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Miedo

Summary:

Charles Leclerc y Carlos Sainz tienen una relación de "amigos con derechos" desde hace años. A pesar de que ambos quisieran llevar la relación más allá, algo lo ha impedido. Uno de ellos siempre ha tenido miedo de que algo salga mal.

Sin embargo, Carlos se vuelve muy cercano con su nuevo compañero, Alex Albon. Lo que despierta una ola de celos incontenibles por parte de Charles.

Tal vez eso era lo que necesitaba para por fin vencer esos miedos que tanto le han impedido ser feliz.

Notes:

Para conveniencia de la historia, en este One Shot todos los pilotos mencionados están solteros.

(Carlos, Alex, Charles, Lando, Oscar).

Work Text:

– – –

 

Frustración, calor, impotencia y muchas cosas más invadían el cuerpo de Charles Leclerc después del Gran Premio de Bahrein. Otra carrera más a la lista de decepciones, largó desde la punta y terminó fuera del podio. De nuevo.

Los medios en las entrevistas post carrera ya le habían hecho las mismas preguntas obvias de siempre y les respondió igual, con palabras que simplemente esquivan el tema y dan a entender que van a mejorar para la siguiente carrera.

Ya se podía imaginar lo que dirían en redes sociales. La misma mierda de siempre sobre ser talento desperdiciado, otro año más para un campeonato a la basura, las terribles estrategias del equipo al que está tan aferrado a pertenecer...

Vaya temporada de mierda. Ni un podio, ni una pole, una descalificación. No necesitaba a nadie más decirle que todo estaba saliendo mal. Él ya lo sabía.

Lo que necesitaba era desahogarse, descargar toda su maldita frustración.

Necesitaba darse un revolcón con Carlos Sainz.

Eso era lo único que lo haría sentirse mejor, una buena follada con su excompañero.

Sus encuentros siempre eran más que satisfactorios y considerando lo mal que fue la carrera del español, era más que obvio que estaría dispuesto también a hacerlo.

Iba caminando hacia el hospitality de Williams, con el sofocante aire de Sakhir pegándole en la cara y cámaras siguiéndole el paso desde que salió de su garaje. Nadie iba a sospechar, después de todo, el mundo entero sabía de su amistad. Nada raro, sólo un piloto yendo a visitar a su amigo.

Estaba dispuesto a entrar a la habitación de Carlos y lanzarse sobre él, reclamar sus labios, acariciar su cuerpo, pasar su dedos en su sedoso cabello. Exigirle que le dé lo que tanto necesitaba.

Tuvo que caminar hasta el fondo del paddock. Cuando vió la infraestructura de Williams sus ojos brillaron. Se abrió paso como si fuera el de su propio equipo hasta que una voz lo detuvo.

— Charles. — era James Vowles, director del equipo Williams — ¿A qué se debe la visita? Buscas a Carlos, supongo.

— Hola, sí. No hay problema si voy hasta su driver's room ¿Verdad? — le dijo Charles.

— Claro que no, pasa. Alex me dijo que iba a estar con él, aún deben estar ahí. — dijo mientras se retiraba con una sonrisa.

Charles agradeció que no insistiera en continuar la conversación pero algo lo irritó. 

La mención de Alex Albon.

Ese tipejo. ¿Qué hacía en la habitación de Carlos?

Sintió un gran malestar, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago y el oxígeno en sus pulmones se hubiera convertido en ácido.

Ya era suficiente que por su culpa no haya podido ver al español en los últimos meses. Pues Carlos tenía excusas para todo y el nombre recurrente en ellas era el mismo.

"Voy a salir con Alex a... "

"Es que Alex ya me invitó a... "

" ...estoy cansado, ayer me quedé hasta tarde con Alex para... "

Entre otras, pero el que más odiaba era:

" ...es que Alex está aquí en casa y no creo que ... "

La última vez que él y Carlos habían tenido sexo fue en noviembre del año pasado. Casi 4 meses. Había intentado satisfacer su libido por ahí con otras personas pero nadie era lo suficiente como el español. Lo necesitaba a él.

Con paso acelerado y el ceño fruncido fue hasta el lugar y sin tener la decencia de tocar la puerta, abrió sin más.

Lo que encontró lo hizo apretar los dientes y como pudo disfrazó su evidente enojo por una sonrisa forzada.

— ¡Oh! Hola, Calos. No sabía que estabas ocupado. Perdón por interrumpir.

Alex estaba sentado con las piernas cruzadas sobre uno de los extremos del sillón. Carlos acostado a lo largo y con la cabeza apoyada en el regazo de Albon, quien le masajeaba la cara con un aparatito que parecía ser un rodillo.

El español tenía puesta una mascarilla facial de esas que vienen en paquetes y entre sus manos presionaba los botones de un juguete anti estrés. Abrió los párpados y sin mover más que los ojos, observó en dirección a Charles. Le saludó con la mano.

El tailandés, que también tenía una de esas mascarillas, alzó la mirada y le sonrió, pero no detuvo lo que hacía en el rostro de Carlos.

— Hola, Alex. — le dijo también el monegasco.

— ¿Qué tal estás Charles? — le preguntó Albon — Estamos en una sesión de relajación para sacar el estrés de la carrera. No nos fue tan bien. Te puedes unir si quieres, hay más de esas mascarillas. — le dijo, apuntando a una mesita en donde había una cantidad ridícula de esos paquetes con mascarillas.

— No, no. Gracias. Sólo... sólo quería hablar (follar) un rato con Calos, pero supongo que lo veo después. O le llamo, no sé. — se dió la vuelta y estaba por abrir la puerta de nuevo cuando Carlos habló.

— Charles, no te vayas, podemos hablar. — Leclerc se volteó — Conozco esa mirada, quieres quejarte de la carrera. Quédate, podemos platicar los tres.

En parte tenía razón, quería desahogarse por la pésima carrera que tuvo pero no de esa manera.

