todo tan roto como él mismo. La nevera zumbaba como si quisiera recordarle que algo seguía funcionando. El resto, en cambio, parecía una vieja fotografía, ropa abandonada en la silla, una papelera con basura acumulada, vasos mal enjuagados en la mesa. El suelo estaba pegajoso en algunos puntos y crujía en otros.
Leon cruzó descalzo el piso, arrastrando los pies. Llevaba el vaso en la mano, medio vacío. El whisky que había dentro parecía burlarse de él. La botella lo esperaba en la encimera, no recordaba cuándo había empezado esa, ni le importaba. Ni tampoco cuántas anteriores habían caído.
El giro seco del tapón al girar fue casi un alivio. Sirvió más de la cuenta y bebió de golpe. El ardor le bajó como fuego líquido, quemando la garganta, encendiendo un calor desagradable en el estómago vacío. Cerró los ojos un instante, esperando que el mundo se volviera un poco más difuso.
El teléfono vibró en la mesa. La pantalla brilló con un nombre, Hunnigan. Leon dejó que sonara hasta que se apagó. Minutos después, otro nombre iluminó el aparato, Claire.
Se le cerró la garganta. El pulgar flotó sobre la pantalla, indeciso, hasta que decidió no contestar. Ya podía adivinar el mensaje: “¿Cómo estás? ¿Has comido algo? Chris pregunta por ti.” Sonrió de lado, sin humor. Claire siempre se preocupaba más de lo que debía. Y él… él ya no sabía que contestarle. Estaba cansado de mentir.
El golpe en la puerta lo hizo tensarse. Fueron tres toques secos, firmes, de alguien acostumbrado a hacerse oír. Leon se quedó quieto. Podía ignorarlo y esperar. El silencio duró solamente unos segundos. Tres golpes más, igual de medidos.
Suspiró, cansado. Caminó hasta la puerta y giró el cerrojo.
Chris Redfield llenaba el marco, tan real y contundente que a Leon le costó creer que no lo estuviera soñando. Abrigo oscuro, hombros anchos, el pelo húmedo por la lluvia. El olor a tabaco se mezclaba con la lana empapada. Los ojos, oscuros y tensos, recorrieron a Leon de arriba abajo, evaluándolo.
— Tardaste — dijo de manera seca.
— Vaya, el mismísimo Redfield en mi puerta — Leon se apoyó en el marco, fingiendo indiferencia, con el vaso todavía en la mano — ¿qué es esto, un control de calidad de la BSAA o viniste a darme una medalla por aguantar vivo tanto tiempo?
El sarcasmo salió fácil y automático, pero por dentro notó un nudo extraño, ese golpe seco en el estómago que siempre le provocaba verlo. No sabía si era rabia o alivio. Probablemente ambas. Chris, en carne y hueso, mojado por la lluvia, tan sólido como lo recordaba. Demasiado real, demasiado cerca… y eso lo jodía más que cualquier resaca.
Chris no respondió, entró sin pedir permiso. Y con él, el apartamento se hizo más pequeño. Era lo mismo de siempre, Chris llenando cada lugar en el que ponía un pie, con esa presencia imposible de ignorar. El “chico de oro” de la BSAA, el que siempre sabía qué hacer, el que llevaba a los demás a hombros como si cargar con medio mundo fuese lo normal. Ese que todos admiraban, al que todos seguían. El que nunca se permitía caer.
Chris no necesitó hablar para recordarle lo que Leon no era. Alguien en pie, alguien entero.
Y ahí estaba él, Leon Kennedy, con el vaso en la mano, la camisa arrugada y un apartamento que olía a whisky y derrota. No podía decidir qué le jodía más, la rabia o esa punzada secreta, íntima, que llevaba escondiendo años. La atracción absurda que había sentido desde que Claire le habló de su hermano en Racoon City, desde ese primer encuentro incómodo en una cafetería unos años después, a petición de Claire. Y desde que lo vio de nuevo en ese encuentro en China, en medio del infierno.
Lo odiaba por ser tan imponente, tan imperturbable, tan necesario. Y al mismo tiempo, lo quería tan cerca que el simple hecho de tenerlo en su salón le parecía un castigo y un privilegio. Más de una vez pensó como sería sentir esos músculos alrededor de su cuerpo, ser alzado y follado con fuerza contra cualquier superficie disponible. Amor y odio mezclados en la misma respiración.
El militar recorrió el lugar con la mirada. Botellas de alcohol, vasos pegajosos, ropa sucia, y basura en cada rincón. El ceño se le endureció, pero no dijo nada. Leon se sirvió otro trago, lento, disfrutando de la incomodidad con placer culpable.
— ¿Cuánto tiempo llevas así? — preguntó Chris al fin.
— ¿Así cómo? — Leon fingió no entender.
— Autodestruyéndote.
Leon soltó una carcajada ronca.
— Vaya, directo al grano — alzó el vaso, ignorándole — ¿quieres uno?
— Después de Nueva York, pensé que recapacitarías.
Chris avanzó en dos pasos y le arrancó el vaso de las manos con la misma eficacia con la que desarmaría a un enemigo. Leon, al intentar evitarlo, se le resbaló y terminó hecho añicos en el suelo. El whisky se derramó en un charco ámbar que olía fuerte.
— Mierda — murmuró Leon, agachándose.
Un filo de vidrio le cortó el dedo de manera superficial. No alcanzó a maldecir cuando de pronto Chris le atrapó la muñeca.
— Quieto.
El contacto fue seco, caliente, pero sin rudeza para alguien tan sólido. Leon lo miró de reojo, demasiado cerca. El olor a tabaco en el abrigo era lo único diferente al hedor de alcohol.
