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Gracias a Dios ya era viernes. No iba a poder aguantar otro día en aquel lugar, cargado de sonrisas superficiales y ojos que la miraban con superioridad. En lo único que la podían sobrepasar era en el dinero de sus billeteras—claramente no por esfuerzo propio, simple mérito de sus familias adineradas.
Ser becada en la universidad más prestigiosa de occidente, REAH, definitivamente no era para los pobres de carácter. El esfuerzo de años para entrar en aquel lugar, se volvía insignificante para aquellos que con un solo suspiro y billete deslizado en una mesa aseguraban su entrada.
La primera clase empezaba a las 7, pero si quería llegar a tiempo debía salir mucho antes de que saliera el sol, su pequeño departamento esta a la suficiente lejanía de la universidad para no tener que pagar los elevados precios de alquiler de aquellos arrendadores oportunistas.
Sin embargo, aquel que entraba por esas puertas tenía un buen futuro asegurado. Sin lugar a dudas, esas noches en vela estudiando no fueron en vano. Aquel edificio, tan antiguo como el descubrimiento de la luz, era un lugar de atracción entre todos los eruditos.
Pero en momentos especiales como aquel, desearía no estar allí, donde la oscuridad de la ciudad parecía observar y seguir cada paso que daba, la poca iluminación brindada por las farolas era su único alivio hasta que el sol decidiera tragar la inquietud de la noche.
Quizá se estaba volviendo paranoica. Todos esos rumores sobre humanos desangrados hasta la muerte la estaban empezando a afectar, y la estética antigua, casi medieval, de la ciudad no estaba ayudando mucho. A pesar del miedo, no podía negar el increíble atractivo del lugar. Parecía haber quedado atrapado en el tiempo.
Luego de un tiempo caminando, se empezó a divisar el gran edificio a la lejanía. Seguía siendo todo un espectáculo sin importar cuántas veces lo viera. Las altas columnas apuntaban al cielo, y los grandes rosetones se podían ver sin importar la distancia.
La salida del sol ya se empezaba a anunciar en los cantos alegres de los pájaros. Aquel sonido se mezclaba con las voces madrugadoras que estaban por empezar su jornada—mínimas, sin embargo. Todavía faltaba un tiempo para el inicio de las clases.
El amplio jardín de enfrente al edificio estaba lleno de flores de todo tipo y colores, árboles tan antiguos como el edificio mismo.
La piedra labrada perfectamente casi contaba una historia de sacrificio. El arco de la entrada presentaba dos pilares que casi tenían forma humanoide. Soportaban el peso de la arquitectura con un rostro de sufrimiento. Un recuerdo para todo aquel que pisara este lugar: el conocimiento es una carga.
Una carga que lamentablemente hoy no podía soportar, el día perecía retroceder en el tiempo en vez de avanzar, las clases eran solo un rejunte de palabras que no lograba entender. Por suerte, la siguiente era la última, y poéticamente su hora concordaba con el ocaso, indicando que el día llegaba a su fin.
Mierda. Iba tan perdida en su cabeza que se perdió en la realidad misma. El lugar es tan inmenso y lleno de pasillos que no hacían esa tarea muy difícil. Casi se podría decir que REAH era el laberinto de Creta y que los ojos que vigilan su espalda son de aquel minotauro oculto en la oscuridad.
Lo último que cualquier estudiante desearía en esta vida es llegar tarde a una de las clases de la profesora Castañeda. Aquella mujer le cerraría la puerta en la cara por tal impertinencia.
Claramente hoy no era su día. Era una mala combinación tener ansiedad e ir a una velocidad demasiado alta para llegar a tiempo a su clase. Hizo que casi chocara con alguien. Si Dios existía, claramente la odiaba.
Su mente no tuvo suficiente tiempo para registrar que una mujer se encontraba en su camino. En un intento de esquivarla, sus torpes pies se enredaron en sí mismos. Así que se preparó, esperó el golpe, esperó un segundo más…
¿Por qué no se estaba cayendo? Lentamente abrió sus ojos para poder observar a su salvadora. Una mujer con pelo castaño que caía sobre su cara haciéndole cosquillas.
Las ventanas del pasillo permitían que los últimos rayos del sol iluminaran el rostro de aquella mujer. Una de sus manos se encontraba rodeando su cintura, mientras que en la otra sostenía libros demasiado grandes para la facilidad con la que eran cargados.