Charles dudó, sus planes de tener sexo con Carlos estaban arruinados y aunque conversar con él también podía subirle el ánimo, no quería quedarse, no cuando las malditas manos de Alex seguían tocando el hermoso rostro de Carlos. Nadie más tenía derecho.

Iba a poner otra excusa pero fue interrumpido por el tailandés — Quédate, Charles. Este es un espacio seguro, puedes despotricar contra quién sea, nadie te va a juzgar.

Y al mismo tiempo ambos pilotos de Williams dijeron — ¡Lo que se dice en las sesiones de relajación, se queda en las sesiones de relajación! — y se soltaron a reír.

Charles quería vomitar después de ver tanta complicidad entre ellos, pero la invitación era genuina y no quería verse como un imbécil descortés — Está bien, me quedo. — y les sonrió.

Se dejó caer en uno de los sillones frente a él y soltó un gran suspiro.

— Vaya, de verdad estás harto, ese suspiro me cansó hasta a mí. — le dijo Carlos aún con los ojos cerrados — Y lo de la mascarilla es en serio, son buenísimas. Toma la que quieras, te recomiendo la de toronja, son las de color rosa con verde. Lávate la cara y te la pones.

Bajando la mirada, Charles observó de nuevo la gran cantidad de sobres que había en la mesita. Y en efecto, más de la mitad eran de toronja. Se inclinó para revisarlos y la curiosidad le ganó.

Fue a lavarse la cara al baño y de regreso, mientras abría el paquete, preguntó — ¿Por qué hay tantas mascarillas? ¿De dónde salieron?

Alex respondió — Unos fans me regalaron un par en pretemporada y a Calos le gustaron mucho. Así que le compré un montón para que usemos a lo largo de la temporada. Terminé ordenando 78.

"Le compré". Cómo si Carlos no pudiera comprarlas él mismo. Y... ¿¿¿Lo acaba de llamar "Calos"???

¿Este tipo a qué estaba jugando? Si quería demostrar que es cercano a él entonces Charles sabía que tenía todas las de ganar.

Fue directo hacia el sillón donde aún estaban los dos y se sentó en el espacio entre las piernas de Carlos — Hazme espacio, Calos, muévete. — El español de sobresaltó un poco pero se lo tomó a juego, como siempre, y le hizo espacio. El monegasco ahora entre las piernas de Carlos se puso la mascarilla y dejó caer su cuerpo encima del de Sainz.

La cabeza de Leclerc estaba en el estómago del español. Unos minutos pasaron hasta que Alex habló — Ya es hora, Calos. Ya pasaron 20 minutos.

— No quiero, el masaje se siente bien. Y tus piernas son cómodas. — dijo Carlos, en un tono bromista. Lo que hizo reír a Alex, pero a Charles le dió ganas de asesinar a los dos. Como pudo contuvo su irritación y permaneció en silencio.

Alex insistió — Ya pasó el tiempo. — le quitó la mascarilla a Carlos y luego se retiró la suya.

— Hazle ese masaje a Charles también. — dijo Sainz con entusiasmo mientras se levantaba del sillón, negándole al monegasco el contacto que tanto le estaba gustando.

— ¿Quieres, Charles? A Calos le encantan. — dijo mientras sonreía dulcemente y le enseñaba el aparatito en sus manos.

El no quería que Alex le esté tocando la cara, debería ser Carlos el que le esté tocando el cabello, la espalda, besándolo con deseo.

No pudo ni responder cuando Carlos lo tomó de los hombros para que se vuelva a recostar.

Por más de una hora fue así. Charles intentaba hacer algo de contacto con Carlos y este hacía alguna tontería para arruinar el momento entre risas y bromitas inocentes.

A pesar de que hablaron y se desahogaron de la carrera, no pudo evitar sentirse como un mal tercio entre Alex y Carlos. ¿Cómo pudieron volverse tan cercanos en tan poco tiempo? Estaba pensando en alguna excusa para largarse a su hotel cuando Albon le ganó la palabra.

— Bueno, creo que ya me voy. Tengo que regresar y empacar de una vez, viajo mañana temprano a Reino Unido a ver unas cosas. Ya sabes qué.

La frente de Charles se arrugó, "Ya sabes qué". ¿Ahora también tenían palabras clave? Ese pensamiento tampoco lo torturó demasiado, ya que significaba que al fin estaría a solas con Carlos, sin tontos entrometidos arruinando sus planes.

— Claro, nos vemos. Saludos a tus animales. — dijo Carlos con una gran sonrisa.

— Adiós, Alex. — Charles se despidió.

— Nos vemos en Jeddah. — le dió la mano a ambos en señal de despedida y salió de la habitación.

No pasaron más de 5 segundos y Charles se levantó y fue directo hacia Carlos, que estaba en el sillón pequeño, frente a él. El español se sobresaltó cuando el monegasco se subió al sillón y se sentó en su regazo, lo tomó del rostro con ambas manos y unió sus labios.

Quiso profundizar el beso y su lengua intentaba abrir los labios del español, pero sintió las manos de Carlos tomarlo de los hombros y lo separó de él.

— ¿¡Qué pasa!? — Charles estaba confundido, indignado. Carlos jamás le había negado ni siquiera un beso.

— Nada, sólo estoy cansado. La verdad no tengo ganas. — Carlos hizo más espacio entre ellos que Charles tuvo que levantarse.

No podía creerlo.

Carlos lo había rechazado.

Se quedó congelado unos segundos. Levantó la cejas y los músculos de su cara se tensaron. Vió a Carlos mirarlo confundido, como si no supiera el por qué de la reacción de Charles.

— ¿Estás... bien? — le dijo el español.

— No, claro que no estoy bien. Me acabas de rechazar.

Carlos suspiró y le respondió — Charles, ya te dije que sólo estoy cansado. Ya me habría ido al hotel a dormir de no ser porque Alex me conve...

— ¿Alex? ¿Entonces es por él? ¿¡Lo prefieres antes que a mi!? — Charles estaba subiendo su volumen y eso empezaba a incomodar a Carlos.

— ¿De qué hablas? Los 3 acabamos de pasar tiempo junt...