Chris arrancó un trozo de papel de cocina y le apretó la herida con movimientos torpes pero seguros. Sus dedos eran ásperos, la callosidad de sus manos le resultaba reconfortante. Leon pensó en soltar un comentario sarcástico, pero se le quedó atragantado.
— No puedes seguir así — dijo Chris, sin soltarlo.
— Ya me lo dijiste — contestó Leon, tajante.
— No entiendes — la voz bajó medio tono — estás al límite, Leon.
— Llevo al límite desde los veintiuno.
Esa confesión le sorprendió incluso a sí mismo, y Chris lo sostuvo con la mirada fija e inmóvil. Leon la apartó, nunca había sido bueno manteniéndole la vista demasiado tiempo. Como si el hombre más mayor pudiera leer sus pensamientos más ocultos al mirarlo.
— ¿Qué te importa lo que haga? — soltó Leon, con un filo más cortante del que pretendía.
Chris no respondió enseguida. Continuó con la mano sobre su herida, como si necesitara tiempo para ordenar en su cabeza lo que quería decir.
— Porque a Claire le importa, y porque sé lo que pasa cuando alguien deja de cuidarse — hizo una pausa, la mandíbula tensa — y no pienso verte caer de ese modo.
Leon bufó, una risa amarga.
— Qué noble. Redfield, el salvador del mundo, siempre pendiente de que nadie se rompa. ¿Qué soy yo para ti? ¿Otro nombre en tu lista de rescatados?
— No eres un nombre en una lista — replicó Chris, había una indignación seca en su voz, como si la sola idea lo ofendiera.
Hubo un silencio pesado. El tono en su voz fue tan firme, tan cargado de convicción, que a Leon le costó sostenerle la mirada. Resopló, hastiado.
— Mírame — pidió Chris, apenas un susurro.
Leon lo hizo, con resistencia. Había calor en esos ojos marrones, un calor que no esperaba, que le dolía. Tragó saliva.
— Si supieras lo que pienso… — Leon dejó la frase morir, como si terminarla no mereciera la pena.
Chris dio un paso más cerca, y la distancia se redujo a una línea invisible.
— ¿Qué piensas? — su voz sonó baja, peligrosa.
Leon bajó la mirada, mostrando una sonrisa torcida, casi cruel consigo mismo.
— Que si no llevara toda la vida tan roto… yo… — la frase se quedó suspendida, sin final, como si al intentar completarla algo dentro de él se negara a hacerlo.
Chris se tensó, como si esas palabras fueran una detonación contenida. Durante un segundo, Leon abrió la boca, como si fuera a añadir algo más, algo definitivo, pero se lo guardó. Se limitó a soltar el aire con fuerza, apartando la mirada. El silencio que siguió pesó más que cualquier confesión. Leon se sintió estúpido por lo cerca que estuvo de joderlo todo.
— Hay una operación — soltó Chris de pronto — BSAA y DSO, conjunta de nuevo. Te necesitan mañana en el cuartel.
Leon resopló, con cierta incertidumbre rondándole la cabeza. ¿Una nueva misión junto a la BSAA? ¿En qué coño estaba pensando la DSO? Todavía le quedaban cinco días libres desde su última misión, no iba a ceder esta vez. Ni siquiera por Chris.
— Pues que manden a un muñeco de prácticas. Total, da igual.
— Estarás ahí.
— ¿Y si no? — le desafió con la mirada.
— Vendré a buscarte.
No sonaba a amenaza. Sonaba a orden, y eso lo jodía más.
Chris recogió las botellas y las llevó al fregadero. Una por una, las volcó sin vacilar. El líquido golpeó el acero como una lluvia ácida. Leon lo miraba desde la silla, demasiado cansado para discutirlo, viendo cómo se desperdiciaba cada botella de whisky por el desagüe.
Qué vida de mierda, pensó.
— No eres mi niñera — dijo al fin.
— Lo sé — Chris enjuagó los restos de vidrio y los dejó en una bolsa — pero tampoco voy a mirar para otro lado.
Sacó la cajetilla del bolsillo del abrigo, golpeó un cigarrillo contra la palma y lo encendió junto a la ventana que acababa de abrir. El aire frío entró en la habitación, mezclando el humo con el olor a alcohol.
Leon lo miró un rato. Se cruzó de brazos, apoyado en la silla.
— Tú también te matas despacio.
— Sí — respondió Chris, exhalando — pero al menos no me escondo para hacerlo.
El silencio se extendió, áspero y cargado de tensión, pesaba más que cualquier reproche. El humo dibujaba espirales lentas en el aire, de manera hipnótica.
— No puedes seguir cargando con todos — dijo Leon al cabo de un rato.
— Ni tú puedes seguir huyendo.
Leon se echó a reír, sin ganas. Se pasó la mano por la cara, no había respuesta que sirviera.
Chris apagó el cigarro en un cenicero viejo, enderezó el abrigo y se dirigió a la puerta.
— Duerme un par de horas. Y dúchate. Mañana a las ocho — Chris abrió la puerta de la entrada, pero antes de salir se detuvo, indeciso. Tras unos segundos de duda, dejó algo sobre la encimera de la entrada — lo olvidaste en China.
Leon bajó la mirada. Era su viejo cuchillo de combate, con la funda raspada y el filo mellado en un lado. Lo había dado por perdido entre el caos y el polvo, un detalle más tragado por aquella noche interminable. Una de tantas. Lo tuvo desde el comienzo, desde aquella fatídica noche en Racoon City, durante la Operación militar Javier en Sudamérica, con Jack Krauser… y en España.
Se quedó inmóvil un segundo, observándolo. Sentía la garganta apretada. No era solo un cuchillo. Era una prueba de que Chris había estado pendiente de él incluso cuando Leon no lo supo, de que en medio de aquella locura había tenido la sangre fría para recoger un pedazo suyo y guardarlo. Por un instante deseó preguntar… ¿por qué?