Sus ojos verdes, que brillaban por los últimos trazos del sol, la miraban con curiosidad. Pero de repente ese brillo cesó. El sol marcó el fin de su aparición y ese color tan claro que remarcaba los ojos de su salvadora fue reemplazado por un carmesí intenso.
No tuvo tiempo para sorprenderse. El sonido de la voz aterciopelada de la mujer reemplazó todo intento de búsqueda de razón y lógica.
—¿Se encuentra bien? ¿Puede levantarse? —Elvira la miraba a través de sus lentes con una ceja interrogante, demandando una respuesta.
—Sí, sí, disculpe. —Si una persona se pudiera morir de vergüenza ya estaría muerta. No solo casi tiró a su profesora, sino que también la miró incómodamente con cara de idiota.
—Entonces deberíamos ingresar al salón antes de que mate a alguien más, señorita. —Y si conociera a la mujer mayor, diría que casi parecía divertida del sonrojo profundo que padecía la estudiante. Le hizo un gesto con su mano invitándola a pasar por delante.
Sin querer que su profesora se arrepintiera, se sacudió y entró rápidamente a la habitación. La amplia estancia, ya llena de alumnos, le dejó pocas elecciones de asiento. Todas las hileras superiores y centrales estaban ocupadas. Definitivamente, Dios la odiaba. Con la cabeza gacha se dirigió a uno de los lugares libres en la primera fila.
La presencia de Elvira fue palpitante en toda la habitación. Su llegada fue recibida con un silencio profundo, quizás por respeto, quizá por miedo. El sonido de sus tacones resonó hasta el final de la estancia. Dejó sus pertenencias en el escritorio y se apoyó en frente del mismo.
—¿Quién me puede decir qué es la literatura?
Manos apresuradas por responder correctamente y ganarse el favor de aquella mujer se levantaron instantáneamente. Elvira apuntó vagamente a una estudiante que se encontraba en el medio de la sala.
—La literatura se podría definir como escrituras nacidas de la ficción con el objetivo de transmitir algo. —Un tono orgulloso se apoderó de la voz de aquella chica, demasiado confiada en su vaga respuesta.
—No es del todo correcto. La literatura no solo se limita a la ficción, incluso si es consecuente de la imaginación. ¿Alguien que me pueda dar una definición concreta?
Las personas antes eufóricas por escuchar sus propias voces fueron bajando las manos lentamente. Los pocos valientes que todavía se animaban a dar sus opiniones fueron ignorados.
Los ojos de Elvira buscaron por la habitación hasta encontrarla y apuntarla levemente con la mano. A pesar de no tener la previa intención de participar, negarla sería lo peor que podría hacer.
—A través de la historia se ha intentado definir la literatura, pues su presencia siempre fue significante en la raza humana por su influencia en la misma. Se podría considerar literatura a cualquier obra, ya sea escrita u oral, que tenga valor estético o intelectual. Según Roman Jakobson es la violenta organización del lenguaje ordinario.
A pesar de la vergüenza recién padecida, su voz no tembló, y sus ojos se encontraron con los de su profesora. Se sentía en la necesidad de mostrar que no era incompetente, que estaba aquí por un motivo.
—Supongo que es la mejor conclusión que puedo esperar de esta clase. —Y a pesar de la condescendencia en sus palabras, su mirada reflejaba ligeramente orgullo—. Prosigamos.
Mientras la mujer se movía por la sala le era imposible no admirarla. La elegancia de cada uno de sus movimientos la hacía casi hipnótica. Las manos suaves que la sujetaron con tanta facilidad y delicadeza hacía un instante. Sus labios se movían al flujo de su voz autoritaria. ¿Siempre habían sido tan carnosos?
No pudo evitar cruzar las piernas mientras el pensamiento de cómo se sentirían los labios de la mujer en su cuello aparecía sin permiso. Estaba perdiendo la cabeza. No era el momento de pensar en eso, y mucho menos sobre su profesora.
La cual la estaba mirando ahora mismo. ¿Por qué la miraba? ¿Había sido muy obvia? A esta altura no le sorprendería que le pusiera una orden de alejamiento por observarla con lujuria. Se debería disculpar al final de la clase por su comportamiento. Con suerte todavía había posibilidad de que la profesora no la reportara y su carrera finalizara de manera tan estúpida.