— ¿¡Te lo estás follando también!? ¿¡Por eso me mandas al diablo!? ¿¡Por eso me rechazas todas las salidas desde hace meses!? — el rostro de Leclerc estaba empezando a quedar rojo. Sus latidos iban en aumento y su respiración también.

Carlos se puso de pie y cambió su expresión inmediatamente, frunció el ceño y sus ojos miraron fijamente a Charles. No se podía creer lo que acababa de escuchar.

— ¿¡Qué!? Claro que no, somos amigos. Y no estés gritando, por favor. Que alguien puede escuchar todas tus estupideces.

— ¡Nosotros también somos amigos, Calos! Solo no entiendo qué hace Albon alrededor de ti todo el tiempo.

Sainz se quedó en silencio por un momento e intentó calmarse. Tenía una sospecha del porqué Charles actuaba de esa manera, pero eso no evitó que se enojara.

— ¿Es por eso que estás a la defensiva? ¿Por que Alex estaba aquí? — la reacción del monegasco ante esas palabras era la confirmación de que Carlos estaba en lo correcto — Desde que llegaste tienes esta actitud de mierda. Sabía que algo pasaba.

Una risa sarcástica salió de la boca de Charles. Claramente ofendido con el español — Ahora me insultas.

—Tú me estás acusando de cosas que no sabes. — contraatacó Carlos — ¿Estás... celoso?

Sainz dudaba, jamás había visto este comportamiento por parte de Charles. Tenía mil y un razones para pensar que no, pero todo lo que el monegasco decía, cómo se veía y cómo actuaba desde que entró a la habitación, decían lo contrario.

La verdad es que sí lo estaba, Carlos había dado en el clavo y ahora Charles estaba acorralado. No podía admitir frente a Sainz que sí, que estaba ardiendo en celos. Así que respondió de la misma manera que hacía cuando los medios le preguntaban cosas sin sentido, tantos años le habían enseñado a desviar las preguntas.

Así que mintió. Pero estaba tan eufórico que ni eso pudo disimular.

— ¡No! ¡Claro que no! — terminó gritando y al ver que Carlos seguía firme en su posición y sin intención de dar el brazo a torcer para terminar está discusión, se desesperó.

— ¿Entonces qué te pasa? — le dijo Carlos.

— ¡Es sólo que no lo entiendo! ¿¡Porque insiste en estar alrededor tuyo!? — su voz iba aumentando más y más con cada pregunta — ¡No es como si fueran pareja o algo! ¿¡Acaso te gusta!? ¿¡O qué!? — la respiración de Charles estaba agitada y comenzaba a sudar.

Carlos tenía una expresión seria y la frente ligeramente arrugada, aunque esto último era más por los gritos de Leclerc que por su propio enojo — Charles... te recuerdo que no somos nada exclusivo.

Al oír esto, el monegasco abrió más los ojos y apretó los dientes. Permaneció callado, por lo que Sainz continuó.

— No tienes ningún derecho a reclamarme lo que hago con mi vida o con quién. Y mucho menos a gritarme. — su voz era sorprendentemente calmada considerando la situación — Cuando te pedí ser tu novio hace años... me dijiste que no querías nada serio y lo acepté.

Se tomó un segundo para respirar y evitar alzar la voz, pues él también estaba comenzando a agitarse. Y volvió a hablar.

— ¿Esperabas que me quedase soltero todo este tiempo? ¿Que te guardara fidelidad? ¡Tú te acuestas con quién quieras y yo nunca te he reclamado nada!

Nunca había pensado en eso, Leclerc nunca había tenido la necesidad de exigir explicaciones a Carlos porque el español nunca estuvo con nadie más que con él.

— ¡¡Entonces tengo razón!! — exclamó Charles, gritando más de lo necesario — ¡Sí tienes algo con ese p... !

— ¡No te atrevas! — La cara de Carlos, completamente furiosa, le impidió terminar, le apuntaba con el dedo con advertencia.

Charles nunca antes había visto a Carlos tan enojado y la mirada iracunda del español le causó algo de miedo.

— No tengo que darte ningún tipo de explicación. Y menos si me lo dices con esa actitud acusatoria.

Charles estaba dolido, enojado y hasta triste — Yo vine aquí a follar, no a que me grites. — se dió la vuelta y antes de salir de la habitación le dijo a Carlos — Supongo que tienes razón, esta tontería de "amigos con derechos" se acabó, gracias por arruinarlo. — y salió dando un portazo.

Caminó furioso a través del paddock hasta la salida, donde estaba esperándolo su auto. Los ojos le ardían y si seguía apretando los dientes tal vez se haría daño.

Mientras conducía se trató de relajar un poco, pero las palabras de Carlos resonaban en su cabeza.

"Estás... celoso?"

Bien sûr que je le suis ! Je suis ! — gritó en la soledad de su auto.

Condujo hasta llegar a la ciudad y cuando encontró su hotel, se metió al estacionamiento. Apagó el motor y se quedó ahí dentro. La cabeza le seguía dando vueltas y su corazón latía con rapidez.

No pudo contenerlo más.

Le dió varios puñetazos al volante mientras gritaba — Tu es stupide ! Imbécile ! Mon Calos... — las lágrimas comenzaban a caer en su rostro, una tras otra brotaban como una fuente y recorrían su piel hasta perderse en su barba. Entre sollozos se seguía lamentando — Tu gâches toujours tout !

Carlos jamás le había gritado así, mucho menos para defender a alguien más. Y Charles sabía perfectamente que era su maldita culpa.

Nunca quiso tener una relación romántica con Carlos porque sabía que las relaciones tarde o temprano llegaban a su fin. Si permanecían como amigos entonces podría tenerlo junto a él siempre.

Era consciente de que Sainz estaba perdidamente enamorado de él. Si continuaban con esta dinámica estaba seguro que Carlos no se fijaría en nadie más. Pero el tiempo le demostró que le salió todo mal, su propio plan le jugó en contra porque Charles se terminó enamorando irremediablemente de él.