Alzó los ojos hacia él, sin saber qué decir. Demasiados pensamientos se amontonaron de golpe en la cabeza, imágenes que no olvidaría nunca… su primer día en el RPD, Sherry, USSTRATCOM, el entrenamiento, Jack, la DSO, España, Ashley, Luis… China.
Chris.
— Fumas demasiado — murmuró, buscando cualquier cosa que no pesara tanto como ese gesto.
— Y tú bebes demasiado — Chris arqueó una ceja, mostrando una leve sonrisa torcida — estamos igualados.
— ¿Ahora es una competición? — añadió con sarcasmo.
— Descansa, Leon. Lo necesitaremos.
Chris hizo amago de decir algo más, pero se contuvo. En su lugar, dio un paso hacia la puerta. El portazo fue suave, pero se sintió pesado en el aire. Leon volvió a mirar el cuchillo en su mano, sin decidir si quería lanzarlo contra la pared o guardarlo como algo sagrado.
Fue al baño. El espejo le devolvió un rostro castigado: ojeras profundas, barba de varios días, los ojos enrojecidos como si llevara semanas sin dormir bien. Abrió el grifo y se limpió con agua fría, pero la imagen no mejoró. Lo que veía allí no era el agente que una vez tuvo el reflejo más rápido de la DSO, sino un hombre que parecía más viejo de lo que en realidad era, consumido por dentro.
Se pasó la mano por la cara y, contra su voluntad, la memoria lo golpeó. Chris en Lanshiang, alzando la voz entre el caos, después de todo lo ocurrido con el virus. La forma en que lo buscó como si encontrarlo fuera vital. Chris en Nueva York, hombro con hombro contra Arias, una bestia imposible, y aun así el maldito Redfield no se quebraba, seguía luchando por lo que consideraba justo.
Ahora, meses después, aparecía en su apartamento y le devolvía un cuchillo olvidado, como si guardara hasta los pedazos que Leon había dado por perdidos.
¿En qué pensaba Chris? ¿Por qué devolverlo ahora después de tanto tiempo? ¿Por qué traerle ese recuerdo envuelto en silencio? Leon bajó la mirada al lavabo, incapaz de sostener su reflejo frente al espejo. La respuesta, la única que encontraba, era cruel. Quizá Redfield veía en él a alguien que necesitaba salvar, y nada más.
— Patético — murmuró, apenas audible, antes de cerrar el grifo.
El teléfono vibró otra vez. Mensaje entrante de Hunnigan: “0800. Briefing conjunto. Dossier adjunto.” Y debajo, uno de Claire: “Llámame cuando te despiertes, idiota” con un sticker de un perro.
Leon esbozó una sonrisa leve y escribió: “Estoy bien”. Mentira, como casi todo lo que decía últimamente.
Se tiró en el sofá y cerró los ojos. El olor a humo seguía flotando en el aire, mezclado con el alcohol. Pero por primera vez en semanas, no se sintió completamente solo.
Leon llegó al cuartel con el tiempo justo y el estómago torcido. Había dormido lo suficiente para no caerse, pero no lo suficiente para sentir que era una persona. La entrada principal olía a desinfectante y a café barato. Los pasillos eran blancos, demasiado blancos, como si alguien hubiera decidido borrar con pintura todo lo que dolía. La luz de los fluorescentes le arañaba la vista.
Hunnigan le esperaba cerca de recepción, le saludó con un gesto de cabeza y le entregó una carpeta plástica con un dossier.
— Gracias por venir, Leon. Briefing en sala C-2. La BSAA ya está dentro — su voz fue eficiente, precisa, con un toque amable que siempre guardaba para él. Le sostuvo la mirada un segundo, con un gesto mínimo, como si quisiera decir algo personal — ¿estás bien?
— Estoy — respondió él, y fue lo más honesto que pudo decir.
Adentro, la sala parecía un quirófano sin bisturís: pantalla grande con mapas, nombres de ciudades subrayados, fotos borrosas sacadas de cámaras de seguridad. Chris estaba de pie, junto a dos oficiales de la BSAA. Tenía el gesto de siempre, ese en el que parecía que nada le temblaba por dentro. Llevaba el uniforme táctico impecable, chaleco ajustado, mangas remangadas hasta el antebrazo. Leon se sorprendió mirando de más, fijándose en cómo la tela marcaba la solidez de sus músculos, la forma en que se mantenía erguido como si su propio cuerpo fuera un ancla.
Apartó el pensamiento enseguida, casi con fastidio, y bajó la mirada.
Leon ocupó una silla al fondo con un vaso de café tibio que sabía a cartón. Se prometió no hablar si no le preguntaban, al menos tuvo tiempo de ducharse y darse un afeitado necesario. En la diapositiva se sucedieron palabras que ya le eran familiares: célula disidente, rumores de arma biológica de nueva generación, cadena de suministros, posible foco en Europa del Este. La flecha roja del mapa marcaba un punto frío con nombre consonántico, de esos que hacen ruido en la garganta y no tienes ni puta idea del significado.
— No hay confirmación del tipo de agente — explicó una analista, una mujer agradable con cabello rubio y gafas — pero interceptamos tráfico de materiales y precursores. Hay una base que pide ayuda por estado de emergencia. El patrón sigue los mismos intermediarios que ya vimos en… — dudó una fracción de segundo — …China.
El silencio se volvió afilado. Leon dirigió la vista al suelo. Chris no pestañeó.
