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Guido se estremecía al sentir como el viento frío le pegaba en la cara. El silencio de la noche lo dejaba abrumado por la forma en la que hacía hundir su corazón. El silencio que dejaba la retirada de San Martín del Perú. Cuando por fin logró llegar a la casa campestre que compartían, se quedó un rato en la galería, pensando. Esa galería donde hace tan solo unos minutos todo estaba bien y El General estaba radiante de contento. Guido se regocijaba cuando se le permitía ver a un José más relajado, menos ansioso por el peso que cargaba en sus hombros, el futuro de América. Era curioso, cuando hablaba de él con otras personas lo llamaba José, pero nunca había usado ese nombre en frente de él. Tal vez se sentía muy íntimo, peligroso, como si mostrarse vulnerable abriera la puerta a otras posibilidades. Guido tenía miedo de revelarle demasiado de sí mismo en un gesto, en una mirada, en un abrazo qué durará más de lo necesario. En definitiva, algo más que respeto y admiración ardía en su pecho, pero no podía hacer nada con ello. Eso lo carcomía por dentro. Muchas veces, inducido por el ambiente doméstico que compartían, se había dejado llevar por fantasías sobre vivir juntos cuando toda la guerra se acabe y América esté segura. En una casa en Mendoza, tal vez. Lo único que sabía es que él moriría feliz si fuera al lado de José. Pero esas fantasías solo lo lastimaban más, porque sabía que eran imposibles. Ambos tenían familias, y ni siquiera estaba seguro de que José sintiera ese tipo de desviaciones hacía él. Aún así, con su espíritu literario, no podía dejar de comparar su afecto y devoción hacia San Martín con el afecto que compartían Aquiles y Patroclo, o Alejandro Magno y Hefestión. Guido era todo un griego en su forma de amar, eso era seguro. Pero no importaba cuanto lo amase, siempre había cierta distancia qué los separaba. Física y emocionalmente. Aunque es verdad que Guido se sintió tremendamente amado cuando José le insistió a Pueyrredón para que lo acompañará al Cruce de los Andes, se sintió indispensable para él. Desgraciadamente, Guido también sentía a San Martín indispensable para la causa, para él ¿Qué pasaría ahora? Se reprochó la pasión que se le escapó al afirmar que acompañaría a José en su viaje ¿Qué razón lógica habría para ello, teniendo que terminar la campaña? ¿Qué razón más que su corazón no soportaría estar separado de él por miles de leguas de mar? Recuerdos agridulces vienen a su mente, recuerdos de las largas noches donde el otro venía a su habitación y se acostaba en su cama para charlar ¡Qué cosas no habrán pasado por la cabeza de Guido en esos instantes! En esas conversaciones que duraban hasta la madrugada se deleitaba con la visión de un San Martín real, cansado, dubitativo, humano. Y también con la visión, más pasional, de un porte perfectamente varonil sumado a unos hermosos ojos negros que parecían entender y suponer todo. Se preguntaba si lo que sentía entraba en ese “todo”. Cuando se dio cuenta de que ya no vería ese rostro todos los días, lágrimas se escaparon de sus ojos. Nadie estaba ahí para verlo, de todos modos. Tendría que enfrentar todo el nuevo caos que se avecinaba sin el timbre de su vida a su lado, y eso le dolía más que cualquier derrota política. No le quedó más que dirigirse a su habitación y esperar a quedarse dormido mientras, en sueños, se imaginaba a José entrando por la puerta y durmiendo junto a él.