Aunque aceptarlo le costó trabajo, no era el fin del mundo. Prácticamente tenía lo mejor de una relación, sin tenerla.

La compañía, las risas, los besos, la complicidad, la amistad, el sexo, las salidas... todo lo bueno sin tener que lidiar con cosas complicadas y sin compromisos.

Con lo que no contaba es que Carlos conociera a alguien más. Fue un iluso.

No pensó que alguien se lo fuera a quitar.

 

– – – 

 

Después de que Charles saliera de su habitación, Carlos se quedó preguntó: ¿Qué carajo estaba pensando Leclerc?

Primero quería que todo fuese sin compromiso y luego le hacía una escena de celos.

A Carlos le dolió recordar todo eso.

La mayor humillación que había experimentado en su vida personal había sido el día que le pidió a Charles que fuesen novios. Cuando creyó que había algo especial entre él y el monegasco.

Un amor no correspondido no es motivo de vergüenza, pero aceptar ser el "peor es nada" de alguien, sí que es denigrante.

Su corazón se rompió cuando supo que Charles lo único que quería era acostarse con él. Y por mucho tiempo lo permitió, ya que si no podía tenerlo en lo sentimental, si no podía tener su corazón, por lo menos se conformaba con tocar su cuerpo aunque sea por un rato.

Pensó que con el tiempo, después de innumerables encuentros, con tan linda convivencia, Charles tal vez se enamoraría de él.

Pero no fue así. Nada cambió.

Lo que hizo que Carlos al fin se pudiera decidir a terminar con este jueguito del que ya se estaba cansando fue lo que pasó después del último Gran Premio de Las Vegas. Charles se enojó tanto con Carlos por un incidente en la pista que le aplicó la ley del hielo por varios días.

Al llegar a Qatar, pensó en hablar con Charles para que pudieran arreglar cualquier problema y decirle de manera educada que lo mejor sería que dejarán de tener esos encuentros sexuales y  lo dejaran únicamente como una amistad.

Por el bien de ambos, pero sobre todo, por su propio bienestar.

Pero la realidad fue otra, Charles no quiso hablar del tema. Insistió en que ya todo estaba en el pasado y que dejara de exagerar. La actitud relajada del monegasco le hizo entender a Carlos que hablaba en serio y se alegró de que no haya resentimientos.

Y justo después, Leclerc le llevó a la cama de su habitación. Tuvieron un acostón tan increíble que el español dejó de lado la idea de abandonar sus encuentros sexuales con Charles. Pues recordó lo bien que se sentía poder tener al monegasco entre sus brazos, poder besarlo, que fuera suyo. O al menos eso creía.

Después del Gran Premio de Abu Dhabi, donde ambos habían conseguido un podio, en plena celebración Carlos salió a la terraza del hotel donde estaban festejando y se encontró con un Leclerc sumamente ebrio, con una hermosa chica morena y de cabello largo en sus brazos, besándola con deseo y ahí no pudo más.

Carlos sintió todo el alcohol que anestesiaba su cuerpo desaparecer, se largó de ahí y fue corriendo hacia un baño. Se encerró y se puso a llorar como nunca lo había hecho. La música estridente encubría su llanto, sus gritos desesperados y sus lamentos. Se apoyó en la pared y se dejó caer.

Las lágrimas se deslizaban en su rostro mientras se tiraba del cabello y le temblaban las piernas. Entre sollozos decía — Soy un iluso... Un puto gillipollas. ¿Cómo me fui a enamorar de ese desgraciado? Después de tanto, ¿Por qué no puedo superarlo?

Era obvio. Carlos sabía que Charles tenía encuentros con otras personas, pero nunca lo había visto de primera mano. La realidad le golpeó más fuerte de lo que hubiera esperado.

Sainz tomó el crudo recuerdo de esa noche como motivación para superar a Leclerc.

Estaba haciendo un trabajo bastante bueno, mantuvo distancia con él durante estos meses, la situación le ayudaba también, pues ya no eran compañeros de equipo. Así que sus interacciones eran únicamente por teléfono o cuando se encontraban en el paddock. Aún apreciaba su amistad, así que tampoco bloqueó toda comunicación con él.

Todo estaba funcionando bien.

Por eso Carlos no podía creer que Charles fuera tan cínico como para venir a insultar a su compañero, a exigir explicaciones de la nada y a demostrar celos cuando él estableció las reglas primero.

Tomó su teléfono y buscó entre sus contactos el número de alguien. Le llamó a una persona que sabía que estaría para él, porque aún después de tantos años, era de sus amigos más cercanos.

— ¡Hey! Carlos. ¿Qué tal?  — le dijo con una voz juguetona, mientras en el fondo se escuchaba alboroto y muchas personas hablando.

— ¿Dónde te veo?

— ¿Qué? — hubo unos segundos de silencio y luego la misteriosa persona continuó hablando — ¡Oh! ¿Quieres saber dónde será la fiesta? Me dijiste que no estabas de humor para salir, muppet

— Cambié de parecer. 

La verdad es que Carlos tenía ganas de vomitar del coraje pero no era nada que una fiesta y alcohol no puedan solucionar, al menos momentáneamente.

La voz en el teléfono de inmediato le respondió.

— Te veo en el lobby del hotel en 1 hora, aún estoy llegando. Me tengo que dar una ducha y arreglarme, así que igual y tardo un poco más. No te preocupes, Oscar te hará compañía mientras bajo, él sí es puntual.

Carlos rodó los ojos y aceptó de mala gana, el australiano no era precisamente su persona favorita.

— Está bien. Gracias.

 

– – –

 

Carlos estaba un poco ebrio, no al borde de perder el conocimiento, pero sí sentía esa pesadez en la mente, esa que te deja el alcohol cuando recorre tu sistema.

Con ayuda de Oscar, dejó a Lando tirado en la cama de su habitación. El británico estaba prácticamente inconsciente así que el otro chico McLaren, quién había medido mejor su ingesta de alcohol, se quedó en la habitación para asegurarse de que no le pase nada a Norris.