— Operación conjunta — intervino un comandante de la BSAA — personal reducido para mantener perfil bajo. Reconocimiento de la zona, infiltración ligera. Si el foco está activo y es peligroso, pediremos más refuerzos. Kennedy, Redfield, van juntos — señaló con el mentón a otro grupo — apoyo logístico, comunicaciones y armamento. Base provisional en un edificio gubernamental abandonado donde se han resguardado los supervivientes. Llegan en 13 horas.
Leon se removió en el asiento, incómodo. Podía sentir el peso de la palabra juntos como si fuera una piedra, una carga que le apretaba el pecho. Volver a trabajar codo con codo con Chris lo aterraba y, al mismo tiempo, le daba una sensación absurda de seguridad. La sola idea de tenerlo al lado era como ponerse una armadura y, a la vez, como reabrir una herida. Tomó un sorbo de café, amargo, y allí mismo decidió que no iba a temblar.
Al final, cuando se encendieron las luces, Chris cruzó unos pasos en su dirección. Redfield era un hombre estricto, rígido hasta la médula en el trabajo, pero con quienes conocía sabía ser cálido, incluso protector. Esa mezcla de dureza y humanidad era lo que hacía que todos confiaran en él. Su sentido del deber era demasiado firme como para ignorarlo.
Y, sin embargo, en lo profundo, Leon no podía evitar preguntarse si Chris no estaba tan atrapado como él mismo. Siempre lo había visto como un hombre emocionalmente constreñido, incapaz de mostrar algo más allá del deber y la disciplina. Nunca lo había visto interesado por alguien, y tal vez por eso le resultaba imposible imaginarlo en ese papel. Era más sencillo pensar que Redfield no sabía, o no quería, reconocer lo que sentía, quizá ni ante sí mismo.
Y desde luego, nunca hacia él. Apenas podían considerarse amigos. Conocidos, tal vez. Quizá solo era “el hermano de Claire”. Leon no sabía ni cómo catalogarlo, aunque la confianza entre ellos durante las misiones era innegable. A veces se decía que, si las circunstancias hubiesen sido otras, si no estuvieran siempre con medio mundo derrumbándose a su alrededor, tal vez habría intentado seducirlo solo para ver qué pasaba. Arriesgarse por una vez en la vida en algo que no era trabajo. Una ironía amarga, claro, porque con Chris Redfield nada era tan sencillo. Además, apostaría lo que fuera a que era hetero hasta la médula.
— A las dieciséis en la pista. Viaje con escala — hizo una pausa, bajando un poco el tono, menos rígido esta vez — ¿necesitas algo…? No sé, comida, ropa limpia, incluso un rato para despejarte.
Leon estuvo a punto de decir un hígado nuevo, pero se guardó la broma.
— Solo un asiento junto a la ventana. Me gusta mirar cómo las cosas se hacen pequeñitas.
Chris asintió una vez. No preguntó por qué, aunque frunció levemente el ceño, como si intentara descifrar lo que Leon no decía. Después relajó el gesto y le dio una palmadita breve en el hombro, un contacto mínimo, más humano que cualquier palabra.
Leon sintió el calor de ese toque atravesar la tela de su chaqueta, un calor extraño que no sabía si agradecer o maldecir. Bajó la mirada al café, sabiendo que le aguardaba un vuelo demasiado largo al lado de Chris Redfield. La idea le resultaba terrible y, al mismo tiempo, inquietantemente reconfortante. Como si compartir el mismo aire durante horas fuera a desgastarlo y sostenerlo a la vez.
El avión olía a plástico recalentado y a cansancio rancio. Leon se dejó caer en su asiento y se aseguró que el cuchillo que le devolvió Chris continuara oculto en su bota, como si fuera un talismán ridículo. La ventanilla le devolvía su propio reflejo con ojeras oscuras. Se veía terrible. Fuera, el ala estaba gris y el cielo estaba cubierto, opaco, sin un rayo de sol.
Chris ocupó el asiento del pasillo. Tenía los hombros anchos, la postura recta incluso cuando nadie lo miraba. Colocó la mochila bajo el asiento, se quitó la chaqueta y pidió agua. Leon lo miró de reojo y, por un segundo, le costó reconocer al hombre debajo del uniforme de la BSAA. Luego recordó la noche anterior y el olor a humo en la lana.
El avión avanzó por la pista. En el impulso, el estómago de Leon le hizo un nudo. Cerró los ojos. No pienses en China, se dijo. Pero la memoria no hacía caso.
El traqueteo del fuselaje le trajo el recuerdo del avión cayendo en picado, las alarmas pitando, el caos de cuerpos deslizándose por la cabina. Volvió a sentir ese miedo seco, puro, de estar a segundos de estrellarse. En China había sido ruido, luz palpitante, y luego monstruos.
Abrió los ojos, buscó el respaldo de enfrente para anclarse, pero otro recuerdo se coló: Nueva York. El pasillo estrecho, los zombis avanzando de ambos lados, el olor metálico de la sangre. Chris a su lado, hombro con hombro, disparando sin parar. Y luego, el instante improbable en que ambos quedaron vivos, respirando entre el humo y la carne destrozada. Leon nunca olvidaría la expresión en la cara de Redfield, un alivio feroz, genuino, que no venía en ningún manual de supervivencia.
La azafata pasó con el carrito. Leon pidió café por inercia. Chris, agua otra vez. Ninguno tenía hambre.
— Claire escribió — dijo Leon, mirando la ventanilla. Sonó como un comentario casual, aunque no lo era — siempre te defiende, ya sabes. Cosas de hermanos, supongo.
Chris tardó en contestar, y cuando lo hizo fue sin defensiva.
— Claire se preocupa. A veces demasiado — una media sonrisa apareció en su rostro, cálida, inevitable al nombrar a su hermana — supongo que seríamos insoportables sin ella.