El paso de la clase fue relativamente rápido una vez que se pudo concentrar en lo que decía la mujer y no en ella. Cuando el timbre finalmente marcó el fin de la jornada, todos en la sala se levantaron y salieron rápidamente intentando evitar cualquier posible furia de la profesora.
Más lentamente que el resto, guardó sus cosas y caminó hasta quedar frente al escritorio de la mujer. Pero antes de poder decir una palabra, ella la interrumpió.
—Las clases terminaron. Si desea una tutoría la puede registrar en secretaría. —Sin mirarla a los ojos, siguió con la cabeza agachada corrigiendo unos papeles.
—No le robaré mucho tiempo, profesora Castañeda. Solo quería disculparme por casi golpearla. Fui imprudente, no revisé mis alrededores, pero prometo que no tenía intención alguna de…
—Tiene razón, fue irresponsable. —La interrumpió nuevamente mientras detuvo su actividad para conectar con su mirada—. Debería reportarla por el incumplimiento de las normas estudiantiles. Sin embargo, parece tener lo más parecido a un cerebro en comparación con el resto de sus compañeros. Le recomiendo que se retire antes de que cambie mi opinión.
—Profesora, tomaré el castigo que crea que merezco. Soy responsable de mis acciones y sus consecuencias.
—¿Sí? ¿Se hará responsable entonces de mirarme de manera inapropiada desde el inicio de la clase?
Se hubiera esperado todo menos esas palabras. Combinado con la mirada molesta de su profesora, provocó que su corazón retumbara en sus oídos mientras un sonrojo se apoderaba de su rostro.
—Solo váyase, por favor. —Elvira agregó con una inspiración profunda mientras cerraba sus ojos con fuerza.
Ya la había cagado y tampoco era cobarde. ¿Por qué no empujar un poco más? Se acercó a la silla de la mujer para quedar a su lado observándola desde arriba.
—Tiene razón, mi comportamiento fue inapropiado. No hay excusa alguna que lo pueda justificar. Por ello le quiero ofrecer mis disculpas genuinas.
De repente, Elvira se paró quedando a centímetros una de la otra. Las venas alrededor de sus ojos se volvieron negras hasta recorrer su camino al iris, el cual nuevamente se había tornado carmesí.
—Está agotando mi paciencia. ¿Acaso la subestimé y su cerebro no es capaz de entender una simple orden? —El enojo en sus ojos fue reemplazado por sorpresa, incluso vergüenza ante tal arrebato. Incapaz de mirar a su estudiante, movió su cabeza para ocultarse.
Cualquier persona ya habría corrido una distancia prudente para salvaguardar su vida. Lamentablemente, la prudencia no era su virtud predominante. Quizá eso la llevó a levantar su mano para girar suavemente el rostro de Elvira.
Al admirarla a tal cercanía no pudo evitar sentir familiaridad. La intensidad y el cariño en la mirada de la mujer mayor la sorprendieron.
—Tiene sentido, ¿sabes? Si hay alguien en este mundo que tenía que ser un vampiro, es muy acorde que sea usted.
—Te sorprendería la cantidad de veces que lo he escuchado. —Una breve sonrisa se extendió en sus labios. Sin embargo, su cuerpo parecía de piedra, su mirada atenta buscaba cualquier señal de miedo en la chica.
—Disculpe mi audacia, pero no podré dormir si no lo pregunto. ¿Tiene colmillos como los de Crepúsculo? —La pregunta, aunque infantil, no sorprendió a la profesora. Simplemente abrió su boca para mostrar dos colmillos largos y blancos.
Nuevamente, como si su cuerpo solo tuviera como alternativa la cercanía a la mujer, movió su dedo pulgar para posarlo suavemente en sus labios, abriéndolos lentamente.
—Deberías irte ya. No sabes qué monstruo te puedes encontrar en la noche. —Su intento dar una orden irrefutable se vio afectado por su respiración entrecortada.
—Debería. —Sus miradas se conectaron mientras sus cuerpos se acercaban lentamente—. ¿Quiere que me vaya, profesora Castañeda?
En lugar de dar una respuesta, cerró el vacío entre ambas conectando sus labios. El caos reinó en el beso. La desesperación y el deseo que había guardado desde que la tocó hacía unas horas fue liberado en él mismo.
Como si hubiese leído su mente, las manos de Elvira se movieron hasta su cintura para tomarla suavemente acercándola a sí misma. Ambos cuerpos unidos en un tormento de deseo, por ser aceptados, por no vivir más en ausencia de un toque ajeno.