— Yo me quedo con él, no te preocupes. — le dijo Oscar — ¿Puedes llegar a tu habitación?

— Sí — respondió rápidamente — No pasa nada, aquí tengo mi llave.

Salió de la habitación de Lando y con paso torpe se dirigió a su habitación. Estaba caminando por los pasillos hasta el elevador. Las puertas se abrieron, entró y pulsó el botón para ir a su piso.

Se observó en el reflejo del gran espejo que había en la parte trasera del elevador. Se veía cansado, ojeroso y era evidente que había estado bebiendo. Se pasó las manos por el cabello hasta que escuchó un ¡ding!  y las puertas del elevador se abrieron.

Tan sólo dió unos pasos cuando vió a lo lejos a alguien sentado en el suelo, junto a la puerta de su habitación.

Era Charles.

Tenía la misma ropa de cuando lo vió en el paddock, una playera de Ferrari con una chamarra roja a juego y esos pantalones anchos que siempre usaba.

Ver al monegasco hizo que arrugara la frente y se tensaran sus labios. No le bastaba con montar una escenita en su habitación del circuito. Ahora, ¿También en la del hotel?

Apenas se acercó, Charles volteó la cabeza en dirección a Carlos y de inmediato se alertó. Se puso de pie y trató de acercarse al español. Pero este dió un paso hacia atrás.

Charles se congeló, de nuevo era rechazado por Carlos.

— Calos, ¿Po- Podemos hablar? — el monegasco ni siquiera podía mirar a Sainz a los ojos, tenía la mirada perdida en sus dedos, que no dejaban de moverse ansiosamente.

— Ok. Te escucho. — de no ser por el alcohol en su sistema hubiera querido aparentar que estaba tranquilo. Pero la presencia de Charles lo descomponía.

Las palabras no salían, quería decirle que no soportaba la idea de no estar con él. Que perderlo sería lo peor. La necesidad de hacerle entender que el único que debería poder tocar su hermoso cabello es él. Que si pudiera elegir la compañía de cualquier persona en el universo, Carlos sería su única opción.

Pero era un maldito cobarde, había pasado muchísimos años escudándose detrás de la idea de que las relaciones amorosas no dejan nada bueno.

Sólo te dan felicidad y plenitud momentánea, tienes que vivir el ahora porque en cualquier momento todo se puede ir a la mierda y la persona que te juró lealtad, amor y cariño, sería la primera en empujarte al suelo. Te observaría mientras caes y te rompes en mil pedazos, caminaría sobre los escombros de lo que fuiste tú y se alejaría. Abandonándote a tu propia suerte.

Y si eras afortunado, algunos de los trozos serían lo suficientemente grandes para que recojan a los demás.

— ¿No vas a decir nada? — dijo Carlos, fastidiado. Suspiró y pasó la tarjeta sobre el sensor y la puerta de su habitación se abrió — Si quieres quedarte aquí de pie como estatua, no me importa. Yo quiero dormir un poco, con permiso.

El monegasco parecía incapaz de articular una sola palabra. Vió a Carlos pasar por la puerta y decirle — Buenas noches, Charles. — y cerró la puerta.

Lo estaba dejando ir de nuevo.

¿De verdad su miedo le iba a impedir siquiera intentarlo? Su corazón palpitaba cada vez más rápido y el sudor empezaba a cubrir su frente.

Charles no soportaría vivir en una realidad donde Carlos no era parte de su vida.

De algún lugar recóndito de su ser logró reunir el suficiente coraje para decir algo que se había estado guardando desde hace años. Algo que suprimió hasta de su propia mente y que ahora podía admitir, con absoluto terror.

Pero el miedo a perder a Carlos era muchísimo mayor que el temor a sufrir por amor.

Así que lo dijo, salió de lo más sincero de su corazón.

— ¡Te amo! ¡Te amo, Calos! — gritó con el rostro pegado a la puerta, esperando que Carlos pudiera escuchar su plegaria. Sus ojos comenzaban a arder.

Hubo silencio por un par de segundos y luego la puerta se abrió. Dejando ver a través del marco a Carlos con una expresión particular. Parecía aterrado y triste al mismo tiempo.

— ¿Qué te pasa? ¿Por qué... me dices eso? — Carlos iba aumentando el volumen de su voz con cada pregunta — ¿¡Me quieres ver de rodillas!? ¿¡Quieres que te ruegue!?

Las ganas que tenía de cerrarle la puerta en la cara no le faltaban. No podía creer que Leclerc fuera tan miserable o estuviera tan urgido de sexo como para venir a manipularlo de esa manera.

— No, Calos. Es verdad, estoy hablando en serio... — Charles estaba aguantando sus propias lágrimas, sudaba frío y sentía el corazón a punto de salirse de su pecho.

Por primera vez en su vida vencía el miedo.

Ese miedo que encadenaba su corazón desde la primera vez que lo decepcionaron, desde aquella vez que le entregó todo a una persona sólo para que lo terminaran triturando y desechando como basura.

Se juró a sí mismo no volver a caer.

Si no volvía a amar, no volvería a sentir dolor.

Pero pronto se daría cuenta que las personas no son capaces de controlar ni a su propio corazón. Porque uno no se daba cuenta que había caído en esa detestable trampa llamada amor hasta que ya era demasiado tarde.

Pareciera que el corazón se mofaba de su dueño al elegir siempre a la persona menos indicada.

Pero en realidad, siempre somos nosotros los que inconscientemente le indicamos a quién aferrarse.

Charles en ese momento se sintió iluminado, como si hubiera descubierto un secreto oculto.

— ¡Deja de mentir! — Carlos se sentía dolido — ¡¡Sabes que yo aún te amo y por eso tratas de manipularme!! — las lágrimas comenzaron a caer lentamente de los ojos del español y apretaba los puños — ¿¡Por qué!? ¡Sólo vete y déjame en paz!

— Estoy diciendo la verdad, Calos... Te amo. — empezó a acercarse al español, quien a su vez, retrocedía. Charles entró a la habitación y siguió avanzando hacia Carlos, quien negaba con la cabeza — Ya no tengo miedo de decirlo, quiero que lo sepas. Te amo.