Leon soltó aire por la nariz, casi una risa.
— Ya lo somos.
— Sí — concedió Chris — lo somos.
El avión levantó altura, las nubes quedaron como un piso de algodón por debajo. Leon apoyó la frente en el plástico frío de la ventanilla unos segundos. Cuando volvió a recostarse, encontró a Chris mirándolo, no con fastidio, sino con una especie de atención extraña, mezcla de preocupación y algo que Leon no terminaba de entender.
— Te lo dije anoche — murmuró Chris, sin adornos — te necesito vivo ahí afuera.
Leon quiso decir que era buen tirador incluso con resaca, que no lo subestimara. Pero la frase se le quedó rancia y pequeña antes de salir. Miró sus manos sobre las rodillas: las venas marcadas, el pequeño del dedo por el vaso roto. Apretó los dedos, le temblaban un poco. No supo si era por el café o la abstinencia.
— Lo estaré — dijo al fin — no prometo brillar, pero ahí estaré.
Chris asintió. A veces, con él, eso bastaba.
El aeropuerto de destino era pequeño y austero, de estilo militar. Había un eco sin gente y un gusto a metal en el aire. Afuera, el frío los golpeó de frente y les mordió los nudillos. Un hombre con gorro de lana y chaqueta de camuflaje sostenía un cartel con siglas mal escritas. Los llevó hasta una camioneta con el capó abollado y el parabrisas con una línea de grietas que parecía una telaraña. El conductor no habló, en el asiento del acompañante iba otro tipo joven, con barba rala y una cicatriz en el mentón. Llevaba auriculares y masticaba algo.
La ciudad, si se le podía llamar así, parecía hecha de capas: edificios de hormigón, balcones oxidados, carteles en un alfabeto que Leon no sabía leer del todo. Parecía abandonada. La nieve sucia en los bordes de la calle se acumulaba en pequeñas paredes grises. En un balcón, una colcha colgada ondeaba con el viento, en la esquina, un perro flaco olisqueaba una bolsa rota, y un niño con gorro lo miraba como si estuviera mirando a una especie de amigo. Había un olor a carbón húmedo, a diesel y a sopa.
— Base provisional — dijo el conductor en un inglés duro, y señaló con la barbilla un edificio gubernamental al que le habían borrado la insignia. Un rectángulo de cemento de tres plantas con ventanas parcialmente rotas y una antena que crujía en la azotea.
No tenía buena pinta.
Adentro, el hall era un mosaico de baldosas viejas con grietas en forma de rayo. Alguien había instalado un radiador eléctrico que hacía un zumbido agudo y olía a polvo quemado. Dos soldados charlaban en una lengua llena de consonantes, rápido, casi divertido; cuando vieron a Chris y a Leon, enderezaron la espalda y apuntaron con la barbilla un pasillo.
— Segundo piso — el más joven, una copia de Chris en opinión de Leon excepto por los ojos claros, buscó la palabra — Comedor. Café malo.
Leon sonrió por primera vez en todo el día.
— Gracias. Malo es mejor que nada.
El comedor era una sala con mesas plegables, termos de acero, galletas saladas en un tupper y un microondas con la puerta abierta y el botón roto. Un calendario de hace dos años seguía en la pared con una foto de un río helado. Leon se sirvió café, probó y cerró los ojos.
— Confirmado — dijo con una mueca disgustada — malo.
Chris esbozó una sonrisa cansada mientras soltaba un resoplido. Dejó su mochila bajo una mesa y sacó una carpeta. El vaho le salía en cada exhalación, los radiadores parecían decorativos.
— Hay mantas en el almacén — les dijo un sargento. Sergei, que llevaba la nariz partida en dos con una cicatriz terrible — el generador falla en la noche. Priprostyi. Simple — se golpeó el pecho con el puño, como animándose — pero funciona… a veces.
Chris y Leon cruzaron una mirada al escucharlo, el lugar se caía a pedazos, pero ninguno lo mencionó. Desde el pasillo llegó un olor a sopa, alguien pasó cargando una olla con cuidado, y el líquido caliente dejó una estela de cebolla, carne y sal. El perro flaco de la calle, o uno parecido, se asomó por la puerta como si hubiese olido la comida. Un soldado lo espantó con un chasquido de lengua; el animal se detuvo, ladeó la cabeza, y se fue sin prisa, dejando huellas húmedas.
Leon sintió lastima por el perro, bebió otro sorbo y dejó el vaso. Eso lo llevó a un recuerdo en España, hace demasiados años. De pronto notó el peso del sueño, opresivo y áspero como una manta vieja.
— Voy a dar una vuelta — dijo finalmente mirando a Chris — ver puntos de acceso, salidas, rutinas. Ya sabes.
— Yo hablaré con logística — respondió Chris — radios, combustible, rutas. Nos vemos en quince.
La vuelta de Leon fue hecha de detalles. Notó que la escalera de servicio tenía un peldaño suelto en la mitad y que el pasillo que daba al patio interno tenía un vidrio grande tapado con plástico. La azotea tenía una baranda inestable en el lado sur, y en el norte una vista de tejados que formaban un laberinto de chimeneas; buena para perderse, pero también para esconderse. En el patio, un soldado estaba enseñándole a otro cómo ajustar el visor de un rifle viejo. Se dieron la mano al terminar, una mano fuerte, otra nerviosa. Uno de ellos tarareaba una canción sin melodía, solo por llenar el aire. Leon se quedó con esa imagen sin saber por qué.
Volvió al comedor cuando los dedos empezaban a entumecerse por el frío. Chris estaba con el sargento de la nariz rota y una mujer de logística de pelo recogido y una carpeta con clips.