La mujer mayor la movió de manera que pudiera subirse al escritorio y quedara atrapada entre sus piernas. El beso cada vez se intensificaba más. Manos revoltosas subían para agarrar cabello ajeno como si la lejanía quemara profundamente en el alma.
Los colmillos raspaban suavemente su labio inferior mientras que una lengua se invitaba lentamente en su boca. Sus cuerpos se amoldaron en un abrazo. El calor de una contrastaba con el frío de la otra. La escena parecía meticulosamente planeada, los movimientos eran naturales y sincronizados como si este tipo de encuentros fueran tan casual como respirar.
Los labios de Elvira empezaron a recorrer su mandíbula entre suaves besos y suspiros mientras descendía por su cuello lentamente. Las manos de la estudiante se dirigieron automáticamente al pelo de la mujer, impidiendo que se moviera del lugar.
—Hazlo. —Las palabras suplicadas suavemente al oído de Elvira hicieron que un escalofrío recorriera su cuerpo.
—No debo, no te quiero hacer daño. —Apoyada suavemente en el hueco del cuello de la mujer más joven susurró, obligándose a tener un mejor autocontrol. Un suave tirón en los pelos de su nuca la obligó a mirarla a los ojos.
—No lo vas a hacer, Elvira. —Un suave beso fue toda la confirmación que necesitaba.
Su cabeza se movió lentamente hasta llegar al cuello de la muchacha, depositando un último beso antes de clavar suavemente sus colmillos en su piel.
El suave gemido que se escapó de los labios de la joven no fue más que un incentivo para continuar succionando su sangre. Agarró sus caderas para poderla acercar lo más físicamente posible a sus labios.
El fuerte agarre en el cabello de Elvira se fue liberando lentamente. El latido de su corazón fue disminuyendo su velocidad. La respiración cada vez se volvía más superficial.
—Elvira. —El suave susurro de su nombre fue lo que la hizo cobrar conciencia. Rápidamente se separó para mirarla a los ojos.
—Dios, discúlpame. ¿Cómo te sientes? —Las manos de la mayor se movieron para sujetar su rostro y mirarla con preocupación.
—No te disculpes. Fue lo mejor que he experimentado nunca. —Respondió con sus ojos cerrados y una pequeña sonrisa.
Las manos que antes se posicionaban a cada lado de su rostro se movieron para acariciar y reacomodar su cabello con dulzura.
—Siempre nos sucede lo mismo, cariño.
Los ojos previamente cerrados se abrieron de golpe, no solo por la sorpresa del apodo. Lo que la dejó sin palabras fue la frase pronunciada. Al enfrentarse a los de Elvira encontró reflejados en ellos una profunda tristeza combinada con una mirada cariñosa.
—¿De qué estás hablando?
—Siempre vuelves a mí de una manera u otra. Nunca puedo evitarlo incluso si intento alejarte. Es como si gravitáramos a mi sin posible remedio. Soy un peligro para ti, soy el monstruo de los libros que tus padres te leían de pequeña. Discúlpame por lo que debo hacer.
El sonido del viento moviendo suavemente las hojas la acompañaba en su retorno silencioso a casa. La luna llena brillaba en el cielo iluminando cada paso que daba en la oscuridad de la noche.
Sintió el bello de su nuca erizarse. Ahí va ese sentimiento de nuevo. Algo la vigila en las sombras. Se giró para observar el lugar de donde provenía la sensación.
A pesar de la oscuridad solo se podían divisar las formas de arboles y arbustos, nada especial. Quizá fue un animal, si, eso iba a pensar por el bien de su salud mental.
Que ridículo, siempre va despistada pero no lo suficiente como para no observar si hay algo a su alrededor. Bueno, quizá si sea un poco despistada, ni siquiera recuerda haber salido de la universidad, ahora que lo piensa tampoco recuerda la clase de la profesora Castañeda.
Había sido un día largo, solo debía llegar a su casa a salvo y todo estaría bien. El animal que este escondido es cien porciento inofensivo. Todo esta bien.
Las palabras susurradas como un mantra intentaron brindarle seguridad, pero esa sensación todavía no salía de su sistema, extrañamente no se sentía en peligro, al contrario, sentía que lo que sea que la vigilaba quizás la estaba cuidando.