Tomó las manos de Carlos con suavidad, sintió como temblaban.

— Perdón por no decírtelo antes. Pero... tenía miedo.

Al escuchar eso, Sainz por fin habló — ¿Miedo? ¿De qué? Sabías perfectamente que yo también. Yo siempre he estado dispuesto a tener algo contigo.

Charles se tomó un momento para tragar su vergüenza y admitir la razón. No quería más mentiras, no cuando vió que Carlos ya le creía.

— Porque... porque temía que eventualmente nuestra relación termine y que luego todo se arruine. Cuando me pediste que seamos novios me gustabas mucho, pero no quise "arriesgarme" a perderte.

Alzó las manos y acarició el hermoso rostro de Carlos, secó sus lágrimas mientras seguía hablando.

— Pensé que esa dinámica tan maravillosa que tenemos podría quedarse así, por mucho tiempo. Si no había compromisos de por medio entonces nada podría salir mal. Muy estúpido lo sé... pero en mi mente no sonaba tan mal, sólo me gustabas, pensé que con el tiempo alguno de los dos se aburriría y cuando terminara este jueguito de "amigos con derechos" no me sería tan difícil. Pero... te terminé amando.

— Te tomé por sentado, Calos. Y tú no te merecías eso. Te hice daño, te lastimé, jugué contigo y por eso lo siento muchísimo. Espero puedas perdonarme algún día.

Cuando dijo eso dejó escapar un pequeño sollozo, el español lo atrajo y lo envolvió entre sus cálidos brazos. Sintió cómo Carlos le acariciaba el cabello así que enterró la cara en su cuello.

— Y no te estoy diciendo esto para que... pa- para que pienses que quiero que ahora tengamos una- una relación y lavarme las manos de todo.

Sainz olía a ese increíble y masculino perfume que a Leclerc tanto le fascinaba. También podía oler un poco su aliento a alcohol y en su chamarra tenía el olor de ese horrendo cigarro de menta que le gustaba fumar a Piastri. Era evidente que Carlos venía de la fiesta de celebración de los chicos de McLaren.

— Si me permites, me gustaría demostrarte que de verdad te quiero. Que de verdad te amo. — se aferró a la playera de Carlos — No quiero perderte, no quiero, Calos.

La mente de Carlos estaba bastante más calmada. Escuchar al monegasco decir todo eso le daba esperanza y aunque seguía un poco arisco, se sentía feliz de que al fin su amor fuera correspondido.

Se sintió mal por Charles, pues evidentemente había reprimido sus sentimientos por mucho tiempo. Pensaba que Leclerc era sólo un tonto más que jugaba con la gente. Y hasta cierto punto es lo que hizo con Carlos, lo mantuvo orbitando por años y cayó víctima de su propio juego. Pero sus disculpas parecían sinceras y Carlos simplemente era muy débil ante Charles.

Sólo le quedaba una duda. 

— ¿Qué cambió? — dijo con una voz más apacible — ¿Por qué de repent... ¡Oh! Fue por Alex.

Charles se separó de repente e hizo distancia con Carlos. Había recordado algo muy importante.

— ¡Lo siento! Olvidé por completo que ya estás con él... y yo abrazándote y pidiéndote una oportunidad cuando ya tienes a alguien... — dijo el monegasco. ¿Cómo pudo olvidarse de ese detalle?

Claro, no es como si Carlos fuera a dejar a Alex de la nada. De nuevo le embargó esa desagradable sensación en el pecho, como si le hubieran arrancado el estómago. Ni siquiera había terminado de procesar todo el malestar físico que le causaba sentir esos celos cuando Carlos habló.

— Charles, ya te dije que entre Alex y yo no hay nada. Somos amigos. Es todo. — Carlos sonreía y observaba a Charles, quién tenía los ojos iluminados.

— Pero yo pensé... es que... pero si lo andabas tocando y todo... — sintió un gran alivio.

— Yo siempre estoy tocando a todo el mundo. Ya deberías saber que el contacto físico es algo que... me encanta, y no necesariamente de manera romántica o sexual. — Carlos tenía una expresión tranquila y, justo como acababan de aclararlo, sus manos estaban sobre Charles — Tenía razón, sentiste celos.

El rostro del monegasco se sonrojó y no pudo defenderse. Más bien, no quería seguir poniendo excusas, así que volvió a ser honesto con el español.

— Si, sentí celos de él. La verdad es que, nunca te había visto así con alguien y después de no poder estar contigo por meses, supuse que la razón era que estabas saliendo con Alex...

Sainz soltó una risita y tomó el rostro de Leclerc.

— No te rías, Calos — dijo Charles con una expresión apenada pero también con una sonris. — Pensé que te había perdido y no soporté vert-

Charles no pudo terminar la oración cuando sintió los dulces labios de Carlos sobre los suyos. Esos carnosos labios que tanto le encantaban, sentir su barba rozando su piel, las tibias manos sujetando su rostro.

Profundizaron el beso y Charles tomó a Carlos de la cintura y dejó que sus lenguas recorrieran sus bocas. En ocasiones mordía el labio inferior del español y le arrancaba suspiros.

Leclerc se separó y ambos juntaron sus frentes mientras recuperaban el aliento.

— Antes de continuar, quiero saberlo. — Charles hizo una pausa antes de continuar y lo miró directamente a los ojos, esos maravillosos orbes adornados con las pestañas más lindas que había visto en la vida — ¿Me darías una oportunidad, Calos? Para demostrarte que voy en serio contigo. Se acabaron los jueguitos estúpidos.

Sainz le dió un besito en los labios y le dijo con una voz tranquilizadora — Por supuesto que sí. Sería un imbécil si te dejara ir.

Charles sonrió de alegría. Dejó salir una risa y abrazó a Carlos con fuerza. Estuvieron así un par de segundos hasta que el español rompió el silencio.

— Entonces. — dijo con tono juguetón — ¿Qué tal un sexo de reconciliación?