— Tenemos esto — resumía ella, con un inglés algo mejor — combustible para algunos días, comida enlatada para una semana, dos generadores, uno hace ruido. Antenas… — miró a Chris — tú mismo lo has visto al llegar — se encogió de hombros con una disculpa vacía.
Chris asentía como si llevara toda la vida haciéndolo. Leon lo observó hablar. En el trabajo nunca se extendía demasiado, era directo y estricto, pero siempre con un tono que transmitía confianza. No era simpático por protocolo, sino porque sabía dar calma con lo justo, pero en una sala de briefing bastaba su presencia para que la gente creyera que no iban a morir ese día. Con Claire era distinto; ahí se permitía ser él mismo, confiable, leal, férreamente protector, pero con sonrisas cálidas que a Leon le provocaban un nudo dulce en el pecho, como si de pronto el mundo tuviera un lugar seguro, y le entraban ganas de quedarse ahí, solo para verlas de nuevo.
Se preguntó, entonces, cómo era con él. Nunca lo trataba con hostilidad, pero tampoco con la cercanía que mostraba con su hermana. ¿Qué lugar ocupaba él en ese esquema? ¿Compañero de armas? ¿Conocido que aparece y desaparece en medio de las catástrofes? ¿Un estorbo al que había que vigilar para que no se desmoronara?
La idea le pesaba, porque en el fondo deseaba que Chris lo viera distinto, que lo mirara con la misma calidez que a Claire, aunque fuera por un segundo. Y al pensarlo, se odió un poco más a sí mismo por necesitarlo.
— ¿Dormimos aquí? — preguntó Leon, señalando el pasillo de las habitaciones.
— Sí — dijo la mujer — dormitorios. Dos por habitación. Agua caliente… — hizo una mueca — a veces.
Leon miró a Chris, y se encontraron en la pequeña broma sin palabras.
A veces.
La habitación que les asignaron tenía dos literas y un armario metálico que chirriaba al abrirse. Alguien había pegado en la pared una estampa religiosa con un santo de ojos grandes, y debajo, un graffiti torpe con un corazón atravesado por una flecha. En la esquina, un calefactor eléctrico con una luz roja débil que parecía una lámpara vieja. La ventana daba a un patio con tanques de agua y bidones.
Leon dejó su bolsa en la litera de abajo, junto a la pared. Chris puso la suya en la litera opuesta, también abajo. Ninguno quería escaleras hoy. Hubo unos minutos de ruidos pequeños: cierres, pliegues, la tela contra el metal. Sonidos cotidianos de una convivencia forzada.
— La antena está inservible — dijo Chris al fin, quitándose los guantes — si hay tormenta, no vamos a oír nada, vamos a quedar incomunicados.
— Mejor — Leon se dejó caer sentado — menos gente hablando al mismo tiempo.
Chris lo miró de reojo con algo parecido a un reproche, pero se le pasó pronto. Sacó la cajetilla de tabaco. La golpeó con la palma. Leon le sostuvo la mirada un segundo y luego señaló la ventana.
— ¿Te importa? — preguntó Chris.
— Mejor afuera. Si no, nos vamos a despertar oliendo a humo rancio.
Salieron al balcón, un estrecho espacio de metal oxidado que conectaba con las demás habitaciones, con la pintura descascarada y barandillas que crujían al mínimo roce. El suelo estaba manchado por la lluvia y el polvo, tan gastado que parecía aguantar de puro milagro. Leon se inclinó un poco, tiró de la funda oculta en su bota y sacó el cuchillo apenas unos centímetros. La hoja brilló un instante bajo la luz del pasillo antes de volver a encajarla.
Chas.
El sonido metálico resonó más fuerte de lo esperado.
— Pensé que lo había perdido para siempre — dijo en voz baja, sin mirarlo.
Chris soltó el humo despacio, con la vista fija en el patio.
— Lo recogí casi sin pensarlo. Estaba entre los escombros, clavado en el suelo.
Leon sonrió con un gesto breve, cansado.
— Siempre apareces donde menos te espero.
— No siempre a tiempo — replicó Chris, y esa frase cargaba demasiado para sonar casual.
Leon se apoyó más en la barandilla. No supo qué responder. El aire olía a tabaco y lluvia, y en ese silencio había algo incómodo, pero también necesario.
Dieron unos pasos por el balcón. Debajo, dos soldados discutían suave en su idioma. Uno comenzó a reír y el otro alzó la voz con una palabra que sonaba a reproche cariñoso. De la cocina llegó el golpe seco de una olla contra otra. El perro flaco asomó de nuevo, esta vez con un trozo de pan en la boca, miró hacia arriba con curiosidad y desapareció como un fantasma marrón.
— ¿Hace cuánto tiempo que no duermes bien? — preguntó Chris.
Leon se encogió de hombros, fingiendo no sorprenderse por la repentina pregunta.
— Define bien.
— Más de cuatro horas sin despertarte todo sudado.
Leon arqueó una ceja, dejando escapar una media sonrisa torcida.
— Vaya, Redfield… dicho así suena a algo más, ¿estás interesado en mi vida sexual?
Chris lo miró en silencio, un poco sorprendido, y por un instante su máscara perfecta se resquebrajó. No fue más que un parpadeo, un leve temblor en la mandíbula, pero suficiente para que Leon lo notara. Cuando habló, la voz salió firme, aunque cargada de una calidez que no solía mostrar en el trabajo.
— No bromees con eso.
Leon se contuvo de poner los ojos en blanco y resopló, burlón.
— Entonces… — pensó durante unos segundos — hace demasiados meses. A veces me quedo en blanco, eso ayuda. Pero no es sueño, es otra cosa. Como si me apagara a medias.