— ¡Calos! — replicó Charles separándose, nervioso. Carlos sonreía mientras sus cejas subían y bajaban.

— Hace un rato estabas que te morías por hacerlo conmigo.

Se dirigió hacia la puerta y la cerró. Tomó a Charles de la cintura y lo acercó a él, el rostro del monegasco cambió con muchísima rapidez y permaneció en silencio unos segundos — ¿Qué? ¿Muy tímido ahora?

Charles frunció el ceño y le contestó de la misma manera juguetona y atrevida. La típica forma en la que ellos interactuaban.

— Cuando termine contigo, Sainz, vas a necesitar que te reconstruyan la cadera. — y le apretó las nalgas a Carlos, quién se sobresaltó.

Carlos río — A ver quién aguanta más, predestinato. — le dijo con tono burlón.

Unieron sus labios con fuerza otra vez y se devoraron con ansía. En estos momentos, tomar los labios del otro era más importante que el oxígeno. Algunos gemidos escapaban de entre sus bocas mientras se movían lentamente hacia el sillón que había en la habitación.

Carlos lo empujó al sillón y luego se subió sobre él. Se sentó en sus piernas mientras seguían besándose y se aferró a los hombros de Charles.

El monegasco puso sus manos en el trasero de Carlos, de nuevo. Los gemidos del español mientras le masajeaba las nalgas eran la señal de que le estaba encantando.

Sainz no le daba descanso, seguía comiendo los labios de Charles como si el monegasco fuera a desaparecer, como si estuviera en un sueño del que podría despertar en cualquier momento.

Estaba desesperado.

Y con razón. Hace meses que no tenía la fortuna de poder besar y tocar a su ángel. Las ganas las tenía acumuladas, quisiera que este momento durara para siempre.

Charles se separó de Sainz por un momento para poder respirar — Ca- Calos, espera. Necesito respirar.... ¿No te falta el aliento?

— Había aceptado que jamás te tendría de nuevo, no me culpes por comportarme como un avorazado. — replicó Carlos entre jadeos. Pero luego le sonrió — Perdón, ¿Podemos continuar?

Continuaron el beso y las caricias por unos minutos más, la temperatura en la habitación iba en aumento.

Entre tantas caricias, las manos de Charles levantaron un poco la playera de Sainz y tocaron su espalda, luego se deslizaron dentro del pantalón del español, acariciando sus nalgas. Carlos soltaba gemidos contenidos entre sus bocas.

Charles tomó el elástico de la ropa interior del otro e hizo ademán de querer bajarlos. Carlos entendió y se levantó un poco, quedando casi de rodillas en el sillón.

De un movimiento le bajó ambas prendas y descubrió las suaves nalgas de Carlos, sorprendentemente blancas y con vello cubriendo cada centímetro. Charles amaba la sensación en las palmas de sus manos.

La erección de Carlos también se liberó cuando le bajaron la ropa. Firme y apuntando hacia Charles.

Se acomodó en el sillón para tener la altura adecuada y sujetando firmemente las nalgas de Carlos, lo acercó a él y se metió el miembro del español a la boca.

Carlos era particularmente sensible, por lo que a Charles le encantaba darle este tipo de placer oral, pues el español se volvía loco.

Siempre sujetaba a Charles del cabello, a veces con un poco más de fuerza de la necesaria. Pero no para incitar al monegasco a qué continúe la mamada, sino lo contrario.

El placer era demasiado que Carlos sentía una explosión de sensaciones con las que simplemente no podía lidiar. En momentos desesperados tenía que empujar la cabeza de Charles hacía atrás para que suelte su miembro, de otra forma, Carlos se vendría en tan sólo un par de míseros minutos.

A Leclerc le gustaba bromear que Carlos era un eyaculador precoz.

A Sainz le gustaba más la opción donde admitía que Charles simplemente era buenísimo para el sexo oral.

Para alguien tan egotista como Charles, es evidente que la segunda opción sonaba mejor.

Tal y como siempre lo hacía, el monegasco se aferró a Carlos, quien gemía y tiraba del cabello de Charles clamando piedad — Charles, espera... aahhg...

Cuando el español empezó a tener esa característica sensación en la ingle se desesperó. Porque sabía que era inevitable y Leclerc no tendría compasión.

Estaba muy cerca, así que sólo se agarró de los hombros de Charles con todas sus fuerzas y esperó el momento.

No duró mucho más. Se corrió.

Dejó salir semanas de abstinencia, que inundaron la cálida boca de Charles, quién no se esperaba tal cantidad. Era tanto que se desbordó de sus labios y cayó por su barbilla y sus piernas. Tuvo que separarse de él y tosió.

Con un poco de ese caliente y espeso líquido aún en la boca y en las comisuras de sus labios. Tomó a Sainz del cuello de la playera y le plantó un beso.

Carlos todavía se recuperaba del tremendo estallido de sensaciones que fue su orgasmo cuando Charles lo jaló y lo besó, sintió la lengua del otro invadir su boca y juguetear de nuevo con la suya. Mientras probaba la viscosidad de su propio sabor.

La mano de Leclerc regresó al trasero sobre de él. El español sabía muy bien qué es lo que quería hacer. Los dedos de Charles palparon el agujero, que no opuso resistencia.

Mientras aún se besaban Charles introdujo la punta de su dedo. La intromisión hizo gemir al español y separarse brevemente de la boca del otro.

— Hoy estás demasiado sensible, Calos. — el español se sonrojó y le dió un manotazo a Leclerc, quién estaba inmutable y observaba fijamente a Carlos — Me extrañaste mucho por lo que veo. — le dijo, mientras seguía introduciendo más.

Otro dedo siguió a ese. Moviéndose en el interior de Sainz, preparándolo para lo que se venía después. Lo torturó unos minutos mientras admiraba su rostro.

De repente lo tomó de los muslos y se levantó con Carlos en brazos. Caminó hasta la cama de la habitación y con cuidado lo dejó acostado.

En cuestión de segundos se quitó toda la ropa y la arrojó sin cuidado al suelo. Carlos lo observó mientras lo hacía y en su mente sólo se repetía lo afortunado que era de tener a un hombre tan sexy como Charles.

La piel de Leclerc era blanca pero no pálida. Se veía tan suave que al tocarlo, era sorprendente el contraste al sentir la firmeza de sus músculos. Sus prominentes pectorales, que a Carlos le gustaba tanto manosear.

Y sobre todo, su rígido miembro. Listo para enseñarle a Carlos una lección, una que en definitiva sería placentera.

Verlo así hizo que el español hiciera lo mismo, por lo que se deshizo de sus prendas también. Ambos estaban desnudos, pero no se sentían expuestos, porque en ese momento, no había otro lugar en el que quisieran estar.

Charles se subió a la cama y se puso sobre Carlos para continuar con ese eterno beso que tanto caracterizaba sus encuentros. El español abrió las piernas y le hizo espacio al otro. Rodeó con sus piernas la cadera de Charles y acarició su espalda con sus manos.

— Oye, no tengo ninguno. ¿Trajiste?

— ¿Condones? Ehhm... Si. — dijo el monegasco, a lo que Carlos alzó las cejas fingiendo sorpresa y con una sonrisa juguetona. Sabía que el español no dudaría en burlarse de él. Ni siquiera en una situación así.

— Ahhh, ya veo. Entonces viniste sabiendo que ibas a remojar a la nutria.

— ¡Calos! Claro que no, deben seguir en mi chamarra. Idiota. Cuando te fui a ver a tu driver's room sí tenía esas intenciones y los llevé. — se levantó de la cama y los sacó del bolsillo delantero — Además cállate. Que si no los tuviera, nos íbamos a la mierda.

— Apresúrate, que me quedo dormido. — le dijo Carlos cerrando los ojos mientras se ponía el preservativo.

— Cuando termine contigo vas a necesitar descansar 10 días. Y descansar acostado, porque no te podrás sentar. — le dijo mientras lo jalaba de las piernas hasta la orilla de la cama.

Carlos se sobresaltó y abrió los ojos de golpe, cuando vió a Charles sujetando sus piernas. Desde esa posición veía al monegasco desde abajo.

Leclerc lucía imponente, sensual, muy varonil. Sólo su mirada hizo que Carlos casi soltara un gemido.

Se inclinó sobre él, poniendo las piernas de Sainz alrededor de su cintura y la punta de su erección tocando el tibio y estrecho agujero. Lo miró directamente a los ojos y manteniendo contacto visual comenzó a empujar.

Carlos lo abrazó y se relajó lo más que pudo. Lentamente sentía como el monegasco entraba en él más y más. Cuando estuvo dentro de él por completo ambos emitieron un suspiro.

Que bien se sentía estar unidos así.

A Charles le fascinaba cómo se entregaba del todo y a Carlos le encantaba como lo llenaba por completo.

Después de que Charles consideró que había sido tiempo suficiente para que el cuerpo de Carlos se hubiera acostumbrado a su tamaño, comenzó a moverse.

Salía y entraba lentamente en el español, a un ritmo delicado, arrancándole gemidos y haciendo que se sujetara de él y le clavara las uñas en la espalda. Una de las manos de Carlos rodeó la cabeza de Charles para acariciar sus rizos, mientras la otra, en un contraste curioso, maltrataba la tersa pero firme piel de la espalda del monegasco.

Tres cosas eran lo único que se escuchaba en la habitación.

La primera eran los gemidos de Carlos, clamando por más. El español nunca se contenía cuando se trataba de expresarle a Charles el gran placer que estaba sintiendo. A veces llegaba a ser bastante ruidoso, cosa que a Leclerc le encantaba.

Oír los chillidos del español tratando de mantenerlo cuerdo cada vez que lo embestía y se enterraba por completo en él, eran una verdadera delicia. Pero lo mejor era escucharlo gemir su nombre.

Durante sus encuentros pareciera que la única palabra que permanecía en el cerebro de Carlos era: Charles.

La segunda cosa que se escuchaba eran los quejidos y gemidos del propio Charles. Que sujetaba a Carlos de la cintura, manteniéndolo en su lugar mientras lo follaba sin descanso.

A pesar de ser él quién lo penetraba, Carlos lo poseía de diferente manera. Leclerc sentía las piernas del español en su cadera, sus grandes brazos aferrarse a su cuerpo, sus caras en el cuello del otro y sobre todo, su cálido y estrecho agujero, aprisionando el miembro de Charles de una forma inigualable.

Y lo último, era el sonido de sus pieles encontrándose. Ese majestuoso sonido que indicaba que estaban disfrutando del mejor sexo del mundo.

Continuaron así por más tiempo. Normalmente a Charles le gustaba hacerlo en más posiciones pero Carlos parecía reacio a soltarlo. Así que siguió penetrándolo en esa posición hasta que sintió que su orgasmo se estaba acercando.

— Calos. — dijo con la respiración entrecortada — Me voy a venir.

El español no respondió, sólo afianzó su agarre.

Leclerc entendió que no quería que parara. Estaban usando protección así que simplemente se dejó llevar.

Con una última y muy fuerte embestida, llegó lo más profundo que pudo y se dejó envolver, no sólo por Carlos, sino también por la mágica e increíble cantidad de placer que recorría su cuerpo.

Gimió muy fuerte y poco le importó si alguien los escuchaba. Tal vez las paredes del hotel eran los suficientemente gruesas para amortiguar el sonido.

O tal vez no. A Charles le daba igual.

Ese glorioso momento duró segundos, pero estando unido a su hermoso Carlos, pareció que el tiempo se detuvo.

Se dejó caer sobre el español mientras recuperaba el aliento. Su cerebro volvió en sí cuando sintió los labios de Carlos dejar tiernos besos sobre su mejilla.

— Te amo, Charles.

El monegasco, con los ojos cerrados, le abrazó y sonrió.

Pues junto a él, ya no sentía miedo.

— Te amo, Calos.

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