— Yo tampoco duermo bien — dijo Chris, sorprendiéndose al oírse — me duermo rápido, pero me despierto aún más rápido. Como si mi cabeza estuviera esperando un ruido.
— Tu cabeza siempre está esperando un ruido — Leon sonrió con una esquina de la boca — hasta cuando comes parece que estás cubriendo a alguien.
— Tú comes como si ya no importara — objetó Chris con cierto reproche.
— A veces no importa — contestó Leon, encogiéndose de hombros.
El cigarrillo se consumió hasta la mitad. El viento arrastró una hebra de humo y la hizo desaparecer en el patio. Una ráfaga golpeó la antena de la azotea, el hierro rechinó, como una puerta vieja.
— Te vi — dijo Chris, sin aviso — en el briefing — hizo un gesto leve hacia la sala, como si todavía estuviera ahí — mirabas las fotos, pero no estabas allí. Estabas… en otra cosa.
— En China, España, Nueva York… — contestó Leon, dudando en decir algo más. No es que no confiara en Chris, pero había verdades que se le quedaban atragantadas en la garganta, como si nombrarlas en voz alta pudiera volverlas reales otra vez… y, con ello, empujarlo un paso más lejos de él — a veces no elijo. Solo se abre en mi mente y me traga un rato.
— ¿Y hoy?
Chris lo miró, directo, con esos ojos marrones que siempre parecían más firmes que cualquier palabra. Por un instante, la dureza de su gesto se suavizó. Había en su mirada un calor inesperado, como si la preocupación se le escapara a pesar suyo. Fue solo un segundo, pero bastó para que Leon sintiera cómo algo se le aflojaba por dentro, un nudo que prefería mantener atado.
— Si se abre allá afuera, cuando te necesite ¿vas a poder volver?
Leon tragó saliva. Sostuvo la barandilla con fuerza, notando como el frío calaba en las manos, húmedas. La pregunta le ardía en la cabeza. Parte de él quería contestar de manera cortante, devolverle la desconfianza en forma de ironía. ¿En serio, después de todo lo que he pasado, dudas de si voy a volver? Pero otra parte, más profunda y jodida, reconocía lo que había detrás. No era un reproche, era preocupación. Y esa mezcla lo descolocaba. Chris Redfield no era un hombre de frases fáciles, así que, si estaba diciendo eso, era porque de verdad lo pensaba.
Leon apretó la mandíbula. No sabía si le molestaba más la idea de que Chris dudara de él o el hecho de que se preocupara tanto.
— Voy a volver — dijo — porque te prometí que iba a estar ahí.
No era un discurso. Era una cuerda a la que estaba sostenido.
Chris mantuvo la mirada más de lo acostumbrado, como si buscara en sus ojos una respuesta más honesta que las palabras. Apenas parpadeó, y en ese silencio, parecía tratar de alcanzar un punto más profundo, un terreno que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Al final asintió, despacio, con una gravedad que, en otra vida, habría sido un abrazo.
— Bien.
Cenaron una sopa espesa, pan duro, y una salchicha de color dudoso que sabía mejor de lo que parecía. En la mesa contigua, dos soldados jugaron a adivinar palabras en inglés que sonaban a chiste interno. Un tercero se quedó dormido con la cuchara en la mano. El generador titubeó y todos miraron hacia el techo, reflejo de haberlo vivido demasiadas veces. Pero solo fue un descenso del zumbido, luego volvió a subir y quedó vibrando de manera áspera.
La mujer de cabello recogido apareció en la puerta con un paquete de baterías, dejó la caja sobre una mesa y cruzó con prisa. Saludó con la mano, tenía la cara cansada pero los ojos despiertos.
Más tarde, un oficial repartió mantas ásperas que, como toda manta hosca, abrigaban por el solo hecho de existir. Leon agarró la suya con gratitud sutil. Chris la dobló con una precisión mecánica que hacía ruido en ese lugar improvisado. Cuando salieron de nuevo al balcón, Chris a fumar y Leon a respirar aire fresco, la temperatura había bajado tres grados y el patio se había cubierto de una película fina de hielo que crujía bajo las botas de cualquiera que pasara.
— ¿Sabes qué pensaba cuando Claire me habló de ti por primera vez? — Leon se sorprendió a sí mismo hablando, especialmente sobre algo tan personal y lejano — que eras un cuento de guerra. El hermano improbable. El que llegaba a tiempo. Me gustó… — buscó la palabra y frunció el ceño — no, me alivió pensar que existía alguien así.
Chris en cambio no contestó con no soy ese, ni no siempre, ni te equivocas. Lo pensó. Se le notó en la tensión del cuello. Tras varios segundos de duda, eligió decir algo más.
— Cuando te vi en China, por primera vez después de mi amnesia — respondió con una cadencia tenue — no pensé que fueras imposible. Pensé que eras cabezota y rápido. Y que te metías donde no te llamaban — una sombra de humor se le coló en la voz — eso salvó a gente — se corrigió, como si le pesara el plural — me salvó a mí.
Leon apretó los labios, intentando contener algo más fuerte que una risa. Y entonces bufó, divertido, con un destello inesperado en los ojos.
— Claro, por eso empezaste a pelear conmigo nada más verme… muy agradecido, Redfield.
Chris soltó una risa corta, grave.
— No eras precisamente amistoso.
— Tú tampoco — Leon arqueó una ceja, ladeando la cabeza — casi me dejas inconsciente en los primeros diez segundos.
Chris lo miró de reojo, un brillo extraño en sus ojos marrones.
— Sufrí un episodio de amnesia parcial en Edonia, mis recuerdos llegaban poco a poco… Tenía que asegurarme de que no fueras otro enemigo.
Leon sostuvo la mirada esta vez, sin apartarla. Una sonrisa ladeada se le escapó.
— ¿Y ahora? ¿Todavía necesitas asegurarte?
Chris tardó en responder, pero no apartó la mirada de los ojos azul profundo. Inhaló del cigarrillo, dejó que el humo saliera lento, como si ganara segundos.
— Ahora sé quién eres — su voz bajó apenas un tono — y eso es más peligroso.
El silencio que siguió no fue áspero ni incómodo, era como si el aire del balcón se hubiera vuelto más estrecho entre los dos. Leon lo sintió en la piel, como un roce que no había ocurrido, pero estaba ahí. Dio un paso hacia él, acortando la distancia. Chris no retrocedió; al contrario, le sostuvo la mirada, firme, como si lo retara a seguir acercándose. El aire se volvió denso y vibrante, cargado de electricidad, y Leon sintió el impulso absurdo de borrar el espacio que quedaba entre los dos.
Chris se mantuvo, inmóvil, hasta que notó el calor abrasante del cigarro en los dedos. Chasqueó la lengua suavemente, apagándolo contra la barandilla.
La tensión se quebró como un cristal y Leon dejó escapar el aire despacio, imperceptiblemente. Molesto por la interrupción.
— Deberíamos dormir — dijo Chris por fin — mañana hay reconocimiento. Quiero revisar la calle norte, el mercado, el puente pequeño que va a las montañas. Si hay movimiento, lo veremos ahí primero.
Leon parpadeó, todavía con la inercia de ese segundo que casi había sido otra cosa. Luego asintió despacio, como si también necesitara volver a ponerse la máscara.
— Sí — Leon se frotó los ojos — si no me duermo, al menos puedo cerrar los ojos e intentarlo.
— Intentarlo también cuenta — dijo Chris, con una pequeña sonrisa que le sentó bien.
Volvieron a la habitación. El calefactor sonaba con un pitido cansado. La luz del pasillo se colaba por debajo de la puerta en una franja rectangular. Chris se quitó las botas con un suspiro contenido. Leon dejó la chaqueta sobre la cama, se sentó y sintió el peso de todo de golpe. Ocultó el cuchillo bajo la almohada.
— Si ronco, me despiertas — advirtió Chris, mientras se echaba — Claire solía quejarse a menudo por eso.
— Si hablo dormido, ignórame — devolvió Leon.
— ¿Dices cosas? — preguntó Chris, con curiosidad.
— A veces. Pero no son bonitas.
Un tarareo grave llenó el instante.
— Bien. Lo Ignoraré.
Se quedaron en silencio. El generador cambió de ruido, alguien tosió en la habitación de al lado y, en el patio, un perro ladró una par de veces. El frío se filtraba en la ventana mal cerrada.
— Leon — dijo Chris, cuando ya parecía que el día había terminado — gracias por venir.
Leon no respondió rápido. Las palabras se le quedaron un segundo en la boca, como si pesaran más de lo previsto.
— Si no viniera, no sabría qué hacer conmigo — murmuró tras unos segundos.
No hubo nada más, ninguno se movió. El sueño no llegó como debería, pero sí una especie de quietud básica que no tenía nombre. Leon se dejó caer hacia ese borde. No iba a admitirlo, ni se iba a perdonar por admitirlo si lo hacía, pero la presencia de Chris en la otra litera, el ruido de su respiración acompasada, la posibilidad ridícula de que alguien más estuviera ahí para entrar primero por una puerta si algo pasaba… todo eso le sostuvo los pedazos. Apenas, lo justo. A veces apenas es suficiente.
Antes de caer por completo, la cabeza le llevó una imagen rápida y cotidiana: Claire en una cafetería barata, riéndose mientras revolvía un café demasiado cargado y le decía “mi hermano siempre vuelve por los suyos”. Chris, en China, volteando en mitad del caos, encontrándolo con una exhalación que no le cabía en la cara, a pesar de su amnesia. Y también cuando lo buscó para la misión en Nueva York. El cuchillo bajo la almohada, viejo y rayado, sin nadie que pudiera empuñarlo más que él, pesaba más que su propio cuerpo agotado en el colchón.
Leon se durmió a medias, pero finalmente lo consiguió.
Chris, que decía no soñar nunca, soñó con una escalera que no tenía fin y con un pasillo en el que el ruido venía de todas partes. Y, sin embargo, alguien le decía: estoy aquí. Se despertó sin sobresalto, cosa rara en él. Miró el techo por un tiempo indefinido, contando los segundos entre el zumbido del generador y los pasos a lo lejos. Dejó que una idea descabellada se filtrara, como una chispa breve en la oscuridad: podían resistir y conseguirlo, pero solo juntos.
Giró el rostro hacia el cuerpo dormido de Leon y lo observó en silencio, en la penumbra de la habitación. Dormido, Leon parecía otra versión de sí mismo: los músculos del rostro por fin aflojados, la línea tensa de la mandíbula rendida a una calma prestada, las pestañas proyectando sombras suaves sobre las ojeras que el cansancio no terminaba de borrar. Había algo apacible en esa quietud, porque Chris sabía —lo sabía demasiado bien— que bajo esa apariencia tranquila vivía un hombre lleno de ruido, de recuerdos que mordían y de culpas que no se dejaban callar. Y, aun así, o quizá por eso, le nació un impulso feroz y silencioso de cubrirlo, sostenerlo, ser el muro entre Leon y todo lo que lo perseguía… incluso si Leon, al despertar, volvía a apartar la mano y a fingir que no necesitaba a nadie.
Cerró los ojos. Afuera, la antena golpeó despacio al viento. En la entrada, alguien dejó una taza en el suelo para que el perro, cuando volviera, no tuviera que olisquear la basura para beber. Pequeñas cosas.
A veces, el mundo también se sostenía así.
